Resumen:
El objetivo de esta investigación es demostrar cómo el concepto de fantasma propuesto por Jacques Derrida puede relacionarse con elementos del psicoanálisis freudiano, con el fin de ampliar los efectos y repercusiones tanto en la clínica psicoanalítica como en los procesos de investigación cultural. Para lograr este objetivo, este artículo se divide en tres partes: la primera aborda el concepto de espectro desde el punto de vista de Derrida; la segunda presenta las nociones de trauma, afecto y representación psíquica en los primeros escritos de Freud; y, finalmente, la tercera parte trata de la relación conceptual entre ambas teorías, permitiendo vislumbrar cómo se vinculan ambas, posibilitando la retroalimentación entre ellas para configurar nuevos horizontes de investigación.
Palabras clave:
psicoanálisis; filosofía contemporánea; posestructuralismo
Resumo:
O objetivo desta pesquisa é demonstrar como o conceito de fantasma proposto por Jacques Derrida pode ser relacionado a elementos da psicanálise freudiana, de modo a ampliar seus efeitos e repercussões tanto na clínica psicanalítica quanto nos processos de pesquisa cultural. Para atingir esse objetivo, o artigo está dividido em três partes: a primeira, que trata do conceito de fantasma sob o ponto de vista de Derrida; a segunda, que apresenta as noções de trauma, afeto e representação psíquica nos primeiros escritos de Freud; e, por fim, a terceira, que trata da relação conceitual entre as duas teorias, permitindo vislumbrar o modo como as duas teorias se articulam, possibilitando a retroalimentação entre elas para configurar novos horizontes de pesquisa.
Palavras-chave:
psicanálise; filosofia contemporânea; pós-estruturalismo.
Abstract:
This research aims to demonstrate how the concept of spectrum proposed by Jacques Derrida can be related to elements of Freudian psychoanalysis, broadening the effects and repercussions both in the psychoanalytic clinic and in the processes of cultural research. To achieve this objective, the article is divided into three parts: the first deals with the concept of spectrum from Derrida’s point of view; the second presents the notions of trauma, affect, and psychic presentation in Freud’s early writings; and, finally, the third deals with the conceptual relationship between both theories, allowing a glimpse of how both are linked, allowing the feedback between them to configure new research horizons.
Keywords:
psychoanalysis; contemporary philosophy; poststructuralism.
Résumé:
Cette recherche démontre comment le concept de fantôme proposé par Jacques Derrida peut être relié à des éléments de la psychanalyse freudienne, afin d’élargir les effets et les répercussions dans la clinique psychanalytique et dans les processus de recherche culturelle. Pour ce faire, l’article est divisé en trois parties : premièrement, il aborde le concept de spectre du point de vue de Derrida ; deuxièmement, il présente les notions de traumatisme, d’affect et de représentation psychique dans les premiers écrits de Freud ; et finalement, il discute la relation conceptuelle entre les deux théories, en soulignant comment elles se lient et s’enrichissent mutuellement pour configurer de nouveaux horizons de recherche.
Mots-clés :
psychanalyse; philosophie contemporaine; post-structuralisme.
Introducción
Este artículo busca demostrar cómo en los estudios primeros de Freud (1886-1891) es posible encontrar elementos que aportan a la hauntología de Jacques Derrida. Esta investigación retoma la hipótesis de Derrida de que el cine y el psicoanálisis componen la ciencia del fantasma, así como la crítica del propio pensador argelino-francés a ciertas nociones de la interpretación lacaniana del psicoanálisis, para reanudar aquella necesidad de tomar a Freud en su contenido original primordialmente en sus nociones de memoria, verdad y sujeto. Así, este trabajo se divide en tres partes: la primera retoma el concepto derrideano de fantasma como un término poseedor de dos estructuras fundamentales, tiempo y lenguaje, de modo que sea posible comprender qué es esencialmente el fantasma aquí referido.
La segunda parte se centra en las nociones de trauma, representación psíquica y afecto en los estudios tempranos de Freud, de modo que pueda entender el andamiaje teórico sobre el que se busca ampliar la comprensión frente al concepto de fantasma, reafirmando que el lugar del psicoanálisis en la hauntología no es solo el de decorar, sino el de proporcionar una terapéutica y una metodología investigativa sobre lo espectral que asecha. Finalmente, la tercera parte propone el concepto de representación fantasmática como la manera de sintetizar esa visión del fantasma a partir de las nociones iniciales de Freud. En el camino, se intenta aportar un poco a esas formas primeras de lo que era el aparato psíquico freudiano.
Derrida, el fantasma más allá de Marx
El trabajo expuesto en Espectros de Marx (Derrida, 1998) presenta al lector una interpretación que en principio puede entenderse como política. La frase que retoma Derrida para su lectura de lo que es la hauntología (hantologie)2, “Un fantasma recorre Europa - el fantasma del comunismo” (Marx & Engels, 1848/2012, p. 579), hace que el texto sea visto como una interpretación de un fenómeno político (el marxismo) en la actualidad. Este “fantasma” que recorre Europa es visto por el pensador argelino-francés como una figura espectral que retorna de entre los muertos para romper con la estructura del tiempo/espacio y figurarse como una no-presencia que irrumpe para ponerlo todo out of joint [desorientado]3; a la vez que se presenta como una figura que demanda algo, se instaura como ente de lenguaje, de voz y escucha, que llama y es llamado por alguien:
Maligno o no, un genio opera, resiste y desafía siempre a la manera de una cosa espectral. La obra animada se convierte en esa cosa, la Cosa que se las ingenia en habitar sin propiamente habitar, o sea en asediar, como un inaprensible espectro, tanto la memoria como la traducción. Una obra maestra se mueve siempre, por definición, a la manera de un fantasma. La Cosa asedia, por ejemplo, habla y causa, habita las numerosas versiones de ese pasaje, «the time is out of joint», sin residir nunca en ellas, sin confinarse jamás en ellas. Plurales, las maneras de traducir se organizan, no se dispersan de cualquier modo. También se desorganizan por el efecto mismo del espectro, a causa de la Causa a la que se denomina el original, y que, como todos los fantasmas, dirige demandas más que contradictorias, justamente dispares. (Derrida, 1998, p. 32)
Así pues, en lo que sigue se busca comprender este fantasma precisamente en su relación con estos dos conceptos: tiempo y lenguaje, de modo que se pueda conocer sus matices y los modos en que este interpela al sujeto y se abre un campo dentro de la subjetividad de este para satisfacer su demanda.
