Open-access Lugares de memoria desde la perspectiva de la historia del tiempo presente y los pasados traumáticos: apuntes para su estudio desde América Latina

Sites of memory from the perspective of contemporary history and traumatic pasts: notes for their study from Latin America

Resumen:

El concepto lieux de mémoire, elaborado por el historiador francés Pierre Nora, ha sido ampliamente exportado hacia otras latitudes a escala global. De la mano de la conocida globalización de la memoria, su progresiva incorporación en el campo de los estudios de memoria en Latinoamérica ha sido un éxito. Sin embargo, desde entonces, su pertinencia ha sido poco examinada en profundidad. Este artículo reflexiona sobre dicha vacancia, volviendo sobre la complejidad de la no­ción para encauzar su uso desde la perspectiva de la historia del tiempo presente. Para ello, y a través de algunos casos representativos situados en Argentina, se proponen lineamientos teórico-metodológicos a partir del cruce de los aportes de la corriente histórica original y aquella que estudia los pasados de carácter traumático. Así, se espera contribuir a un conocimiento más preciso de los sentidos atribuidos a los lugares de memoria en nuestras latitudes.

Palabras clave:
Lugares de memoria; Historia del tiempo presente; Pasados traumáticos

Abstract:

The concept of lieux de mémoire, developed by the French historian Pierre Nora, has been widely exported to other latitudes on a global scale. In line with the well-known globalization of memory, its progressive incorporation into the field of memory studies in Latin America has been a success. Since then, however, its relevance has been little examined in depth. This article reflects on this gap, returning to the complexity of the notion in order to channel its use from the perspective of the history of the present time. To this end, and through some representative cases located in Argentina, theoretical and methodological guidelines are proposed based on the crossing of the contributions of the original historical current and that which studies traumatic pasts. In this way, it is hoped to contribute to a more precise knowledge of the meanings attributed to sites of memory in our latitudes.

Keywords:
Sites of memory; History of the present time; Traumatic pasts

Introducción

Desde las últimas décadas del siglo XX y hasta el presente, la espacialización de la memoria ocupa un lugar central en los procesos de reconstrucción del pasado de numerosos países a escala global. Sin lugar a dudas, sobre este tópico somos deudoras/es del sociólogo francés Maurice Halbwachs y su teorización sobre el vínculo entre la memoria colectiva, el espacio social y los lugares materiales y simbólicos. Sin embargo, desde mediados de los años 1980, la noción que funcionó como paradigma de la “metáfora espacial” en los estudios de la memoria es la de lieux de mémoire del historiador francés Pierre Nora (Gensburger, 2008, p. 21). Para comenzar a comprender la fortuna de su obra, resulta ineludible reparar aquí en el fenómeno ampliamente reconocido del boom de la memoria. Una pulsión memorialista que, fundamentalmente desde Europa y Estados Unidos, dio origen al surgimiento de la memoria como fenómeno político y cultural (Huyssen, 2002).

El culto y la obsesión por la memoria (Todorov, 2000) se activaron rápidamente a escala global. Por ello, el historiador francés Henry Rousso (2015, 2018c, 2020) sostiene la idea de una globalización de la memoria, que implica que el término memoria excede su consideración de proceso psicológico de rememoración y de proceso social de transmisión del pasado, para ser comprendido como una “visión de mundo” (Rousso, 2018c, p. 9). Pues, a pesar de la diversidad de herencias históricas y de contextos políticos y culturales, se puede observar a gran escala el cambio estructural de la relación con el pasado. La memoria se ha convertido en un “valor supremo” (Rousso, 2020, p. 171), un valor cardinal de nuestro tiempo que nos empuja a actuar retroactivamente sobre la historia para revisarla en función de los principios que sustentan nuestro presente. Esta “edad de la memoria” (Rousso, 2018a, p. 241) significó la apertura de un tiempo y un espacio público mundial en el que ya “todo episodio de la historia humana” puede ser objeto de revisión, reivindicación o política de memoria (Rousso, 2015, p. 10).

La obra Lieux de mémoire de Pierre Nora, emergió en - y es síntoma de - esta coyuntura de cambio de régimen de historicidad hacia el presentismo (Hartog, 2009) con base en la propia preocupación del autor por este fenómeno que observó con profundidad en Francia. La “supremacía del presente” (Nora, 2006, p. 21) revela la particular sensibilidad al tiempo presente de nuestras sociedades contemporáneas. Además, ha derivado en debates de orden epistemológico dentro del campo de la historia y en la conformación de la corriente historiográfica de la memoria. Pierre Nora, como historiador contemporáneo a estos grandes cambios, intentó dar respuestas al “problema de la memoria” (Nora, 2018, p. 6). Su estudio de la memoria por medio de los lugares lo llevó a la compleja definición del concepto operatorio lieux de mémoire, que terminó por exportarse al mundo en esta oleada memorial.

¿Cómo se encarna espacialmente la memoria? Fue un interrogante que muchos(as) investigadores(as) se plantearon para pensar la gestión y transmisión del pasado. Y la obra de Nora ciertamente ha brindado herramientas que orientaron muchas de las respuestas. El interés académico por esta noción en los países latinoamericanos, especialmente del Cono Sur, obedeció de manera general a la imperante búsqueda de respuestas sobre cómo abordar e interpretar los pasados recientes de dictaduras militares y violencia política. De modo que el concepto quedó en esta región fuertemente asociado a las memorias de eventos altamente conflictivos, violentos y de carácter traumático, que se desarrollaron a través de importantes disputas en la esfera pública. Esta realidad difiere notablemente del contexto francés que dio origen a la noción, y las reflexiones que esto merece, como advirtió de manera pionera la historiadora mexicana Eugenia Allier-Montaño (2008a; 2008b), han sido escasas.

Organizado en solo dos grandes apartados, este trabajo se propone, en primer lugar, examinar en detalle las condiciones de emergencia de los lieux de mémoire en su contexto, para luego reflexionar sobre su exitosa exportación. En segundo lugar, se revisarán los principales aportes de la noción a los estudios sobre la espacialización de la memoria en América Latina para dar cuenta de la vacancia mencionada, pero también de los aportes originales que la misma inspiró. Finalmente, se propone repensar la noción original en tanto método para una historia de la memoria, pero a la luz de la historia del tiempo presente y de la corriente de estudio que se ocupa de los pasados traumáticos, elaborada- entre otros - por Henry Rousso. Se considera que el entrecruzamiento de ambas corrientes posibilita elaborar una metodología más precisa para la región latinoamericana a través de los lugares.1 Para ello se tomarán como ejemplos algunos casos situados en Argentina. El trabajo pretende contribuir a la continuidad del desarrollo de los estudios sobre la inscripción espacial de las memorias en América Latina.

Los lieux de mémoire en su contexto de origen

La obra de Pierre Nora y sus colaboradores - un total de tres tomos de cinco volúmenes La République, La Nation y Les France - publicada entre 1984 y 1992, traza un recorrido sinuoso entre la memoria colectiva, la identidad, la historia y los tópicos de la nación, la república, el Estado y la sociedad francesa. Su objeto privilegiado de estudio han sido sus denominados lieux de mémoire. Nora, como historiador, no se preocupó por los acontecimientos en sí mismos, sino por sus representaciones, creencias, interpretaciones y los usos - o desusos - del pasado en el presente; he aquí una caracterización de la memoria: ni siquiera como recuerdo, sino como la “economía” y “administración general del pasado en el presente” (Nora, 1998, p. 25, 32). Como lo han señalado Ricoeur (2004) y Rousso (2018a), los Lieux de mémoire constituyen una historia de Francia en segundo grado.

