Open-access Para una cartografía de equipamientos colectivos de poder a finales del siglo XX en Colombia. Un análisis desde Félix Guattari1

For a cartography of collective power equipment at the end of the 20th century in Colombia. An analysis from Félix Guattari

RESUMEN

El texto traza una cartografía de algunos Equipamientos colectivos de poder a finales del siglo XX e inicios del XXI en Colombia desde algunos presupuestos del trabajo analítico de Félix Guattari en los años setenta. Ello a partir de la identificación de los modos de semiotización, las formas de subjetivación y las prácticas sociales que dichos Equipamientos produjeron y modularon en el territorio. Para dar cuenta de este objetivo se establecen tres momentos. Inicialmente, se caracteriza la comprensión guattariana de Equipamiento colectivo de poder en el contexto de las investigaciones realizadas por el grupo del Centro de Estudios, Investigación y Formación Institucional (CERFI) y la revista Recherches. Posteriormente, se caracterizan algunas prácticas sociales, modos de semiotización y de subjetivación, especialmente vinculados con el conflicto armado y la gestión económica, política y social de corte neoliberal que experimenta el país desde finales de los años ochenta. Además, se analiza la existencia de las máquinas de signos como la radio, la televisión y la Internet y la subjetividad maquínica que estos producen. Finalmente, se señalan los equipamientos jurídicos, conservaduristas, de guerra, de clientelismo y corrupción, su función productiva-semiótica-libidinal y cómo ésta fue contestada por la función de agenciamiento colectivo en la última década.

Palabras claves:
Modos de semiotización; modos de subjetivación; equipamiento colectivo de poder; Félix Guattari

ABSTRACT

The text draws a cartography of some collective power equipment at the end of the 20th century and the beginning of the 21st century in Colombia from some assumptions of the analytical work of Félix Guattari in the seventies. This is based on the identification of the modes of semiotization, the forms of subjectivation and the social practices that these Facilities produced and modulated in the territory. To achieve this objective, three moments are established. Initially, the Guattarian understanding of Collective power equipment is characterized in the context of the research carried out by the group of the Center for Institutional Studies, Research and Training (CERFI) and the magazine Recherches. Subsequently, some social practices, modes of semiotization and subjectivation are characterized, especially linked to the armed conflict and the neoliberal economic, political and social management that the country has experienced since the late 1980s. Furthermore, the existence of sign machines such as radio, television and the Internet and the machinic subjectivity that they produce are analyzed. Finally, the legal, conservatist, war, clientelism and corruption facilities are pointed out, their productive-semiotic-libidinal function and how this was contested by the function of collective agency in the last decade.

Keywords :
modes of semiotization; modes of subjectivation; collective Equipment of power; Félix Guattari

1 Introducción

Una “cartografía” de los equipamientos colectivos de poder en la historia reciente de Colombia permite establecer “modos de sometimiento/sumisión” específicos ligados a funciones productivas libidinales que pasan por el Estado y, paradójicamente, por grupos subversivos que se disputan su control económico, político y territorial como las guerrillas (M-19, FARC, ELN,) las autodefensas, el narco-paramilitarismo (BACRIM o bandas criminales), pero también dichas funciones pasan por partidos políticos, lobistas, grandes conglomerados económicos, asociaciones de trabajadores, sindicatos, organizaciones campesinas, movimientos sociales, así como la “sociedad civil” y sobre todo en “agenciamientos maquínicos”; todo el socius está atravesado por un inconsciente colectivo que el análisis guattariano precisa examinar en una perspectiva micropolítica.

La guerra interna, el Conflicto armado que el país sufre desde hace más de sesenta años no ha dejado de reproducir regímenes de una violencia social y económica cada vez más inusitada. Además, las políticas de gestión neoliberal implementadas por los gobiernos desde los años noventa exacerbaron las enormes desigualdades sociales ya existentes en la gran parte de la población echando mano de la privatización de la salud, la educación y los transportes públicos, de reformas tributarias y pensionales cada vez más agresivas, de los TLC o tratados de libre comercio con potencias económicas y tecnológicas como Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y China, conllevando a una precarización de las condiciones de trabajo y de vida en general.

En este sentido, el campesino, el desplazado mendigante en la ciudad, el desempleado, el obrero y los asalariados precarizados, los llamados “jóvenes ni ni”, pues ni estudian ni trabajan, los pequeños comerciantes, los comerciantes informales, el empleado a tiempo parcial, el estudiante, el pensionado y la mujer cabeza de hogar, todos tienen algo en común: ser modulaciones subjetivas producidas y reproducidas por grandes equipamientos colectivos de poder como los llamará Félix Guattari a finales de los años 70 en Líneas de fuga.

En lo sucesivo intentaré establecer algunos presupuestos teóricos de Guattari en torno a dichos equipamientos y además identificaré algunas prácticas sociales, modos de semiotización y modos de subjetivación; en su conjunción dichos elementos me permitirán trazar una cartografía inicial de equipamientos colectivos de poder en el territorio.

2 Equipamientos colectivos de poder, sujeción social y servidumbre maquínica

En Líneas de fuga. Por otro mundo de posibles (2013) reposa una ontología política que cuestiona los modos de sujeción semiótica implementados por el capitalismo, especialmente por los equipamientos colectivos de poder y además traza los presupuestos para realizar un análisis pragmático de la micropolítica del deseo en el campo social. Se trata de un informe de investigación inédito que Félix Guattari escribió para el Ministerio del Equipamiento francés en el marco de las investigaciones del Centro de Estudios, Investigación y Formación Institucional (CERFI) y de la revista Recherches2, dos presupuestos fundamentales de la experiencia analítico-militante del filósofo en los años setenta.

