Resumen
Este artículo examina los elementos centrales de los modos por los cuales la gobernanza reproductiva opera a partir del ejercicio de la parentalidad. A la creciente expansión de los usos del término, se asocian debates ideológicos sobre su dimensión emancipadora o su dimensión de fuerte control hacia los padres y madres, lo que puede indicar un desplazamiento desde la llamada “policía de las familias” hacia una “policía de las parentalidades”. El artículo mapea los dispositivos de apoyo en el acompañamiento a la parentalidad y evidencia las infraestructuras de su existencia. Destaca también la centralidad de los marcadores sociales de la diferencia para entender tanto las formas de regulación como el ejercicio de la parentalidad. Por último, argumenta que la comprensión de tales procesos hegemónicos no puede prescindir del análisis de las negociaciones y luchas posibles en torno a la parentalidad y de su ejercicio, evidenciando su carácter disputado pero también abierto a la reflexividad.
Palabras clave:
parentalidad; gobernanza reproductiva; antropología; familia
Resumo
Este artigo examina os elementos centrais dos modos pelos quais a governança reprodutiva tem operado a partir do exercício da parentalidade. À crescente expansão dos usos do termo associam-se debates ideológicos entre a sua dimensão emancipadora e a sua dimensão de forte controle paterno, a qual pode indicar um deslocamento da chamada “polícia das famílias” para uma “polícia das parentalidades”. O artigo mapeia os dispositivos de sustento/apoio no acompanhamento à parentalidade, assim como evidencia as infraestruturas de sua existência. Destaca também a centralidade dos marcadores sociais da diferença para o entendimento das formas tanto de regulação quanto de exercício da parentalidade. Por fim, argumenta-se que a compreensão de tais processos hegemônicos não pode prescindir da inscrição das negociações e lutas possíveis em torno da parentalidade e de seu exercício, evidenciando seu caráter disputado e aberto à reflexividade.
Palavras-chave:
parentalidade; governança reprodutiva; antropologia; família
Abstract
This article examines the core elements of the means through which reproductive governance has operated based on the exercise of parenthood. The increasingly broad use of the term is associated with ideological debates between its emancipatory dimension and that of strong parental control, which may indicate a shift from the so-called “policing of families” to a “policing of parenthoods”. The article charts the apparatuses of maintenance/support for monitoring parenthood, as well as highlights its infrastructures. It also emphasises how social markers of difference are fundamental to understanding how parenthood is regulated as well as how it is exercised. Finally, we argue the understanding of such hegemonic processes cannot dispense with addressing possible negotiations and struggles regarding parenting and parenthood, highlighting their disputed nature and openness to reflexivity.
Keywords:
parenthood; reproductive governance; anthropology; family
En julio de 2023, un provocativo artículo publicado en el períodico Le Monde bajo el título “Culpabilité et épuisement dopent le marché de la parentalité” (La culpa y el agotamiento impulsan el mercado de la parentalidad) narra la experiencia de Shiva Shaffii, creadora de la página Parent épuisé (Padres agotados) en Facebook, que cuenta hoy con 526 mil seguidores/as, y también de un sitio web con el mismo nombre. Cuando nació el primer hijo de Shiva en 2007, ella tuvo la clara impresión de haber sido engañada. “Todo el mundo me mintió. Me escondieron la mitad de la realidad de la vida de un padre/madre. Estaba agotada, mi hijo no dormía”. Aislada, ya que Shiva tuvo a su bebé en el extranjero, conversó con su hermana gemela, que había sido madre antes que ella, y que mostraba una parentalidad perfecta, “ellos estaban nadando en la felicidad”. Solo a partir de esa conversación descubrió que su hermana había pasado por una enorme depresión posparto, de la cual no le había contado a nadie: “Cuando empecé a contar mis fracasos, las lenguas comenzaron a soltarse. Todos mis amigos piensan que son malos padres”.
La historia de Shiva está lejos de ser un caso aislado, por el contrario, interpela a padres y madres de diferentes lugares del mundo en la contemporaneidad. El aparente silencio sobre los desafíos planteados por el llamado “giro parental” está, en realidad, atravesado por supuestos moralizantes que afectan a todas las clases sociales, aunque de manera desigual en función de otros marcadores sociales como raza, etnia y género. Además de políticas públicas orientadas a las intervenciones ‘educativas’ con madres y padres en situación de vulnerabilidad, también observamos la proliferación de materiales sobre mujeres de clases medias y altas que buscan ayuda de especialistas para lidiar con la sensación de agotamiento narrada por Shiva, para estar a la altura del modelo (Borredon; Georges, 2023; Fonseca, 2025a). El desahogo de Shiva es, por lo tanto, solo un ejemplo de la necesidad de reexaminar los elementos centrales de los modos en que la gobernanza reproductiva ha operado, en particular en el ámbito de las políticas dirigidas a la convivencia familiar y comunitaria a partir del ejercicio de la parentalidad (Briggs, 2017; Drotbohm; N’Guessan, 2025; Fonseca; Marre; Rifiotis, 2021; Morgan; Roberts, 2012).
La parentalidad y sus principales debates: ¿control y/o liberación?
El término parentalidad, aunque ha invadido el campo de las políticas públicas solo más recientemente, ya tiene una larga historia en el campo académico. Sin la pretensión de emprender, en este texto, una genealogía de este término, nos parece importante trazar los principales debates que marcaron su emergencia en contextos distintos. El neologismo “parentalidad” proviene del término “parenthood” que surgió a mediados del siglo XIX antes de ser ampliamente retomado y discutido en el campo académico anglosajón en la primera mitad del siglo XX. Sobre todo en los primeros momentos, en el contexto de una creencia en un progreso social, el concepto fue encarnado tanto en un proyecto eugenésico como en un proyecto libertario y feminista. Desde una perspectiva eugenista, en 1909, el médico, escritor y periodista inglés Caleb W. Saleeby defenderá la tesis de la limitación del matrimonio (entre un hombre y una mujer), no en función del derecho, sino a partir de la opinión popular y moral (religiosa en particular), solo a las personas capaces de convertirse en padres de “niños saludables” (Ben Hounet, 2014, 2022). Lo que, ya en ese momento, seguramente excluía a una parte importante de la población, sobre todo a las familias pobres.
En una segunda vertiente, están dos artículos publicados entre 1915 y 1916, de la antropóloga feminista Elsie Clews Parsons. En estos, la autora defendió la separación conceptual entre matrimonio y parentalidad, hasta entonces considerados como equivalentes estrictos. El argumento de Parsons se basaba en la idea de que el matrimonio, y más ampliamente las relaciones sexuales, era un asunto privado que no debería interesar al Estado, mientras que la parentalidad sería un affaire de interés público. Así, por lo tanto, el “contrato de matrimonio” debería ser sucedido por un “contrato de padres”, este último dentro de una perspectiva libertaria. En el contexto de este desplazamiento es que una teoría de la parentalidad, según Parsons, sucedería también a la teoría de las relaciones sexuales. Los trabajos de Saleeby y Parsons, aunque bien distintos en sus proposiciones, revelan cuánto los debates en torno a la parentalidad, desde el principio, han estado marcados particularmente por disputas morales y por una doble dimensión: control y liberación (Ben Hounet, 2014, 2022). A pesar de ser distintas, en ambas vertientes (eugenista, como medio de perfección de la especie humana, o emancipación femenina), los padres eran vistos, por lo tanto, como “pivotes” del progreso social y el matrimonio como el objeto central de estas disputas.
En lo que respecta particularmente a la Antropología, después de los artículos de Parsons, poco recordados, encontramos, en los años 1930, los trabajos de Malinowski sobre la familia, que abordaban las relaciones entre padres e hijos y la incidencia de estas en los sistemas familiares y de parentesco (Ben Hounet, 2014, 2022; Neyrand, 2019). Además de Malinowski, otros autores desarrollaron el concepto en sus trabajos. Entre ellos, destacamos en particular los de la antropóloga Esther N. Goody que se han vuelto ineludibles en lo que se refiere al desarrollo del término parentalidad en la Antropología. En su obra precursora Parenthood and social reproduction: fostering and occupational roles in West Africa, que en 2022 cumplió 40 años de publicación, Goody atribuyó cinco funciones a la parentalidad: concebir, criar, educar, dar un nombre y un estatus social al niño, ejercer sobre este ciertos derechos (Ben Hounet, 2022).
Jusq’aux écrits d’Esther Goody, le terme parenthood demeure toutefois peu employé, s’agissant des travaux sur la famille et la parenté en Afrique. Si le concept de kinship, infiniment plus usité par les anthropologues, s’intéresse à l’ensemble des proches, et em particulier aus générations passées, celui de parenthood semble davantage tourné vers l’enfance et les génerations à venir (Ben Hounet, 2022, p. 3).
