Open-access Diversidad sexual y de género en enfermería: radicalizando conocimientos y prácticas

Este punto de vista propone una reflexión sobre la necesidad de radicalizar los saberes y las prácticas de enfermería ante la diversidad sexual y de género, poniendo de manifiesto cómo los procesos de invisibilización, silenciamiento y borrado están presentes en el campo de la salud. Esta radicalización no debe entenderse como una ruptura desprovista de diálogo, sino como una profundización del compromiso éticopolítico y científico de la enfermería con la justicia social. Se sustenta en una perspectiva crítica capaz de tensionar las normatividades excluyentes. Además, defiende la urgencia de avanzar en el conocimiento y la consolidación de prácticas en salud que no solo incluyan, sino que reparen injusticias históricas.

La diversidad sexual y de género se ha entendido de diferentes maneras a lo largo de la historia de la humanidad y ha surgido en los debates contemporáneos como objeto de análisis por parte de diferentes investigadores y movimientos sociales.

La diversidad de género abarca distintas posibilidades identitarias más allá de lo “femenino” y lo “masculino”, englobando otras formas de representar y expresar socialmente las expresiones de género(1). De este modo, la identidad de género es la autopercepción de género de la persona y cómo la expresa a la sociedad. Una persona que tiene una identidad de género que corresponde al sexo declarado al nacer puede ser denominada cisgénero. Sin embargo, si la persona no tiene una identidad de género equivalente al sexo asignado al nacer, puede ser considerada como una persona transgénero o no binaria(1,2), entre otras identidades que se alejan del sistema sexo-género impuesto al nacer(3).

La diversidad sexual, por su parte, conforma la pluralidad de experiencias y manifestaciones de la sexualidad humana(1). Las experiencias de cada persona en relación con la orientación afectivo-sexual se interpretan como la orientación de la atracción física, romántica y sexual hacia un género específico, o como independientes del género y la identidad de género, así como la ausencia (o escasa) atracción(1,2). Las orientaciones afectivo-sexuales pueden darse entre personas del mismo género (homosexualidad), entre géneros diferentes con los que la persona se identifica (heterosexualidad), entre ambos géneros (bisexualidad) y también caracterizarse por la ausencia o baja atracción sexual (asexualidad), entre otras manifestaciones. Esto revela que la sexualidad humana no es fija ni uniforme, sino que está atravesada por múltiples formas de sentir, desear y relacionarse.

Se trata, en ambas definiciones, de la diversidad sexual y de género, de la pluralidad de lo social, de las relaciones y de la coexistencia de diferentes características, perspectivas y experiencias dentro de un grupo y una sociedad. Son precisamente contrarias a la cisheteronormatividad, término surgido de la necesidad de analizar y criticar la idea de que la heterosexualidad y la identificación con el género asignado al nacer son la norma social(4). La comprensión de estos conceptos como sinónimos y la asunción del sentido cisheteronormativo en las relaciones sociales imponen violencia en diversos procesos sociales, principalmente a las personas que presentan orientaciones afectivo-sexuales e identidades de género que divergen de las normas sociales tradicionales(5,6).

En Brasil, país en el que se asesina a más personas lesbianas, gays, bisexuales, transgénero, queer, intersexuales, asexuales, pansexuales, no binarias y otras identidades de género y orientaciones afectivo-sexuales (LGBTQIAPN+) en el mundo, con una muerte cada 34 horas(7,8), alrededor de 19 millones de personas se reconocen como pertenecientes a este grupo, lo que representa el 12 % de la población general(6). Sin embargo, los datos oficiales sobre esta población no se identifican en los diferentes países, lo que revela que la invisibilidad estadística de la población LGBTQIAPN+ es, en sí misma, una expresión de la determinación social, ya que impide que se reconozcan las necesidades de salud de este grupo.

En este contexto, las personas LGBTQIAPN+ se enfrentan a peores condiciones de trabajo y de vida, así como a índices de violencia más elevados, lo que tiene un efecto negativo en el acceso a la educación y al trabajo formal y, en consecuencia, en sus necesidades de salud(6,7). De este modo, las formas de enfermar y morir de la población LGBTQIAPN+ están profundamente determinadas por factores históricos y sociales. Las desigualdades que sufre la población LGBTQIAPN+, como el estigma, la exclusión, la violencia y la negación de derechos, expresiones de la determinación social, operan como elementos estructurales que producen vulnerabilidades en salud(1,2,6,7).

