Resumen
En este ensayo nuestro interés es demostrar la eficacia política de las formas de usar y consumir la fuerza de trabajo en la actualidad, promoviendo una subjetivación política ‘docilizada. Para ello nos situamos en el marco del ‘capitalismo biocognitivo’ a fin de comprender las transformaciones en ciernes. Con este objetivo, reflexionamos sobre tres formas de uso, gestión y consumo de la fuerza de trabajo que, para nosotros, funcionan como dispositivos disciplinadores de ‘la política’: el ‘empresario de si’, la resignificación del lenguaje en el trabajo inmaterial y la pérdida de lugares sociales de reparo. Entre las consecuencias de la evacuación u obturación de la política en el trabajo, resalta el incremento de problemas de salud-salud mental y la extensión del malestar.
PALABRAS CLAVE:
Subjetivación política; Capitalismo biocognitivo; Trabajo; Malestar; Salud mental
Abstract
In this essay, our interest is to demonstrate the political efficacy of the ways of using and consuming the labor force today, promoting a ‘docilized’ political subjectivation. To do this, we place ourselves within the framework of ‘biocognitive capitalism’ in order to understand the transformations underway. With this objective, we reflect on three forms of use, management, and consumption of the labor force that, for us, function as disciplining devices of ‘politics’: the ‘entrepreneur of oneself’, the resignification of language in immaterial work, and the loss of social places of refuge. Among the consequences of the evacuation or obstruction of politics in work, the increase in health-mental health problems and the extension of discomfort stand out1.
KEYWORDS:
Political subjectivation; Biocognitive capitalism; Work; Discomfort; Mental health
Resumo
Neste ensaio, nosso interesse é demonstrar a eficácia política das formas de usar e consumir a força de trabalho hoje, promovendo uma subjetivação política ‘docilizada’. Para isso, nos situamos no âmbito do ‘capitalismo biocognitivo’ para entender as transformações em curso. Com esse objetivo, refletimos sobre três formas de uso, gestão e consumo da força de trabalho que, para nós, funcionam como dispositivos disciplinadores da ‘política’: o ‘empreendedor de si mesmo’, a ressignificação da linguagem no trabalho imaterial e a perda de lugares sociais de refúgio. Entre as consequências da evacuação ou obstrução da política no trabalho, destacam-se o aumento dos problemas de saúde-mental e a extensão do mal-estar.
PALAVRAS-CHAVE:
Subjetivação política; Capitalismo biocognitivo; Trabalho; Mal-estar; Saúde mental
INTRODUCCIÓN
En este ensayo teórico, nuestro interés se centra en demostrar la eficacia política de las formas de usar y consumir la fuerza de trabajo en la actualidad, promoviendo una subjetivación política1 ‘docilizada’, como corolario de múltiples cambios en ciernes. En este sendero, reconocemos una larga y prolífica producción de autores/as latinoamericanos/as que han anunciado un cambio de profundidad inédita en las formas de ser-estar-hacer en el trabajo, por los menos desde los albores del siglo XXI (Aníbal Quijano, Enrique De la Garza, Ricardo Antunes, Helena Hirata, Sara María Lara Flores, Orlandina de Oliveira, entre muchos/as otros/as). Sin embargo, desde un breve tiempo a esta parte asistimos a una profundización relevante de dicha mutación. Estas transformaciones sustanciales se imbrican y dependen de las connotaciones que asume la fase actual del capitalismo en maridaje complejo entre el capital financiero y las tecnologías digitales.2 A sabiendas que sus nominaciones son diversas y hacen referencias a distintos rasgos de su configuración, llamaremos a la fase actual ‘capitalismo biocognitivo’ (Fumagalli, 2020, Vercellone, 2011) ya que,
El término capitalismo indica la permanencia, en la metamorfosis, de las variables fundamentales del sistema capitalista: especialmente el rol central de la ganancia y de la relación salarial o, más precisamente, las diferentes formas de empleo de las cuales se extrae la plusvalía. El atributo cognitivo pone en evidencia la nueva naturaleza del trabajo, de las fuentes de valorización y de la estructura de propiedad sobre la cual se basa el proceso de acumulación y las contradicciones que genera esta mutación (Fumagalli, 2020, p. 53)
Mientras que el biocapitalismo hace alusión a que
[…] el capitalismo contemporáneo está siempre en busca de nuevos ámbitos sociales y vitales que fagocitar y mercantilizar, y se interesa cada vez más en aquellos que constituyen las facultades vitales de los seres humanos. Es por eso que en los últimos años se ha comenzado a hablar de bioeconomía y biocapitalismo (Fumagalli, 2020, p. 53-54).
El enmarcamiento del trabajo en la forma que adopta el capital actual nos permite hacer énfasis en una mirada centrada en sus connotaciones y/o consecuencias políticas. Tras las huellas de Foucault en y por Wendy Brown3 (2020, p. 37-38), lo que nos interesa es entender la transformación del trabajo como una racionalidad política nueva que no solo empodera al capital, sino que propende a transformar al sujeto de trabajo en un sujeto-sujetado-doliente, obturado en su forma colectiva de hacer y ser y por tanto (in) político.
En este sentido, nos referimos a la cuestión de la configuración específica de una forma de subjetivación colectiva del ser-hacer-decir-político de los/las trabajadores/as. Partimos de la afirmación que la transformación presente en la relación capital – trabajo implica nuevas formas de gestión, uso, consumo de la fuerza laboral, que dan lugar a una subjetivación específica, inmersa en un campo de fuerzas sociales (Gramsci, 2011) de marcada ofensiva hacia-contra los/as trabajadores, con consecuencias en las formas en que los/las trabajadores/as se expresan o no, se des-organizan como colectivo y diluyen, fragmentan o individualizan sus demandas
Ese objetivo se conjuga con un supuesto que apunta a trascender el síntoma y atisbar los elementos que contribuyen a tal menoscabo en la relación de fuerza, y que se hace presente en formas de derrumbe, agotamiento, malestar individual. Estas características, lejos de constituir solo un problema de y por la inadaptación de los individuos a los cambios en relación con sus recursos subjetivos, se producen por la invalidación de la política en las relaciones de trabajo. Esta condición de (in) política o vaciamiento de lo colectivo-común, como intentaremos argumentar, lleva y refuerza al afrontamiento individual-desasegurado-aislado de los problemas/ demandas y/o exigencias laborales y culminan, entre otras cuestiones, afectando mental, psíquica y físicamente al trabajador/a.
Para concretar nuestro objetivo trabajaremos en tres formas sociales que, para nosotros, tienen implicancias específicas en el mundo del trabajo, como dispositivos disciplinadores de ‘la política’. En primer lugar, la forma ‘empresario de si’, que exacerba la competencia entre pares frente a los modos de vinculación solidaria a la vez que desplaza el conflicto laboral de un plano vertical a uno horizontal. El segundo elemento por tratar es la transformación de los contenidos del trabajo inmaterial. En lo que haremos énfasis es en la resignificación de la palabra usada en términos mercantiles y mutada de ‘palabra-política’ a ‘ruido-mensaje’. El tercer elemento, es la comprensión de la pérdida de lugares de reparo, que en el trabajo tiene relación con una indefensión laboral ubicua. Veremos que frente a la pérdida de reparos los sujetos se amparan en sí mismos, extrañados las formas-acciones colectivas de amparo, y que por ello, entre otros resguardos individuales, recurren al ‘coaching’. Finalmente, trabajaremos a modo de corolario, en las formas que adopta el malestar, tanto políticas como (in) políticas, en su doble registro de síntoma del malvivir y fundamento de resistencia.
