Open-access DEVENIR INVESTIGADOR (HOMO)SEXUAL EN AMÉRICA LATINA

BECOMING A (GAY)SEX RESEARCHER IN LATIN AMERICA

TORNAR-SE UM PESQUISADOR (HOMO)SEXUAL NA AMÉRICA LATINA

Resumen

La producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en Chile ha sido un proceso que ha supuesto un doble movimiento. Por un lado, el de un sujeto investigador gay que sale del armario para producir conocimiento sobre las (homo)sexualidades y, por otro, el del desplazamiento de la disciplina psicológica para entrar en la interdisciplina. Y, este doble movimiento no puede ser relatado en tercera persona: es el sujeto investigador en primera persona quien describe cómo y de qué forma ha sido este movimiento. Por tanto, en este artículo relataré en primera persona este doble movimiento teniendo como telón de fondo al Centro Latinoamericano de Sexualidad y Derechos Humanos (CLAM) como el espacio referencial y de anclaje de esos movimientos.

Palabras clave:
homosexualidades; Chile; conocimiento.

Abstract

The production of knowledge about (homo)sexualities in Chile has been a process that has involved a double movement. On the one hand, that of a gay research subject coming out of the closet to produce knowledge on (homo)sexualities and, on the other hand, that of the displacement of the psychological discipline to enter the interdisciplinary field. And this double movement cannot be recounted in the third person: it is the research subject in the first person who describes how and in what way this movement has been. Therefore, in this article I will relate in the first person this double movement against the backdrop of the Latin American Center for Sexuality and Human Rights (CLAM) as the referential and anchoring space of these movements.

Keywords:
homosexualities; Chile; knowledge.

Resumo

A produção de conhecimento sobre (homo)sexualidades no Chile tem sido um processo que envolveu um duplo movimento. Por um lado, o de um sujeito de pesquisa gay que sai do armário para produzir conhecimento sobre (homo)sexualidades e, por outro, o do deslocamento da disciplina psicológica para entrar na interdisciplinaridade. E esse duplo movimento não pode ser narrado na terceira pessoa: é o sujeito de pesquisa na primeira pessoa que descreve como e de que forma esse movimento tem ocorrido. Portanto, neste artigo, relatarei em primeira pessoa esse duplo movimento, tendo como pano de fundo o Centro Latino-Americano de Sexualidade e Direitos Humanos (CLAM) como espaço referencial e de ancoragem desses movimentos.

Palavras-chave:
homosexualidades; Chile; conhecimento.

Introducción

La producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en Chile se inscribe en un contexto más amplio de transformaciones socioculturales acontecidas en el país en el último cuarto de siglo (Araujo, 2005; Grau et al., 1997). Asimismo, dicha creación ha sido efectuada por sujetos que tienen trayectorias biográficas particulares y que están anclados en tradiciones disciplinarias, históricas y político identitarias diferentes.

Y los cambios que han acontecido en el país permiten, (en parte), explicar el aumento de la investigación sobre las (homo)sexualidades, la diversificación de ésta y la inclusión de nuevos temas y modos de aproximarse teórica y metodológicamente.

A nivel estructural, el país transitó por varios gobiernos tanto de centro izquierda, como de centro derecha en una alternancia desde el retorno a la democracia en el año 1990 (Mella, 2016; Moreira, 2006).

Además, más recientemente, el año 2019, el país vivió lo que se ha denominado estallido social (Waissbluth, 2020). Este fue un periodo de movilizaciones sociales nunca vistas en el país que tensionaron a la clase política y al país en general y que pedían un cambio profundo del tipo de modelo de sociedad en la que habitábamos (Ganter Solís; Zarzuri Cortés, 2020). Este estallido posibilitó que se convocase una asamblea constituyente para redactar una nueva carta magna que mejorase aquella escrita en dictadura. Dicha asamblea produjo un texto que incorporaba avances significativos en materia de derechos para las mujeres y los colectivos LGBTQ+. Esta propuesta fue votada y no se aprobó (Titelman; Leighton, 2022). Sin embargo, el país continuó con su trabajo en materia de reconocimiento en ámbitos diversos de las comunidades LGBTQ+. Asimismo, en el 2020 Chile, al igual que el resto del mundo, sufrió los estragos de una pandemia de COVID-19 que obligó a tomar medidas de cuarentena y suspensión de derechos nunca vistos en la época moderna. Esta pandemia generó nuevas tensiones en el país que se unieron a las previas, muchas de las cuales siguen sin resolverse (Bárcena, 2020).

