Open-access La guerra anglo-argentina de 1982. Los incómodos límites auto-impuestos por una antropología conformista

A guerra anglo-argentina de 1982. Os desconfortáveis ​​limites autoimpostos de uma antropologia conformista

The Anglo-Argentine War of 1982. The Uncomfortable Self-Imposed Limits of a Conformist Anthropology

Resumen

Este artículo analiza cómo las reflexividades generadas en las investigaciones antropológicas están modeladas por los valores de cada época histórica. Ese análisis puede enseñarnos a los investigadores sociales a comprender los modos en que el trabajo analítico académico suele exotizar las alteridades que deseamos conocer, aunque esas exotizaciones se sostengan en razones de afinidad política y/o conciencia humanitaria. La autora analiza aquí su propia trayectoria entre 1989 y 2022 como investigadora del conflicto armado de 1982 entre la República Argentina y el Reino Unido, conocido como la guerra de Malvinas (eng. Falklands), un hecho bélico protagonizado, del lado argentino, por militares profesionales y soldados conscriptos. A través de una caracterización dinámica de su propia trayectoria, ella nos muestra cómo los sucesivos climas político-morales de la posguerra fueron autorizando formas de conocimiento académico, fundadas en moralidades supuestamente ahistóricas que restan historicidad a las experiencias de los combatientes argentinos. Para restituirles a esos climas su dinámica histórica, la autora analiza las reflexividades puestas en juego entre académicos y militares argentinos, a lo largo de tres décadas de investigación antropológica, atravesadas por procesos globales, nacionales y personales que obligaron a sucesivas reelaboraciones de un hecho social único en todo el siglo XX para la República Argentina: el involucramiento estatal-nacional como principal contendiente en un campo de batalla internacional.

Palabras clave:
Conocimiento; Guerra de Malvinas; Argentina; Fuerzas Armadas; Etnografía

Resumo

Este artigo analisa como as reflexividades geradas na pesquisa antropológica são moldadas pelos valores de cada época histórica. Esta análise pode ensinar-nos, investigadores sociais, a compreender as formas como o trabalho analítico académico tende a exotizar as alteridades que desejamos conhecer, mesmo que essas exotizações sejam apoiadas por razões de afinidade política e/ou consciência humanitária. A autora analisa aqui sua própria trajetória entre 1989 e 2022 como pesquisadora do conflito armado de 1982 entre a República Argentina e o Reino Unido, conhecido como Guerra das Malvinas (eng. Falklands), guerra protagonizada, do lado argentino, por soldados profissionais e soldados recrutados. Através de uma caracterização dinâmica de sua própria trajetória, ela nos mostra como os sucessivos climas político-morais do pós-guerra autorizaram formas de conhecimento acadêmico, baseadas em moralidades supostamente a-históricas que desvirtuam a historicidade das experiências dos combatentes argentinos. Para devolver esses climas à sua dinâmica histórica, o autor analisa as reflexividades postas em jogo entre acadêmicos e militares argentinos, ao longo de três décadas de pesquisas antropológicas, atravessadas por processos globais, nacionais e pessoais que forçaram sucessivas reelaborações de um fato social único. todo o século XX para a República Argentina: o envolvimento estatal-nacional como principal concorrente num campo de batalha internacional.

Palavras-chave:
Conhecimento; Guerra das Malvinas; Argentina; Forças Armadas; Etnografia

Abstract

This paper analyzes how the reflexivities raised during anthropological research are shaped by the values of each historical era. This analysis can teach us social researchers to understand the ways in which academic work tends to exoticize the alterities that we wish to know, even if these exoticizations are supported by reasons of political affinity and/or humanitarian conscience. The author presents her own trajectory between 1989 and 2022 as a researcher of the armed conflict between Argentina and the United Kingdom of 1982, known as the Malvinas War (eng. Falklands), a war carried out, on the Argentine side, by officers, non-commission officers and conscript soldiers. Through a dynamic characterization of her own trajectory, she shows us the ways in which political-moral climates during the Argentine postwar have authorized academic perspectives, based on supposedly ahistorical moralities that erase the historicity of the Argentine combatants’ experience. To restore these environments to their historical dynamics, the author describes the reflexivities put into play between Argentine academics and military personnel, throughout three decades of anthropological research, crossed by global, national, and personal processes that have forced successive reworkings of a social fact unique in the entire 20th century for the Argentine Republic: its involvement as the main contender on an international battlefield; the involvement of conscript soldiers together with their Armed Forces; and the political and civil society’s support to the military initiative of a harsh military dictatorship.

Keywords:
Knowledge; Malvinas/Falklands War; Argentina; Armed Forces; Ethnography

Hablar de «antropologías incómodas» nos hace preguntarnos dónde reside la incomodidad, quién la provoca y quién la percibe y experimenta. Por definición, las ciencias debieran tender a incomodar el sentido común y el saber establecido, tanto como conmover las certezas y los acuerdos de una cierta época, cierta clase, cierta región. En el caso de la antropología que practicamos, donde sea, el punto es más crítico. Las incomodidades que históricamente ha provocado el saber antropológico al estudiar «culturas exóticas» han conducido a relativizar el absolutismo de ciertos modos de vivir y de pensar, particularmente de los occidentales. Esta historia, más que centenaria, nos ubica a quienes hacemos antropología en un lugar de «incomodadores seriales». Siempre tenemos, a flor de labio, un contraejemplo de cualquier ley social. Siempre matizamos, relativizamos y complejizamos, mientras otros colegas de las ciencias sociales tratan de estandarizar y regularizar.

Ahora bien. Esta condición, que muchos juzgamos nuestra principal virtud, no es permanente. A través de algunas situaciones de mi trayectoria como investigadora de una misma temática a lo largo de 35 años, me gustaría referirme a instancias que juzgo claves, en que «nos, los antropólogos» devenimos en sujetos conformistas, es decir, en científicos sociales renuentes a desafiar las certezas y a formular buenas preguntas. Y ya que quienes practicamos la disciplina somos, también, sujetos sociales, me gustaría señalar cómo, en algunos temas y con respecto a ciertos sectores sociales, nos las arreglamos para mantenernos dentro de los márgenes de nuestro sentido común. Esto sucede cuando se trata de sectores sociales distantes y juzgados como opuestos a, y hasta enemigos de aquéllos otros a los que sí solemos estudiar con frecuencia y a quienes decimos (y más bien deseamos) representar.

En otras palabras, este artículo analiza cómo, lejos de lo que solemos creer, las reflexividades generadas desde las investigaciones antropológicas producen marcos interpretativos que se ajustan a los valores de una época histórica. Aunque resulte difícil, reconocerlas podría enseñarnos no sólo acerca de ciertas alteridades que suelen estar ausentes del mapa antropológico, sino acerca de las mismas alteridades que indagamos más habitualmente y a las que deseamos comprender. Mientras que a éstas, supuestamente, les corresponde un ejercicio de des-exotización, a aquéllas las preservamos en la caja negra del exotismo. ¿Será que nuestras herramientas teóricas y metodológicas son formidables sólo para un sector de la humanidad contemporánea? ¿Por qué no sospechar que nuestra persistente evitación de reconocer a ciertos sujetos como objetos antropológicos esconde una mirada sesgada, y por lo tanto etno-socio-céntrica que se extiende, también, a los que más habitualmente seleccionamos? En el caso que me ocupa, el fundamento de esas persistentes exotizaciones se argumenta como de simpatía política y conciencia humanitaria, aunque probablemente se trate de otra cosa. El problema es el conocimiento y su contracara. La contracara del conocimiento no es la ignorancia. Es el des-conocimiento.

Empezaré hablando de un tema evitado por las ciencias sociales en general, y por las humanidades en particular, siempre desde un caso argentino, que vengo trabajando desde distintos ángulos desde 1989, cuando empecé mi primer trabajo de campo en la temática. Luego, me referiré a una instancia de campo académico en que hice la presentación de resultados al cierre de un evento científico, y a un par de situaciones periodísticas calificadas por sus organizadores como espacios de periodismo dedicado al mundo intelectual y profesional. Finalmente, dejaré planteada una pregunta que, quizás, dé cuenta de las incomodidades narradas.

Tema: la guerra de Malvinas

Para comprender el objeto de conocimiento que aquí propongo, debo comenzar por el tema que perseguí en este tiempo: el conflicto armado entre la Argentina y Gran Bretaña esbozado hacia fines de marzo de 1982, e iniciado prácticamente sin camino de retorno el 2 de abril de ese año. Dicho conflicto giró en torno a la soberanía sobre los archipiélagos Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, reclamada por la Argentina a Gran Bretaña. El 2 de enero de 1833, los hombres de una pequeña corbeta inglesa ocuparon la pequeña aldea rioplatense e hispanoparlante Puerto Luis, un establecimiento cabecera de distintos asentamientos extensivos de ganado bovino y caza marina mayor, dispersos por la isla Soledad (East Falkland).

