Reseña de la novela histórica Un defecto de color, de Ana María Gonçalves
Antes de escribir esta reseña, leí las que han sido publicadas en acceso abierto sobre esta obra de 2006. La considero un clásico y, por ello, siempre vigente. Creo haber encontrado una perspectiva propia, coherente con la que vengo adoptando en el ámbito académico1 desde inicios de los años 2000 en torno al papel del sujeto en la historia. La presento en una revista de salud colectiva porque aborda temas ampliamente debatidos en el campo, como la raza, el género y el color.
Todas estas categorías, estructurales y estructurantes, deben ser consideradas en cualquier investigación del área, ya que atraviesan las condiciones y situaciones de salud, así como el acceso a los servicios ofrecidos por el SUS. Todo lo que concierne a la salud está profundamente ligado a la vida personal y colectiva del país.
Por ejemplo, desde el punto de vista demográfico, en Brasil hay más mujeres que hombres; ellas tienen más años de escolaridad, pero siguen enfrentando dobles o triples jornadas, perciben menores ingresos y una gran parte continúa sometida a violencia y feminicidio. La población negra, históricamente esclavizada, permanece en situación de desventaja en prácticamente todos los indicadores sociales, económicos y culturales, incluso cuando alcanza niveles educativos similares a los de la población blanca.
El Defecto de color sigue operando en la práctica, aunque Brasil sea un país mestizo y la mezcla constituya una de sus mayores riquezas culturales. Como recuerda Braudel2, estos comportamientos - que él denomina “morales” - son de larga duración, se convierten en formas de vida y se infiltran en lo cotidiano, lo que dificulta su transformación. Este libro muestra que el cambio de las estructuras sociales pasa necesariamente por las personas, por los “sujetos de la historia”. Es, en este sentido, un homenaje a quienes se rebelaron - y aún hoy se rebelan - contra la opresión y la discriminación.
Publicado en 2006, Un defecto de color es una novela histórica y política que, a lo largo de sus casi mil páginas, reconstruye - desde una perspectiva afrocentrada y femenina - las relaciones entre colonizadores y personas esclavizadas en el Brasil del siglo XIX. La autora lo hace con aparente sencillez, pero con gran agudeza. La narración adopta la forma de una larga carta escrita por la africana Kehinde a su hijo, a quien perdió y nunca volvió a encontrar.
No se trata únicamente de una historia íntima entre madre e hijo, sino también de una memoria personal y colectiva de la resistencia de los esclavizados. ¿Por qué el título es curioso? Él remite a la expresión utilizada por los colonizadores para discriminar a las personas negras en los espacios sociales e institucionales. Kehinde es el nombre ficcional de Luiza Mahin, figura histórica: una mujer africana capturada en el Reino de Dahomey (actual Benín), que en Bahía, Brasil participó en la revuelta de los Malês (1835) y en la Sabinada (1837).
Kehinde, protagonista de la obra, tenía ocho años cuando fue capturada junto a su hermana gemela y su abuela, y embarcada rumbo a Bahía en un navío negrero. Solo ella sobrevivió a la travesía. Fue comprada por un hacendado de Itaparica para acompañar a su hija, de edad similar. Pasó su infancia y adolescencia como esclava doméstica, siendo además víctima de abuso sexual por parte del propietario.
Con notable creatividad, Ana Maria Gonçalves3 construye la historia como una extensa carta-testamento dirigida al hijo de Kehinde, Luiz, quien a los diez años fue vendido como esclavo por su propio padre - un hidalgo portugués, bebedor y jugador - para saldar deudas. Este abominable acto marcó profundamente la vida de Kehinde, que ya se encontraba ocultándose por haber participado en la revuelta de los Malês. Desde entonces, su vida estuvo atravesada por la búsqueda incansable de ese hijo, a quien nunca volvió a ver. Solo al final de sus días, ya enferma y ciega, supo que él seguía vivo y comprometido con la causa abolicionista.
