Este es un texto francamente polémico. En una época donde “crisis de paradigmas”, “orfandad”, “perplejidad”, “ausencia de interpretaciones totalizantes” se han vuelto expresiones y sensaciones recurrentes entre la intelectualidad y los políticos, la necesidad de establecer debates y encarar la controversia se impone por sí misma. No se trata de tomar partido, de manera oportunista, de los cambios políticos y económicos en marcha en el mundo contemporáneo. Es así porque cualquier pronóstico cerrado, ante la fluidez e incertidumbre que los propios cambios instalan, carga consigo una alta probabilidad de fracaso. Se trata, más bien, de procurar contribuir a situarnos en el flujo de los acontecimientos, en busca de comprender alternativas interpretativas que demostrarán ser más o menos apropiadas en función de cómo se desarrollen los acontecimientos. Con las idas y vueltas que acompañan la llegada de los límites del “socialismo real”, las discusiones positiva o negativamente vinculadas a la postmodernidad o al ambientalismo han atraído buena parte de la imaginación de aquellos que se preocupan por una solución posible a los dilemas actuales. Entenderlas como parte de una lucha por la hegemonía interpretativa no las descalifica, como groseramente podría creerse, como alternativas que vengan a establecerse o a desvanecerse en el horizonte.
Introducción
El desarrollo es una de las nociones más inclusivas existentes en el sentido común y en la literatura especializada. Su importancia en la organización de las relaciones sociales, políticas y económicas llevó a algunos antropólogos a considerarla no sólo como “una de las ideas básicas en la cultura moderna europea occidental” (Dahl & Hjort, 1984: 166) sino también “algo así como una religión secular” incuestionable, ya que “oponerse a ella es una herejía casi siempre severamente castigada” (Maybury-Lewis, 1990:1). El alcance de esta noción2 abarca desde derechos individuales, de ciudadanía, hasta esquemas de clasificación de los Estados Naciones dentro del sistema mundial, pasando por atribuciones de valor al cambio, la tradición, la justicia social, el bienestar, el destino de la humanidad, la acumulación de poder económico, político y militar, y muchas otras connotaciones vinculadas a ideas de relaciones apropiadas entre los hombres, y entre éstos y la naturaleza. Son, sin dudas, el alcance y las múltiples facetas de desarrollo que permiten un enorme número de apropiaciones y lecturas muchas veces divergentes. En suma, el desarrollo, al igual que la modernidad, son categorías vinculadas a un tipo de universo ideacional de una plasticidad tal que hace creer que se está ante una caja negra o una noción vacía.3 En efecto, los antropólogos suecos que investigan el “Desarrollo como ideología y modelo folk” (DAS, s/d: 4) se refieren al carácter de espejismo que posee la noción de desarrollo: “Todos hablan sobre desarrollo, pero nadie parece ser capaz de anclarlo en términos concretos”. Para ellos, este vacío se explica por las exigencias políticas y los cambios de rumbo a los que se ven sometidos los planes de desarrollo y el mundo industrial:
Suspendido en un tiempo/espacio que se altera constantemente de novedosas maneras, el desarrollo no puede ser un punto fijo que se desplaza majestuosamente a lo largo de su trayectoria predeterminada sin preocuparse de las turbulencias y la conmoción a su alrededor. La consecuencia de la incidencia de todas estas fuerzas en la ideología del desarrollo es que seguirá estando mal definida (si es que lo está) en cuanto a su fin último. Al mismo tiempo, esta plasticidad garantiza su continua viabilidad. Siempre está en proceso de transformarse, de realizar las promesas hechas (DAS, s/d: 5).
Uno de los presupuestos de este trabajo es que los diversos cambios en las formas de reproducción de la vida política, económica, social y cultural en la contemporaneidad, han conducido a una reformulación/reforma de la noción de desarrollo, que hasta hace poco estaba muy marcada por las teorías creadas a partir de los reajustes experimentados por el sistema mundial inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial.4 En realidad, las tentativas de reforma de esta ideología/utopía central del mundo moderno (heredera incuestionada de la idea de progreso) prácticamente han coexistido con su aparición en el primer plano de la escena, en el siglo XIX, a partir de desdoblamientos políticos, sociales, económicos y filosóficos del siglo XVIII. Recordemos las formulaciones de Owen, de Fourier y de Saint-Simon. Las variaciones de las apropiaciones de la idea de desarrollo, así como los intentos de reformarla, acaban expresándose en adjetivaciones que forman parte de su historia: desarrollo industrial, capitalista, socialista, hacia adentro, hacia afuera, comunitario, desigual y combinado, dependiente y, en el presente, autosostenido o simplemente sustentable. En rigor, estas variaciones y tensiones son representativas de la lógica de un campo de poder político y económico en el que los actores colectivos procuran establecer, como las más correctas, sus perspectivas particulares relativas a cómo se debe proceder en relación al desarrollo.
La tensión que subyace al conflicto interpretativo y político propio del campo en el que se mueven las cuestiones del desarrollo, puede remitirse a una doble faz del propio Iluminismo, un momento fundamental para el desdoblamiento de los nuevos pactos económicos, políticos y sociales de la modernidad y sus ideologías asociadas (progreso, industrialismo, secularización, racionalización, individualismo, por ejemplo). Una doble faz expresa en el conflicto entre los defensores de un proyecto vinculado a una razón instrumental, que alimenta procesos de crecimiento económico y acumulación basados en relaciones de explotación entre clases desiguales; y aquellos defensores de una razón histórica preocupada fundamentalmente con la justicia social (Quijano, 1988). Evidentemente, y por diversas razones, el momento actual tiene características, actores y discursos diferentes.
En el presente, acontecen cambios dramáticos en la organización y flujos de poder político y económico al interior del sistema mundial. No se trata de unirse al coro (que ya no es tan nuevo como algunos quisieran creer) que canta la muerte de la historia, del industrialismo, de la razón instrumental, del Iluminismo, del Positivismo, del Marxismo, etc. Pero es claro que hacia el final del siglo XX se asiste a una decadencia relativa de algunas de las más fuertes ideologías y utopías enraizadas en el siglo XIX. En Occidente, el Marxismo, por ejemplo, ha sido por muchas décadas un discurso proveedor de una matriz alternativa, sistemática y organizada al sistema predominante de relaciones sociales, económicas y políticas. Una alternativa que también apela a la legitimidad científica, tributaria de las nociones de desarrollo como crecimiento y que asigna un papel central a la industria en el destino de la humanidad, un marco de comprensión propio del siglo XIX. La historia del Marxismo es un claro ejemplo de las diversas apropiaciones vinculadas a contextos históricos y geográficos variados. En la actualidad, aunque se delineen más claramente los límites del marxismo-leninismo como ideología político-partidaria, el estatuto interpretativo de la teoría y del método elaborados por Marx (que no podían dejar de estar influidos por los acontecimientos políticos) sigue siendo objeto de gran debate. Nadie duda, por ejemplo, de la genial interpretación de Marx sobre el desdoblamiento del capitalismo industrial, ni de la importancia de su pensamiento para entender la historia económica y las desigualdades de poder político al interior de la sociedad. Plusvalía, fetiche de la mercancía, clases sociales, modos de producción, etc., -aceptadas o no por autores individuales- son contribuciones fundamentales del pensamiento marxista. Hoy, incluso desde una perspectiva eminentemente influida por el marxismo, lo que está en juego es cómo interpretar, en un momento diferente de la historia capitalista, las formas de reproducción de la vida que están experimentando cambios radicales.
Para los objetivos centrales de este trabajo, es útil recordar que durante mucho tiempo, e incluso hasta el presente, muchos marxistas entendieron la utopía sólo en su sentido negativo, como una articulación de ilusiones, una expresión de deseos vacíos, carentes de “valor científico”. Al fin de cuentas, fue Friedrich Engels, en su empeño por encontrar su propia distinción para el marxismo, quien calificó de socialismo utópico la producción de pensadores como Saint-Simon, fundamentales para entender las ideologías asociadas al “desarrollo”. En efecto, la crítica al discurso saint-simoniano puede entenderse mejor si consideramos que los pensamientos de Saint-Simon y sus seguidores fueron muy influyentes entre la élite intelectual, política y administrativa de Europa del siglo XIX, con su fuerte apelación al desarrollo tecnológico y a la racionalidad tecnocrática.5 El periódico saint-simoniano Le Globe era leído por representantes de la élite europea. Goethe, por ejemplo, se entusiasmaba con las posibilidades de realización de grandes obras a escala planetaria, como los canales de Suez o de Panamá, que provocarían modificaciones enormes en el flujo mundial de riquezas. De hecho, seguidores de Saint-Simon, fervorosos creyentes de los grandes poderes desatados por la industria, estuvieron umbilicalmente vinculados a obras importantes como la de los mencionados canales, que transformaron en pasado la necesidad de rodear África y América del Sur para llegar al Asia y al Océano Pacífico. El ahorro de tiempo y energía que suponían estas obras, además de su evidente importancia geopolítica, fueron las principales razones de las complejas articulaciones que promovieron entre los intereses capitalistas y los distintos Estados. La predilección por los grandes proyectos puede haber sido lo que llevó, en el siglo XIX, a los saint-simonianos a abogar por la existencia de un banco que operara a escala mundial para reunir los complejos paquetes financieros necesarios para el financiamiento de obras excepcionales.
En realidad, un banco así, el Banco Mundial, sólo sería creado luego de los acuerdos de Bretton Woods en 1944, dados los cambios en la economía política internacional provocados por la Segunda Guerra Mundial. El periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial sigue siendo fundamental para el debate sobre el desarrollo, por varias razones. Además de redefinir el peso de los distintos Estados-nación dentro de la división internacional del trabajo, se crearon nuevos mecanismos para operar a nivel global, como el Banco Mundial (Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo), el Fondo Monetario Internacional, el GATT (General Agreement on Trade and Tariffs) y las Naciones Unidas (ONU). Truman, desde las alturas del poder del Estado nación más poderoso después de la Gran Guerra, en un famoso discurso estableció el desarrollo como la gran salida civilizatoria para la humanidad. Se establecen como universales indicadores “objetivos” para medir performances de desarrollo, como el Producto Interno Bruto.6
En un mundo congelado por la Guerra Fría, las principales teorías sobre el desarrollo, conservadoras o no, empiezan a gestarse. América Latina no sería inmune a estas tendencias. En el seno de la propia Comisión Económica para América Latina (CEPAL), creada por la ONU en 1948, el desarrollo por vía de industrialización y sustitución de importaciones se transforma en una consigna. De hecho, los lineamientos generales de la discusión sólo se reordenarían unas décadas más tarde con los grandes cambios en el orden económico y político internacional, y con la introducción de nuevas voces en el debate, asociadas a proyectos ideológicos y utópicos que no habían encontrado antes espacio para desarrollarse con mayor intensidad.
Nuevas presencias: posmodernidad y ambientalismo
La actual retracción del Marxismo como discurso capaz de galvanizar visiones alternativas de la sociedad se entiende aquí dentro del complejo marco de confrontación entre los portadores de diferentes ideologías y utopías.7 Esta lucha, a su vez, está relacionada con los procesos en curso que están cambiando la configuración del sistema mundial. Las principales causas subyacentes de esta situación son la evolución de las industrias del transporte, la comunicación y la información, así como el progresivo aumento de la transnacionalización de los mercados financieros y los procesos productivos (Harvey, 1989). El ambientalismo y el posmodernismo son dos discursos que entran en esta arena y adquieren fuerza ante el relativo retroceso, tanto simbólico como concreto, del marxismo y del “socialismo real” como alternativa a las visiones clásicas de los sistemas de vida capitalistas. Considerando que la discusión sobre la posmodernidad está, al menos hasta ahora, muy restringida a las élites intelectuales y artísticas, tocando tangencialmente la cuestión del desarrollo, no me detendré en ella detalladamente para privilegiar el ambientalismo.