GUBERNAMENTALIDAD NEOLIBERAL Y EL EMPRESARIO DE SÍ
Aunque las transformaciones en el mundo del trabajo tienen características inéditas, centralmente debido a su vinculación con los cambios tecnológicos, son manifestaciones originales de un proceso de largo aliento. Concebimos a dicho proceso como parte del desenvolvimiento del capitalismo en su forma de despliegue de poder sobre la vida, de biopoder en el ámbito de la gubernamentalidad neoliberal (Foucault, 2006ª; 2006b; 2007). Un poder que precisa manejar la vida más que producir la muerte, aun cuando las poblaciones excedentes -siempre para el capital-, puedan tratarse y despreciarse como extinguibles (Bialakowsky; Costa, 2020). La biopolítica actúa con su contracara, la thánato política, en una línea divisoria que establece a los merecedores de ser y tener vidas productivas y aquellos prescindibles para la sociedad. En tal sentido Foucault explicita que “Fue en tanto que gerentes de la vida y la supervivencia como tantos regímenes pudieron hacer tantas guerras, haciendo matar a tantos hombres” (Foucault, 2002, p. 165).
El biopoder se despliega en la génesis y desarrollo de tecnologías disciplinarias sobre los cuerpos para disponer luego otras formas más efectivas, de manejo general de la población y pasar en su puesta a punto, a configurar modos intersticiales de inmiscuirse y permear las relaciones sociales en su conjunto. Este se apoya y necesita de una serie de tecnologías -anátomo-políticas- que operan sobre el cuerpo, la salud, las formas de alimentación y alojamiento, las condiciones de vida y el espacio general de la existencia (Romero, 2013). Proceso que se hace muy evidente en las últimas décadas v.gr. tecnologías de comunicación, que constituyen e implican nuevas formas de socialización y relacionamiento e involucran a la mayoría de las personas.
Es innegable que el neoliberalismo como gubernamentalidad (Foucault, 2007) ha sido eficazmente productivo. Centralmente, lo ha sido en la extensión, profundización y adopción de la ‘forma empresa’ y del ‘ethos empresarial’ en el conjunto social. Ambas connotaciones constituyen una racionalidad específica que por un lado opera en las formas de organización social para favorecer la competencia (Mas, 2021), mientras que, por otro lado, refieren a la generación de un tipo de subjetivación como gobierno de sí, administradora de recursos propios. A propósito del análisis del Nacimiento de la Biopolítica de M. Foucault, Fernando Mas nos propone una extensión de la comprensión de la gubernamentalidad neoliberal bajo estas consideraciones:
[…] cuando Foucault propuso un sujeto económico “empresario de sí mismo” para entender la conducción de las conductas en el neoliberalismo, en virtud a su estudio de la teoría del Capital Humano de la escuela de Chicago, describió una dinámica que se ajusta más a una fórmula del tipo: invertir-producir-recuperar con excedentes lo invertido (…) Entendimos que los trabajos del Ordoliberalismo alemán (sobre la Gesellschaftspolitik y la Vitalpolitik) y la noción de “forma empresa” que el autor define a partir de estos podían ayudarnos a completar lo dicho sobre el “empresario de sí”. Esto en tanto, fusionamos la potencia subjetivante que sugiere el concepto, al prever un ordenamiento de la vida del sujeto en clave empresarial, con la regulación del mercado a fin de garantizar la multiplicación de unidades empresariales (organizaciones e individuos) con el objetivo de hacer surgir la competencia. (Mas, 2021, p. 475)
La forma empresa, en su colonización del conjunto de lo social, colabora a comprender la extensión y magnificación de dos fenómenos en relación con el trabajo: el primero, es la fragmentación de intereses al interior de los colectivos laborales que transforma en competidores avezados a los trabajadores/as entre sí, presiona y coloca los antagonismos verticales en un plano horizontal (competencia por mayor salario o el logro de ítems diferenciales por sector o actividad laboral; por mejores condiciones de trabajo; por diferenciación entre estables y contratados, entre pasantes y facturados u otras relaciones laborales bajo formato precario; entre géneros percibidos y tareas, jerarquías y salarios; entre grupos por antigüedad y trayectorias, entre muchas otras particiones internas). El segundo aspecto productivo es la meritocracia, que foguea la competencia para potenciar y exacerbar la valoración y diferenciación individual de la productividad a través de amplificar las capacidades singulares de cada trabajador/a, comprobables y mensurables en situación de trabajo.4 Esto hace al ADN del emprendedor: “[…] actitud emprendedora y de autosuperación [que] emerge como la puesta en práctica de una capacidad propia, que poseen todos los sujetos y que se dinamiza a partir del deseo individual de siempre “buscar algo más” (Palermo; Ventrici, 2023, p. 73)
Lo interesante de esta evaluación del mérito es otro aspecto que corresponde a la gestión de sí: la administración de los riesgos. No solo es imprescindible invertir e incrementar las potencias de las capacidades propias que deben ir siempre in-crescendo, sino que cada trabajador/a debe hacer-se capaz de enfrentar los problemas, malestares, enfermedades, accidentes que emanan del juego productivo, a través de la gestión estratégica de dichos riesgos (Mas, 2021, p. 474).5
La producción de sujetos que trabajan sobre sí mismos fue posible en parte a partir de docilizar el cuerpo, para tornarlo máquina productiva, ejecutante virtuosa presta para la inversión del capital, que cuenta con recursos innatos y adquiridos que se deben valorizar en cada trayectoria vital, tal como lo plantea la teoría del capital humano (López Ruiz, 2007). Considerado in extenso, puede percibirse como proceso que actúa sobre la población para favorecer la lógica productivista. Desde este ángulo podemos analizar los controles biológicos securitarios que apuestan a la salud, la longevidad, la inmunización de la especie frente a flagelos pandémicos o endémicos – entre muchos otros. Construir y fortalecer una máquina productiva humana debe considerar el cuerpo biológico para su manutención y mejora (vía tecnologías genéticas, nutricionales, estéticas, deporte y manipulación de tendencias heredadas que afectan a la salud); el cuerpo social, para su organización, el afrontamiento de riesgos y la producción de subjetividades que, de modo flexible o modulable, se orienten a la adaptación a los cambios.
En función de lo anterior, y con el desenvolvimiento de esta gubernamentalidad se desarrollaron y perfeccionaron múltiples técnicas que preparan a los cuerpos para la vida productiva. Dice Foucault:
[…] el ajuste entre la acumulación de los hombres y la del capital, la articulación entre el crecimiento de los grupos humanos y la expansión de las fuerzas productivas y la repartición diferencial de la ganancia, en parte fueron posibles gracias al ejercicio del bio-poder en sus formas y procedimientos múltiples. La invasión del cuerpo viviente, su valorización y la gestión distributiva de sus fuerzas fueron en ese momento indispensables (Foucault, 1991, p.171).
