Dice Leonard Cohen en Anthem que “There is a crack, a crack in everything / That’s where the light gets in”. Creo que esa podría ser una buena manera, no de definir, pero sí de describir qué hace la deconstrucción. Escudriñar, tratar de encontrar esa grieta por la que se atisba la luz. El libro de Núria Molines-Garza (2025) comienza precisamente reivindicando las grietas desde su misma cubierta, lo que da una idea de lo cuidado que está este libro. Efectivamente, el volumen ofrece, antes siquiera de acceder a sus primeras páginas, una fotografía de Manuel Molines titulada “Quebrados”, que a mí me parece una traducción visual de lo que encontraremos después. Esta fotografía (re)escribe fragmentos, grietas a través de las cuales se cuela el sentido, al tiempo que refleja una maraña de líneas rizomáticas sin centro. Es un prefacio visual “escrito” por otra persona, lo que me recuerda las reflexiones de Gayatri Spivak sobre los prefacios en su propio prefacio a la Gramatología.
Tras esta traducción visual que resume sin palabras el contenido del libro, la autora oferece en las primeras páginas una panorámica que ella insiste en describir como una “genealogía quebrada”, dado que, desde una postura tan realista como deconstructivista, sabe que ningún acercamiento puede ser ni absoluto ni completo. El primer capítulo es una visión espléndidamente planteada que, a través de esa quiebra que produce la grieta, ofrece una luz que no pretende explicar ni aclarar de manera definitiva ni absoluta. Molines-Garlarza (2025) describe en estas páginas iniciales dónde está la deconstrucción en relación con los giros y transformaciones que ha experimentado la traducción, y lo hace a través de los libros sobre traducción y deconstrucción que en su opinión más han contribuido a explicar y a aplicar las aportaciones de Jacques Derrida a nuestra disciplina, y que integran lo que describe como la traductología deconstructiva.
Dichas aportaciones han demostrado su utilidad durante el transcurso de las últimas décadas a través de los espectaculares cambios que han modificado nuestra disciplina, unas transformaciones que han permitido aproximarnos al proceso de traducción como una (no) estructura de límites cambiantes que entiende el lenguaje en función de la articulación de procesos heterogéneos. Derrida se opone, como después haría Julia Kristeva, a que se limite el juego de la estructura, a que se neutralice la apertura y las aberturas de los textos mediante la presencia de un centro, de una presencia o de un origen fijo. El sustituto no sustituye a nada que le haya pre-existido. A partir de ahí, dice el filósofo, el centro no puede pensarse en la forma de un ente-presente, el centro no tiene lugar natural, no es un territorio fijo, sino una función en el que se representan sustituciones de signos hasta el infinito. Desde esta perspectiva, el texto es una esponja, pero, advierte Derrida, una esponja no sólo limpia, sino que también recoge impurezas. El texto —tanto el original como la traducción— se convierte así en un entramado de impurezas, sentidos varios, huecos y pliegues.
Lo que más me ha impresionado de este capítulo introductorio es que la autora no solo explica de manera tan clara como rigurosa lo que cada libro aporta a nuestra disciplina, sino que detalla las diferencias entre ellos y también lo que los complementa. El primer capítulo muestra cómo esa luz que se cuela a través de las grietas que hay en cada libro, pero también en cada momento de nuestra existencia, alumbra no la totalidad, sino la complejidad. Todo esto me ha recordado, salvando las distancias, la poesía vertical agrietada de Roberto Juarroz, que busca una ontología fugitiva en las fisuras existenciales y metafísicas; la novela de Andrés Neuman titulada precisamente Fractura (2018), que explora la fragmentación de la memoria a través de múltiples voces; o el espacio literario de Maurice Blanchot, ese donde se experimenta lo ilimitado y donde la escritura del desastre se torna desapropiación, pero sobre todo désœuvrement, el proceso por el cual la obra literaria permanece siempre abierta, fragmentada, en un devenir constante. De forma similar, la deconstrucción quiebra cualquier significado preestablecido con el fin de explorar la différance, que nos hace asomarnos al entre de las grietas, allí donde están los mundos, las diferencias, las perspectivas, los laberintos, los jardines que se bifurcan. En suma, a todo aquello que torna el adentro más apasionante una vez se encamina hacia el afuera.