A nivel legislativo, en Chile, en las últimas tres décadas se han producido una gran cantidad de transformaciones legislativas que han acompañado la progresiva protección de los derechos sexuales, reproductivos y sociales de las mujeres y, en particular, de nuestros colectivos lésbicos, gais, bisexuales, trans, y queers (LGBTQ+) (Figueroa, 2020; Troncoso; Stutzin, 2019). Desde el retorno a la democracia, luego de la dictadura de Pinochet (1973-1990), se comenzaron poco a poco a producir estos avances legislativos. El primero, el año 1998, supuso la despenalización de la sodomía. Solo el 2004, se aprobó una ley de divorcio y, el 2012, luego del brutal crimen de Daniel Zamudio, se aprobó la ley antidiscriminación. El año 2016, se aprobó la ley de unión civil y, al año siguiente, la ley de aborto por tres causales. El año 2018, se aprobó la ley de identidad de género. El 2021, finalmente, se aprobó la ley de matrimonio igualitario.

Es decir, en un lapso de casi 25 años, el país, pasó de la sanción a la sodomía, a la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Estas leyes dejan al país entre los más avanzados del mundo en materia de legislación pro-LGBTQ+ del mundo.

Estos cambios van ligados a modificaciones en las normas y valores sociales respecto a temas denominados valóricos como la homosexualidad. Por ejemplo, en el año 1998, el grado de acuerdo, de la población general respecto a que dos hombres tengan relaciones sexuales con hombres o que dos mujeres tengan relaciones sexuales con mujeres era bajísimo y alcanzaba solo el 3,4% (COSECON, 2000). En el 2022, en cambio, el acuerdo alcanza el 80, 8% (Ministerio de Salud, 2022). Es decir, el país pasó de la homofobia casi total a una aceptación mayoritaria de la homosexualidad. Este es una transformación importante y significativa que, seguramente, acompaña las mutaciones legales acontecidas en el país.

En este contexto y en su historia se ubica la producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en Chile.

Este artículo intentará trazar ese recorrido desde la voz de quien la ha producido, situando al CLAM como vértice fundamental en dicha producción.

El sujeto productor de conocimiento sobre (homo)sexualidades

En este contexto, es que este sujeto, de ahora en adelante, yo, comencé a pensar en la (homo)sexualidad como objeto de estudio. Por tanto, este será un relato en primera persona, al modo de un etnógrafo que habla desde esa posición, para contar lo que ha observado (King, 1999). Pero cabe añadir que aquí esta posición etnográfica no está meramente centrada en la investigación de las poblaciones LGBTQ+, sino que también busco tomar en serio la teoría queer, de la que hablaremos más adelante, para cuestionar las convenciones clásicas de la investigación etnográfica, como, por ejemplo, la estabilidad y coherencia del yo (Rooke, 2022).

Para comenzar este relato, en mis inicios universitarios en la carrera de psicología partí explorando temas como el erotismo o el deseo. En esa época no tenía claro aún si ese erotismo y ese deseo era un deseo heterocisnormado. Tenía dudas sobre ello, titubeos que se alimentaban con mi favoritismo por una cinematografía almodovoriana llena de imágenes homoeróticas que alimentaban un acervo erótico del que solo más adelante sabría calificar como homosexual.

Y, en esa formación universitaria, inicialmente, quería ser psicoanalista lacaniano, pero devine psicólogo social y tuve formación en psicología crítica. En esa época de estudiante de grado constaté que la posibilidad que me entregaba el psicoanálisis para la comprensión de la sexualidad (y mi propia sexualidad homosexual aún en exploración) me alejaba de mis intereses más ligados a la acción social.

En cambio, la formación en psicología social si me podía entregar esa comprensión. Por ello, la realización de diversas actividades en la formación de grado junto a Domingo Asún Salazar (Vergara, 2017), uno de los referentes en la psicología social comunitaria chilena, fue fundamental para el devenir sujeto productor de conocimiento en las (homo)sexualidades. La primera actividad realizada en esa lógica fue la exploración de los avatares de la posible despenalización de la sodomía en el año 93 (que solo se concretaría el 98) y, más adelante, la producción de conocimiento sobre las minorías activas, forma de usar actualmente el clásico concepto de Serge Moscovici para ejemplificar cómo ya en los noventa ciertos grupos de hombres homosexuales se organizaban para luchar por sus derechos (Acosta Ávila, 2006).

Una vez egresado comencé a trabajar en una organización que atendía a personas y familias con VIH/SIDA. En los noventa el SIDA en Chile, como en muchos otros países del mundo, era sinónimo de muerte física y social, y múltiples metáforas daban cuenta de ello (Sontag, 2012). Ya mi propia investigación para finalizar psicología sobre las representaciones sociales del SIDA en funcionarios de Salud me había advertido de que las creencias existentes sobre esta enfermedad eran muy negativas, incluso entre el personal de salud.

Sin embargo, el FRENASIDA, la organización en la que trabajé fue el espacio que me acogió y me permitió acompañar a diversas personas que vivían con VIH/SIDA y, a la vez, aprender sobre el VIH/SIDA, y en particular, sobre el estigma y la discriminación (Castro-Pérez, 1988). Este fue el momento inicial de la producción de un saber que denominaría naif, sobre las (homo)sexualidades. Poco a poco esta producción naif se transformó en una acción planificada, organizada y colectiva.