Sin aceptar, por supuesto, interpretaciones mecánicas de la relación entre los sistemas ideacionales y las realidades económicas, sociales y políticas, es interesante observar que dentro del debate sobre la posmodernidad, que para muchos refleja las condiciones contemporáneas del capitalismo transnacional (Jameson, 1984; Harvey, 1989; por ejemplo), se decreta el fin de la historia, el fin de la utopía. En este sentido, el discurso posmoderno, crítico con los grandes relatos de la Ilustración, puede verse como un discurso anti-utópico: “Si el pensamiento utópico ha sido considerado, a lo largo de la modernidad y desde el humanismo renacentista, como un ejercicio de la libertad del espíritu, en la posmodernidad aparece como un recurso autoritario para imponer orientaciones a la sociedad” (Hopenhayn, 1988: 63). Sin duda, la recepción negativa de la discusión sobre la posmodernidad por parte de muchos marxistas se debe, parcialmente, a la presencia de este tono anti-utópico.8
Sin embargo, comparto la opinión de Norbert Lechner (1988) de que si el elogio del presente por parte de la crítica posmoderna es, por un lado, inmovilizador, por otro tiene un aspecto positivo en la medida en que rechaza los aspectos salvíficos de la ideología del progreso, relativizando el futuro como solución, como «huída adelante» (Lechner, 1988: 135).9 De este modo, el presente es visto como el momento adecuado para postular cambios. Sin embargo, es curioso que el ambientalismo, tanto en sus versiones fundamentalistas más conservadoras (como el conservacionismo) como en las versiones que negocian con la idea de desarrollo, tenga al futuro como elemento central de su arquitectura interpretativa. En una vertiente, por la amenaza del fin de la vida y del planeta, lo que ya le ha valido el nombre de eco-apocalipticismo (Zencey, 1989); en otro, por la esperanza de reformar la lógica del desarrollo.
En resumen: en un momento en el que asistimos a la pérdida de la eficacia relativa de algunas de las principales ideologías/utopías ancladas en el siglo XIX, asistimos a la penetración, por un lado, del posmodernismo, discurso anti-utópico y contrario a categorías, interpretaciones y propuestas totalizadoras; y, por otro, a la del ambientalismo, de características utópicas y totalizadoras. Al mismo tiempo, la importancia del ambientalismo se refleja en su transformación en movimientos sociales y su visible penetración en los sistemas contemporáneos de toma de decisiones. Hoy en día, es un interlocutor aceptado por los principales participantes (Estados, organismos multilaterales y bilaterales, empresarios, organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales) en el campo de la discusión sobre el desarrollo.
En este sentido, me interesa una interpretación centrada en el ambientalismo como ideología/utopía, lo que nos lleva inmediatamente al plano de la comprensión del papel y la eficacia de las representaciones en determinados momentos históricos.
Breves consideraciones conceptuales
Acaso una de las discusiones más entrecortadas por diferentes posturas e interpretaciones sea la vinculada al análisis ideológico. Para evitar las connotaciones que, desde su aparición, han asociado casi exclusivamente el término “ideología” con el discurso de los adversarios políticos, a la ocultación y el escamoteo de la realidad para su manipulación pragmática, prefiero utilizar la expresión “sistemas ideacionales”. Sin embargo, la ocultación, el escamoteo y la manipulación también se expresan a través de medios simbólicos y discursivos. Por ello, admitiré que la(s) ideología(s) ya apunta(n) a una articulación selectiva con fines interpretativos, manipulativos o no. Con el único fin de diferenciar entre ideologías y utopías, de acuerdo con las tendencias clásicas de la literatura, voy a entender a las primeras como orientadas principalmente hacia el pasado, y a las segundas, hacia el futuro.
Una de las principales características de los sistemas ideacionales es que están constituidos por diferentes apelaciones a la legitimidad sobre distintas cuestiones que se perciben como centrales para la reproducción de la vida social. Más allá de las funciones integradoras-simbólicas, que son una de las facetas de todo sistema ideacional, podemos acordar, como dije, que las ideologías remiten a un conjunto de referentes del pasado que se construyen con el propósito de interpretar y, muchas veces, manipular el presente.
Aunque a un alto nivel de abstracción, precisamente en lo que se refiere a las llamadas funciones integradoras, se puede hablar de ideología en general (a este nivel “sistemas ideacionales” me parece una terminología más adecuada), está claro que en realidad no existe una ideología, sino muchas, que son portadas por diferentes actores colectivos. Estas ideologías suelen estar en contradicción u oposición entre sí. Los actores colectivos luchan por imponer sus visiones particulares como las verdaderas y más legítimas para la sociedad como un todo.
Me referiré, aunque de manera rápida y simplificada, a la discusión sobre la utopía, en vista de su carácter complementario.10 De hecho, sólo por razones analíticas puede establecerse una distinción entre utopía e ideología. La tensión ideología/utopía anima, en el seno de los sistemas ideacionales, un campo polarizado que, para Paul Ricoeur (1986), constituye la imaginación cultural y social. Resumiendo su problemática, Ricoeur se pregunta:
¿La función excéntrica de la imaginación como posibilidad de un lugar vacío (un no lugar) no implica todas las paradojas de la utopía? Además, ¿no es esta excentricidad de la imaginación utópica, al mismo tiempo, la cura de la patología del pensamiento ideológico, que tiene su ceguera y su estrechez precisamente en su incapacidad para concebir un lugar vacío? (1986: 17).
Todos los sistemas ideacionales hacen referencia al pasado, al presente y al futuro. Pero las utopías, como conjunto de intenciones a menudo unidas por una autoría reconocible (como la Utopía clásica de Tomás Moro, o la Nueva Atlántida de Francis Bacon), están fundamentalmente orientadas al futuro. En efecto, las utopías proporcionan una alteridad para que los actores sociales propongan, basándose en sus lecturas de las condiciones pasadas y presentes, cómo consideran que debería ser la realidad social, política y económica. Para Robertson (1984), por ejemplo,
… la especulación utópica se ocupa fundamentalmente de la naturaleza del tiempo, de la racionalización del pasado y del presente, y pretende controlar el futuro. Los movimientos sociales que inspira están igualmente preocupados por el tiempo y su manipulación (1984: 195).
Existe también una diversidad de discursos utópicos, portados por diferentes actores colectivos que se enfrentan o cooperan en términos de lo que debería ser el futuro de la humanidad. En este sentido, al igual que las ideologías, las utopías tienen un notable poder de reverberación política, que en mayor o menor medida, orienta interpretaciones, proyectos e iniciativas, individuales o colectivas.
En suma, es como si, en varios planos, las ideologías operasen preferentemente con manipulaciones del pasado en el presente, y las utopías con manipulaciones del futuro en el presente, tanto para los fines interpretativos de una búsqueda de congruencia en un mundo incongruente, como para los fines pragmáticos de establecer y legitimar diferentes niveles de acceso al poder. Así, los sistemas ideacionales, dentro de los cuales se sitúan todas las ideologías y utopías, son el universo en el que tiene lugar una lucha por la hegemonía, tanto en términos de ideologías como de utopías. Los distintos actores colectivos intentan constantemente convencer a los demás, por medios simbólicos o materiales, de que sus concepciones e interpretaciones son universales.
El desarrollo como ideología/utopía organizativa
Hay dos aspectos macro integrativos de la noción de desarrollo que conviene subrayar. En primer lugar, desde el siglo XIX, el ritmo creciente de integración del sistema mundial ha requerido una ideología/utopía que pudiera, tanto dar sentido a las posiciones desiguales al interior del sistema -sin requerir una dominación abierta, como en la época colonial-, como proporcionar una explicación a través de la cual los pueblos situados en los niveles inferiores pudieran “entender” sus posiciones y creer que había una salida a la situación de atraso. No casualmente la terminología del desarrollo implica por lo común el uso de metáforas que se refieren al espacio o al orden de forma jerárquica: desarrollado/subdesarrollado, avanzado/atrasado, Primer Mundo/Tercer Mundo, etc. Esta jerarquía es funcional a la creencia de que existe un punto al que se puede llegar siguiendo una especie de receta mantenida, en secreto o no, por los Estados-nación que lideran la “carrera” hacia un futuro mejor. Para Celso Furtado,
… puesto que el ‘desarrollo’ es concebido como una performance internacional -ignorando el costo de la acumulación en términos de valores culturales- la historia de los pueblos pasa a ser vista como una competición para parecerse a las naciones que lideran el proceso acumulativo (1978: 77).
Y sin embargo,
… la ideología del desarrollo se distingue de la del progreso por un economicismo más estrecho, inscrito en el marco de la dependencia exterior. La idea de progreso se utilizó principalmente para favorecer un pacto social entre grupos y clases que se sabía tenían intereses antagónicos (...) La idea de desarrollo como actuación internacional se disocia de las estructuras sociales, siendo simplemente la expresión de un pacto entre grupos internos y externos interesados en acelerar la acumulación. Ignorando las aspiraciones -contrarias o no- de los grupos que componen la sociedad, apunta al simple trasplante de la civilización industrial, concebida como un modo de vida material que se originó fuera del contexto histórico del país en cuestión (Furtado, 1978: 78).
El segundo aspecto macro integrativo a destacar es el siguiente: el desarrollo como noción universalmente deseada proporciona una etiqueta neutra para referirse al proceso de acumulación a escala mundial. Al utilizar “desarrollo” en lugar de acumulación o expansión, se evita una connotación indeseable: la diferencia de poder entre las unidades del sistema (intra o inter Estados-naciones) en términos económicos, políticos y militares. Esta característica ha sido la causa de una tautología, un tipo de razonamiento que asigna la culpa a la víctima, que puede ejemplificarse con una afirmación arquetípica como la siguiente: “son subdesarrollados porque no creen en el desarrollo”.
El desarrollo tiene varias otras connotaciones asociadas a su matriz principal, la idea de progreso, un concepto que, según historiadores y filósofos, se remonta a la Antigua Grecia (Delvaille, 1969; Dodds, 1973). Es interesante señalar, sin entrar en la compleja discusión sobre el estatus del “progreso” como idea matriz civilizatoria, que la idea de progreso se basa, en un primer nivel, en la percepción -y la posterior extensión analógica de esta percepción- de que los seres vivos experimentan un crecimiento para madurar. Por esta razón, la idea de progreso va acompañada, explícitamente o no, de su opuesta y complementaria, la de decadencia. Es como si la humanidad se encontrara en un dilema permanente, entre crecer o perecer. En este sentido, cabe destacar también la generación de la creencia de que el futuro será mejor que el presente y el pasado, a través de una serie de mejoras e innovaciones que los hombres serán capaces de inventar. Que el presente constituya algún tipo de mejora con respecto al pasado es una cuestión compleja que requiere un examen sistemático e histórico que abarque diversas dimensiones de la vida social. Sin embargo, no cabe duda de que, en un campo como el de la tecnología, se han producido una serie de mejoras a lo largo del tiempo. Quizá sea ésta una de las principales razones por las que la creencia en la redención de la humanidad, a través de la mejora tecnológica, constituye la columna vertebral del desarrollo como ideología y utopía.
El notable poder del desarrollo como ideología/utopía organizativa se refleja en su centralidad en los discursos que informan dos visiones predominantemente opuestas de la sociedad: el discurso capitalista liberal y el discurso socialista. Es necesaria una breve caracterización de éstos antes de introducirnos a cómo se relaciona el ambientalismo con este campo político e ideológico.