El momento histórico en el que Nora reflexiona sobre el presente resulta crucial para comprender la emergencia del concepto. Si bien se sitúa particularmente en Francia, el autor nos habla de fenómenos más amplios que responden al aceleramiento de los modos de vida modernos: la mundialización, democratización, industrialización, urbanización, masificación, mediatización, los movimientos descolonizadores y las independencias de las nuevas naciones, entre otros (Nora, 2008, p. 19-20). Pero, particularmente en su país, el autor identifica la combinación de dos movimientos que van a explicar el estudio de los lieux: uno propiamente histórico y otro puramente historiográfico. Por un lado, acontece lo que define como el fin de las “sociedades-memorias”2 (aquellas en las que la Iglesia, la escuela, la familia o el Estado aseguraban su conservación y transmisión) y el fin de las “ideologías-memorias” (aquellas que aseguraban el pasaje regular de lo que había que retener del pasado hacia el futuro) (Nora, 2008, p. 20). Esto en Francia resultó un fenómeno realmente disruptivo, ya que puso en juego su propia tradición colectiva. En este país el papel de la historia estuvo sujeto a la formación de la nación. Y ese desarrollo nacional fue su medio de memoria privilegiado. Es decir, en Francia, la historia era el marco y el molde de la memoria colectiva. Por ello es que se explica que la historia y la memoria fueran solo una. Una “historia-memoria” cuya percepción del pasado “consistía en considerar que no había pasado verdaderamente” (Nora, 2008, p. 29, 30). Por su parte, la historia como ciencia, rectificaba esa tradición de memoria, y por más crítica que pretendiera ser, no hacía más que verificarla y profundizarla. Esa historia nacional era unitaria, homogénea en sus marcos, cronologías, jerarquías de acontecimientos y figuras consagradas; portadora del mito nacional, fue forjada con fines civiles y cívicos, fuertemente laica y obligatoria. A la par de esta historia nacional, había memorias de grupos, particulares, privadas, “experiencias mudas de la historia” que eran transmitidas por la familia, de aprendizaje individual y de proximidad, ligadas a tradiciones locales o regionales, religiosas, profesionales y consuetudinarias (Nora, 2008, p. 191). En este doble registro se fundaba la identidad colectiva de la nación: en un equilibrio del conjunto asegurado por el Estado y en las diversas modalidades de adhesión y compromiso a ese credo colectivo por parte de los individuos. Este doble registro, esta adecuación de la historia y la memoria es la que se desestabiliza.

El autor sitúa la crisis de la década del 1930 como el momento de inicio de esta ruptura, pero el desmoronamiento de la historia como mito portador del destino nacional sucedió en distintas etapas a lo largo del siglo XX: bajo los efectos divisorios de las guerras mundiales - prolongadas por la Guerra Fría y las guerras coloniales - y también producto del fin de la hegemonía europea sobre el mundo, el fin del monopolio de la idea de civilización y, más aún, de la segregación paulatina de nación y civilización. En este contexto, la historia dejó de ser habitada por un sujeto portador: “el par Estado-nación fue reemplazado progresivamente por el par Estado-sociedad” o, en otras palabras, la sociedad había sustituido a la nación (Nora, 2008, p. 23). Esa historia de Francia, que era su “tradición de memoria” (la nación-memoria), viró hacia “un saber de la sociedad sobre sí misma” (Nora, 2008, p. 23). En paralelo, la historia, ya como ciencia social, vuelta sobre sí misma de modo reflexivo, multiplicó su aproximación hacia esas memorias particulares que reclamaban su propia historia. En consecuencia, se alejó de la identificación nacional y perdió su vocación pedagógica de transmisión de valores. Por su parte, la memoria se desplazó “de lo histórico hacia lo psicológico, de lo social a lo individual, de lo transmisivo a lo subjetivo” y “de la repetición a la rememoración” (Nora, 2008, p. 29). Nora nos explica que esta aceleración histórica significó el incremento de la distancia entre la historia y la memoria, o bien, la ganancia de autonomía por parte de cada una. La memoria ha sido “arrastrada” por la historia, más precisamente por la toma de conciencia historiográfica que dio inicio a “la historia de la historia”: a la “historia-crítica” en reemplazo de la “historia-memoria” (Nora, 2008, p. 20, 22). La historia-crítica se vio obligada a “bloquear en ella lo que no es ella, descubriéndose víctima de la memoria y esforzándose por liberarse de esta”, explica el autor (Nora, 2008, p. 22). En realidad, es a partir de su desidentificación con la memoria, de ese distanciamiento, que la historia hará de ella su objeto de estudio. El fin de la tradición de memoria puso en escena, precisamente, el momento de los lieux.

Ahora bien, estas transformaciones tuvieron como efecto inmediato una nueva relación con el pasado. Si la historia - y el mito - nacional vinculaba estrechamente el futuro con el pasado, su disolución implicó que ese pasado ya no fuera la garantía del futuro. Esta es la razón principal que Nora señala para explicar el fenómeno de la memoria como “agente dinámico y única promesa de la continuidad. La solidaridad del pasado con el futuro fue sustituida por la solidaridad del presente con la memoria” (Nora, 2008, p. 192). De modo que la obsesión por la memoria parte de una ruptura, de una conciencia y un sentimiento de tal desarraigo con el pasado. Y ello converge con “el sentimiento de una memoria desgarrada, pero en el que el desgarramiento despierta suficiente memoria para que pueda plantearse el problema de su encarnación” (Nora, 2008, p. 19). Precisamente, lo que sostiene el historiador francés es que esa sociedad (la suya) arrancada a su memoria tradicional en virtud de la magnitud de los cambios contemporáneos, se ha obsesionado, por eso mismo, en comprenderse históricamente a sí misma (Nora, 2008, p. 32). Así es que surge el interés por estudiar dónde se encarna esa memoria que se está perdiendo.

Por un lado, Nora interpreta que la memoria, escindida de la historia, le reclama a esta los lugares para su cristalización y edificación. El recurso de los lieux de mémoire se basa, según el autor, en su función de restaurar esa memoria que desaparece de la convivencia y la espontaneidad en la que, anteriormente, Francia se relacionaba con el pasado en el presente. La memoria, entonces, necesita de restos, huellas, hitos, gestos, fechas, conmemoraciones, fiestas, archivos, museos, monumentos, personajes, entre tantas otras objetivaciones, para ser restituida. Desde la perspectiva de Nora, en este escenario de estallido, lo que se denomina “memoria” en realidad ya no lo es: “se habla tanto de memoria porque ya no hay memoria” (Nora, 2008, p. 19). Se trata de una memoria transformada en historia, no ya verdadera memoria. Si la memoria se viviera y habitara espontáneamente, no habría necesidad de crearle lugares. Los lugares son los referentes y soportes externos y tangibles de una memoria que solo existe a través de ellos. Por esto también el autor la denomina “memoria archivista”, porque en el archivo se delega - de manera obsesiva en esta época - el cuidado no solo de registrar y almacenar la memoria, sino el cuidado de recordar por ella (Nora, 2008, p. 26).

Por otro lado, pero al mismo tiempo, los lugares de memoria se constituyen como tales porque la historia los ha tomado para su estudio, para “deformarlos, transformarlos, moldearlos y petrificarlos” (Nora, 2008, p. 25). Esta es su oscilación: los lieux son “momentos de historia arrancados al movimiento de la historia, pero que le son devueltos” (Nora, 2008, p. 25). De hecho, para Nora, la memoria - y más precisamente los lieux - son el único “trampolín” que permitiría recuperar a “Francia” como voluntad y representación, como unidad y legitimidad que solo pudo conocer a través de su identificación con el Estado durante su largo periodo de grandeza (Nora, 2008, p. 98). Esta fue la empresa de su gran obra: renovar la historia de Francia por medio del abordaje exploratorio, selectivo y erudito de sus memorias, de esa herencia colectiva anclada en sus lugares. Se trata, por tanto, de un inventario, una amplia topología de la memoria nacional francesa rescatada de su declive, para atomizarla, pero también para complejizarla (Nora, 2018).