De esta forma, yo comencé a colaborar con diversos colegas entre ellos, Luis Gaulthier (Ardila; Urzúa, 1988), Francisco Vidal (Vidal et al., 2002) o Tim Frasca (Frasca, 2003). Cada uno de ellos, estaba situado en organizaciones diferentes, con dinámicas diferentes, pero todas buscando avanzar en la generación de conocimiento situado sobre las (homo)sexualidades en el país. Por tanto, una ubicación particular (FRENASIDA), posibilitó que yo pudiese conectarme con otras redes y organizaciones que me permitirían comenzar a indagar más planificadamente sobre las (homo)sexualidades. A esta ubicación, se uniría más adelante mi apoyo a la Corporación Chilena de Prevención del Sida.

A la vez, este trabajo de pesquisa me permitiría comenzar a descubrirme como hombre gay. Además, este fue el momento en que comencé a participar, aunque no activamente, del movimiento homosexual, más como un espacio de autoconocimiento, que como un espacio de movilización social e identitaria. Allí conocería a muchos de quienes devendrían en los líderes del movimiento LGBTQ+ chileno.

Paralelamente, en este periodo, tuve la oportunidad de conectar con quienes desarrollaban la disciplina sexológica en el país. En particular, con el psicólogo argentino Roberto Rosenzvaig (Valdés Echenique; Guajardo Soto, 2007), quien, junto a Irma Palma (Barrientos; Palma; Gómez, 2014), fueron quienes me iniciaron en el campo mas formal de los estudios sexológicos. Esta inserción fue fundamental ya que me permitió situar en un campo existente (la sexología), mi interés naif sobre las (homo)sexualidades y entregarle un respaldo disciplinario. Esta vía me permitiría conectar con el mundo de la investigación sexológica en Chile, Latinoamérica y más adelante del mundo.

Así llegó el año 1998, y en el país se realiza la primera encuesta nacional de comportamiento sexual, proyecto liderado por la CONASIDA (Comisión Nacional del Sida), perteneciente al Ministerio de salud y la cooperación francesa. Este estudio, denominado COSECON (Comportamiento Sexual del Cono Sur), me permitió adentrarme en el análisis de datos sobre la sexualidad a nivel poblacional (CONASIDA, 2000). En esa investigación analicé los datos relativos a homofobia y la declaración de orientación sexual. Dicho trabajo me permitió conectar con diversos investigadores extranjeros como los franceses Michel Bozon, Alain Giami o el finés Osmo Kontula quienes pasarían a ser más adelante mis referentes intelectuales. Asimismo, a propósito de este estudio colaboré a nivel nacional con investigadores muy diversos como Pedro Güell, Dariela Sharim o Irma Palma. Esta vinculación, iniciada por la participación en este estudio, posibilitaría que, a mi retorno del doctorado y una vez instalado ya en la escuela de psicología de la Universidad Católica del Norte, pudiese comenzar a insertarme en otra red de investigadores latinoamericanos, la red convocada por el CLAM (Centro Latinoamericano en Sexualidad y Derechos Humanos).

Esta inserción sería el inicio de una frutífera trayectoria de formación e investigación, asi como de la generación de diversas y entrañables amistades. En el periodo inicial de vinculación con el CLAM, los dos referentes mas relevantes fueron Maria Luiza Heilborn (de Oliveira Costa et al., 2019) y Sergio Carrara (Simões; Carrara, 2014). Ambos, investigadores reconocidos en Brasil en su campo (la antropología), fueron quienes me abrieron un nuevo mundo de posibilidades temáticas, teóricas y metodológicas. Fue el inicio de una voraz trayectoria de viajes desde y hacia Rio de Janeiro (sede del CLAM), asi como de reuniones, contactos e intercambios.

El descubrimiento de la antropología como disciplina me abrió los ojos hacia un mundo que desconocía y que albergaba una riqueza enorme. Lo anterior, sucedía en el inicio de mi trayectoria académica como profesor de psicología social en una ciudad del norte de Chile: Antofagasta. Allí llegué al retorno del doctorado y allí desarrollé mis primera investigaciones financiadas. Allá llegué como investigador gay, aun en el closet, aunque ya con una relación amorosa con un hombre hacia dos años. Esta ciudad, Antofagasta, es un emplazamiento relevante en el norte del país dado que se ubica próxima a los enclaves mineros del cobre. Allí desarrollé mi trabajo en el desierto (literalmente el desierto más seco del mundo), con todo a por hacer y tratando de construirme un espacio académico, sin hacer mucho ruido debido a mi condición sexual.