En este marco general de sentido, comprendemos las transformaciones del mundo del trabajo como dispositivos que operan en función de fabricar sujetos (Laval; Dardot, 2013) acordes al espíritu de época. Las formas y contenidos que adopta el trabajo propenden a unificar la palabra y laborar para conseguir consensos en función de la productividad y de una forma particular de ser-sujeto-en-el-mundo. El orden de la dominación se sostiene al compartir y participar en la ficción igualitaria del mérito y las oportunidades en el marco de la ficción mayor y universal de libertad de mercado, en las que se juega el destino del emprendedor y su éxito. Una ficción-real considerando las desigualdades de clase del modo en que Karl Marx describe la ciudadanía y la libertad para vender la fuerza de trabajo: libertad de venderse como mercancía para poder sobrevivir (Marx; Engels, 1986).
Como corolario, la subjetivación a la que se tiende refuerza el orden policial, entendido como
[…] un orden de los cuerpos que define las divisiones entre los modos del hacer, los modos del ser y los modos del decir, que hace que tales cuerpos sean asignados por su nombre a tal lugar y a tal tarea; es un orden de lo visible y lo decible que hace que tal actividad sea visible y que tal otra no lo sea, que tal palabra sea entendida como perteneciente al discurso y tal otra al ruido” (Rancière, 1996, p. 44-45).
En este orden, son escasas las irrupciones del desacuerdo o visibilización de las partes que no son parte, pues predomina la conformidad consensual de la comunidad que sostiene la maquinaria productiva que es parte de esta y usa su palabra, su capacidad y su potencia para y en función del proceso de valorización de mercancías. La política, entendida con Rancière (1996) como desacuerdo, se diluye en el consenso de los que son parte (de un orden productivo activo) e intenta evacuarse del ámbito laboral. Puesto que: “La política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no son parte” (Rancière, 1996, p. 25) e impera el orden policial. Decimos ‘intenta evacuarse’, porque el desacuerdo siempre existe como posibilidad y/o como potencia, en todo escenario social, aun con relaciones de fuerzas desfavorables para las clases subalternas. Es decir, que concebimos que las sociedades capitalistas se configuran en la desigualdad de las relaciones sociales y por tanto en la subalternización de las mayorías, que pueden no solo adoptar un papel antagónico al capital sino construir procesos de autonomía (Modonesi, 2016).6
Sin embargo, aquí enfatizamos la cuestión en términos de arreglo consensual. Pretendemos así interpretar la dimensión política que involucra un tipo de subjetivación singular, uno de cuyos rasgos se muestran en la percepción y gestión de los riesgos individuales y el reenvío y resignificación de las cuestiones comunes /colectivas a problemas que son percibidos y pueden ser gestionados (aisladamente) por las personas. Así lo resume Papalini:
El sujeto ‘empresario de sí mismo’ –un agente autoproducido, emprendedor, fuente de sus propios ingresos; creativo y afectivamente comprometido con la compañía– deviene en componente privilegiado del modelo hegemónico, sus atributos se extienden mucho más allá de la esfera del trabajo, y se difunde como el modelo socialmente propiciado de comportamiento (Papalini, 2015, p. 17).
En definitiva, el doble andarivel por el que discurre ‘el empresario de si’ es el de consensuar la mayor productividad en, para y por los objetivos de la empresa (sea esta él mismo, una unidad económica de cualquier tamaño o una corporación trasnacional) y competir con otros individuos ‘empresarios’, por la ganancia, el salario o la sobrevivencia. El empresario, individualmente, negocia sus condiciones y asume los riesgos, mientras rivaliza y lucha por mantener o mejorar su condición. Los ‘climas laborales’ deteriorados, la violencia laboral y el acoso en todas sus formas (‘la guerra de todos contra todos’), el profundo malestar del estar ahí, son por tanto síntomas que componen y comprenden las múltiples escenas del trabajo con el predominio de este tipo de subjetivación.
TRANSFORMACIONES EN LOS CONTENIDOS DEL TRABAJO: USOS DEL LENGUAJE Y LA PALABRA
La metamorfosis del trabajo tiene múltiples connotaciones entre las que podemos constatar, en primer lugar, el metabolismo entre las capacidades humanas y la tecnología y la amplificación de la productividad. Aun así, esto es solo un aspecto de las múltiples facetas que la transformación porta:
Los poderes crecientes del trabajo pueden ser reconocidos no solo en la expansión y en la creciente autonomía de la cooperación, sino también en la mayor importancia que se da a los poderes sociales y cognitivos del trabajo en la estructura de la producción. El primer elemento, una cooperación extendida, se debe seguramente al incremento del contacto físico entre los trabajadores digitales en la sociedad informatizada (…) a la formación de una ‘intelectualidad de masa’. animada por las competencias lingüísticas y culturales, por las capacidades afectivas y por las potencias digitales (Negri, 2020, p. 41).
La mutación en ciernes se debe en gran parte al exponencial desarrollo de los componentes relacionales e inmateriales del trabajo y sus productos (Lazzarato, 2001; Virno, 2004, entre otros), pero también y muy fuertemente a las nuevas formas de uso y consumo potencial y real de las capacidades de los/las trabajadoresas/. Como uno de sus corolarios, el locus del trabajo se instala más que nunca en el propio cuerpo de la persona trabajadora y se hace carne en las formas en que se gestiona la fuerza de trabajo y, debido a ello, centra el desgaste en la esfera individual. Por ello, para seguir nuestros objetivos, nos permitimos abordar la cuestión laboral desde gestión de la fuerza de trabajo bajo la perspectiva del management, ya que este se orienta a guiar a las personas para que produzcan el máximo posible, en un proceso de transformación de sí en base a los objetivos de la forma empresa.
El management busca así captar energías individuales, no de acuerdo con una lógica «artista» o «hedonista», sino de acuerdo con un régimen de autodisciplina que manipula las instancias psíquicas del deseo y de la culpabilización. Se trata de movilizar la aspiración a la «realización de sí» al servicio de la empresa, haciendo recaer la responsabilidad del cumplimiento de los objetivos únicamente en el individuo. Esto tiene, por supuesto, un coste psíquico elevado para cada individuo. (Laval; Dardot, 2013, p. 231)
Así, optamos por esta perspectiva debido a dos cuestiones centrales: 1) nos permite situar el ‘locus’ del trabajo en el sujeto, su cuerpo y autogobierno, lo cual colabora a reflexionar sobre los desgastes concomitantes que esto apareja; 2) debido a que el sujeto se constituye en un entramado de relaciones que lo configuran como tal y, en tanto trama vincular colectiva, permite dar lugar a la reflexión política o (in) política tal como expresamos es nuestro interés en párrafos anteriores.