Se debe puntualizar desde el comienzo una reflexión sobre la distinción entre fantasma (fantôme) y espectro (espectre). La hauntología derrideana posee una figura doble: la primera es una construcción de orden individual (que puede llegar a inferirse que no es solo psicológico) que Derrida llama de fantasma; y la segunda tiene por nombre espectro, el cual según define Derrida es un elemento que: “no está ni vivo ni muerto, ni presente ni ausente” (p. 64), y que se ubica más en un orden socioético y de carácter más intempestivo. En este sentido, el fantasma parece estar más centrado en el yo, mientras que el espectro en lo social; sobre esto hay ciertas investigaciones que aportan a la distinción entre ambas como Rocha Álvarez (2010, p. 76), quien encuentra que fantasma y espectro, aunque diferentes, tienen en común la cuestión de ser visibles y representables, contrario al re-aparecido. También el estudio de Tudela Sancho (2003, pp. 152-153) ve ambos conceptos como intercambiables. Esto último se reafirma en las investigaciones de Blanco y Peeren (2013) y Davis (2013), puesto que aunque parece existir una división terminológica, la cuestión de una diferencia sustancial y tajante queda aún puesta sobre la mesa. De ahí que en este texto se decida por tomar al fantasma (singular) como un concepto incluido en el espectro (social), partiendo de las afirmaciones del propio Derrida: “la noción de espectralidad no se refiere únicamente al fantasma, sino a todo lo que yo llamo lógica espectral, aquello que, en nuestra experiencia, no es ni inteligible, ni sensible, ni visible, ni invisible, y que concierne tanto al lenguaje como a las telecomunicaciones” (Milan, 2012, p. 51). No obstante, las cualidades del fantasma contienen aquellos elementos que identifican al espectro, debido a que surgen de él. En este orden de ideas, el fantasma puede concebirse como una presencia espectral.
De este modo, el fantasma derrideano puede entenderse como un contratiempo4. El out of joint pone la temporalidad fantasmática en el locus de la no-presencia, esto es, cuando se habla con el fantasma se habla con una entidad paradójica: no habita el presente (pertenece a un pasado ya acontecido), pero aun así está frente al sujeto y clama a este por la resolución de una situación actual, el fantasma es un ente espectral, de ahí que asuma esta posición fronteriza entre lo presente y lo ausente. El tiempo hauntológico es una figura que no respeta las reglas del tiempo lineal, sino que desafía la epistemología empirista, la cual basa su noción de verdad en una ontología de la presencia (Cardona-Santofimio, 2025)5, para comprender la existencia en una dimensión amplía. En esta, pasado y presente se contraponen el uno con el otro en una amalgama que produce confusión y alteración en la persona que la vive:
El presente es lo que pasa, el presente pasa, reside en ese pasaje transitorio (Weile), en el ir-y-venir, entre lo que va y lo que viene, en el punto medio entre lo que se va y lo que llega, en la articulación entre lo que se ausenta y lo que se presenta. Este entre-dos articula conjuntamente la doble articulación (die Fuge) conforme a la cual estos dos movimientos se conectan (gefügt). La presencia (Anwesen) está prescrita (verfugt), ordenada, dispuesta en las dos direcciones de la ausencia, en la articulación de lo que ya no es y de lo que todavía no es. Juntar e inyungir. Este pensamiento de la juntura es también un pensamiento de la inyunción. (Derrida, 1998, p. 39)6
La temporalidad fantasmática implica comprender el pasado como algo aún irresoluto que tiene cuentas pendientes con el presente, el cual en su ahoreidad7 se aliena e intenta dejar de lado todo acontecimiento anterior para concentrarse en el instante actual. Esto da lugar al acaecer de la aparición fantasmática. El out of joint de la hauntología derrideana surge del desorden que causa en el ahora la presencia de una entidad no-muerta que atosiga al sujeto que intenta continuar hacia un futuro8. Esta última idea termina por detonar en una sensación de malestar en la persona, el tiempo pasado que rompe el frágil cristal que lo separa del presente crea una sensación de angustia que requiere de la atención de la persona que lo vive, es ahí donde entra la función de la palabra.
Siguiendo la interpretación derrideana, el fantasma aparece en un clamor de demanda: solicita algo a quien acecha (haunt), y dicho llamado posee un lenguaje propio, tiene una estructura rodeada y articulada de símbolos, signos, significantes y significados que hacen parte de la historia personal de quien se ve acechado. La palabra, entonces, se vuelve la materia prima para poder comprender el clamor fantasmático, de ahí que sea importante la escucha frente a este ente:
La cuestión merece, quizás, que se le dé la vuelta: ¿puede uno dirigirse en general si algún fantasma ya no retorna? Si, al menos, ama la justicia, el “sabio” del porvenir, el “intelectual” del mañana debería aprenderlo, y de él. Debería aprender a vivir aprendiendo no ya a darle conversación al fantasma sino a conversar con él, con ella, a darle o a devolverle la palabra, aunque sea en sí, en el otro, al otro en sí: los espectros siempre están ahí, aunque no existan, aunque ya no estén, aunque todavía no estén. Nos hacen repensar el “ahí” desde el momento en que abrimos la boca, incluso durante un coloquio y sobre todo si allí se habla una lengua extranjera. (Derrida, 1998, p. 196)
Aquí la función de la palabra no tiene un papel meramente comunicativo, sino que tiene detrás una tarea interpretativa, ya que, como se dijo, el modo en que el fantasma aparece no deja de tener detrás un elemento misterioso a la vez que ominoso9. Esto se da porque la palabra se presenta desde una fuente sobrenatural desde la cual el elemento racional, que en principio se establece en el yo, palidece frente a lo espectral que la evoca.
