Open-access El pasado como puesta en juego

The past as a stake

Resumen

Este artículo explora las reflexiones de Certeau para mostrar cómo el pasado, dentro del contexto de la operación historiográfica, más que ser un referente estable para investigar, representa un resultado y una puesta en juego a través de la cual una sociedad, al transformar la muerte y la pérdida en objeto de conocimiento, permite un intercambio entre los vivos. Se plantean preocupaciones sobre una experiencia del tiempo centrada principalmente en el presente, que interpreta el pasado sobre todo desde un paradigma anticuario, y sobre un horizonte marcado por la amenaza inminente del cambio climático, en el que el futuro parece desaparecer. Dado este contexto, en el cual el valor de la historiografía como “tópica de lo inteligible” está fuertemente erosionado, se contemplan posibles formas de configurar el pasado, que, siendo capaces de asumir la pérdida, puedan abrir el horizonte del futuro.

Palabras clave
Michel de Certeau; Presentismo; Teoría de la historia

Abstract

In this article, the author explores Michel de Certeau’s reflections to demonstrate how the past does not establish itself as a stable reference point for historiographical operation. Instead, it serves as a stake through which a society can transform death and loss into objects of knowledge, facilitating an exchange among the living. The text raises concerns about the present-centred experience of time, which decodes the past through an antiquarian paradigm, and about a horizon marked by the looming threat of climate change, where the future seems to disappear. Given this context, in which the role of historiography as the “topic of the intelligible” seems to have eroded, the author contemplates the possible ways of approaching the past, which, being able to accept loss, can still open up the horizon of the future.

Keywords
Certeau; Presentism; Theory of History

El pasado como puesta en juego

1. Un pasado débil

La escritora ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2022, Annie Ernaux, abre su libro Les Années ( 2008 ) con un incipit destinado a volverse famoso: “Todas las imágenes desaparecerán”. 1 La autora recorre la historia de Francia desde la posguerra, a través de la historia de una generación nacida a finales de la década de 1940, que creció y se formó entre las contradicciones de los “Treinta Gloriosos” y la explosión del 1968 hasta el desencanto de las últimas décadas del siglo. No se trata de un relato histórico ni de una investigación sobre las transformaciones de la propia interioridad, sino de una “autobiografía impersonal” o “generacional”, en la que se pasa de “ella” al “nosotros”, hasta el francés “on” (el pronombre personal indefinido), mediante una escritura que, aunque desempeña un papel político al ser capaz de reflejar la concreción del lugar social desde el cual se “toma la palabra”, reivindica su “débil” –podríamos decir– vocación de resistencia al tiempo, proponiéndose, como concluye el texto, “salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más”. 2 Como observa Donnarumma ( 2017 ), es este último tiempo, y no (o no solo) el tiempo en el que “hemos sido”, lo que debe ser salvado, a través de una escritura cuya mirada, en las últimas páginas de la obra, parece dirigirse al futuro en la medida en que “algo del tiempo podrá seguir existiendo” 3 (Donnarumma, 2017 , p. 121, traducción de la autora).

Esta escritura, mucho más allá de las formas de recuperación memorialista y las aspiraciones de la novela histórica, logra articular constantemente las dimensiones del pasado y del futuro, dirigir la mirada a ambos y configurar, podríamos decir (sin pretender interpretar la autora), el tiempo de la historia. Les Années es el resultado de una operación cuerpo a cuerpo con el tiempo, con la memoria, con el horizonte de los demás, en la cual la escritura parece, involuntariamente, competir y luchar (y ganar) contra la peculiar experiencia de nuestro tiempo, cristalizada –según los ya clásicos análisis de François Hartog– en el adjetivo “presentista”, que indica una temporalidad dominada esencialmente por la dimensión del presente e “incapaz de colmar la brecha, al borde de la ruptura, que él mismo no ha dejado de cavar entre el campo de experiencia y el horizonte de expectativa” 4 (Hartog, 2003 , p. 132, traducción de la autora). Ante la falta de una articulación entre experiencia y expectativa, desaparece la condición misma de posibilidad del tiempo histórico. Las formas de apropiación del pasado, derivadas de los más variados usos de la memoria y del recuerdo, se multiplican fuera de la práctica histórica, con gran dificultad para los historiadores profesionales (Boucheron, Hartog, 2018 , p. 50) que han perdido su monopolio en la articulación del tiempo, en un contexto, por lo demás generalizado, en el que las formas de transmisión del conocimiento, así como las formas en que se disfruta y “autoriza” ya no pasan solo por la “Academia”. El futuro, lejos de ser una expectativa, un por-venir, que se nos sigue escapando, inasequible a nuestra planificación y en cierto sentido ya “consumido” –o porque durante mucho tiempo nos hemos enfrentado a él enfermos de fiebre de archivo (Derrida, 1995 ), o porque en la época del Antropoceno ha asumido la forma de una emergencia, de la urgencia y de la catástrofe como elementos perpetuos, que se repiten hasta un apocalipsis final que no tiene nada de escatológico y que, de alguna manera, vuelve a proponer el acercamiento del tiempo en el que ya no estaremos nunca más: “Abarcando el tiempo que transcurre entre el primer impacto perjudicial de la presencia humana en la ecósfera del planeta Tierra y el final anticipado de esta presencia, un final que probablemente sea sinónimo de la desaparición de la humanidad, es el presente más extenso que osamos imaginar” (Gumbrecht, 2023 , p. 27).