La realidad que envuelve el término parentalidad ha sido y sigue siendo (bajo otras expresiones tales como funciones parentales, relaciones parentales, fosterage1 - confiage) objeto de muchos análisis por parte de los estudios africanistas (Ben Hounet, 2022). Antes de que este neologismo apareciera en otros países, como en Francia en los años 60, África (sobre todo África occidental) ya constituía un campo privilegiado para etnografías sobre este tema. Los trabajos de Goody influyeron tanto en las investigaciones de antropólogas y antropólogos africanistas, especialmente en los trabajos de Suzanne Lallemand (1993) sobre la ‘circulación de niños’, como en aquellos emprendidos en sociedades complejas, como es el caso de los trabajos de Agnès Fine (2002). Para la autora, el término parentalidad, aunque frecuentemente utilizado para referirse a las funciones parentales educativas, como lo propone Goody, abarca un conjunto de procesos y prácticas previos a la concepción hasta la convivencia de las generaciones en la adultez. A su vez, Maurice Godelier (1993) retoma la distinción de funciones que conciernen a la parentalidad, como lo propuso Esther Goody, para llamar la atención sobre lo que, para el autor, sería un principio fundamental del parentesco: la distinción entre el principio de filiación y el principio de descendencia. Tal discusión había sido elaborada por la escuela anglosajona, pero olvidada por Claude Lévi-Strauss (1974) y Louis Dumont (1972).
Uno de los mayores intereses de la obra de Godelier es mostrar que el parentesco es incorporado por los individuos y con ello el orden social que representa. Y, en ese proceso, la parentalidad podría, por lo tanto, explicitar algo de esa incorporación. Lo que nos parece fundamental en la contribución de estos autores es demostrar que el enfoque antropológico permite precisar las diferencias de extensión entre los dos términos (parentesco y parentalidad) y las formas en que pueden articularse en los diferentes contextos etnográficos (Neyrand, 2019, p. 41).
Estos dos aspectos de las diferencias de extensión y de las formas de articulación entre parentesco y parentalidad aparecen, por ejemplo, en las prácticas relacionadas con la gestación subrogada. Aureliano Lopes da Silva Junior, Mônica Fortuna Pontes y Anna Paula Uziel (2025), en su investigación, muestran cómo en la imposibilidad de cumplir el deseo de tener hijos y, por consecuencia, el deseo de parentalidad, la gestación por sustitución emerge como una posibilidad. No obstante, en la trama familiar-afectiva-parental que sostiene la “cesión temporal de útero”, la legislación brasileña define que “la cedente temporal del útero” debe pertenecer a la familia de uno de los compañeros en parentesco consanguíneo hasta el cuarto grado, de manera que “garantice” la existencia de “vínculos familiares” con aquellos/as para quienes gestarán el bebé. Esto significa que la gestación subrogada no debe extenderse a la parentalidad, al mismo tiempo que su posibilidad legal está condicionada a la existencia de lazos de parentesco entre la mujer que cede el útero y aquellos que ejercerán la parentalidad. Y lo más interesante, en estos casos, es que las relaciones familiares previas de parentesco son las que producirán parentalidades para la pareja/persona que serán las madres y los padres del niño, y también, en cierto grado, para la gestante y sus hijos/as. Y que, así, como podemos observar en el relato de la experiencia de Lilian, una de las interlocutoras de la investigación, el final de la gestación marca el inicio de la parentalidad de sus amigos. “Fue un momento emocionante porque me di cuenta de que a partir de ese momento ya no la tendría allí, ¿entendés? Nos íbamos a separar de allí en adelante. Entonces fue muy doloroso, ¿sabés? […] Y luego nació y me la presentaron directamente y estuvo en mi regazo durante un tiempo antes de ir al regazo de sus padres”. Aunque ella reconocía el vínculo entre ella y el bebé (sobre todo por el acto de compartir el cuerpo), este no era reconocido como “maternidad”. Esta, desde el punto de vista de Lilian, pasaría por otros lugares, como la lactancia: esta sí sería productora de “parentalidades”.
Parentalidad: la expansión del neologismo
A partir de los años ´90, en Francia, el término “parentalité” (parentalidad) que estaba reservado a los especialistas de las humanidades (Antropología, Psicoanálisis, Sociología) acaba tomando una gran importancia en los discursos sociales y políticos y en los medios. El sufijo “ité” sumado a “parental” permite, según Neyrand (2019), designar una nueva dimensión distinta de la del “parentesco” (parenté), que sería propia de la relación entre padres e hijos. La relación entre padres e hijos, como bien observa Neyrand (2019), adquiere tal proporción que termina convirtiéndose en una referencia principal de la acción social, sobre todo hacia la población en situación de mayor vulnerabilidad. El concepto se difundió rápidamente entre trabajadores sociales y psicólogos como una forma de evaluar moral y técnicamente los vínculos familiares (Roux; Vozari, 2020). Esta difusión del término muestra cuánto la acción sobre y a través de la parentalidad se ha convertido en “orden del día” y se ha multiplicado en publicaciones, coloquios y jornadas de formación centradas en el sustento/apoyo y en el acompañamiento a la parentalidad (Neyrand, 2019).
El término parentalidad, aunque, como recuerda Claudia Fonseca (2025a), puede sonar “extraño” o vago para muchos de los ciudadanos del llamado sur global, empieza (así como muchas de las ideas importadas de países europeos) a extenderse gradualmente por el resto del mundo. En Brasil, los debates en torno a la parentalidad y la proliferación de escalas para medir estilos parentales han cobrado fuerza en los últimos tiempos, principalmente debido al proceso de judicialización de las relaciones familiares. En particular, en la interfaz entre Psicología y Derecho, el término ha ganado tanta visibilidad que ha terminado siendo “institucionalizado” a través de la “recomendación del Consejo Nacional de Justicia, número 50/20142 que trata sobre el uso de talleres de parentalidad como política pública” (Neyrand, 2018, p. 1). En 2022, el Congreso Nacional inscribió la noción de “parentalidad positiva” como categoría oficial, en forma de la Ley nº 14.344 (Brasil, 2022), con el objetivo de promover la idea de una educación sin castigos físicos y de acciones de prevención y enfrentamiento a la violencia doméstica y familiar contra niños y adolescentes (Fonseca, 2025a).
En Argentina, el neologismo “parentalidad” ha influido significativamente en muchas de las reformas introducidas en el Código Civil y Comercial de 2015 en lo que respecta a la estructura normativa de la familia. Dejando atrás la arcaica fórmula de patria potestad, el conjunto de derechos y deberes de los padres en relación con los hijos ahora se denomina “responsabilidad parental”. También establece que los padres que se encuentran separados pueden elaborar un “plan de parentalidad” para organizar el cuidado, las responsabilidades de cada progenitor y el régimen de comunicación con los hijos, y que este plan puede ser validado por la autoridad judicial. Sin embargo, si bien estos cambios se basan en una nueva conceptualización de la infancia, en la medida en que se articulan con el principio del interés superior del niño y la autonomía progresiva, y tienden a una democratización de las relaciones familiares, en los últimos años han surgido otras iniciativas en torno a la parentalidad que, con un aura de cientificidad, buscan determinar si la parentalidad se está ejerciendo correctamente o no. Así, se han desarrollado guías y pruebas para evaluar la buena o mala parentalidad y, la “evaluación de las competencias parentales” ha sido el motor de algunas iniciativas institucionales orientadas al desarrollo de diagnósticos multidisciplinarios para determinar si la parentalidad es adecuada o inadecuada o, en términos de una de las directrices utilizadas por el Poder Judicial de la Ciudad de Buenos Aires, una “competencia parental positiva”, “restringida” o “incompetencia parental crónica”.
Observando las experiencias de diferentes países, es posible pensar que el término parentalidad traduce dos paradigmas: un primero relacionado con el proceso de adquisición de funciones parentales esperadas por la sociedad y, un segundo basado en el argumento de que la legitimidad de los padres y de hacer familia ya no depende del matrimonio o de la filiación, sino del niño. Más allá de esos dos paradigmas, es posible pensar, siguiendo las pistas de Ben Hounet (2014) que, desde el inicio del siglo XX, la parentalidad ya se constituía como objeto de disputas ideológicas distintas: de un lado, la dimensión emancipadora parental (a través del reconocimiento de nuevas figuras parentales - además de aquellas de madres y padres legales - dándoles visibilidad y legitimidad) y, del otro, aquella asociada a un fuerte control de los padres. Es importante recordar que la emergencia de la parentalidad también va acompañada de otras nociones conexas, tales como monoparentalidad, homoparentalidad, coparentalidad, pluriparentalidad, etc. (Martial, 2021). Y es, sobre todo, en función de la ‘monoparentalidad’ que la temática de la parentalidad se impone como una alternativa posible para que estas formas familiares salgan del registro de ‘desvío’.