Es fundamental comprender la estructura de lenguaje que tiene el fantasma, ya que es la misma que permite vincular al fantasma con la memoria del sujeto acechado. El (no)ente fantasmático, en tanto que lenguaje y tiempo, es una figura que tiene una topología en el recuerdo del sujeto, puesto que este (no)ente sobrenatural que lo acecha no surge de un indeterminado ex nihilo, sino que es un pasado desde el cual, al no ser completamente asimilado y comprendido, reaparece para clamar justicia. El concepto de memoria espectral que desarrolla Derrida es ejemplo de esto, la memoria funciona aquí como un proceso desde el cual el fantasma parte, pero que no se liga a una presencia, sino a una no-presencia que demanda el volver sobre lo acontecido para poder descansar en paz.
El lenguaje que aparece, entonces, es el leguaje de un tiempo pasado rememorado que surge desde la memoria para exigir su comprensión y la toma de responsabilidad por quien es acechado. Este proceso, siguiendo a Derrida, requiere de un trabajo interminable de duelo desde el cual la persona intenta negociar con el fantasma10, hablar con él para poder darle el descanso que merece. De cierto modo, hablar con el fantasma (escuchar su demanda, su lenguaje, lo que tiene por decir y trabajar sobre ello) es hacerlo con el tiempo pasado, es abrir un campo de interpretación del ayer que fragmenta la vida presente, pero que no puede ser ignorado, debido a que el pasado, ese tiempo perdido, aparece en todo sujeto para clamar por su lugar en la historia del sujeto. La ciencia del fantasma derrideano estudia el tiempo pasado y sus efectos sobre el presente y el impacto que puede tener en el porvenir. Su función dentro de la subjetividad es la de relacionar a la persona con los procesos por los que atravesó y que dentro del yo son considerados como pérdida, ya sea que dicha asimilación de la pérdida sea consciente o no, algo fundamental para comprender la subjetividad humana debido a la compleja variedad de fenómenos que rodean la idea del fantasma, como lo señala Derrida: “un fantasma puede volver como lo peor, pero sin esta vuelta posible y si se recusa su irreductible originalidad, nos privamos de memoria, herencia, justicia, todo lo que vale más allá de la vida y por lo cual se aprecia la dignidad de esta” (Derrida & Stiegler, 1998, p. 37).
Freud: trauma, afecto y representaciones psíquicas
Tomando la visión del psicoanálisis que Derrida articula con su pensamiento, una interpretación filosófica que profiere una crítica al lacanismo para retomar directamente a Freud11, Derrida se esfuerza por reinterpretar los primeros textos de Freud, principalmente los del Proyecto (Derrida, 1997), para darles un lugar al interior de su pensamiento, siendo consciente de la importancia del psicoanálisis, pero siempre desde una configuración deconstructiva de sus conceptos fundadores12. Desde esta visión, entonces, en lo que sigue se quiere construir desde los escritos freudianos entre 1886 a 1891, teniendo en cuenta que el interés por el psicoanálisis en Derrida pasa por el reconocimiento de que el discurso freudiano, a partir de aspectos como el pensamiento del trazo, se alinea con su proyecto filosófico de desconstrucción de la metafísica occidental13:
Represión no lograda: en vías de desconstitución histórica. Es esta desconstitución lo que nos interesa, es este no-estar-logrado lo que confiere a su devenir una cierta legibilidad y lo que limita su opacidad histórica. . . . La forma sintomática del retorno de lo reprimido: la metáfora de la escritura que obsesiona el discurso europeo, y las contradicciones sistemáticas en la exclusión onto-teológica de la huella. La represión de la escritura como lo que amenaza la presencia y el dominio de la ausencia. (Derrida, 1989, p. 272)
De este modo, para el concepto de fantasma se vuelven centrales los conceptos de trauma, afectos y representación psíquica, debido a la relación que tienen conceptos como el de memoria y la apertura interpretativa frente a lo que sería la escucha de un pasado no resuelto en la historia personal del sujeto. Así pues, iniciando con el concepto de trauma, para Freud (influenciado principalmente por Charcot) este se presenta como un acontecimiento que desborda el modo en que la persona asimila y procesa emocionalmente, es decir, el trauma se figura como una ruptura en los procesos normales de sintetización de la historia personal del sujeto:
El material psíquico de una histeria así se figura como un producto multidimensional de por lo menos triple estratificación. Espero poder justificar pronto este modo de expresión figurado. En primer lugar estuvieron presentes un núcleo de recuerdos (recuerdos de vivencias o de ilaciones de pensamiento) en los cuales ha culminado el momento traumático o halló su plasmación más pura la idea patógena. (Freud, 1895/1975, p. 293)14
Esta cualidad desbordante del trauma, entonces, fractura la capacidad de elaboración psíquica, algo que es el primer paso para la configuración de síntomas histéricos, puesto que la función de la represión, como se expone en estos textos iniciales de Freud (1888/1992b), es la de contener aquellas representaciones que no pueden ser configuradas por el sujeto.