A esta especie de “disolución del pasado” que pone en cuestión la pensabilidad de la historia se suma el hecho de que, incluso dentro de las instituciones del saber, el enfrentamiento entre los “pasados” (si no es que la sospecha hacia la historia misma, considerada críticamente como uno de los muchos sistemas discursivos de la modernidad occidental) constituye ahora, por sí mismo, un hecho histórico: Solo para dar un ejemplo, ¿es el pasado de la historia global (entendida esta última como una tendencia de la historiografía de la última década) el mismo en el que se enfrentan los trabajos de los historiadores formados en el contexto de los Subaltern Studies ? Este ejemplo nos parece significativo, ya que los Subaltern Studies podrían considerarse la primera escuela historiográfica que ha adoptado una perspectiva global (no desde el punto de vista geográfico, sino como una serie de herramientas conceptuales), estudiando el fenómeno de la dominación cultural del Occidente moderno. Sin embargo, el pasado que emerge de ellos puede parecer mudo, incapaz de hablar al menos a través de los canales tradicionales de la historiografía, vista como una disciplina comprometida intrínsecamente con el “discurso del Occidente” (Pouchepadass, 2000 , p. 178) y, por lo tanto, sujeta en sí misma a cuestionamientos –como si determinados y específicos “pasados” fueran intraducibles dentro de la práctica histórica, a pesar de los esfuerzos de la historia por ser global. No se trata simplemente de diferentes enfoques metodológicos o paradigmas de análisis, sino de la imagen del pasado –y consecuentemente del presente– que emerge de ello. ¿Es simplemente una cuestión de perspectiva? ¿Qué pasado podemos decir que tenemos a nuestra disposición?

Desde este punto de vista, la postura de Les Années es bastante didáctica. Aunque es, en cierto sentido, un texto esencialmente hegeliano en que no existe ninguna declinación del yo sino a través de los pronombres subsumidos por el “on” impersonal del flujo de la historia, nos transmite una dimensión “frágil” del pasado, del cual no se nos devuelve su plenitud, sino su precariedad, discontinuidad: su imagen. En la aparente arbitrariedad de la galería de imágenes que abre y cierra el texto, encontramos una precisa y definida multiplicidad de planos, voces y dimensiones de la historia a través de las cuales el oprimido toma la palabra y, sin ninguna forma de complacencia o teleologismo escatológico para su migración de clase, cristaliza su memoria y la convierte en nuestra historia. Este enfoque, en un primer momento, evoca evidentemente las consideraciones de Walter Benjamin. No es el pasado lo que es recuperado por la escritura, sino su imagen, siempre dispuesta a desaparecer, a escapársenos de las manos, a menos que, en el momento de su aparición, sepamos transformar nuestro acto de captura en un gesto ético, en una acción de justicia y redención –en última instancia, en una acción revolucionaria. Es lo que intenta hacer, como sabemos, el historiador materialista, inquieto en su tiempo, que, cepillando la historia a contrapelo, se acerca al pasado tematizando las diferencias con el presente, con el fin de resaltar las discontinuidades, las fracturas, es decir, aquellos elementos que insinúan en el presente la conciencia de que el curso del mundo podría (y puede) haber sido diferente (Benjamin, 2008 , Tesis VII).

Sin embargo, como nos enseña Benjamin ( 2008 ), este enfoque no está exento de un sentimiento casi testamentario. Al igual que el ángel de la historia se dirige hacia el futuro con la mirada puesta en el pasado, viendo frente a sí solo un montón de escombros que se agrandan, la escritura de Ernaux, al intentar salvar algo del tiempo en el que ya no seremos, arranca al tiempo por última vez, por un último momento, por un último destello, las imágenes que, sin embargo, desaparecerán, y se muestra como “el campo en el que la piedad lucha para resistir a la muerte, y busca su propia dignidad recordándose que será vencida” 5 (Donnarumma, 2017 , p. 122, traducción de la autora).

Probablemente este sea también el campo en el que una escritura como la de Ernaux quita espacio a la práctica historiográfica y la obliga a interrogarse sobre sus propios límites, solicitando una reflexión sobre las peculiaridades de la escritura de la historia, sobre los métodos y formas propias de apropiación y restitución del pasado y sobre el estatuto específico de este último como referente privilegiado de la operación historiográfica. Por un lado, es como si la escritura de Les Années le preguntara la historia con qué título seleccionaría, mejor que otras prácticas, la galería de imágenes del pasado que intenta reconstruir en cada ocasión; frente a la historia como ciencia y a su autoridad, Les Années reivindica una posición ética y política que se sitúa antes que la ciencia. Por otro lado, esta novela recuerda, indirectamente, que cualquier intento de decir el pasado, de salvarlo, es siempre, incluso si está dirigido hacia el futuro, un enfrentamiento con el fracaso, la pérdida y la muerte: asumiendo la derrota segura de una escritura que se coloca en este terreno, logra asumir lo que, según Michel de Certeau, constituía –mucho más allá de las cuestiones planteadas por una reflexión de tipo metodológica o epistemológica– la trama y el problema esencial de la historiografía moderna, su apuesta y su razón de ser, es decir, un “trabajo de la muerte y trabajo contra la muerte” (Certeau, 1999 , p. 19).