Las dimensiones “emancipadora” y de “control” de los padres, aunque aparentemente distintas, están simultáneamente presentes, en una especie de dialéctica sin síntesis en la que la presencia de una es capaz incluso de estimular/activar la presencia de la otra. Presentes de forma concomitante, pero matizadas según el contexto y los sujetos que son interpelados. En Brasil, las investigaciones etnográficas han señalado que la dialéctica veiller sur/surveiller está presente en diferentes formatos en los grupos de apoyo a la adopción, en las visitas asistidas, en los programas gubernamentales (Primera Infancia Mejor - PIM, Niño Feliz - PCF, Bolsa Familia, etc.), en los servicios de acogimiento institucional, en el trabajo de apoyo a las familias cuyos hijos están en situación de calle o de acogimiento (como el acompañamiento realizado en el ámbito del Servicio de Protección y Atención Especializadas a Familias e Individuos - PAEFI y en la Escuela de Padres), en los procesos que culminan en la destitución del poder familiar y también en las prácticas del Consejo Tutelar (Cruz Rifiotis; Rifiotis, 2019; Fonseca, 2021; Klein, 2021; Lancellotti, 2016; Schuch, 2009, 2013).
El hecho es que los discursos políticos sobre la ‘buena parentalidad’ se han vuelto cada vez más normativos y, en algunos casos, la culpabilización y/o la responsabilización por una supuesta ‘no protección’ por parte de las madres y padres, sobre todo en familias en situación de pobreza, terminan acelerando los procesos de destitución del poder familiar y la separación de los bebés de sus progenitores (Fonseca; Marre; Rifiotis, 2021; Fonseca; Scalco, 2024; Gomes, 2022; Sarmento, 2020, 2021). Janaína Gomes y Claudia Fonseca (2025), al situar los servicios profesionales institucionalizados como parte de los circuitos de cuidado, muestran cómo el “contexto familiar”, sobre todo de la madre, sumada a factores como la edad y la condición de salud del niño, son determinantes en las decisiones judiciales sobre el desenlace de un acogimiento institucional: la reintegración familiar o la destitución y la colocación del niño en adopción. Es interesante observar cómo los discursos sobre la “buena parentalidad” están acompañados de una cierta jerarquización entre los derechos de la infancia y los derechos de la mujer. Desde esta perspectiva, también hemos visto la promoción de la entrega voluntaria de recién nacidos a la adopción como una política que ha sido priorizada mediante campañas y dispositivos jurídicos. Denise Clemente da Silva, Hevelyn Rosa y Cristiane da Silva Cabral (2025) muestran que siguiendo una lógica de incorporación selectiva de las luchas feministas en cuanto al derecho de tener o no tener hijos, las madres dispuestas a entregar a sus hijos son presentadas como responsables, conscientes y generosas, y las políticas de protección a la infancia terminan por sobreponerse a los debates sobre justicia reproductiva.
En algunos contextos, esta dimensión del control puede incluso revelar su faceta más extrema y peligrosa, como por ejemplo en el caso del Reino Unido, donde, en virtud de la ley de 1989 denominada Children Act, que busca reparar de forma temprana las situaciones de peligro o riesgo en las familias -con el fin de proteger a los niños- los padres se enfrentan a la separación o la amenaza de separación de sus hijos. La Children Act introdujo cambios significativos en la protección infantil en Inglaterra, al colocar el interés superior del niño en el centro de las intervenciones, con medidas rápidas y eficaces. Los padres, como bien observó Amossé (2025), pueden ver a sus hijos retirados en el momento del nacimiento, en función de la evaluación prenatal realizada por las trabajadoras sociales durante el embarazo de las madres. Este preocupante escenario en el campo del ejercicio de la parentalidad ya había sido registrado, en 2016, en el documental Les enfants volés d’Angleterre, de Pierre Chassagnieux y Stéphanie Thomas. En esa producción se retratan historias de madres como Bethany, de 22 años, quien, embarazada de su primer hijo, tuvo que huir del Reino Unido hacia el norte de Francia para evitar que los servicios sociales le retiraran al bebé en el momento del nacimiento. Debido a su historia familiar (suicidio de su hermana), Bethany fue señalada como una posible mala madre.
La llamada “parentalidad responsable” (responsible parenting), tal como la postuló Lister (2003) para el Reino Unido, enfatiza el autocontrol eficaz de los padres como cuidadores y productores de futuros ciudadanos. Así, el Estado se limita a proporcionar reeducación y apoyo mediante clases de formación y talleres para los padres y, en los casos más difíciles, prevé medidas coercitivas, como órdenes parentales (parenting orders) y órdenes de conducta antisocial (anti-social behaviour orders) dirigidas tanto a los padres como a los hijos. Este movimiento hacia la imposición de la responsabilidad parental forma parte de un giro que busca que el nuevo ciudadano sea capaz de comprometerse en un proyecto vital de superación y descubrimiento personal, para demostrar que es merecedor de las libertades liberales (Cain, 2011). Val Gillies (2005) también examina críticamente el creciente interés de las políticas públicas, especialmente en el Reino Unido, por la parentalidad como objeto de intervención estatal. También postula que, desde la década de 1990, se ha producido un giro normativo y moralizante en torno a la infancia, en el cual los padres -especialmente los de sectores populares- son presentados como responsables individuales de los problemas sociales, como la criminalidad, el fracaso escolar o la pobreza intergeneracional.
En Brasil, la etnografía de Schuch (2009) ya había señalado procesos similares de inversión en la educación de los padres en torno a la parentalidad, que también forman parte de la construcción de nuevas éticas para la ciudadanía, las cuales se basan en nociones neoliberales de autonomía y protagonismo de los sujetos. Al analizar las prácticas judiciales en el contexto de las políticas de gestión de adolescentes en conflicto con la ley, Schuch (2009) se encontró con la obligatoriedad de la participación de los padres y/o responsables de los adolescentes sometidos a medidas socioeducativas en la Escuela de Padres. Su existencia compulsoria para padres y/o responsables puede considerarse un indicador de las dinámicas contemporáneas de énfasis en la parentalidad tratadas aquí, ya que la propia medida judicial destinada a los adolescentes terminaba extendiéndose a los padres. En los encuentros de la Escuela de Padres, se invitaba a los padres y/o responsables a compartir dudas sobre la educación de sus hijos, así como a reflexionar sobre el tipo de influencia que ejercen sobre ellos. A esto se sumaba la importancia del manejo emocional a través del autocontrol, la autodisciplina, el respeto y la valorización de la privacidad y la autonomía de cada sujeto, valores que, desde una racionalidad liberal, constituyen ciudadanos responsables, que tienen deberes y deben ser capaces de autogestionarse (Ong, 2003; Rose, 1999, 2006).
Al igual que en los estudios de Lister (2003) y Gillies (2005) para el Reino Unido, la existencia de la Escuela de Padres en Brasil sugiere una estrecha relación entre el énfasis en la parentalidad y la expansión de una racionalidad neoliberal en las prácticas de gobierno contemporáneas, que invierten en la formación de competencias y capacidades individuales para el autogobierno, pero dejan poco espacio para la problematización de escenarios y procesos políticos y estructurales más amplios (Schuch, 2013). También sugiere que la parentalidad puede entenderse más allá de sus asociaciones con discursos moralizantes sobre el “buen padre” y la “buena madre” orientados a la protección y formación del hijo, para ser percibida también como una tecnología de poder productiva (Fonseca et al., 2016). Esto permite, por un lado, explicitar el enunciado de que toda reproducción es política (Briggs, 2017; Ginsburg; Rapp, 1995), y por otro lado, abrir un abanico muy interesante de interrogantes de investigación sobre el tema: ¿qué produce? ¿Cuáles son sus efectos? ¿Cómo ocurre?
De la familia a la parentalidad
Como se puede observar, la inversión del discurso público en la “parentalidad” también revela transformaciones en el funcionamiento de la esfera privada e interpela a los poderes públicos sobre la gestión que estos deben realizar respecto a la cuestión familiar, cada vez más centrada en la cuestión parental. Más que nunca, es posible observar, parafraseando a Ouellette y Goubau (2009), “une pénétration jusque-là inédite des pouvoirs publics” en las dinámicas de la parentalidad. Es el Estado, entendido aquí en una noción amplia y desontologizada -resultado de diversas prácticas de gobierno que lo exceden (verdades, experticias, instituciones y poderes diversos)- el que regula las decisiones sobre quién puede ser madre o padre y cómo será esa familia y sus dinámicas de parentalidad. “In this sense, parentality is not just a moralizing discourse that serves as a medium for normalization, it is also an instrument of government” (Roux; Vozari, 2020, p. 11; véase también Roux, 2022; Roux; Vozari, 2018).
