Open-access Desde el miedo al terror (Chile, 1973-1975): desensibilización emocional y pacto denegativo

From fear to terror (Chile, 1973-1975): emotional desensitization and negative pact

Resumen:

Se analiza el terror como un tipo especial de miedo, en su proyección de poder en una sociedad capturada por un Estado militar en Chile, los años 1973-1975. Se describen, por medio de un análisis lingüístico crítico de los discursos oficiales del régimen de esos años, las macroformas textuales emocionales del miedo - conservadoras y de Doctrina de Seguridad Nacional -, y cómo, por medio de estos dispositivos de poder textuales y factuales - violencia económica y represiva sociopolítica - se desensibiliza un estado comunitario previo, manipulando el cuerpo emocional, surgiendo el terror como una inversión del miedo en cuanto mecanismo de protección.

Palabras Claves:
Terror; Cuerpo emocional; Violencia

Abstract:

Terror is analyzed as a special type of fear, in its projection of power in a society captured by a military State in Chile, the years 1973-1975. Through a critical linguistic analysis of the official discourses of the regime of those years, the emotional textual macroforms of fear - conservative and National Security Doctrine - are described, and how, through these textual and factual devices of power - economic and socio-political repressive violence - a previous community state is desensitized, manipulating the emotional body, emerging terror as an inversion of fear as a protection mechanism.

Keywords:
Terror; Emotional body; Violence

Introducción

El miedo configura los espacios emocionales del régimen cívico-militar (RCM) chileno generado por una violencia social estructural que escala a la vida cotidiana. Si bien siendo funcional al poder no lo constituye (Korstanje, 2013), plantea la cuestión del orden, tema político por excelencia (Lechner, 2002, p. 98). Zizek sostiene que debemos resistirnos a la fascinación de la violencia subjetiva, de la violencia ejercida por los aparatos represivos y multitudes fanáticas, y que es preciso “historiar a fondo la historia de la noción de violencia objetiva, que adoptó una nueva forma con el capitalismo” (2009, p. 22, 57), pero se cree aquí que se debe analizar el capitalismo en cuanto particularidad específica en cada lugar, en cuanto producción de subjetividad individual y colectiva.

En este caso, se trata de observar las condiciones inmediatamente previas que posibilitaron el desarrollo del neoliberalismo, desde 1975, porque cada emoción, o conjunto de emociones, se desarrolla en un contexto específico (Elias, 1987, p. 528). Por ello, el “terror” estudiado debe ser precisado en su dinámica, en sus propias especificidades históricas, para determinar la “series de actos y estrategias” que promueven “deliberadamente el desencadenamiento de reacciones colectivas” que conducen a él (Escalante, 1990, p. 22, 74), en este trabajo, las líneas de estratificación o sedimentación de sus enunciados, que por medio de actualización, creatividad o parálisis configuran una regularidad emocional (Deleuze,1990, p. 158).

Lo anterior fue posible en Chile en el período estudiado (1973-1975) porque la represión política introdujo “una dimensión intolerable en las relaciones sociales: lo siniestro como una cualidad de la realidad política” (Lira, Castillo, 1991, p. 7-9). Pero también este miedo porta desarrollos emocionales anteriores y, por ello, en potencia de ser reinaugurados, en una constante interpretación de la realidad en cuanto régimen de poder que se vive en escalas de tiempo y espacio diferenciados por cada actor y comunidades emocionales.1 Se traducen así regímenes de dolor específicos (Timmermann, 2019), aprehendidos socialmente desde múltiples “desensibilizaciones”, “pactos denegativos” e “ideologías del sinsentido”, que transforman toda la identidad.

El miedo, entonces, se refunda una y otra vez. Aquí este proceso se verá en uno específico, crónico, por medio del cual un régimen autoritario captura las restantes emociones de significado sociopolítico, legitimando un disciplinamiento, diferenciado en cada grupo. Las palabras transportan y transforman el miedo, por lo que este se estudia historiográficamente principal, aunque no exclusivamente, en su producción discursiva, desde las élites que gobiernan o apoyan el RCM, en sus discursos oficiales,2 sustentado por trabajos especializados de psicología y sociología de las emociones, y análisis crítico del discurso, sincrónica y diacrónicamente. Se debe considerar que las emociones son productos sociales (Lechner, 2002, p. 139), “una suerte de material afectivo etiquetado y procesado por el lenguaje” (Peluffo, 2012, p. 176) que no puede diferenciarse de los niveles éticos, estéticos y políticos, pese a ser una “forma desterritorializada, fluctuante e impersonal de energía que circula a través de lo social sin someterse a normas ni reconocer fronteras” (Moraña, 2012, p. 320, 323; resaltado del original).