Resulta interesante que, a lo largo de la escritura de la obra, el autor ha revisado algunas cuestiones teórico-metodológicas que redefinieron su concepto. Así, sobre el registro de los lieux durante la escritura de La Nation, Nora decía: “ya no se trataba de un monitoreo selectivo de muestras puntuales […], sino de un vasto intento para hacer aparecer y reconstituir, bajo la carne de la historia vivida, la osamenta de esa historia” (Nora, 2008, p. 105). Es decir, no importaba ya la propia elección de, por ejemplo, la bandera tricolor, la batalla de Waterloo, Versalles o los funerales de Víctor Hugo en tanto temas inevitables, sino que la prioridad estaba dada a desentramar su “organización secreta”, sus disposiciones y articulaciones (Nora, 2008, p. 105). En esta línea, en la escritura de Les France, el autor reflexiona sobre la aceptación de que los temas y sus lugares se imponen y que es imposible dar cuenta de todos ellos. Pese a ello, Nora dejó en claro que el gran desafío de su obra no fueron la selección de temas y lugares evidentes, sino su elaboración suplementaria. En este sentido, como ya se anticipó, los lieux obedecen a la preocupación por los significados del presente y a la incertidumbre por el futuro. Entonces, ¿qué debería ser memorable? El interrogante se orienta a señalar el riesgo de que en la ambición por querer ser todo, el lugar de memoria termine siendo nada.

La obra de Nora se mueve entre un concepto acotado de lugar de memoria, que se demuestra a través de memoriales “verdaderos y emparentados” (monumentos a los muertos, museos, archivos, divisas, conmemoraciones etc.) y un concepto más amplio y extensivo que incluye las representaciones cuyo despliegue simbólico expresa algún elemento esencial y significativo de la mitología nacional de Francia (Nora, 2008, p. 110-111). Por esto es que los lieux, en realidad, pueden ser objetos materiales e inmateriales, pero aquello que deben compartir es: una realidad tangible y aprehensible (inscripta en el espacio, el tiempo, el lenguaje, la tradición), un significado simbólico y su contenido de memoria. La noción fue creada para captar ese ensamblaje entre objetos físicos y objetos simbólicos sobre la base de que tienen algo en común. Y es el/la historiador/a quien debe analizar “ese algo”, pues la noción de lieux de mémoire exige, desde su propia constitución, “hacerles decir a esos topoi otra cosa, que no habrían podido expresar sin esa operación” (Nora, 2008, p. 107).

A pesar de la dilatación del concepto, la tendencia fue reducir los lieux a emplazamientos topográficos. Su exitosa incorporación en el vocabulario común en Francia tuvo su momento explosivo luego del Año del Patrimonio en 1980, cuando las conmemoraciones - y la propia noción de patrimonio - sufrieron en sus significados originales una metamorfosis radical hacia el modelo memorial contemporáneo.3 La “era de la conmemoración” (Nora, 2008, p. 167) impuso desde abajo tal diversidad patrimonial y de “otros pasados” (Rilla, 2008, p. 12), que se lo vinculó a todo aquello que constituye a la sociedad. El resultado: “Conmemoraciones contemporáneas transformadas de ahora en adelante en ‘lugares de memoria’, lieux de mémoire saturados de conmemoraciones” (Nora, 2008, p. 168). Como señala Ricoeur (2004, p. 520), luego del Año del Patrimonio, Nora reflexionó en algunos ensayos sobre esta expansión de la noción y su reducción a meros emplazamientos topográficos dedicados a la conmemoración. Más aún, Nora dio cuenta del fenómeno contemporáneo que implicaba la incorporación de los lieux de mémoire en el vocabulario común, no solo en Francia, sino en otras latitudes.4 Fuera de Francia, el concepto “fue imitado” por países que buscaron sus oportunos lugares de memoria (Nora, 2018, p. 12), lo cual generó un sinfín de líneas de trabajo: “copias más o menos apropiadas”, “utilizaciones abusivas” y “aplicaciones a menudo fecundas” (Nora, 2008, p. 104). Esta difusión de la noción expresaba su propia vocación pública a través de los significados que el público le otorgaba.

Asimismo, aquel éxito no estuvo exento de críticas y debates. La ausencia, o el poco tratamiento, de las memorias de Vichy y la guerra de Argelia, de la memoria colonial, la memoria de inmigrantes, la memoria científica y la económica, han sido las críticas más frecuentes en cuanto al contenido de la obra. También se le ha cuestionado el uso del término lugar, en especial, desde el campo de la geografía, señalando su fragilidad y ambigüedad, pues se consideró que desvincularlo de su acepción espontáneamente topográfica no solo era discutible, sino que implicaba un uso abusivo y laxo de la noción (Verdier, 2010). Sin embargo, como se dijo, los lieux fueron ampliamente apropiados por el sentido común, que los vincula a los espacios y objetos materiales concretos. De hecho, de acuerdo con la investigadora francesa Sarah Gensburger (2008), su extensa difusión fue en detrimento del concepto de espacio social de Halbwachs, muy poco utilizado por las investigadoras y los investigadores que trabajan sobre la memoria del pasado. Otra crítica importante para reponer es aquella que ha interpretado a la arqueología de los lieux de mémoire como una forma de reivindicación esencialista de la nación francesa (Assmann, 1996, 2011; Capistegui, 2013; Rousso, 2018c). De acuerdo con Rousso (2018c, p. 6), pese a la centralidad y gran sofisticación de la obra y su concepto, los lieux no fueron más que “otro modo de hacer una historia nacional”, lo cual funcionó para hacer resurgir la tradición e identidad francesa. En esa misma dirección, Aleida Assmann (1996, 2011), consideró que el proyecto de Nora no era viable para el contexto alemán. Principalmente, porque el pasado fragmentado y la pluralidad de memorias - a causa del trauma después del Holocausto - impedía su reconstrucción a partir de un relato nacional unitario y uniforme. Además, aquello que para Nora significó el fracaso de la memoria y una crisis identitaria - con la proliferación de los lieux como reacción a esa pérdida -, para Assmann, obedeció a una transición inevitable. Un camino para la memoria necesario de recorrer en función de reorganizarse y adaptarse a las nuevas circunstancias. Este es el paso de la memoria comunicativa - no en crisis, sino agotada - a la memoria cultural,5 a la memoria mediada por la cultura, transformada colectivamente en símbolos, ritos, ceremonias/conmemoraciones o cualquier práctica u objeto que colabore en cultivar las identidades y la cohesión intergeneracional.6 El modelo de Assmann, de acuerdo a Majerus (2014, p. 22), sirvió como base teórica - complementaria a la de Nora - en muchos proyectos alemanes que estudiaron los Erinnerungsorte (lugares de memoria en Alemania). Para este historiador, el término lieu de mémoire se convirtió en un concepto historiográfico paneuropeo, uno de los más exitosos de las últimas décadas (Majerus, 2014, p. 128). Con todo, Nora reflexionó sobre las aplicaciones de su concepto expresando que: “no queda más que inclinarse, reconociendo con gusto que semejantes apropiaciones obedecen a una de las virtualidades de la noción: su plasticidad. La memoria es por naturaleza lo que se hace de ella” (Nora, 1998, p. 26-27).

De los lieux de mémoire a los lugares de memoria de los pasados que no pasan

Como ya se anticipó, la exportación exitosa de la noción hacia otras latitudes se vio facilitada por la globalización de la memoria. Empero, considerándose la naturaleza, la temporalidad y la espacialidad de los eventos históricos, este fenómeno, como indica Rousso (2015), ha ido adoptando características muy diferentes. Desde este punto de vista, algunos(as) autores(as) (Jelin; Langland, 2003; Rabotnikof, 2009) han señalado la necesidad de reflexionar sobre el fenómeno - y en particular sobre los lieux (Allier-Montaño, 2008b; Crenzel, 2010; Capistegui, 2013) - en escalas locales, regionales y nacionales. Es decir, a partir de experiencias históricas específicamente situadas.