El trauma, siguiendo la propuesta inicial de Freud, es aquello que puede entenderse como el punto de partida para el entendimiento de los fenómenos histéricos, así como de las neurosis, pero no desde la visión biológica, sino a partir de lo que serían modos de ser ligados a la palabra como motor que vendrían a articular una perspectiva más efectiva para tratamiento terapéutico que la clásica del locacionismo: “La palabra es una representación compleja, constituida por las imágenes mencionadas, o dicho de otro modo, la palabra corresponde a un intrincado proceso de asociación que los elementos mencionados, de origen visual, acústico y kinestésico, establecen entre sí” (Freud, 1891/2014, p. 102). Esta especie de economía emocional que surge con la palabra, que tiene un trasfondo libidinal, hace que surja una duda central en el entendimiento freudiano, esto es, el papel de los afectos en la asimilación de los procesos traumáticos y los modos en que estos dan lugar a una expresión sintomática en el sujeto.
Ahora bien, antes de continuar frente al tema de los afectos, se vuelve fundamental profundizar en el concepto de representación psíquica, ya que es a partir de este término que la teoría freudiana expuesta trabaja para comprender la etiología de las neurosis de defensa que el vienés tenía interés en recuperar terapéuticamente. De este modo, dichas representaciones tienen como función el ser núcleos de significación en conflicto que quiebran la capacidad asociativa de la persona, teniendo, como se señaló anteriormente, una relación íntima con la represión como mecanismo de defensa del sujeto afectado (Freud, 1950/1992c). Las representaciones, siguiendo entonces las ideas iniciales de Freud con Brauer en sus Estudios sobre la histeria, son fundamentales para comprender los afectos porque sólo existen afectos ligados a una representación. Esto último se evidencia en su conclusión: “el histérico padece por la mayor parte de reminiscencias” (Freud, 1895/1975, p. 33, cursiva del original). Lo dicho lleva a la relación representación-afecto, puesto que para estos autores es una representación reprimida lo que produciría la presencia de afectos que pueden considerarse patológicos:
Por el análisis de casos parecidos, yo sabía ya que si una histeria es de nueva adquisición hay una condición psíquica indispensable para ello: que una representación sea reprimida [desalojada] deliberadamente de la conciencia, excluida del procesamiento asociativo . . . En cuanto al fundamento de la represión misma, sólo podía ser una sensación de displacer, la inconciliabilidad [Unvcrtráglichkeit] de la idea por reprimir con la masa de representaciones dominante en el yo. Ahora bien, la representación reprimida se venga volviéndose patógena. (Freud, 1895/1975, p. 133)
Ahora bien, el estudio de Schneider (1994) reafirma esta visión del afecto como indisociable de la representación presente en los primeros escritos de Freud, la cual en sus inicios parece estar asociada a una especie de elemento a reducir. La representación como una distorsión doble (temporal y semántica) trae consigo afectos que, parece, deben ser eliminados de la psique para producir bienestar: “El afecto [en los primeros escritos de Freud] se caracteriza principalmente por un aumento de excitación; se presenta, entonces, como un mal a eliminar . . . es una perturbación que debe reducirse para que el aparato psíquico recupere un equilibrio satisfactorio” (Scheider, 1994, p. 17). La relación representación-afecto, aunque parece tener una carga negativa para el proceso de analítico, en tanto que sería una especie de agente patógeno psíquico, trae consigo una posibilidad de modificar los síntomas, ya que los afectos configuran, en su doble distorsión, posibilidades de progreso dentro de la psique humana: “Junto a los motivos intelectuales a que se apela para superar la resistencia, rara vez se podrá prescindir de un factor afectivo, el prestigio personal del médico; y en cierto número de casos, este último será el único capaz de levantar la resistencia” (Freud, 1895/1975, p. 289). Esta función frente a las representaciones y su relación con los afectos se remarca en su correspondencia con Fliess:
En el estadio del retorno de lo reprimido se verifica que el reproche retorna inalterado, pero rara vez de suerte de atraer sobre sí la atención; vale decir, durante cierto lapso aparece como una conciencia de culpa pura carente de contenido. Las más de las veces entra en conexión con un contenido que está doblemente desfigurado [dislocado], en el orden del tiempo y en el del contenido; lo primero por referirse a una acción presente o futura, lo segundo por no significar un suceso real y efectivo, sino un subrogado siguiendo la categoría de lo análogo, una sustitución. La representación es, por consiguiente, el producto de un compromiso, correcto en lo tocante a afecto y categoría, falso por desplazamiento [descentramiento] temporal y sustitución analógica. (Freud, 1950/1992d, p. 264)
Por lo tanto, la función del afecto no es solo la de ser detonante del estado histérico, sino que puede ser la base para una terapéutica del mismo: “El afecto no estaría, entonces, solamente del lado del mal padecido; también interviene en los procedimientos que buscan expulsar este mal” (Schneider, 1994, p. 24). De este modo, la representación, en su relación con el afecto, es atravesada por el ordenamiento libidinal que brota de la reminiscencia que deviene consciente en el proceso analítico: “Un recordar no acompañado de afecto es casi siempre totalmente ineficaz; el decurso del proceso psíquico originario tiene que ser repetido con la mayor vividez posible, puesto en status nascendi y luego ‘declarado’ [‘Aussprechen’]” (Freud, 1895/1975, p. 32)15.
Así, la representación se relaciona directamente con una red dinámica en la cual la ruptura de ligaciones de naturaleza asociativa puede producir patologías diversas. En este sentido, a medida que el sujeto avanza en su historia personal (presente y futuro) aquello que no fue simbólicamente transcrito daría pie en el presente ciertos “desordenes”. La forma en que Freud ostenta estas representaciones da pie a crear un espectro de reconocimiento dentro del sujeto que permite decir que un desorden en el modo en que se registra y se articula sentido alrededor de dichas experiencias puede detonar en situaciones sintomáticas. Así, profundizar en la manera en que el sujeto ha asimilado y organizado dichas representaciones permite explicar el origen de las patologías que él está presentando, siguiendo la rigurosidad científica propia de los textos freudianos a la vez que arriesgándose a poner su propia visión frente al asunto de las neurosis de defensa.