El discurso capitalista sobre el desarrollo se centra en las fuerzas del mercado, una entidad con poderes para corregir y regular las acciones de los agentes económicos y cuya labor recompensará a los individuos más capaces, permitiéndoles progresar a ellos y, por extensión, al conjunto de la sociedad. El desarrollo es un objetivo que debe alcanzarse con el menor grado de intervención del Estado. Si se deja interactuar a las fuerzas del libre mercado, la “mano invisible” organizará los factores de producción, aportando un mayor bienestar para todos. Aquí, el poder y el acceso diferenciado a los recursos naturales y humanos no se tienen en cuenta. En cambio, estos últimos factores se consideran cuestiones fundamentales en la vertiente socialista. Las sociedades se dividen en clases que tienen diferente acceso a los medios de producción. El libre mercado es una ilusión. Las fuerzas del mercado deben ser reguladas por el Estado para alcanzar la justicia social. El desarrollo sólo puede existir mediante una organización orquestada del poder político y económico que tenga en cuenta un objetivo redistributivo. A pesar de sus evidentes diferencias, no deja de ser correcto considerar que
… en tanto constructos ideológicos, socialismo y capitalismo representan la misma y fundamental visión ‘economicista’ del mundo (...) En cuanto al desarrollo, la mayoría de los países socialistas tienen políticas que implican un fuerte compromiso con el significado dominante del concepto, basado en el crecimiento, la innovación tecnológica, la modernización y una supuesta relación directa entre estos procesos y el bienestar humano. Las ideas de autonomía local o de satisfacción de las necesidades humanas no materiales pueden inscribirse en ‘modelos alternativos de desarrollo’, tanto en los países capitalistas como en los socialistas, pero rara vez cuentan con el mismo apoyo poderoso que se da a los otros componentes del significado, y se sitúan bajo el eje principal del pensamiento sobre el desarrollo apenas como una corriente opositora (Dahl & Hjort, 1984: 176).
La última observación de Gudrun Dahl y Anders Hjort conduce directamente a la lucha por la hegemonía entre utopías e ideologías de desarrollo. El ambientalismo lleva mucho tiempo asociado a “modelos de desarrollo alternativos”, pero sólo recientemente se ha convertido en interlocutor de los principales actores del campo desarrollista. Además de la propia dinámica interna del ambientalismo y de la apropiación parcial de algunas de sus proposiciones, creo que en esta transformación jugó un papel fundamental el abandono, en mayor o menor grado, de la asunción radical de un carácter “alternativo”, que progresivamente se fue convirtiendo en un indeseable foco de disputa con distintas voces del campo en cuestión. Aunque todavía es difícil, en términos sustantivos, diferenciar el ambientalismo como un campo político e ideológico en el que se desarrolla una lucha interna por la hegemonía, se pueden hacer algunas puntualizaciones iniciales sobre sus características básicas. De hecho, existen muchas versiones/variedades del discurso ambientalista y de los movimientos sociales asociados a él. El espectro de alianzas se extiende desde las grandes corporaciones multinacionales hasta los movimientos popular y sindical. En una época caracterizada por la “transfertilización ideológica” (Frankel, 1987), no es de extrañar una amplitud cuya variabilidad acabe engendrando rótulos como ecofascismo y ecosocialismo.11
Podría argumentarse que una de las razones del relativo éxito del ambientalismo en su conjunto es que tiende a ser percibido y divulgado, incluso por los medios de comunicación de masas, como una ideología ciega a las contradicciones de clase. A pesar de que el ambientalismo no comparte un cuerpo central y claramente definido de categorías interpretativas, puede decirse que el conjunto principal de sus referentes forma una matriz, la relación hombre/naturaleza, que se difunde o apropia de forma más neutra que otras que parten de la relación hombre/hombre, enfatizándola o asignándole un lugar central en sus arquitecturas teóricas e interpretativas. Ésta puede ser una de las razones por las que políticos de todo signo se adhieren a los discursos ambientalistas y por las que las llamadas “inversiones verdes” están generando un mercado propio en países como Estados Unidos.
Desde el punto de vista organizacional, el ambientalismo es tal vez una de las formas más contemporáneas de movimiento social, que articula constantemente burocracias centrales (una sede nacional o internacional), conocimientos científicos de distintos campos (ecología, antropología, biología, ingeniería agronómica y civil, física, etc.), redes de información (redes informáticas, mailing lists nacionales e internacionales), intenso lobby ante instituciones políticas y económicas, iniciativas legales, creación de eventos en medios electrónicos, reclutamiento de superstars y manifestaciones masivas y simultáneas en varios países como forma de hacer frente a la internacionalización de la cuestión medioambiental.
Desde un punto de vista ideológico, el ambientalismo internacional no es un movimiento tan contemporáneo y algunas de sus versiones pueden considerarse conservadoras. Para Anna Bramwell (1989), el movimiento ecologista lleva luchando por la visibilidad política desde el último cuarto del siglo XIX. En su historia, ha mantenido diferentes relaciones con distintos movimientos políticos y sociales. Basándose en numerosos datos historiográficos, Bramwell (1989) destaca la relación entre la ecología y la cultura alemanas, y la espinosa cuestión de la estrecha relación entre el nazismo alemán y las ideas ecologistas.12 Más recientemente, en el ambientalismo estadounidense, por ejemplo, ha habido diferentes organizaciones, incluidas algunas abiertamente progresistas.13 Sin embargo, no es muy común, por razones tácticas o no, leer un folder o informe anual de una ONG internacional que establezca, clara y críticamente, los vínculos entre la destrucción medioambiental y las interpretaciones que tienen en cuenta las contradicciones de clase, la expansión de la economía capitalista y el imperialismo.
Ya he mencionado que, como movimiento social plural, el espectro ideológico del ambientalismo es muy complicado. Sin embargo, no se puede eludir el hecho de que, al igual que otras ideologías/utopías relacionadas con el desarrollo, el ambientalismo se genera en el centro del sistema mundial y lleva consigo componentes culturales marcados por sus orígenes.14 A este nivel, potencialmente interfieren desde una cosmología amplia, incluida, por supuesto, la religión, hasta los derechos de ciudadanía históricamente conquistados, en los que se garantiza a los individuos su derecho a cuestionar y exigir (la noción norteamericana de accountability es ejemplar en este sentido) que las autoridades cumplan con sus responsabilidades, y -lo que quizá sea más importante- que realmente lo hagan. Según Bramwell (1989: 5),
(...) los países donde las teorías ecológicas han sido más importantes son Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos. Aunque la comunidad intelectual responsable de difundir y provocar la elaboración de estas teorías incluye a científicos, y activistas políticos, franceses y rusos, Gran Bretaña y Alemania presentan hoy la imagen más evidente de grupos ambientalistas movilizados. Estados Unidos inspiró ideas radicales y alternativas tanto como las recibió..., alteradas en alguna medida, desde Europa (1989: 5).
La autora señala como “raíces culturales” comunes a estos tres países una fuerte cultura liberal y protestante en el seno de una clase media numerosa y culta. Su énfasis acaba recayendo en la importancia de Alemania.
La influencia de las ideologías románticas puede identificarse en el ambientalismo. Es ampliamente conocido el importante lugar que ocupa la naturaleza en la construcción del romanticismo en la literatura. La contemplación de la belleza natural, de la que se han escrito tantos poemas, es fuertemente incompatible con el espíritu emprendedor del arquetípico agente capitalista (Berman, 1987). Aquí merece la pena centrarse en el ejemplo más reciente de interfaz formal del ambientalismo con el sistema de partidos políticos, el Partido Verde alemán, que entró en la escena política en 1979. Sin lugar a dudas, los Verdes alemanes también representan un universo ideológico complicado, pero claramente más radical que el estadounidense. Un segmento de los Verdes también es marxista, al menos en sus orígenes, y el partido se debate en una contradicción interna entre Fundis y Realos. Los primeros son fundamentalistas, partidarios de las relaciones con el establishment. Los segundos, realistas “interesados en cambiar el sistema desde dentro”, estableciendo alianzas con los socialdemócratas (Lynton, 1989: 5). Para Nandani Lynton, “la ideología verde... intenta equilibrar el igualitarismo típico del individualismo moderno con una visión orgánica holística de la naturaleza y de la comunidad humana” (Lynton, 1989: 3). Al mismo tiempo, esta autora ancla firmemente las ideologías y dilemas verdes en el universo del romanticismo alemán:
Los primeros románticos hicieron hincapié en la revitalización cultural y establecieron un estilo de vida que encarnaba sus ideales teóricos (...) Los románticos propagaron un ideal de unidad orgánica, igualdad y celebración del Volk como matriz de la naturaleza, la cultura y el lenguaje. Su filosofía social equilibraba las nuevas nociones de individualismo, originalidad e igualdad entre hombres y sexos con las estructuras jerárquicas heredadas. Los románticos situaban la igualdad y la solidaridad mecánica internamente en cada nivel social, al tiempo que afirmaban un orden jerárquico y, por tanto, la solidaridad orgánica entre las partes de un todo; trataban la contradicción conteniéndola en una clase abarcadora a un nivel diferente (Lynton, 1989: 6).
De hecho, tanto la existencia del Partido Verde como su eficacia están relacionadas con cuestiones históricamente fundamentales para la cultura alemana en su conjunto. Si bien pueden establecerse los vínculos del ambientalismo con el romanticismo, su relación con la “ética protestante” debe delimitarse más sólidamente. Algunas de las posturas ecologistas pueden dialogar eficazmente con este universo. En un folder de la Conservation International (1989), donde se esboza el programa de la ONG, se pueden encontrar frases como las siguientes: “La angustiosa víspera de un nuevo milenio puede que algún día sea recordada no tanto por su sucesión de crisis como por su conciencia de las fuerzas que configuran el futuro de la Tierra” (1989:1); “No sólo nos encontramos en el umbral de un nuevo milenio, sino ante un tipo de mundo muy diferente”. Eric Zencey, un ambientalista estadounidense, en un artículo en el que relaciona el movimiento ecologista con el milenarismo protestante, afirma:
Es irónico que el movimiento ecologista, al ofrecer la visión de una sociedad sostenible, haya extraído parte de su fuerza de una mentalidad que, por su propia naturaleza, no era sustentable15 (...) Seguramente el movimiento ecologista estaría mejor -y funcionaría mejor en el futuro- si sus participantes extrajeran su imagen del tiempo no de la noción romántica de la historia con su redención apocalíptica, sino de la naturaleza, donde no hay apocalipsis en absoluto, sólo adaptación y cambio continuos, y a veces, dramáticos» (Zencey, 1989: 93).
Es interesante observar que en un libro, escrito por un economista del Banco Mundial y un teólogo (Daly & Cobb, 1989), la importante noción de biosfera (definida en última instancia como la conciencia de pertenecer a una “comunidad de comunidades”) está explícitamente vinculada a una cosmovisión religiosa, cristiana y protestante. Para Herman E. Daly y John B. Cobb Jr., en este influyente trabajo con el público norteamericano, el intento de reformar las visiones religiosas, éticas, económicas y políticas implica una fusión de estos diferentes planos, guiada básicamente por la discusión ambientalista, y con la Biblia como parámetro último. El camino a seguir es superar la Ilustración y el resultante protestantismo moderno individualista, volviendo a la tradición profética de la Biblia. Desde esta perspectiva, el objetivo último de una visión biocéntrica es encontrar a Dios y no al planeta o a la biosfera. En efecto,
...sea lo que sea Dios, Dios es también totalidad inclusiva. La diversidad de las partes interconectadas de la biosfera da riqueza al todo, que es la vida divina. La extinción de las especies y la simplificación de los ecosistemas empobrecen a Dios incluso cuando no amenazan la capacidad de la biosfera para sostener la continuidad de la vida humana. Así pues, ¡el peligro de colapso del sistema vital no es en absoluto la única razón para oponerse a la destrucción de las selvas tropicales! (Daly & Cobb, 1989: 387).