Antofagasta es una ciudad que alberga servicios prestados a la minería del cobre. Allí, por tanto, se producen determinados tipos de relaciones de género que era importante conocer. Y eso comencé a hacer: a tratar de desentrañar cómo y de qué forma quienes habitaban dicho espacio se relacionaban y qué efectos tenían esas relaciones. La primera aproximación etnográfica la realizamos en aquellos espacios conocidos en Chile como “schoperías”, lugares donde se consume cerveza en schop y donde, a la vez, se generan diversos tipos de interacciones entre quienes asisten a dichos espacios (Barrientos Delgado et al., 2011). En esa aproximación nos sumergimos en esos espacios, conocimos a sus clientes y a quienes atienden dichos lugares. Asimismo, transitamos por otros espacios donde hombres que trabajan en el rubro de la minería transitan para descansar y divertirse. Visitamos bares, cafés con piernas y topless, todos lugares que, en esta zona geográfica, tienen en común, la presencia de mujeres que atienden. Acá, constatamos que son ellas quienes atienden esos lugares y a la vez se relacionan con los clientes en modos particulares de interacción. Son relaciones en las que ellas se transforman en objetos de consumo visual de quienes asisten. Ellas están no solo para atender las necesidades alcohólicas de los clientes, sino que también para atraerles eróticamente (Frank, 2007).

Al mismo tiempo que realizaba esta mi primera aproximación etnográfica, de una u otra forma, luchaba por cuidar mi imagen de hombre gay en el closet en un contexto universitario católico. Yo pensaba que el silencio y la discreción serían garantes de mi inmunidad frente a la violencia homofóbica en ese espacio.

Mis alumnos me interrogaban respecto a mi sexualidad y yo intentaba evitar hablar de ello. Y mientras tanto, seguía investigando. Brasil pasó a ser mi segundo hogar y Rio de Janeiro la ciudad que me acogía. Aparecieron Horacio Sivori, Mario Pecheny, Rodrigo Parrini, Ximena Salazar, Carlos Cáceres y Jane Russo, entre muchos otros investigadores que devinieron mis amigos.

Este viaje de producción de conocimiento continuó con la realización de estudios junto a organizaciones LGBTQ+, como el primer estudio de la marcha (Barrientos, 2011) u otros con financiamiento público. Paralelamente, mi vida acontecía entre un ir y venir desde y hacia Europa. El amor avanzaba y el 2007 nos casaríamos en Barcelona.

Los proyectos de investigación continuarían, los vínculos aumentarían y se ampliarían a otros países. Comenzaría lo que sería la trayectoria académica y de investigación que me identifica como uno de los primeros investigadores chilenos en indagar sobre el estigma, el prejuicio y la discriminación y sus efectos en la salud mental de nuestros colectivos LGBTQ+. Ese reconocimiento me abrió nuevas puertas y el acceso a redes y relaciones que nunca pensé que tendría. ¿Cómo un joven del sur de Chile, criado en una familia católica, alumno de los jesuitas, nacido en plena dictadura militar, criado en la masculinidad hegemónica tradicional del Chile de aquella época, cargada de sexismo y homofobia, termina siendo un referente en la producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades?

Esta pregunta deviene como tal años después, el 2015, al momento de presentar mi libro la: Violencia Homofóbica en América Latina y Chile (Barrientos, 2015). Este era el momento de salir públicamente del closet y entrar de lleno en el mundo de la visibilidad pública, con los desafíos que ello implica. Y ello no suponía que ya no estuviese de una u otra forma fuera, sino que este era el momento de enunciarme como tal y cambiar la posición desde la que me expreso. La necesidad de contar quien soy y desde que lugar me ubico en el mundo devino una necesidad incontrolable y el paso dado hacia la visibilidad, una consecuencia de aquello.

Y la imagen monstruosa que siempre rondó en mi cabeza de quien era o podía llegar a ser (Foucault, 2001), la imagen del hombre defectuoso debido a su sexualidad (homo)sexual, devino en una imagen luminosa, llena de vida y color. El closet tenía su arquitectura que me impedía mostrar la luz de mi propia subjetividad, de alguna forma dicho closet me encorsetaba y me oprimía (Sedgwick Kosofsky, 2000). Y de aquel sentimiento de pánico y angustia que tuve la primera vez que viví un ataque de ansiedad asociado de una u otra forma a la vivencia de mi sexualidad, comprendí que esa sensación provenía de algo que no me habían contado de mi propia historia: que deseaba a otros hombres y que aquello no era ni un pecado, ni una enfermedad.

Y desde ese momento no solo dejé de experimentar aquella sensación ominosa de muerte ante el avance de la ansiedad generalizada que controla tu cuerpo, sino que sentí que me liberaba de una pesada carga y avanzaba en una senda que me proyectaba hacia múltiples lugares que debía descubrir y habitar. La salida del armario se transformaba en un raudal de posibilidades de ser y estar en el mundo que, aunque no me reconociese totalmente, yo estaba allí para luchar por ello, suponía además un reacomodo importante en términos identitarios (Ward; Winstanley, 2005). Por primera vez asumí que mi propia historia, podía ser la historia que podría servir a otros para avanzar en su propio camino de autoconocimiento y autoaceptación. No solo tenía un rol importante, el de formador universitario, sino que, además, ejercía la labor de investigador en un contexto de transformaciones sociales ligadas a nuestras comunidades LGBTQ+. De una u otra forma devenía un investigador/académico (homo)sexual y mi praxis suponía o podría suponer una forma de queerizar el espacio académico. Este ejercicio es un ejercicio permanente que no acaba menos aun si consideramos que históricamente las universidades han sido espacios herocisnormados. Y más hoy en día en la que abogamos para que nuestras universidades sean espacios seguros para todos quienes son LGBTQ+, sean estudiantes (Steck; Perry, 2018) o profesores (Prock; Berlin; Harold; Groden, 2019; Yost; Gilmore, 2011).