2. Hacer surgir el pasado: un discurso patológico

Si Certeau, jesuita, historiador, filósofo y antropólogo, pudo sugerirnos esta imagen de la práctica historiográfica, es porque, a partir de sus trabajos sobre la mística y el estudio de las fuentes, en un proyecto inicialmente concebido dentro de la Compañía de Jesús 6 , nunca dejó de teorizar sobre la operación que llevaba a cabo. En el centro de su reflexión, no encontramos tanto el método o los procedimientos científicos que determinan la disciplina, sino un análisis del significado político y del estatuto, podríamos decir ontológico, de la escritura como articulación de la operación historiográfica 7 ; no solo lo que escribe la historia, qué salva y contra qué resiste (que podrían ser las preguntas centrales para marcar un itinerario en su producción), sino lo que significa pensar el pasado únicamente en tanto que está escrito:

La historiografía es una escritura, no un habla. Supone que la voz está desvanecida. Hizo falta que la unidad ayer viva fuera descompuesta en mil fragmentos, hizo falta esa muerte para que se vuelva posible la actividad que hoy constituye en objecto de discurso –y en la unidad formada en virtud de una inteligibilidad– las huellas dispersas que testimonian lo que fue

(Certeau, 2007 , p. 55).

El pasado realmente ha pasado, ha ocurrido en otro lugar y de otra manera, ha tenido lugar y ya no es –y de hecho Certeau no muestra ninguna condescendencia hacia las sirenas del relativismo o del subjetivismo (Certeau, 2007 , p. 55), o hacia la deconstrucción del estatuto epistemológico de la disciplina llevada a cabo por el linguistic turn. Más bien, su reflexión se centra no en las formas en que la práctica histórica –práctica escritural– recupera eventualmente el pasado, sino en las formas en que lo hace emerger, produciendo el discurso que puede decirlo. No le interesa tanto la verdad o la correspondencia con los hechos del discurso historiográfico. De hecho, detenerse en la adecuación del discurso histórico a la realidad significaría ceder a una “dogmatización” y a un discurso engañoso que “pretende hacer la ley en nombre de lo real” (Certeau, 1999 , p. 13), cuando es propiamente lo real que siempre dicta su ley, a la cual el historiador, de alguna manera, al contar una historia, se somete:

Para que el relato “descienda” hasta el presente, es preciso que reciba su autoridad de más arriba, de una “nada” cuya fórmula nos la daba ya la Odisea “Nadie sabe por sí mismo quién es su padre”. Expulsado del saber, un advenedizo se insinúa en la historiografía y determina su organización; es lo que no se sabe, lo que no tiene nombre propio. Bajo la forma de un pasado al que no se le puede señalar ningún lugar, pero que no puede ser eliminado, es la ley del otro

(Certeau, 1999 , p. 107, énfasis en el original).

Lo que Certeau, en particular en La escritura de la historia , ha situado en el centro de sus análisis es el motivo por el cual se escribe la historia y que está en juego en esa escritura. La aplicación precisa de las reglas de método establecidas y compartidas, la rigurosidad necesaria en el análisis, absolutamente esenciales, no delimitan, sin embargo, el campo de existencia de la práctica histórica (Certeau, 2007 , p. 53) que se define, junto con la etnología y el psicoanálisis, como una “ciencia del otro” –del otro en su forma radical que es el pasado. Una disciplina en cierto sentido valiente, que “juega con fuego”, es capaz de dirigirse al fantasma del otro y, sin embargo, por diversas perspectivas, temerosa, capaz de mostrar una extrañeza irreductible solo para luego ocultarla en nuevas formalizaciones (Certeau, 1987 , p. 206). La historia, en otras palabras, sin duda “conoce la cuestión del otro”, pero se las arregla para localizarlo, definirlo, haciendo valer “la razón del lugar”: El lugar donde se produce el discurso tiene la capacidad de dar sentido (Certeau, 1999 , p. 330). En este acto también reside su valencia política, porque señala una relación entre un lugar determinado y el discurso que, marxianamente, que allí se fabrica. Comentando, en las páginas iniciales de La escritura de la historia , una ilustración de Jan Van der Straet que representa al explorador Américo Vespucio frente a la India llamada América, Certeau observaba cómo la imagen era una alegoría de una escritura conquistadora que hace del Nuevo Mundo una “página en blanco (salvaje) donde escribirá el querer occidental” y que, partiendo de una división entre “un querer escribir y un cuerpo escrito (o por escribir), […] fabrica la historia occidental” (Certeau, 1999 , p. 11). Una escritura, por tanto, de la cual emerge el pasado que se convierte en “el cuerpo historiado –el blasón– de sus trabajos y de sus fantasmas” (Certeau, 1999 , p. 12). Algo debe ser percibido como impensable, como otro, para que la identidad del presente, su línea fronteriza, se vuelva pensable y el pasado –el otro– decible. En este sentido, la historia, práctica y “comedia de la identidad”, se convierte en ciencia del sujeto “(el cuerpo y la palabra enunciadora), cuestión rechazada a la zona de la ficción o del silencio por la ley de una escritura ‘científica’” (Certeau, 1999 , p. 13).