Partiendo de una crítica a la “dictadura” del significante tanto en el psicoanálisis como en las diversas ciencias sociales, Guattari reivindica la existencia de diversos tipos de agenciamientos de enunciación cuyos modos de semiotización (pre-significantes, pre-presonales, pre-individuales, musicales, perceptivos, somáticos, gestuales, míticos, etc.) son irreductibles al dominio del significante y su aparente estructura lingüística y racional.

Aquí entra en juego la noción de “equipamiento colectivo”, la cual mienta, en una primera acepción, la capacidad de un colectivo humano para localizar y expresar “modos colectivos de semiotización” como la danza, las prácticas rituales, la música, mediante máquinas de signos de su propia constelación y a partir de su energía molecular de deseo.

Para el filósofo: “el significante, de hecho, es un procedimiento fundamental de disimulación del modo de funcionamiento real de las formaciones de poder” (Guattari, 2013, p. 24); lo propio de su régimen es la sedimentación del sentido, la asunción de una necesaria universalidad que somete al individuo a la aceptación de lo dicho y establecido. Las lenguas vernáculas en los Estados africanos modernos y los argots creados por mendigos y ladrones desde el siglo XV en Europa son ejemplos planteados por Guattari para denotar dichos equipamientos colectivos como modos de semiotización que logran escapar al imperialismo escriturario del significante, a las leyes, valores y referentes que buscan imponer un sistema dominante, pues comportan modos de vida irreductibles al capitalismo.

Lo propio del sistema social capitalista es funcionar a partir de una descodificación generalizada de los flujos de deseo que al mismo tiempo supone una formación semiótica de la fuerza colectica de trabajo. Para ello se procura máquinas de diversa índole, pero con una misma función productiva-semiótica-libidinal denominada “función general de equipamiento colectivo” cuyo objetivo es establecer una red de conexiones entre máquinas deseantes moleculares, relaciones interpersonales molares, relaciones económicas y formaciones de poder políticas y sociales: “los equipamientos colectivos deberían ser considerados como máquinas que producen las condiciones de posibilidad de toda infraestructura económica capitalística” (Guattari, 2013, p. 30).

Guattari identifica varios equipamientos colectivos de poder históricamente situados que, a su juicio, se vinculan con el advenimiento de los flujos capitalísticos y del capitalismo propiamente dicho. Así, señala la existencia de la “Paz de Dios”, una potente “máquina religiosa” cristiana capaz de estabilizar la comunidad rural y la segmentaridad social que surge tras el “agujero negro” del siglo XI y el desplome de los sistemas estatales y urbanos ligados al Bajo Imperio. Esta máquina produjo un nuevo estilo de vida aristocrática vinculada con la nobleza feudal y al amor cortes, así como una clara diferenciación de dos nuevos ordenes sociales: la nobleza y la Iglesia.

También examina los equipamientos colectivos de la “máquina burguesa”, que resulta contemporánea a la máquina religiosa y procura montajes personológicos modelados por la idea de un individuo universal sometido a leyes y morales que lo regulan internamente. Los equipamientos de esta máquina ya no procuran una estabilización relativa del socius, sino su desterritorialización en provecho de una segmentaridad económica. La subjetivación producida se vincula al sentimiento de familia, el culto a la infancia y las rostridades del burócrata, el médico, el profesor, el policía.

Ahora bien, lejos de agenciarse sucesivamente estos equipamientos no dejan de yuxtaponerse por las desterritorializaciones y reterritorializaciones que los atraviesan y materializan. Así, Guattari no duda en señalar que “la proliferación de las iglesias, de las catedrales y de los monasterios en el siglo XII puede ser considerada ella misma como un primer peldaño de la desterritorialización capitalística” (Guattari, 2013, p. 35).

La territorialización feudal de la nobleza y la aristocracia por parte de la máquina religiosa es subsidiaria de las desterritorializaciones operadas por la máquina burguesa y sus equipamientos que produjeron las condiciones semióticas de una nueva clase social con sus propios modos de subjetivación; todo ello no sin agenciamientos y líneas de fuga, acontecimientos que minaron la máquina desde dentro y la pudieron llevar a una inflación o a un bloqueo sobre sí misma.

Así las cosas, los equipamientos recortan las estratificaciones residuales (la segmentarización operada por la máquina burguesa sobre la aristocracia) y operan nuevas territorializaciones (la subjetividad burguesa, pero también la del proletariado) que enganchan y codifican los flujos de deseo para el mantenimiento del Equipamiento.

A la función general de equipamiento colectivo y la capacidad que los equipamientos tienen para desterritorializar los flujos de deseo que modelan el socius, así como para recortar las estratificaciones residuales y producir nuevas territorializaciones, se suma otra función definitiva: la “función de agenciamiento colectivo” que en vez de modelar personas produce “conjuntos maquínicos de signos y de órganos infra-personológicos” (Guattari, 2013, p. 56) que afectan también molar y molecularmente el socius. El agenciamiento colectivo cuestiona, desestabiliza y desorienta al equipamiento, sus redundancias dominantes y sus significaciones coaccionantes, su función consiste en “articular el conjunto de las componentes materiales y semióticas, económicas y sociales que producen un deseo colectivo, un eros de grupo, capaz de liberarse de las micropolíticas fascistizantes de toda naturaleza -falocrática, racista, capitalística, etc.” (2013, p. 110).

Rompiendo con la tradición humanista y la continua referencia al individuo fundamento del liberalismo clásico y contemporáneo, el análisis de estos equipamientos pone el acento en la colectividad como carácter fundamental de la sociedad. Los equipamientos colectivos producen sujetos mediante modos de subjetivación, sin embargo, estos no son el fin último de su programación ni menos aún existe un “sujeto del consumo” que preceda y condicione la producción de dichos equipamientos.