El conflicto, que evolucionó hacia una confrontación armada abierta protagonizada por las Fuerzas Armadas de la Argentina y Gran Bretaña, comenzó con una operación militar pretendidamente secreta de la Argentina. El desembarco se produjo en la madrugada del 2 de abril; el contingente tomó el cuartel de los Royal Marines en Moody Brook y la gobernación de las islas en su capital Port Stanley, y deportó a militares y a funcionarios británicos de la jurisdicción que en el mundo angloparlante se conoce como Falkland Islands. El plan inicial de lo que los argentinos llamamos «recuperación» de las Malvinas, y los británicos llaman «invasión», databa de fines de 1981, y consistía en ocuparlas para forzar al Reino Unido a negociar. Sin embargo, por distintos motivos a los que aludiremos más adelante, ese plan se fue transformando en ocupación permanente de carácter militar y mayores proporciones. Mientras, la reacción británica, con suma inmediatez, reunió y movilizó a sus fuerzas navales, aéreas y terrestres y las dirigió hacia el Atlántico Sur para recuperar sus dominios. Los ataques navales y aéreos comenzaron en la madrugada del 1° de mayo; el desembarco británico se inició el 21 de mayo en la margen oriental del Estrecho de San Carlos que separa las dos islas mayores, Gran Malvina (West Falkland) y Soledad (East Falkland). Después de varios combates y numerosas pérdidas por ambas partes, el 14 de junio las fuerzas británicas recuperaron la capital isleña, que re-bautizaron Port Stanley. Durante los dos meses previos había llevado el nombre de Puerto Argentino.

La guerra propiamente dicha se extendió por 45 días, con avances y retrocesos en cruentos combates terrestres, aéreos y marítimos. La mitad de los 649 muertos argentinos se produjo el 2 de mayo con el ataque de un submarino al Crucero ARA General Belgrano. Allí mismo y en las balsas de rescate fallecieron ahogados, quemados y asfixiados 323 argentinos de los 1093 tripulantes del buque de guerra estrenado en la Guerra del Pacífico (como US Phoenix). Los 255 muertos británicos durante todo el conflicto, que incluían personal chino de servicios a bordo de los buques, eran marinos, paracaidistas, infantes e infantes de marina, pilotos y soldados. En la contienda, la Argentina enfrentó al segundo poder naval de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. El Reino Unido perdió hombres, buques destructores y logísticos, y aviones. La batalla, entonces, tuvo una magnitud innegable para ambas partes, y efectos políticos inmediatos. La primera ministra Margaret Thatcher, del Partido Conservador, se aseguró un nuevo mandato pese a las condiciones generales de recesión, desempleo y profunda reforma estatal. Del lado argentino, la Junta Militar, tercera administración desde el golpe de estado del autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional» en 1976, fue reemplazada por un presidente militar que se encargaría de llamar a elecciones democráticas en todos sus niveles y más de un año después. Las elecciones se realizaron el 30 de octubre de 1983, y el 10 de diciembre finalizó la última dictadura argentina. Mientras tanto, la posguerra continuó.

La guerra de Malvinas generó numerosos escritos a modo de informes o reportes institucionales y judiciales, ensayos periodísticos, autobiografías, relatos y películas de ficción, novelas, cuentos, poesías, y algunos artículos que dan un perfil laudatorio a la «gesta heroica». Pese a la estentórea circulación de textos, fotografías y entrevistas, Malvinas sigue ausente de los análisis académicos, particularmente los procedentes de las ciencias sociales y las humanidades. En la escueta bibliografía al respecto se cuentan menos de diez investigadores dedicados de manera continua y consistente en estos cuarenta años, al conflicto bélico propiamente dicho. De ellos, al menos la mitad no son diplomados en estas disciplinas universitarias. Ciertamente, hay colegas que han hecho alguna investigación y, también, quienes se han dedicado a aspectos periféricos al conflicto (memorias de posguerra, legislación para veteranos de guerra, historia de alguna unidad o cuerpo militar que también se desempeñó en los combates de las islas, la guerra en el sistema educativo, tratamiento de stress post traumático, etc.). Sin embargo, por el momento, la guerra de Malvinas ha generado muy pocas preguntas teóricamente relevantes para la historia, la antropología, las ciencias políticas, la geografía, las ciencias de la comunicación, la psicología, la sociología y, notablemente, para el campo de los estudios militares. Con esta falta me refiero a líneas de investigación que correspondan estrictamente al hecho bélico-militar, es decir, a la guerra. Nos siguen faltando las islas como campo de batalla y en todos sus medios (marítimo, aéreo y terrestre). Ahora bien. Esta falta no es casual, especialmente si se compara a éste con el otro gran legado político de la última dictadura: los crímenes clandestinos de argentinos y extranjeros, representados en la figura de «los desaparecidos» y las organizaciones nominadas según el parentesco matrilineal ascendente, esto es, las madres de los desaparecidos y las abuelas de nietos nacidos en cautiverio clandestino y entregados ilegalmente a familias adoptantes, tras el asesinato de sus madres después del parto.

No voy a referirme a las posibles razones de esta desigual atención pero, en las páginas que siguen, trataré de caracterizar la renuencia al tema «guerra de Malvinas» en términos de un desconocimiento activo y premeditado. Para ello analizaré matices y acepciones del término «conocer» tal como la antropología lo empleó para comprender los encuentros de Occidente con otros seres humanos. Quizás así se ponga de manifiesto una profunda incomodidad asociada no tanto a un tema específico, sino al conocimiento que generalmente producimos … con las mejores intenciones.

¿Como estudiar la guerra (de Malvinas)?

Permítaseme empezar con mi progresiva1 elaboración de algunas posiciones con respecto a estas cuestiones, teniendo en cuenta el desarrollo simultáneo de tres líneas «argumentales». Dado que la guerra tuvo lugar en mi primer año de graduada de la Licenciatura en Ciencias Antropológicas (Universidad de Buenos Aires, 1982) y que comencé a dar vueltas con el tema cuatro años después, en 1986, es evidente que el desarrollo de aquella posguerra de cuatro años fue paralela a mi propio desarrollo profesional y académico. En adelante, ambos estarían atravesados por mi evolución etaria y la de los veteranos de guerra, sus protagonistas directos y, desde entonces, mis interlocutores. Todos nosotros fuimos contemporáneos de gruesos cambios políticos y sociales en la Argentina, la región y el mundo, particularmente la caída del Muro de Berlín y la URSS, pero también el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre la Argentina y Gran Bretaña (en 1992) y la sucesión de políticas nacionales, provinciales y municipales destinadas a los veteranos de guerra y sus familias. De manera que la posguerra se convirtió en un contexto variado y cambiante que me permitió diseñar cuestiones a investigar, hacer trabajo de campo, y aprender a pensar sobre la guerra, la posguerra, sus protagonistas directos e indirectos (los que estuvieron involucrados en operaciones o en el área bélica, y los que no). También me obligó a aprender sobre mi propia disciplina en mi país y en relación al tema Malvinas. Es que la antropología que yo llevaba conmigo, recién graduada, me había acercado a algunas perspectivas y distanciado de otras. ¿Cómo daría sentido a mi trabajo de campo con una estricta formación etnológica y folklorológica, si yo quería entender la guerra desde la formación de grupos sociales institucionalizados al nivel del Estado argentino? Más aún. La antropología social, hasta entonces de trayectoria discontinua en el país, parecía constituir un campo propicio para encarar mis trabajos, pero sus áreas de interés se vertían a sectores económica, social y jurídicamente vulnerables y subalternos. ¿Era ese el caso de los protagonistas directos del conflicto?

Cuando empecé a explorar nuestra guerra como campo de investigación, me encontré con pequeñas viñetas y anécdotas que apuntaban a formar una concepción acerca de lo ocurrido y, sobre todo, criterios de referencia que permitían encuadrar cualquier narración. Ahora bien: aunque los «cuentos» se repetían, no necesariamente estaban fundados en hechos probados2 (Lorenz 2017).