Por supuesto, la disciplina no quiere saber nada de sus “frágiles fronteras” que abren brechas en el territorio seguro de la ciencia y hacen de la historiografía una ciencia particular en la cual la cuestión no es tanto el método, sino el “olfato”; en la cual, al igual que Freud enfrentándose a su estudio sobre Moisés, su último libro publicado en 1939 (y al cual Certeau dedica el último capítulo de La escritura de la historia ), es importante la valentía de avanzar sin el conforto y la autoridad de la ciencia, con la incomodidad que pertenece a las operaciones arriesgadas (Loraux, 1991 , p. 85). Una disciplina que no tiene fronteras ni límites demasiado marcados, que se aventura a abrir caminos no asegurados por la ciencia y que encuentra su sentido no en un contenido, no en una codificación de una práctica, sino en la actividad, nunca terminada, de aclarar y regular la relación con una ausencia –con la muerte (Certeau, 1999 , p. 290).

Certeau, al recorrer este itinerario intelectual, se aleja del gran paradigma de la historiografía romántica encarnado en la obra de Michelet, para quien, a través de la pluma del historiador, el pasado tenía la posibilidad de tomar la palabra, como si volviera a vivir por un breve momento antes de callar para siempre. En sus observaciones, Certeau nos indica que el historiador no se mueve por la necesidad de dar voz al ausente, de arrancarlo del silencio, como si lo resucitara, lo cual es una ilusión, nada más que un sueño. El historiador no solo no resucita el pasado, sino que queda constantemente excluido de él; sin embargo, es precisamente a partir de esta exclusión que nace la ficción que lo cuenta (Certeau, 1999 , p. 333):

En su primera etapa, la investigación científica se asemeja a la actividad del gallofero quien, al extraer de la basura los restos de comida o de ropa, convierta a estos objetos, apresados con su garfio, en el sueño de la casa a la que jamás entrará, de las comidas y de las intimidades que nunca conocerá. El pordiosero, etnólogo en potencia, se inventa mundos a los que nunca entrará. Lo que resucita no es más que un sueño.

(Certeau, 2002 , pp. 101-102).

Estas consideraciones encierran las razones por las cuales la historia, en su ejercicio, va más allá del análisis del relato, así como más allá de los territorios de la reflexión epistemológica, y se convierte en una práctica política y ética: 8 tiene que ver con una alteridad absoluta, negocia con un pasado que no deja de hablar, cercano, pero también fantasmático, con lo Unheimlich , que dicta su ley y al cual, al poder decirlo, finalmente nos sometemos. Por otro lado, en la operación historiográfica, la actividad que produce el conocimiento y el conocimiento conocido se desbordan mutuamente y se alteran recíprocamente. Ya lo señala la articulación, de hecho indisoluble, entre Historie y Geschichte , lo que se cuenta y lo que ocurrió, el espacio de un trabajo –el relato– pero también el de un cambio en el presente. (Certeau, 1999 , p. 61, 273).

En esta superposición, en esta mezcla de planos, radica la esencia de la historia como ciencia humana. No solo porque el historiador es, según la clásica definición de Marc Bloch, como el ogro que se acerca donde olfatea carne humana, no solo porque la historia estudia a los hombres y sus acciones y, por lo tanto, es una ciencia del cambio y no de constantes y regularidades; sino también porque la frontera entre el sujeto y el objeto, entre la operación y el “material” analizado –garante en las ciencias duras de cientificidad y objetividad– se cuestiona constantemente. Entre el presente y el pasado, o mejor dicho, entre una línea fronteriza, banco de pruebas de una inteligibilidad presente siempre cuestionada, y un pasado producido de manera casi performativa por su capacidad de dominar al otro, el historiador es como “Charlie Chaplin [quien] se definía, al final del Peregrino , por una carrera a lo largo de la frontera mexicana, entre dos países que lo expulsaban al mismo tiempo, y cuyos zigzags dibujaban a la vez la diferencia y la línea de sutura” (Certeau, 1999 , p. 61).

Pero la historia es una ciencia humana también porque es una ciencia “patológica”, cuyo discurso es el del “pathos”:

calamidad y acción apasionada –en una confrontación con esa muerte a la que nuestra sociedad ya no considera como un modo de participación en la vida. Por su cuenta, la historiografía supone que es imposible creer en este tipo de presencia de los muertos que ha organizado (u organiza) la experiencia de civilizaciones enteras, y por lo tanto ya es imposible “tenerlos en cuenta”

(Certeau, 1999 , p. 19).

Tratando el pasado –la muerte– como un objeto de conocimiento, la historia permite un intercambio entre los vivos (Certeau, 1999 , p. 63). Desde este punto de vista, es una forma de mito, siendo lo que permite a la sociedad contarse a sí misma, otorgando al presente el privilegio de colocar la muerte y negar la pérdida. Escribir es encontrarse con “la muerte que habita” el presente, “manifestarla” a través de una representación del pasado y “combatirla”, dominarla, reencuadrarla en un saber (Certeau, 1999 , p. 25). A través de esta relación de filiación y separación con el pasado, el historiador teje la trama del discurso que lo vuelve decible, un discurso posible sobre algo que sigue resistiendo, que ya no es, que escapa, y es precisamente esta sustracción la que constituye la conciencia misma del historiador (Certeau, 2002 , p. 102).