Otra razón de la rápida difusión del ambientalismo es el hecho de que varios de sus temas y formas organizativas le permiten acercarse a un problema cada vez más candente, generado en el seno del llamado “nuevo orden económico internacional”; un orden que promueve una intensa transnacionalización económica, política y cultural que amenaza una noción cara a los Estados nación: la de soberanía. A pesar de que es posible debatir si los Estados nación (una forma de organización sociopolítica que se desarrolló en gran medida a partir del siglo XIX) sobrevivirán a un mundo cada vez más transnacionalizado, siguen funcionando en los escenarios políticos y económicos actuales. Por un lado, cuando los Estados nación entran en guerra, la soberanía y la ideología correlativa del nacionalismo han proporcionado históricamente una poderosa legitimación para la pérdida de vidas humanas. Por otro lado, en el mundo contemporáneo, los Estados nación siguen muy interesados en la industrialización y el uso intensivo de los recursos naturales, para reforzar sus poderes en un contexto competitivo dominado por los actores transnacionales. Por tanto, existe una contradicción, derivada de la creciente internacionalización de la economía política mundial, entre el concepto de soberanía y el de medio ambiente global:
La soberanía absoluta ya no es un concepto aplicable. Así como la economía mundial está cada vez más integrada, también lo están los ciclos ecológicos de las distintas regiones e incluso continentes. Sin una “diplomacia medioambiental” eficaz que dé lugar a acuerdos bilaterales o multilaterales para limitar o prohibir la producción de sustancias perjudiciales para la integridad del medio ambiente, cada país quedará a merced de las acciones de los demás. Así pues, la seguridad medioambiental depende fundamentalmente de la coordinación y la cooperación transnacionales (Pianta & Renner, 1989: 16).
Con estas últimas consideraciones en mente, no sorprende ver una incipiente tendencia entre los segmentos conservadores de las élites políticas y administrativas a construir -con el fin del peligro rojo- otro fantasma, el peligro verde. En 1990, por ejemplo, un documento de la Escuela Superior de Guerra de Brasil se refería al ambientalismo como una amenaza a la soberanía nacional. Por supuesto, la cuestión es compleja. La injerencia de la opinión pública o de organizaciones internacionales -especialmente en un contexto en el que persisten evidentes relaciones de desigualdad- en los asuntos de un Estado nación casi nunca es bienvenida. Por otra parte, las presiones ambientalistas han provocado una retracción del flujo de capitales hacia Brasil, especialmente hacia su sector eléctrico, que prevé, a medio plazo, explotar el potencial hidroeléctrico de la Amazonia. Las consecuencias de la construcción de grandes presas con sus inmensos embalses han demostrado ser perjudiciales tanto para el medio ambiente como para las poblaciones locales, beneficiando generalmente a grandes conglomerados políticos y económicos. Al mismo tiempo, con los rápidos avances de la biotecnología y la ingeniería genética, no está claro cuáles serían las repercusiones políticas y económicas de las propuestas que combinan el conocimiento científico, la manipulación tecnológica del material genético y las patentes, otorgando a los titulares de estas últimas derechos a nichos monopolísticos en el mercado internacional. Se trata, sin duda, de una cuestión crucial para un país como Brasil, que posee la mayor biodiversidad del planeta, gran parte de ella en la Amazonia.
Pero la complejidad de la cuestión nos obliga a un doble movimiento. En primer lugar, evitar una posición que se asemeje a un enfoque colonialista o dependiente de la cuestión de la soberanía. Aquí hay que reconocer que, en un mundo en el que prevalecen claramente las relaciones jerárquicas entre los distintos Estados-nación, cuestiones como la que nos ocupa pueden ser manipuladas para reproducir y ampliar la desigualdad en el sistema. Al mismo tiempo, es necesario reconocer que la realidad medioambiental no conoce fronteras, creando efectivamente fenómenos transnacionales. ¿Cómo abordar cuestiones como la lluvia ácida, el agujero de la capa de ozono o los accidentes nucleares, por ejemplo, si no es en el marco de la cooperación internacional? De este modo, es tan legítimo que las élites políticas del hemisferio norte propongan una acción inmediata contra la destrucción de los bosques tropicales como que las élites políticas del hemisferio sur propongan una acción inmediata contra, por ejemplo, el complejo militar-industrial que alimenta constantemente guerras y tiene en sus manos el mayor peligro para el futuro del planeta: el arsenal nuclear.
Desarrollo sustentable: el núcleo duro de la reforma utópica medioambiental
Con su creciente influencia en la escena institucional -véase, por ejemplo, la enorme movilización de recursos humanos y económicos para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992-, el ambientalismo ha necesitado un término medio, pasando del punto extremo del espectro que argumenta (o solía argumentar) en términos de crecimiento cero o no crecimiento, a una noción que aún no está totalmente construida, ni es plenamente operativa: el desarrollo sustentable. Este es el núcleo duro en torno al cual se intenta situar el ambientalismo cada vez con más fuerza dentro del campo más amplio de las luchas económicas, ideológicas y políticas en torno al desarrollo. Según un activo defensor del ambientalismo estadounidense, en 1989, el “desarrollo sustentable” no era más que otro slogan “recitado como un mantra en Washington y en los círculos multilaterales de desarrollo” (Rich, 1989). Sin embargo, ya se está intentando construir una categoría con una diferenciación interna que le permita convertirse en el principio organizador de una nueva visión del desarrollo.16 De hecho, el desarrollo sustentable tomó forma e impulso en el marco de los debates multilaterales y se extendió rápidamente a otros segmentos vinculados a las ideologías ambientalistas. Al involucrarse con la propia noción de desarrollo -una noción que, como señaló Marshall Berman (1987), implica una dialéctica de destrucción/construcción-, el ambientalismo ha ganado un importante espacio institucional, pero puede perder -¿o ha perdido ya?- su carácter de visión alternativa radical.
Antes de continuar por esta línea argumental, cabe plantear la cuestión de qué es el desarrollo sostenido. Hay que partir del hecho de que se trata de un concepto en elaboración, ya que no empezó a circular realmente como idea hasta finales de los años ochenta, sobre todo cuando se presentó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 31 de diciembre de 1987, el Informe Nuestro Futuro Común, o Informe Brundtland, de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de las Naciones Unidas. El énfasis en el “desarrollo sustentable” de este documento popularizó la expresión, a pesar de que no avanzó demasiado en la sistematización conceptual. La búsqueda de una definición de lo que sería este tipo de desarrollo, además de estar marcada por la propia polisemia de la noción de desarrollo, que permite su apropiación selectiva por segmentos con orientaciones político-ideológicas diversas, ha sido llevada a cabo más por los interesados en este ámbito político que por los especialistas académicos en el desarrollo. ONGs, organismos gubernamentales, agencias multilaterales y empresarios se mueven activamente en este campo.
Podría argumentarse que propuestas como el etnodesarrollo (por ejemplo, Stavenhagen, 1985) y, sobre todo, el ecodesarrollo, tal como se expresa en las obras de autores como Sachs (1986), son más elaboradas. Aunque evidentemente forman parte de la genealogía que informa, en mayor o menor medida, la noción de desarrollo sustentable, han quedado subsumidas en ésta o han tendido a ser ignoradas en el debate político actual en términos más amplios.17 Las relaciones entre ecologistas e indigenistas, aunque cada vez más situadas bajo el mismo paraguas, también forman un campo político diferenciado. Evidentemente, el entendimiento común de que las poblaciones indígenas tienen un conocimiento armonioso y no destructivo de la naturaleza otorga un gran peso a la elección del indio genérico como modelo.
Aparentemente, el nivel relativamente bajo de debate académico sobre la sustentabilidad refleja una cautela ante las modas a menudo asociadas a la construcción de utopías, o bien la propia novedad del tema (al menos en la intensidad con que se presenta en la actualidad). Aunque desde hace algunos años se viene planteando el carácter reformista de las ideologías ambientalistas (véase, por ejemplo, Cardoso, 1981), no es frecuente encontrar un teórico del desarrollo que se haya dedicado a dialogar frontalmente con la definición de sostenibilidad. Osvaldo Sunkel (1990), por ejemplo, cuando lo hace, parece ceñirse a la tautología insinuada en el propio término, es decir, asegurar básicamente la continuidad de la base natural de la producción económica:
...reinvertir en el medio ambiente natural para garantizar su conservación, recuperación, su mejor conocimiento, expansión y reposición es una condición esencial para garantizar la sustentabilidad del desarrollo. Para ello se necesitan recursos humanos, técnicos, financieros, institucionales y legales. Todo ello requiere obtener fondos adicionales que permitan movilizar estos recursos y aplicarlos al cuidado del medio ambiente, que es capital y patrimonio ambiental de la sociedad. Para ello, es necesario revalorizar las prioridades con las que se asignan los recursos económicos, una revalorización que privilegie el cuidado del medio ambiente por encima de otras prioridades (Sunkel, 1990: 52).
Sunkel ha sido un autor influyente en las discusiones latinoamericanas sobre el desarrollo, especialmente durante el florecimiento de las interpretaciones cepalina y dependentista, a menudo categorizadas respectivamente como desarrollistas y críticas de izquierda (Blomstrom & Hettne, 1988). Es curioso que la búsqueda de una definición de desarrollo sustentable se acerque tanto a una perspectiva armoniosa y no conflictiva de los procesos económicos, políticos y sociales implicados en el drama desarrollista. De hecho, es más bien en esta dirección en la que los científicos sociales han criticado justificadamente el ambientalismo en general y la idea de desarrollo sustentable en particular. Quizá las facetas más inmediatamente criticables se refieran a un ámbito clásico en el análisis del desarrollo y la expansión de los sistemas económicos: la desigual distribución del poder político y económico entre las clases, segmentos y poblaciones que participan en el drama del desarrollo.
La economía política que subyace a la discusión sobre la sustentabilidad de un nuevo modelo de desarrollo es -deliberadamente o no, estratégicamente o no- poco elaborada, por no decir ingenua u omisa. Los últimos párrafos de un documento informativo sobre el escenario probable de una “sociedad sustentable” en el año 2030 contienen pasajes como el siguiente:
(...) A medida que la acumulación de riqueza personal y nacional deje de ser un objetivo, la brecha entre los que tienen y los que no, se irá cerrando gradualmente, eliminando muchas tensiones sociales. Las diferencias ideológicas también desaparecerán gradualmente a medida que las naciones adopten la sustentabilidad como causa común (...). Con las tareas cooperativas que implica restaurar la Tierra de tantas maneras y tan ampliamente, la idea de hacer la guerra puede volverse un anacronismo (Brown, Flavin & Postel, 1990: 238).18
No se trata de no aceptar los aspectos reformistas de las propuestas, sino de no desconocer las contradicciones fundamentales del universo construido por la expansión capitalista. Una de ellas, importante sobre todo para países como Brasil y el llamado Tercer Mundo, es que uno de los elementos centrales del nuevo modelo sería el respeto a las categorías culturales locales tomadas, no como un impedimento al crecimiento económico, sino como parte central de su sustentabilidad. La “Declaración de Manila sobre Participación Popular y Desarrollo Sustentable” (1990) ofrece un buen ejemplo.19 En ella, al tiempo que se critica el modelo imperante, se hace un enfático llamamiento a un modelo de desarrollo alternativo, basado en la comunidad y
(...) entendido como un proceso de cambio económico, político y social que no tiene por qué implicar necesariamente crecimiento. Las comunidades humanas sustentables sólo pueden lograrse mediante un desarrollo centrado en las personas ... [que] pretende devolver el control sobre los recursos a las personas y sus comunidades, para que los utilicen para satisfacer sus propias necesidades (Declaración de Manila, 1990:46).
Entre otras cosas, se menciona que este tipo de desarrollo se “construye sobre los valores y la cultura del pueblo” (1990). Sin duda, se trata de una aspiración legítima e importante, pero que transita por la fina y -en este contexto- paradójica línea de aceptar el desarrollo como una categoría universal. En cualquier caso, el dilema político aquí es central y difícil de resolver para quienes se sitúan críticamente fuera del centro del sistema mundial:
Si el desarrollo se asocia a un movimiento histórico que comenzó a desarrollarse en Europa hace siglos, imponiendo sus concepciones y necesidades en todas partes, ¿estamos condenados a un ‘eterno retorno’ a preguntas como qué tipo de desarrollo queremos? ¿Queremos algún tipo de desarrollo? (Ribeiro, 1990: 293).