La producción académica en América Latina vinculada a la importación de la noción de Nora quedó fuertemente asociada a lugares de memoria de pasados violentos, en especial y abundancia, los referidos a las salientes dictaduras militares del Cono Sur. Se puede sostener que la producción y el estudio de lugares de memoria en Latinoamérica refleja, en palabras de Assmann (2015, p. 14), una “historia de violencia compartida”. De denominadores comunes que hermanan las particularidades de cada realidad local, tales como la intensidad de la violencia, la configuración de ciclos de violencia7 y sus profundas consecuencias políticas, económicas y culturales, sustancialmente, las que atravesaron desgarradoramente a los individuos y a las comunidades (Allier-Montaño; Crenzel, 2015). En nuestra región, como ha destacado la socióloga argentina Elizabeth Jelin (2017, p. 47), la memoria de estos episodios se convirtió en “un nuevo campo de la acción social” que, con distintas temporalidades y alcances sociales y políticos según cada país, demandó verdad, justicia y reconocimiento, configurándose a través de luchas “por abrir espacios para los testimonios, las marcas territoriales y las diversas formas de conmemoración”.

En Argentina, el periodo de reapertura democrática funcionó como el telón de fondo de la emergencia de los primeros relatos que intentaron explicar el horror de la última dictadura (1976-1983). Si - aunque más tardíamente - la cuestión de la memoria logró instalarse ampliamente en la esfera pública, fue gracias a la persistente resistencia y lucha de los organismos de derechos humanos desde antes que finalizara el régimen. De hecho, en la agenda intelectual, la memoria apareció inicialmente tematizada en los mismos términos que fuera definida por el movimiento de derechos humanos, es decir, en la contraposición de memoria y olvido, y subordinada tanto a las expectativas de búsqueda de verdad y justicia, como a la construcción de la democracia y la defensa de los derechos humanos (Jelin, 2017; Flier; Kahan, 2018). Desde mediados de la década del 1990, en un contexto histórico de impunidad y de intentos de reconciliación con el pasado autoritario como política de Estado,8 los estudios sobre la memoria comenzaron a incrementarse y fueron incorporados al creciente campo de la historia reciente9 (Franco; Lvovich, 2017; Flier; Kahan, 2018). A partir de entonces, los interrogantes, debates y tópicos a investigar, contribuyeron a complejizar las definiciones de la memoria social, de las políticas de la memoria - sobre quiénes son los actores que las impulsan -, la problemática de la selectividad de la rememoración y los usos políticos del pasado. Ya en el siglo XXI, el gran caudal de producciones académicas en las ciencias sociales evidencia la profesionalización de estos estudios que, además, se consolidaron en torno a la investigación sobre las disputas memoriales por los sentidos del pasado. Como señalan Flier y Kahan (2018), el foco de atención estuvo en el análisis de políticas públicas y emprendimientos - tanto del Estado como de la sociedad civil - de conmemoraciones, sitios y lugares de memoria.

En los inicios de este desarrollo, tradiciones teóricas y disciplinarias importadas principalmente desde Europa y Estados Unidos se encontraron con la realidad latinoamericana, de modo que conceptos clave como memoria colectiva de Halbwachs y lieux de mémoire de Nora, entre otros, fueron reinterpretados a la luz de las experiencias locales y regionales, otorgándole a “la noción de ‘memoria’ y a su estudio otros alcances y posibilidades” (Feld, 2016, p. 10). Esto puede explicarse debido a la “transdisciplinariedad” de enfoques y el cruce entre distintos niveles de la memoria (subjetivo, comunitario, institucional, nacional, trasnacional), que otorgaron a los trabajos académicos una importante “flexibilidad en la incorporación de objetos y abordajes en las investigaciones” (Catoggio; Feld, 2024, p. 4). Sin embargo, en el caso de la obra de Nora, tal como ha indicado Allier-Montaño (2008b), la pertinencia de su importación no ha sido teóricamente discutida en profundidad, así como tampoco su aplicabilidad para la historia del tiempo presente.

Allier-Montaño bien señala un antecedente indiscutido de los estudios de memoria en América Latina en el que, a excepción de Hugo Achugar, no se cuestiona el concepto: la colección Memorias de la Represión, dirigida por Elizabeth Jelin y editada por Siglo Veintiuno de España entre 2002 y 2006. Los 12 volúmenes publicados - que incluyen sesenta investigaciones sobre amplios tópicos como “lugares y fechas”, “actores e instituciones” y “transmisión entre generaciones” - fueron “la primera experiencia de sistematización de trabajos académicos sobre esta temática en el Cono Sur de América Latina”, y sus textos han sido citados “por numerosas investigaciones posteriores […] configurando tanto las potencialidades como los límites de la investigación sobre memoria” (Feld, 2016, p. 8-9).10 Podemos considerar que esta apreciación sugiere una explicación de la continuidad de la vacancia distinguida por Allier-Montaño, pues en los sucesivos años, el uso de los lieux de mémoire, traducidos como lugares de memoria, siguió multiplicándose de manera naturalizada, o bien, dándose “por sentada” su pertinencia en estas latitudes (Allier-Montaño, 2008b, p. 92).

En este sentido, es importante mencionar que la obra de Nora nunca fue traducida al castellano en su totalidad, lo cual ciertamente ha dificultado desentramar su complejidad original. De modo que, frecuentemente, en las investigaciones locales/regionales se seleccionan las cualidades más específicas de los lieux, correspondientes a la definición amplia que los precisa como “toda unidad significativa, de orden material o ideal, que la voluntad de los hombres o el trabajo del tiempo convirtieron en elemento simbólico del patrimonio memorial de una comunidad cualquiera” (Nora, 2008, p. 111). Es decir que, entre otras, se consideran principalmente las tres cualidades sine qua non mencionadas anteriormente: su realidad tangible y aprehensible, sus significados simbólicos y su contenido de memoria. Asimismo, se puede advertir que, en trabajos precursores sobre la espacialización de la memoria, si bien se reconoce la originalidad de la noción a su autor francés, esta ha servido como inspiración para nuevas conceptualizaciones que nutrieron estos estudios desde otras disciplinas como la antropología y sociología. A continuación, algunos ejemplos.11

En su texto introductorio del quinto libro Monumentos, memoriales y marcas territoriales de la citada colección, Jelin y Langland (2003, p. 1-18) acuñan la idea de vincular “marcas” y “territorio” en una expresión que parece reemplazar la noción de lugar de memoria:12 las marcas territoriales. Achicando el foco de lo que se considera el territorio nacional, las autoras proponen el estudio de las marcas físicas de territorios vividos y transitados en lo cotidiano, esto es, la construcción de memoriales y monumentos dedicados a conmemorar a las víctimas de la violencia estatal.13 Su eje central de análisis son los procesos sociales y políticos imbricados en la marcación del espacio: “que llevan a que un ‘espacio’ se convierta en ‘lugar’”, los cuales son el resultado de la voluntad de sujetos activos (los “emprendedores de memoria”), a través de luchas sociales por otorgarle sentidos a ese lugar (Jelin; Langland, 2003, p. 4). Esta idea-fuerza de las memorias territorializadas hizo eco en posteriores estudios sobre la espacialización de la memoria.

Un trabajo ineludible es el de la antropóloga Ludmila da Silva Catela (2009) quien, desde un enfoque etnográfico, analizó el “boom de homenajes” dedicados a desaparecidos(as) y asesinados(as) que se inició a mediados de los años 1990 en ciudades como Berisso y La Plata (Provincia de Buenos Aires, Argentina). Para estudiar estas primeras marcaciones y conmemoraciones públicas en el país, la autora se inspiró en los lieux de mémoire de Nora, pero su uso lo reemplazó por el de “territorios de memoria”, argumentando que “lugar” suscita una idea “estática”, “unitaria” y “sustantiva”, mientras que a “territorio” se le adjudican propiedades metafóricas asociadas a “conquistas, litigios, desplazamientos, variedad de criterios de demarcación, disputas, legitimidades, derechos, ‘soberanías’” (Catela, 2009, p. 161). Para la autora, su conceptualización resultaba más adecuada a los fines de conocer e interpretar los vínculos y las jerarquías entre los espacios marcados y las acciones de todos los actores involucrados que, en su conjunto, reproducían un tejido de lugares. En esta línea, pero focalizando el estudio en un ex centro clandestino de detención en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (conocido como “Olimpo”), la antropóloga Luciana Messina (2010) combinó la noción original de Nora con las propuestas de Jelin y Langland y da Silva Catela, para analizar el programa institucional que llevó a, lo que considera, la constitución de un lugar de memoria en dicho sitio. Reconociendo la necesidad de evaluar la extrapolación de los lieux, la autora solo usa el concepto para pensar la dimensión de lugar del ex Olimpo, esto es, “las distintas intervenciones materiales sobre el predio y las modalidades de apropiación por parte de diferentes actores sociales” (Messina, 2010, p. 230). Al formular su hipótesis, toma la ya difundida noción de lugar de memoria para problematizar su articulación con las políticas de la memoria que intervinieron en la recuperación del sitio. Pero para ello, se sirvió principalmente de las cualidades de las marcas territoriales definidas por Jelin y Langland (2003), que le permitieron indagar la dimensión conflictiva de este proceso, y del concepto territorios de la memoria de Catela (2009) para pensar el complejo entramado de lugares14 y prácticas que excede y, a la vez, contiene al ex Olimpo.15