En Sudáfrica, como nos muestra Fiona Ross (2025), la llamada “parentalidad positiva” se promueve como una forma de enfrentar desigualdades y violencias históricamente arraigadas en el país. En esta lógica, el abordaje público de cuestiones sociales pasa por la promoción de cambios en los comportamientos de padres y madres, y las dificultades parentales se sitúan predominantemente en la esfera personal, definida como el objetivo de intervención. Esta esfera alberga expectativas emancipadoras, pero al mismo tiempo intensifica el control sobre la gestión parental en la vida de los hijos, quienes son percibidos desde una noción de desarrollo y autonomía progresiva. De ahí la proliferación de proyectos que enfatizan la primera infancia, entendida como un período crítico (Fonseca, 2012b), y en los cuales los comportamientos parentales son clasificados como positivos o negativos (Szöke, 2020) en función del riesgo que pueden representar para el bienestar de los niños (Lee, 2014).
En el espectro de este riesgo, observamos una ampliación de las regulaciones en torno a los comportamientos parentales, en una lógica similar a la ya identificada en 1999 por Fonseca y Cardarello en Brasil. Las autoras estudiaron las categorías de ingreso de niños y adolescentes en medidas de protección en albergues del estado de Rio Grande do Sul, antes y después del Estatuto de la Niñez y la Adolescencia (ECA), promulgado en 1990. El ECA determinó legalmente que ningún niño o adolescente sería institucionalizado por motivos socioeconómicos; sin embargo, el estudio de las autoras señaló que, ante la falta de infraestructuras estatales robustas más allá de las medidas de protección, y en un contexto de desigualdades sociales como el brasileño, los niños y adolescentes seguían siendo ingresados en albergues por circunstancias relacionadas con dichas desigualdades; mientras que, ante la ausencia de categorías de clasificación legítimas para estos casos, los profesionales del sistema de atención clasificaban el motivo del ingreso utilizando categorías que acentuaban las faltas morales de los padres y/o tutores, como “negligencia”, “abuso”, “maltrato” y “abandono”. Fonseca y Cardarello (1999) afirman que incluso la propia definición de estos términos fue modificada, sin dejar dudas sobre quiénes eran considerados moralmente culpables de la necesidad de la medida de protección. Para las autoras: “Se crea entonces una situación particular en la que la noción de ‘niño ciudadano’ lleva como complemento casi inevitable la de ‘padres negligentes’” (Fonseca; Cardarello, 1999, p. 107).
Otros estudios también han destacado que, cuando se trata de las madres, se observa una mayor estigmatización y probabilidad de sanciones judiciales o sociales en nombre de la protección de los niños (Simmat-Durand, 2007, 2016). Según Bastard (2006), esta inversión sin precedentes en la noción de parentalidad se traduce en un nuevo tipo de producción normativa, cuya originalidad reside en el hecho de que ya no concierne a la familia ni a la forma de desempeñar los roles de pareja y sus obligaciones familiares, sino al papel de los padres. “Tout se passe en effet comme si la régulation sociale avait ‘déserté’ la question familiale pour occuper le terrain de la parentalité” (Bastard, 2006, p. 5). En este sentido, es posible observar un desplazamiento de la llamada “policía de las familias” hacia una “policía de las parentalidades”. Esto significa que, como sugiere Bastard (2006, p. 2), la atención y las preocupaciones sociales se trasladan de la cuestión familiar stricto sensu para centrarse en la relación entre padres e hijos. Si hasta entonces la familia era considerada la clave interpretativa de toda relación social, como sostenía Bourdieu (1993), actualmente esa clave pasa a ser la parentalidad (Neyrand, 2019; Rinaldi; Cruz Rifiotis; Marre, 2024).
En esta configuración, es a partir del niño que se organizan los “lazos familiares”, o más exactamente, las relaciones que se desarrollan en la esfera privada. Ya no es el matrimonio lo que constituye una familia, sino la llegada del hijo. El niño se convierte, por lo tanto, en el centro de esta parentalidad. De modo que su bienestar y sus derechos se transforman en el principal motor de esta dinámica de vigilancia y cuidado sobre los padres. “La question parentale devient un lieu d’investissement majeur, pour les parentes eux-mêmes, comme pour les professionnels et les institutions” (Bastard, 2006, p. 2).
Esto no significa que sea nueva la idea de supervisar a los padres o de moldearlos para que desempeñen ese papel. De hecho, estas ideas tienen muchos antecedentes que se remontan a las escuelas para padres, como ya se mencionó, y a las movilizaciones de distintos especialistas y autoridades públicas que se sucedieron a lo largo del siglo XX con el objetivo de “salvar a los niños” y garantizar prácticas parentales capaces de producir niños de la mejor calidad posible, buenos y útiles ciudadanos, llegando incluso a adoptar formas de eugenesia en algunos países, con campañas de esterilización forzada. El problema de la idea de “salvación”, especialmente cuando se sostiene en una retórica universal de los derechos humanos, es que al confundir “causas y efectos” (en este caso, el desarrollo infantil), encubre e incluso niega los factores que son los verdaderos obstáculos para la justicia social. Cabe recordar que cuando se pretende “salvar a alguien”, surgen dos cuestiones importantes. La primera es la supuesta superioridad e incluso arrogancia de quien pretende salvar. Y la segunda, que al salvar a alguien, se asume que esa persona está siendo salvada de algo y para algo (Abu-Lughod, 2012). Algo que no necesariamente coincide con los deseos y demandas de esas familias ni con sus modos de pensar y practicar el cuidado.
El ejercicio de la parentalidad y los marcadores sociales de la diferencia
Pensar efectivamente en las demandas de las familias y en los modos posibles de conjugar la parentalidad con la justicia social nos parece el desafío actual de las políticas públicas y los programas gubernamentales, en particular en Brasil. Ranna Corrêa (2025) demuestra cómo el activismo cotidiano de mujeres negras por el acceso a guarderías se articula con otras demandas relacionadas con el cuidado de los hijos pequeños, y refleja necesidades de toda la colectividad, como el derecho al agua potable, electricidad y saneamiento básico. Es decir, estas reivindicaciones son efectivamente las causas y no los efectos inmediatos del problema más amplio relacionado con el derecho a la guardería para sus hijos. Las articulaciones políticas y comunitarias emprendidas por estas mujeres evidencian cómo el ejercicio de la parentalidad no está disociado del acceso a condiciones de vida dignas, y que el desarrollo infantil, mucho más allá de la relación subjetiva con la madre, tiene que ver con un conjunto de infraestructuras cotidianas plenamente disponibles para las familias de clase media. La investigación de Corrêa (2025) también permite percibir cómo los procesos asociados a la parentalidad y su ejercicio no son homogéneos ni consensuados, sino que están configurados por diferenciaciones de género, clase, raza, etnia, capacitismo y otros marcadores sociales de la diferencia.
La articulación entre la parentalidad y las diferencias de clase y raza también es observada por Letícia Hasteireiter y Laura Lowenkron (2025). Las autoras muestran cómo, durante la pandemia de COVID-19, los estereotipos asociados a la “buena maternidad” constituyen un valor moral compartido por mujeres de clases trabajadoras, y estos ideales se convierten en un horizonte deseable. Así, el valor positivo asociado a quedarse en casa, estimular el desarrollo infantil, tener tiempo para cuidar de los hijos y divertirse con ellos es apreciado por las mujeres -en su mayoría negras- entrevistadas durante la investigación, quienes, de esta manera, buscan negociar posiciones socialmente inferiores dentro de “jerarquías reproductivas”. Por esta razón, como señalan Hasteireiter y Lowenkron (2025), la posibilidad de que algunas mujeres de origen popular -particularmente aquellas que tenían acceso a algún ingreso, aunque fuera mínimo- pudieran quedarse en casa y cuidar de sus hijos no fue vivida en términos de agotamiento, fatiga y perturbación, como ocurrió con mujeres de clase media que trabajaban desde casa y no contaban con cuidadoras. Para las mujeres provenientes de la clase trabajadora, al menos para las entrevistadas en esta investigación, la pandemia no trajo solamente un gran temor al contagio, sino también, paradójicamente, la posibilidad de “habitar una norma de género” permeada por ideas de “buena maternidad”, una maternidad que para muchas de estas mujeres ha sido un derecho históricamente negado.