En un régimen autoritario particularmente controlador de espacios psíquicos, este es minimizado y es esta tensión, justamente, la que aquí se analiza, cómo el afecto pasa de la virtualidad propiamente emocional a ser-en-acto, en este caso político. Se piensa en este estudio que se produce una inversión del rol del miedo, su perversión en cuanto sistema de alarma destinado a evitar el dolor social, debida a una desensibilización del cuerpo emocional que posibilita el surgimiento de un tipo distinto de miedo, uno permanente, el terror, ante el cual no se tiene respuesta, salvo limitar el surgimiento de todo tiempo creativo de comienzos emocionales sociopolíticos. Justamente, este es el objetivo de este artículo, el análisis de este tránsito del miedo a terror y sus efectos sociopolíticos.

La dinámica del terror en el cuerpo emocional

El concepto de miedo proyectado surge de la investigación del régimen político y tiempo estudiado, siendo específico, el terror, una experiencia surgida de la interpretación de una vivencia, objeto o información como potencialmente peligroso, cuando su control o anulación es incierta, sin solución en el largo plazo, siendo su elemento central sentirse en una naturalizada situación traumática3 de inseguridad en el presente. Su desarrollo temporal transitará hacia la búsqueda de un contexto de seguridad para evitar vivir en incertidumbre (Delumeau, 2002, p. 81), siendo ella quien fija la estrategia en cuanto al riesgo y la crisis (Korstanje, 2013). Escala al cuerpo emocional por medio de la angustia, pues cuando ante un peligro la acción para neutralizarlo se inhibe, se genera un estado de “espera en tensión”, lo que “requiere de determinados neurotransmisores químicos, diversos glucocorticoides que generan reacciones vasomotoras, cardiovasculares y metabólicas”, teniendo como consecuencia situar en un estado de “incertidumbre” que “genera una creciente destrucción del sistema inmunológico” (Feierstein, 2012, p. 38). Así, el terror puede sostenerse en cuanto psicotecnología (Watson, 1982, p. 54-59), instrumentalizándose (Barros, 2005, p. 21, 33) al proyectar una imaginación funcional que lo origine (Baumann, 2007, p. 9-35).

El proceso del miedo está lejos de ser lógico, vertical u horizontalmente, en su análisis temporal (Portelli, 1989, p. 25-28). Su legitimación racional puede instalar en el cuerpo emocional otros miedos y dolores para concretarla. Es lo que ocurre con la desensibilización, que se genera debido al “sometimiento permanente a un estímulo doloroso, ante el cual no hay posibilidad de acción (inviabilidad de la evitación-huida o la confrontación)”. La respuesta adaptativa es “el apaciguamiento del conjunto de transmisiones sinápticas vinculadas al dolor”, lo que opera contrario a su rol central, cual es constituir un sistema de alerta para la acción, pues, desde entonces, todo el sistema nervioso de comunicación del dolor se va deprimiendo.

Para la formación del terror mencionado, se requiere vivir una experiencia prolongada de miedo sin posibilidad de dispensa de él. Ello opera, en cuanto formación de una memoria de largo plazo, por medio de la repetición en un régimen autoritario de acciones sociopolíticas limitadas para realizar los fines deseados, y obtener cierta estabilidad y permanencia en los procesos de construcción de identidad, arribando con ello en lo posible a una situación de seguridad. Se genera “una respuesta adaptativa lógica a un ejercicio de sufrimiento prolongado y extremo”, “una progresiva y creciente desensibilización general”, completada, en cuanto fenómeno transubjetivo, con el “pacto denegativo”. Este establece “el acuerdo inconsciente a nivel social en la exclusión de toda referencia al suceso traumático”, y “un consenso nunca formulado en la reproducción de la represión”, “colectivizando aquello que no puede ni debe ser formulado y acallando a los sujetos que intentan hacerlo aparecer”. No es un proceso que surja de una conspiración o conscientemente sino a partir de modalidades narrativas que se van articulando, instaurándose “una falta de sentido ante la imposibilidad de enfrentar lo traumático”, una “ideología del sinsentido” que “ausenta la estructuración de la propia identidad, con el cinismo, nihilismo, la sátira o la burla” (Feierstain, 2012, p. 34-81).

En escala sociohistórica, el miedo puede transitar desde una subjetividad a una intersubjetividad, a una comunidad emocional, ya sea en una élite reducida o hacia una masificación mayor. La experiencia es traumática, contexto en que “el sujeto ni vive ni experimenta solo ninguna situación”, sino que “tanto la vivencia como la sensación que esta produce se dan en el contexto de la relación significativa con otros. La vergüenza, el dolor, el terror se sienten en función de otro” (Feierstein, 2012, p. 76) y el Yo pierde la posibilidad de reconocer índices según los cuales discriminar jerarquizadamente un peligro. Se confunde la realidad interna y externa “cuando se intenta detectar si el ataque es imaginado o real”, debilitándose “la autonomía personal y la autoconfianza”, buscándose siempre “claves, indicaciones u orientaciones” para ser “clasificado en público y no tener problemas”, devaluándose la vida humana.4 Entonces, el miedo “ha dejado de ser una reacción natural que protege al sujeto” (Codepu, 1989, p. 81, 86).