Ese hijo, Luiz, corresponde en la vida real a Luiz Gama, quien obtuvo su libertad a los 17 años y se convirtió en un destacado abolicionista, abogado autodidacta, periodista y poeta. Como “rábula” (abogado sin diploma), logró la liberación judicial de más de 500 personas esclavizadas. Sin embargo, solo ahora, en el siglo XXI, Brasil ha reconocido oficialmente sus méritos. En 2015, recibió el título de abogado honorario del Colegio de Abogados de Brasil; en 2018, el título de Patrono de la Abolición de la Esclavitud en Brasil; y en 2021, un doctorado honoris causa de la Universidad de São Paulo.
La construcción de la trayectoria de Kehinde es compleja. Violada por el patrón cuando todavía era adolescente, sufrió violencia física, simbólica, sexual y racial, pero nunca se doblegó ante los abusos del amo ni ante el desprecio de la señora. Muy inteligente y observadora, aprendió a leer y a escribir en portugués y en francés, acompañando las clases de la “señorita Maria Clara”, con quien jugaba. También aprendió a negociar y a moverse entre mundos opuestos, asimilando el gusto refinado de las casas de las “señoras” y los recursos intelectuales, materiales y simbólicos que le permitieron conquistar su propia libertad y la de varios otros esclavos.
En medio de las dificultades individuales, destacó por aprovechar todas las oportunidades que se le presentaban para crecer social y personalmente. Por ejemplo, era lectora asidua, entre otras obras, de la de Padre António Vieira. Ya adulta, se convirtió en “esclava de calle”, condición en la que se distinguió por su espíritu emprendedor. Empezó produciendo y vendiendo galletas muy apreciadas por la sociedad dominante y que había aprendido a hacer con una familia inglesa de la que se hizo amiga.
Su trabajo le permitió comprar una panadería de la que sacaba el sustento de la familia. Poco a poco, se volvió una persona de referencia y una empresaria exitosa y respetada, sin negar nunca la opresión en la que vivían los negros y los despreciados hijos de las esclavas con sus señores.
Lo que más me llama la atención en el texto de Ana Maria Gonçalves2 es que no contiene maniqueísmos, tan frecuentes en nuestro tiempo. Doy ejemplos de cómo esta rara cualidad se vuelve nítida.
(1) La mejor amiga de Kehinde fue la señorita Maria Clara, con quien jugaba en la infancia y con quien mantuvo un contacto personal e íntimo, interactuó y se carteó a lo largo de toda la vida. Y del marido de ella, un abogado portugués favorable a la abolición, recibía apoyo y ayuda para la liberación de muchos esclavos y en la búsqueda del hijo perdido.
(2) Todos los hijos de la protagonista tuvieron padres europeos. El primer niño, que murió en un accidente, nació de la relación con el hacendado que la esclavizó y la violó. El segundo, Luiz Gama, fue fruto del amor con el hidalgo portugués, que, contra la voluntad de ella, lo vendió para saldar deudas de bebida y juego. La pareja de gemelos nacida en el regreso a África marcó una relación duradera con un comerciante inglés.
(3) En el mismo sentido, es muy interesante la visión de Kehinde sobre África, específicamente sobre el Reino de Dahomey - hoy Benín -, al que volvió después de haber vivido en Brasil. Por un lado, expone con claridad su incomodidad ante las condiciones que calificó de “salvajes” entre sus compatriotas y a las que ya no conseguía adaptarse, después de haber vivido en Brasil. Menciona y condena con firmeza la actitud de los reyes “salvajes” que guerreaban entre sí para esclavizar a los enemigos y venderlos a los colonizadores, incluso en un período en que ese comercio ya estaba siendo tratado mundialmente como ilegal. También denuncia la contradicción de los ingleses, que ya no aceptaban la esclavitud, pero vendían armas a los reyes esclavistas.
(4) En contraste con el atraso de las costumbres, que tanto la incomodaba, levantó en Dahomey una empresa de construcción de casas llamada “Casas de Bahía”, que reproducía los tipos de vivienda de los ricos bahianos, objeto de deseo y fascinación de los africanos acomodados y de los brasileños que habían regresado a su región y sentían nostalgia de Brasil. Estos y otros emprendimientos la convirtieron en una mujer rica, al punto de poder enviar a sus últimos hijos, los gemelos - una niña y un niño -, a estudiar en Francia, consciente de que esa formación sería su mayor inversión en ellos y en su país.