Ahora bien, el sujeto trabajador es un sujeto activo que debe participar totalmente, comprometerse plenamente, entregarse por entero a su actividad profesional /laboral (Laval; Dardot, 2013, p. 331). Es una personificación social que no solo incluye y abarca a los trabajadores que producen bienes en las actividades tecnológicas de punta, en los empleos formales o el sector privado, sino que pretende ser la forma social que se impone a todo modo de inserción laboral o actividad de subsistencia, inclusive en la esfera de la economía social (Busso; Pérez, 2021). Esta forma social especial es nominada y caracterizada en su singularidad:
[…] llamaré intelectualidad de masa a la totalidad del trabajo vivo posfordista (y no solo una rama particularmente calificada del sector terciario), en la medida en que es depósito de competencias cognitivas que no puede ser objetivadas en la maquinaria. La intelectualidad de masa es la forma destacada en que actualmente se manifiesta el general intellect (…) las actitudes más genéricas de la mente cobran importancia como recursos productivos es decir las facultades lingüísticas la disposición para relacionar y la inclinación hacia la auto reflexividad (Virno, 2020, p. 77)
A los fines de lo que nos interesa aquí podemos decir que el denominador que rige al conjunto de los/las trabajadores/as es el uso de su capacidad de lenguaje (capacidad genérica, no especializada y por tanto común) para la producción y reproducción del capital. Y que ese ‘uso’ tiene reverberaciones políticas disímiles y hasta contradictorias. Por una parte, tal como lo señala Virno (2020), el uso del lenguaje es la base del cinismo y el oportunismo de la multitud, del hablante que:
Renuncia a la búsqueda de un fundamento intersubjetivo para su praxis y a la reivindicación de un criterio compartido de evaluación moral. El cínico renuncia a toda ilusión sobre un futuro igualitario de ‘reconocimiento mutuo’. La desaparición del principio de equivalencia (…) se manifiesta en la conducta del cínico como el impasible abandono de la exigencia de igualdad (Virno, 2020, p. 79)
Por otra parte, como señala Negri (2020, p. 45), es la base de una cooperación ampliada que tiende a valorizar lo común: “lo que llamamos capital inmaterial o intelectual está en realidad esencialmente incorporado en los humanos y por ello corresponde de modo fundamental a las facultades intelectuales y creativas de la fuerza de trabajo”. Debido a ello, más que nunca, las posibilidades y límites del desarrollo del capitalismo en su actual fase se centran en los/las humanos/as y su capacidad de cooperación o disgregación /recusación. Por ello es central y perentorio, para el capital, encauzar las disposiciones de los sujetos a actuar de una manera productiva, y orientar el sentido de la acción de los sujetos, mejorando su adaptación a las condiciones de existencia (Papalini, 2015, p. 101). El gobierno como tecnología de sí (de gestión), hace directa alusión a la dimensión política de la transformación laboral y explica tanto los procesos de “docilización” de la fuerza de trabajo como su contracara, los que apuntan a una recusación de tipo autónoma, aun cuando no desarrollaremos en este texto las formas de litigio y conflicto que implican las resistencias de los y las trabajadores/as a este proceso, que sin duda existen y se expresan cuando una parte de los sin parte recusa los lugares asignados e impugnan la desigualdad y de modo escandaloso, expresan su desacuerdo, es decir, contra todo pronóstico, hacen aparecer la política (Rancière, 1996).
De este modo, y en un plano concreto, la forma actual de poner la potencia en acto de las capacidades laborales tiene importantes consecuencias para los/las trabajadores/as. En este punto De la Garza (2020) marca una interesante genealogía de la concepción de las otras / nuevas formas de subsistencia, sobre todo asociadas al sector servicios y a las capacidades que se ponen en juego. En este camino recorre instancias de nominación que dan cuenta del multifacetismo del fenómeno y de las formas de extorsión de la potencia laboral: trabajo emocional, trabajo estético, trabajo cognitivo y trabajo no clásico, de tipo intangible, relacional y simbólico cuya singularidad está en que expone y se centra en la subjetividad de quien lo produce (De la Garza, 2020).
Ahora bien, detengámonos en las consecuencias políticas que se relacionan con el uso del lenguaje y la captura de palabra de estos disímiles contenidos que asume el trabajo. En la configuración laboral actual, los/las trabajadores/as: “[…] como el esclavo participa[n] en la comunidad del lenguaje sólo en la forma de la comprensión (esthesis), no de la posesión (hexis)” (Rancière, 1996, p. 32). Su discurso es parte de la producción y validación de lo producido, producto y productor del orden policial que les asigna un lugar, una forma de uso y una representación de sí. La asimetría de poder capital-trabajo se hace más flagrante al arrebatar la palabra y sus productos al sujeto y tornarlas mercancías (intercambiables, valorizables-desvalorizadas, cosificables, apropiables, reutilizables, reasignables, re-significables, etc.). La capacidad común del lenguaje es cada vez más extensa en su producción y productividad, y en paralelo más apropiada en forma privada. Tal como afirma Fumagalli (2020, p. 68) “En el capitalismo cognitivo, la creación de valor sucede a través de la expropiación del común”.
De esta configuración laboral y de este momento socio-histórico emerge una subjetivación particular (aunque siempre inestable y en conformación), resultado de un campo de experiencia dado, que produce la identificación del sujeto con la representación de ese campo (Rancière, 1996). Esta se expresa en el uso del lenguaje y no en la palabra. Dice Virno: “La principal novedad del postfordismo consiste en haber introducido el lenguaje en el trabajo. Hoy, en ciertas oficinas, bien podrían aparecer colgados carteles especulares a aquellos de hace años, que dijeran “Aquí se trabaja: ¡Hablen!” (Virno, 2004, p.95). La capacidad común del lenguaje es orientada a las habladurías, a la curiosidad y la avidez de novedades que animan a crear lenguaje, a codificarlo, a consumirlo. A transitar diferentes tipos de lenguajes: sonoros, visuales, informativos, ficcionales, lúdicos. En definitiva, produce ruido. Y esta producción y su uso y consumo tienen consecuencias políticas tanto como cognitivas, emocionales, mentales y relacionales. Cambian los tiempos de comprensión, de interacción y de interpretación. También los tiempos de trabajo. Aceleran el tiempo vivido para producir agobio. El malestar así se transforma en síntoma político:
La aceleración infinita del tiempo real recorta los tiempos de la actividad mental hasta la dislexia, hasta el pánico. El organismo consciente reacciona ante esta situación aferrándose a automatismos psíquicos tecnológicos y sociales que sustituyen a la elección consciente. No hay ya posibilidad de elegir porque todo se desarrolla deprisa, porque la atención en el tiempo está saturada. (Berardi, 2007, p. 187)
La palabra que tiene posibilidad de volverse voz común se ve obturada por el ruido. Y el ruido, amplificado en la digitalización y su mercadorización propenden a una subjetivación hastiada que comienza a incomodarse en el molde del exitismo productivo, cuando no se torna ‘anodina’. Al respecto de esta pérdida de autonomía del sujeto, W. Brown advierte las características de este sujeto: “[…] libre, estúpidx, manipulable y absorbido cuando no adicto a los estímulos y las gratificaciones triviales (…) libidinalmente desatado, liberado para disfrutar de más placer, sino desapegado de expectativas más generales de conciencia social y comprensión social” (Brown, 2020, p. 193).