Es ahí, entonces, donde los afectos tienen un lugar, ya que es por medio del modo en que el sujeto vuelve sobre estas representaciones que pueden ser percibidos los síntomas de los procesos represivos del trauma. Los afectos, de este modo, se convierten en parte de esta energía emocional que configura los procesos psíquicos de la persona, los que, además, permiten medir el modo en que el sujeto vuelve sobre su propio pasado o, inclusive, la forma en que este mismo sujeto reprime aquellas representaciones que generan fracturas en el presente, generando una descompensación entre el pasado de la persona y su presente, repercutiendo directamente en la toma de acción hacia el futuro:
El empalidecimiento o pérdida de afectividad de un recuerdo depende de varios factores. Lo que sobre todo importa es si frente al suceso afectante se reaccionó enérgicamente o no. Por “reacción” entendemos aquí toda la serie de reflejos voluntarios e involuntarios en que, según lo sabemos por experiencia, se descargan los afectos: desde el llanto hasta la venganza. Si esta reacción se produce en la escala suficiente, desaparece buena parte del afecto . . . . Si la reacción es sofocada, el afecto permanece conectado con el recuerdo. Un ultraje devuelto, aunque sólo sea de palabra, es recordado de otro modo que un ultraje que fue preciso tragarse. (Freud, 1895/1975, p. 34)
Así, los afectos son parte de esta economía emocional que el sujeto tiene para poder movilizarse hacia su propia historia; el trauma, como excedente cuantitativo no ligable se figura como proveedor de afectos desbordantes para el funcionamiento de los procesos asociativos del sujeto y termina por dar lugar a que ciertas representaciones psíquicas devengan inconscientes por su imposibilidad de inscripción simbólica en la vida de la persona. Por lo tanto, como se puede apreciar, la teoría freudiana temprana ya revela elementos que permiten comprender al ser humano como una entidad, por un lado, sintiente, esto es, que se relaciona con la vida de forma afectiva e íntimamente emocional; por otro, lo hace de forma narrativa, esto es, poseedor de una capacidad de narrarse que lo coloca en relación personal con su propio tiempo, el cual le posibilita reprimir o acercarse a representaciones psíquicas intensas que son elaboradas por su propia experiencia de estar vivo. Es en este contexto que entra en relación la cuestión del fantasma.
En esta discusión sobre el tema del trauma, la representación y el afecto tienen lugar otros conceptos que se pueden articular para comprender las dimensiones de la función del trabajo sobre las representaciones psíquicas, en tanto vinculadas a los afectos, a la hora de iniciar procesos de transformación del malestar, algo importante para la siguiente sección, en la cual plantea que el fantasma vendría a ser un interlocutor espectral de estos términos de la clínica psicoanalítica. La cura por conversación (talking cure) surge en el marco de una necesidad por parte del histérico de declarar aquella representación psíquica y hacer manifiestos los afectos que la libidinalmente las envisten. En esta dinámica, la cura surge de la representación hecha palabra que posibilita una descarga afectiva que libera al sujeto de la represión al darle un entierro simbólico, como señala el propio Freud:
los síntomas histéricos singulares desaparecían enseguida y sin retornar cuando se conseguía despertar con plena luminosidad el recuerdo del proceso ocasionador, convocando al mismo tiempo el afecto acompañante, y cuando luego el enfermo describía ese proceso de la manera más detallada posible y expresaba en palabras el afecto. (1895/1975, p. 32, cursivas del original)
Frente a esto último surge la función de la catarsis y la abreacción (términos que el propio Freud atribuye a Brauer), ya que juntas tienen como núcleo el trauma y las representaciones reprimidas productoras de afectos del mismo tipo.
Estos dos conceptos, presentes de forma inicial en los Estudios sobre la histeria, tienen por objetivo un ejercicio desde la palabra como forma de manifestar la propia historia del sujeto para traer lo reprimido sobre la mesa. El retorno de lo reprimido constituye la estructura de la histeria, por lo que es importante señalar que todo el andamiaje sobre el trauma, la representación psíquica y el afecto en su relación con el recuerdo y la palabra tienen una íntima relación con la cuestión de lo reprimido y su retorno como motores de la sintomatología del sujeto. El trabajo freudiano, en este orden de ideas, configura un esfuerzo por comprender el sufrimiento psíquico a partir de la propia historia del ser humano, la cual se cimenta sobre lo inconsciente como pilar que sostiene el síntoma y, para poder acceder a este pilar, requiere de un ejercicio de la palabra, tal y como la talking cure indica, para poder dar espacio al sujeto para su declaración afectiva.
Representaciones fantasmáticas: el clamor de lo que desborda
Ahora bien, intentado alimentar la temprana teoría freudiana desde la hauntología derrideana es posible encontrar puntos en común entre el andamiaje conceptual del psicoanálisis y el pensar de Derrida. El primero de ellos corresponde a la relación trauma/fantasma, lo cual permite encontrar cómo las formas fantasmáticas tienen un hondo contenido teórico en el que está presente lo traumático y las representaciones psíquicas reprimidas. El segundo tiene que ver con el modo en que los afectos presentes en dicho trauma reprimido constituyen la base de lo que sería el acechar fantasmático y, finalmente, se ponen en complementariedad las ideas de la representación psíquica y las huellas espectrales, retomando la tesis compartida por ambos autores desde la cual el pasado deja rastros que continúan afectando constantemente al presente.