Y así como el psicoanálisis ha trazado los contornos de una tópica de la psique, la historia dibuja una “tópica de lo inteligible” (Certeau, 1999 , p. 64) delimitando el espacio en el que funciona la comprensión de la sociedad sobre sí misma, los mecanismos y el conjunto de prácticas que le permiten definirse a través de la gestión del conocimiento sobre el pasado, lo ausente, el otro. Tomando prestadas las palabras de un psicoanalista, podríamos afirmar que Certeau no está interesado en el efecto de verdad de la historia, sino en su afecto de verdad. 9 No porque la historia pueda ser falsa o reducida a retórica, sino porque para Certeau, un atento lector de Freud y protagonista de un particular y profundo “retorno a Freud”, este decir, capaz de asumir la posibilidad de morir equivaldría a simbolizar la muerte, a asumir la cuestión del sujeto que está habitado por una división constituyente (Certeau, 1999 , p. 118) y está relacionado con una falta, es el hecho de que cada uno existe con el “secreto inmoral de la muerte” (Certeau, 2000 , p. 211). Su apuesta es esencialmente ética.

Sin embargo, este “trabajo de la muerte y contra la muerte” es testamentario: en Occidente, al menos, obsesionado por la muerte, se sabe que cada victoria sobre ella es “efímera”: “la segadora vuelve y corta” (Certeau, 1999 , p. 19).

3. El pasado como utopía

Ahora bien, la escritura de Ernaux, recapitulando los fragmentos del pasado en un “conocimiento para perder”, podría interpretarse como una forma de resistir a la muerte y, al mismo tiempo, abdicar de ella ocupando plenamente el espacio de la práctica histórica. Es la escritura que, por un lado, convive con el “secreto inmoral de la muerte” invirtiendo el paradigma presentista que ya no sería capaz de hacer surgir el pasado, de enfrentarlo como a su propio fantasma, de asumir la pérdida y, al mismo tiempo, negarla, es decir, expresarla; por otro lado, frente a la urgencia del fin, no nos lleva a aferrarnos al presente, sino a salvar simultáneamente el pasado y el futuro en el que ya no estaremos. Así, la escritura, realiza la tarea de la historia.

Como ha argumentado Gumbrecht ( 2023 ), la dimensión de una percepción de “fin de la historia” (con la que estamos obligados a contar e interactuar) ha llevado a una radicalización de los aspectos que articulan el régimen de historicidad presentista, relacionada con la reflexión sobre el Antropoceno.

Los primeros en utilizar el término “Antropoceno” para describir la era marcada por la transformación del ser humano en un agente geológico capaz de afectar el funcionamiento y equilibrio del sistema Tierra fueron el premio Nobel de Química Paul J. Crutzen y su colaborador Eugene F. Stoermer, especialista en biología marina, en una declaración de 2000. El vocablo, que en el campo de la geología ha suscitado un vivo debate sobre la datación de las eras geológicas y la conveniencia de adoptar las referencias temporales y terminológicas propuestas por Crutzen y Stoermer, se ha impuesto rápidamente y con fuerza heurística en el campo de las ciencias humanas (Quenet, 2017 ). Precisamente la rápida difusión y circulación de la noción en este ámbito ha puesto a los historiadores frente a una temporalidad de la naturaleza, en ciertos aspectos incomparable con la humana, que ha adquirido un horizonte de catástrofe. 10

Entre quienes se han interrogado sobre las consecuencias de una temporalidad interpretada por el Antropoceno, encontramos al historiador Dipesh Chakrabarty. Lo mencionamos porque en su obra The climate of history in a planetary age ( 2021 ) expone cuatro tesis (ya abordadas en un trabajo anterior de 2009) en las que observa cómo la era del Antropoceno cuestiona los presupuestos del trabajo del historiador, es decir, la existencia y autonomía de un tiempo exclusivamente humano y la libertad humana como vector fundamental del cambio histórico. Por lo tanto, según su punto de vista, las explicaciones antropológicas del cambio climático ponen fin, en primer lugar, a la secular distinción entre historia natural e historia humana, desafiando, en consecuencia, nuestra capacidad de comprensión histórica. En este contexto, por ejemplo, al articular la noción de régimen de historicidad con las reflexiones de Chakrabarty, Hartog se pregunta si somos capaces de salir, por así decirlo, de nuestra minoría cronológica, para hacer de lo inmensurable nuestra nueva experiencia del tiempo (Hartog, 2020 , pp. 301-335). En segundo lugar, Chakrabarty observa cómo un elemento esencial para desarrollar instrumentos de comprensión del cambio histórico ha sido siempre (interpretado de manera diferente a lo largo del tiempo) la noción de libertad que, en las sociedades humanas, se traduce en formas, siempre cambiantes, de organización política. Sin embargo, a pesar de las diferencias y especificidades nacionales, nos enfrentamos a un sistema político que no es ni capaz de gobernar el cambio climático ni, en un mundo marcado por profundas desigualdades, de traducir en prácticas orientadas al futuro los imperativos racionales sobre la necesidad de combatirlo juntos a las aspiraciones de libertad, acción y crecimiento expresadas ahora por todos los países.