¿Qué sabía yo de la guerra? Bien poco y sólo algo de «público conocimiento». Con mis 25 años por cumplir, no tenía compañeros de secundaria que hubieran sido reclutados como soldados, por ese entonces, a los 18 y 19 años de edad. Como mujer estaba excluida del servicio militar, y habiendo nacido en 1957, de ser hombre hubiera estado excluida por pertenecer a una de las dos clases (con la 1956, los nacidos en 1956) exceptuadas de la conscripción (cuando se modificó la edad de sorteo de 20 a 18)3. Por mi contemporaneidad al hecho y por mi nacionalidad argentina, yo estaba un poco adentro y un poco afuera del tema. Recientemente graduada, creía que la antropología social, mi disciplina y profesión, debía servir para entender qué y cómo había sucedido esa guerra y qué huellas nos había dejado, además de la obvia caída del régimen y la apertura electoral hacia una democracia que aun perdura, con todas sus imperfecciones.

Malvinas era, por lo tanto, un hecho del pasado que perduraba en quienes habían participado, en sus familiares, en los deudos y en las Fuerzas Armadas. Es que la guerra de Malvinas había sido un hecho eminentemente militar y para el cual se forman los militares: hacer la guerra. Como antropóloga suponía que a ese hecho eminentemente castrense debía abordarlo accediendo a los conocimientos, la organización, las prácticas y la jerga de ese oficio. Difícil misión para las ciencias sociales y las humanidades argentinas, en los epígonos de una cruel dictadura que había terminado, en distintos escenarios, con numerosos académicos exiliados, y estudiantes presos, muertos y desaparecidos en condiciones dignas de horror y que, sin embargo, se siguen reproduciendo en regímenes auto adscriptos de derecha e izquierda en la región.

Los estudios sobre militares en la Argentina abordaban a este sector en su función política, y sus conclusiones ya estaban preestablecidas (la condena a lo castrense en tanto golpista, represor y lesivo a los derechos humanitarios). La asociación entre lo militar y la crueldad hacia los connacionales era bastante natural, dada la historia reciente. Sin embargo, varias cuestiones derivaban de ella: si la crueldad es inherente a los militares argentinos (y del Cono Sur), ¿por qué fueron respaldados por todos los sectores políticos ante la recuperación de las Islas Malvinas, en pleno régimen de facto en abril del ’82? ¿Por qué los padres y madres de los jóvenes permitían que fueran enrolados? ¿Por qué, además, aceptaron que fueran llevados al frente de batalla? Abordaré estas preguntas más adelante, pero por ahora digo que, ante mis dificultades formativas y conceptuales, decidí hacer mi doctorado en una universidad estadounidense (Johns Hopkins) cuyo departamento de antropología estaba compuesto por colegas extraordinarios que trabajaban sobre poblaciones nativas, estados nacionales, regímenes políticos, sistemas productivos, raza/color/clase social, arte y sistemas de conocimiento. Y aunque no estudiaban las guerras ni a los militares, conocían los temas, sabían cómo funcionaban los sistemas políticos de partido único en que el Estado define la vida de los habitantes y, también, los temas y los conceptos de sus investigadores. Particularmente, Katherine Verdery, experta en el Este europeo, fue mi directora de tesis y venía trabajando sobre la Rumania del dictador Nicolás Ceaucescu. Sin embargo, los temas bélicos y de militares contemporáneos no les interesaban demasiado a los antropólogos. A lo sumo, me recomendaban papers sobre violencia o guerra primitiva (Ferguson & Whitehead 1991).

Ante mi carencia de elementos conceptuales para abordar la guerra, decidí tomar uno de los temas dominantes de la agenda académica del Norte: la memoria social. Todo el mundo escribía, discutía, proyectaba e investigaba la memoria social de masacres (principalmente del Holocausto) y de guerras, pero desde el punto de vista de las víctimas. Con el tiempo aparecieron algunos estudios sobre los escuadrones de la muerte, agrupaciones armadas irregulares que mataban activistas o enemigos interétnicos. Estos nucleamientos, tristemente célebres en América Latina, no correspondían exactamente a las Fuerzas Armadas, ni a los niveles institucionalizados de «mi guerra», aunque algunos de sus miembros participaron en la Alianza Anticomunista Argentina, por citar a los más conocidos. Ahora bien: mi decisión de estudiar Malvinas por su memoria presentaba una complicación: si la memoria es un producto del presente y no la duplicación del pasado (el modelo de memoria como archivo, como lo llamaba mi profesor Michel-Rolph Trouillot, especialmente en su Silencing The Past, 1995), enfocar la guerra de Malvinas por su memoria me obligaba a mirar 1982 desde mis sucesivos presentes, siempre posteriores al evento. Tomarnos en serio el estudio de la memoria social nos lleva a desplazar el foco hacia otro tiempo que el del evento mismo, nos hace concentrarnos en el tiempo en que se produjo el recuerdo, no el evento recordado. Con esta perspectiva me dediqué a trabajar «las memorias de la guerra de Malvinas».

Cabe aclarar que mi posición como tesista era un tanto problemática, quizás como la de todos, pero en un sentido particular. Mi regreso coincidió a principios de los 90s con la expansión de internet y los correos electrónicos, y los archivos adjuntos no demoraron en llegar. Por alguna razón yo preveía que encontraría una preocupación de las ciencias sociales argentinas por la memoria social, aunque suponía que el sentido de este concepto no sería el académico, sino el de no olvidar los «crímenes de lesa humanidad» durante la dictadura. Mientras el norte académico buscaba conocer qué hacían los pueblos y también los Estados con sus pasados, en términos sociales, culturales y por supuesto políticos, en la Argentina la agenda era llevar a los militares ante los tribunales y lograr su condena a prisión. La diferencia era crucial, pero no tanto por la bibliografía consultada que, como suele ocurrir, venía del norte hacia el sur: Halbwachs, Agamben, Pollack, Ricoeur, Passerini, Portelli, etc. Con todo y estos autores, en la Argentina la memoria debía replicar los hechos del pasado, porque su propósito era judicial, la denuncia y la testificación. Artículos y tesis se llenaron de las llamadas «disputas por la memoria» o «memorias en disputa», una expresión que dejó de ser una invitación a la investigación y se transformó en un postulado. Efectivamente, las «memorias en disputa» venían a enseñarnos que los sectores sociales y políticos manipulan el sentido del pasado para sus propios fines actuales. ¿Pero qué más podía decirnos la memoria? En la Argentina y en otros países del Cono Sur, ese sentido del pasado debía servir para confirmar la ocurrencia de hechos (aberrantes) del pasado, de manera que los científicos sociales debíamos servir para exponer, en nuestros escritos, lo ocurrido entre 1976 y 1983. Así, formaríamos parte de las luchas por la memoria (correcta) y convertir a nuestras indagaciones en verdaderas denuncias (de lo realmente ocurrido). Esta postura se afirmó en la oposición moral entre (puros) criminales y (puras) víctimas, lo cual podría ser funcional a un argumento frente a los estrados judiciales, pero no necesariamente a los procesos históricos, generalmente más complejos. La antinomia moral entre víctimas y victimarios, un planteo nada nuevo en la historiografía argentina, ocultaba lo que toda antinomia encierra: lo que ambos términos de la oposición tienen en común. Probablemente había más que una disputa de sentido, que es a lo que suelen reducirse los estudios de este tipo4. Daré más adelante una hipótesis al respecto. Pero interesa, por el momento, resaltar que esta lógica moralizante de las memorias en disputa pasa por alto un punto destacado por la antropología: los dualismos se organizan en función de una pertenencia común y por objetos comúnmente apreciados. Cada polo es necesario para el opuesto, aunque en este caso la concepción dualista no reside en polos complementarios (como en el Yin y el Yang) sino excluyentes (como en el Cristianismo) (Visacovsky & Guber 2005; Neiburg 1998).

Ahora bien: pese a sus diferencias, norte y sur compartían el mismo interés en el sujeto mnemónico: los actores sociales clasificados como víctimas.

Mi tesis doctoral pudo haber estado cerca de estos planteos, pero el campo no me lo permitió. Ninguno de mis interlocutores se me presentaba como víctima ni en demanda de lástima. Por el contrario, tanto oficiales, como suboficiales y sobre todo exsoldados se referían a sus experiencias con orgullo y afirmando sus conocimientos de primera mano. Aun cuando hubieran padecido (algo propio de todas las guerras), expresaban el sufrimiento desde la autoafirmación, tanto que uno de ellos, al culminar una conversación, me agradeció por ser la primera vez que no le preguntaban «mataste-tuviste-hambre-tuviste-frío». Como todo lo que sonaba a guerra de Malvinas era de mi interés, había empezado a hablar con aquéllos que se definían como veteranos de guerra, incluyendo a exsoldados, suboficiales y oficiales de las tres fuerzas armadas y de seguridad. Entre ellos a veces coincidían en sus puntos de vista, otras veces no, pero las memorias de todos diferían del sentido común de la memoria social como exclusiva prerrogativa de las víctimas, es decir, de los que habían sido conscriptos. Además, sus perspectivas me indicaban claramente que Malvinas había sido un hecho militar en un campo de batalla entre dos fuerzas regulares de dos naciones distintas. Es decir, no se trataba de un acto de represión política o gremial. Esto desafiaba el sentido común de cómo las ciencias sociales intentaban acercarse al tema desde la memoria social.