Una base emocional ya existente del proceso anterior es el “miedo derivativo”, “una especie de temor de segundo grado, un miedo reciclado social y culturalmente”, un sedimento de una experiencia pasada de confrontación directa con la amenaza de la que se sobrevive. Se convierte “en un factor importante de conformación de la conducta humana, aun cuando ya no exista amenaza directa alguna para la vida o la integridad de la persona”, estableciéndose el sentimiento de ser susceptible al peligro, una sensación de inseguridad y de vulnerabilidad, por lo que este miedo adquiere capacidad autopropulsora, pues puede interpretarse separado de los peligros realmente responsables de la presunción de inseguridad (Bauman, 2007, p. 11, 12).

Para la élite civil y militar que apoyó al RCM, y que posiblemente experimentó como traumático el período 1965-1973, el procesamiento del miedo es distinto, pues depende del desarrollo del contexto de seguridad que ellos establecen en función de sus miedos derivativos en una situación de hegemonía donde no padecen la brutal violencia desplegada. El principal miedo derivativo que refundan procede del imaginario de la Guerra Fría que EEUU impone desde la década del 1960, que recoge las ideas de postguerra de George Kennan (Lewis, 1989, p. 39-68), y del “enemigo interno” establecido por Paul Nitze en el National Security Council 68 en abril de 1950, poco antes de la Guerra de Corea, y, especialmente, de la política de contención de Kennedy de la revolución izquierdista en el mundo y la promulgación del memorándum n. 124 de Seguridad Nacional que iniciaba la “era de la contrainsurgencia”, con el documento US Overseas Internal Defense Policy (Maechling, 1990, p. 33-44).

Ello se tradujo en acciones de sistematizada producción de miedo en Chile que por años permeó a la derecha, pero no sólo a ella. El informe Intelligence Activities expone que la acción encubierta de los Estados Unidos en Chile entre 1963 y 1973 fue “extensa y continuada”, siendo el objetivo “de impacto político”, usando “desinformación” y “propaganda negra”. Por ejemplo, el 25 de marzo de 1970 se aprobó “una propuesta conjunta Embajada/CIA”, recomendando que las operaciones de “ruina-propaganda y otras actividades” se llevaran a cabo “para impedir la victoria electoral de Allende” (Senado de los Estados Unidos, 1975). También el Partido Comunista generó producción de miedo que influyó a los futuros partidarios del RCM. Ulianova y Fediakova han señalado que existió “un vínculo orgánico, permanente y regular entre el PC chileno y el soviético desde mediados de los años 50 hasta el fin del período analizado” [1973]. Sostienen que este “ha sido un factor de importancia en la política interna chilena” porque les permitía “tener una presencia política más relevante”, fomentando entre sus militantes “la percepción mítica de pertenencia al movimiento global” (Ulianova, Fediakova, 1998, p. 145-146), e instalar sus propios miedos, contribuyendo a visualizar un objeto de inseguridad en la arena local para las élites civiles y militares. Para Fermandois, en la Unidad Popular, “la pugna marxismo/antimarxismo […] comprendió la totalidad del sistema político chileno” (2014, p. 259).

La producción de terror

La transformación, fortalecimiento u origen de los miedos derivativos de las élites civiles que apoyan al RCM sustentan el ejercicio de la violencia, primero con objetivos militares y, luego, de refundación sociopolítica. El miedo se produce técnicamente, entre otras formas, por medio de tecnologías comunicacionales y discursivas propias de la guerra psicológica.

La tradición portaliana conservadora

El desarrollo de los miedos discursivos es condicionado por la presencia de elementos trascendentes, como la “concepción cristiana”, la patria, el nacionalismo. Aquí se referirá la denominada “inspiración portaliana”. Abarca estos elementos y permite percibir cómo opera la refundación en el terror de un miedo derivativo en la derecha política y la forma en que sensibiliza y legitima en términos religiosos un objeto del miedo. Le atribuye el carácter de “maldad”, hecho de suma importancia, porque si lo que tememos es “malo” y ello produce temor, la liberación de un miedo semejante al operar en la historia se puede vivenciar con un sentido de cruzada, que es lo que ocurre en el caso en estudio.

La “inspiración portaliana” tenía un amplio recorrido en su uso, al menos desde la década de 1960, pues el Partido Nacional representó el primer intento de formular un proyecto recurriendo al referente histórico de los gobiernos conservadores de principios del siglo pasado, invocándose el orden frente al desorden, la sustitución de la política por la técnica, la defensa de la iniciativa privada, limitada por el Estado, y la política nacional, fragmentada por la competencia de intereses del Estado de negociación (Vergara, 1985, p. 26, 27).