En este orden de ideas, en un inicio el estudio comparado de estos dos pensamientos devela que el fantasma, así como una experiencia de duelo, de pérdida, tiene una relación con lo traumático. Ahora, la relación pérdida-trauma se considera acá como eje central de lo que sería la aparición de lo espectral. Derrida, inicialmente, no profundiza en el trauma cuando desarrolla su hauntología, sino que se centra en el duelo como principal concepto articulador de la lógica del fantasma, de ahí que dicho (no)ente sea visto mayoritariamente como una figura que retorna cuando no se trabaja de forma correcta esas experiencias pasadas de pérdida. De este modo, la visión del trauma expuesta por Freud permite comprender la hauntología como la presencia persistente de un trauma que acecha al sujeto, quien puede o no ser poseedor de la necesidad de un duelo, el cual por más que sea reprimido o sepultado en una cripta16 presenta ante el sujeto un llamado, una palabra, que debe ser atendida para que el fantasma pueda tener paz17.
Esto implica considerar el modo en que se desenvuelven en la psicología del sujeto afectos a la hora de relacionarse con los traumas reprimidos. Si el fantasma tiene un contenido traumático, esto implica, del mismo modo, que su acecho del sujeto distorsiona la capacidad afectiva de este. La sensación de estar asediado (hunted) por un fantasma refiere directamente a la presencia de afectos desligados de su representación, que insisten como energía errante, la cual lleva al sujeto a una perturbación por esa economía afectiva desregulada de forma inconsciente. Así, el fantasma, más que un desequilibrio en la vida de la persona, pone al descubierto el fracaso de todo equilibrio psíquico. De este modo, la presencia espectral implica, necesariamente, una desregulación en las funciones libidinales básicas de la subjetividad humana, las cuales intentan sintetizar distintos procesos que el psicoanálisis intenta explicar en su estudio de la historia de vida de los sujetos atormentados por sintomatologías.
Y es este punto donde se propone la idea de representación fantasmática, la cual no es otra cosa que la figuración sintética de los efectos del trauma, los afectos y lo reprimido que Freud estudió de forma analítica en sus investigaciones tempranas18. Dichas representaciones son una constelación compleja de huellas mnémicas que permiten apreciar la forma en que lo reprimido retorna en forma sintomática, algo capital en el trabajo posterior de Freud. Además, se busca presentar cómo desde los principios de la teoría freudiana se construye, en paralelo, una teorización sobre los estudios hauntológicos, dando aún más peso a la afirmación de Derrida sobre el cine y el psicoanálisis como la base para la ciencia del fantasma. Estas representaciones fantasmáticas retoman el pasado como huellas de ese tiempo acontecido que en su ausencia se hace presente19. Esta propuesta es posible cuando las huellas fantasmáticas se relacionan con la representación psíquica, ya que es desde las herramientas del pasado como elemento reprimido vinculado a una naturaleza que no se corresponde con lo consciente que se puede deslumbrar la posibilidad de hablar con dicho fantasma, de entablar palabra con lo que desborda y da lugar a aquello que perturba la psique. Esto se debe a que los elementos propios del fantasma (tiempo y palabra) son comprendidos desde el sustrato conceptual que sostienen al espectro (trauma, duelo, tiempo, etc., como se mencionó anteriormente), de ahí que el psicoanálisis funcione como instrumento analítico fundamental para profundizar en el lenguaje laberíntico del fantasma.
Esto último es así en la medida que la clínica psicoanalítica se centra en la irrupción atemporal de lo reprimido en el presente, siendo en este contexto donde el fantasma -que puede asociarse a una figura nachträglich- termina por actualizar aquellas demandas que no han sido resueltas. La representación fantasmática, entonces, implica hablar con aquel desbordamiento que fractura la vida de la persona desde la naturaleza laberíntica, mnémica, afectiva, traumática y asediadora en la que el sujeto siente que su pasado “enterrado” reaparece desde una condición espectral en la que insiste y persiste. En este punto, el trabajo clínico permitiría relacionar ese fantasma en un (no)ente que podría hacer parte de la propia historia del sujeto al integrar lo imposible de olvidar con el actual desenvolvimiento de una narración viva20.
La relación entre Freud y Derrida, de este modo, configura la posibilidad de ampliar el estudio derrideano en aspectos próximos al trauma como motor de la dinámica del fantasma, así como de la economía libidinal (afectiva, emocional y del deseo) que tiene dichos elementos espectrales, los cuales Derrida no terminó de desarrollar, pero que no por ello implica que no esté presente a la hora de analizar el cómo funciona el acecho fantasmático. Esta última idea se puede afirmar debido, nuevamente, a la presencia de Freud en los estudios hauntológicos de Derrida, ya que todo estudio psicoanalítico implica que en determinados procesos psíquicos (formación de síntomas, pesadillas, neurosis de repetición, etc.) lo traumático y lo libidinal tienen cabida. Esto dicho no implica necesariamente que estos dos términos sean universales, sino que aparecen cuando en el aparato psíquico encuentra anomalías de determinado tipo, como un exceso de estímulo no ligable (trauma) o una fijación de la energía sexual (libido), algo que es determinado, al final, por la economía de cada sujeto.
Conclusión
A partir de lo expuesto en este texto es posible apreciar el modo en que cuando se profundiza en las relaciones entre hauntología y psicoanálisis se abren caminos para ambas disciplinas, lo cual posibilita, por un lado, el lugar para la terapéutica psicoanalítica, de la mano de comprender las dinámicas complejas que rodean el estudio de lo reprimido21. Por otro, permite a la hauntología encontrar caminos más hondos para su propio estudio de lo sobrenatural, pensando esto último como aquellas formaciones que irrumpen de un modo que fracturan los marcos epistemológicos de carácter positivo, los cuales son propios de la presencia.