Estas reflexiones son interesantes para nuestro discurso porque trazan en el horizonte dos riesgos significativos para la práctica histórica y la forma en que esta aborda, desvela y habla del pasado. Uno de los riesgos es que lo inmensurable, en forma de la catástrofe esperada, nos lleve a encerrarnos aún más en el presente, convirtiendo el presentismo, para cada individuo, en una especie de experiencia subjetiva de su propia precariedad: encantadora para aquellos que viven en el mundo de la hiperconexión, de lo digital móvil y de una exaltante flexibilidad a la agitación, que se benefician de la globalización; carcelaria para aquellos cuya experiencia se convierte en la búsqueda de una cotidianidad que se gana cada día y que termina cada día en sí misma (Hartog, 2020 , p. 294). Sin embargo, en relación con el pasado, el mayor riesgo puede encontrarse en el intento de rescatarlo de manera nostálgica, mediante la activación de un paradigma historiográfico caracterizado, en palabras de Nietzsche, como “anticuario”. Es una característica distintiva de los movimientos conservadores que se han visto favorecidos, en conjunción con los de raíces populistas y, al menos en el mundo occidental, por un consenso generalizado y para quienes la negación del impacto de la acción humana en el cambio climático puede interpretarse, en términos de experimentación temporal, como la renuncia a entablar un diálogo con la dimensión de lo que no se halla instantáneamente dominado. Eso se configura, concomitantemente, como una modalidad de refutar la desaparición del pasado y, en consecuencia, la articulación del tiempo histórico, hipotecando, de hecho, el futuro. En efecto, como ha advertido Koselleck, es el horizonte de expectativa el que semantiza el espacio de experiencia, pero sobre la base de semánticas del probable y el optativo ya existentes (Escudier, 2009 , p. 1281).

Además, conclusiones similares ya habían sido alcanzadas en un contexto que comparte ciertas características con la definición del presente delineada por los análisis de los historiadores a los que hemos aludido brevemente –y que se presentaba, sin embargo, casi como un contexto, podríamos decir, experimental por el escritor alemán W.G. Sebald–. Sebald reflexionó sobre una experiencia del tiempo en la que la temporalidad de la naturaleza, impulsada sin querer por el comportamiento de los hombres, parecía haber prevalecido sobre la acción humana, llevando a una intersección, si no es que a una superposición, de forma ruinosa, de la historia natural y la humana. Estas reflexiones se encuentran recogidas en el texto Luftkrieg und Literatur ( 2001 ), en el que el autor intentaba explicar el hecho de que en la literatura alemana de la posguerra apenas hubiera rastro alguno, salvo a través de clichés o formas éticamente comprometedoras de estetizar el dolor, de la destrucción de las ciudades alemanas provocada por la masiva campaña de bombardeos llevada a cabo por la aviación inglesa durante la Segunda Guerra Mundial.

Sebald ( 2001 , p. 40) se preguntaba por dónde debía comenzar una historia natural de la destrucción. Probablemente por el hecho de que se trataba de una historia en la que las categorías de libertad y elección, esenciales para la elaboración de cualquier historiografía (como señaló también Chakrabarty), dejaban de ser operativas; una historia en la que la destrucción funcionaba como la “prueba irrefutable” de que las catástrofes, que estallaban aparentemente de manera imprevista entre las manos del hombre, siempre anticipaban, como un experimento, el punto en el que nuestra historia de sujetos autónomos cesaba, para hacernos caer de nuevo en la historia de la naturaleza (Sebald, 2001 , pp. 72-73).

Las conclusiones a las que llegó Sebald remitían a una historia sucedida pero aparentemente inexistente, es decir, de la que había sido imposible tener experiencia, de la que no se había logrado producir un discurso decible. Los alemanes habían salido de ella en cierto sentido ciegos, incapaces de contar, de “ver” el pasado y hacerlo comprensible (y, de hecho, ¿cómo era posible ver el despliegue mefistofélico de la naturaleza en su fuerza destructiva, pero también reproductiva, con árboles que vivían segundas floraciones y especies parásitas que se multiplicaban entre los restos de lo que había sido la presencia humana, entre escombros y fragmentos de cuerpos en un panorama de destrucción definido por la acción del propio hombre?), concentrándose, en consecuencia, únicamente en el presente de la reconstrucción. Quizás, como Sebald pudo observar en una dimensión limitada, el punto en el que caemos en la historia de la naturaleza coincide con la desaparición de nuestra subjetividad autónoma, haciendo que la experiencia del tiempo (entendido como la articulación del pasado, el presente y el futuro) se vuelva imposible y la historia impracticable.