Cabe recordar que, hoy en día, las iniciativas de supervisión y educación de los padres respecto a los niños también están disfrazadas de nuevos dispositivos de intervención y conformadas por conocimientos especializados que son transmitidos, retransmitidos y amplificados por los medios de comunicación, especialmente por internet. Si durante mucho tiempo la atención permanente hacia los niños no era el comportamiento esperado por parte de los padres -ya que el cuidado e incluso la vigilancia eran ejercidos de forma difusa por distintos adultos, sobre todo en las clases populares, como bien lo demostraron los estudios sobre la circulación de niños (Fonseca, 1995; Lallemand, 1993)-, actualmente, en un escenario de políticas neoliberales, asistimos a un cambio en esa dimensión colectiva de protección infantil hacia una individualización de la responsabilidad del cuidado (Fonseca, 2025a; Martin; Leloup, 2020). Esa individualización del cuidado viene acompañada de un endurecimiento de la tutela parental sobre los hijos y, por lo tanto, la norma parental adopta un encuadre más constante y, al mismo tiempo, una intención pedagógica que no da tregua a los padres (Pothet, 2024). La creencia de que ser madre o padre, como recuerda Fonseca (2025a), ya no debe ser vista como un “proceso natural”, mucho menos como una cuestión de simple intuición; por el contrario, es necesario buscar el consejo de “expertos” o de los llamados “coaches” de la parentalidad. En ese sentido, la cultura del consejo y de las recomendaciones impregna cada vez más el tejido social, propagándose especialmente en comunidades digitales. La formación de un mercado que reúne especialistas en torno a una parentalidad ideal atormenta a madres y padres, reforzando una lógica gerencial de búsqueda de rendimiento y de control parental simultáneo. Esta configuración corre el riesgo de oscurecer dimensiones más amplias y estructurales asociadas a la crianza de los hijos, siendo elegidos como el foco principal de preocupaciones y aspiraciones, bajo el signo del interés superior del niño.
La parentalidad, como campo social fuertemente moralizado, reúne a múltiples actores que participan en una construcción colectiva de lo que significa ser o convertirse en “buenos padres” y, en última instancia, también en “buenos hijos” (Drotbohm; N’Guessan, 2025). En la presentación de un número especial de la revista Ethos, Drotbohm y N’Guessan (2025) describen la parentalidad como una forma específica de práctica social que incluiría al menos tres grupos de actores: los propios padres, los especialistas profesionales o autoproclamados, y los grupos de pares. Es interesante cómo las autoras mapean este campo, trazando las especificidades (deseos, modus operandi, expectativas, etc.) de cada uno de estos grupos. Los padres, en la forma en que trabajan con sus propias imaginaciones parentales; los especialistas, que se posicionan como representantes de ciertos regímenes de conocimiento (a través de observaciones, comentarios, control e incluso intervención en las autopercepciones de los padres). En un tercer grupo, más difuso, estaría el público, que incluiría no solo a otros padres y especialistas, sino también a familiares, vecinos, desconocidos en la calle, es decir, todos aquellos espectadores de una comunidad imaginada de personas que aparentemente observan y juzgan si la parentalidad se ejerce de manera correcta, buena y apropiada.
Esta “tipificación” permite reforzar la idea de que la parentalidad se constituye a partir de una construcción colectiva que es negociada, contestada y, sobre todo, monitoreada. También permite identificar tanto a los actores pocas veces visibilizados (como los/as desconocidos/as en las calles, en el vecindario, en el transporte público, en los supermercados, en los centros de salud), como también a otros, como los representantes del Estado, frecuentemente presentes en ese imaginario colectivo sobre la normativización de la parentalidad (como encarnación privilegiada de las políticas orientadas a la crianza). Sin embargo, dicha “tipificación” oculta el hecho de que las fronteras entre estos grupos son muy tenues (es posible circular entre ellos, hay una permeabilidad entre los grupos) y que, debido a su carácter contingente y dependiendo del contexto, un determinado actor puede posicionarse (construir su lugar de enunciación) desde varios grupos simultáneamente. Justamente porque existe esa permeabilidad entre los grupos es posible pensar en las diferentes apropiaciones que se hacen de discursos aparentemente localizados en grupos específicos. En última instancia, la idea de grupo desplaza el foco del problema de la parentalidad en la contemporaneidad, es decir, un modo de funcionamiento basado en saberes y prácticas difusas que, evidentemente, trascienden las fronteras nacionales.
De esta forma, creemos que resulta productivo pensar cómo la gobernanza reproductiva, entendida como los mecanismos mediante los cuales diferentes configuraciones históricas de actores utilizan ciertos controles e imposiciones morales para producir, monitorear y controlar comportamientos reproductivos y prácticas poblacionales, ha operado a través de la parentalidad, no con la pretensión de otorgarle un contorno o forma acabada, sino más bien buscando delinear algunas características compartidas y destacadas, en mayor o menor medida, por distintos países en los últimos tiempos.
Los dispositivos de apoyo a la parentalidad
El apoyo a la parentalidad como un dispositivo de gestión social se difundió principalmente a partir de finales de los años 1990, asociado a políticas públicas de protección a la infancia. Aunque, en términos generales, la parentalidad se refiere al hecho de ser padre o madre, las políticas centradas en la parentalidad están dirigidas principalmente a familias económicamente vulnerables. Respecto a estas, el apoyo a la parentalidad, como observa Jessica Pothet (2015), se revela ambivalente y, como ya se ha señalado anteriormente, puede traducirse en críticas moralizantes sobre los modos de vida familiar, en la línea de lo observado por Donzelot (1986) en relación con la política social francesa de los años 1970. En Brasil, el apoyo a la parentalidad se considera transversal e intersectorial, y está menos institucionalizado que en otros países, donde la intervención se define con ese objetivo específico. La transversalidad e intersectorialidad observadas en Brasil se refieren a la inclusión de la parentalidad como fundamento de políticas públicas en áreas como asistencia social, salud, educación y justicia. La observación, como en el caso de visitas domiciliarias y visitas asistidas o supervisadas, y la orientación en grupos o talleres para padres son las principales acciones que concretan el objetivo de apoyo a la parentalidad. El énfasis de estas prácticas está en la orientación y evaluación de las competencias parentales. El espectro de evaluación puede ser bastante amplio: incluir el pasado de las relaciones familiares de los padres, ir más allá del presente del cuidado de los hijos y abarcar la evaluación de riesgos futuros. Se puede decir que la orientación y la evaluación actualizan prácticas de asesoramiento y recomendaciones legitimadas por la intención de garantizar derechos y priorizar el interés superior del niño.
Al reconocimiento de los padres y de su papel se suma un llamado normativo a las responsabilidades parentales y deberes educativos, que en la legislación brasileña se encuentran expresados en el Estatuto de la Niñez y la Adolescencia. Como destaca la bibliografía citada (Bastard 2006; Pothet 2015, 2024, entre otros), el apoyo a la parentalidad es ambiguo en cuanto a la valorización de las competencias parentales: por un lado, implicaría el reconocimiento de una pluralidad de estilos parentales o formas de ser madre y padre; por otro, supone una evaluación de competencias parentales basada en un modelo determinado, lo que implica que dichas competencias deben ser adquiridas. La “buena parentalidad”, promovida en nombre del interés superior del niño, o la llamada “parentalidad positiva”, afirmada como deseable para el desarrollo infantil, corresponde a la prescripción de prácticas que suponen ciertas condiciones materiales, además de un régimen moral centrado en la reflexividad sobre la educación de los hijos y en la manifestación de sentimientos (Fonseca, 2012a; Pothet, 2015; Schuch, 2013).
En un país con profundas desigualdades como Brasil, la evaluación de competencias parentales basada en parámetros que corresponden a posibilidades y estilos propios de las clases medias tiende a reproducir desigualdades y a colocar a algunos profesionales en una posición difícil. En el ámbito de la protección a la infancia, la actuación profesional está sujeta tanto a presiones sociales como a aquellas relativas a las jerarquías institucionales, especialmente en los sectores de salud y justicia. Las representaciones hegemónicas sobre los padres de niños institucionalizados, por ejemplo, aunque se transformen históricamente, siguen marcadas por estereotipos muy negativos (Fonseca, 2012a; Ribeiro, 2012). Las diferentes concepciones sobre los padres de niños atendidos por el sistema de protección a la infancia -percibidos ya sea como incapaces y culpables, o como personas que necesitan principalmente ayuda- no solo diferencian los modos de intervención propuestos, sino que también pueden colocar a los profesionales frente a dilemas complejos.