Los estudios tempranos de Freud permiten, de este modo, articular un sentido traumático a la aparición del fantasma. No es solo que el pasado no esté resulto por el proceso de duelo, sino que el duelo constituye un proceso de reconocimiento del trauma, por un lado, y de los afectos sepultados a la hora de eludir las representaciones psíquicas que desbordan al sujeto, por otro. El fantasma es el pasado que clama por su lugar en la historia personal de quien es asediado. En ese aspecto, son las representaciones de un presente que queda sepultado, reprimido, por su contenido disruptivo que fractura la coherencia del yo con sus cargas energéticas. Pero esto solo se percibe cuando se entiende el contenido psicoanalítico detrás de la hauntología.
Aportando ahora a los estudios primeros de Freud, se puede decir que la histeria y la neurosis obsesiva pueden ser entendidas como estructuras asediadas por fantasmas (entendidos como retorno de lo reprimido bajo formaciones como los sueños, síntomas etc.)22. Frente a la psicosis, por otro lado, y aquí ya se debe marcar una distancia con lo que sería la interpretación freudiana, puesto que operaría un mecanismo de forclusión (Verwerfung) del registro simbólico, en que no acontecería relación con la huella reprimida, sino como irrupción de lo real, en el sentido
lacaniano, en la que aquello imposible de simbolizar aparece sin ningún tipo de contención23. Esto último es una distinción importante, ya que la psicosis funcionaría bajo un vacío espectral (un agujero negro), si se quiere, en el que nunca existió una huella; mientras que en la histeria y la neurosis obsesiva lo que opera es un diálogo con el fantasma, que tiene relación con un diálogo con lo reprimido que da pie a un duelo simbólico para el sujeto.
La estructura espectral de los primeros estudios freudianos, inclusive, permite develar cierta visión de función sintética entre lo que sería la representación psíquica de la persona y la capacidad que tiene este de elaborar vía lenguaje el proceso de retorno a lo reprimido. Es decir, la metáfora del espectro funge de andamiaje primario desde el cual comienza a descascarar la manera en que el sujeto se relaciona con su propia vida pasada.
De este modo, queda demostrado que la relación entre el psicoanálisis y la hauntología no es solo una coincidencia, sino que comparten distintos escenarios, conceptos y fenómenos que permiten una retroalimentación de lo dicho por ambas. Por supuesto, siempre tomando en consideración ciertos elementos contextuales para que los procesos de continuidad teórica sean lo menos extrapolados posibles, pero siempre con la visión de que todo proceso de vuelta a las bases teóricas de una disciplina implica extraer ciertos elementos del tiempo en que fueron creados.
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Este artículo deriva de la tesis doctoral titulada Metamorfose, lentidão e aroma. A influência de Elias Canetti e Peter Handke no projeto filosófico de Byung-Chul Han, que actualmente desarrolla el autor en el marco de su Doctorado en Filosofía y fue realizado con apoyo de la Coordinación de Perfeccionamiento del Personal de Nivel Superior (Capes - Brasil), código de financiación 001
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Hantologie es traducido como hauntología intentando cubrir los distintos aspectos del neologismo derrideano, teniendo en cuenta el elemento de fantasma, espectro, acecho y embrujo que identifican al objeto de estudio de dicha hantologie.
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Algo que surge a partir de una interpretación hauntológica de Hamlet, donde destaca la frase: “son tiempos desquiciados” (Shakespeare, 1623/1974, p. 46).
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Se entiende aquí el contratiempo como: “la intersección entre la experiencia (la ‘fenomenología de la conciencia íntima del tiempo’ o del espacio) y sus marcas cronológicas o topográficas, aquellas que llamamos ‘objetivas’, ‘en el mundo’” (Derrida, 2017, p. 610).
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Ontología de la presencia que, por dar un caso, retoma la tradición epistemológica inglesa, como Locke (1689/1825) y Hume (1739/1956). El trabajo de Cardona-Santofimio (2020, 2025) elabora estas ideas y utiliza una implicación psicoanalítica de estos elementos hauntológicos a partir de lo que él llama hermeneútica sobrenatural, poniendo sobre la mesa cuestiones metodológicas que posibilitan desde el estudio del fantasma cuestiones de orden social (Agudelo Hernández, Cardona Santofimio, & Bello Tocancipa, 2020).
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En otro trabajo, Derrida (1995) profundiza sobre la idea de un tiempo como figura existencial que configura distintas disposiciones fenomenológicas del sujeto.
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Un término relacionado con la visión del Jetztzeit, esto último, siguiendo la idea de Benjamin (1942/2008), configura el tiempo presente, tiempo dispuesto al acontecimiento. Desde una lectura psicoanalítica, negar la posibilidad del tiempo presente de acontecer da lugar a patologías en el sujeto.
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Justamente esto es lo que interpreta Fisher (2018), una visión de la hauntología que toca los fenómenos políticos en su relación con la cultura.
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Un concepto cuya lógica Freud (1919/1992a) ya ha elaborado y profundizado.
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Un proceso que dentro del concepto de duelo derrideano (Derrida, 2003) hace parte de la estructura hauntológica de lo humano.
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Crítica desarrollada en su Resistencias del psicoanálisis (Derrida, 2010).
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Entendiendo la deconstrucción como movimientos que: “Sólo son posibles y eficaces y pueden adecuar sus golpes habitando estas estructuras. Habitándolas de una determinada manera, puesto que se habita siempre y más aún cuando no se lo advierte. Obrando necesariamente desde el interior, extrayendo de la antigua estructura todos los recursos estratégicos y económicos de la subversión, extrayéndoselos estructuralmente, vale decir sin poder aislar en ellos elementos y átomos, la empresa de desconstrucción siempre es en cierto modo arrastrada por su propio trabajo” (Derrida, 1986, pp. 32-33).