La autora sugiere así que la deconstrucción no muestra ni define, pero sí nos acerca a ese después de la traducción que recuerda, como señalé hace tiempo en un trujamán, al poema de Aleixandre sobre lo que ocurre después del amor. Quien traduce contempla el texto a través de la grieta, desde la penumbra. Agazapándonos en el fondo de un falso reposo, ascienden pertinaces las dudas hasta esos bordes del texto que, en contraste con los bordes tenues, apagados y dulces de la amada del poeta, se nos antojan, a quienes traducimos, rudos, siempre ariscos, indomables.
Con esa sensación tan alejada de cualquier binarismo esencialista, de posiciones epistemológicas monolíticas, y una vez trazadas las genealogías y situadas las herencias, nos invita la autora a (tras)pasar a un segundo capítulo donde se exploran los conceptos indispensables de la deconstrucción para, posteriormente, en el tercero, trazar, mediante el análisis detallado de los textos derrideanos, los mimbres de la traductología deconstructiva —desde nociones más tempranas de Derrida como el logofonocentrismo o la différance, a conceptos más tardíos, como el de hospitalidad o hauntología—. Vistas las herencias, genealogías y mimbres conceptuales, en el tercer capítulo se recorren trece archipiélagos elegidos sabiamente que nos describen, a partir de los textos del propio Derrida, desde la primera etapa hasta la última —más cargada de reflexiones éticas y políticas—, las aportaciones del teórico argelino candidato al Nobel que cambió su nombre al llegar a Francia. En esta sección, los textos del filósofo ratifican que el significado nunca es unívoco, que la traducción es un ente en movimiento, siempre inacabada, pero que acaba exhalando el vaho de una sonrisa doliente y poco convencida. Como el amante sensible y tenaz de Aleixandre, Derrida nos recuerda que la mano de quien traduce repasa, a veces sin desearlo, las delicadas lindes de las palabras de un original aparentemente inerme, pero en realidad siempre preparado para hacernos caer y no dejar levantarnos. Sentimos, como en el poema, la musical y callada y constante y pavorosa verdad de ese cuerpo que nos desordena desde una sospechosa quietud que debemos alterar, trastornar, transformar, hacer cantar en otra tonalidad, para lograr que pierda su forma continua, sosegada, homogénea, y despegarla por fin de su entorno, convirtiéndola así, como la amada de Aleixandre, en otro cuerpo, acaso veraz, que en sus límites se rehace.
Finalmente, Núria Molines-Galarza logra lo imposible, al menos en mi caso. Cuando ya estaba convencida de que tenía entre mis manos un libro tan necesario como brillante, al que no le faltaba nada, la autora me sorprende con la aplicación práctica de todo lo dicho anteriormente. Lo hace en la coda, tomando como ejemplos sus propias traducciones. Esta coda es la puesta en práctica de la hauntología derrideana que se nos había explicado antes. En estas páginas, la autora, que ahora habla como traductora, explica por qué decide mantener en sus reescrituras el malestar de los textos originales; por qué quiere romper, agrietar, los textos con la traducción. Nos explica por qué la traducción no cura, sino que nos hace sentir. La traducción, dice Molines-Galarza (2025), no normaliza ni plancha ni ordena la escritura; antes bien nos permite tocar los nuevos bordes, que nunca son ni sedosos ni tibios.