Los equipamientos colectivos fabrican al individuo, modelan su percepción, su deseo y su conciencia, lo someten a una sujeción semiótica y lo insertan en un flujo libidinal productivo y desterritorializado. Así lo señala Guattari:

uno está equipado entonces de una conciencia situada socialmente, sexualmente, racialmente, etc. Está equipado de «modelos» de percepción, de motricidad, de intelección, de imaginación, de memoria, diferentes según cada «puesto» que nos es atribuido y en función de la pertenencia de casta, de clase y de entorno que nos fue fijado. Desde luego, hoy en día estos montajes son «personalizados», ¡como se dice para los automóviles! Se equipa con tipos de percepción diferentes a los trabajadores manuales y a los burócratas, se equipa con módulos de deseo diferentes a las amas de casa y a los directivos. ( Guattari, 2013 , p. 32)

En Mil Mesetas (2004), obra coescrita con Deleuze en paralelo a Líneas de fuga, se señala al capitalismo como operador semiótico, como axiomática general de los flujos decodificados que produce una nueva subjetividad social irreductible a la decodificación operada por los aparatos de captura del Estado moderno y capaz de capitalizar sus procesos de subjetivación. Específicamente, el Estado-nación se presenta como un modelo de realización para la axiomática capitalista y para ello se sirve del doble registro de sus componentes semióticos: el sometimiento social [assujettissement] o alienación subjetiva y la servidumbre maquínica [asservissement machinique].

En el sometimiento social el capitalismo opera mediante un régimen semiótico significante organizado por el lenguaje con el objetivo de producir un sujeto individuado con su propia conducta, representaciones y conciencia; supone una función de significación y representación que produce, reproduce y distribuye roles y funciones, identidades, sexos y nacionalidades en función de la división social del trabajo.

Por su parte, la servidumbre maquínica desmantela al sujeto individuado, actúa sobre la molecularidad de sus deseos a partir de semióticas a-significantes que operan en niveles pre-personales e infra-individuales. Dicha servidumbre asume al individuo como un engranaje, una pieza que hace parte de ensamblajes financieros, mas-mediáticos, políticos, bélicos y culturales complejos que lo asumen como componentes input-output en constante interconexión con distintas máquinas semióticas a-significantes, esto es máquinas productoras de signos que no necesariamente producen significaciones ni símbolos (la moneda, la televisión, la música, las ecuaciones, los diagramas científicos, los algoritmos, los lenguajes de programación, etc.) (Deleuze & Guattari, 2004).

Así define Maurizio Lazaratto (2007) el funcionamiento de estas semióticas a-significantes:

aquí los signos no funcionan sobre la base de significaciones, sino como si fueran un operador material; esto quiere decir que, en lugar de producir una significación, desencadenan una acción, una reacción, un comportamiento, una actitud, una postura. Estas semióticas ponen en movimiento comportamientos, son activas; en lugar de fijar y definir sujetos y personas, están orientadas a los afectos, a las percepciones, a las emociones. ( Lazaratto, 2007 , p. 45-46)

Mediante esta función de servidumbre maquínica el capitalismo modela comportamientos perceptivos, sensitivos, afectivos, cognitivos, la memoria, la fuerza física y demás componentes de la subjetividad como partes de una máquina en función de diversos equipamientos.

Ahora bien, el equipamiento, la fabricación, el montaje, producidos por los equipamientos colectivos no son una creación ex-nihilo, sino el resultado de una “materia opcional” de carácter libidinal que desde la infancia es fabricada semióticamente por equipamientos como los agenciados, por ejemplo, en la escuela. El equipamiento colectivo escolar no se extingue en el concreto del inmueble ni en la función educativa de la institución, mucho menos en los supuestos roles de autoridad de sus directivas o profesores.

El equipamiento escolar en tanto dispositivo arquitectural es inseparable de las relaciones sociales, los campos de fuerza que lo constituyen, los vínculos que mantiene con el Estado, organizaciones no gubernamentales e intereses con grandes grupos económicos, políticos y culturales. Este equipamiento no depende de los padres de familia ni de los niños necesitados del servicio educativo. Antes bien, el equipamiento escolar supone un sistema de interacción en el que este participa junto a otros equipamientos en la modelización de la familia mediante las llamadas “escuelas de padres”, los talent shows, los comités de evaluación y promoción, etc.

¿Qué decir de la forma como se modula las subjetividades del estudiante, los profesores, los coordinadores de disciplina, las directivas académicas y los psicoterapeutas en la institución o de la manera como la escuela copta al Estado mediante el profesorado y su organización sindical? ¿qué estatuto dar a los modos de semiotización que operan en este equipamiento y cómo estos se materializan a su vez en prácticas colectivas? Para Guattari lo que se fabrica detrás de la escuela tiene que ver con una “materia libidinal constitutiva de la fuerza colectiva de trabajo y que implica un investimento «superyóico» de los roles profesionales y de las funciones jerárquicas” (2013, p. 71.

No resulta del todo fácil caracterizar y definir la noción de equipamiento colectivo de poder que Guattari utiliza a lo largo de Líneas de fuga, sin embargo, podrían retenerse varios elementos que resultan decisivos para inteligir su funcionamiento.

Los equipamientos colectivos no responden a necesidades de “usuarios” ni suponen el conjunto de todos los servicios en una urbanización, una industria o un medio educativo, médico o jurídico como la acepción corriente del término lo puede sugerir en castellano; tampoco presuponen un sujeto del consumo que los condicione.