La coexistencia entre una lógica educativa o de ayuda y otra represiva o punitiva es identificada recurrentemente como una característica del sistema de protección a la infancia y, específicamente, de los significados atribuidos a las acciones centradas en la parentalidad (Fonseca; Schuch, 2009). En determinados contextos, factores como la escasez de recursos, la precarización de las condiciones laborales, la presión por resultados y la urgencia de respuestas están asociados al agotamiento y sufrimiento de los profesionales. A partir de entrevistas realizadas con psicólogas y trabajadoras sociales que actúan en los Juzgados de Infancia y Juventud del estado de São Paulo, Janaína Gomes (2022) constata una gran angustia y malestar laboral causado por la distancia entre las necesidades materiales de las familias y lo que las profesionales pueden ofrecer efectivamente, lo que muchas veces conduce a la separación de los niños.
La oposición entre la lógica de la transitoriedad, que sustenta el acogimiento institucional y familiar, y la lógica de la permanencia, que fundamenta la adopción, también genera dilemas en el ámbito de la protección a la infancia. En situaciones en las que la reintegración familiar no es considerada viable por los profesionales, esta rígida separación expone la insuficiencia y los límites del apoyo a la parentalidad. Irene Salvo Agoglia y Beatriz San Román Sobrino (2025) abordan las controversias, inconsistencias y tensiones que se hacen explícitas cuando la previsión de transitoriedad del acogimiento familiar no se cumple, pero tampoco se contempla la posibilidad de adopción por parte de las familias de acogida. Cuando el itinerario previsto no se realiza, la intención de adopción por parte de estas familias enfrenta obstáculos que exponen un estado de liminaridad (legal, institucional, afectiva y relacional) que persiste y afecta las subjetividades de todas las personas implicadas.
Parentalidades y la psicologización de lo social
El paso hacia una “policía de la parentalidad” se debe a un conjunto de factores, como las presiones ejercidas por los medios de comunicación y por la esfera política, con el objetivo de señalar y sancionar las carencias, desviaciones y abusos cometidos por los padres, así como a la difusión de saberes psicológicos y su radicalización en relación con la temática de la parentalidad (Bastard, 2006). En nombre del bienestar de los niños, y en el marco de un movimiento de psicologización de lo social, la vigilancia sobre los padres se vuelve aún más intensa (debido a los posibles riesgos de disfunción en las relaciones padres-hijos, malos tratos, etc.). La psicologización de lo social o de la sociedad se entiende aquí como la manera en que las ciencias psicológicas pasan a formar parte de la gobernanza reproductiva, en el sentido de proporcionar no sólo un repertorio lingüístico para comprendernos a nosotros mismos, sino también una diversidad de formas de hacer inteligibles los problemas sociopolíticos y de posibilitar programas para intervenir en ellos (Rose, 2010).
Ciertamente, esa presencia de las ciencias psicológicas en la construcción de esta gramática de lo social no es una novedad; por el contrario, alcanzó su auge a lo largo de todo el siglo XX. La diferencia hoy, especialmente en el campo de las parentalidades, radica en la combinación de estos modos de pensar: psicológico y neurobiológico. Nikolas Rose, en una entrevista en 2010, se preguntaba sobre una posible suplantación de lo psicológico por lo neurobiológico. Sin embargo, lo que se ha observado en las prácticas orientadas a la protección de la infancia y la adolescencia, tanto en Brasil como en otros países, es una combinación (y no una sustitución) altamente potente de estos dos enfoques. En este sentido, el foco en las neurociencias no excluye a las ciencias psicológicas, sino que las potencia y ramifica su presencia. Tanto los proyectos de intervención precoz destinados a apoyar a niños en situación de riesgo y prevenir problemas futuros, siguen expresándose en lenguaje psicológico, como también son reforzados o reencuadrados, para usar el término de Rose (2010), en lo que respecta a las implicaciones de la interacción madre-hijo para el desarrollo cerebral del niño.
El análisis crítico de esta articulación aparece en el artículo de Fonseca (2025b) sobre ciencia y políticas para la infancia en Brasil. Al trazar los movimientos que llevaron a la implementación de un programa del Banco Mundial para el desarrollo de la primera infancia (programa de DPI conocido como PIM - Primera Infancia Mejor) en el estado de Rio Grande do Sul, la autora muestra cómo, hacia el año 2000, se consolida una especie de consenso sobre la importancia del cuidado en la primera infancia, en términos del desarrollo de las habilidades cognitivas y emocionales del niño. El programa, que funciona a partir de visitas semanales realizadas por monitoras a hogares de familias de bajos ingresos (con niños y/o mujeres embarazadas), tiene como objetivo general el fortalecimiento del vínculo emocional necesario para el desarrollo de las habilidades cognitivas y emocionales del niño. Para la reflexión que proponemos aquí, resultan relevantes los discursos del defensor internacionalmente reconocido del DPI, el médico canadiense e impulsor de la red Centros de Primera Infancia, Fraser Mustard, sobre no solo la importancia del afecto materno para el desarrollo normal del cerebro del bebé, sino, sobre todo, sobre la parentalidad como clave explicativa del enorme analfabetismo y bajo rendimiento escolar de los brasileños.
Sin embargo, esta lógica de fijación reduccionista de las habilidades parentales, que inspira el programa, tiende a excluir otras consideraciones, a saber: 1) la insistencia en enseñar habilidades parentales ignora el hecho de que, en todo el mundo y sobre todo en poblaciones de bajos ingresos, un número elevado de madres trabaja fuera de casa; 2) parece ignorar décadas de investigación en las áreas de psicología y ciencias pedagógicas orientadas a la profesionalización de la educación infantil en jardines de infantes y guarderías; 3) los programas se difunden a través de un modelo universalista de organización familiar. Alimentado por el avance de las investigaciones psicoanalíticas y los aportes de la neurociencia, el PIM difunde las normas de la parentalidad positiva e invita, sobre todo a las madres, a convertirse en sujetos reflexivos capaces de “producir” niños autosuficientes y exitosos. Lo que el trabajo de Fonseca (2025b) nos muestra es cómo estas concepciones educativas, forjadas en otros contextos y con pretensiones universalistas, se convierten en aquellas que, progresivamente, prevalecen en la acción pública y en los dispositivos de apoyo a la parentalidad (Pothet, 2015).
Entre los sectores sociales más altos, como nos muestra Viviane Coelho Caldeira Ramos (2025), la formación parental se convierte en una fuente más de productos y servicios que supuestamente deben ser adquiridos. A partir de una investigación realizada en dos frentes (análisis de materiales dirigidos a padres de niños pequeños y de la recepción del discurso normativo por parte de un grupo específico), la autora nos muestra cómo la necesidad de que los padres se informen para ejercer las funciones de cuidado se ha intensificado en los últimos tiempos, teniendo a la ciencia, y sobre todo a la neurociencia, como base de sus argumentos de autoridad. Aunque se reconoce la diversidad de materiales analizados, la autora observa la difusión de una “única ciencia” y, en consecuencia, de un modelo de cuidado igualmente único que sirve como referencia para una serie de juicios morales.
Como parte de este proceso de psicologización de lo social, es posible observar la emergencia de todo un vocabulario asociado al ejercicio de la parentalidad. En él, la presencia sistemática de dos términos llama nuestra atención: trauma y attachment (apego). Y, en este punto, el ejemplo de los grupos de apoyo a la adopción, así como también el espacio de las reuniones de preparación de los candidatos a la adopción y el trabajo de acompañamiento de las familias cuyos hijos están en acogimiento institucional, nos parecen especialmente emblemáticos. Es importante recordar que el escenario de las adopciones, hoy, en Brasil como en el mundo, está marcado por una caída significativa en las adopciones internacionales y, en consecuencia, un retorno hacia las adopciones nacionales (Fonseca, 2019). Esta “inversión” viene acompañada de un cambio en el perfil de los niños “disponibles” para adopción: niños mayores, niños con enfermedades (más o menos graves, tratables o no), grupos de hermanos y niños con discapacidad. Esto significa que son niños que, desde el punto de vista de los servicios dedicados al acompañamiento de las adopciones, llevan consigo memorias de una experiencia vivida que, en general, es descrita como dolorosa y traumática.
El trauma está, en gran medida, asociado al “abandono” y a las experiencias vividas en la familia de origen. Poco se habla del recorrido del acogimiento como ese lugar de “memorias traumáticas”. Y es aún más raro escuchar sobre traumas derivados de las experiencias adoptivas, es decir, sobre los fracasos o rupturas en procesos de adopción. Maria Luisa Célia Escalona de Dios y Suliane Cardoso (2025) restituyen el recorrido de una joven que vivió en acogimiento institucional, fue adoptada a los seis años, tuvo su adopción disuelta a los quince por iniciativa de los padres adoptivos y volvió a vivir en acogimiento institucional, donde permaneció hasta los dieciocho años de edad. Las memorias y condiciones de vida de la joven evidencian los profundos impactos emocionales y sociales de las múltiples rupturas de parentalidad que experimentó a lo largo de su vida, no solo en relación con la familia de origen, sino también con la familia adoptiva y con la parentalidad ejercida en contexto institucional.