También, desde la sociología, con mayor precisión, pero no de manera exhaustiva como lo hiciera Allier-Montaño, Estela Schindel (2009, p. 67) destacó como principal diferencia las cualidades de esas tradiciones de memorias estables y de larga duración a las que aludía Nora, frente a las memorias latinoamericanas cuyo “ímpetu” por consagrarle lugares responde a la urgencia “de denuncia o advertencia” frente al olvido y/o al silencio. Pues a su creación se les adjudica un potencial para estimular la reconstrucción democrática, complementando y potenciando la búsqueda y los reclamos de verdad y justicia hechos en otros ámbitos. Estas aseveraciones sirven para adentrarnos, finalmente, en la propuesta teórico-metodológica de estudio de los lugares de memoria en el contexto latinoamericano.

Allier-Montaño (2008b, p. 90) sugirió que “países ‘más jóvenes’, como los latinoamericanos, deberían tener lugares diferentes a los europeos”. De acuerdo con todo lo explicado sobre la noción de Nora, el problema que se plantea es que, en su sentido original, solo sería aplicable a contextos nacionales “con una fuerte conciencia de identidad nacional” (Rousso, 2018b, p. 9), de larga duración. Y que la indagación por medio de los lugares revele las conexiones entre esa identidad y su memoria nacional. Si todo ello no se identifica, el concepto no sería operativo. Desde esta perspectiva, los lieux de mémoire no podrían adaptarse a las realidades latinoamericanas, puesto que los lugares a los que hacemos referencia están consagrados a la memoria de periodos y acontecimientos muy específicos de nuestros pasados recientes. Incluso, de pasados no tan cercanos y de procesos que aún continúan en el presente, sin haberse producido una ruptura temporal ni simbólica con los mismos. No obstante, Allier-Montaño (2008b), habiendo reflexionado sobre la exportación-importación de la noción de manera general y, en particular, a través de ejemplos situados en Uruguay, ha demostrado que, siendo repensada y adecuada, sí puede aplicarse en nuestras latitudes. Esto es, porque aquellas interrogaciones originales de Nora, sobre las relaciones entre la historia y la memoria, sobre el pasado, presente y futuro, la identidad y la nación y, más aún, sobre las encrucijadas del presente, son, todas ellas, también localizables fuera de Francia.

Ahora bien, como hemos visto, para Nora, la hipertrofia de la memoria fue una respuesta al sentimiento de pérdida. Los lieux representan una ruptura con el pasado, ya no vigente y, por lo tanto, en palabras de Enzo Traverso (2017, p. 10) no “más transmisible”. La razón de existencia de los Lieux es la reificación de ese pasado. En cambio, en nuestra región, esa ruptura con el pasado no está presente, más bien, nuestras sociedades se enfrentan a la inminencia del pasado. Sin embargo, el propio Nora (1998, p. 33) había señalado que su concepto, en tanto método, lo que permite es “tipificar un estilo de relación con el pasado […] y la manera en que el presente lo utiliza y lo reconstruye”, es decir, la manera en que la sociedad se comporta respecto a su pasado. De modo que el método resulta un indicador para comprender a esa sociedad. Si tomamos estas premisas, lo necesario es ajustar este vínculo social del pasado-presente para la especificidad de la historia del tiempo presente.

En este sentido, la suposición de que el método de Nora no pueda aplicarse a pasados recientes (tal como algunos/as autores/as sugirieron), explica Allier-Montaño (2008b, p. 95), corresponde a considerar que “el presente no es importante cuando se hace una historia de la memoria, siendo que justamente los Lieux son una muestra del presentismo” (cursiva en el original). Consideramos que este debate al que refiere la autora puede darse por saldado. Pues en la actualidad, la historia del tiempo presente es un campo de estudio consolidado. Un campo que sustenta su especificidad en este régimen de historicidad basado en diversas formas de coetaneidad entre pasado y presente, que estudia a las generaciones de actores que vivieron un acontecimiento histórico (y están en condiciones de brindar sus testimonios) y a las memorias sociales vivas sobre ese pasado (Franco; Lvovich, 2017; Rousso, 2018a; Allier-Montaño, 2018; Flier; Kahan, 2018; Mudrovcic, 2019; Rodrigues; Allier-Montaño, 2024).16 De esta forma, y contemplando que los lieux de mémoire tratan de la memoria en tanto objeto de la historia, más que como un concepto, estos pueden funcionar como un método de aproximación a la historia de la memoria (Cuesta Bustillo, 1998; Allier-Montaño, 2008b). Pero si para Nora los lugares de memoria solo aparecen cuando la memoria ya está perdida y, en tanto huellas, ya son historia, en el caso de la historia del tiempo presente “la memoria no puede estar perdida de antemano” (Allier-Montaño, 2008b, p. 96).

La interpretación de los lugares de memoria que aquí se sostiene, liga la tríada particular de la historia del tiempo presente, la violencia y la memoria, las cuales necesariamente deben abordarse en simultáneo. Por ello, consideramos apropiado involucrar las dos corrientes paralelas que posibilitaron la emergencia de la historia de la memoria como campo científico:17 la memoria que se encarna en lugares materiales y simbólicos y la memoria de episodios traumáticos. Mientras la primera buscaba salvaguardar una relación con la tradición que estaba desapareciendo, la segunda, en la que se inscriben las investigaciones de Henry Rousso,18 trabaja con la dimensión traumática de la memoria y, contrariamente, se interroga “por qué algunos pasados desaparecen y otros no pasan” (Rousso, 2018b, p. 9). Si la corriente de Nora19 es una historia positiva, la de Rousso estructuró un nuevo campo historiográfico basado en el registro de la negatividad, es decir, se trata de una historia que se confronta con los efectos - a veces retardados - de la violencia.

Precisamente, como señala Rousso (2018c), esta corriente, si cobró tanta importancia en las décadas del 1980 y 1990, no solo se debe a la anamnesis de la Shoá, la caída del muro de Berlín y el problema de la herencia del comunismo, sino también a las dictaduras en América Latina y las transiciones democráticas. Lo que esta corriente estudia son los modos en que las sociedades afectadas asimilan los “pasados que no pasan” (Rousso, 2018c, p. 8). Esta expresión indica la “manifestación traumática” de ese pasado que permanece - de manera obsesiva - por la magnitud de los crímenes cometidos y sus secuelas (Rousso, 2018a, p. 99). Por ello, su centro de análisis se sirve de importantes préstamos al psicoanálisis.20 Para Rousso (2018a, p. 23), estos pasados cercanos están marcados por lo que define como la “última catástrofe”, un acontecimiento emblema construido por lo que ocurrió, más sus múltiples significados; un hito - como pueden ser las dictaduras militares en nuestra región - que marca un antes y un después en la sociedad afectada, definiendo un régimen de historicidad marcado por la violencia y el peso del traumatismo histórico. El tiempo de la poscatástrofe, entonces, evidencia los efectos inmediatos y retardados del acontecimiento, aquellos que provocaron rupturas, convulsionaron los valores y la cotidianidad, “dejando huellas duraderas a veces heridas psíquicas o físicas en los individuos y en las colectividades” (Rousso, 2018a, p. 237). Por esto, sostenemos que la historia del tiempo presente es una historia que se confronta con el duelo, la pérdida y la reparación.