Y aunque mi forma de estar y presentarme en este espacio seguía siendo la misma, mi énfasis cambió: comencé a transformar mi producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en un dispositivo para desmontar el heterosexismo de la academia y la producción de investigación. De una u otra forma sentí que ahora sobre mi tenía una carga diferente, asociada a la responsabilidad política y ética de producir conocimiento que desmontase la violencia ejercida hacia nosotros. Y esta no era una tarea fácil en ese momento, ya que debería enfrentarme a años de machismo, sexismo y homofobia (Rivers, 2015) que habían hecho de nuestra voz, una voz no autorizada para hablar sobre nosotros (Pérez, 2019). Tenía que pensar igualmente como hacer de nuestra voz, una voz autorizada, legitimada y reconocida.

Al mismo tiempo esto suponía un ejercicio nuevo, el de la reflexividad, en el que mi posición como investigador y la de otros actores involucrados en estas situaciones sociales de investigación, se deben negociar continuamente, revelando la flexibilidad de las fronteras de la investigación (Blanco, 2014). La distancia solicitada como garante de una supuesta objetividad queda cuestionada cuando, para la entrada y el conocimiento del campo, se requiere asumir un lugar que cuestiona una posición externa - objetiva. De una u otra forma, este es un proceso de negociación de posiciones que supone a la vez desmontar el andamiaje que normalmente la psicología en la que me formé usa para la producción de conocimiento científico (McDonald, 2013). Este proceso implicaba además una oportunidad para amplificar la voz silenciada o simplemente anulada de muchas personas LGBTQ+ durante años en los procesos de investigación (Cárdenas Castro et al., 2021). Era sin duda alguna una oportunidad para reconocer a quienes han sido estigmatizados, prejuiciados o discriminados debido a su orientación sexual y su identidad de género. Era dejar de pensar en la homosexualidad como una enfermedad, un delito o un pecado (Bullough; Bullough, 2019) y en poner atención en quienes perpetran violencia hacia nuestras comunidades y en los efectos que esto tiene sobre nuestra salud y nuestros cuerpos.

El conocimiento (inter) disciplinar

Tal como lo mencioné antes partí queriendo ser psicoanalista y terminé siendo psicólogo social. La formación lacaniana era la que predominaba por sobre la freudiana al momento de mi formación. Algo me incomodaba en ese lugar de producción de saber psicoanalítico, lo que me hizo distanciarme de ella (Preciado, 2021). Y a buena hora fui a parar a la psicología social. Descubrí no sólo la potencia de la tradición producida en Latinoamérica, sino que también, pude describir la rica tradición americana sobre estigma, prejuicio y discriminación. Ignacio Martin-Baro (2006), Maritza Montero (1984) o Domingo Asún (Vergara, 2017) fueron quienes me guiaron por esa senda latinoamericana. Y Erving Goffman (1997; Manning, 2013), Gordon Allport (1962) y, más adelante otros, me indicarían el camino en la tradición canónica americana.

Además, la formación de posgrado me permitió descubrir la teoría sociológica y sumergirme en claves conceptuales y metodológicas que desconocía. La importancia de Anthony Giddens (2013), la relevancia de John Gagnon y William Simon (Simon; Gagnon, 2003) con su teoría de los guiones sexuales, me abrirían nuevas posibilidades.

Pero faltaba aún más por llegar. La formación en teoría queer en aquel curso de verano de A Coruña a inicios de los dos mil me permitió conocer la clave de lo que supongo años mas tarde sería lo que soy: la teoría de género y los aportes de la producción queer. No solo Judith Butler (Reddy; Butler, 2004), Beatriz/Paul Preciado (2002) y Paco Vidarte (2014). Estos serían mis nuevos compañeros de ruta. Al poco tiempo se añadieron otros y otras que fueron ampliando y diversificando mi formación. Obviamente Michel Foucault (1990) y toda la tradición francesa pasaron a ocupar un lugar privilegiado en mi biblioteca. Conocí la historia de nuestras comunidades con aquellos clásicos de John Boswell (1980) y George Chauncey (2008). Comprendí que no podía conocer quienes somos, sin mirar quienes hemos sido y como nos hemos ido constituyendo en ellos.