Desde el punto de vista de los especialistas (especialmente de los pedopsiquiatras) y de los profesionales, los “traumas” producidos como consecuencia del abandono dificultan el establecimiento del vínculo entre el niño y sus padres adoptivos. Como bien constató Anne-Marie Piché (2011), hay una tendencia a interpretar el establecimiento de la relación adoptiva desde la perspectiva de la teoría del attachment (teoría del apego), lo que hace que esta dimensión del “vínculo” sea considerada problemática desde el inicio, en términos de lo que pueden los sujetos y de la forma en que construyen parentesco y conducen el ejercicio de la parentalidad.
La presencia de estos dos conceptos (trauma y attachment) revela sin duda un movimiento importante de comprensión y escucha de sufrimientos que anteriormente no eran reconocidos. Sin embargo, esta perspectiva psicologizante plantea ciertas limitaciones, especialmente en lo que respecta a su articulación con el contexto más amplio de las políticas de protección a la infancia. Ante esta constatación, nos parece productiva la propuesta de pensar el traumatismo, en diálogo con Fassin y Rechtman (2011), no desde un punto de vista clínico, sino desde una perspectiva antropológica, con el fin de comprender cómo es pensado, vivido y experimentado en la sociedad, de forma matizada. Este desplazamiento de perspectiva ayuda a entender el traumatismo no solo como un fenómeno individual, sino como una “herida” que, aunque se experimente de forma individual, funciona como testimonio de algo que es colectivo. De esta manera, visibiliza e inserta las historias de los niños disponibles para adopción dentro de ese evento más amplio que son las adopciones como forma de gobernanza reproductiva contemporánea, la cual está fuertemente atravesada por cuestiones sociales, políticas y morales, como sugiere Laura Briggs (2012, 2017).
En lo que respecta al acompañamiento de madres y padres (especialmente aquellos en situación de vulnerabilidad), es posible pensar que la inversión en la parentalidad opera también a partir de la “palabra”. En lugar de una relación de autoridad en la conducción de las conductas, se puede observar un “gobierno por la palabra”. Desde esta perspectiva, estos padres son convocados a “narrarse”, a construir su recorrido y darle sentido, ya sea en reuniones individuales con psicólogas y trabajadoras sociales, en atenciones grupales, ante el juez y los profesionales del poder judicial, en el Consejo Tutelar, etc. Como observan Fassin y Memmi (2004, p. 83): “Il y a là une véritable pédagogie, non autoritaire, cohérente avec celle qui s’exerce par la parole”. Es posible pensar en un desplazamiento de una “policía de los cuerpos” hacia una “política de los relatos”, cuyo objetivo es precisamente vigilar biográficamente a los sujetos para que puedan inscribirse en las políticas sociales (Memmi, 2000, p. 15).
Esto quiere decir que, hoy en día, los poderes públicos que tradicionalmente tenían la vocación de producir homogeneidad en el cuerpo social, penetran cada vez más en la gestión de las existencias, tanto biológicas como biográficas (Fassin; Memmi, 2004). La acción pública se ha vuelto incitativa. Solicita las subjetividades y también, como recuerda Vrancken (2008, p. 9): “Elle multiplie les lieux où se voient de plus en plus convoqués les récits biographiques des personnes en vue d’obtenir des prestations sociales”. De esta forma, los padres son invitados reiteradamente, en las más diversas situaciones y ante distintos profesionales, a narrar sus experiencias familiares, los motivos que llevaron al acogimiento de sus hijos, lo que están haciendo para convertirse en buenos padres, su compromiso y su inversión en una transformación de sus dinámicas parentales. Y es importante decir que este proceso de narrarse no se presenta de la misma manera para todos los sujetos:
[…] se dire, se mettre en mots, se raconter, n’est jamais un processus dont la maîtrise est également distribuée. Au contraire, il est toujours le résultat d’une place et d’un rapport au discours (sur moi et sur le monde) socialement positionné (Roux, 2022, p. 103).
Las infraestructuras de la parentalidad: “tecnologías diagnósticas”, documentos y expedientes.
¿Cómo detectar fallas en la función parental? ¿De qué manera anticiparse y actuar preventivamente? O bien, ¿sobre la base de qué dimensiones e indicadores evaluar si esa función parental está siendo desarrollada correctamente o, por el contrario, está causando daños que, según las evidencias construidas, serán irreversibles y dejarán marcas duraderas en los niños? Si la “cuestión parental” se ha vuelto central y actualmente es significativa tanto en el desarrollo de políticas públicas como en la proliferación de consejos y mensajes prescriptivos orientados a la buena parentalidad, identificar sus déficits se vuelve crucial. La parentalidad, al haberse convertido en objeto de regulación, intervención pública y análisis, también se convierte en objeto de diagnósticos que permitan anticipar los riesgos asociados a su bajo desempeño. Así, no solo las intervenciones tienden a ser preventivas y precoces, dirigidas a niños cada vez más pequeños y a sus padres, antes de que surjan problemas graves (Hopman; Knijn, 2015), sino que también, en ese proceso, han surgido diversas tecnologías diagnósticas que, de una forma u otra, buscan responder a estas cuestiones. En otras palabras, si los déficits asociados a una parentalidad incompetente están directamente relacionados con el éxito futuro de los niños y también de la sociedad, una de las preocupaciones que surge es: ¿cómo obtener datos incuestionables que permitan intervenir para poner fin a esas incompetencias parentales o sancionar a quienes demuestran una parentalidad deficiente o inadecuada?
Una serie de categorías han sido creadas, estabilizadas y dotadas de sentido. Si, como aprendimos hace tiempo con Foucault (1996), las prácticas sociales engendran dominios de saber que no solo dan origen a nuevos objetos, conceptos y técnicas, sino también a nuevas formas de sujetos y sujetos del saber, en ese proceso, las “competencias parentales” (parental skills) se han convertido en un objeto mensurable. Definidas como el conjunto de capacidades psicoafectivas, cognitivas y sociales que permiten a madres, padres o cuidadores garantizar el bienestar, el desarrollo integral y la protección de sus hijos e hijas, diversos trabajos provenientes del campo psi sostienen que estas capacidades también pueden ser medidas, determinadas y/o evaluadas (Barudy; Dartagnan, 2010).
Un conjunto de protocolos, guías y pruebas comenzaron a ser elaborados para detectar e identificar posibles déficits en el ejercicio de las funciones parentales y, así, desarrollar nuevas intervenciones dentro del grupo familiar con el objetivo de garantizar “el interés superior del niño”. De este modo, se busca medir las competencias parentales mediante escalas y clasificaciones que permitan -o al menos eso postulan- determinar con precisión las situaciones en las que estas capacidades no se desarrollan o no pueden desarrollarse, y contabilizar las debilidades y fortalezas que poseen las figuras parentales, con el fin de distinguir si son suficientes para cubrir las necesidades del niño, y determinar si están o pueden estar en situación de riesgo y vulnerabilidad.
Para ello, como sugiere uno de los muchos manuales de parentalidad positiva desarrollados como guía para los diversos agentes institucionales que deben intervenir con familias previamente clasificadas como potenciales violadoras de los derechos de sus hijos, es necesario identificar los factores de vulnerabilidad y considerar diversos “estresores psicosociales”, como “pobreza, desempleo, desorganización en el hogar, barrios violentos, crisis de pareja” (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, 2021, p. 6), que afectan el desarrollo de una buena parentalidad. Una búsqueda rápida revela que, en varios países, guías, manuales y pruebas para determinar si la parentalidad es competente o incompetente se han expandido y ahora forman parte de los recursos disponibles para psicólogos y trabajadores sociales que necesitan diagnósticos o informes especializados para determinar judicialmente si esos padres están aptos para seguir criando a sus hijos. Aunque es posible suponer que tales tecnologías no se aplican de forma lineal, resulta impresionante su proliferación y la repetición de términos que conforman un arsenal de categorías diagnósticas.
Existen tres modelos principales de evaluación de las capacidades parentales utilizados en contextos judiciales (Choate; Lindstrom, 2018), desarrollados en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá. Todos ellos son enfoques clínicos aplicados en juzgados de familia y en otros organismos de protección infantil, y comparten una serie de actividades comunes, como la verificación de antecedentes, pruebas psicométricas, observación del padre, la madre y el niño, y entrevistas con el niño. Estas actividades se utilizan para determinar si los padres son suficientemente competentes para criar a sus hijos, si necesitan algún tipo de apoyo o intervención, o si sus derechos parentales deben ser revocados.