Ahora bien, es posible pensar que, así como Nora (2018) sugería que fuera de Francia otros países identificarían a sus propios lugares de memoria, los países latinoamericanos que no experimentaron acontecimientos específicos como guerras o periodos dictatoriales podrían de todos modos identificar a su “última catástrofe”. Desde el campo de la historia del tiempo presente y los estudios de memoria, las y los investigadores tienen el desafío de interrogarse sobre cuál es el evento pasado que - parafraseando a Rodrigues y Allier-Montaño (2024, p. 1) - “calienta” el presente en términos de su singularidad e impacto político-social. Tal vez, no se trate de uno, sino de varios eventos concatenados. Lo cual conduciría a repensar la noción original, no solo para revisar las fases memoriales que Rousso (2012) estableció, sino para adaptarla a otras periodizaciones y, posiblemente, a otras escalas, de acuerdo a sus alcances y magnitudes. También a otras temáticas, pues las “catástrofes” - y los trabajos de la memoria poscatástrofe - pueden aludir a otro tipo de fenómenos contemporáneos tan vigentes en América Latina como, por ejemplo, la explosión de conflictos socioambientales asociados al extractivismo y neoextractivismo (Svampa, 2019).21

Sin embargo, la cuestión de la temporalidad y la periodización parecería ser la más importante en nuestra región. Un caso representativo es el mexicano, pues allí no hubo un acontecimiento o periodo particular, sino distintos periodos de violencia. La historia del tiempo presente, por lo tanto, se ocupa de una violencia de Estado de larga data, que involucra desde el estudio del movimiento estudiantil de 1968, los movimientos armados y la Guerra Sucia, hasta los numerosos episodios de violencia política y criminal que se extienden al presente (Allier-Montaño; Vilchis Ortega; Ferro Higuera, 2021). Colombia y Perú también son ejemplos de países con pasados de intensa violencia prolongados durante varias décadas (Jaramillo, 2009; LUM, 2020). Procesos similares han sucedido en países centroamericanos. Cuando se trata de conflictos armados internos, pero también de guerras civiles, terrorismos de Estado y regímenes autoritarios no dictatoriales, el tiempo y la trama histórica-memorial se complejizan notablemente. Pues, por un lado, las salidas y elaboraciones de esos eventos han sido muy disímiles. Así, mientras en algunos países hubo periodos transicionales definidos por restauraciones democráticas, o transiciones de guerras a procesos de paz concertada a través de acuerdos como en Guatemala y El Salvador (Jaramillo, 2009; Sprenkels, 2017), en Colombia no hubo un cierre, de modo que el trabajo con las memorias del conflicto opera en un escenario aún de violencia y negociación constante (Jaramillo, 2009). A su vez, se destaca la importancia de las comisiones de la verdad, otro punto latinoamericano en común que se distingue de la mayoría de casos europeos (Allier-Montaño; Crenzel, 2015).22 No obstante, leyes de perdón y olvido como las amnistías, largos periodos de impunidad o la ausencia de justicia hasta el presente, también forman parte de las distintas tramitaciones de estos pasados en la región.23 Por otro lado, la complejidad está dada por la diversidad de actores involucrados ya que, además del Estado, las fuerzas armadas y los paramilitares, cobran gran centralidad actores no estatales como las guerrillas, organizaciones revolucionarias, grupos empresariales, élites civiles y la Iglesia, entre otros. Aunque con distintos grados de organización e injerencia, organismos de derechos humanos y grupos de víctimas han sido las figuras de las resistencias y los protagonistas de las demandas de verdad, justicia, memoria y reparación. En cuanto a las víctimas, en América Latina se debe considerar el peso específico del racismo estructural que se revela en el componente étnico y cultural de la violencia, particularmente, hacia las poblaciones indígenas y afrodescendientes. Nos referimos, entre otras, a genocidios, masacres, desplazamientos forzados, asesinatos de líderes-dirigentes sociales, activistas de derechos humanos y otras personalidades caras a diversas comunidades. Es por ello que muchos de los lugares de memoria latinoamericanos, acogen un fuerte sentido de denuncia, pero también de búsqueda de empatía y promoción de la no violencia, con narrativas que intentan demostrar el daño que esta ha causado a las poblaciones (Guglielmucci; López, 2019).

En Argentina, al igual que en otros países de la región,24 hay un tipo de lugar de memoria que ha multiplicado su presencia en los espacios públicos durante las últimas décadas, cuyas cualidades creemos adecuadas para repensar el funcionamiento del método de Nora a la luz de las observaciones de Rousso.25 Estos lugares no corresponden a la recuperación de los sitios donde ocurrieron los crímenes, sino que son creados especialmente para recordar esos hechos y a sus víctimas.26 Monumentos, placas, monolitos, baldosas, murales, nominación de calles y espacios verdes, entre tantas otras formas, son emplazados en el espacio público para señalar el asesinato o la desaparición forzada de una persona.27 También para designar pertenencias barriales (donde vivía la persona) e institucionales (donde estudiaba, trabajaba y/o militaba). Los grupos gestores, por lo tanto, varían desde colectivos culturales de vecinos/as, artistas, organismos de derechos humanos, agrupaciones políticas, instituciones educativas (primarias, secundarias y universitarias), deportivas y sindicales,28 hasta gestiones estatales (gobernaciones municipales, provinciales y nacional).29

De signo contrario a los lieux de Nora, estos lugares de memoria emergen cuando la memoria, en plena elaboración, se transforma a priori en una voluntad de ejercicio de los actores y en un imperativo contra el olvido. La consagración de un lugar para la memoria, entonces, se sustenta en la efervescencia de su recuerdo y al mandato que se le asigna. Se parte de una necesidad de mantener “vivo” el pasado, no porque este haya “muerto”, sino porque nunca pasó, no pudo ser historia. Ahora bien, Nora (2008, p. 107) decía que para estudiar un lugar de memoria no alcanza con identificarlo y “hacer su historia”, sino que debemos distinguir el “despliegue de aquello de lo que ese lugar es la memoria”. Su método se cierne a la especificidad propia de la memoria, a dar luz sobre sus fracturas, continuidades (verdaderas o falsas) y fijaciones simbólicas. En esta línea, y con base en la experiencia propia (Jean Jean, 2018, 2023a), se considera que un análisis cualitativo en profundidad que incluya, fundamentalmente: la selección de lugares diversos para abordarlos como un corpus de estudios de caso; trabajo de campo etnográfico - con observaciones participantes y no participantes de procedimientos y actos conmemorativos; y el uso de fuentes orales trabajadas con la técnica de la historia oral, pueden revelar tanto la complejidad de los proyectos, como la configuración de sentidos que se le atribuyen.30

Cuando decimos “proyectos” es porque estos lugares, modestos en escala, se destacan, sin embargo, por un arduo compromiso y trabajo colectivo y colaborativo que antecede la marcación del espacio, cuyo tiempo de organización y desarrollo ronda entre los tres y 12 meses. Así, los lugares de memoria son el resultado de una sucesión de decisiones y elecciones por parte de los actores, cuyo estudio devela las asociaciones que se dan entre lo que definimos como su dimensión procesual - material, estética y espacial - y su dimensión performática - política, social y pública. La primera involucra la logística, el diseño y la puesta en marcha de los proyectos que culminarán con la marcación del espacio y su conversión en un lugar. La segunda vincula a la primera con los intereses y conflictos políticos propios de los trabajos de la memoria y con la atribución por parte de los actores, de un régimen de valores y una carga afectiva y emocional particular. Estos dos grandes niveles de análisis han permitido recuperar lo común y lo variable. Y las tensiones y negociaciones de: las motivaciones y los modos de aglutinamiento de los grupos gestores; los fundamentos estético-políticos de sus proyectos; los tipos de representaciones visuales, textuales y discursivas que contienen y se generan en torno a los lugares; los vínculos establecidos en los barrios, instituciones y entre las propias agrupaciones; las articulaciones con las distintas esferas estatales y los alcances y límites que las estructuras de oportunidades políticas ofrecieron para el desarrollo de estos lugares; las “politicidades”, disputas y jerarquías de voces; y la circulación de sentidos con que se invisten a los lugares de memoria.