Años antes del golpe cívico-militar (GCM), Pinochet en su libro Geopolítica había sostenido que un ejemplo a seguir es el gobierno de Diego Portales, “sin duda, la primera contribución al desarrollo e importancia de Chile dentro de los países Sudamericanos” (Pinochet, 1968, p. 164-165). A fines de 1973 se designa bajo el nombre de Diego Portales al edificio donde opera la Junta de Gobierno y Jaime Guzmán, el principal asesor de Pinochet, afirma que hay que proyectar a la Junta de Gobierno hacia una nueva etapa histórica, como la que significó el fenómeno portaliano (Rojas, 1998, p. 81-82).

La Junta afirma que “sigue la inspiración portaliana que hizo grande a nuestra patria: pasión por el servicio público, autoridad inflexible e imparcial, amor al orden y a la eficiencia, integración de la nacionalidad desde el Gobierno a través de la superación de los ideologismos excesivos y de las banderías partidarias” (Bulnes, 1975, p. 249). En “Realidad y destino de Chile”, discurso del 11 de octubre de 1973, su portada muestra la figura de Diego Portales (Pinochet, 1973).

En la Declaración de principios se realizan precisiones que enmarcan el ejercicio del poder según la “inspiración portaliana”, que es proyectada en cuanto disciplinamiento político y moral en el ejercicio del poder. La amenaza política “sanción drástica” que se ejercerá figura directamente en la sistematización del poder planteada (Junta de Gobierno, 1974, p. 23).

En el Objetivo nacional se sostiene que existe una “concepción portaliana” cuyo centro es “preservar las bases de un Estado nacionalista libertario frente a quienes pretenden socavarlas” (Gobierno de Chile, 1975, p. 9). Al vincular la amenaza política del uso de la fuerza con la “inspiración portaliana” se introduce, por una parte, estabilidad en el proyecto que el RCM plantea, y, por otra, se impone un sentimiento global de inseguridad para quienes disienten de ello. Pero además también la producción de miedo discursivo procura prolongar en la élite, especialmente de derecha, el anticomunismo de su miedo derivativo, que encuentra en ello una salida a su padecimiento. Así, el necesario disciplinamiento político posee una eficacia más amplia, pues toca a gobernantes y gobernados.

El “enemigo interno”

La salida del miedo padecido en torno al GCM se impone en las élites estudiadas como urgencia para recuperar el equilibrio y restablecer el orden. Para ello, la producción discursiva de miedo debe legitimar desde el primer día el ejercicio de la violencia y la destitución del presidente de la República, estableciendo la causa del padecimiento de la crisis que experimenta el país y determinando al culpable. Pero antes que la explicación se requiere el conjuro, la expiación colectiva o castigo ritual, siendo la culpa el asidero más inmediato del miedo, el último dispositivo de sentido, pues encuentra de inmediato sus víctimas a la mano (Escalante, 1990, p. 25-26).

Instalar un enemigo es hacerlo con la idea de que el acontecer es susceptible de experimentar un complot donde “el mecanismo psicológico y social” “se emparienta con el del exorcismo” pues “El Mal que se sufre - y más aún, tal vez, el que se teme - se encarna en lo sucesivo muy concretamente”, asumiendo “una forma, un rostro, un nombre” por lo que “expulsado del misterio, expuesto a plena luz y a la mirada de todos, por fin se lo puede denunciar, enfrentar y desafiar”. Esta percepción cumple una función social de importancia, “del orden de la explicación”, porque “no hay una sola de estas construcciones que no pueda interpretarse como una respuesta a una amenaza o […] una reacción casi instintiva” a la misma, por lo que poco importa la medida exacta de la realidad de esta (Girardet, 1996, p. 170-171).

El responsable principal, que se interpreta como objeto amenazante, es el marxismo, al que se culpa por la situación de crisis que experimenta el país. El Acta rechaza su “intromisión” y en el Bando n. 5, en sus diez primeros puntos, se expone al mencionar los efectos negativos del gobierno de la Unidad Popular, concluyendo que están en peligro la seguridad interna y externa del país, que se arriesga la subsistencia del Estado independiente y de los altos de intereses de la República y de su Pueblo Soberano. La inseguridad que generó el gobierno de la Unidad Popular es enfatizada de diversas formas con cierto detalle (Junta de Gobierno y Carabineros de Chile, 1980). Como propaganda política, mayormente dirigida a los militares, desde fines de 1973, la prensa, refiriéndose a los Consejos de Guerra, “intenta proyectar a la opinión pública nacional la idea de que los adherentes de la Unidad Popular eran enemigos de la nación” (Frühling, 1982, p. 16-17, 23; resaltado del original).

Se construye con ello discursivamente un “enemigo interno”, el polo negativo sobre el que girará la construcción de inseguridades, siendo esta noción fundamental, porque al circunscribir el peligro “el temor se vuelve controlable” (Lechner, 1988, p. 96).