Sin querer caer en un sociologismo exacerbado, pero considerando el carácter a menudo abrumador y el funcionamiento “desigual y combinado” del desarrollo, ¿es posible optar efectivamente por términos localistas radicales? El pragmatismo histórico nos llevaría a creer que no. La historia de la expansión del sistema político-económico capitalista -y los antropólogos lo saben mejor que nadie-, es sinónimo de desconsideración por las formas de relaciones sociales, económicas, políticas y culturales de las poblaciones autóctonas. Además, la economía de mercado, especialmente en un mundo cada vez más integrado transnacionalmente, hace altamente problemáticas, si no imposibles, pretensiones autárquicas que no estén en sintonía con algún nicho diferencial de integración con la economía global (Harvey, 1989). La posibilidad de autonomía, en cualquier caso, hace necesario, como mínimo, volver a una vieja discusión en la teoría del desarrollo sobre el grado y las formas de integración en un sistema político-económico más amplio.20
La propia idea básica de un crecimiento económico compatible con la preservación de la naturaleza es susceptible de duras críticas, dada la realidad de la historia económica mundial. Es más, el desarrollo sustentable presupone una fe en la racionalidad de agentes económicos articulados en rigurosas acciones de planificación (ideología central del modelo de desarrollo y de las formas transnacionales de expansión del capitalismo vigentes) que concilien intereses tan diversos como el afán de lucro del empresario, la lógica del mercado, la preservación de la naturaleza y, quién sabe, hasta la justicia social, ya que la pobreza es una de las mayores causas de degradación ambiental. Si la explotación de un segmento social por otro no es problematizada de modo frontal, se resuelve aparentemente como un subproducto más de la instauración de un modelo racional, adaptado a las realidades de nuestro tiempo, especialmente en lo que se refiere al control de la eficacia del proceso productivo y del crecimiento poblacional. ¿No es debido a las dificultades inherentes a la conciliación de un abanico tan amplio de contradicciones, sin una teoría social que les dé sentido, por lo que la idea de desarrollo sustentable ha sido recibida a menudo como una contradicción por los científicos sociales? (véase, por ejemplo, Santos, 1991). Isabel C. M. Carvalho (1991) afirma que
(...) para comprender mejor de dónde procede y a quién atiende el concepto de desarrollo sustentable, debemos examinar su genealogía, reconstituyendo las relaciones de poder que lo produjeron. Su matriz es el proyecto desarrollista liberal aplicado al medio ambiente. Desde la Conferencia de Estocolmo de 1972, quedó claro que la preocupación de las organizaciones internacionales en relación con el medio ambiente era elaborar una estrategia de gestión de ese medio ambiente, a escala mundial, que garantizara su preservación dentro de un proyecto desarrollista. Desde esta perspectiva productivista, lo que realmente se quería preservar era un modelo de acumulación de riqueza en el que el patrimonio natural se convertía en una mercancía. La apelación a la humanidad y al bienestar de los pueblos se utilizó como coartada, siempre citada junto a los objetivos de crecimiento económico, prestando una preocupación humanista a intenciones no tan nobles (Carvalho, 1991: 11).
Sin duda, el Informe Brundtland y otros documentos sobre el desarrollo sustentable, lejos de impugnar el crecimiento económico, lo presentan como una solución, al tiempo que enarbolan la bandera de un “futuro común” mejor si se sigue este camino:21
El desarrollo sustentable se define como aquel que ‘satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas’ (p. 9); ‘es un proceso de cambio en el que la explotación de los recursos, la orientación de las inversiones, la dirección del desarrollo tecnológico y el cambio institucional están en consonancia con las necesidades actuales y futuras’ (p. 10); ‘es un desarrollo que mantiene las opciones futuras posibles’ (p. 46); ‘es una corrección, una reanudación del crecimiento alterando la calidad del desarrollo’ (p. 53); ‘es un cambio en el tenor del crecimiento, para hacerlo menos intensivo en materias primas y más equitativo en su impacto’ (p.56) (Santos, 1991:3).22
El desarrollo sustentable pretende satisfacer las necesidades y aspiraciones del presente sin poner en peligro la posibilidad de satisfacerlas en el futuro. Lejos de querer que cese el crecimiento económico, reconoce que los problemas ligados a la pobreza y al subdesarrollo sólo pueden resolverse si hay una nueva era de crecimiento en la que los países en desarrollo desempeñen un papel importante y obtengan grandes beneficios (p.44) (Carvalho, 1991: 12).
En esencia, el desarrollo sustentable es un proceso de transformación en el que la explotación de los recursos, la dirección de las inversiones, la orientación del desarrollo tecnológico y el cambio institucional se armonizan y refuerzan el potencial, presente y futuro, para satisfacer las necesidades y aspiraciones humanas (p. 49) (Carvalho, 1991: 12) .
El desarrollo sustentable exige que se satisfagan las necesidades básicas de todos y que se les den oportunidades para realizar sus aspiraciones a una vida mejor. (...) Una gran actividad productiva puede coexistir con una pobreza generalizada, y esto supone un riesgo para el medio ambiente. Por eso el desarrollo sostenible exige que las sociedades satisfagan las necesidades humanas tanto aumentando el potencial de producción como garantizando que todos tengan las mismas oportunidades de vivir una vida mejor (p. 46) (...). La valoración global de la Comisión es que la economía internacional debe acelerar el crecimiento mundial respetando las limitaciones ecológicas (p. 97) (Carvalho, 1991).
De hecho, tratándose de un proceso en curso en el que la amplitud de su espectro ideológico, así como la variabilidad y el conflicto de interpretaciones, están aún sujetos a oscilaciones y apropiaciones múltiples, la discusión sobre el desarrollo sustentable apunta también a un esfuerzo por “re-moralizar” el capital, fundamentalmente incorporando a sus cálculos la preocupación por las generaciones futuras, el “concepto de equidad intergeneracional, de carácter profundamente moral” (Brown, Flavin & Postel, 1990: 218).23 Igualmente importantes son las propuestas de reformas y problematizaciones relativas al fin de la “obsolescencia programada”, el uso eficiente de los recursos energéticos, de los recursos renovables y no renovables, el uso de fuentes de energía alternativas como la solar y la eólica, el reciclaje de productos y el control de los residuos, en la producción y el consumo, la aparición de una nueva ética del consumo, la conversión del gasto en la carrera armamentística en gastos de alcance social (véase, por ejemplo, Brown, Flavin & Postel 1990). En este sentido, quizá uno de los esfuerzos más interesantes que se están realizando es el de cambiar los criterios contables del crecimiento, el progreso y la riqueza, modificando los indicadores utilizados, especialmente los vinculados al cálculo macro del desarrollo, el Producto Nacional Bruto (PNB):
... los indicadores económicos son defectuosos en un aspecto fundamental: no distinguen entre el uso de los recursos que sostienen el progreso y el de los recursos que lo socavan. (...) El PNB incluye la depreciación de la maquinaria y el equipo, pero no tiene en cuenta la depreciación del capital natural, que incluye recursos no renovables, como el petróleo, y recursos renovables como los bosques (Brown, 1990: 21).
[El cálculo del PNB de un país como Indonesia que incorporara] el “agotamiento del capital natural”, considerando únicamente el consumo de petróleo, la erosión del suelo y la deforestación ... [mostraría] que la tasa de crecimiento económico de Indonesia entre 1971 y 1984, estimada inicialmente en un 7%, fue en realidad sólo del 4%». El sistema convencional no sólo sobreestima a veces el progreso, sino que también puede indicar que se está progresando cuando en realidad se está retrocediendo (Brown, 1990: 21).
Hazel Henderson (1990) llama la atención sobre el hecho de que tanto el PNB como otras estadísticas per cápita para medir el crecimiento económico se elaboraron en la Segunda Guerra Mundial (véase la nota al pie nº6), convirtiéndose en la lengua franca que define el debate mundial sobre el desarrollo económico; y son utilizadas preferentemente por los operadores de divisas y los especuladores de los mercados de capitales (Henderson, 1990: 70). Admitiendo que es imposible encontrar “algoritmos de desarrollo que se adapten a todos los países, ya que ese fue el error al intentar extender la conformidad industrial a todo el planeta en nombre del ‘crecimiento económico’” (1990: 72), Henderson propone la utilización de estadísticas, algunas ya fácilmente disponibles, sobre un amplio conjunto de aspectos del progreso social de múltiples dimensiones, para orientar la contabilidad y la planificación gubernamentales: indicadores de inversión en recursos humanos; habilidades humanas y productividad; comparaciones entre presupuestos civiles y militares; existencias de capital de infraestructuras desplegadas menos depreciación; existencias de capital de recursos naturales, parques, diversidad genética de especies, etc.; calidad medioambiental; eficiencia energética; estadísticas de renta per cápita reformuladas para mostrar las distancias entre ricos y pobres; equivalentes de paridad de poder adquisitivo (Henderson, 1990: 73-74).24
El movimiento ambientalista brasileño, en su vertiente más a la izquierda, que incluye movimientos sociales populares y de defensa de minorías étnicas, ha intentado asociar los problemas ambientales a la realidad social.25 Sin entrar en la polémica sobre el estatuto del documento preliminar del gobierno brasileño para la Conferencia del ‘92 (CIMA, 1991), creo que pasajes como los que siguen reflejan tanto las posiciones del Informe Brundtland como las discusiones en el ámbito del ambientalismo brasileño26:
Ya no tiene sentido oponer medio ambiente y desarrollo, porque el primero no es más que el resultado del segundo. Los problemas de la preservación del medio ambiente son los del desarrollo, los problemas de un desarrollo desigual para las sociedades humanas y perjudicial para los sistemas naturales (...) Retomar la senda del desarrollo significa fortalecer la democracia pero, al mismo tiempo, la necesidad de estabilizar la economía, incorporarla a las corrientes del intercambio tecnológico mundial, implantar patrones de consumo más austeros y mejorar la distribución de la renta. Por si esto no fuera ya un desafío sin precedentes para la región [América Latina, GLR] y para Brasil, existe consenso en que cualquier alternativa de desarrollo, si quiere perdurar en el tiempo, tendrá que ser ambiental y socialmente sustentable, es decir, tendrá que priorizar las necesidades básicas de las generaciones actuales y futuras, así como garantizar la renovación de los stocks actuales de recursos (1991: 3-4).
No hay que perder de vista, por tanto, que los problemas medioambientales, además de constituir desafíos tecnológicos o financieros, se ven agravados por situaciones de desigualdad social y de desigualdad en la distribución del poder dentro de los países y entre ellos (1991: 4).
(...) existe el consenso de que “pobreza” y “degradación medioambiental” están estrechamente relacionadas. Sin duda, este consenso tiende a desaparecer cuando salimos del plano del discurso e intentamos precisar empíricamente las relaciones causales entre ambos procesos. Si bien son muchos los que sostienen que la degradación del medio ambiente provoca y agrava las situaciones de pobreza, hay otros tantos que consideran que la pobreza socioeconómica es la principal responsable del mal uso de los recursos naturales y del consiguiente empobrecimiento del medio físico y humano (...) Hay que subrayar que ha prevalecido una relación circular entre la pobreza y la degradación del medio ambiente. De hecho, el círculo vicioso de la degradación social y ambiental se establece no como resultado de procesos absolutamente independientes, ni causales entre sí, sino sobre la base de un estilo de desarrollo que rige en última instancia las pautas de interacción entre los seres humanos, así como entre éstos y la naturaleza (1991: 5).