Fue entonces que empecé a pensar a nuestras estructuras mnemónicas o memorísticas como las capas geológicas que se suceden unas a otras (Guber 1996). Inspirada en cómo funcionaba la memoria histórica en los países del este europeo, donde primaba la pertenencia a la facción gobernante del Partido Comunista (Verdery 1991), en la Argentina esa adscripción facciosa tenía menos tiempo para asentarse y daba lugar a lo que el politólogo argentino Juan Carlos Portantiero llamó «empate hegemónico», el veto entre contendientes políticos que él databa de 1955, pero que probablemente haya sido bastante anterior. Dicho mecanismo se fundaba en la secuencia de golpes institucionales desde 1930 y la sustitución de gobiernos donde (aparentemente) todo cambiaba de signo de manera absoluta, y donde los expulsados se sentaban a esperar (y a propiciar activamente) la caída de quienes los habían depuesto. Este sentido práctico no terminó con los golpes de Estado, sino que perdura hasta hoy, con 40 años de democracia, tema que daría para otro artículo. Lo cierto es que, cuando la facción depuesta regresaba, procedía igual que su predecesor, tratando de retomar allí donde había dejado y como si no hubiese pasado el tiempo. En el decurso, las facciones contrarias cada vez se parecían más entre sí, aunque el modo de diferenciarse se actuara y representara como catástrofe. Precisamente, la ficción de la oposición encarnizada se expresaba en una lucha a muerte (dualismo excluyente) similar a una sucesión de capas geológicas tal como la había formulado en su teoría «catastrofista», el teórico-geólogo Georges Cuvier, en el siglo XVIII.

¿Qué tenían en común las facciones antinómicas? Un proceso de adaptaciones recíprocas que, entre régimen y régimen, entre gobierno y gobierno, debían asegurarse la continuidad de un país que se formulaba como en permanente refundación. Esa refundación se expresaba en las denominaciones de cada nueva gestión («Revolución Libertadora», 1955; «Revolución Argentina», 1966-1973; «Proceso de Reorganización Nacional», 1976-1983), asumiendo el apoyo de «la sociedad». Estos re-comienzos no se aplicaban sólo a los regímenes de facto, sino también a los más breves lapsos democráticos. Desde 1945 todos fueron fundacionales, y todos quisieron serlo «para siempre».

La guerra de Malvinas puso a prueba este mecanismo en dos momentos: el primero, y más importante, con la toma-recuperación de las islas para la Argentina. Todos los sectores políticos y económicos, militares y civiles, la sociedad en pleno, los presos políticos y los exiliados argentinos respaldaron explícitamente la operación. El segundo momento, bastante previsible (una vez ocurrido, claro), fue con la rendición ante las fuerzas británicas. Todos los sectores políticos y económicos, militares y civiles, la sociedad en pleno, y quizás los presos políticos y los exiliados, confirmaron que aquello había sido una aventura, el manotazo de ahogado de un general borracho y un régimen en caída libre.

El respaldo expresado durante los 74 días de presencia argentina en las islas con eventos conjuntos entre militares y civiles, muchos de ellos políticos que habían sido derrocados por el general con el que compartían el acto patrio, pretendía dar vuelta la página al «todo o nada», como si se tratara de una nueva capa geológica. Finalmente, la unión de los argentinos se había concretado. Pero la guerra terminó en una derrota militar de la Argentina y, de la noche a la mañana, el tema quedó clausurado. Los ahora «exsoldados» quedaron en un limbo que incomodaba a una sociedad que se quería pensar distante de lo ocurrido. Nuevamente, la Argentina se pretendía dividida en dos y solamente en dos: civiles y militares, dictadura y democracia. Y para los conscriptos recién llegados a sus vecindarios y a sus parajes, la división de edad entre niños y adultos se erigía como relevante. Sin embargo, y esta fue precisamente la novedad, los exsoldados deambulaban entre los dos polos de estas antinomias y performaban la bipolaridad argentina incomodando a todos: civiles y militares, jóvenes y adultos, amantes del régimen de facto y de la democracia, partidarios de la derecha y de la izquierda. Los exsoldados no cabían en ninguna clasificación (Guber 2004). Veamos cómo funcionó esta imagen.

La solución que la sociedad civil y política encontró para explicar y, sobre todo, fundamentar su estrecho, visible y estentóreo involucramiento en la «gesta patriótica» conducida por la dictadura fue convertir a los exsoldados en la prenda de unidad del pueblo argentino y en su avanzada en la defensa de la soberanía en las islas. Sin embargo, a su regreso, la mayoría de aquellos jóvenes mostraba una inquietante comprensión del mundo militar. Su reciente pasado castrense y bélico les había dejado indumentaria, terminología, conocimientos, experiencias. Ahora regresaban a la vida civil los únicos civiles que habían atravesado una guerra al lado de sus FF.AA. y en contra de las fuerzas regulares de otra nación. La sociedad civil y la sociedad política hizo de sus «hijos conscriptos en el frente y la recuperación de soberanía insular» a sus representantes, es decir, representantes de aquel respaldo que sociedad civil y política le habían ofrecido a las FF.AA. (función militar) y a la tercera administración del régimen de facto (función política), por una noble causa de unidad nacional (como había quedado claro en el despliegue callejero y financiero durante los días de presencia argentina). Así, los exsoldados se convirtieron en la única figura aceptable de la primera posguerra. Ellos no eran los culpables de la derrota, y por su intermedio la sociedad, «el pueblo argentino», ratificaba su participación y, por lo tanto, su derecho al reclamo.

La figura del ex soldado tuvo varios desempeños gracias a su extraordinaria flexibilidad: demasiado civiles para los militares, demasiado militares para los civiles. Habían ido como menores de edad, pero regresaban con necesidades y trámites que sólo podía gestionar «un tutor» legalmente adulto. La mayoría cumpliría la mayoría de edad a los 21 en 1983 y, por lo tanto, tendrían dificultades para recibir compensaciones por discapacidad, decidir tratamientos y, paradójicamente, ¡comprar armas! Esto sólo podía gestionarlo un adulto de la caaa o un tutor legal.

Ahora bien: la flexibilidad que la sociedad les había reconocido no debía ser tanta como para que los jóvenes quedaran identificados con las Fuerzas Armadas. El gran problema de la sociedad civil y, sobre todo, la sociedad política era aparecer como colaboradora de un régimen ahora en caída libre. Más aun, cerrado el tema Malvinas, la campaña electoral empezó a retomar los temas relativos a los crímenes de lesa humanidad. La solución para habilitar hablar de la guerra internacional fue, para amplios sectores identificados con el mundo universitario, particularmente golpeado por las desapariciones forzadas, concebir a los exsoldados como las víctimas de los militares argentinos (no de los británicos). El campo de batalla internacional se convirtió en un campo de conflicto interno y de represión ilegal que se formulaba en continuidad con el conflicto interno argentino de 1976-1980. Y como los militares eran generacionalmente los mismos, el desempeño militar en Malvinas empezó a caracterizarse como una manifestación más del terrorismo de Estado. La imagen de este giro fue presentar al soldado como la víctima de sus superiores, los cuadros militares argentinos, con la figura del «estaqueo», una típica medida disciplinaria al soldado en el campo argentino: extendido en el suelo, en posición horizontal y con las extremidades extendidas por un tiempo prolongado, sometido a la meteorología y a las alimañas. Técnicamente, el estaqueo es lo que los militares llaman en su jerga el «calabozo de campaña», y consiste en «un paño de carpa»5 dispuesto bajo el cuerpo extendido del infractor, con sus extremidades atadas al suelo con estacas, y otro paño que lo cubre. El custodio levanta al soldado de esa posición cada dos horas para que camine y se desentumezca. Esta caracterización militar difiere de quienes identifican el estaqueo con la victimización de los civiles-conscriptos por parte de oficiales y suboficiales. Aunque hayan existido numerosos casos de castigos arbitrarios, el estaqueo no es un apremio ilegal para extraer información, sino un medio disciplinario militar que se aplica a los tantos motivos que provocan las circunstancias de guerra: evasión, dormirse en las guardias, robar comida u otros objetos a los camaradas, desconocer la jerarquía, desobedecer, etc. La concepción que, sin embargo, ancló en la sociedad argentina y, sobre todo, en los escritos académicos, fue la del estaqueo como un subtipo de «los crímenes de lesa humanidad» durante el lustro anterior.