Hartog, frente a una experiencia que parece similar –aunque el Antropoceno no es un experimento reversible–, invita a los historiadores a “abrir” la historia, tomando nota, ante todo, más allá de las prácticas tradicionales, de la multiplicidad de formas de apropiarse del pasado vistas como condiciones de una historia “por-venir”, de la cual Ernaux, como observamos nosotros, es sin duda un ejemplo. Es como si, sin pretenderlo, la escritora recogiera, de alguna manera, el aviso de Hartog (2021, p. XX, traducción de la autora), quien nos recuerda en varias ocasiones que meditemos, incluso con la mirada puesta en el futuro, las consideraciones formuladas por Paul Valéry después de la Primera Guerra Mundial: “Nosotros, civilizaciones, ahora sabemos que somos mortales”. 11 Tal vez ha llegado el momento crucial de la crisis de la historia, que no ha sido desplazada por el linguistic turn , la era de la memoria o incluso la del testigo o el archivo, pero podría serlo por la variedad de experiencias del tiempo y del pasado que constituyen el nuevo horizonte de temporalidad en que vivimos. En cualquier caso, frente a esta proliferación de pasados, el historiador, aunque desafiado en su propio terreno, puede hacer poco “puesto que se trata de una historia bella y bien presente o, al menos, de las condiciones que se dan para una historia por venir, y un estado de opinión y las expectativas que de ello surgen” 12 (Boucheron, Hartog, 2018 , p. 52, traducción de la autora). Esta pluralidad de voces y pasados no solo evoca una “historia por venir”, sino también el horizonte de significado en el que la escribimos. Elegir a quién hablar y qué decir, articulando, como ya hemos escrito, un lugar determinado y el discurso que allí se produce, siempre es un acto político; pero frente a la glosolalia de los pasados, es una acción explícitamente política con la que el historiador “toma la palabra”, explicitando la posición desde la que habla, como si tomara la Bastilla, para citar el famoso inicio del artículo escrito por Certeau en 1968, “en el momento mismo” con respecto a los eventos del mayo francés (Certeau, 1995 , p. 39). No en el sentido de una intervención directa en el espacio público, como es propio de una profesión que reclama su alcance intelectual, sino en el sentido de asumir la responsabilidad del discurso histórico que, aunque es un discurso en tercera persona, no habla por sí solo. El viejo adagio de las “lecciones de la historia” sigue siendo actual, en el sentido de que el lugar que le asignamos al pasado es una manera de abrir espacio al futuro, según el caso reaccionario o revolucionario, dependiendo de cómo creamos –y reivindicamos– en la actualidad el espacio, el “intersticio”, como escribió Certeau, para la representación de las diferencias (Certeau, 1999 , pp. 100-101).

Por lo tanto, en el pasado también se sigue jugando el futuro que somos capaces de imaginar. Glosolálico, espera que lo traduzcamos a un sistema inteligible, en lugar de poder encarar, incluso políticamente, el hecho de que lo hemos perdido irremediablemente. Este sentimiento de pérdida es aún más difícil de asimilar frente a un cambio climático del que parece entreverse solo la catástrofe.

Tal vez nos salve un saludable materialismo benjaminiano que, con su rechazo a ser adecuado al presente, lleva consigo la conciencia de que la historia podría haber sido de otra manera y es capaz de configurar el gesto del historiador como un acto de justicia. Cepillar la historia a contrapelo puede ser una posibilidad de hacer lugar al pasado, siguiendo la estela del romanticismo revolucionario, de manera no nostálgica sino utópica (Löwy, Sayre, 1992 ), y también con la conciencia de lo inmensurable que es lo que enfrentamos “salvar algo del tiempo en el que ya no estaremos nunca más” (Ernaux, 2008 , p. 254). Sería una forma de preguntarnos, en nuestro tiempo distópico que ya ha colonizado la realidad, aunque con cautela, aunque practicando, como Ernaux, la imposible resistencia a la muerte (y, sin embargo, reconociendo su autoridad): “¿Frente a la catástrofe, osaremos soñar otros mundos?” (Carabédian, 2022 ).