Se trata de un objeto institucional complejo en el que operan componentes semióticos heterogéneos (económicos, políticos, administrativos, jurídicos, urbanísticos, tecnológicos, científicos, somáticos, perceptivos, afectivos, imaginarios, etc.) que dependen del Estado, de niveles institucionales públicos y privados y sobre todo de niveles individuales e infraindividuales, de órganos, funciones y comportamientos.

Antes de materializarse en instituciones, prácticas sociales, modos de semiotización, subjetivación y formas espaciales, el equipamiento supone la función productiva libidinal de poner en conexión lo molar y lo molecular, las máquinas deseantes, las relaciones interpersonales, las relaciones de clase y las formaciones de poder.

Así las cosas, los equipamientos se asumen como máquinas de desterritorialización de los flujos (materiales, de trabajo, semióticos, de deseo, informáticos, de moneda, etc.) que a su vez logran articular diversos componentes que terminan por modelar una forma particular de individuo y de socius con sus propios estereotipos de comportamiento y esquemas relacionales y perceptivos definidos.

Los equipamientos imponen una sumisión generalizada a las semiologías del lenguaje y a los modos dominantes de producción de significación, comportan con ello una clara función de alienación que implementan mediante sistemas moleculares y molares. En este sentido, el Estado supone una mega red de equipamientos que vehicula dos tipos de poder: un poder político molar y un poder semiótico molecular, en el nivel micropolítico del deseo y en el nivel macro e institucional; lo que busca el Estado en tanto de red de equipamientos es la desterritorialización de los flujos y la reproducción de modelos reterritorializados afines a la función productiva-semiótica-libidinal de todo equipamiento. El poder molar encuadra y jerarquiza el socius mientras que la potencia molecular lo vincula mediante agenciamientos colectivos que como líneas de fuga amenazan, cuestionan y desestructuran desde dentro los equipamientos colectivos de poder.

3 Elementos para la cartografía

Para Guattari un examen de los equipamientos debe asumir un “método analítico rizomático” de cara a modelos estructurantes o generativos y partir del análisis de situaciones concretas para trazar sus propios mapas. La cartografía se hace necesaria para analizar los equipamientos por su carácter experimental y su orientación hacia lo real, pues supone trazar un mapa, conectar con puntos heterogéneos, hacer rizoma: “el mapa es abierto, conectable en todas dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes, iniciado por un individuo, un grupo, una formación social” (Deleuze & Guattari, 2004, p 17-18).

Una cartografía de equipamientos colectivos de poder a finales del siglo XX e inicios del XXI en el territorio tendría el objeto de hacer inteligible su función productiva-semiótica-libidinal y su función de agenciamiento colectivo, ello en conjuntos macros, micros e infraindividuales que componen el socius. Evitando acudir a calcos, estratos y segmentaridades, parto de la materialidad de algunos modos de semiotización, subjetivación y prácticas sociales en el territorio vinculados, no ya a nombres y hechos fundantes, sino a puntos de emergencia, convergencia y desencuentro en equipamientos colectivos.

a) Prácticas sociales, modos de semiotización y de subjetivación

Las prácticas sociales, entendidas como lo que las colectividades hacen de forma cotidiana y constante que produce formas de inmanencia y materialidad en las que se constituyen y son constituidas, permiten visibilizar los modos de producción del sentido, la percepción, los afectos y las formas de identificación de los sujetos. Las prácticas son múltiples, variadas y difícilmente homogeneizables y en ese sentido no busco aquí inventariarlas, no obstante, si se atiende a su carácter colectivo habría unas marcadamente negativas en el territorio como las de guerra (los homicidios -asesinatos selectivos, masacres, ejecuciones extrajudiciales-, la desaparición forzada, el secuestro, la tortura, la violencia sexual, el desplazamiento forzado, el despojo, el exilio, entre otros), las prácticas institucionales del Estado (identificación, estratificación socioeconómica, regulación, normalización, burocratización, fiscalización), las prácticas económicas (liberalización de la economía, la privatización de las empresas y los servicios públicos, la redistribución inequitativa del ingreso), las prácticas educativas (mercantilización del currículo, precarización de las condiciones salariales de los docentes, subjetivación del estudiante como cliente), las prácticas políticas (bipartidismo, nepotismo, estigmatización ideológica y moral del oponente, radicalismo, vinculación con el narcotráfico, el paramilitarismo, las guerrillas y demás grupos armados insurgentes).

Dentro de los modos de semiotización, el español, como equipamiento colectivo fundamental impuesto en el territorio, se instala en la materialidad de los discursos y enunciados oficiales, estatales, institucionales, gubernamentales y jurídicos; también lo hace en la literatura, la estética, el teatro, la radio, la televisión, etc., ello no sin una marcada violencia histórica sobre las otras 68 lenguas nativas existentes.

En el territorio las formas de producción y modulación del sentido, de configuración semántica de los gestos y los signos, las semióticas, las materias y modalidades de expresión han sido sometidas, hegemónica, pero no exclusivamente, a grandes significantes lingüísticos, discursivos y racionales vinculados a modos de subjetivación parciales y a prácticas sociales como la familia (núcleo fundamental de la sociedad), la Iglesia Católica, la paz, el Estado, la opinión pública, la libre empresa, la propiedad, la democracia, la diversidad étnica, el orden público, el conflicto armado interno, la víctima, el derecho a la vida, el enemigo interno, la “gente de bien”, la disidencia.