El análisis precedente obliga a sustituir los enfoques ingenuos y exclusivamente “conservacionistas” de la relación entre pobreza y sustentabilidad ambiental, por el reconocimiento de que los problemas ecológicos revelan disfunciones sociales y políticas (los patrones de relación entre los seres humanos y la forma en que se organiza la sociedad en su conjunto), así como distorsiones estructurales en el funcionamiento de la economía (los patrones de consumo de la sociedad y la forma en que ésta se organiza para satisfacerlos). Como ya se ha señalado, Brasil se enfrenta no sólo a situaciones de degradación ambiental asociadas al “exceso” de desarrollo (esto es, contaminación y despilfarro de recursos), sino también a situaciones caracterizadas por condiciones de “ausencia” de desarrollo, o de desarrollo deficiente (es decir, pobreza y desigualdad socioeconómica). Un enfoque eco-político o ecosocial de este tipo se basa en la idea de que el origen de los problemas ambientales no está en la complementariedad, sino en la oposición histórica entre los seres humanos y la naturaleza. En situaciones de extrema pobreza, esto equivale a decir que el ser humano empobrecido, marginado o excluido de la sociedad y de la economía nacional, no tiene ningún compromiso para evitar la degradación del medio ambiente, mientras la sociedad no consiga evitar su propia degradación como persona. En resumen, el hombre sólo protegerá la naturaleza en la medida en que él esté protegido. Por lo tanto, un aspecto central del debate sobre las posibilidades del desarrollo sustentable es concebir formas de diálogo social que permitan resolver el conflicto hombre-naturaleza en el seno de cada sociedad nacional, así como entre estas sociedades y las sociedades del mundo desarrollado (1991: 6).
En realidad, incluso las discusiones más sofisticadas sobre medio ambiente/desarrollo sustentable, como las anteriores, que pretenden hacer una sociología de esta relación, apuntan más que a la delineación de un concepto, a una posición programática, a un metarrelato con características utópicas, que establezca un campo discursivo común, posibilitando alianzas entre ambientalistas y agentes sociales interesados en el crecimiento económico. En un momento de crisis de los grandes metarrelatos, utopías e ideologías relacionadas con la Ilustración, el hecho de remitirse a un metarrelato utópico y totalizador dota al ambientalismo en general de una gran eficacia y le permite convertirse en un campo de negociación política.27 Dicho de otro modo, y reforzando, la crisis de los metarrelatos de la modernidad, con sus categorías interpretativas y normativas trascendentales, abre espacio para el despliegue del ambientalismo como metarrelato de la contemporaneidad que rescata los sueños de la Ilustración, de la razón práctica, de la racionalidad vía la adecuación de los medios a los fines últimos (la planificación y las tecnologías bien articuladas producen desarrollo sustentable) y los funde, en mayor o menor grado en su variabilidad de formulaciones, con una razón contemplativa, histórica, romántica, que apela a la naturaleza como modelo de armonía y posibilidad utópica de supervivencia. En definitiva, considero el desarrollo sustentable como la noción central que articula y neutraliza intereses divergentes dentro del campo político (in)formado por el gran metarrelato ambientalista utópico. Por esta razón, es importante examinar algunas de las formulaciones de empresarios capitalistas sobre el tema.
Desarrollo sustentable, su recepción en el mundo empresarial
En un trabajo anterior (Ribeiro, 1990) subrayé que el ambientalismo, además de ser una ideología/utopía en creciente expansión y de haber convertido palabras como ecología en obligatorias en el léxico de planificadores y políticos, se estaba traduciendo en impactos económicos tangibles. El ejemplo más evidente, a nivel macroeconómico, siguen siendo las medidas adoptadas contra países como Brasil que, tras el eficaz lobby del ambientalismo internacional ante el Congreso de los Estados Unidos y organismos multilaterales, vio cómo se cancelaban importantes préstamos del Banco Mundial para su sector eléctrico debido a los problemas medioambientales causados por los enormes proyectos hidroeléctricos previstos en la cuenca del Amazonas. De hecho, el flujo de capital a escala mundial está ahora visiblemente influido y regulado por las acciones de los organismos multilaterales, que han sido presionados eficazmente por los activistas ambientales estadounidenses y europeos (Aufderheide & Rich, 1988). En consecuencia, el ambientalismo se ha convertido en una cuestión importante a tener en cuenta en la planificación del desarrollo a escala mundial.
A continuación, exploraré la idea de que es cada vez mayor la influencia del ambientalismo, no sólo a un nivel más macro. En este apartado, seguiré en la línea de considerar la discusión sobre el desarrollo sustentable como indicativa del establecimiento de un campo de negociación, un intento de encontrar un terreno común entre los ambientalistas, los nuevos interlocutores en este escenario, y los agentes sociales que son (¿o eran?) considerados los mayores degradadores de la naturaleza, los empresarios, especialmente los vinculados a la industria, motor del modelo de expansión y crecimiento de la economía capitalista. Nos basaremos en documentos y artículos expresivos de este esfuerzo de construcción e intentos de definiciones conceptuales (Lorentzen, 1991; Schmidheiny, 1991; Fortes, 1991).
En primer lugar, es interesante señalar la iniciativa de las élites empresariales internacionales de elaborar documentos programáticos como la Business Charter for Sustainable Development (Carta de Principios para el Desarrollo Sustentable), elaborada en el marco de la Cámara de Comercio Internacional y que “contiene 16 principios sobre la gestión medioambiental en la industria” (Lorentzen, 1991: 6). Igualmente importante fue la creación del Business Council for Sustainable Developement (Consejo Empresarial para el Desarrollo Sustentable), formado por 50 líderes empresariales de varias naciones y destinado a asesorar al Secretario General de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, UNCED ‘92 (Lorentzen, 1991:6; Fortes, 1991:5).
¿Cómo combinar crecimiento y conservación? Para responder a esta pregunta, formulada por él mismo, Stephan Schmidheiny, Consejero Principal para el Comercio y la Industria del Secretario General de la UNCED ‘92 y presidente del Consejo Empresarial antes mencionado, en un documento presentado en el “Seminario sobre Medio Ambiente y Desarrollo” de la Confederación Nacional de Comercio y la Confederación Nacional de Industria, celebrado en Río de Janeiro en marzo de 1991, se refiere expresamente al hecho de que el desarrollo sostenible es el resultado de la confrontación/aprendizaje mutuo entre empresarios y ecologistas:
Hasta hace unos años, la protección del medio ambiente era básicamente un concepto defensivo... [que]... estaba destinado a chocar con la cultura empresarial basada en los incentivos y emprendimientos. Es lógico que los ambientalistas y la industria se convirtieran en adversarios. Recientemente, sin embargo, cada grupo ha empezado a aprender del otro. (...) El proceso de aprendizaje mutuo emprendido por ambientalistas y empresarios está conduciendo a una comprensión muy importante de la situación ecológica del planeta. El resultado ha sido lo que considero el mayor avance hasta la fecha en la interacción entre el hombre y la naturaleza: el concepto de Desarrollo Sustentable. Este concepto puede dar continuidad al desarrollo económico y social, para satisfacer las necesidades de quienes viven hoy, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades (Schmidheiny, 1991: 8-9).
Stephan Schmidheiny es un líder reconocido entre los empresarios y ejecutivos que participan en este campo de debates. Tanto Erling Lorentzen, Presidente del Consejo de Administración de Aracruz Celulose S.A., como Márcio Fortes -el primero, miembro del Consejo Empresarial para el Desarrollo Sostenible, y el segundo, su coordinador ejecutivo en Brasil- mencionan a Schmidheiny en sus artículos, aquí citados (Lorentzen, 1991; Fortes, 1991).28 Este empresario suizo ha intentado desarrollar una lectura “positiva” del ambientalismo que incorpore elementos centrales del mundo empresarial como el crecimiento, el mercado, los costos y los beneficios traducibles en contabilidad:
(...) la sociedad aún está lejos de ser sustentable, en gran parte porque... el valor del medio ambiente aún no se refleja en los precios por los que empresarios y consumidores hacen sus elecciones en el mercado. (...) La verdadera cuestión es cómo pueden los empresarios incluir realmente el valor del medio ambiente en sus operaciones y, a partir de ahí, conservar el mundo natural para las generaciones futuras (Schmidheiny, 1991: 9).
Desde una perspectiva empresarial, el desarrollo sostenible tiene cuatro implicaciones básicas: 1 - Un cambio hacia una economía de oportunidades que facilite el acceso de las empresas a los mercados y a la capacidad tecnológica. Esto incluye un mejor acceso al crédito, a los mercados y a la tecnología apropiada. 2 - Un cambio hacia una economía de conservación que fomente la inclusión de valores medioambientales en las prácticas empresariales. Esto significa una economía de reciclaje, reutilización y reparación en la que el mundo en desarrollo disfrutaría de muchas ventajas. 3 - Un cambio hacia una economía que promueva la inversión a largo plazo y beneficios reales, en lugar de la maximización de los beneficios a corto plazo. 4 - Un cambio hacia una cultura del ahorro, en lugar de una basada en el consumo inmediato. Esto se aplica por igual a individuos, empresas y gobiernos (Schmidheiny, 1991: 9-10).
Schmidheiny hace una serie de llamamientos, entre ellos que los gobiernos eviten utilizar una legislación meramente restrictiva, sino que intenten “desarrollar un marco legal que cambie las reglas del mercado para proporcionar incentivos financieros a la actividad industrial sustentable” (1991: 10). Termina con una afirmación que, a pesar de que el tono de su artículo es de cooperación, si se llevara a cabo dentro de las reglas imperantes de las relaciones económicas, congelaría las relaciones de poder entre los Estados-Nación: “Es responsabilidad del Norte liderar el establecimiento de estructuras económicas y nuevas tecnologías que fomenten el desarrollo sustentable a escala mundial. Sólo así podrán países como Brasil evitar los mismos errores que ya hemos cometido en el Norte” (1991: 11).
Márcio Fortes (1991), en un artículo representativo de sus posiciones en un simposio denominado “Desarrollo Sustentable en América Latina: la visión empresarial”, además de elogiar el nuevo modelo de desarrollo emergente y sus ventajas, en términos de legado para el futuro y de correcciones a las evidentes distorsiones de la contemporaneidad, se ocupa de resumir un conjunto de criterios, “desde la perspectiva y la experiencia empresarial”, que “deberían caracterizar... la era del desarrollo sustentable”. Se enumeran y desarrollan en mayor o menor medida los siguientes puntos: utilización moderada de los recursos no renovables, utilización sustentable de los recursos renovables; mejora de la calidad del medio ambiente; conservación de la biodiversidad; búsqueda del equilibrio económico y social. Este último tendría que considerar “la reducción de la pobreza; la mejora de la distribución de la renta entre individuos y regiones; y la aceleración de la industrialización igualadora de los países en desarrollo” (Fortes, 1991).
Las definiciones de desarrollo sustentable de los empresarios son un índice de la recepción de los debates ambientalistas entre los industriales “esclarecidos”, y de cómo éstos intentan armonizar la idea de sustentabilidad con varias de sus preocupaciones, sobre todo con una de las esencias de la noción de desarrollo para los empresarios: el crecimiento. Schmidheiny (1991: 9), por ejemplo, afirma que “el crecimiento es esencial para promover mejoras en la calidad de la existencia humana”. Para Fortes (1991) “sólo la aceleración del desarrollo puede engendrar soluciones a los problemas medioambientales. En definitiva, crecer en el presente garantizando el futuro”. Para Lorentzen (1991),
(...) gran parte de los problemas ambientales que afronta el país sólo se superará mediante un proceso continuo de desarrollo. Pero este proceso sólo tendrá sustentabilidad futura, y sólo garantizará la plena integración de Brasil en la comunidad internacional si se protege adecuadamente el medio ambiente. Para ello, el modelo de desarrollo de Brasil debe basarse en el concepto de desarrollo sustentable. Según este concepto, el desarrollo económico y la protección del medio ambiente no están en conflicto, sino que se complementan, dependiendo el uno del otro. El crecimiento económico crea las condiciones necesarias para la protección del medio ambiente. Por otra parte, la protección del medio ambiente, en equilibrio con otras necesidades humanas, es fundamental para el crecimiento sustentable (1991: 5-6).