La política se suspende en el malestar individual, pero reaparece, como el sujeto reprimido o puede reaparecer cuando se subvierte ese orden, esa ley (Hinkelammert, 2006). Veamos ahora como a estos elementos se le suma otro que profundiza la desafiliación y la retracción individual y por tanto, la (in) política ahora relacionada con la pérdida de reparos.
PÉRDIDA DE LOS LUGARES DE REPARO Y AUMENTO DE LA SOPORTABILIDAD
Hay un acuerdo, de los pocos reconocibles entre los teóricos de las ciencias sociales (desde Giddens a Castel, pasando por Beck y Bauman, entre muchos otros), acerca de encontrarnos en un momento sociohistórico de pérdida de seguridades, por lo menos desde la crisis del Estado de Bienestar. El proceso emerge y se constata a fuerza de precarización de las condiciones de vida y remata, con respecto al trabajo-empleo. en la generalización de la precariedad e informalidad laboral, que para América Latina en 2024 se calculó en un 47.6% (OIT, 2024).7 Pero también se encuentra en la indefensión de los/las trabajadores/as por crisis de las instituciones de la ciudadanía en general y laboral en especial (pérdida de derechos laborales y sus principios protectorios), el desmantelamiento de los seguros sociales, el debilitamiento de la previsión social del futuro y la crisis de representatividad de las organizaciones sindicales y sus amparos colectivos y corporativos. Aunado a ello corren otro tipo de ausencias en los reparos que involucran en general a las formas actuales que revisten la ‘negatividad’ de las relaciones sociales y que se derivan, como sostiene Illouz (2024, p. 475) de la incertidumbre de todos los intercambios
[…] incertidumbre acerca del valor propio y el de los demás (…) tanto más porque el capitalismo es ecópico8 hace que el valor propio rápidamente se vuelva obsoleto. La demanda de valores subjetivos ha aumentado (bajo la forma de autoestima, amor propio confianza, en uno mismo), con la consiguiente generación de estrategias defensivas contra lo que se percibe como una amenaza al valor propio.
Es necesario analizar estos fenómenos para comprender la fragilidad y vulnerabilidad de las formas en que la mayoría de las personas sostienen la vida. Sin embargo, más allá de la necesidad imperiosa de satisfacer nuestras necesidades y utilizar el trabajo como medio casi exclusivo y prevaleciente para ello, la cuestión de la incerteza se relaciona con múltiples pérdidas de lugares sociales de ‘reparo’ que, al mirar algunas generaciones atrás, encontrábamos no solo en el empleo sino también en la familia, los derechos, la ciudad, la comunidad, la vida cotidiana y su recursividad, por lo menos en occidente. Asistimos a una gran transformación que se percibe como pérdida de seguridad ontológica y hace tambalear al ser y, en consecuencia, busca nuevos modos de reparo. Al identificar los sentidos que adopta la multitud y sus ‘estados emotivos’ Virno lo sintetiza del siguiente modo:
Los muchos en tanto muchos son aquellos que comparten el «no sentirse en la propia casa», y que ponen esta experiencia en el centro de su praxis social y política. En otras palabras, en el modo de ser de la multitud se puede observar una continua oscilación entre diversas estrategias – a veces diametralmente opuestas – de reaseguración”. (Virno, 2004, p. 34)
El extrañamiento viene de la mano del cambio permanente de coordenadas acerca de la vida y de la inestabilidad que de ellas emana. La crisis del estado-nación, las formas de seguridad social, las organizaciones de la comunidad, entre ellas las del trabajo y los/las trabajadores/as, son parte de la pérdida de identidades fijas, de representación y reconocimiento, de ese no sentirse en la propia casa, hoy de mudanza. Frente a la situación percibida, hay una búsqueda de reparos que no se inscriben necesariamente en la materialidad de las cosas, sino que se sustancian en la búsqueda de otros ‘lugares comunes’ (Virno, 2004).
El más endeble de los reparos, pero al mismo tiempo el más recurrido es uno mismo, el propio ser. Si el reparo más confiable y frecuente es el self, entonces se hace perentorio trabajar en las capacidades que aumentan su seguridad y que a su modo disminuyen la percepción de riesgos y/o repelen o conjuran los peligros de inestabilidad manifiesta de la vida contemporánea. De allí que prolifere el trabajo de diseño sobre uno mismo, el moldeamiento de nuestra criatura-cobertura, que puede hacerse de colchones de seguridad tipo placebo, frente a los problemas que acarrea hacerse cargo de la propia vida sin mucho más reaseguro que las propias fuerzas y recursos, -que es bueno recordar se encuentran claseados, étnicamente diferenciados, generizados y datados, socioespacial y culturalmente producidos, a diferencia de lo que plantea Byung Chul Hang (Chul Hang, 2014). Aun cuando coincidimos con este autor, solo en parte, con el corolario que de esto desprende, a saber: “En el régimen neoliberal de autoexplotación uno dirige la agresión hacia sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en un revolucionario, sino en un depresivo” (Chul Hang, 2014, p. 18).
El coaching ontológico, entre otras formas de trabajo sobre sí (Álvaro, 2024), apunta a asirse y explotar al último reparo, el sí mismo, como vía regia a la solución de los problemas de la contemporaneidad en crisis y sobre todo del empleo, en una labor que impone tiempo y esfuerzo de sí sobre sí, en búsqueda de éxito: “El propósito de la intervención es identificar y deshacer aquellos obstáculos que impiden al cliente alcanzar sus aspiraciones, devenir la persona que anhela ser, y darle un sentido de plenitud a su existencia” (Álvaro, 2021, p. 17). Se denomina ‘cliente’ a quien accede al coaching, pues el diseño de sí no deja de ser un negocio para un buen emprendedor que guía y colabora en este tránsito (Jacky Rosell, 2021). Preparase para una nueva vida en este camino es, adrenalina mediante, tomar el riesgo de la propia existencia partiendo del fracaso -de la vida anterior- que es percibido como problema individual y removible, en tanto práctica de metamorfosis del ser. Los problemas de la vida no son problemas sino retos y riesgos, cuyo mayor desafío se encuentra en adoptar una actitud performática de cambio que apunte al logro del bienestar, la felicidad, la satisfacción:
Afirmando que la relación causal entre felicidad y éxito laboral es uno de los descubrimientos más impactantes y notables de las últimas décadas, la psicología positiva imparte evidencia científica de que los altos niveles de felicidad no son solo precursores del rendimiento en el trabajo, sino necesarios para satisfacer con éxito una amplia gama de necesidades personales, sociales y laborales” (Cabanas; Illouz, 2019, p. 117-118).
La búsqueda de reparo se desplaza de lo colectivo y común al horizonte de la satisfacción personal (Cabanas; Illouz, 2019, p. 149). Y, en todo caso, se trastoca en minimizar el malestar a partir de trabajo terapéutico sobre uno mismo (Papalini, 2014).