El sometimiento de las semióticas prepersonales e infraindividuales, llamadas por Lazaratto “semióticas corporales”, y los elementos heterogéneos que las componen a las semióticas significantes, es el resultado de un complejo entrecruce de diversos equipamientos colectivos. Así, instalada la lengua como gran equipamiento la circulación de enunciados y significantes se modela y refuerza en la familia, la escuela, la misa, el barrio, el trabajo, la calle, el transporte público, las redes sociales; equipamientos en los que entran en contacto con otros significantes: “familia” es a orden y bienestar lo que “sindicalismo” es a subversión e ilegalidad o “barrios pobres” es a pobreza y delincuencia.

Para que estos significantes puedan tener algún grado de familiaridad y equivalencia deben vincularse a modos de subjetivación, a formas de producción del sujeto que resultan de la constante interacción del poder político molar -el sometimiento social- y del poder semiótico molecular -la servidumbre maquínica-. El Estado, mediante el gobierno regido por la individualización, asigna una identidad jurídica, sexual y social que significa y representa a sus habitantes; la ciudadanía colombiana se emplaza como modo de sumisión y sometimiento de un sujeto producido por los equipamientos estatales que determinan su función y asignación social a una clase, una raza, una estratificación socioeconómica. Por su parte, diversas máquinas de signos y sus semióticas asignificantes descomponen, modulan y ensamblan los componentes heterogéneos de la subjetividad y hacen de la percepción, la memoria, los afectos y la fuerza del sujeto piezas interconectadas, relevos de los signos, de ondas radioeléctricas, des secuencias visuales, de ritmos sonoros de la radio, la televisión, la Internet, las armas y los artefactos de enfrentamiento bélico, los mercados financieros y las máquinas técnicas, tecnológicas y sociales que componen en pro de la gestión capitalista (Lazzarato, 2006).

En el territorio la guerra y la violencia cuentan con sus propios modos de semiotización significantes y asignificantes; los estruendos de las bombas y las marcas de los impactos de balas, granadas y diversos explosivos en las plazas y edificaciones de las poblaciones; los cuerpos desmembrados y arrojados en los parques, aceras y ríos; las mujeres, adolescentes y niños violados y sometidos a la explotación sexual; los cuerpos mutilados por las llamadas minas “quiebrapata”; las poblaciones enteras arrasadas y sus territorios vueltos improductivos; la destrucción de complejos ecosistemas por diversas economías ilícitas como la tala, la minería, el cultivo y procesamiento de la hoja de coca; todo ello configura un campo semántico eficiente en el que opera una pedagogía macabra del terror, el miedo y la zozobra que se instala en los cuerpos, las mentes y las afecciones. Concentrados en la determinación semántica y la composición discursiva de los enunciados de la guerra y el conflicto armado hemos desatendido por completo las semióticas asignificantes y el régimen maquínico que constituyen y sobre todo su capacidad para producir afectos, comportamientos, actitudes, disposiciones y percepciones en los sujetos.

El insurgente, el campesino, el trabajador asalariado, el desempleado, el ama de casa, el desplazado, el reinsertado, el indigente, el emprendedor, el vendedor informal, el político, el estudiante, la víctima, el enemigo interno, el guerrillero, el paramilitar, el disidente, el narcotraficante, el líder social, el sindicalista, el activista no son tanto subjetividades que prexistan a la materialidad de las relaciones de poder en la sociedad, sino modos de subjetivación, formas de fabricación discursiva, jurídica, económica, política y social de los colombianos.

La víctima así no solo resulta por la acción traumática e injustificada de un hecho violento, por ejemplo, como la masacre de El Salado en la que 450 paramilitares helicoportados asesinaron a 60 pobladores entre el 18 y el 19 de junio del 2000 en el Carmen del Bolívar (CNMH, 2009) o el atentado terrorista de la guerrilla de las Farc al club social El Nogal en el que asesinaron con un carro bomba a 36 personas y 200 más resultaron heridas el 7 de febrero de 2003 (CNMH, 2013); también es producto de la intervención de un Equipamiento jurídico que la reconoce -la Ley de víctimas y restitución de tierras 1448 de 2011 que “dicta medidas de atención, asistencia y reparación integral a las víctimas del conflicto armado”- y la gestiona mediante instituciones como la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, así como de otros equipamientos que la recuperan ideológica, política y económicamente como las organizaciones de víctimas de crímenes de Estado, del terrorismo, de la guerrilla, las ONG, las agencias de cooperación internacional, etc. (Jurisdicción Colombia, 2011); la víctima se reproduce y estigmatiza mediante procesos de revictimización en los noticieros, en los productos de consumo masivo como las novelas de televisión y las series producidas para streaming como las abundantes obsesionadas con Pablo Escobar y los diversos clanes de narcotraficantes y matones en el territorio.

El campesino es producido y configurado al margen de equipamientos estatales que paradójicamente lo han excluido, le han impedido el acceso a la propiedad de la tierra y han invisibilizado su rol en el desarrollo económico y social de la nación al mismo tiempo que es concebido como sujeto económico y productivo en un proceso de resemantización que pasa por el labrador y el agricultor (Montaña et al, 2021). Entre el Ministerio de Agricultura, la Agencia Nacional de Tierras, el Ministerio de Cultura, las organizaciones gubernamentales, las asociaciones, organizaciones y comunidades de campesinos se activa y modela la circulación de formas de subjetivación del campesino.

El enemigo interno, en tanto más abstracto en su materialidad más eficiente en su productividad política, económica y social, es significado, mediante una doctrina y política militar para el control del comunismo heredada de Estados Unidos por los organismos de seguridad del Estado y paraestatales y asumido como base de la persecución y el exterminio físico, social y político para : “dirigentes y miembros de partidos de izquierda y progresistas, defensores de derechos humanos, líderes religiosos, líderes sociales y ambientalistas, sindicalistas, organizaciones sociales” (Comisión de la Verdad, 2022, p. 564); el enemigo interno opera así como significante vacío materializado en modos de subjetivación diversos.

b) Máquinas de signos y servidumbre maquínica

¿Qué papel tuvo el desarrollo de máquinas complejas de signos como el cine, la radio, la televisión y las telecomunicaciones en la emergencia histórica de estas prácticas sociales, modos de semiotización y de subjetivación en Colombia?