Pero, en medio de la extrema violencia que lo anterior legitima, la seguridad lograda es aparente. Es el fin de la política y el inicio de otro tipo de seguridad y de inseguridad, ambas impredecibles y arbitrarias, originadas desde el Estado. Esta tensión entre una realidad de violencia y un discurso dispensador de miedo no será nunca plenamente resuelta en el RCM. Sin embargo, quien despeja dudas emocionales, imponiendo hegemónicamente el miedo y luego el terror, desde un comienzo, es el poder militar concreto que la Junta exterioriza en un dominio militar imposible de ser resistido. Desde allí opera la legitimidad factual, pues esta no tiene significado como atributo de un poder si este no es efectivo. Esta cualidad puede muy bien ganarse cierta legitimidad porque puede construirse un sentido (Escalante, 1990, p. 56).

En términos del proceso del miedo, ello impone, en función de este objeto, una proyección temporal casi irreversible, en el mediano plazo, para liberarse de él. La posición de poder de la Junta ya es resaltada en los primeros documentos, redactados el día 11 y 12 de septiembre, respectivamente (Barros, 2005, p. 107). El Acta establece que el poder de la “Junta” consiste en “asumir” “el Mando Supremo de la Nación”, que se “designa” al “General de Ejército don Augusto Pinochet Ugarte como Presidente de la Junta”. No menciona un plazo ni una forma de operar, definiendo “poco el alcance y las atribuciones del nuevo gobierno” (Barros, 2005, p. 68-69), proyectándola indirectamente como una amenaza.

El inicio del terror

¿En cuánto tiempo se genera el terror? Depende de la cultura y experiencias específicas de cada individuo y comunidades emocionales. Este terror es producido sistemáticamente desde el Estado, sin embargo, las experiencias iniciales del padecimiento de la violencia desplegada por el GCM parecieron no generarlo en la población, de acuerdo a las fuentes de guerra psicológica, los informes que las Fuerzas Armadas disponían provenientes del equipo de Thuane Scaff (Escalante, 2002, p. 7; Ibáñez, 2021a, 2021b), porque disponían de matrices ideológicas afines a la Unidad Popular y a otras ideologías en diverso grado y de arraigos comunitarios que no fueron permeados, y se pensaba que las acciones de los militares eran pasajeras, que estos retornarían a sus cuarteles. Por ejemplo, el padre Sebastián Gumucio sostuvo que “en esa época nunca pensé que pudiera haber una dictadura tan larga como la que tuvimos […] Yo tenía la esperanza de que esto durara poco, que sería un show de unos días […] la verdad es que la esperanza se fue acabando rápidamente” (Venegas, Moreno, 2004, p. 4).

Solo cuando era evidente que permanecerían en el poder, que la violencia lejos de disminuir aumentaba, que la prensa y la propaganda evidenciaban la proyección política de una ideología distinta y diametralmente contraria a la del proyecto de la Unidad Popular o a la democracia liberal, cuando a la violencia se sumó sin señales de mejoría la miseria económica del régimen, entonces posiblemente los iniciales miedos a la acción de las Fuerzas Armadas y de Orden escalaron a percepciones más amplias de sus alcances. Ello, porque afectaron la propia identidad ideológica y los espacios cotidianos donde las dispensas o salidas de los nuevos miedos que se padecían tenían posibilidades parciales de ser concretadas.

Es el miedo a la muerte física y social y a la pérdida de la propia identidad lo que comenzó a establecer el miedo permanente. La esperanza de una construcción comunitaria del espacio político se fue alejando. Se habían suprimido los canales de movilización que permitían el acceso al Estado de las demandas políticas y organización de las clases subordinadas, declarándose disueltos o ilícitos los partidos políticos que integraron la Unidad Popular, cancelando la personalidad jurídica de la Central Única de Trabajadores, modificando el mecanismo para elegir las directivas de los sindicatos, colegios profesionales, juntas de vecinos y centros de alumnos de las universidades, imponiéndose un contexto de incertidumbre (Frühling, 1982, p. 23, 26). Ello se desarrolló desde el segundo semestre de 1974, o poco antes. Las élites militares y de derecha, por su parte, al comenzar a generar estos miedos, establecen los límites en que los propios encuentran salida, originándose un círculo del miedo del que no pueden salir. Definitivamente, los elementos de inseguridad existentes, en cuanto a sus objetos, se habían modificado, así como las pautas para su interpretación.

Las condiciones para que se produzca el terror han madurado. El RCM debe modificar la imagen que de él se ha formado la opinión pública por su ejercicio de la fuerza, carente de una legitimación concreta. La muerte de Allende y el bombardeo de La Moneda generan animadversión de una parte importante de la población. La sistemática propaganda para menoscabar a la Unidad Popular había logrado una importante justificación al respecto, pero era necesaria una proyección más concreta hacia el futuro de lo ocurrido. Las acciones de “guerra” eran ya injustificables. Sus efectos perturbaban otros desarrollos, especialmente el diplomático y económico, pues el tema del atropello de los derechos humanos generaba consecuencias que aislaban internacionalmente al país, privándolo de recursos.