Referencias

  • BENJAMIN, Walter. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Traducción de Bolívar Echeverría, Ítaca/Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México: 2008.
  • BENVENUTO, Sergio. The Crisis of Interpretation. European Journal of Psychoanalysis. Humanities, Philosophy, Psychotherapies, n. 6, 1998, disponible en https://bit.ly/3rReNn7 . Consultado el: 7 junio 2023.
    » https://bit.ly/3rReNn7
  • BOUCHERON, Patrick, Hartog, François. L’histoire à venir. Toulouse, Anacharsis: 2018.
  • CARABÉDIAN, Alice. Utopie radicale. Par-delà l’imaginaire des cabanes et des ruines. Paris, Seuil: 2022.
  • CERTEAU, Michel de. La escritura de la historia. Traducción de Jorge López Moctezuma, Universidad Iberoamericana, México: 1999.
  • CERTEAU, Michel de. El lugar del otro. Traducción de Víctor Goldstein. Buenos Aires, Katz: 2007.
  • CERTEAU, Michel de. La faiblesse de croire. Paris, Seuil: 1987.
  • CERTEAU, Michel de. Historia y psicoanálisis, entre ciencia y ficción. Traducción de Alfonso Mendiola y Marcela Cinta, México, UIA/ITESO: 2002.
  • CERTEAU, Michel de. La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer. Traducción de Alejandro Pescador. México, UIA/ITESO: 2000.
  • CERTEAU, Michel de. La toma de la palabra y otros escritos políticos. Traducción de Alejandro Pescador. México, UIA/ITESO: 1995.
  • CHAKRABARTY, Dipesh. The Climate of History in a Planetary Age, University of Chicago Press, Chicago: 2021.
  • CHAKRABARTY, Dipesh. The Climate of History: Four Theses. Critical Inquiry, n. 2, p. 197-222, 2009.
  • DERRIDA, Jacques. Mal d’archive. Une impression freudienne. Paris, Galilée: 1995.
  • DONNARUMMA, Raffaele. Annie Ernaux, Les années. Allegoria. Per uno studio materialistico della letteratura, n. 76, p. 109-122, 2017. Disponible en https://bit.ly/46Xgb7C . Consultado el: 7 junio 2023.
    » https://bit.ly/46Xgb7C
  • ERNAUX, Annie. Les années. Paris, Gallimard Folio: 2008.
  • ESCUDIER, Alexandre. Temporalisation et modernité politique: penser avec Koselleck. Annales. Histoire Sciences Sociales, Paris, n. 6, p. 1269-1301, 2009.
  • GUMBRECHT, Hans Ulrich. Encarnación, empatía, rituales. Qué hacer con el pasado tras el fin de la historia. Historia y Grafía, México D.F., n. 60, p. 21-34, enero-junio 2023.
  • HARTOG, François, Régimes d’historicité. Présentisme et expériences du temps. Paris, Seuil: 2003.
  • HARTOG François. Chronos. L’Occident aux prises avec le Temps. Paris, Gallimard: 2020
  • LACAN, Jacques. Le Séminaire XI. Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse. Paris, Seuil: 1973.
  • LORAUX, L’homme Moïse et l’audace d’être historien. Le Cheval de Troie, n. 3, p. 83-98, 1991.
  • LÖWY, Michel; SAYRE, Robert. Révolte et mélanconie. Le romantisme à contre-courant de la modernité. Paris, Payot & Rivages: 1992.
  • POUCHEPADASS, Jacques. Les Subaltern Studies ou la critique postcoloniale de la modernité. L’Homme. Revue française d’anthropologie, n. 156, p. 161-186, 2000.
  • QUENET, Grégory. L’Anthropocène et le temps des historiens. Annales. Histoire, Sciences Sociales, n. 2, p. 267-299, 2017.
  • RICOUER, Paul. Temps et récit, v. 3, Paris, Seuil: 1991.
  • SEBALD, W.G., Luftkriege und Literatur. Fischer, Frankfurter am Main: 2001.
  • 1
    En el original: “Toutes les images disparaîtront” .
  • 2
    En el original: “Sauver quelque chose du temps où l’on ne sera plus jamais”
  • 3
    En el original: “Qualcosa del tempo potrà esistere ancora”.
  • 4
    En el original: “incapable de combler l’écart, à la limite de la rupture, qu’il n’a lui-même cessé de creuser entre le champ d’expérience et l’horizon d’attente”.
  • 5
    En el original: “La scrittura è il campo in cui la pietà lotta per resistere contro la morte, e cerca la propria dignità nel ricordare a se stessa che ne sarà sconfitta”.
  • 6
    Certeau comenzó sus trabajos como historiador por impulso de la Compañía de Jesús, con un estudio sobre Pierre Favre, uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola. Durante estos estudios, tuvo un encuentro con la figura de Jean-Joseph Surin, un jesuita francés del siglo XVII, con quien continuó confrontándose a lo largo de toda su vida. Es precisamente a partir de ese encuentro con Surin, involucrado en el caso de la posesión de Loudun, que nace en Certeau la conciencia de historiador.
  • 7
    Certeau considera la historiografía como una operación, una relación “entre un lugar (un reclutamiento, un medio, un oficio, etcétera), varios procedimientos de análisis (una disciplina) y la construcción de un texto (una literatura)”, es decir, una “combinación de un lugar social, de prácticas ‘científicas’ y de una escritura ” (Certeau, 1999 , p. 68).
  • 8
    En el sentido en que Lacan interpretaba también el psicoanálisis como una práctica ética, en la medida que tenía una especificidad ética que la distinguía tanto de la terapia médica basada en la ciencia como de la interpretación hermenéutica: hacer posible una historia subjetiva abriendo al sujeto al otro en lo real. (Lacan, 1973 ).
  • 9
    Es una expresión que utiliza, en muchas ocasiones, Sergio Benvenuto ( 1998 ) para reflexionar sobre el estatuto epistémico del psicoanálisis.
  • 10
    Como señala Quenet, ya Fernand Braudel había intentado una historia articulada en una temporalidad no definida por la acción humana. Pero, como observó Paul Ricœur hace algunas décadas, en cualquier caso, la obra maestra de Braudel, La Méditerranée, termina en una muerte, que es la muerte de los mortales, es decir, la de Felipe II (Ricœur, 1991 , n. 1, p. 210).
  • 11
    En el original: “Nous autres, civilisations, nous savons maintenant que nous sommes mortelles”.
  • 12
    En el original: “puisque s’agit d’une histoire belle et bien là ou, du moins, des conditions faites à une histoire à venir, d’un état d’opinion et des attentes qui en découlent”.
  • Método de Evaluación
    Sistema doble ciego de revisión por pares.
  • Financiación
    No se aplica
  • Aprobación del Comité de Ética
    No se aplica.
  • Preprint
    El artículo no es un preprint.
  • Disponibilidad de datos de investigación y otros materiales
    No se aplica.

Editado por

  • Editores responsables
    Rebeca Gontijo – Editora jefe
    Fabio Joly – Editor ejecutivo

Disponibilidad de datos

No se aplica.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    29 Nov 2024
  • Fecha del número
    2024

Histórico

  • Recibido
    03 Nov 2023
  • Acepto
    02 Abr 2024
  • Revisado
    20 Mar 2024
location_on
Sociedade Brasileira de Teoria e História da Historiografia (SBTHH) Rua do Seminário, s/n, Centro. , CEP: 35420-000, Tel: +55 (31) 3557 9423 - Mariana - MG - Brazil
E-mail: sbthh@yahoo.com.br
rss_feed Acompañe los números de esta revista en su lector de RSS
Ir para arriba Notificar error