En la empresa de difusión de la cultura, el fomento de procesos educativos y de desarrollo social en las zonas rurales, la radio -inaugurada en 1929- jugó un papel importante en la composición y recomposición de modos de semiotización significantes; bien sea entorno a un sujeto ilustrado objeto de la alta cultura como lo hicieron en su momento la Radio Difusora Nacional de Colombia (1940-) o la emisora HJCK (1950-2005) o bien entorno a un sujeto campesino como lo hizo Radio Sutatenza (1947-1989), especialmente creada por una organización asociada a la iglesia católica que incentivaba procesos de formación en el campesinado. Por su parte, las radios privadas, pertenecientes a grandes conglomerados económicos3 , y en particular cadenas informativas como RCN (1948-) y Caracol (1948-) con su “oyente informado” han hecho parte de una producción discursiva regulada sobre el statu quo político, económico y social del territorio; su agenciamiento informativo ha derivado en la reafirmación de significantes y modos de subjetivación como los del conflicto armado, el enemigo interno, la crisis económica, la víctima, los acuerdos de paz, la criminalización de la protesta social, etc.

La televisión, implementada en 1954 bajo la dictadura militar de Rojas Pinilla, ha cumplido también una función sustantiva como “dispositivo educativo y cultural” en el modelamiento de formas de ser y de estar en el territorio con los sentidos, imaginarios, afectos y esquemas perceptivos y comportamentales que dichas formas de subjetivación implican. El Instituto Nacional de Radio y Televisión (1964-2004) además de regular las empresas que explotaban los contenidos gestionó la oferta institucional de contenidos educativos, culturales e informativos, única el territorio durante décadas. Los canales públicos regionales se establecen a mediados de los años ochenta (Teleantioquia, Telecaribe, Telepacífico, Telecafé) y a finales de los años noventa hacen su aparición los canales privados de las cadenas RCN y Caracol que junto a City Tv y RCN Novelas en 2014 tenían el 77.2 % de la audiencia del territorio según el Estudio General de Medios (EGM, 2014); además, la penetración de la televisión en general era de 91% en los hogares con un consumo de 4 horas diarias, solo superado por las 4.4 horas diarias de consumo de internet.

El internet, por su parte, emerge a mediados de los años 90 y hacia 1997 se cuenta con las primeras conexiones de banda ancha. En 2009 se contaba ya con 17 millones de usuarios y 38 de cada 100 habitantes utilizaban el servicio, mientras que en 2021 la cifra era de 38 millones de usuarios y 74 de cada 100 habitantes accedían al servicio. La red cobra una especial relevancia en la última década, en particular el uso de plataformas y aplicaciones de mensajería y de contenido audiovisual como Facebook, Twitter, WhatsApp y YouTube ha estado vinculado al modelamiento de la “opinión pública” y a la segmentarización política, social e ideológica de diversos sectores en el territorio. En este sentido, la victoria del “no” en 2016 en el plebiscito de refrendación de los Acuerdos de Paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc, puede ser vista, parcialmente, como el resultado de un estratégico uso de redes sociales en torno a la campaña de ¡salvar a Colombia del comunismo y de la ideología de género!

La “subjetividad pática” sobre la que opera el sometimiento social y especialmente la servidumbre maquínica, agenciada por máquinas de signos asignificantes, es modulada energéticamente, asumida como engranaje parcial y puesta en función de ensamblajes económicos, políticos, bélicos, jurídicos y morales. Se trata de una subjetividad colectiva, prepersonal y prerreflexiva, que nos reconstituye y consume las innumerables formas de ser, sentir, coexistir y cohabitar que contenemos; modela nuestra fuerza física en función de la productividad libidinal del capital y nos equipa perceptiva, afectiva y conductualmente con maneras, gestos y por supuesto enunciados que normalizan, justifican y promueven una radical violencia hacia la alteridad del mundo. Es la misma subjetividad que noche tras noche se conecta a una inmensa red neuronal guiada por la sincronía de imágenes, entonaciones, ritmos y enunciados que produce la televisión, aquella sumergida en el bucle infinito de las pantallas y el modelamiento perceptivo que producen los celulares y las tabletas inteligentes o bien aquella subjetividad movilizada en medios de transporte masivo de un lugar a otro incesantemente.

4 Equipamientos colectivos de poder en Colombia

Lejos de ser un inventario exhaustivo, los equipamientos mencionados aquí constituyen una primera aproximación cartográfica que no es simbólica ni representacional, sino material, corporal y afectiva.

Equipamientos conservaduristas: refuerzan el statu quo, abogan por el orden natural de las cosas que precisan mantener mediante máquinas significantes como Dios, Patria, Familia, Nación, Tradición, Cultura, Moral universal. Se constituyen y se refuerzan en la constante interacción de instituciones como la Iglesia, la escuela, la familia, la pareja, la empresa, etc., y modelan una subjetividad moralmente reactiva, arraigada a la nostalgia del pasado y abiertamente intolerante ante los sentidos, los signos, las prácticas, los enunciados y los modos que amenazan sus formas de existencia en el presente. El racismo, el clasismo y la exclusión, la estructura machista y patriarcal de los grupos armados, la fuerza pública, las élites políticas, el empresariado, las clases sociales acomodadas, pero también de las medias y las marginales, se reproducen en la gestión de dichos equipamientos como un “sistema de órdenes raciales, de clases y de privilegios que han mantenido una “democracia de baja intensidad” (Comisión de la Verdad, 2022, p. 538.)