Pero volvamos a esta asunción del riesgo que se presenta como constituyente de la experiencia vital actual y que tiene como contracara la búsqueda de su minimización o control. Allí juegan otras formas de conjurar los temores, por ejemplo, los reparos de una intervención de tipo biológica. Dice Rose: “Las tecnologías de la vida no solo buscan revelar estas patologías invisibles, sino intervenir sobre ellas con el fin de optimizar las probabilidades de la vida del individuo”. (Rose, 2012, p. 53). Y aquí se amplían enormemente las líneas de trabajo sobre sí, la mejor de cuales parece ser la de aumentar las capacidades que nos hacen artífices de nuestro propio destino, las que pueden ser manejadas de modo tal de alcanzar los resultados esperados o tolerar la frustración hasta llegar a los mismos. Su fundamento es la práctica de transformación, el seguimiento del protocolo de entrenamiento que encuentra el placer en la exigencia de readaptación continua y de autoexigencia permanente, en el paroxismo de la productividad. Para dejar de ser el/la que éramos debemos aceptar una figura de liviandad que se libere de los lastres del pasado y que valore el presente, aquí y ahora. Un ser descarnado de su propia historia, que acepte lo anterior como inalterable para transformar positivamente el ahora, en función de la promesa del futuro mejor. La maquinaria se alimenta de los signos positivos de la adecuación y aceptación de las propias fuerzas y la capacidad transformadora, la que puede y debe ser alimentada por medio del entrenamiento (Cabanas; Illouz, 2019). De tal modo,
Se podría decir, quizá, que el “no sentirse en la propia casa” es, inclusive, un rasgo distintivo del concepto de multitud, mientras que la separación entre “adentro” y “afuera”, entre el miedo y la angustia, caracterizaba la idea hobbesiana – y no sólo hobbesiana – de pueblo. El pueblo es uno porque la comunidad sustancial coopera para atenuar o sedar los miedos que provienen de peligros circunscritos. La multitud, en cambio, se mancomuna – se pone en común – por el riesgo que deriva de «no sentirse en la propia casa», de la exposición absoluta al mundo. (Virno, 2004, p. 33)
Si buceamos un poco en la genealogía de la dupla temor-angustia encontramos que el primero es siempre atribuido a una externalidad, algo que viene desde afuera, algo determinado ante lo que surge el miedo. En tanto que la angustia se relaciona con la nada y la libertad (Heidegger, 2014). La angustia “Quita al daisen del mundo impropio y lo enfrente a la nada y en ninguna parte, o sea a la inhospitalidad” (Alazraqui, 2020, p. 284), lo por-venir indeterminado:
En la angustia me capto de esta forma, el ser que no es su pasado ni su futuro, el ser indeterminado ante posibilidades múltiples. Puesto y sostenido por sí y desde sí, que no es lo que fue y que lo que será se presenta como algo por hacer desde la exclusiva responsabilidad de cada cual” (Cercós Soto, 2000, p. 141)
Es decir que el trabajo sobre sí mismo, en esta lógica orientada a la máxima productividad de la fuerza de trabajo como mercancía, puede conjurar uno de sus temores, el miedo, pero instala como problema social otro: la angustia.
POLÍTICA E (IN) POLÍTICA DEL MALESTAR
En este marco y valorando la situación especial de nuestra región, partimos de la afirmación que el trabajo, lejos de desaparecer, se extiende de modo precario, informal y desasegurado. Según un informe preparado para la CEPAL (Espejo, 2022, p. 7):
En la región, el fenómeno de la informalidad está cruzado por los ejes de la desigualdad social, observándose importantes desigualdades de género, socioeconómicas, étnicas y raciales, etarias y, especialmente, territoriales. La tasa de empleo informal es mayor entre las mujeres (54,3%), en la población joven (62,4%) y entre la población mayor (78%), y se concentra mayormente en zonas rurales (68,5%).
En concordancia con lo anterior, una de las consecuencias más sentidas, sobre todo luego de la pandemia de COVID-19, ha sido el menoscabo de la salud en general y de la salud mental en particular de los/las trabajadores (OIT, 2022). Así, este magno acontecimiento global, puso en la escena el síntoma principal de los problemas que padecen los/las trabajadores/as, reforzando una corriente de interpretación que enfatiza las consecuencias de las transformaciones en ciernes en términos de riesgos psicosociales y psicopatología laboral (Neffa et al., 2020). En un esfuerzo por dar cabida al desgaste de la fuerza de trabajo, el concepto de riesgo psicosocial se encuentra en construcción y es ampliamente usado para indicar los problemas laborales que impactan en la salud de los/las trabajadores, tal como lo indican Gollac et al. (2011). En ese sentido, María Laura Henry (2020, p. 93) afirma que, si bien estos problemas se manifiestan y captan a través de las vivencias de los sujetos, su raíz reside en el proceso de trabajo.
Sin embargo, hay un énfasis en la expresión de los síntomas individuales y el centro del análisis se traslada del trabajo y sus condiciones hacia el sujeto:
La proliferación de problemas asociados a la salud mental, el deterioro cognitivo y el estrés ha llevado a que se imponga una forma de abordaje de dichos problemas bajo la perspectiva de la psicopatología del trabajo. Este modo de acercamiento a las condiciones, formas de realización del trabajo y consecuencias para los/las trabajadores/as en la actualidad, apunta al estudio de las funciones psíquicas y los mecanismos que las rigen y a establecer los procesos normales y patológicos en relación con la cuestión laboral (Dejours; Gernet, 2014, p.35)
Los diagnósticos generales acerca de los trastornos de la salud mental actual, centralmente en relación con el trabajo ya eran alarmantes antes de la pandemia de COVID-19, sin embargo, este acontecimiento los reforzó. Según el director de la OMS (2023): “Las tasas de trastornos que ya son comunes, como la depresión y la ansiedad, aumentaron en un 25% durante el primer año de la pandemia, sumándose a los casi 1000 millones de personas que ya sufren algún trastorno mental” (OMS, 2023, não paginado).
Dentro del complejo universo de las enfermedades mentales cuya sola clasificación ha llevado y lleva a ingentes debates acerca de la pertinencia de su taxonomización (Rose, 2019), el estrés laboral es el que se lleva las palmas a la hora de pensar implicancias de las condiciones de trabajo en la vida saludable de los y las trabajadoras. Como principal indicador del deterioro de la salud a causa de la sobrecarga laboral, las formas de pensarlo y ponderar sus gradientes, son el objetivo a fin de determinar niveles aceptables de estrés, los que generalmente son tomados a través de cuestionarios que miden la incidencia o el nivel del ‘queme’ por trabajo o burnout. En este tipo de instrumentos predomina la versión mejorada de la prueba de Maslach (Gil Monte, 2002), que establece tres dimensiones específicas para su medición: agotamiento emocional, baja realización personal y despersonalización.9 El problema, desde nuestra perspectiva, no solo radica en asumir que hay consecuencias de la sobrecarga laboral que dependen del tipo de trabajo y sus contenidos y que implican el menoscabo de la salud de las personas, sobre todo en sus aspectos emocionales, subjetivos y mentales. Lo que sostenemos es que debido al enfoque y énfasis en la medición y ponderación de los riesgos no se llega a sondear las causas, factores y/ o elementos que inciden de modo tan ubicuo en la condición vital los/las trabajadores/as; su aproximación al fenómeno en forma y contenido quedan circunscritos a la individualidad del trabajador/a.