Además, los militares no podían gobernar solos. Había áreas en que requerían de los civiles. Ya venían trabajando con ellos y también era importante que estos conocieran hacia donde se caminaba luego de superada la natural improvisación al instalar un régimen radicalmente distinto. Se requería, al menos, una percepción más sistematizada. Las élites civiles aún estaban inmersas en una mirada vívida de cuanto aconteció en el gobierno de la Unidad Popular y ello debía ser aprovechado, teniendo en cuenta que la legitimidad en y por sí misma puede ser asociada con muchas formas de organización política, inclusive las opresivas, siendo, por tanto, valorativa (Lipset, 1977, p. 57).

Es en esos momentos que el gobierno da a conocer un documento que impone una sistematización completa de un modelo de sociedad. Constituye también una operación discursiva de producción de miedo, una operación psicológica, en que interviene la Dirección de Relaciones Humanas de la Secretaría General de Gobierno (Salazar, 2007, p. 105). Es la Declaración de principios de la Junta de Gobierno.

La cercana maldad

Una idea central presente para producir miedo es la percepción de que el mundo está en crisis, por cuanto instala una inseguridad extrema ante la dificultad de estructurar a corto plazo una salida, generando la tendencia inmediata a la búsqueda de amparo. Se proyecta la existencia de una amenaza distinta, menos tangible factualmente, pero con más presencia psicológica. Ese traslado de los objetos del miedo, en cuando a su lugar de existencia, es el que concreta la Declaración de principios. Para la construcción futura de una ideología del sinsentido será de primera importancia.

Se afirma allí que el espacio social es “diverso” y posee “valores y formas de vida” que “están en tela de juicio” “en los momentos en que una profunda crisis conmueve al mundo”. Se caracteriza esta crisis del mundo describiendo brevemente la situación económica mundial expresando que “millones de seres humanos” se “debaten en la pobreza, cuando no en la miseria” y que ellos son “un importante sector de la humanidad” denominado “subdesarrollado o en vías de desarrollo”, agregando que Chile “integra el grupo anterior”, “aunque no en sus peores grados”.

Se divide el contexto externo al país en “dos tipos antagónicos de sociedades”, “las sociedades llamadas socialistas e inspiradas en el marxismo leninismo” y “las naciones más avanzadas de Occidente”, con su “desarrollo económico compatible con la justicia social y libertad política”. Serían para Chile “modelos posibles hacia los cuales encaminarnos, con el objeto de superar la situación descrita”. Pero ambos son rechazados, aunque con distintos énfasis. La “sociedad de inspiración marxista” lo es por “su carácter totalitario y anulador de la persona humana”, pues ello “contradice nuestra tradición cristiana e hispánica”, porque “la experiencia demuestra” que este sistema “no engendra bienestar” “porque su carácter socialista y estatista no es apto para un adecuado desarrollo económico”. Las “sociedades desarrolladas de Occidente” son rechazadas por su “materialismo que ahoga y esclaviza espiritualmente al hombre” y por “la exitosa penetración que el marxismo ha alcanzado en estas democracias”, “seriamente debilitadas como lo hemos podido palpar a raíz del movimiento del 11 de septiembre” (Junta de Gobierno, 1974, p. 9-10).

Este miedo se concreta en las imágenes del extranjero y del enemigo. El primero, “por su condición de desconocido para el sentido común, se convierte en una categoría que puede rellenarse de los temores más variados […]. Su presencia refuerza la identidad colectiva en crisis a causa de la decadencia de los valores. La distancia y la separación del enemigo sirve para valorar los dos lados del mundo: el nuestro - cercano, interno, benéfico, protagonista - y el suyo - lejano, externo, maléfico, antagonista” (Mongardini, 2007, p. 64-66).

Es justamente lo que realiza la Declaración de principios al describir un mundo en crisis e identificar a los culpables de ello, el marxismo, que se constituye en el objeto más concreto del miedo, después de la muerte. Es el enemigo interno de la Doctrina de Seguridad Nacional, responsable de todos los males que aquejan a Chile. Para Jaime Guzmán, su principal redactor, el comunismo “no es un simple error, sino la suma diabólica de todos los errores de la historia, acaso el grado final en la expresión del mal moral en la historia de la humanidad” (Riquelme, 2009, p. 111). De esta forma se refunda el miedo derivativo en la prensa, en la radio, en la televisión, lo que se acentúa si el receptor circula en ambientes cerrados de comunidades emocionales como las Fuerzas Armadas - donde las ideas provenientes del prusianismo y de la Doctrina de Seguridad Nacional y guerra contrasubversiva, y del integrismo católico en la Marina, imponen interpretaciones directamente vinculadas a él - o la derecha, por sus ideas conservadoras y nacionalistas. Ello es proyectado hacia el futuro, reforzando la legitimidad del GCM y del poder que la Junta ejerce, pues, se afirma, “nuestra Patria ha decidido combatir frontalmente en contra del comunismo internacional y la ideología marxista” (Junta de Gobierno, 1974, p. 27).