En estas páginas brillantes la autora muestra cómo el original es ya una traducción en el sentido más derrideano de la palabra. El original es siempre un texto de textos, heterogéneo, plural y derivado. De ahí que la traducción nunca sea definitiva, porque un texto remite a otro y este a otro, hasta el infinito. El texto no es una unidad sino un juego múltiple; por eso el texto no responde tanto a una única interpretación cuanto a una explosión, a una diseminación. Se cuestiona de ese modo la unidad e identidad de una lengua y la forma decidible de sus límites. El lenguaje es impuro, cada sistema lingüístico son muchas lenguas, lo cual amenaza la integridad del sistema lingüístico y de la traducción —“plus d’une langue”, escribe Derrida en sus Memorias para Paul de Man; más de una lengua y una sola lengua porque la lengua es ya en sí misma multiplicidad.
Las traducciones de Molines-Galarza son ejemplos de que todo signo es huella de otro y, como huella, nunca es, sino que tan sólo existe como “traza”, “marca” o “surco” de algo que se difumina para siempre. Sus traducciones nos hacen preguntarnos hasta qué punto es visible la invisibilidad de lo visible. Qué vemos cuando (nos) miramos, porque, como le ocurre a Alicia, entre el mundo onírico y el real, entre el original y la traducción, se interpone la luna (¿literal?) del espejo. Al otro lado la memoria funciona en ambos sentidos: todo está al revés y todo es completamente igual, al tiempo que está completamente invertido. Igual que en esa noche borgiana donde la pesadilla del espejo se une a la del laberinto, porque bastan dos espejos opuestos para crear un laberinto, es útil acordarnos de no olvidar recordar que con los ojos se ve todo menos nuestra propia ceguera. Eso es lo que la deconstrucción nos recuerda no olvidar.
Y también la vasija de Walter Benjamin. Esa que se quiebra, se agrieta y se (re)construye para ser la misma vasija y otra distinta a la vez. Los textos y las traducciones son territorios quebrados y agrietados que al reconstruirse son y no son lo mismo. Igual que la tangente toca el círculo de una forma efímera, fugaz y tan solo en un punto, el autor de “La tarea del traductor” advierte de que así también la traducción toca el original de un modo efímero y únicamente en un punto infinitamente pequeño en lo que al significado se refiere. Igual que los fragmentos de un ánfora son parecidos pero no idénticos, las traducciones no son sino huellas que avanzan y rememoran el texto en el pasado y en el futuro, como diría Mallarmé, bajo la apariencia falsa de presente. Las traducciones son grietas al modo de los terrenos en construcción que aparecen en Dirección única: quien traduce utiliza los distintos fragmentos no tanto para reproducir cuanto para reconocer en ellos mundos diferentes que relacionan entre sí con materiales de muy diverso tipo. Como el libro de arena de Jorge Luis Borges, ni el original ni la traducción, ni el libro ni la arena, tienen ni principio ni fin. La deconstrucción recuerda no olvidar que el texto se convierte en un provocador de sentido en el que la lectura y la traducción son procesos dinámicos e inacabados.
Jacques Derrida y la traducción. Nuevas perspectivas para la traductología deconstructiva nos sitúa a través de la deconstrucción en la contemporaneidad de la traducción, donde nuestra actividad nos ubica en los archipiélagos de Édouard Glissant: una actividad cuya naturaleza se corresponde con una diversidad múltiple, diversa, conectada y con identidades en constante devenir.
Núria Molines-Galarza subraya desde la teoría, pero también desde la práctica, que la traducción nunca es llave de nada sino proceso durante el cual moldeamos un cuerpo para transformarlo en otro lleno de otra vida, una vida que es, y a la vez no es, la suya. Este libro hacía falta. Es una brillantísima aportación al contexto contemporáneo de las teorías de la traducción alejadas de los binarismos prescriptivistas de hace décadas, que, además, como ya he dicho, pone en práctica la teoría, demostrando así la utilidad de un modelo que no desea ser un modelo, de una teoría que no pretende explicar nada sino que surge de la grieta, de todas esas grietas a través de las cuales se cuela la luz. Este libro es ese halo de luz.
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Andréia Guerini – Willian Moura