De tal modo, las formas de acercamiento imputan al sujeto las consecuencias del trabajo en tanto endeblez, debilidad, escasez de recursos y/o capacidades o satisfactores motivacionales para hacer frente a una situación a la que cada uno debería ‘adaptarse’. Por tanto, la cuestión radica, tal como en la imputación de riesgos en una pericia, en responsabilizar al ‘factor humano’ y centrar la cuestión en una lógica circular cuyo protagonista es el problema y también la solución. Lo cual emancipa al capital (empresario, mercado o estado) de la forma de extorsión laboral (uso y consumo de la fuerza de trabajo). Veamos como lo expresan Dejours y Gernet (2014), a propósito de poner como objeto de la psicopatología del trabajo a los potenciales desajustes de la ‘normalidad’:
El surgimiento de perturbaciones psicopatológicas y de daños para la salud en una situación de trabajo no resulta entonces únicamente de las restricciones objetivas sino también –y sobre todo– del desbordamiento y posterior fracaso de los recursos defensivos movilizados por los sujetos para resistir en su propia situación de trabajo. El sufrimiento puede así volverse patógeno e impulsar al sujeto hacia la enfermedad, al no estar encauzado por las defensas, las cuales a su vez ya no cumplen con su rol de protección”. (Dejours; Gernet, 2014, p. 36)
Si los problemas del trabajo desencadenan otros tantos malestares psíquicos, la solución de estos se concentra en el trabajo individual, esta vez de tipo terapéutico. Aun cuando la psicopatología del trabajo reconozca su vinculación con lo social (en la relación entre psiquis y campo social), no deja de cargar el desfasaje de su desborde y descomposición a la propia trayectoria individual y/o a la efectividad de las herramientas disponibles del mundo interno del sujeto. Las consecuencias de la sobrecarga, la explotación y la expoliación de la fuerza de trabajo, así como las violencias ejercidas para posibilitarlas, con todos sus dispositivos y mecanismos se ‘evacuan’ del trabajo y su ámbito público para reenviarse a la esfera privada-individual y resolverse puertas adentro del consultorio. Y en este punto, al descarnarlo de su constitución como relación social clausuran su politicidad.
La psicologización (es) una tecnología de lo social orientada a la producción de subjetividades, por medio de la cual los problemas sociales son transformados en problemas personales, mediante el recurso a conceptos y explicaciones de corte psicológico individual. La psicologización es una característica central del nuevo capitalismo (Crespo; Serrano, 2011, p. 248)
Ahora bien, recojamos el guante que nos arroja Niklas Rose en referencia a la pandemización de la salud mental y sus secuelas, retándonos a la “[…] tarea de analizar de qué modo la experiencia se mete por debajo de la piel” (Rose, 2019, p. 130). Lejos de encontrar una explicación que se jacte de ser asumida como clave única para la interpretación heurística del problema ensayaremos, a modo de hipótesis, una conjetura bien diferente y restringida a su vínculo con la cuestión del trabajo y que decanta de los aspectos que hemos señalado con anterioridad (empresario de sí, la transformación en los contenidos del trabajo y la pérdida de reparos). Dada la experiencia actual de falta de reparo y de desligamiento vincular de los /las otros que desmarca las problemáticas sociales de lo que es común y de la acción colectiva, reenviando los problemas a la esfera individual y a su resolución bajo su propio esfuerzo, los problemas de salud mental, los padecimientos de la esfera subjetiva, la retracción hacia sí mismo aparece, por lo menos en la esfera laboral como un modo de resistencia anti-productivista, una expresión de ser-estar-diferente-en-el-mundo a partir de la inacción práctica, de la evasión del empresario-de-sí, de la huida en la asunción del riesgo y de la idea gratificante del éxito.
Enfermarse en este sentido, es arrebatar el tiempo para sí, para el propio cuerpo y para observar o padecer el/los síntomas; conforma la necesaria introspección o cuando menos la captura del instante frente a la vorágine productivista, la que no concede ‘momentos propios’ en ninguno de los tiempos socialmente necesarios (productivo, reproductivo, consumidor o prosumidor). También contribuye a mostrar el límite de la soportabilidad en la gestión del riesgo y de las capacidades puestas en juego en situación productiva. Nos enfermamos más porque aguantamos menos. El problema, como bien dice F. Hinkelammert (2006), es que solo se conoce el límite de lo aguantable una vez que este se traspasa, con lo cual produce el problema que se quiere evitar (la pérdida, el extravío del sujeto).
La cuestión entonces se traslada no hacia qué produce esta angustia, malestar, estrés y enfermedad mental (un proceso multifactorial e histórico en el que estamos de acuerdo y que comprendemos se exacerba en el capitalismo en su actual fase), sino en qué hacemos con esto. Padecer en solitario o recusar las consecuencias del acotamiento y agobio colectivamente.
Con todo lo anterior, coincidimos con Cooper, acerca de la mirada sobre la salud mental -en nuestro caso laboral-y sus modos de tratarla
[…] la curación es en esencia una perversión mecanicista de los ideales médicos […] preocupa hacer al paciente más aceptable para otros, de modo que éstos (incluso el médico y las enfermeras) padezcan menos ansiedad con respecto a él; la curación procura que el paciente exprese menos angustia […] La restauración de la salud por otra parte procura que las personas se integren como un todo cuando han quedado fragmentadas, en grados variables (Cooper, 1985, p. 120)
Hasta ahora la solución que prevalece se dirige a adaptar al sujeto de múltiples maneras posibles, vía psicofármacos y/o cualquier tipo de terapéutica sea médica o para médica o mediante terapias alternativas (tratamientos, constelaciones, coaching, astronomía o cualquier otro tipo de gestión de sí). El rescate del sujeto no es para sí sino para provocar con buen margen, la tolerancia al trabajo; reconocer y sortear los obstáculos que se autoimpuso para obtener sus metas; elaborar una mirada crítica sobre sus formas de ser y padecer y trascenderlas; registrar las formas productivas bajo el lente de la posibilidad y trazabilidad de su propia energía – es decir mejorar continuamente; imponerse mejores y mayores objetivos; manejar la angustia de quedar desvalido en relación a los aseguramientos que emanaban de los derechos laborales y de forma proactiva, asumir los riesgos. En tanto que la no resolución, la inadaptación a la situación nueva lo empuja a la enfermedad, al síntoma. Ambas formas de resolución evitan asociar la raíz del problema a una cuestión /problemática común.
Este proceso de desbarranque hacia la enfermedad (fenómeno extensivo y generalizado que en las Américas. que de conjunto afecta más a las mujeres, los/as pobres, los/las migrantes y precarizados/as), muestra sin embargo el gran triunfo de la forma-de ser-en-el-mundo neoliberal, en tanto nos retraemos a la esfera individual de múltiples formas posibles hasta llegar al enclaustramiento, el ensimismamiento y/o la desafiliación y por supuesto, la autoculpabilización. Estos son los costos que debe asumir un trabajador/a por ser pobre y loco/a (Basaglia, 2008): desde el estigma hasta la pérdida del empleo o la segregación y expulsión de otros modos posibles de subsistencia, poniendo en peligro su misma existencia.