Pareciera que al eludir la consideración de la diferencia de poder político y económico entre los “sujetos” y los “objetos” del desarrollo, estas interpretaciones acaban alineándose con un tipo de explicación según la cual los problemas de la miseria y las desigualdades socioeconómicas se resolverán haciendo crecer la torta, lo que se considera un requisito previo para una distribución más equitativa de la riqueza social.
Es más, la inserción de Brasil en el “nuevo orden económico internacional”, por ejemplo, se sitúa prácticamente (o pragmáticamente) en la misma posición dependiente que prevalece. Como señaló Isabel C. M. Carvalho en relación con la noción de desarrollo sustentable del Informe Brundtland, “en esta concepción, permanecen los que financian y los que son financiados. Aunque cambie la calidad del desarrollo, se mantiene la distinción entre quién debe guiar y quién debe ser guiado por el camino de la transición” (Carvalho, 1991: 13). Esta autora también señala el carácter esencialmente reformista de esta “nueva” propuesta:
El desarrollo sustentable reafirma el modelo de desarrollo actual, al tiempo que lo mejora, en la medida en que propone una mejor gestión de sus costes sociales y medioambientales. El hecho de que propugne una sociedad más productiva con un menor coste socioambiental no implica necesariamente una opción por un orden más justo y participativo. Se puede alcanzar un alto nivel de eficiencia, con tecnologías nuevas y ‘limpias’, e incluso una reducción de los índices de pobreza absoluta, sin alterar significativamente el grado de participación política y la ética de las relaciones sociales (Carvalho, 1991: 13).
A modo de conclusión
En 1979, ya dentro del período que anunciaba y maduraba la crisis de las formulaciones ideológico-utópicas del siglo XIX que aún seguían vigentes en el siglo actual, Alvin Gouldner pretendía, en el marco de la asunción de la existencia de un gran sujeto transformador de la realidad social, definir la existencia de una nueva clase formada por una alianza de intelectuales y técnicos fundada en la posesión y manipulación del conocimiento.
Esta idea de que los hombres que detentan el saber o la información son los que detentarán o deberán detentar el poder tiene una larga genealogía, desde la República de Platón hasta Lyotard (1990), pasando por Saint-Simon (1965). El filósofo francés Lyotard, para muchos el primer filósofo del postmodernismo, considera lo siguiente:
Sabemos que en las últimas décadas el conocimiento se ha convertido en la principal fuerza de producción, lo que ya ha modificado significativamente la composición de la población activa en los países más desarrollados y constituye el principal cuello de botella para los países en desarrollo. En la era postindustrial y postmoderna, la ciencia conservará y, sin duda, reforzará aún más, su importancia en la disputa por las capacidades productivas de los Estados nacionales. Esta situación es incluso una de las razones para pensar que la brecha con los países en desarrollo seguirá aumentando en el futuro. (...) Bajo la forma de mercancía de información, indispensable para el poder productivo, el conocimiento ya es y será un reto importante, quizás el más importante, en la competencia mundial por el poder (Lyotard, 1990 [1979]: 5).
Uno de los principales autores del debate sobre el posmodernismo, el arquitecto Charles Jencks, va en la misma dirección e incluso ha acuñado un nombre para la nueva clase, el cognitariado (en obvia alusión al término proletariado):
En un mundo posmoderno, el hecho social fundamental es el crecimiento revolucionario de quienes crean y transmiten información o, dicho de otro modo, la aparición repentina de lo que parece ser una nueva clase, la sustitución del proletariado por el cognitariado. Pero, por supuesto, estos nuevos trabajadores no son clase obrera, ni exactamente clase media, sino una para-clase. Estadísticamente, la mayoría de ellos son oficinistas, secretarias, gente de la industria de seguros, mercados de capitales, profesores, gerentes, burócratas del gobierno, abogados, escritores, banqueros, técnicos, programadores y contadores. Sus salarios difieren tanto como su modo de vida y su estatus, y suponiendo que se pudiera subdividir este gran grupo en capas, finamente graduadas desde los cognícratas en la cima hasta los cogni-proletarios en la base, las distinciones serían en gran medida ilusorias porque las divisiones internas están siempre cambiando unas en relación con otras, ya que hay un cambio constante en los puestos de trabajo y sus especificidades. Los individuos se mueven internamente dentro del grupo general. Tiene más sentido contrastar esta para-clase con grupos históricos anteriores para comprender los cambios en el poder y la producción (Jencks, 1989: 44).
Si algo tiene de estimulante la crítica posmoderna es su afán por interpretar el presente sin miedo a romper con los cánones recibidos. Al procurar posicionarse ante los poderosos cambios en curso, los posmodernos se vuelven muy sensibles a los vientos actuales y se atreven a formular alternativas interpretativas. Merece la pena destacar un aspecto. A la hora de buscar un “nuevo sujeto de la historia”, o dónde anclar las relaciones de poder político y de transformación, algunos autores posmodernos no dejan de moverse en un universo de preocupaciones próximo al marxismo clásico. Con la exuberante y arrolladora emergencia del capitalismo industrial en el siglo XIX, que hizo que todo lo sólido se deshiciera por los aires, Marx propuso la existencia de dos clases fundamentales vinculadas a la dinámica de la gran industria. A finales del siglo XX, con el capitalismo transnacional y planetario, en la era de la inmediatez y la simultaneidad, cuando la industria textil y la propia metalurgia dejaron de ser (en un caso durante más tiempo, en el otro más recientemente) sectores punteros de la acumulación, y las industrias de la electrónica, la información y la comunicación tomaron la delantera en todos los sentidos, se produjeron cambios, por ejemplo, en las relaciones laborales, las ideologías de gestión, la distribución geográfica y la organización del proceso de producción, la importancia del capital financiero unificado globalmente vía satélite y las posiciones internas del sistema mundial. En este clima de transformaciones, en el que se establecen perplejidades e incertidumbres, no parece extraño que se intente interpretar una “nueva clase”, una “para-clase”, en relación con el conjunto más evidente de factores que adquieren un peso cada vez mayor en la determinación de la reproducción de la vida social contemporánea.
En este sentido, la obra de Alvin Gouldner, sin dudas controvertida, representa el esfuerzo más diferenciado por delinear esta “nueva clase”. En este texto, es interesante señalar que, para Gouldner, incluso antes de que el ambientalismo tuviera la visibilidad que tiene, la “ecología ambientalista” y la teoría de sistemas eran algunas de las ideologías centrales de esta “nueva clase”. La “nueva ideología ecológica” propiciaría una mayor iniciativa para la acción y se caracterizaría por ser “multicientífica”, lo que permitiría una amplia gama de alianzas entre “varios tipos de intelligentsia técnica” y -mediante el rechazo de la dominación sobre la naturaleza- “intelectuales humanistas” (Gouldner, 1980: 65). Gouldner menciona los antecedentes románticos de la ecología, y el hecho de que se basa en una metáfora orgánica, para diferenciarla de la teoría de sistemas (que “apela a una metáfora mecanicista más afín a la conciencia tecnocrática”, 1980: 65). Así,
Si la ecología tiene un fuerte matiz populista, la teoría de sistemas está imbuida de um elitismo más fuerte... Pero ambas ideologías apuntan tácitamente al problema de la desunión de la Nueva Clase, y pueden ser interpretadas como diferentes esfuerzos para tender un puente entre sus diversas facciones rivales y divergentes. Sin embargo, el elitismo de la teoría de sistemas circunscribe la solidaridad social que puede promover, limitándola -a lo sumo- a la intelligentsia técnica; la capacidad de la ecología para promover la unidad, aunque también en una visión multicientífica, es, al menos en algunas de sus versiones, accesible para un público más vasto y puede engendrar una solidaridad más amplia, que incluye a los humanistas tanto como a la intelligentsia técnica (Gouldner, 1980: 66).
Además de estas características planteadas por Gouldner y que se refieren a aspectos generales del ambientalismo, cabe destacar las características de utopía presentes en la idea de desarrollo sustentable y que se mueven en parámetros de racionalidad próximos, si no idénticos, a los del proyecto de la Ilustración: manipulación del futuro; suspensión de conflictos y corrección de deficiencias mediante la puesta en práctica de una solución óptima; apelación a la posibilidad de establecer un estadio más avanzado que el anterior, si se establece y sigue un determinado modelo; concepción de la humanidad como una y con un mismo destino universal (organizándola bajo el mismo eje temporal que ocurre con la idea de progreso, siendo aquí el destino una categoría fundamental del futuro común); la recuperación de una noción de totalidad centrada en la relación entre el hombre y la naturaleza y en la construcción de una visión holística de la realidad; y mantener la planificación como requisito fundamental, ya que el desarrollo sustentable requiere una nueva y compleja síntesis de planificación racional, adaptada a las nuevas tecnologías y contratos sociales.
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Notas
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1
Una primera versión de este trabajo fue presentada y discutida en la conferencia “Cultura y Desarrollo” del Instituto de Estudios de Religión (ISER), Río de Janeiro, el 13 de agosto de 1991. Agradezco las sugerencias de Carlos Eduardo Rabelo de Mendonça, Maria Laura Viveiros de Castro, Luís Eduardo Soares, Lygia Segala, Otávio Guilherme Velho, Regina Novaes y Rubem César Fernandes. Como de costumbre, asumo toda la responsabilidad por el contenido de este texto. Versión en portugués originalmente publicada en Revista de Antropologia, Universidade de São Paulo, n. 34, 1991, pp. 59-101.
-
2
Como se verá, en este texto se hará referencia al desarrollo como noción, ideología, utopía y sistema ideacional. En efecto, las referencias pueden ir desde un intento de sistematización académica para interpretar el cambio socioeconómico, hasta conjuntos de ideas que orientan y legitiman las acciones de los actores sociales.
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3
Sobre la modernidad, véase, por ejemplo, la polémica Berman/Anderson (Berman, 1987 y 1989; Anderson, 1989), artículos como los de Habermas (1989) y libros como los de Rouanet (1987). En uno de los mejores trabajos sobre la relación entre antropología/desarrollo/planificación, A.F. Robertson (1984) señala la mistificación que rodea a la planificación del desarrollo y afirma que, en la disyuntiva entre conocimiento popular y racionalidad estatal-tecnocrática, marcada por relaciones de poder asimétricas, en realidad “nadie tiene una comprensión adecuada del desarrollo planificado” (1984: 305).
-
4
En las Ciencias Sociales, el desarrollo es un tema sobre el que se ha producido una vasta literatura. En la actualidad, es cada vez más frecuente leer a autores de distintas disciplinas y nacionalidades que afirman la existencia de una crisis en las formas de pensar el “desarrollo”. Para interpretaciones de los cambios en la realidad contemporánea y sus efectos en la teoría del desarrollo, véanse, por ejemplo, Harvey (1989), Szentes (1988), Dube (1988) y Frankel (1987). Véase también Binder (1986).
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5
Cabe recordar aquí que Auguste Comte, fundador del Positivismo, filosofía de suma importancia para la consolidación de una cosmovisión y una perspectiva de la historia ajustadas a la consolidación de la razón técnico-científica inherente al industrialismo y sus aparatos burocrático-administrativos, fue discípulo de Saint-Simon. Para lo que sigue, véanse, por ejemplo, Berman (1987: 71-72), Durkheim (1958 [1896]) y Perroux (1965).