Sobre esto último, hemos comprobado que los actores que intervienen están movilizados por un deber de memoria que abarca lo que Rousso (2018b, p. 9) define como las operaciones características de las políticas de memoria de los pasados trágicos y extremos: “conocer, reconocer y reparar”. Así, formulamos que los lugares de memoria comparten un gesto fundador de sentidos y elementos invariables que obedecen a la voluntad de conocimiento, reconocimiento, reparación y transmisión. Conocimiento en tanto derecho a la verdad, identificando a las víctimas y condenando las atrocidades cometidas y a sus culpables. Reconocimiento a los(as) desaparecidos(as) y asesinados(as), a través de la validación pública y social de su experiencia, recuperando su humanidad, identidades políticas y valores. Reparación de las heridas y el tejido social afectado, especialmente del entorno familiar y de allegados(as), habilitando una vía alternativa de acercamiento a la elaboración de la experiencia traumática y de ingreso al trabajo de duelo. Y hemos agregado los intentos por transmitir los sentidos e interpretaciones del pasado rememorado en el presente y para la posteridad. Estos últimos sentidos, el reparatorio y pedagógico, aunque se yuxtaponen (y generan importantes conflictos en el pretendido alcance social de los lugares), son los más dominantes.31

A su vez, estos lugares de memoria no cristalizan una visión compartida de la sociedad o la nación como sugería Nora, sino que, en su conjunto, funcionan como manifestaciones explícitas de la memoria colectiva de un grupo. Un sector de la sociedad decidido a ofrecer una imagen e interpretación del acontecimiento que, en tanto proceso social, estructura y define su identidad. Así, los lugares evocan un relato dominante en Argentina, que funciona desde la restauración democrática como imperativo moral centrado en lo que se considera el pasado de terrorismo de Estado de la década del 1970 y la última dictadura, legitimado por el sufrimiento, el dolor y la figura privilegiada de las víctimas (Jelin, 2017; Jelin; Vinyes, 2021). Estudiar la evolución y el devenir de este tipo de memorias, revela las graves secuelas que, aún décadas después del acontecimiento límite, se siguen tramitando ante la incesante demanda de variados esfuerzos por explicar, comprender y elaborar el pasado reciente. Un pasado que, en palabras de Rousso (2018b, p. 3), es todavía “un problema por resolver”.

Consideraciones finales

A partir del cruce de las corrientes de Pierre Nora y de Henry Rousso, hemos podido configurar una metodología apropiada para el estudio de las memorias - a través de sus lugares - como objeto de la investigación histórica del tiempo presente en el contexto latinoamericano desde casos situados en Argentina. Si bien cada país tiene sus especificidades, las formas en que las sociedades latinoamericanas elaboran sus pasados-presentes de dictaduras y diversos tipos de violencia, se asemejan por el grado de conflictividad y politicidad, pero también por las exigencias comunes - notablemente vigentes - de verdad, justicia, memoria y reparación. Los lugares de memoria en nuestra región ponen de relieve que el vínculo con el pasado y con la historia no se traduce en forma de tradiciones y herencias a respetar y transmitir. Antes bien, las sociedades afectadas se enfrentan con pasados recientes de carácter traumático que intentan administrar a través de un constante trabajo de duelo y de memoria para producir sentidos y poner palabras sobre las heridas y las ausencias.

Los lugares de memoria se erigen como la manifestación material de aquellos pasados que no pasan, cuyo gesto fundador los inviste de un valor simbólico esencial como punto de referencia para su elaboración y representación. Por ello, sus pilares fundamentales se pueden condensar en la búsqueda de conocimiento, reconocimiento, reparación y transmisión de la singularidad de los acontecimientos violentos y el recuerdo de las víctimas. Al mismo tiempo, estos lugares obran como la manifestación de aquellos pasados que no deben pasar, pues en su “traducción moral y política” (Rousso, 2018a, p. 99), responden al llamado deber de memoria, funcionando como advertencia frente al posible peligro que representa la repetición de los hechos. Sin embargo, transitando la tercera década del siglo XXI, las reflexiones del presente sobre los lugares de memoria deberían considerar las nuevas batallas por los sentidos del pasado. El retorno (¿o la continuidad?) de tragedias y diversos tipos de violencias sociales y políticas, con nuevas formas y nuevas caras, pone en entredicho la protección confiada al imperativo moral de la memoria y a la invocación tan pronunciada del nunca más en nuestras sociedades. Como sugiere Rousso (2020), la encrucijada actual evidencia cómo aquella globalización de la memoria, que sirvió para explicar el fenómeno a comienzos de este siglo, parece limitada por los avances de quienes se oponen a que sectores de la sociedad, o bien el Estado, conmemoren a las víctimas y, por el contrario, reivindiquen el accionar de los perpetradores. Los negacionismos y las relativizaciones de la historia de las últimas catástrofes forman parte de las otras versiones del pasado que conviven y confrontan las memorias de los crímenes y sus víctimas. La perspectiva futura de indagación nos invita, entonces, a profundizar la mirada en torno a la dimensión política y conflictiva de los lugares de memoria. Pues ya hemos registrado que una de las expresiones visuales y públicas de este fenómeno es la intervención iconoclasta sobre los lugares, que intenta destruir o modificar sus sentidos originalmente atribuidos (Jean Jean, 2024). Si bien este tipo de acciones reaccionarias han sido contemporáneas al propio boom de emplazamientos de lugares, en los últimos años su incremento ha sido notable. De esta forma, se advierte, tal como señalaran Jelin y Langland (2003), que los lugares de memoria siguen funcionando como puntos de entrada para el estudio de las luchas memoriales y los sentidos del pasado en el presente.