Y por supuesto, la conexión brasileña - carioca me abrió los ojos a la antropología, a sus recursos y a sus conceptos. La producción brasileña en antropología sobre las sexualidades y (homo)sexualidades me permitió descubrir una riqueza insospechada. La etnografía como método pasó a ocupar mis lecturas obligatorias y las preguntas que los antropólogos se hacen en el campo, empezaron a inundar mi propia producción de conocimiento. Los trabajos de Annick Prieur (2007), Richard Parker (2009) y Horacio Sívori (2005), entre muchos otros, alimentaron mi deseo de innovar y experimentar en el campo. Estas lecturas me impulsaron a salirme de las reglas impuestas por el positivismo propio de la psicología social americana y adentrarme en las tensiones de la vida al natural, modificando el lugar que yo ocupaba en el entramado sujeto - objeto. De una u otra forma era una forma de distanciarme aun más de mi formación inicial y avanzar en el terreno de la interdisciplina.

Un hito en este proceso fue la posibilidad de dictar un curso en el máster sobre género que la FLACSO tiene en Quito en Ecuador. En este espacio, pude por primera vez, desplegar abiertamente un conocimiento producido sobre nuestras comunidades de un modo que pusiese en primer lugar nuestras voces y posiciones. Y, en ese contexto, con estudiantes de diversos países y disciplinas, pude reflexionar sobre lo que justamente la violencia era. Este fue un hito relevante para comenzar a no solo pensar en producir conocimiento sobre las (homo)sexualidades, sino que a también reflexionar sobre cómo, de qué forma y para qué producimos ese conocimiento. Comenzaron así a interesarme cuestiones más del ámbito de la teoría y la producción metodológica del conocimiento y de sus implicancias. Parte importante de este desafío lo llevé adelante junto a Christèle Fraïssé con la reflexión sobre qué es la homofobia y cómo puede ser estudiada (Fraïssé; Barrientos, 2016).

Mi cabeza obviamente explotaba cada día. Y eso que aún quedaría mucho camino por recorrer. La entrada al proyecto “Normalidad y Diferencia” y el trabajo junto a Claudia Matus (Matus Cánovas; Haye Molina, 2015), supuso la posibilidad de mirar a la escuela como un espacio generizado y donde la violencia hacia nuestras comunidades LGBTQ+ se expresaba con mucha intensidad. Y asi, la posibilidad de que las discusiones propias del campo educativo formasen parte del acervo que me inquietaba, pasaron a constituirse en el nuevo motor de mis intereses.

Con este recorrido pretendo visibilizar cómo la producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en Chile supone un ejercicio interdisciplinar. Este ejercicio permite aproximarse a las tensiones que vivimos como sujetos LGBTQ+ sin caer en reduccionismos que nos simplifiquen en nuestra idiosincrasia o en nuestra pertenencia cultural o identitaria. De esta forma transité de apuestas mas centradas en el individuo (psicológicas) a otras en las que pone atención en las interacciones y en cómo estas suceden en contextos particulares.

Además, lo interesante es que mediante este recorrido pude colaborar en el trabajo abierto por la FLACSO Chile y sus estudios sobre masculinidades, con los fundamentales y valiosos aportes de Teresa Valdés y José Olavarría para incluir nuevos temas y modos de aproximarse a estos (Kimmel; Valdés; Olavarría, 1997).

La creación del programa de investigación sobre género y diversidad (GEDIS) sería el lugar de arribo de esta producción interdisciplinaria, ampliando las disciplinas hacia el trabajo social, el derecho o la ingeniería.

Conocimiento producido sobre las (homo)sexualidades

En mis inicios como investigador, en Chile lo importante era el VIH/SIDA y sus efectos. La enfermedad afectaba diariamente a muchas y muchos y quienes pasaban a vivir con el VIH se transformaban en sujetos abyectos, sobre los cuales caía el estigma, el prejuicio y la discriminación. Por ello inicialmente, la investigación que efectué se centró en este tema. A propósito de este trabajo un tiempo después pude analizar los resultados de la COSECON relativos a la homofobia y a las orientaciones sexuales.

Mas adelante, mi entrada en la red del CLAM me permitió comenzar una fructífera carrera en la producción de conocimiento sobre nuestras comunidades LGBTQ+. El CLAM sin duda alguna se transformó en el centro de referencia de una producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en América Latina. Hasta la creación del CLAM no había ni ha habido hasta ahora un centro semejante a este en la región que alcance un carácter regional e interdisciplinario. El CLAM se constituyó asi en lo más parecido a centros de otros contextos como el Kinsey Institute existente en EE. UU., aunque el CLAM con un énfasis más activista que el primero.