Cuando empecé mi investigación en 1989, las denuncias formales de estaqueo eran muy pocas, probablemente no tanto por el temor a la retaliación de los militares o las fuerzas de seguridad. Ya existían organizaciones de veteranos de guerra y exsoldados combatientes y, por lo tanto, ya hablaban con voz propia. Además, en nuestras conversaciones apenas se hablaba de esto. La figura del estaqueo se hizo famosa desde 2007, para el 25° aniversario de la guerra, cuando el gobierno nacional reabrió los juicios por crímenes de lesa humanidad. Fue entonces que algunas organizaciones de exsoldados, junto a funcionarios de dependencias nacionales y provinciales de Derechos Humanos comenzaron a tomar declaraciones y hacer denuncias formales. Nuevamente, la memoria cobró el sentido de la denuncia y sostén para el aporte de pruebas para un posible juicio por crímenes de lesa humanidad, ahora concernientes a la guerra de Malvinas.

La mayoría de los exsoldados no se plegó a esta victimización respaldada desde la esfera oficial, pero el gobierno, dueño de la maquinaria estatal, se había apropiado de la causa de los derechos humanos y ahora procedía con las causas legales por Malvinas.

Mi tesis doctoral De chicos a veteranos (2004) analizaba esta posición de víctima y su contraria, la de los soldados como héroes y representantes del pueblo unido y defensor de la soberanía, y descubría un punto en común. La figura del primer veterano de guerra civil propiamente de una guerra moderna protagonizada por la Argentina era la de un ser liminal (noción propiamente antropológica) que no permitía encuadrarlo en las categorías que los argentinos creíamos «muy claras» durante la primera posguerra y la transición democrática. Como señalé más arriba, esa figura era extremadamente flexible, pero no llegaba a anclarse en ninguna categoría discreta. Por lo tanto, los exsoldados tampoco se comportaban como encerrados en la categoría de víctimas, aunque hablaran de padecimientos y necesidades, incluso de abusos de autoridad y de castigos inmerecidos. Su victimización los identificaba lisa y llanamente como un subtipo de los desaparecidos y detenidos-desaparecidos, cosa que muy pocos estaban dispuestos a admitir.

Ahora bien. Los desaparecidos en el «terrorismo de Estado», «guerra sucia» o «guerra antisubversiva», según el hablante, y los exsoldados de Malvinas constituyen el principal legado político del Proceso de Reorganización Nacional. Ambos, efectivamente, comparten un rasgo, aquella liminalidad que resulta de no haber completado el pasaje completo de una condición social a otra. Al carecer de los rituales funerarios que dan cuenta de ese pasaje ante la sociedad, los desaparecidos no completaron su paso al mundo de los muertos. Por alguna razón que expongo en De chicos a veteranos, los exsoldados de Malvinas no lograron pasar de adolescentes a adultos masculinos, pese a haber cumplido con el rito de paso de la conscripción que, además, involucró su participación en una guerra. Así, las víctimas del conflicto interno quedaron fijadas en la fase liminal del paso de la vida a la muerte, como «desaparecidos». Los soldados quedaron fijados en la fase liminal como los «chicos de la guerra», jamás adultos.

Publiqué mi tesis en 2004 sin mayores efectos. Quizás porque estaba escrita para un lectorado intelectual académico que, para entonces, estaba muy ocupado con el otro legado político de la dictadura, los desaparecidos. Por lo tanto, a veinte años de la guerra el concepto hegemónico de «memoria» seguía siendo el jurídico-político, no el sociocultural. Ante esta relativa falta de interlocución científica, y aunque no resolví este problema, decidí abocarme al gran ausente del conflicto bélico en los estudios académicos: el protagonista militar. A eso me dediqué desde entonces.

La experiencia y la inexperiencia

Tuve una gran oportunidad cuando Antonio ‘Tony’ Zelaya, piloto de caza de Skyhawk A-4B de la V Brigada Aérea de la Fuerza Aérea Argentina (FAA) y capitán durante la guerra, me invitó a recuperar su «experiencia y la de los que allí quedaron». Pensé que era una circunstancia única y acepté, aunque no sabía nada de aviación militar. Tampoco de la oficialidad militar. Además, mis sujetos de estudio anteriores, los soldados, casi no habían participado en las misiones que encumbraron a los pilotos al reconocimiento mundial: hundir fragatas misilísiticas británicas con bombas como las que se usaban en la segunda guerra mundial.

¿Cómo trabajar con ellos? Como si fueran nativos y, por lo tanto, aprendiendo sus normativas, sus lenguajes, sus valores, sus historias institucionales, su organización formal e informal, sus leyendas, es decir, sus modos de hacer, de decir y de pensar. Avanzar en este sentido me permitiría no caer en el pecado capital de la antropología, el etnocentrismo o, para este caso, en el socio-centrismo civil.

Entender ese mundo me introdujo en otro término, el de experiencia, donde la memoria se juega con el aprendizaje y, en este caso, con el conocimiento corporizado. Aquella investigación me llevó siete años de cierta soledad, pues carecía de interlocutores académicos que trabajaran la guerra y, particularmente, la guerra aeronáutica desde la antropología o desde las ciencias sociales. Decidí tomar la palabra «experiencia» que Tony había usado, como mi eje conceptual. Me valí de las aproximaciones de Tim Ingold, muy de moda en aquellos años (2007-2015), quien señalaba a conocimiento por la experiencia como un saber devaluado ante el crecimiento del razonamiento y el conocimiento científico y tecnológico (2000).

Aunque pronunciado por un lego, Tony, el término experiencia se reveló fundamental, porque los pilotos de la Fuerza Aérea Argentina no la tenían. Carecían de experiencia en operaciones sobre el mar, un dominio naval por excelencia en la división de ambientes entre las fuerzas armadas argentinas, división de contornos político-militares, por momentos muy conflictivos, desde la caída de Juan Perón en setiembre de 1955. Publiqué Experiencia de Halcón. Ni héroes ni kamikaze: pilotos de A-4B en 2016, con una prosa destinada al gran público y, también, al mundo aeronáutico. Obviamente usaba y elaboraba conceptos teóricos que llevaban la trama del libro, pero sólo los aclaraba brevemente o en una nota al pie.

Para difundir su lanzamiento, la editorial logró que algunos medios me entrevistaran. A continuación, expondré un par de los encuentros periodísticos que promovió la editorial, atendiendo a la relevancia por la magnitud y prestigio de los entrevistadores, todos ellos contemporáneos de la guerra y reconocidos periodistas de investigación.

El primer encuentro estuvo a cargo de dos periodistas que me entrevistaron por Radio Nacional, la emisora estatal argentina, en un programa dedicado a mi trabajo y con una hora de duración. Supuse que me preguntarían sobre qué hace una antropóloga en temas aeronáutico-militares y cuestiones malvineras. Pero estos asuntos no se tocaron, pues sus preguntas eran otras. En vez del libro, prefirieron indagar en la improvisación militar y en los argentinos exiliados en México conocidos como «argenmex», que habían apoyado explícitamente la recuperación territorial del ‘82.

El programa se emitía en vivo, de manera que los periodistas recibieron comentarios de un par de oyentes que celebraron mis respuestas y mis «conceptos sobre nuestra guerra de Malvinas». Era costumbre del programa que, una vez emitido, los periodistas guardaran sus emisiones en un sitio web propio. No fue mi caso, probablemente porque el encuentro había transitado de manera accidentada, por una serie de explícitos desacuerdos entre sus preguntas y mis negativas a responderlas. Mis respuestas los ofuscaba, especialmente a uno de ellos que, al término del programa, se fue sin saludar6.

También en 2016, otro periodista de radio me entrevistó debido a la solicitud editorial. Bastante secamente, inició la entrevista explicándome a mí y a los oyentes sobre la aviación aeronáutica en la guerra, por ejemplo, con los Super Etendard y los Exocet, alardeando un poco de su pretendido saber. Me permití acotar que los Super Etendard y sus misiles, los Exocets, que él tomaba como de la FAA, pertenecían a la Armada, y que mi libro trataba de la primera, cuyo empleo de misiles fue mínimo durante la guerra del ‘82. Además, aclaré, los SUE (tal la abreviatura de aquellos aviones franceses) habían sido fabricados para operar desde portaaviones, como el ARA 25 de mayo, la última pista en el mar que tuvo la Argentina7. Un par de acotaciones por el estilo le permitieron al entrevistador empezar a preguntar y a escucharme con más atención. Así, pudo reconocerme como alguien con un saber distinto al suyo y distinto del tipo de saber que esperaba obtener en el encuentro. El frío ‘Sentate ahí’ del principio se convirtió en su acompañamiento a la puerta del estudio, al final.