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Esto es un algo que se sustenta desde las propias declaraciones de Derrida, como afirmó en su entrevista con Roudinesco: “Una vez más, no son las tesis freudianas las que más cuentan, a mi entender, sino más bien la manera en que Freud nos ayudó a cuestionar un gran número de cosas referentes a la ley, el derecho, la religión, la autoridad patriarcal, etcétera” (2009, p. 192). Así como en De la gramatología: “Volver enigmático lo que cree entenderse bajo los nombres de proximidad, inmediatez, presencia (lo próximo, lo propio y el pre de la presencia), tal sería entonces la intención última del presente ensayo. Esta desconstrucción de la presencia pasa por la desconstrucción de la conciencia, vale decir por la noción irreductible de huella (Spur), tal como aparece en el discurso nietzscheano y en el freudiano. En fin, en todos los campos científicos y especialmente en el de la biología, esta noción aparece actualmente como dominante e irreductible” (1986, p. 91). El interés de Derrida por el psicoanálisis, de este modo, es la de un amigo, como el mismo dice, y se centra en el análisis del discurso freudiano, antes que en su metapsicología o su epistemología.
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En esta investigación se toma una visión del trauma desde los primeros escritos de Freud; no obstante, hay que señalar que el concepto de trauma ha tenido un desarrollo dentro del trabajo freudiano, siendo que lo expuesto en Estudios sobre la histeria (1895) pasará por una revisión en sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (1915-1917, específicamente en 1917 con la 23.ª conferencia) para ser reelaborado con Más allá del principio de placer (1920) y en 1926 con Inhibición, síntoma y angustia. Laplanche y Pontalis (2004) apunta esto con claridad al momento de tratar el concepto de trauma (pp. 447-451). Así, hay un tránsito en el que el trauma pasa de ser un recuerdo traumático reprimido que produce problemas a la persona a tener un papel más relacionado a la pulsión de muerte, un concepto que no se puede ligar a una representación específica. Esto se evidencia en las propias palabras de Freud: “Creo que podemos atrevernos a concebir la neurosis traumática común como el resultado de una vasta ruptura de la protección antiestímulo. Así volvería por sus fueros la vieja e ingenua doctrina del choque [shock], opuesta, en apariencia, a una más tardía y de mayor refinamiento psicológico, que no atribuye valor etiológico a la acción de la violencia mecánica, sino al terror y al peligro de muerte” (1920/1992e, p. 31).
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Green (1975) presenta una elaboración de esta historia del concepto de afecto en el pensamiento de Freud. En su estudio, se reafirma la función de la palabra para el descargue afectivo, permitiendo así la modificación de los síntomas, algo que se da en los primeros textos de Freud: “El lenguaje no hace sino permitir a la carga desbloquearse y ser vivida, es en sí mismo acto y descarga por las palabras. El procedimiento utilizado permite al afecto verterse verbalmente; transforma esta carga afectiva y lleva la representación patógena a modificarse por vía asociativa atrayendo lo en el consciente normal” (p. 27).
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Sobre este concepto de cripta y su función en lo inconsciente ver los trabajos de Abraham y Torok (1994).
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Algo que tiene sentido cuando se analiza la visión del ancestro protector retomado por Freud (1913/1991) tiempo después en Tótem y tabú. Es importante resaltar que este ancestro es resultado de la comprensión del rol del fantasma que antes era entendido como un demonio violento que, tras ser atendido en su complejidad hauntológica, deviene protector de la tribu.
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Sus Estudios sobre la histeria escritos con Breuer demuestran esta complejidad de la representación psíquica traumática y su multidimensionalidad a la hora de diseccionarla para sanar al enfermo.
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Estas huellas son: “el origen absoluto del sentido en general. Lo cual equivale a decir, una vez más, que no hay origen absoluto del sentido en general. La huella es la diferencia que abre el aparecer y la significación. Articulando lo viviente sobre lo no-viviente en general, origen de toda repetición, origen de la idealidad, ella no es más ideal que real, más inteligible que sensible, más una significación transparente que una energía opaca, y ningún concepto de la metafísica puede describirla” (Derrida, 1986, pp. 84-85).
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Es aquí donde el demonio familiar se convierte en ancestro protector, como indica Tótem y tabú: “El hecho de que los demonios se conciban siempre como los espíritus de unos recién fallecidos atestigua, como ninguna otra cosa, el influjo del duelo sobre la génesis de la creencia en los demonios. El duelo tiene una tarea psíquica bien precisa que cumplir; está destinado a desasir del muerto los recuerdos y expectativas del supérstite. Consumado ese trabajo, el dolor cede y, con él, el arrepentimiento y los reproches; por tanto, también la angustia ante el demonio. Ahora bien, a estos mismos espíritus, primero temidos como demonios, les espera la destinación más benigna de ser venerados como antepasados e invocados como auxiliadores” (Freud, 1913/1991, p. 71).
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21
Algo que los estudios de Abraham & Torok permiten vislumbrar.
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22
Un ejemplo de esto se elaboró a partir del filme Aloners (Almeyda Sarmiento & Souza, 2024), donde el fantasma aparece como un síntoma espectral producto de una represión en donde la cuestión histérica aquí aparece en íntima relación con los elementos hauntológicos.
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23
Aquí el trabajo freudiano debe verse desde el panorama de Lacan (1959/2009). No obstante, por motivos metodológicos, esto no va a ser elaborado aquí. Baste con decir que el trabajo de la hauntología puede ir más allá del panorama de Freud, llegando incluso a poder relacionarse con orientaciones como la lacaniana frente a la cual Derrida tuvo ciertas reservas.
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