Es imposible hablar en pocas líneas de toda la riqueza de pensamiento expresada en el libro en cuestión. Por ejemplo, a lo largo de todo el texto aparecen el sincretismo religioso, la interrelación y la interfertilización de las culturas, la opresión del sistema esclavista, el papel vivo de las tradiciones y las estrategias de supervivencia, resistencia y autonomía que marcan a la protagonista en el período histórico en que vivió. El título de la obra, Un defecto de color - expresión usada como estigma social -, produce en la obra de Ana Maria Gonçalves2 el efecto contrario.
Kehinde es una heroína investida de inteligencia, creatividad, visión y responsabilidad social. Su color no era un defecto: era uno de los atributos de su imagen potente y exitosa. Por tanto, la obra desplaza la mirada eurocéntrica y colonialista y reinscribe a esta mujer negra como una fantástica productora y reproductora de bienes, sociabilidad y sentido histórico.
He meditado mucho sobre este libro, y eso me ayudó a insistir en el empeño de comprender el papel del sujeto en la historia1. Este tema, al que me dedico desde hace muchos años en el plano micro y macrosocial, volvió a cobrar fuerza con la decadencia del marxismo mecanicista y con la resiliencia del positivismo impersonal, a partir de los movimientos de cambio de los años 1960.
Sartre4 trata de ello en Cuestión de método, cuando considera que es necesario comprender y valorar al individuo y su libertad dentro de la totalidad histórica y social. Plekanov5 subraya que esa valoración solo es posible porque los talentos aparecen y florecen allí donde existen condiciones sociales favorables para su desarrollo, ya que todo talento convertido en fuerza social es fruto de las relaciones sociales. Es decir, hombres y mujeres talentosos existen porque consiguen entender, prever y hacer viables los movimientos y los rumbos hacia los que camina la humanidad.
Alain Touraine6 argumenta que, tras un largo período centrado en estructuras, instituciones y sociedad de forma abstracta, la sociología necesita concentrarse en los actores y en los movimientos sociales como creadores de cambios que cumplen un papel fundamental en la vida colectiva. Estas, entre otras referencias clásicas, sitúan a Luiza Mahin (Kehinde) y a Luiz Gama como exponentes de la abolición de la esclavitud. La coyuntura de entonces ya había hecho posible criticar, condenar y actuar contra el sometimiento de seres humanos, nombrando esa práctica como crueldad, deshumanidad y atraso cultural.
En resumen, la obra de Ana Maria Gonçalves3 - hoy inmortal de la Academia Brasileña de Letras - exalta la capacidad humana de individuos talentosos que tienen la fuerza de movilizar a la sociedad, a pesar de la opresión, del estigma y de la represión. ¡Viva Luiza Mahin! ¡Viva Luiz Gama! Y, sobre todo, ¡viva Ana Maria Gonçalves por la audacia y la creatividad de esta obra tan esencial para comprender el Brasil de ayer y de hoy! Está claro que las cuestiones de clase, de género y de raza/etnia siguen siendo estructuradas y estructurantes y deben estar presentes en todo análisis social correcto y esclarecedor. Pero no pueden ser entendidas, consideradas y enseñadas sin contar con la subjetividad. Porque, como decía un amigo mío de Rocinha, una persona puede crecer como un lirio incluso en el alcantarillado o en el pantano.
Referencias bibliográficas
- 1 Minayo MCS. Determinação social, não! Por quê? Cad Saude Publica 2021; 37(12):e00010721.
- 2 Braudel FB. A história e o tempo. São Paulo: Editora Perspectiva; 2008.
- 3 Gonçalves AM. Um defeito de cor. São Paulo: Record; 2006.
- 4 Sartre JP. Questions de méthode. Paris, Gallimard, 1980.
- 5 Plekhanov GV. O papel do indivíduo na história. São Paulo: Editora Expressão Popular; 2024.
- 6 Touraine A. Le retour de l'acteur. Paris: Fayard; 1984.


