Resumen
The article analyzes the spaces of emerging citizenship of Haitian people who live in Santiago de Chile, as well as their forms of social organization. Through field work carried out between the years 2018 and early 2025 with an ethnographic methodology, a nascent autonomy is observed in Haitian residents in the communes of Quilicura and Estación Central - and especially in the peripheral commune of Quilicura - which we investigate here based on the understanding of the dynamics of social incorporation and roots or not of migrants: uncertain citizenship, ethnic borders and urban relegation. The results conclude that Haitian migrants report being discriminated against for racist reasons and undervalued for their national origin, within the framework of an asymmetric multiculturalism that does not accept them as equals in political-social terms. The creation and growing participation in Afro-descendant associations that act as intermediary structures is confirmed. Currently, there are few publications that analyze the experiences of Haitians in Greater Santiago, considering their practices and strategies in the face of situations of contempt experienced; In this way, the article hopes to contribute to a better understanding of the coexistence between nationals and Haitians in Chile.
Palabras clave
Citizenship; discrimination; migration Haiti-Chile; relegation; ethnic organization
Abstract
The article analyzes the spaces of emerging citizenship of Haitian people who live in Santiago de Chile, as well as their forms of social organization. Through field work carried out between the years 2018 and early 2025 with an ethnographic methodology, a nascent autonomy is observed in Haitian residents in the communes of Quilicura and Estación Central - and especially in the peripheral commune of Quilicura - which we investigate here based on the understanding of the dynamics of social incorporation and roots or not of migrants: uncertain citizenship, ethnic borders and urban relegation. The results conclude that Haitian migrants report being discriminated against for racist reasons and undervalued for their national origin, within the framework of an asymmetric multiculturalism that does not accept them as equals in political-social terms. The creation and growing participation in Afro-descendant associations that act as intermediary structures is confirmed. Currently, there are few publications that analyze the experiences of Haitians in Greater Santiago, considering their practices and strategies in the face of situations of contempt experienced; In this way, the article hopes to contribute to a better understanding of the coexistence between nationals and Haitians in Chile.
Keywords
Citizenship; discrimination; migration Haiti-Chile; relegation; ethnic organization
Resumo
El artículo analiza los espacios de ciudadanía emergente de personas haitianas que viven en Santiago de Chile, así como sus formas de organización social. A través del trabajo de campo realizado entre los años 2018 a inicios de 2025 con una metodología etnográfica, se observa en los residentes haitianos, especialmente en la comuna periférica de Quilicura -así como en las conexiones con Estación Central-, una naciente autonomía, la que aquí indagamos a partir de la comprensión de las dinámicas de incorporación social y arraigo o no de los migrantes: ciudadanía incierta, fronteras étnicas y relegación urbana. Los resultados concluyen que los migrantes haitianos señalan ser discriminados por motivos racistas y subvalorados por su origen nacional, en el marco de una multiculturalidad asimétrica que no los acepta como iguales en términos político-sociales. Se constata la creación y creciente participación en asociaciones afrodescendientes que actúan como estructuras intermediarias. Actualmente son escasas las publicaciones que analizan las experiencias de los/as haitianos/as en el Gran Santiago, considerando sus prácticas y estrategias ante las situaciones de menosprecio vividas; por esta vía, el artículo espera contribuir a una mejor comprensión de la convivencia entre nacionales y haitianos en Chile.
Palavras-chave
ciudadanía; discriminación; migración Haití-Chile; relegación; organización étnica
Introducción
Los barrios con alta aglomeración migrante han aumentado en Chile durante el siglo XXI a partir de la llegada de personas en movimiento desde países de Latinoamérica y el Caribe. En una creciente migración Sur-Sur, millones de personas cruzan las fronteras nacionales buscando una mejor vida, pues por razones políticas, económicas y de inseguridad pública deben salir de su país natal, intentando encontrar una forma de vida honesta y digna en otro Estado-nación, reconocidos como personas y ciudadanos, aunque sea temporalmente, cada vez más en el Sur Global. Estos hechos coinciden con un espacio-tiempo en que Chile, al menos desde octubre de 2019, vive un hito histórico. El estallido social hace más de seis años criticó la desigualdad socioeconómica, mientras que la crisis sanitaria por covid-19 durante 2020-2021 (Gissi y Andrade, 2022b) aumentó la incertidumbre y los temores en la población nacional y foránea, miedos que han crecido con base en la percepción de inseguridad pública (INE, 2023), dirigiendo la narrativa de enemigos internos contra los extranjeros e incrementando la xenofobia.