En esta entrada como investigador al CLAM, el estudio sobre la marcha LGBTQ+ fue el primero y luego continuó con el estudio sobre el campo de la sexología en Chile. Paralelamente, surgieron diversos intercambios y colaboraciones. Sin embargo, cabe destacar que el estudio de la marcha se transformó en un hito en el país. Este fue un estudio pionero realizado dos veces con el apoyo del CLAM y, en particular, de Horacio Sívori (Barrientos et al., 2008; Barrientos et al., 2011). Esta investigación permitió producir un saber inicial y comparado sobre violencia y permitió poner a prueba un dispositivo de investigación durante las marchas del orgullo LGBTQ+ en varios países de la región, en especial en Latinoamérica. Y, además, era una investigación hecha con el apoyo de organizaciones LGBTQ+. También, esta exploración posibilitó evaluar por primera vez en Chile la discriminación y victimización percibida por las poblaciones LGBTQ+, salir de la disciplina (psicológica) y entrar en la inter y transdisciplina en diálogo, particularmente, con la antropología, trabajar colectivamente con estudiantes y otros investigadores de la región y crear una red de difusión de conocimiento entre países e investigadores de Perú, Argentina, Colombia, Brasil, México y Francia. Por último, permitió la formación de estudiantes e investigadores noveles.

Luego continuaron los estudios centrados en el norte de Chile, en particular, indagando en las relaciones de género en contextos mineros. A ellos, les siguieron los estudios sobre la violencia homofóbica y su impacto en la salud mental (Barrientos; Cárdenas, 2013) y la adaptación y validación de escalas para evaluar homofobia (Cárdenas; Barrientos, 2008). Primero, estudiamos a hombres gay y mujeres lesbianas (Barrientos et al., 2017) y, más adelante, seguimos con personas trans (Guzmán-González et al., 2020).

El CLAM pasa así a constituirse en un espacio de encuentro entre diversos investigadores de diversos países en seminarios, conferencias y congresos; de apoyo financiero, técnico y científico; de producción y divulgación de conocimiento a través de la web y la revista Sexualidad, Salud y Sociedad y tal como ya lo mencioné de referencia en Latinoamérica y el mundo.

Todos los trabajos de investigación que realicé y que siguieron contaron con el apoyo formal e informal del CLAM. Además, la participación en los congresos de la Asociación Internacional para el Estudio de la Sexualidad, la Cultura y la Sociedad (IASSCS) permitieron la construcción de redes, alianzas y nuevos conocimientos.

Las siguientes investigaciones supusieron la interdisciplinariedad y la internacionalización de la investigación ejecutada: el trabajo con educadores, sociólogos, antropólogos, y con investigadores de América Latina, México, EE. UU., Portugal, España y Francia. Y en ese contexto, la incorporación a la red de la International Academy of Sex Research (IASR) supuso un momento importante en esa internacionalización.

De allí en adelante las nuevas producciones supusieron nuevos temas, como los movimientos y políticas anti-género, proyecto coordinado por Sonia Correa a través de Sexuality Policy Watch (Corrêa; Pazello, 2022), las violencias policiales hacia nuestras comunidades LGBTQ+ (Arensburg-Castelli et al, 2021), los aspectos relaciones de las comunidades LGBTQ+ (Guzmán-Gonzalez et al., 2020) o las aproximaciones afirmativas para el abordaje clínico de nuestras comunidades LGBTQ+, por mencionar algunos temas.

Y este trabajo se consolidó con la realización de la segunda encuesta nacional de sexualidad, género y salud chilena o más conocida como ENSSEX. Esta nueva encuesta nos permitió generar un dispositivo de alcance nacional para comprender las transformaciones de la sexualidad en el último cuarto de siglo del país. Además, de integrar por primera vez un módulo especifico sobre nuestras comunidades LGBTQ+.

Todo este trabajo y este recorrido permitió el desarrollo de una línea de investigación específica sobre violencia hacia las poblaciones LGBTQ+ en Chile (con otros investigadors/as nacionales e internacionales, estudiantes pre y posgrado, Estado y ONG). Esta línea ha permitido la creación, adaptación y validación de escalas y medidas relativas a homofobia y actitudes hacia las comunidades LGBTQ+ en general, la descripción y caracterización de la violencia percibida por personas LGBTQ+, la discusión de los alcances y límites de la noción de violencia homofóbica, la puesta a prueba de diversas estrategias de muestreo, entre ellas las de bola de nieve y las de RDS (Delgado; Castro, 2014), y, la sistematización de los problemas metodológicos para investigar poblaciones LGBTQ+ (Delgado; Radi, 2021).

Además, esta línea ha permitido ir mostrando las diversas facetas de la violencia homofóbica y sus diversos efectos en la salud mental de nuestras comunidades LGBTQ+. En particular, hemos ido poniendo a prueba el modelo explicativo del estrés de las minorías formulado por Ilan Meyer (Cárdenas et al., 2018).

Asimismo, las investigaciones desarrolladas nos han permitido ampliar el estudio de la violencia hacia los contextos educativos (Barrientos; Lovera, 2020), los espacios de salud (Barrientos, 2016), los contextos laborales y hacia lo que sucede en el contexto de las parejas (intimate partner violence) (Barrientos et al., 2016). Hemos, igualmente, estudiado las parejas del mismo sexo y diversas características de estas (Gómez-Ojeda et al., 2017).