Estos ejemplos que protagonicé con tres periodistas en dos encuentros son interesantes en varios sentidos. Al comienzo, estos periodistas no tenían mucho para preguntar, convencidos como estaban de que la guerra de Malvinas era algo que dominaban por contemporaneidad y por lecturas. Podríamos suponer que los periodistas son una subespecie humana vanidosa y empecinada. Pero quizás podamos extender este supuesto a otras subespecies intelectuales, como la gente de ciencias sociales. Veremos.

En todo caso, y siendo que los llamados «medios hegemónicos» penetran la configuración ideológico-política de aquéllos a quienes alcanzan, debemos aclarar para los dos casos expuestos que no se trataba de periodistas del establishment multimediático, sino de intelectuales que, en uno de los tres casos al menos, había ostentado una posición contraria a la última dictadura militar argentina, y que se desempeñaba en un medio que nació como alternativo ya en democracia. Las situaciones descriptas denuncian una extraordinaria uniformidad para hablar de la única guerra internacional que protagonizó la Argentina en el siglo XX y la única en la cual participaron soldados junto a sus fuerzas armadas. Esa uniformidad se erige gracias a un consenso al que logra consolidar, y del cual participan, muy especialmente, las universidades, los académicos y las organizaciones humanitarias. Ese consenso sostiene que Malvinas fue un manotazo de ahogados de los militares que torturaron a los soldados argentinos, mientras los abandonaban en medio del combate.

Previo a la publicación del libro sobre los pilotos de la Fuerza Aérea, presenté su segundo capítulo como conferencia de cierre de unas Jornadas de Investigación en Antropología Social, de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, en Olavarría. El capítulo me venía bien para mostrar cuestiones relativas al método etnográfico, el tema por el cual me habían invitado. La exposición transcurrió y al auditorio le pareció interesante porque no sólo no abandonaron la sala, sino que la rebalsaron. Sin embargo, cuando tocó el turno de las preguntas, no hubo ninguna que requiriera la explicación de un concepto y de su aplicación, el enfoque teórico, ni de qué manera los materiales etnográficos venían a completar mi interpretación. Nuevamente aparecieron el manotazo de ahogado, el abandono de los soldados, etc. etc. etc. El debate académico antropológico parecía imposible.

Aunque publiqué un artículo reflexionando sobre aquella instancia (Guber 2019), propongo aquí otra lectura. Las preguntas se me formulaban desde el más craso sentido común argentino que, como suele ser el caso, abrevaba en algunos hechos verdaderos. Lo llamativo eran las formulaciones extremadamente reiterativas y sin sustento en investigaciones académicas, más bien en comentarios ocasionales, algún artículo periodístico, y sobre todo rumores. Esto sucedía en un medio académico que se jactaba de ser creativo, comprometido y crítico.

Pienso, y pensé entonces, que las preguntas que se me hacían desde el público tenían la función performativa de alinear a su emisor con una posición definida sobre el mundo militar, posición que debía ser aceptable para el ámbito universitario en que se formulaba. Así, y aun cuando las observaciones tuvieran elementos de verdad, las preguntas venían a afirmar una afiliación de tipo político-ideológico, cuando lo que correspondía era proponer abordajes que abrieran nuestras nociones acerca de aquella guerra escasamente analizada. Viniendo de un encuentro entre practicantes de la antropología, me resultaba extraño que ni siquiera se me cuestionara mi disposición a utilizar la disciplina para reconocer la perspectiva de los actores, esto es, los militares aeronáuticos. Evidentemente, yo estaba sosteniendo que para entender qué fue la guerra de Malvinas, necesitamos reconstruir y entender la perspectiva práctica y teórica militar de aquella época.

En suma, la ausencia de la guerra de Malvinas de la agenda de investigaciones de las ciencias sociales y las humanidades en la Argentina fue una parte necesaria del armado de una lectura uniforme y maniquea por parte del periodismo y, mal que nos pese, del mundo universitario y académico. Esto supuso, y aun supone, un profundo desconocimiento de cómo fue aquella guerra. Pero ese desconocimiento no es sinónimo de ignorancia.

Descubrir, clasificar, recordar, reconocer

El conocimiento y el desconocimiento son problemas inherentes a la antropología. No me refiero a la ignorancia o a la falta de educación; ni siquiera me refiero al olvido, porque en la Argentina nadie ignora que hubo una guerra en 1982 y que en ella murieron muchos compatriotas, generalmente muy jóvenes. Nos lo recuerda, año tras año, el ciclo de conmemoraciones malvineras en plazas, monumentos, escuelas, medios masivos, redes sociales, etc., entre el 2 de abril y el 14 de junio. Sin embargo, este conocimiento tiene sus particularidades y a ellas me voy a referir desde una disciplina que se ocupó, sistemáticamente, de encarar procesos de conocimiento de lo profundamente diferente o, dicho de otra manera, que se dedicó al conocimiento de la otredad cuando es identificada con lo exótico.

Cuando se habla del «descubrimiento de América» o de la «exploración del África y de Oceanía», se alude a encuentros recíprocos entre seres que se veían por primera vez y se mostraban ostensiblemente diferentes. Mi tesis en estas páginas es precisamente que la guerra de Malvinas es básica, profunda y vastamente des-conocida por los argentinos académicos en este mismo sentido. Con esto puedo referirme tanto a la perspectiva de las academias civiles y de las militares, aunque en esta oportunidad lo haré sólo con respecto a la científica universitaria civil, que es la mía. Esta tesis-la academia ha decidido des-conocer la parte argentina de la guerra de Malvinas-admite la existencia de retazos de conocimiento que venimos sosteniendo por la repetición, desde la segunda mitad de 1982 hasta la actualidad. Así, desde la apertura de la actividad política y el anuncio de las elecciones para el 30 de octubre de 1983, es decir, aun bajo el régimen de facto, esos retazos continúan operando en nosotros para llegar a las mismas conclusiones que entonces.

Cuando empecé este escrito señalé que los universitarios argentinos, en general, sabemos demasiado poco de Malvinas. También, señalé que sabíamos más o menos lo mismo. Sugerí que parecíamos estar de acuerdo en lo poco que sabemos y que, aparentemente satisfechos con esto, no tenemos demasiadas preguntas que hacernos y que hacerles a los sobrevivientes (¿mataste-tuviste hambre-tuviste frío… te estaquearon?). Así que no sólo sabemos lo mismo entre nosotros; sabemos lo mismo a través del tiempo, es decir, pese a los ya 41 años que nos separan del evento.

Volviendo a mirar el concepto, aparentemente «conocer» tiene dos antónimos: ignorar y desconocer. Es verdad que conocer de guerra es sumamente difícil para una población que no la había experimentado desde 1870. Sin embargo, estoy hablando aquí de universitarios y periodistas, de gente formada que sabe de historia y de actualidad, que lee y escribe libros, que va al lugar de los hechos, que indaga y que estudia. Entonces, ¿a qué no-conocimiento/desconocimiento me estoy refiriendo?

Hablo de cuatro sentidos que el colega germano-polaco Johannes Fabian formula en su libro Anthropology with an Attitude (2002). El primero es el de la cognición, es decir, reconocer algo nuevo, un nuevo dato. El segundo es el de la cognición que opera mediante la clasificación, es decir, cuando ubicamos a Malvinas como una clase de hechos (p.ej., una guerra, un acto represivo, el capricho de un General, etc.). El tercero es el conocimiento-memoria, basado en la memoria intelectual y corporal de un evento del pasado que se fue haciendo significativo en algún momento de ese pasado: conozco a esta guerra porque es como tal otra, o se parece a otro evento que atravesé o le sucedió a alguien que me lo transmitió. Finalmente, el cuarto sentido es el de reconocimiento, conceder un trato o tipo de atención que nuestro interlocutor o que el tema merece.

Como vemos, ninguna de las cuatro acepciones se opone a ignorancia. El rechazo a incorporar un dato como nuevo puede deberse a la necedad o al prejuicio. La cognición por la clasificación se opone a la confusión. El conocimiento-memoria o experiencia se opone al olvido y el reconocimiento al des-conocimiento, es decir, a ser ignorado o ignorar a otro.