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6
Al criticar el economicismo de los indicadores económicos y los rubros más comúnmente aceptados en los sistemas de contabilidad nacional, Henderson (1990) afirma: “Estas estadísticas per cápita no sólo ocultan las crecientes diferencias entre ricos y pobres en muchos países, sino que también ignoran por completo el 50% estimado de todas las actividades productivas, incluso en los países industrializados, que son no remuneradas e informales. Éstos y otros errores de las cuentas nacionales devienen de que se diseñaron en la Segunda Guerra Mundial con fines militares y estratégicos, y no con objetivos de desarrollo humano y social” (1990: 69).
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7
Volveré sobre esta cuestión más adelante.
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8
La contemporaneidad de los comentarios de Manheim (1972), publicados originalmente en 1929, también en un contexto de muchos desencantos, es provocadora: “En esta fase madura y avanzada del desarrollo, la perspectiva total tiende a desaparecer en proporción a la desaparición de la utopía. Sólo los grupos de extrema izquierda y extrema derecha de la vida moderna creen que existe una unidad en el proceso de desarrollo (...) Cada vez que desaparece la utopía, la historia deja de ser un proceso que conduce a un fin último. El marco de referencia según el cual evaluamos los acontecimientos deja de existir, y nos queda una serie de acontecimientos, todos idénticos en cuanto a su significado interno. El concepto de tiempo histórico, que conducía a épocas cualitativamente diferentes, desaparece, y la historia se asemeja cada vez más a un espacio indiferenciado. Todos los elementos de pensamiento arraigados en las utopías se ven ahora desde un punto de vista escéptico y relativista” (1972: 275-276).
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9
“Abandonando una perspectiva futurista que enfoca los problemas exclusivamente a través de algún modelo de sociedad futura, nos abrimos a las tensiones y contradicciones existentes. Ellas pierden su connotación peyorativa. Ya vimos la revalorización de la heterogeneidad por parte de la cultura postmoderna; ella permite enfrentar la complejidad social sin pretender reducirla de inmediato. Hoy ya no se trata tanto de tolerar el discurso (que remite a un sentido común o mayoritario) como de fomentar una multiplicidad de sentidos, sin presuponer una instancia última. Desde este punto de vista, la incertidumbre es un rasgo distintivo de la postmodernidad. No obstante esa nueva disposición por asumir la ausencia de certezas, ello tiene un límite. Más allá de cierto punto, el desencanto deja de ser una benéfica pérdida de ilusiones y se transforma en una peligrosa pérdida de sentido” (Lechner, 1988: 135).
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10
Mis propias concepciones sobre esta cuestión se basan en el clásico de Karl Manheim (1972 [1929]) y en la obra de Paul Ricoeur (1986).
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11
Para una historia del ambientalismo en el Brasil contemporáneo, donde se exploran sus diferencias, véase Viola ( 1987; 1991). Anna Bramwell (1989), en su libro sobre la historia del ambientalismo internacional, muestra la complejidad político-ideológica del movimiento ecologista.
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12
Según esta autora “... había apoyo al más alto nivel del poder nazi para las ideas ecológicas -especialmente si se incorpora la postura de Hitler y Himmler sobre el vegetarianismo y los derechos de los animales-” (Bramwell, 1989:196); “había dos niveles de apoyo ecológico en el Tercer Reich. El primero a nivel ministerial, el segundo a nivel administrativo y de planificación” (1989: 197). Bramwell cita la presencia de altos funcionarios, algunos tan famosos como Rudolf Hess, y, en un contexto diseminado de ideas naturistas y antroposóficas, hechos como la preocupación por la “retención de plantas silvestres para formar un banco de genes y con potencial de resistencia”; posiciones contrarias a los fertilizantes artificiales, a favor de una agricultura natural, sencilla, más campesina, independiente del capital. Además, “la Alemania nazi fue el primer país de Europa en crear reservas naturales” (1989: 199), creó leyes para proteger el hábitat de la fauna, leyes contra la vivisección y emprendió una intensa acción para proteger los bosques.
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13
Para una selección de algunos de los más importantes, véase la Tabla I al final del texto. De hecho, existen grupos con orígenes y actividades radicales en Estados Unidos. Me gustaría dar las gracias a Eduardo Viola por plantear esta cuestión, así como por informarme de que “la investigación empírica apunta a vínculos entre las culturas ambientalista, liberal y (en menor medida) radical en Estados Unidos” (comunicación personal).
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14
En relación con otro paradigma influyente en el debate sobre el desarrollo, Leonard Binder (1986) afirma lo siguiente: “Muchos críticos de la teoría liberal del desarrollo han argumentado que la mejor forma de entenderla es como un reflejo ideológico de los intereses capitalistas e imperialistas estadounidenses en el Tercer Mundo. Aunque esto no es del todo incorrecto, creo que el origen de la teoría liberal del desarrollo reside en una extensión bastante natural del paradigma dominante (ideológico, por supuesto) a este nuevo campo, de la aspiración, si no de la convicción, de que el pluralismo pragmático podría ser la base de una ciencia universal de la política, tanto como una explicación y justificación del sistema político estadounidense” (1986: 10). Y añade: “Esta teoría liberal del desarrollo fue virtualmente ubicua a finales de los años 50 y principios de los 60. Su defecto no radica en subordinar los intereses de las naciones en desarrollo a la clase gobernante de Estados Unidos, sino en extender una imagen de nosotros mismos, tal y como a algunos liberales les gustaría que fuéramos, a las potencialidades de otros países muy diferentes» (Binder, 1986: 11-12).
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15
Un apocalipticismo que para Zencey “satisface el deseo de escapar al flujo del tiempo real y ordinario, de fijar el flujo de la historia en un único momento de importancia aplastante”.
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16
El trabajo más avanzado en este sentido es el del economista David Pearce y sus colaboradores (Pearce et al., 1989). El libro de Daly & Cobb (1989) también apunta en esta dirección. El Departamento de Medio Ambiente del Banco Mundial ha elaborado varios trabajos desde una perspectiva similar (véanse, por ejemplo, Dixon & Fallon, 1989; Constanza et al., 1990).
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17
Sobre el etnodesarrollo, véanse también Davis (1988), UNESCO (1981) y el libro Autodesarrollo Indígena en las Américas(IWGIA, 1989), donde etnodesarrollo ha sido sustituido por “autodesarrollo indígena”, aparentemente porque a los participantes indígenas del simposio organizado por el Grupo Internacional de Trabajo sobre Asuntos Indígenas “no les gustaba el concepto ‘etnodesarrollo’, y preferían ver cualquier desarrollo en forma de auto-determinación” (IWGIA, 1989: 10).
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El libro Salve o planeta. Qualidade de vida (1990), del World Watch Institute, es el séptimo volumen de una serie que ha sido ampliamente consumida en todo el mundo, incluso en más de 800 cursos en colegios y universidades de Estados Unidos. Además de en portugués, se ha publicado en español, árabe, chino, japonés, indonesio, alemán, italiano, polaco, francés, ruso e inglés, y próximamente se publicará en noruego, sueco, neerlandés, húngaro y coreano.
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Esta declaración fue el resultado de una reunión de 31 asociaciones de dirigentes de África, el Sudeste Asiático, Asia Meridional, el Pacífico Sur, América Latina, el Caribe, América del Norte y Europa, celebrada en Manila, Filipinas, del 6 al 10 de junio de 1989 (Declaración de Manila, 1990: 45).
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También plantea interesantes cuestiones sobre el lugar y la eficacia de la resistencia, indígena y popular, a la destrucción de sus repertorios culturales.
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Las citas del Informe “Nuestro Futuro Común” (1987), o Informe Brundtland, están tomadas de Carvalho (1991) y Santos (1991). También se utilizan las definiciones que figuran en la Versión Preliminar de los “Subsidios Técnicos para la Elaboración del Informe Nacional de Brasil a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo” (CIMA, 1991).
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Las citas de Santos y Carvalho proceden de CMMAD (1988). El énfasis en itálica me pertenece.
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Quisiera dar las gracias a Luís Eduardo Soares y Rubem César Fernandes por llamar la atención sobre este importante aspecto.
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No se puede ignorar que, en muchos aspectos, este debate es similar a las críticas que la sociología del desarrollo lanzó, en los años 1960s y 1970s, contra el economicismo reduccionista que oculta las diferencias sociales de los principales indicadores de desarrollo, como la renta per cápita.
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La influencia del llamado socioambientalismo en Brasil es evidente. En el V Encuentro del Foro de ONGs Brasileñas, que tuvo lugar entre el 31 de mayo y el 2 de junio de 1991 como preparación para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo, se creó la nueva Coordinación Nacional del Foro, que entonces contaba con casi mil miembros. Era la siguiente: “ONGs - SOS Mata Atlântica; CEDI - Centro Ecuménico de Documentación e Información; FASE Nacional - Federación de Entidades de Asistencia y Educación Social; AS-PTA - Proyectos de Asesoría y Servicios en Agricultura Alternativa; IBASE - Instituto Brasileño de Análisis Sociales y Económicos; ISER - Instituto Superior de Estudios de la Religión. MOVIMIENTOS SINDICALES: Central Única de los Trabajadores - CUT Nacional; CNS-Consejo Nacional de los Caucheros; Movimiento de Mujeres; Movimiento Negro; Movimiento de Jóvenes; Movimiento Indígena; CRAB-Comisión Nacional de Afectados por Represas; FAMERJ-Federación de Asociaciones de Residentes de Río de Janeiro. REPRESENTACIÓN REGIONAL: en el sur, UPAN (RS), Unión Protectora del Ambiente Natural, Fórum Estadual (SC); en el norte, Fórum Permanente de Debates de la Amazônia (AM); en el nordeste, SEAN-Secretaría de Entidades Ambientalistas del Nordeste, CAATINGA (Pe), Fórum Estadual (Ba), Fórum Rio Parnaíba (Pi); en el sudeste, Fórum de Minas (MG), Apedema (SP), Fórum Rio (RJ), Apedema (RJ); en el centro-oeste, Viva Alternativa (DF)” (INESC, 1991: 8).
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La polémica en torno a este documento preliminar, encargado a unos 80 especialistas en medio ambiente y temas afines, gira entorno a su representatividad. La profusión de autores confiere a estos “Subsidios Técnicos” un carácter desigual, tanto en lo técnico como en lo ideológico, que a menudo da la impresión de estar ante una colcha de retazos. Cabe destacar que varios de los autores son académicos de gran prestigio, algunos con un importante liderazgo, tanto en círculos académicos como de ONGs.
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“Por metarrelatos entendemos las categorías trascendentales que la modernidad ha forjado para interpretar y regular la realidad. Estas categorías obedecen al proyecto Ilustrado y tienen la función de integrar, bajo una dirección articulada, el proceso de acumulación de conocimientos, el desarrollo de las fuerzas productivas y la organización sociopolítica. Así, categorías como la progresión de la razón, la emancipación del hombre, el autoconocimiento progresivo o la autonomía de la voluntad, se desarrollaron para dar un significado unificado a una amplia gama de fenómenos políticos, procesos sociales y manifestaciones culturales. Todos estos metarrelatos remiten, a su vez, a una glorificación de la idea de progreso, es decir, a la convicción de que la historia avanza en una dirección determinada en la que el futuro es, por definición, una superación del presente. Los metarrelatos son, en definitiva, categorías que hacen inteligible, racional y previsible la realidad (...) En esto, tanto el liberalismo clásico como el marxismo se inspiran en una matriz común de la Ilustración, invocando principios universales que durante mucho tiempo han desplegado una enorme capacidad movilizadora” (Hopenhayn, 1988: 61-62).
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Eliezer Batista, Presidente de Rio Doce International, es otro de los miembros brasileños de este Consejo (Lorentzen, 1991: 7).
Notas
Apéndice
Editado por
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Editors
Andrea de Souza Lobo (https://orcid.org/0000-0001-7525-1953)Antonio Carlos de Souza Lima (https://orcid.org/0000-0001-5260-236X)