Equipamientos de guerra: son irreductibles a la materialidad del enfrentamiento bélico de diversos actores armados estatales y paraestatales, aunque encuentran en dicho belicismo una de las formas más visibles de su efectuación; cumplen una función de reterritorialización de la tierra que asegura el control de los territorios y la gestión de las poblaciones; rompen los vínculos de las comunidades, en las regiones y los asentamientos urbanos; rompen los lazos afectivos, despojan y expulsan de sus territorios a los pobladores (campesinos, indígenas, afrocolombianos, raizales) y han conllevado a su exterminio físico y cultural; imponen su propias dinámicas en función del territorio en el que operan y producen mecanismos de adaptación y naturalización del conflicto armado arraigados a máquinas semióticas significantes y a las formas de subjetivación que producen.

En los equipamientos de guerra operan lógicas que promueven, justifican, racionalizan la violencia y mantienen el conflicto armado como parte integral de las dinámicas sociales, políticas y económicas en el territorio. Grupos armados como las autodefensas y los paramilitares fueron creados y apoyados militar, financiera y políticamente por agentes del Estado, latifundistas, sectores políticos, agencias extranjeras y grupos económicos notables en muchas zonas del país; y como las guerrillas, se financiaron con el secuestro, la extorsión y desde los años ochenta principalmente el narcotráfico, el blanqueo de capitales y las economías ilegales extractivistas. Eficientes en su producción estos equipamientos han dejado 9 millones de víctimas “de las cuales cerca de medio millón fueron asesinadas y más de 100 000 fueron objeto de desaparición forzada. Nueve de cada diez víctimas mortales eran civiles. La mayoría de estas eran habitantes del sector rural” (Comisión de la Verdad, 2022, p. 88).

Equipamientos de clientelismo y corrupción: en el gobierno y sus instituciones, en los partidos políticos, los “caciques”, clanes y grupos locales y sus maquinarias electorales en las regiones, en el sistema penal y carcelario, en las altas cortes de justicia, en los organismos de investigación como la Fiscalía General de la Nación, en las universidades públicas y el nepotismo de algunos rectores; el poder monopólico de algunos funcionarios públicos, el soborno de multinacionales mediante lobbies de grandes grupos económicos en la formulación y aprobación de la política pública, la asignación indebida de contratos de asistencia y servicios para el Estado, el otorgamiento irregular de licencias ambientales para exploración petrolera mediante fracking... la lista es inagotable; estos no son elementos dispersos, sino prácticas recurrentes en la administración pública y privada que constituyen puntos contingentes de articulación de un entramado molar y molecular que atraviesa al socius. En Colombia entre 2016 y 2020 se registraron 967 hechos de corrupción que afectaron a más de 14 millones de habitantes y en los que se perdieron más de 13 billones de pesos. (Corporación Transparencia por Colombia, 2021).

Equipamientos jurídicos: a pesar de su carácter homogéneo y constante son maleables en función del ordenamiento económico, político y social del territorio; se vinculan con instituciones, prácticas y procedimientos “legales” que, en su materialización, justifican, reafirman y mantienen el propio estado de cosas que producen y reconocen exclusivamente. Las leyes, constituciones y normas han estado presentes, muchas veces en exceso, en el territorio; particularmente a finales del siglo XX, se asiste a cambio en las coordenadas semánticas y pragmáticas del marco normativo del Estado colombiano.

Redactada como riposta a las ideas liberales y a las diversas guerras civiles, la Constitución Política de 1886, de cuño confesional, centralista, conservador y autoritario, supuso una clara sedimentación institucional, política y social del sentido entorno a la acción individual y colectiva y prefiguró un modelo de nación, ciudadanía y democracia que marcaron al país y su población durante más de un siglo. La Carta mienta al Estado como confesional y a la Religión católica, “esencial elemento del orden social”, le asigna la tarea de organizar y dirigir la educación pública, prohíbe “las juntas políticas populares de carácter permanente”, establece el ejército nacional, reafirma la Pena capital, censura la prensa y permite el estado de sitio para mantener el orden público y evitar los alzamientos en el territorio (Jurisdicción Colombia, 1886).

Por su parte, tras escasos periodos de pacificación relativa durante el siglo XX, la Constitución de 1991 afirmó la existencia de un país en las antípodas del planteado en la Carta del siglo XIX. Con una clara intencionalidad liberal, democrática y pluralista la Carta celebra la existencia de un Estado social de derecho, pluriétnico y multicultural, descentralizado con entidades territoriales autónomas, basado en el respeto de la dignidad humana, del “patrimonio cultural de la nación” y la diversidad étnica de los pueblos o “minorías” que lo habitan y la protección de sus lenguas nativas, creencias y cosmovisiones, la equidad de género para la mujer y un completo catálogo de derechos fundamentales como la vida, el trabajo, la salud, la educación, la integridad personal, la igualdad, el libre desarrollo de la personalidad, el buen nombre, la libertad de culto, entre otros. Además, esta Carta de derechos elimina el estado de sitio, reafirma diversos derechos políticos, promueve la democracia participativa y concibe mecanismos de defensa de los derechos de los ciudadanos como la “acción de tutela y el “derecho de petición” (Jurisdicción Colombia, 1991).

En cuanto a la función productiva-semiótica-libidinal de estos equipamientos, por lo menos a finales del siglo XX, varios elementos se pueden establecer; algunos de ellos se circunscriben a un equipamiento específico, pero en su mayoría constituyen relaciones de interrelación y codependencia con otros equipamientos.