Estos cuatro pares de opuestos estuvieron presentes en las instancias de radio que describí, pero no en la misma magnitud. El gran organizador, el que permite ubicar a los demás modos de conocimiento, fue el «conocimiento-memoria». Así, por ejemplo, los primeros dos periodistas no podían preguntarme nada acerca de los pilotos, y preguntaban por lo único que les interesaba saber (o que ya «sabían»), «los argenmex». Yo conocía este tema, pero no por haberlo estudiado. No iba a comentar el tema sino como una ciudadana más. Ante mi renuencia, fui «des-conocida». A ellos no les importó que yo hubiera escrito un libro; me des-conocieron como intelectual en aquello que yo pretendía mostrarles a ellos y a la audiencia y, de paso, desconocieron como relevante o significativo mi tema de investigación y mi enfoque antropológico a él aplicado. En cambio, el periodista de la segunda entrevista pudo preguntarme por algo que tuviera que ver con la aviación de la guerra pero, al comienzo, mostraba ignorar (ahora sí en el sentido de «no saber») sobre otra cosa que no fuera del dominio o jurisdicción naval. Precisamente porque ignoraba y porque aceptó que ignoraba, pudo hacerme preguntas a mí y a mi tema. Su ignorancia provenía de su imposibilidad de encontrar dónde anclar sus ideas-memoria en mi tema del libro. Pero al encontrarse con mis respuestas acerca de que los SUE (Super Étendard) y los misiles Exocet AM no pertenecían a la Fuerza Aérea, entreabrió la puerta de su comprensión para conocer algo nuevo y, sobre todo, para desarrollar la entrevista, cosa que a los otros dos les había resultado imposible. Es evidente que los periodistas no sabían qué preguntarme, probablemente porque estaban más familiarizados con las entrevistas a soldados enfocados como «victimas». Cuando un periodista entrevista a oficiales o suboficiales lo hace en tanto protagonistas de alguna acción destacada y con ribetes heroicos. Es decir, el entrevistado aparece ligado a un hecho pre-moralizado y que es leído conforme a su individualidad, no a su formación militar, ni a sus ejercicios como infante, artillero, comunicante, ingeniero, mecánico, etc. en operaciones. Si un oficial o suboficial aparece, entonces, como objeto de entrevista periodística, se debe a su excepcionalidad que, por eso mismo, contrasta con la supuesta medianía, cobardía y autoritarismo atribuidos a sus camaradas y a la Fuerza. Mientras tanto, los soldados aparecen como referidos a una normalidad: la de haber sido carne de cañón, «chicos de la guerra»; casi nunca como tiradores, como aprendices eficientes, como plenos combatientes.

En suma: el menú de la buena entrevista en el tema Malvinas debe proporcionar platos que permitan confirmar los padecimientos de guerra (las guerras son malas) y la victimización (de argentinos por otros argentinos). Pero esto no responde a la ausencia de conocimientos, sino al posicionamiento premeditado del entrevistador que se afirma en su pregunta, como si fuera un arma en el combate. Ubicado, posicionado en el «lugar correcto», el periodista debe indagar en ciertas cuestiones que consoliden la condena a la dictadura (sistema político), y debe hacerlo explícitamente mediante su desempeño como interrogador. Si bien es bastante probable que los periodistas no hayan sabido qué preguntarle a esta antropóloga que investigó a los «halcones de Malvinas», sí parecían (y afirmaban) saber de otras cosas que, a lo largo de la posguerra, les planteaban preguntas o cuestiones más relevantes, tanto para su posicionamiento ideológico, como para mostrarse como personas informadas por las novedades que trajo nuestra guerra: los argen-mex, los Exocet y, ciertamente, los estaqueos que ya, para 2016, estaban en pleno auge fundando causas judiciales por crímenes de lesa humanidad en las islas. Así, en sus largas trayectorias profesionales de una posguerra de casi medio siglo, estos periodistas le daban prioridad a cierta memoria que asimilaba/clasificaba a la guerra de Malvinas como subtipo del terrorismo de Estado. Jamás pensaron, jamás quisieron pensar que desde el punto de vista militar el terrorismo de Estado podía ser un subtipo del hecho «guerra», precisamente porque la historia de las denuncias por crímenes de lesa humanidad se contrapone a la posición que esgrimen sus acusados y las FF.AA. de entonces: lo ocurrido entre 1975 y 1980 fue, para los militares, una «guerra contra la subversión». Esta perspectiva inconveniente para la argumentación legal de las organizaciones humanitarias y los sectores progresistas de la sociedad argentina, particularmente de sus universidades, es sin embargo compartida, aunque calladamente, por quienes participaron de organizaciones armadas que actuaron en el centro-norte del territorio argentino durante la década de los 70s. Según quienes integraron las organizaciones armadas revolucionarias de aquellos años, ellos no fueron reprimidos; fueron vencidos por las armas (y claro que por un cruento sistema de delación).

Entonces, esa prioridad en el enfoque de lo que debe saberse EN TÉRMINOS de lo que el público debe recordar O NO OLVIDAR, es lo que permite clasificar «debidamente», aprender detalladamente y, finalmente, reconocer. El conocimiento-memoria sobre aquella guerra de Malvinas no incluye a los pilotos, probablemente porque sus trayectorias bélicas no se prestan a los decursos habituales de los debates sobre los militares de la dictadura (quizás por eso acepté la propuesta del Tony. Pero claro, me enfrentaba a una limitación: en estos temas, así enfocados, los periodistas tendrían dificultades para aplicar sus conocimientos-memorias. Por eso no podían entrevistarme (en verdad, las entrevistas sobre mis investigaciones fueron bien pocas y, generalmente en emisoras muy menores). En consecuencia, no podían reconocerme ni como investigadora ni como una entrevistada capaz de aportarles nuevos conocimientos. Después de todo, no es extraño que alguien que efectivamente me des-conoció, no me saludara al finalizar el encuentro. No sé si pensó que yo simpatizaba con los militares, pero era evidente que mi conocimiento no tenía ningún valor para él.

Todo desemboca, entonces, en la misma constatación: nadie necesita nuevos datos, porque «todo el mundo sabe» qué pasó en Malvinas. Por eso no hay nuevas preguntas. Tampoco hay nuevos datos. Este panorama se refuerza en el medio académico, por demás afín a aquella constatación, por demás apegado a des-conocer ciertas cuestiones. Por eso, a mis presentaciones en un medio académico no le siguen preguntas antropológicas, ni siquiera metodológicas. Le siguen preguntas-comentarios que reiteran los lugares comunes elaborados durante la primera posguerra a través del rumor, mientras se derrumbaba el régimen político que descansaba en los militares.

En esta trama, la agenda de quienes emplean la noción de memoria es vital, porque opera como un arsenal académico que garantiza ser parte de una cosmovisión autosuficiente y, por lo visto, atemporal8. Por eso, nuestro conocimiento sobre la guerra de Malvinas entre la Argentina y Gran Bretaña es anacrónico y socio-céntrico, y aunque esgrime hechos puntuales que pueden ser verdaderos, no logra ni desea interpretarlos dentro de la lógica que los produjo, una lógica que era ciertamente más compleja y que fue previa a cualquier intento de apertura democrática.

Señalé páginas atrás que los términos supuestamente irreconciliables de las antinomias o los dualismos guardan un escondido acuerdo. Ese acuerdo, ese puente entre ambos términos debe ser lo suficientemente incómodo para mantenerse bajo la alfombra durante 41 años. Los mismos 41 años en que me hice antropóloga, incomodando mis propias certezas de universitaria e incomodando crecientemente a mis colegas. ¿Dónde reside, entonces, esa incomodidad? Probablemente en que la guerra de Malvinas, con todo y la derrota, demuestra la posibilidad de acuerdo entre el régimen y su sociedad civil y política. Una forma de explicar ese acuerdo ha sido consignar la oscilación «exitista» o el «espíritu veleta» de la sociedad argentina y sus políticos: hoy se recuperó Malvinas y apoyamos al «gobierno»; mañana somos derrotados y rechazamos a la «dictadura genocida». Por mi parte, prefiero señalar el puente entre posiciones aparentemente contrapuestas e irreconciliables, animándome a transitarlo y descubrir, quizás, que a comienzos de 1982 el régimen, tan resistido, pudo ganar un alto grado de consenso, en nombre de una bandera que los argentinos creían y siguen creyendo propia.

Transitar los puentes, abrirnos a todas sus direcciones posibles, permitir que el campo conmueva nuestras convicciones, puede generar una incomodidad constructiva que mantenga vigente la crítica que el trabajo etnográfico plantea a nuestra experiencia, que mantenga siempreviva a nuestra disciplina.