Por último, mas recientemente nos hemos esforzado por comprender como las personas trans gestionan la violencia que viven, mediante el estudio de las estrategias de afrontamiento del prejuicio (Barrientos et al., 2023). Y, estamos, actualmente estudiando y analizando los resultados de la segunda encuesta nacional de comportamiento sexual o también conocida como ENSSEX.

Los efectos del conocimiento producido

Quizás uno de los mas importantes efectos de esta producción de conocimiento ha sido la vinculación con diversas organizaciones LGBTQ+ chilenas (Barrientos, 2020). La creencia en que el conocimiento sobre nuestras comunidades requiere de las voces de quienes forman parte de ellas y que, aunque dichas voces no sean expertas en investigación son voces autorizadas para participar en el diseño, ejecución y análisis, supone un compromiso ético - político de nuestra praxis de investigación (Cárdenas Castro et al., 2021). Además, esta es una forma de desmontar la injusticia epistémica existente hacia nuestras comunidades LGBTQ+. Tal como muy bien lo ha afirmado la filósofa argentina Moira Pérez (2019) la violencia epistémica es probablemente una de las formas de violencia que afectan a las identidades socialmente marginadas entre ellas nuestras comunidades LGBTQ+, menos abordadas. Para ella, esta violencia es un fenómeno político, ético y epistémico que afecta todo: desde vínculos cotidianos hasta la práctica profesional

En segundo lugar, la producción de conocimiento ha posibilitado la formación de estudiantes de grado y posgrado (en psicología, sociología, educación), que han ido colaborando y comprometiéndose en el estudio de nuestras comunidades, siendo en algunos casos parte de esta comunidad. Además, esto ha permitido el aprendizaje tutelado de investigadores juniors hecho por otros seniors.

En tercer lugar, el conocimiento producido ha posibilitado la generación de redes y vínculos con diversas universidades nacionales e internacionales, asi como con centros de investigación, entre los que destacan: la Universidad de Buenos Aires, Universidad de Chile, Universidad Cayetano Heredia, Universitat de Barcelona, Universidade do Estado do Rio de Janeiro, Université de Bretagne Occidentale, el Institut Nationale d´Etudes Demographiques (INED), el Inserm (National Institute of Health and Medical Research) o Väestöliitto.

También, la difusión del conocimiento producido a través de diversas vías y caminos (reportajes en la prensa, artículos de opinión), difusión que ha permitido contar qué se ha hecho y cómo.

Asimismo, ha permitido la generación de productividad científica en revistas científicas indexadas, en capítulos de libros y en libros ha posibilitado que este conocimiento sea reconocido nacional e internacionalmente como un referente en la producción de conocimiento sobre violencia hacia las (homo)sexualidades en Chile y América Latina.

Y, también, entre los efectos de este conocimiento, hay dos resultados relevantes y no siempre bien valorados en la academia. Uno de ellos, es la generación de amistades únicas y entrañables con muchos y muchas a lo largo del mundo, con quienes hemos ido construyendo este conocimiento. La amistad se ha transformado en un vínculo que inviste el trabajo de una energía que sostiene las dificultades encontradas en el camino. Además, la amistad como un vínculo que evita que las consecuencias habituales que aparecen en el mundo académico, como la competencia voraz o la lucha por ocupar posiciones de poder, se entronicen y dominen el ejercicio investigativo. Esto ha supuesto el ejercicio de modos particulares de ser y estar en el espacio académico, buscando la creación de relaciones horizontales, de creación y toma de decisiones colectivas. La universidad suele ser mas bien un espacio que hace todo lo contrario, en las que prima la producción de mucho conocimiento no importando su calidad, sino que la cantidad, y tampoco importando los usos o las transferencias de ese conocimiento. Prima por sobre todo la rentabilidad económica asociada a ese tipo de producción (Pereira, 2015).

Y, finalmente, qué duda cabe que la salida del closet académico y el uso de dicha posición como un lugar de visibilización de nuestras comunidades LGBTQ+ para el reconocimiento de quienes somos en este espacio.

A modo de conclusión

Este artículo ha buscado relatar en primera persona la producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades en Chile y el lugar del CLAM en ese ejercicio. Además, ha intentado problematizar cuestiones como quien produce ese conocimiento y el lugar disciplinario desde el que esa labor se hace.

Por último, ha intentado visibilizar el valor de esa producción más allá de la producción de artículos científicos, resaltando otros productos de ese ejercicio como la formación de estudiantes o la generación de redes y amistades.

Para concluir, ¿cómo será el futuro y que lugar en ese futuro tiene el CLAM, como un espacio único de referencia en la región para la producción de conocimiento sobre las (homo)sexualidades?

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Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    22 Nov 2024
  • Fecha del número
    2024

Histórico

  • Recibido
    21 Ago 2024
  • Acepto
    16 Oct 2024
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