Los temores se reactivaron en la sociedad chilena con los dos procesos constituyentes, uno de izquierda, otro de derecha, rechazados en 2022 y 2023. Es de destacar que en estos procesos se debatió y votó en torno a la forma de Estado que aspiran los ciudadanos chilenos: un Estado neoliberal o bien un Estado social. En el primero prima la idea de ciudadanía jurídica y los intereses individuales, en una lógica de mercado. En el segundo, se vuelve a vincular la ciudadanía a una concepción política, reivindicando aquellas formas de participación colectiva en términos de clase, género, etnia o edad, revelando un rol de incorporación social y reconocimiento de las diferencias. En este polarizado ambiente democrático han aumentado los miedos en los chilenos y se ha extendido la xenofobia, y, como respuesta estatal, se ha constatado un control y securitismo migratorio nacional. Lo que está en juego es la vida personal y social, sus posibilidades de realización, de vivir bien en la convivencia entre propios y extraños.
De este modo, el aumento de los orígenes etno-nacionales extranjeros en las ciudades a lo largo del país (especialmente en Santiago, Antofagasta y Valparaíso) y de comunas, siendo Santiago Centro la que cuenta con mayor cantidad de migrantes, seguida de Antofagasta y Estación Central, ha pluralizado y complejizado la convivencia urbana, generándose zonas de contacto (Pratt, 2010). Se disputan las condiciones de ciudadanía, a partir de dinámicas, acciones, imaginarios y discursos. Al caminar por Santiago, y sus contrastes entre el oriente y el poniente, marcados por fronteras urbanas (que a veces coinciden y otras no con las que nos indican los interlocutores), se observan reuniones migrantes o mixtas, en plazas céntricas y periféricas, parques, canchas, iglesias, clubes, edificios y casonas, algunas de larga duración (4-5 horas, a veces a lo largo de varios días), producidas por estructuras institucionales o bien por organizaciones más laxas, pero con importantes redes sociales, incluso transnacionales.
Según los datos del Censo 2024 (INE, 2025), en Chile hay 1.608.650 personas migrantes, representando el 8,8% del total de la población del país. El colectivo más importante es el venezolano, representando el 41% del total migrante, seguido del peruano, el colombiano, el boliviano y, en quinto lugar, el haitiano. Según el Censo 2024, hay 80.781 haitianos con un desfase de más de 100.000 personas comparado con estimaciones del Servicio Nacional de Migraciones que calculó un total de 188.131 en 2023 (SERMIG, 2024). El colectivo haitiano ha sido destacado por su otredad física y cultural -así como otros afrodescendientes de diversas nacionalidades-, de acuerdo con el imaginario dominante de la identidad chilena basada en una supuesta europeidad predominante. Los haitianos se han visto históricamente forzados a emigrar hacia República Dominicana, Brasil y Ecuador, además de EE.UU., Canadá y Francia (Ceja y Ramírez, 2022; Louidor, 2016), y desde 2006 también hacia Chile, tratándose de una población mayoritariamente joven y en edad laboral, pues más del 80% de los nacidos en Haití tiene entre 15 y 44 años (SERMIG, 2024). En 2018 el gobierno de S. Piñera, en su segundo periodo presidencial (2018-2022), impuso, por vía administrativa, una Visa Consular para contener este flujo migratorio. Otorgó también una Visa Humanitaria con un cupo de 10.000 personas al año, con fines de reunificación familiar para quienes ya se encuentran viviendo en el país. Fueron 12 años de recepción de ciudadanos de Haití en Chile. En 2017 ingresaron 110.166 personas, y bajó a 39.263 en 2018, debido a la implementación de esta visa. A partir de esa fecha se incrementaron los ingresos de haitianos por pasos no habilitados (Diario UChile, 2021), sin embargo, también se puede reconocer que ha habido una reemigración, sobre lo que no hay datos exactos, aunque se sabe que entre 2016 y 2025 se entregaron 299.512 residencias temporales (SERMIG, 2026a), lo que implicaría que más de 100.000 haitianos se fueron durante los últimos años.
En abril de 2021 se promulgó la Ley 21.325 de Migración y Extranjería que crea el Servicio Nacional de Migraciones y el Consejo de Política Migratoria. Se trata de una normativa que restringe la ciudadanía al imposibilitar un cambio de estatus migratorio una vez ingresado al país, pues la condición de regularidad es clave para el ejercicio -al menos formal- de una ciudadanía migrante (Gissi et al., 2022). Estos fenómenos emergentes de migración, convivencia e interculturalidad, así como los cambios político-jurídicos que ha habido respecto a la población migrante, aumentan el interés y urgencia de estudiar esta realidad social con mayor profundidad en los espacios urbanos, incluyendo la migración afrodescendiente en su dimensión asociativa.