Sin embargo, como argumentan Peter Choate y Gabrielle Lindstrom (2018) al analizar la aplicación de la Evaluación de la Capacidad Parental (ECP) en el contexto de los tribunales canadienses, se trata de una tecnología desarrollada principalmente a partir de nociones euro-occidentales de familia. Así, cuando se aplica en contextos de diversidad étnica y cultural, reproduce actitudes coloniales hacia las poblaciones indígenas y periféricas, partiendo del supuesto de que sus prácticas parentales son inadecuadas. Estas pruebas psicométricas no incluyen indicadores que consideren las realidades sociopolíticas en las que viven estas poblaciones (dificultades de acceso a servicios, pobreza, diversas formas de exclusión, etc.), ni contemplan sus estructuras familiares y arreglos parentales. Se centran principalmente en la familia nuclear y en la relación diádica entre padres e hijos, sin tener en cuenta los vínculos con otros parientes y con la comunidad. No es casualidad que, en Canadá, las poblaciones indígenas estén significativamente sobrerrepresentadas en el sistema de protección infantil. Se trata de metodologías culturalmente sesgadas que, inspiradas en teorías como la del apego, se basan en una serie de supuestos teóricos que limitan la posibilidad de comprender otras formas de ejercer la parentalidad. No obstante, tienden a presentarse con una apariencia de cientificidad, o mejor dicho, de “tecno-certeza” -en palabras de China Scherz (2011)- y, por lo tanto, como si tuvieran una validez universal y atemporal.
Estas evaluaciones, que utilizan enfoques estandarizados para determinar los puntos fuertes y las limitaciones de las capacidades parentales, son consideradas valiosas en diversos contextos institucionales, especialmente en aquellos donde los profesionales están presionados a prever qué ocurrirá con el niño. Así, los métodos de evaluación actuarial del riesgo han ido ganando espacio en Estados Unidos como una forma de certificar estos procesos de evaluación y de neutralizar la arbitrariedad o la falta de transparencia que puedan tener los trabajadores sociales u otros actores al determinar una medida de protección. El uso de estas herramientas de evaluación de riesgo transforma un problema esencialmente político en una cuestión de diagnóstico técnico, reformulándolo en el lenguaje neutro de la ciencia (Dreyfus; Rabinow, 1988). Esta conversión crea una apariencia de racionalidad, inspira certeza y genera confianza.
Sin embargo, al evaluar la parentalidad en contextos de pobreza, se observa claramente que estos discursos técnico-jurídicos psicologizantes pueden llevar a diagnósticos estigmatizantes de madres y padres pobres, que terminan justificando intervenciones punitivas o medidas de separación familiar. Así, en lugar de abordar las condiciones materiales y estructurales que afectan el ejercicio de la parentalidad (vivienda precaria, violencia institucional, falta de acceso a servicios de salud, etc.), las dificultades se patologizan como si fueran resultado de trastornos individuales o deficiencias subjetivas (Llobet, 2014). Esta psicologización, por lo tanto, transforma problemas sociales en problemas clínicos, trasladando la responsabilidad al Estado (Villalta, 2021).
Además, como ya se ha señalado críticamente, el neologismo “parentalidad” también resulta eficaz para eufemizar las desigualdades de género que atraviesan la crianza y el cuidado de los hijos. Así, la evaluación de las competencias parentales silencia el hecho de que quien realmente es examinada, evaluada, juzgada y, en muchos casos, considerada incapaz, es la madre de los niños. Como argumentó Ruth Cain (2011), al analizar procesos judiciales en juzgados de familia del Reino Unido, la mayoría de los llamados “malos padres” son mujeres. De hecho, como documentan varias etnografías sobre el sistema de protección infantil desarrolladas tanto en Argentina como en Brasil (Alves; Rui, 2022; Barna, 2015; Cerletti; Santillán, 2018; Grinberg, 2017; Larrea, 2024; Llobet; Villalta, 2019; Ribeiro, 2012; Sarmento, 2021; Villalta, 2021), hay un uso frecuente de categorías como “madre negligente”, “madre sin afecto”, “madre abandónica” o “madre con rasgos patológicos”, reproducidas casi sin considerar el contexto social, económico o de violencia de género que muchas de estas mujeres atraviesan. Así, el uso acrítico de pruebas y protocolos psicométricos para determinar las capacidades parentales proporciona un lenguaje técnico y profesional que no solo despolitiza los problemas sociales, sino que también, en muchos casos, naturaliza y patologiza la desigualdad, convirtiendo situaciones de pobreza en indicadores de “incapacidad parental”.
Los tests y protocolos diagnósticos, por lo tanto, no simplemente reproducen de forma neutral determinadas realidades, sino que son potentes instrumentos para su construcción. En este debate, también pueden considerarse infraestructuras importantes (Star, 1999) que configuran las parentalidades, en la medida en que están vinculadas a un conjunto de prácticas de gestión en torno a la emancipación y/o el control parental. Sin embargo, como cualquier infraestructura, no constituyen artefactos estáticos, sino que solo pueden comprenderse en su dimensión relacional y ecológica, ya que tienen distintos significados para diferentes grupos (Star, 1999). Entendidos de este modo, también pueden vincularse al papel de los documentos en la construcción de la parentalidad. Ya sea en guías/manuales y normativas, como también en formularios y expedientes, el ejercicio de la parentalidad está atravesado por un conjunto de burocracias, procedimientos que se documentan y configuran la vida de los padres y también de los niños.
Los expedientes, lejos de ser agentes neutros en esta construcción, contienen información sobre los progenitores, sobre las circunstancias de la pérdida de la patria potestad, audiencias, etc. Crean y median categorías reconocidas por el Estado y reflejan también posturas políticas y éticas, puntos de vista sobre la familia, el parentesco y la parentalidad que delimitan lo que allí fue registrado para ser “encontrado”, actuando simultáneamente como telón de fondo para la instauración de dichas posturas políticas y éticas (Carsten, 2000). Como ya han demostrado Fonseca y Scalco (2015), los documentos son producto de mediaciones institucionales y, en la medida en que son actores fundamentales en la construcción de sentidos y efectos, también tienen biografías que pueden ser cartografiadas e investigadas, no constituyéndose como objetos estáticos. De la misma manera, como advierten Ferreira y Lowenkron (2020), los documentos no encuentran su validez en la investigación únicamente por su contenido, sino por su relación con el propio acto de documentar. Más allá de su dimensión informativa e instrumental, se vuelve relevante en el análisis de los documentos comprender cómo también son productores de relaciones, de conocimientos y de efectos singulares (Vianna, 2003). De este modo, importa no solo lo que está presente, sino también lo que está ausente en los documentos -por ejemplo, en un expediente, proceso o protocolo de atención (Muzzopappa; Villalta, 2011).
En estos casos, identificar las lagunas, las voces silenciadas y los pequeños gestos de resistencia de quienes se encuentran en los márgenes del conocimiento oficial evoca un sentido ético importante: la expansión de los límites del entendimiento y de los procesos hegemónicos, así como la inscripción de negociaciones y luchas posibles en torno a la parentalidad y su ejercicio. En cierto sentido, esta es la apuesta que realizamos a lo largo de este artículo, al analizar críticamente la parentalidad y su complejidad en el marco de la gobernanza reproductiva, enfatizando su constitución, tensiones y procesos fundamentales, dispositivos e infraestructuras. Estas contribuciones buscan ser conocidas, debatidas y difundidas, no solo para generar mayor y mejor conocimiento sobre el campo académico en torno a las parentalidades, sino también para promover reflexiones en términos de las prácticas y políticas públicas en este campo de intervención.
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1
El término “fosterage” se menciona por primera vez en la obra de Marcel Mauss sobre el don, para aclarar el equívoco del misionero George Turner al llamar “adoptada” a la niña que es recibida para ser criada por el marido y su mujer después de las festividades de nacimiento. Para Mauss, no se trata de adopción, sino del costumbre de fosterage [crianza de niños] dado que este se refiere al desplazamiento o colocación temporal (para fines de cuidado, alimentación y educación) de esta niña, de la hermana (y del tío uterino) al hermano (cuñado).
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2
Véase Brasil (2014).
Disponibilidad de datos
No aplica.
Editado por
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Editores
Ruben George Oliven - https://orcid.org/0000-0003-3556-6955Arlei Sander Damo - https://orcid.org/0000-0003-4368-6754Jean Segata - https://orcid.org/0000-0002-2544-0745