En este punto, cabe señalar que las personas que componen el acrónimo LGBTQIAPN+ no son un grupo homogéneo en cuanto a sus necesidades de salud, sino que conforman un grupo identitario contrario a las definiciones tradicionales de hetero-sexualidad y cisgeneridad, que experimenta la lógica histórica de exclusión y silenciamiento de los cuerpos disidentes. Hacer frente a las injusticias impuestas a este grupo exige el reconocimiento de la deuda histórica con esta población, construida por siglos de patologización, marginación, ausencia y violencia. Esta postura requiere más que inclusión: requiere una reparación activa, con acciones afirmativas que hagan frente al legado de exclusión, promoviendo el protagonismo de estas personas en la construcción de políticas públicas y en la garantía de derechos.

La Política Nacional de Salud Integral de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Travestis y Transexuales, promulgada en 2011, constituye una de las medidas de reparación en el ámbito del Sistema Único de Salud (SUS) para garantizar derechos como el acceso a los servicios de salud, la educación inclusiva y la protección contra la violencia y los prejuicios. Presenta un plan operativo con estrategias para hacer frente a las desigualdades en salud estructurado en cuatro ejes: “acceso de la población lesbiana, gay, bisexual, travesti y transgénero (LGBT) a la atención integral de la salud”; “acciones de promoción y vigilancia de la salud para la población LGBT”; “educación permanente y educación popular en salud con enfoque en la población LGBT”; “monitoreo y evaluación de las acciones de salud de la población LGBT”(9).

La implementación de esta política está condicionada a la actuación articulada de los gobiernos en los diferentes ámbitos, incluyendo secretarías estatales y municipales, consejos de salud y órganos del Ministerio de Salud. Además, la presencia activa de la sociedad civil, en sus diversas formas de organización, constituye un elemento indispensable para garantizar los derechos, reducir las desigualdades y promover el ejercicio democrático del control social. Sin embargo, la eficacia de esta política sigue estando limitada por el desconocimiento y los frágiles mecanismos de seguimiento y evaluación que dificultan la identificación de las deficiencias, el ajuste de las prácticas y la plena inclusión de la comunidad LGBTQIAPN+ en los servicios de salud(10,11). Por lo tanto, es necesario fortalecer estrategias que articulen el financiamiento, la capacitación profesional y las acciones inter-sectoriales, asegurando que los principios de universalidad, inte-gralidad y equidad del SUS se apliquen concretamente a todas las identidades de género y orientaciones afectivo-sexuales.

Las personas LGBTQIAPN+ han sufrido históricamente prohibiciones, restricciones y violencia en los servicios de salud por parte de estudiantes y profesionales de la salud, lo que ha dado lugar a la propagación de estigmas y prejuicios, al alejamiento de este público de los servicios y al aumento de las desigualdades en salud, lo que revela importantes deficiencias en la formación en salud(12). Los temas de la diversidad sexual y de género han sido marginados y/o poco enfatizados en los planes de estudio brasileños en el área de la salud(13).

En particular, la enfermería, la mayor fuerza de trabajo en salud en Brasil y en el mundo, por su posición estratégica en el trabajo en salud, tiene una función social fundamental —y aún poco explorada— en la construcción de prácticas inclusivas, éticas y humanizadas dirigidas a las personas LGBTQIAPN+(5,12,14,15,16,17).

En los Estados Unidos de América, el tiempo dedicado a la enseñanza sobre las necesidades específicas de las personas LGBTQIAPN+ en los cursos universitarios de enfermería se estima en dos horas a lo largo de toda la formación(15). En Brasil se repite este escenario, en el que el enfoque de las cuestiones de salud relacionadas con la diversidad sexual y de género sigue siendo marginal, cuando no inexistente(5,16). Esta omisión curricular contribuye a la perpetuación de prácticas excluyentes y a la naturalización de la cisheteronormatividad en los espacios formativos.

En los estudios de posgrado, donde se produce la mayor parte de la investigación brasileña en enfermería, una revisión de disertaciones y tesis sobre la salud de la población LGBTQIAPN+, tomando como límite temporal el periodo de 2011 a 2022, mostró que la mayoría de los estudios buscaban esclarecer cuestiones sobre el acceso de esta población a los servicios de salud. Se identificaron barreras como resultado de prejuicios, violencia, falta de asistencia calificada y dificultades de acceso a información para la prevención y el tratamiento de enfermedades. También se reveló la ausencia de estudios cuyos autores fueran personas LGBTQIAPN+ de movimientos sociales y la necesidad de investigaciones que avancen en la aplicabilidad de las teorías de enfermería en la asistencia a dicho público(17).