Así, el miedo puede visualizarse no en función de un elemento cercano, como es el gobierno de la Unidad Popular, ya inexistente, sino de uno lejano, el marxismo soviético, susceptible de ser materializado hacia el pasado, presente y futuro, vinculándolo al gobierno de Allende por los efectos económicos que se experimentan por su anterior política; por supuestos actos terroristas que la policía secreta, la DINA, prepara, atribuidos a grupos o partidarios de la Unidad Popular; por la presencia supuesta o real de socialistas o marxistas en el Estado, Iglesia, oposición, etc.; o por las operaciones represivas, las torturas y desapariciones, que instalan un enemigo interno que, si bien está siendo castigado, sin embargo aún existe.

De esta forma este miedo puede mantenerse constante en el tiempo. El miedo a la crisis del mundo pervive y se acentúa el necesario disciplinamiento político, fortaleciéndose la construcción del pacto denegativo apropiado, preparando la construcción de una ideología del sinsentido, pues pese a que orden, caos, patria, futuro, terrorismo, política, marxismo, democracia etc., “son conceptos complejos y ambiguos, dependiendo su significado del contexto en que se insertan […] El gobierno toma estas palabras y se apropia de ellas absolutizándolas, fijándoles un sentido único [el de la crisis experimentada] como si solamente este pudiera ser el legítimo y verdadero”. Además, “el discurso [del RCM] al hacerse cotidiano, va insensibilizando a quienes lo escuchan. A la sensación de impotencia inicial […] le sigue la apatía” pero su reiteración “tiene, sin embargo, el poder de recordar a quien lo escucha la presencia del mundo que está por detrás de esas palabras […] irracional, caracterizado por un poder que se usa sin restricciones, para doblegar al disidente hacia la voluntad del gobernante” y, “aunque insensibilice, recuerda permanentemente la inseguridad en que se vive” (Munizaga, 1988, p. 9, 17). Ante ello, la Junta de Gobierno y las Fuerzas Armadas y de Orden proporcionan el amparo ante estos miedos padecidos, los únicos visibles y aceptados, los únicos accesibles. Ello resta toda posibilidad al desarrollo de una autonomía política y fortalece la dependencia de quien ofrece dispensar ese sufrimiento.

Soy el miedo

Pero ocurre algo más: el miedo escala en su estructura de salida, pues cuando se clarifica quién es el enemigo, “El temor deviene en hábito, reflejo de lo social invertido que lo refrenda por su negación”. “El miedo se revierte” y el Otro “aparece en uno mismo”. Este límite que se ha generado, “corta al revés” (Escalante, 1990, p. 26-27), debido a que la violencia se ejerce con el apoyo de parte de la ciudadanía, otorgándole otra legitimación y ampliación, también de consecuencias políticas, influyendo en el pacto denegativo que se gesta.

Se experimenta un cambio para “aceptar” lo que está sucediendo. Todorov dice que los individuos en semejante situación creen “haber encontrado una especie de barrera” porque deciden no someter “más que” su comportamiento externo, gestos y palabras en lugares públicos y se consuelan creyendo seguir siendo dueños de su conciencia y fieles a sí mismos en su vida íntima”, “esquizofrenia social” que se convierte, por tanto, en una arma en manos del poder utilizada para “adormecer la conciencia de los súbditos, para asegurarlos, para hacerles subestimar la gravedad de lo que hacen en público”, ello porque “manteniéndose dueño de su fuero interior, el sujeto no es ya tan escrupuloso de lo que realiza fuera” (Todorov, 1993, p. 137-138). Gabriel Valdés, a inicios de 1975, viaja a Chile desde Estados Unidos, después de una larga ausencia, expresando que “la gran mayoría de la gente continuaba sumida en una sorprendente ignorancia respecto a lo que sucedía, estaban como hipnotizados” (Subercaseaux, 1999, p. 180).

El miedo y la “sanción drástica” son los elementos centrales que deben ser aceptados en la vida cotidiana. No se trató, entonces, de “saber” qué estaba pasando, sino de incorporarlo a la memoria personal como algo “normal” contra lo que no se debía reaccionar. Este paso, percibido como “normalidad” en un medio donde imperaba el silencio más absoluto respecto a cualquier disidencia, se facilitaba al estar incorporados los hechos a una necesaria lógica donde quien padecía los horrores era un “victimario” de Chile, un responsable del “caos” en que se estaba, no una “víctima” del sistema. Todo parece confluir psicológicamente para la generación del terror, pues las características de esta segunda fase represiva tienen como objetivo central “mantener la ficción de que se ha vuelto a la normalidad, pero manteniendo la advertencia para aquellos que osan traspasar los límites de los permitido” (Frühling, 1982, p. 56).