El aspecto reterritorializante de dicha función tiene que ver con el afianzamiento del Estado, sus políticas, instituciones y prácticas que buscaron el mantenimiento de la segmentarización social, cultural y política para propiciar y fortalecer la inversión y la producción económica en el territorio. Poco eficientes en su rol codificador de los flujos y la conservación de órganos de poder, los aparatos de captura del Estado y sus procesos de sometimiento social ven truncado su funcionamiento por la existencia de máquinas de guerra y equipamientos colectivos que buscan asegurarse el control territorial, político y económico sin intentar siquiera tomarse al Estado o emularlo, sino más bien conjurarlo y sustituirlo.

La segmentarización operada por los equipamientos de guerra, jurídicos y conservaduristas y el recorte de las estratificaciones residuales realizadas sobre el campesino, el indígena, el afrodescendiente, la comunidad LGBTI son correlativos de la producción de nuevas territorializaciones en torno a la ciudadanía y a los derechos humanos que suponen el renovado mantenimiento de dichos equipamientos.

El aspecto desterritorializante de la función productiva-semiótica-libidinal de estos mismos equipamientos se relaciona con el capitalismo mundial integrado (CMI) y su axiomática de los flujos decodificados que encuentran en el Estado colombiano su modelo de realización inmanente. La apertura económica, la privatización de lo público, los tratados de libre comercio, el debilitamiento del Estado y sus estructuras democráticas, la precarización de las condiciones de trabajo y el desmantelamiento de las estructuras de asistencia e integración social son tan solo elementos perceptibles de dicha función desterritorializante. (Botero-Arango, 2021).

Tan determinante como la función productiva-libidinal, la función de agenciamiento colectivo resulta fundamental para entender que los equipamientos colectivos ni sobredeterminan ni saturan el campo ontológico de acción, antes bien, comportan líneas de fuga, formas colectivas de enunciación irreductibles al sometimiento social y la servidumbre maquínica como lo han sido los Paros nacionales de 2011, 2013, 2015, 2019 y especialmente en 2021 que supuso un corte subjetivo generacional (Roberto-Alba, 2022).

En esta perspectiva, es posible hablar de una verdadera “revolución molecular” en el seno de las protestas y de los modos de semiotización significantes y asignificantes que los miles de manifestantes en todo el territorio integraron en sus arengas, bailes y performances en medio de las principales calles y avenidas, plazas, parques, estaciones de policía y medios de transporte (Roberto-Alba, 2023); lugares que fueron reterritorializados por grupúsculos, colectivos, asociaciones y movimientos con sus propias prácticas colectivas y comunitarias, sus propios Universos de referencia, Territorios existenciales, Flujos materiales y Phylum maquínicos. Es por ello que consideramos que la función de agenciamiento colectivo de enunciación podría ser el punto de partida de una forma de análisis que busque hacer inteligible la vinculación de los diversos equipamientos colectivos de poder descritos en este artículo en tecnologías de carácter biopolítico y gubernamental partiendo del presupuesto que dichos equipamientos de poder funcionan como condiciones de posibilidad del capitalismo en Colombia.

Un último aspecto de la función de agenciamiento colectivo de enunciación, inmanente a la gestión de los equipamientos de poder descritos (conservadurista, de guerra, jurídicos, de corrupción y clientelismo), es que la dinámica de las luchas que conlleva tiene una profunda consonancia con la caracterización de las formas de resistencia hecha por Michel Foucault en los años ochenta: 1. Son luchas transversales que no se limitan a un territorio, como sucede con las diversas protestas y movimientos sociales en Latinoamérica; 2. Su objetivo está en los efectos de poder como tal; en nuestro caso, en contestar los equipamientos de poder analizados; 3. Son luchas en las que se cuestionan las formas de dominación más inmediatas y no persiguen un fin determinado, tiene un carácter anárquico; 3. Son luchas que cuestionan radicalmente el “gobierno por individualización” resultado de la articulación de los equipamientos de poder (Foucault, 2015, p.322-323).

Referencias

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    » https://doi.org/10.3917/chime.102.0213
  • 1
    Artículo resultado de la investigación realizada en el proyecto IMP-HUM-3742 “Orientaciones éticas, bioéticas y filosóficas para direccionar los cambios tecnológicos de cara a los objetivos de desarrollo sostenible ODS”. Proyecto avalado y financiado por la Vicerrectoría de Investigaciones de la Universidad Militar Nueva Granada. El proyecto se desarrolló desde la línea Bioética Global y Complejidad del grupo de investigación BioethicsGroup de la misma universidad.
  • 2
    Especialmente los números 13 Généalogie du capital 1. les équipements du pouvoir (Fourquet et al., 1973) y 46 L’accumulation du pouvoir et le désir d’État (Fourquet et al., 1982) trazan toda la experiencia militante-libidinal del colectivo en torno a la categoría de Equipamiento colectivo; desde su asunción teórica y su relación con el urbanismo hasta su eventual abandono/remplazo, pasando por las fructíferas discusiones del grupo, en particular de François Fourquet y Guattari con Michel Foucault.
  • 3
    Tres grupos económicos (organización Luis Carlos Sarmiento Angulo, organización Carlos Ardila Lule, grupo empresarial Santo Domingo-Valorem) concentran el 57% de la audiencia de radio, internet y prensa en Colombia (Reporteros sin Fronteras y Federación Colombiana de Periodistas, 2015).
  • Declaração de Disponibilidade de Dados:
    Todo o conjunto de dados que dá suporte aos resultados deste estudo foi publicado no próprio artigo.

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Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    02 Feb 2026
  • Fecha del número
    2025

Histórico

  • Recibido
    08 Jun 2024
  • Acepto
    21 Mayo 2025
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