Los hallazgos evidencian la urgencia de acercar la formación, la investigación y las prácticas de cuidado a las necesidades reales de la población LGBTQIAPN+. En este sentido, es imprescindible que el campo de la formación en salud incorpore de manera crítica y transversal los temas de la diversidad sexual y de género, en sus diferentes niveles, con el objetivo explícito de llevar a cabo prácticas de salud inclusivas, afirmativas y reparadoras, capaces de tensionar las normatividades excluyentes. En las acciones de extensión universitaria, se deben proporcionar espacios privilegiados para el acercamiento entre la universidad y la comunidad, favoreciendo el diálogo, la escucha cualificada y la construcción colectiva de prácticas de atención más sensibles a la diversidad. En la práctica asistencial, es necesario invertir en estrategias de sensibilización y capacitación permanente de los equipos de salud. En la investigación en enfermería, se debe contribuir a la producción de conocimiento sobre las necesidades de salud de las personas LGBTQIAPN+. Es imperativo que las investigaciones apoyen las prácticas, desde la perspectiva de valorar la inclusión y el protagonismo de la población LGBTQIAPN+.

Las experiencias exitosas en la formación en enfermería han mostrado avances importantes cuando la diversidad sexual y de género se incorpora de manera sistemática. El uso de metodologías activas y la inclusión transversal de contenidos a lo largo de los planes de estudio, asociados a la participación de personas LGBTQIAPN+ en los procesos formativos, contribuyen a ampliar las prácticas más representativas y sensibles a las necesidades de esta población y las competencias de los estudiantes(18,19). En el ámbito institucional, las políticas explícitas de inclusión y la participación de los líderes en los procesos de capacitación y reorganización de los servicios han favorecido entornos de trabajo más saludables y la mejora de la calidad de la atención(20,21). Estas iniciativas ponen de manifiesto que la inclusión crítica y coherente de estas temáticas no solo mejora la formación, sino que también transforma los contextos de atención y trabajo, reafirmando el compromiso ético-político de la enfermería.

De este modo, se defiende que el trabajo de la enfermería es de naturaleza intrínsecamente política, ya que implica la toma de decisiones, la movilización de recursos y la influencia en las políticas de salud, con el fin de garantizar el acceso y la calidad de la atención a las personas y las comunidades. La enfermería, formada por agentes políticos de transformación, debe posicionarse de manera activa en la lucha contra los prejuicios institucionales contra las personas LGBTQIAPN+, promoviendo entornos seguros, defendiendo políticas de salud que contemplen las especificidades de esta población y transformando las realidades de los cuerpos disidentes de la norma.

CONSIDERACIONES FINALES

Desde este punto de vista, se defiende que la atención de enfermería solo puede ser verdaderamente integral y equitativa cuando se basa en el respeto a las singularidades de las personas y en la escucha activa de sus voces. Debe guiar la construcción de políticas, investigaciones, conocimientos, enseñanza y prácticas de atención como camino hacia la transformación efectiva. Combatir los prejuicios y reconocer la deuda histórica de exclusión son pasos fundamentales hacia la justicia y la reparación.

La diversidad sexual y de género como dimensión esencial del trabajo de enfermería debe reconocerse como un imperativo ético, político y profesional. Superar las lagunas históricas en la formación, afrontar los prejuicios aún presentes en las prácticas de cuidado y proponer nuevas formas de cuidar exige compromiso, reconocimiento y respeto por los deberes profesionales, especialmente en el entendimiento de que la identidad de género y la orientación afectivo-sexual son elementos importantes del proceso de salud-enfermedad.

Ampliar el trabajo de enfermería más allá de la dimensión biomédica en los diferentes niveles de atención en salud y educación, por su capilaridad, con presencia constante junto a las personas, las familias y los territorios, desempeña un papel estratégico, con un potencial transformador y singular en este proceso. Consolidar un trabajo que reconozca, respete y celebre la diversidad sexual y de género es, en última instancia, reafirmar los valores fundamentales del respeto a la dignidad humana, el compromiso con la vida y la lucha por una sociedad más justa, plural y diversa. De este modo, se defiende la importancia de la participación de la enfermería en la formulación de políticas públicas más inclusivas y la incorporación sistemática de la evidencia científica en la gestión y la atención sanitaria del Sistema Único de Salud (SUS), con el fin de fortalecer las prácticas que tienen en cuenta la diversidad sexual y de género.

Por último, las entidades profesionales, educativas y diferentes organizaciones e instituciones deben adoptar una postura activa en la defensa de los derechos de la población LGBTQIAPN+, tanto a través de posicionamientos públicos y campañas institucionales como de acciones formativas y de supervisión de las buenas prácticas. El compromiso con la diversidad debe expresarse no solo en discursos, sino en acciones concretas que movilicen a los profesionales de la salud e influyan en la propuesta de políticas públicas.

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Editado por

  • EDITORA ASOCIADA
    Thereza Maria Magalhães Moreira

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    02 Mar 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    01 Jul 2025
  • Acepto
    15 Dic 2025
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