Con todo, obviamente esta no es la última palabra. El malestar, las resistencias se pueden conjurar en acciones colectivas e identificar con lo común. La historia y su sentido, por suerte, muestran un final abierto.
PALABRAS PARA FINALIZAR
Hemos querido aportar a los estudios del trabajo desde el lugar de la política. En nuestra ayuda convocamos a investigadores del campo de estudios del trabajo, filósofos críticos, sociólogos, politólogos, comunicadores e historiadores de la salud que nos interpelan a comprender tanto el significado de la política como los estados de la multitud que labora y sobrevive bajo el nuevo paradigma del empresario de sí, el autogobierno, la autoresponsabilidad y la angustia de lo por venir.
Expusimos al final del texto algo que es nuestra preocupación desde el principio: la afectación de la vida de los /las trabajadores/as que hacen síntoma en el deterioro de la capacidad y salud mental y cómo se esgrime en tanto solución extendida el enfoque de los riesgos psicosociales del trabajo y la terapia como afrontamiento. Sin evadir y aún menos negar el menoscabo personal y subjetivo del desgaste laboral, nosotros encontramos otra forma de abordaje que a la vez que colabora a interpretar el desarme de las solidaridades y vínculos horizontales nos permite enfocar la cuestión en el dominio de una nueva racionalidad política en el trabajo que fuerza y profundiza hasta el límite el aislamiento y padecimiento individual de los y las trabajadores/as.
Esta racionalidad impone la personificación social extensa del empresario de sí y a la competencia y la forma empresa como valores y organizadores sociales. Para adaptarnos a los tiempos que corren, para aumentar nuestra inserción laboral y éxito no hay más que provocar un nuevo diseño de sí mismo a través de múltiples formas de moldeamiento de la subjetividad, de tal modo que la frustración y el malestar trastoquen en éxito. Vimos también como lo común se vuelve consenso, un espacio de (in)política donde se cae al vacío de la existencia, una existencia para otro y en función de otro: el mercado. Lo común se vuelve la nada, lo impropio, enajenado. Debido a ello la política se exilia, en gran medida y como generalidad, del ámbito de trabajo introyectando el control en la forma misma de ser sujetos trabajadores-parlantes, invalidando una palabra o voz propia. Lo cual no hace desaparecer a la política, es decir el desacuerdo, sino que arremete como dominio consensual, extenso y a la vez intersticial y compartido de una sola forma de ser en el mundo: el empresariado. Un individuo, empresario/a-trabajador/a, que acepta los desafíos, asume individualmente el riesgo, se torna capaz y exitoso/a, crece, se acoraza de recursos y finalmente, desmorona y cae.
Quisimos de esta manera realizar una entrada diferente a la cuestión acerca de qué obtura el accionar político conjunto de los y las trabajadores/as; por qué es tan costoso reconocer lazos de solidaridad entre pares; por qué las acciones y demandas laborales se individualizan y solo como último recurso (o nunca) apelan a la organización colectiva. Acercarnos de algún modo a interpretar cómo se produjo el extravío de las identidades laborales que hoy ponen en su lugar al ‘entreprenueur’. Y de qué manera el lugar del colectivo es tomado por individuos aislados que solo cuentan con su propio ‘capital’ para hacer frente a las cada vez mayores exigencias del mercado y su propia sobrevivencia.
En este ejercicio pretendemos abrir la reflexión para desacomodar nuestro propio lugar de investigadores más allá de la descripción y ensayar una analítica más compleja que colabore a interpretar la construcción /deconstrucción de nuevos sentidos sociales a partir y con el horizonte en el trabajo. Nuestro camino recién ha comenzado.
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1
Subjetivación política en el sentido que le da M. Modonesi (2010, p.15) a la “conformación de subjetividades políticas en torno a conjuntos o series de experiencias colectivas surgidas de relaciones de dominación, conflicto y emancipación”.
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Podemos colocar como hito de la mutación en ciernes la crisis de 2008, en tanto marcó la profundización de la alianza entre capital financiero y corporaciones tecnológicas junto al giro a la derecha que trajo la crisis de los populismos y la socialdemocracia europea. Al respecto ver Brown (2015; 2020).
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3
Como indica la autora en el texto de referencia (Brown, 2020, p.80): “Estrangular a la democracia era fundamental, no incidental para el programa neoliberal más amplio. Las energías democráticas, creían los neoliberales, inherentemente engordan lo político”
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4
Cabría realizar un análisis más profundo de las consecuencias de las tecnologías duras y blandas en la cooperación que, tal como lo planteó Marx, es una condición ‘impuesta’ por el capital (Marx, 2009, p. 391 y ss). Su metamorfosis incide en los vínculos y formas de relacionamiento, y se expresan como conflicto horizontal y meritocracia a la vez que pretende obturar o suturar el antagonismo capital-trabajo y potenciar la productividad individual y por equipos, exacerbando la competencia entre pares y su alienación, aumentando el control despótico del capital.
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No podemos dejar de subrayar la correspondencia entre la disposición orientada a asumir los riesgos individualmente y las demandas recurrentes de los gobiernos de impronta liberal a privatizar los seguros laborales y con ella todo tipo de coberturas la fuerza laboral, incluyendo la salud y previsional, tal como en la actualidad se debate en nuestra región entre otros países, en Argentina y Chile.
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6
En esta línea y con respecto al ámbito de trabajo son innumerables las contribuciones sobre estudios de conflicto o que asumen la dialéctica resistencia-control, entre los que podemos referenciar como punto de partida al texto clásico de Braverman (1980), hasta la propuesta excelente de actualización del estado del arte y análisis que realiza Soria (2018).
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La forma estadística de acercamiento a la informalidad está cada vez está más cuestionada por las multiplicación geométrica de nuevos modos de informalidad, que incluye el desaseguramiento de empleos antes considerados formales. Así lo analizan Bedoya-Dorado y Peláez-León, acerca de la Gig Economy (2021).
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La autora connota al capitalismo como escópico, debido a que: “la visualidad hace del cuerpo un sitio de consumo moldeado por objetos de consumo; lo convierte en un activo en la esfera productiva del trabajo, como imagen vendible en diversas industrias visuales; postula la sexualidad como una forma de competencia que demanda el consumo de asesoría experta; puede circular en tecnologías mediáticas a través de una economía de la reputación y- por último- puede dotar a los actores de una posición elevada en el campo sexual” (Illouz, 2024, p.242)
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En 1981, Maslach y Jackson lo definieron como un síndrome tridimensional, donde el Agotamiento emocional, despersonalización y baja realización personal eran sus componentes y los midieron a través del “Maslach Burnout Inventory” (MBI). Tal como postula N. Rose, este test como los manuales de diagnósticos ‘hacen cosas’: ‘No solo describen un territorio: lo determinan y le dan forma’ (Rose, 2019, p.104).
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DECLARAÇÃO DE DISPONIBILIDADE DE DADOS:
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Editor Chefe:
Renato Francisquini Teixeira
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