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  • 1
    En este trabajo se adopta la traducción propuesta más difundida, sugerida por la historiadora española Josefina Cuesta Bustillo (1998, p. 219): “lugares de memoria”.
  • 2
    Nora destaca el fin del campesinado, la “colectividad-memoria por excelencia” (Nora, 2008, p. 19), una sociedad que “vivía en la tradición” (Nora, 2009, p. 4).
  • 3
    Sobre el Año del Patrimonio, véase: Nora (2008, p. 167-199). También se recomienda el texto de Nora Rabotnikof (2009), quien explica detalladamente este fenómeno.
  • 4
    Allier-Montaño (2008a, p. 190) hizo lo mismo en el caso de México.
  • 5
    Las categorías fueron originalmente ideadas por Jan Assmann, esposo de Aleida.
  • 6
    Más que una crítica, Assmann propuso otra interpretación de la relación entre historia y memoria, más dialógica e interdependiente, que permitiría estudiar las dinámicas de la memoria en un abanico más diverso de fenómenos culturales e históricos.
  • 7
    Que datan desde los tiempos de la “conquista” europea del continente hasta el presente, destacándose el periodo de guerras de independencia y guerras civiles del siglo XIX y el periodo violento de la segunda mitad del siglo XX, en el contexto de la Guerra Fría (Allier-Montaño; Crenzel, 2015, p. 11).
  • 8
    Durante el gobierno del entonces presidente Carlos Saúl Menem, se establecieron las leyes de Punto Final (1986) y Obediencia Debida (1987) y se indultaron en 1989 y 1990 a los militares condenados por violación a los derechos humanos.
  • 9
    Hay varias denominaciones sobre este campo historiográfico: entre otras, historia del tiempo presente, muy contemporánea, vivida, de nuestros tiempos, inmediata y reciente (Allier-Montaño, 2018). Esta última ha sido la más exitosa en Argentina, aportando una designación que define y recorta trayectorias profesionales, campos de estudio y pertenencias institucionales (Franco; Lvovich, 2017).
  • 10
    No solo del Cono Sur, pues a inicios del siglo XXI, Perú se incorporó al proyecto dirigido por Jelin (LUM, 2020, p. 14-15).
  • 11
    No se pretende aquí desarrollar un estudio exhaustivo de la vasta producción que ha incorporado el concepto y que, sin dudas, ha enriquecido de manera notable el campo latinoamericano de los estudios de la memoria. Las autoras que se mencionan fueron seleccionadas por la profundidad de sus investigaciones (tesis doctorales y/o proyectos de investigación), su temprana publicación y amplia difusión posterior.
  • 12
    Las autoras en ningún momento aluden a la noción original. En el primer libro publicado de la colección Los trabajos de la memoria, Jelin (2002, p. 10) sí menciona brevemente la obra de Nora para referirse a la corriente que estudia el lugar de la memoria “como compensación a la aceleración de la vida contemporánea y como fuente de seguridad frente al temor u horror del olvido (expresado con un dejo de nostalgia por Nora, al lamentarse por la desaparición de los milieux de memoire y su reemplazo por los lieux)”.
  • 13
    También se refieren a los espacios donde ocurrieron las prácticas represivas como los centros clandestinos de detención y tortura, entre otros.
  • 14
    La autora se refiere a los vínculos del ex Olimpo con otros lugares de memoria similares.
  • 15
    De manera muy reciente se halló el artículo de Wrobel (2025) en el que el autor reflexiona sobre la utilidad del concepto de Nora para analizar el Parque de la Memoria-Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado, ubicado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Según el autor, el recaudo principal a tener en cuenta es que la categoría no permite dar cuenta del conflicto y la disputa en el proceso de creación de este sitio de memoria, ni los cuestionamientos que persisten en la actualidad.
  • 16
    En América Latina esta subdisciplina de la historia no se ha desarrollado linealmente. Asociada a la emergencia pública de la memoria y a su estudio desde las ciencias sociales (Allier-Montaño; Crenzel, 2015), en países del Cono Sur como Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay se desarrolló tempranamente en comparación con el resto (entre finales de la década del 1980 y comienzos de la siguiente, con el peso decisivo de las transiciones democráticas). En Brasil, por ejemplo, se fue conformando lentamente de la mano de la historia oral durante la década del 1990. Y a comienzos del nuevo siglo, marcada fuertemente por el deber de memoria hacia las víctimas de la última dictadura, se incorporaron las memorias de grupos excluidos como los indígenas y afrobrasileños (Ferreira, 2018). En Perú, Colombia y algunos países de Centroamérica, como sostienen Allier-Montaño y Crenzel (2015, p. 14), se fueron conformando importantes grupos académicos específicos, en especial, al calor de transiciones posconflictos internos.
  • 17
    Una tercera corriente (en realidad la primera) es el “redescubrimiento de una historia desde abajo” (Rousso, 2018c, p. 3).
  • 18
    Rousso precisamente se ocupó de una ausencia señalada en la obra de Nora: la memoria del régimen de Vichy en la sociedad francesa desde 1944 hasta su propio presente.
  • 19
    Como se mencionó en la Introducción, esta corriente es deudora de los trabajos de Maurice Halbwachs, quien focalizó el problema de la memoria en su dimensión espacial antes que temporal.
  • 20
    Sobre cómo Rousso estableció el vínculo entre historia y psicoanálisis a partir del recuerdo de Vichy (comparable a las secuelas de una neurosis traumática), véase: Rousso (2012).
  • 21
    Entre otros, estos son temas que empiezan a ocupar lugar en la agenda de la historia del tiempo presente en América Latina. Desde México, esto ya ha sido oportunamente señalado (Allier-Montaño; Vilchis Ortega; Ferro Higuera, 2021).
  • 22
    No puede dejar de mencionarse que el auge de este tipo de comisiones se dio en un contexto internacional de consolidación de los derechos humanos a partir de la década del 1970 (Allier-Montaño; Crenzel, 2015; Jelin, 2017).
  • 23
    Las investigaciones que buscaron documentar las atrocidades cometidas y transformarlas en una verdad pública tuvieron orígenes e impactos muy variados. Así como en Argentina el informe “Nunca Más” de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) resultó una base fundamental del Juicio a las Juntas militares (1985), en otro extremo, los informes de verdad en países como El Salvador, Guatemala (que fueron fomentados por las Naciones Unidas) y Nicaragua, no lograron revertir las políticas de olvido en favor de los perpetradores (Sprenkels, 2017). Como aseveran Allier-Montaño y Crenzel (2015, p. 25-26), en la mayoría de los casos, la proliferación de este tipo de comisiones “fue casi independiente de la tramitación jurídico-penal del pasado” y, a excepción de Argentina, la tríada verdad-justicia-memoria “casi no se ha materializado, de manera articulada, en ningún país de América Latina”.
  • 24
    Por solo citar algunos trabajos recientes, véase: para los casos de Brasil y Uruguay (Quadrat; Silva, 2021); Uruguay (Allier-Montaño, 2008b; Macé, 2019; Scaraffuni, 2021), América Latina con foco en Perú (Carvalho, 2022); Perú (Jave Pinedo; Hurtado Sipión, 2025); Colombia, Chile y Argentina (Guglielmucci; López, 2019); Chile (Sepúlveda Galeas et al., 2015), El Salvador (Maciel, 2020); Nicaragua (Moreno Martínez, 2025).
  • 25
    Los datos empíricos que a continuación se presentan de manera acotada corresponden a Jean Jean (2023a).
  • 26
    Para una tipología general y más completa de lo que se ha denominado lugares de memoria, véase: Messina (2019).
  • 27
    Por ejemplo, el lugar del secuestro o donde fuera vista la persona por última vez. La representación más habitual de las víctimas es la identificación personal con nombres y apellidos. También el uso de las fotografías de los rostros que, en muchos casos, cambia de soporte y materialidad, tal como sucede en los murales y las baldosas. Véase: Jean Jean (2023b).
  • 28
    En estos casos, las iniciativas son organizadas desde las comisiones de derechos humanos y memoria de cada institución.
  • 29
    En muchas ocasiones la gestión de estos lugares es mixta (sociedad civil-Estado).
  • 30
    Situada en la región de La Plata, Berisso y Ensenada (Provincia de Buenos Aires, Argentina), la investigación (Jean Jean, 2023a) incluyó la selección de más de 11 estudios de caso en profundidad, la realización de 67 entrevistas a los actores participantes y la recolección de numerosos testimonios en los procedimientos de trabajo y eventos inaugurales de los lugares. Por tratarse de una historización de las memorias desde la perspectiva de la historia del tiempo presente, el recorte temporal no tuvo límites fijos. No obstante, la indagación partió del presente (año 2022) y se extendió hacia los primeros años de la transición democrática para rastrear la genealogía del recuerdo. De esta forma, se lograron identificar las disímiles temporalidades de emergencia de lugares de memoria, que corresponden a coyunturas particulares de cada ciudad y a la formación de ciclos memoriales que pusieron en diálogo las escalas locales, con la escala provincial y nacional.
  • 31
    Véase: Jean Jean (2023a, p. 387-398).
  • **
    La investigación fue financiada por las becas de maestría y doctorado de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) y formó parte de los proyectos PI+D financiados por la UNLP “La historia reciente y los usos públicos del pasado: militancias, etnicidad y políticas de la memoria desde/en América Latina” (H855) y “Las memorias y el pasado reciente ante nuevos escenarios políticos, tecnológicos y culturales” (H984).
  • 25
    Os dados de pesquisa estão disponíveis no corpo do texto.
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    La investigación fue financiada por las becas de maestría y doctorado de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICET) y formó parte de los proyectos PI+D financiados por la UNLP “La historia reciente y los usos públicos del pasado: militancias, etnicidad y políticas de la memoria desde/en América Latina” (H855) y “Las memorias y el pasado reciente ante nuevos escenarios políticos, tecnológicos y culturales” (H984).

Disponibilidad de datos

Os dados de pesquisa estão disponíveis no corpo do texto.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    01 Jun 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    16 Feb 2025
  • Acepto
    05 Set 2025
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