Por eso en la Declaración de principios la palabra “Seguridad Nacional” no se olvida. Es mencionada dos veces y es percibida como una “parte vital de un Desarrollo Global Nacional, amplia e integralmente concebido”. Se incluye junto a la “Planificación del Desarrollo” y espera que ambas “superen” su “tradicional falta de coordinación”. La segunda vez que aparece el término precisa que es un “papel” que corresponde a las Fuerzas Armadas y de Orden y que cuando esta entregue el poder político “a quienes el pueblo elija”, esta función debe ser considerada en la Constitución (Junta de Gobierno, 1974, p. 23, 29). Así, a las Fuerzas Armadas se les concede un espacio de poder central en el país. Sin embargo, las funciones propias de la “Seguridad Nacional” nunca son explicitadas, lo que les otorga una amplia libertad en la formulación de sus objetivos y métodos. Sobre todo, despliegan por su intermedio amenaza política, lo que acelera y confirma el nacimiento del terror.

Consideraciones finales

En forma diferenciada para cada comunidad emocional, hacia 1974, la producción de sentido y la transformación de la identidad confluyen para generar un nuevo tipo de miedo, el terror. Con relativa rapidez, sus diversas macroformas textuales escalan al cuerpo emocional. La “crisis del mundo” comienza a generar una desensibilización y el necesario pacto denegativo cuyo centro es la concepción política. Esta racionalización significa simplificación, prevención, control social, organización, burocracia, marginación de la libertad y de la creatividad y finalmente militarización de la sociedad. Se ha llegado a establecer una ideología del sin sentido. Para reducir el miedo se acaba saliendo de la historia y creando un clima de asedio del miedo, un punto intermedio entre “deos” (miedo controlado) y “fobos” (miedo descontrolado) (Domínguez, 2003) en el que el terror sitúa a las élites estudiadas y, fundamentalmente, a la restante población, siempre en grados variables, en un antagonismo doloroso entre la parálisis y la huida, en un eterno retorno, un cerco circular que permite variar las intensidades del miedo de acuerdo a las necesidades contextuales del ejercicio del poder, porque, finalmente, el Estado cívico-militar terrorista quiere “empujar a la sociedad hacia el vértigo”, siempre por medio de la intimidación, pero no aniquilarla, apuntando a la estabilización, ante una amenaza que se percibe incontrolable de otra forma (Escalante, 1990, p. 150). Este consenso emocional perverso que se genera, que opera en planos no conscientes mayormente para gobernantes y gobernados, es el sino del terror estudiado. Permite, además, diferenciar escalas de tiempo del Estado militar en desarrollo, la propia de 1973, inmersa en el GCM, y la posterior, con pretensiones fundacionales, el RCM mismo. Allí se genera el primer experimento neoliberal, desde 1975.

Agradecimentos. aos avaliadores Fabiana de Souza Fredrigo e Rafael Araújo por seus pareceres para este artigo

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  • 1
    Son grupos, no siempre sociales, con sus propios valores particulares, modos de sentir, maneras de expresar sentimientos, muchas en cercanía práctica a otras comunidades emocionales o de existencia marginal. No son limitadas y las mayores pueden incluir - o no hacerlo - subcomunidades emocionales distintas o contrarias (Rosenwein, 2006, p. 3).
  • 2
    Principalmente son el Decreto Ley n. 1, titulado Acta de constitución de la Junta de Gobierno, publicado el 18 de septiembre de 1973 (en adelante, Acta); el Bando n. 5, del 11 de septiembre de 1973 (en adelante, Bando); “Realidad y destino de Chile”, del 11 de octubre de 1973; la Declaración de principios de la Junta de Gobierno, del 11 de marzo, 1974 (en adelante, Declaración de principios); el Objetivo nacional, del 23 diciembre de 1975.
  • 3
    Esta altera el funcionamiento cotidiano de la coherencia identitaria del yo, quedando un registro no narrativo (Feierstain, 2012, p. 70-77), y “adviene” “un cierto adormecimiento, una cierta insensibilidad como si los receptáculos del sufrimiento se hubiesen vuelto inadecuados a la verdadera naturaleza y las proporciones de ese sufrimiento” (Ankersmit, 2008, p. 169; resaltado del original).
  • 4
    Citado por Janine Puget (Lira, Castillo, 1991, p. 8, 29-30).

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    22 Nov 2024
  • Fecha del número
    2024

Histórico

  • Recibido
    19 Jul 2023
  • Acepto
    08 Mayo 2024
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