Referencias

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    » https://www.redalyc.org/journal/3794/379454541011/html/
  • GUBER, Rosana. 1996. “Las manos de la memoria”. Desarrollo Económico, 36(141): 423-442.
  • GUBER, Rosana. 2004. De chicos a veteranos. Memorias argentinas de la guerra de Malvinas Buenos Aires: Editorial Antropofagia.
  • GUBER, Rosana. 2019. “Malestares de digestión … de campo académico”. In: M. EPELE; R. GUBER (comps.) ¿Mal estar en la etnografía? Problematizando las etnografías antropológicas en diversos dominios temáticos y orientaciones de investigación Buenos Aires: Libros del IDES. pp. 141-147.
  • GUBER, Rosana. 2016. Experiencia de halcón Buenos Aires: Sudamericana.
  • GUBER, Rosana (dir.). 2022. Mar de guerra Buenos Aires: SB.
  • HILB, Claudia. 2013. Los usos del pasado Buenos Aires: Siglo XXI.
  • INGOLD, Tim. 2000. The Perception of the Environment. Essays on Livelihood, Dwelling and Skill London: Routeldge.
  • NEIBURG, Federico. 1998. Los intelectuales y la invención del peronismo Buenos Aires: Alianza.
  • LORENZ, Federico G. 2017. La llamada. Historia de un rumor de posguerra de Malvinas San Miguel de Tucumán: EDUNT.
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  • VECCHIOLI, Virginia. 2018. “Deserving victimhood: kinship, emotions and morality in contemporary politics”. Vibrant, 15(3): 1-22.
  • VERDERY, Katherine. 1991. National Ideology under Socialism Berkeley: The University of California Press.
  • VISACOVSKY, Sergio; GUBER, Rosana. 2005. “¿Crisis o transición? Caracterizaciones intelectuales del dualismo argentino en la apertura democrática”. Anuario de Estudios Americanos, 62(1): 55-85.

Notas

  • 1
    Obviamente, no me refiero a un sentido evolutivo ni al ideológico, sino al aspecto procesual de la elaboración temática y conceptual que implica el posicionamiento de esta investigadora.
  • 2
    El interesante estudio de Federico Lorenz trata sobre la «anécdota» del soldado, amputadas sus piernas, quien, desde el hospital y su silla de ruedas, llama por teléfono a su familia. Le cuenta a su madre que un camarada había perdido sus piernas y le pregunta si podrían albergarlo, a lo que su madre se niega. El soldado, su hijo y verdadero discapacitado, corta el teléfono y se suicida de un tiro. Lorenz encuadra su estudio desde la perspectiva del rumor de guerra.
  • 3
    La mayoría de los soldados conscriptos llevados a las operaciones tenían entre 19 y 20 años, y pertenecían a la «clase 62», esto es, los nacidos en 1962. Hubo algunos nacidos en 1963 que llevaban tres meses de instrucción, y también otros mayores que habían solicitado prórroga por estudios universitarios. Dichos soldados cumplieron su servicio militar con mayor edad incluso que los oficiales y suboficiales jóvenes, y pertenecían a las clases 1954 y 1955. El dato de la excepción a las clases 1956 y 1957 (la mía) hace que, en mi imaginación hipotética, no haya participación posible en el hecho bélico. No más de cinco mujeres, en general enfermeras y una comunicante, participaron en el teatro de operaciones. Sólo una de ellas estuvo unas horas en Puerto Argentino. Las restantes estuvieron embarcadas en un buque hospital y en un buque mercante.
  • 4
    La filósofa Hannah Arendt, tan vanamente citada por su noción de «banalidad del mal», da algunas pistas. En la Argentina, Claudia Hilb (2013) recupera inteligentemente su pensamiento para pensar el terrorismo de Estado y las políticas humanitarias seguidas en los gobiernos democráticos. Quien, a mi juicio, mejor ha tratado la categoría de «víctima» en la Argentina «reciente» es la colega Virginia Vecchioli (2018).
  • 5
    El paño de carpa es, en realidad, un rectángulo de tela resistente que, atravesado en su doblez medio, forma dos aguas, con un parante o palo en cada extremo, y estacas en los cuatro vértices. Ese mismo paño se ubica debajo del castigado, lo cual no es un detalle menor en un suelo mojado y helado como el de abril-junio de 1982.
  • 6
    Quizás, mis entrevistadores tuvieron otro problema, y es que el conocimiento periodístico standard sobre la guerra no les servía demasiado para mi tema. Los pilotos monoplaza (una persona por avión) tenían preocupaciones distintas a andar estaqueando soldados. Además, la proporción de caídos en Malvinas de la Fuerza Aérea desmentía la habitual afirmación de que los soldados fueron la carne de cañón de los oficiales argentinos. Este postulado, factible en la guerra terrestre, no se aplica a la aeronáutica militar donde los soldados sólo hacen tareas de carga y descarga, y servicio en hangares. En el combate los protagonistas son bien otros, tal como lo demuestran los fallecimientos: 36 oficiales, 16 suboficiales y 5 soldados (que estaban en tierra cuando un pequeño aeródromo del oeste de la isla fue bombardeado). Así, las proporciones de fallecidos revelan y dependen del tipo de trabajo que hace cada fuerza y cada arma.
  • 7
    Según aprendí en mi investigación siguiente, en la Armada hay soldados, suboficiales y oficiales, pero su distribución varía según se trate de un buque, un submarino, un avión de transporte, uno de caza y ataque, o una sección de una compañía de un batallón de infantes de marina. Cada uno vive la milicia y la guerra de maneras totalmente distintas. Por eso, referirse a alguien como «marino» o «piloto» es apenas designar su dependencia institucional general. Hay aviadores en el Ejército, la Marina y la Aeronáutica. Un marino se sabe relacionado con el mar, pero casi de inmediato surgen las diferencias (Guber 2016). Yo empezaba a aprender que Malvinas no fue lo mismo para sus tipos de protagonistas.
  • 8
    Aunque excede el espacio y objeto de este artículo, no quiero pasar por alto que una cosmovisión tal se expresa en la creación de un campo historiográfico que lleva la denominación de «Historia Reciente». Bajo este rótulo se estudian las dictaduras argentinas y regionales de la segunda mitad del siglo XX, principalmente desde sus crímenes y persecuciones. Sus objetivos, se dice, son no sólo «el estudio de pasados próximos», a contrapelo del requerimiento historiográfico tradicional que sólo permite el abordaje de objetos distantes en el tiempo, para garantizar la objetividad y la formación de archivos. También, una posición de «ruptura con los pasados considerados cercanos», la interdisciplinariedad, la incorporación sistemática de la historia oral y, significativamente, los «procesos históricos cuyas consecuencias directas conservan aun fuertes efectos sobre el presente, en particular en áreas muy sensibles, como el avasallamiento de los derechos humanos más elementales. /…/ Tal es el motivo por el que este tipo de historiografía surge, generalmente, en países que atravesaron situaciones de enorme violencia social o estatal -tales como contiendas bélicas o guerras civiles, formas de terrorismo estatal y situaciones de victimización de una parte de la sociedad-que generaron demandas de reparación y justicia de los sectores afectados y que continúan vigentes como problemas del presente incluso muchas décadas después de ocurridos los acontecimientos. Esta es también la causa por la cual suele existir una estrecha relación entre esta manera de hacer historia y las demandas de justicia, los movimientos sociales que las sustentan y las formas de memoria social que contribuyen a configurar su identidad. Así, buena parte del impulso para la investigación y las preguntas que orientan a este campo encuentran su origen en este vínculo, a la par que la memoria -entendida como las sucesivas y fragmentarias capas de significación que le otorgan diversos grupos a aquel pasado- se convierte en ocasiones en fuente y objeto de estudio a la vez. Dados estos motores de origen, se hace particularmente necesario afianzar la reflexión crítica y la vigilancia epistemológica de los historiadores acerca de los vínculos entre lo que se ha dado en llamar la cultura de la memoria y los intereses investigativos que orientan la tarea profesional». Sin embargo, o quizás por eso mismo, los autores señalan «la evidente dimensión política del campo de la historia reciente. Un vínculo no solo explícito sino consciente entre el objeto de conocimiento, la actividad de conocimiento y la búsqueda de ciertos objetivos éticos, como ‘verdad y justicia’. Este espíritu -que podríamos llamar «militante»-, muchas veces empático con determinados actores a los que se estudia, y manifestado también en la voluntad de muchos de convertir ese saber en un arma de intervención social …» (Franco & Lvovich 2017).

Editado por

  • Editores del dossier
    Marco Julián Martínez Moreno (https://orcid.org/0000-0001-8223-5169)
    Universidade Federal do Rio de Janeiro, Museu Nacional, Programa de Pós-graduação em Antropologia Social, Rio de Janeiro, RJ, Brasil
    Email: akkmjm@gmail.com
    Ana María Forero Angel (https://orcid.org/0000-0002-2483-1154)
    Universidad de Los Andes, Departamento de Antropologia, Colômbia
    Email: am.forero260@uniandes.edu.co

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    20 Ene 2025
  • Fecha del número
    2024

Histórico

  • Recibido
    01 Feb 2024
  • Acepto
    18 Jun 2024
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