El colectivo haitiano, por diferencias lingüístico-culturales, por no convalidar títulos técnicos y universitarios de Haití (Bustamante, 2018; Norambuena, 2020; Rojas et al., 2015), así como por la racialización y el racismo cotidiano e institucional (Madriaga y Gissi, 2025; Pavez et al., 2018; Thayer, 2014; Thayer y Tijoux, 2022; Tijoux, 2016), es el que ha enfrentado más barreras para integrarse en Chile. De este modo, el problema de investigación que aquí se plantea es mostrar las formas de organización social, civil y religiosa, de ciudadanía emergente, de los migrantes haitianos que viven hoy en Santiago de Chile. Ello implica el reconocimiento de formas de ciudadanía formales e informales, implicadas en las asociaciones sociales, laborales y religiosas que conforman vías activas de crear una presencia legítima de la haitianidad en un país que ha inferiorizado esta población al racializarla. Cabe cuestionarse qué dificultades y posibilidades enfrentan en la ciudad de Santiago ¿Qué papel han jugado las organizaciones étnicas y las iglesias católicas y evangélicas? ¿Qué características tienen sus procesos de arraigo o intenciones de retorno o reemigración? Nuestro propósito es analizar sus experiencias migratorias en la capital chilena, con foco en los aspectos socioeconómicos y residenciales de la inclusión o relegación social, entre 2006 y 2025, considerando las valoraciones personales y aspiraciones de una buena vida, así como sus prácticas de ciudadanía urbana de facto.
La estructura de los siguientes apartados inicia con el marco de referencia: ciudadanía incierta, fronteras étnicas y relegación urbana; sigue con el abordaje metodológico; y continúa con los resultados y análisis, divididos en tres puntos: 1) Llegada a Chile y avecindamiento en la periferia de Santiago: el caso de Quilicura; 2) Viviendo entre “mitos” y con el salario mínimo: las visas y sus efectos en el empleo; 3) Organizándose desde Santiago: espacios de encuentro y ciudadanía emergente.
Marco de referencia: ciudadanía incierta, fronteras étnicas y relegación urbana
Las fronteras no solo son nacionales o externas, también hay fronteras internas, urbanas y rurales, algunas invisibles entre las comunas y barrios (Samson, 2024), así como en lugares de embarque y de trámites migratorios, protegiéndose los establecidos (Elías y Scotson, 2016) de las amenazas, imaginarias o reales, de los “otros”, construyendo barreras o muros para soportar el peso de la diferencia (Caldeira, 2007; Sennett, 2019). Hay dispositivos de vigilancia y castigo ante las denominadas “invasiones” de migrantes, según las políticas migratorias propias del capitalismo tardío (Sassen, 1999). La combinación de estos elementos permite observar aspectos que son relevantes para comprender los flujos, los modos de incorporación (Portes y Rumbaut, 2010), la convivencia y tensiones interculturales (Dietz, 2011), así como las decisiones de retorno o reemigración. Las relaciones interculturales pueden ser híbridas, como explicaron (Bhabha, 2019; García Canclini, 1990), tendiendo a un intercambio tenso, pero cooperativo, o que estén marcadas por una o varias heridas abiertas, como ha sostenido (Anzaldúa, 2016), deviniendo los contactos entre migrantes y nacionales en una lucha cotidiana, especialmente cuando se refuerzan las categorías de nación, “raza”, género, etnia y estrato socioeconómico (Hall, 2019; Pedone, 2020). Ahora bien, puede pasar que los migrantes sean aceptados en algunas esferas (laboral, deportiva, religiosa) y sean rechazados en otras, como la política (Portes y Rumbaut, 2010).
El asentamiento de los migrantes en los países de recepción, nos conduce a reflexionar sobre el ingreso y residencia de personas “extrañas” en los Estados-nación, y sobre los vínculos entre minorías y mayorías en la vida cotidiana, generándose multiculturalidades asimétricas (Appadurai, 2007; Bhabha, 2013). El sistema estatal moderno, como plantean Benhabib (2005) y Bauböck (2007), ha regulado la pertenencia en términos de la ciudadanía nacional. Se suele distinguir entre ciudadanía político-jurídica o formal (y sus respectivos papeles de identidad) y sustancial o efectiva (Zegada, 2013), siendo la vivienda el puente entre ambas, el recurso mediador entre las instituciones del Estado y la posición social, trabajo y consumo mercantil en un vecindario (Appadurai, 2015). De hecho, los principios de ciudadanía existentes son el ius sanguinis, ius solis y principio de ius domicilii (derecho de sangre, de suelo y de domicilio, respectivamente).
En este sentido, la presencia de migrantes en un territorio nacional genera situaciones de desigualdad debido a su acceso diferencial a los derechos civiles y políticos (DCP), económicos, sociales y culturales (DESC), produciéndose una estratificación cívica. En situaciones de inestabilidad política, económica y social (como la ocurrida en Chile entre 2019 y 2023), los migrantes tienden a vivir una ciudadanía incierta (Ryburn, 2018, 2021; Ugarte, 2020), dificultándose aún más el acceso a derechos, que varía según categorías de identidad social, aumentando las diversas formas de exclusión (económica, política, cultural y espacial) de las personas, quienes tienden a ser tratadas a partir de estereotipos y estigmas (Goffman, 2006). De hecho, Arendt (2004) y Appadurai (2015) se refieren a una “ciudadanía desnuda”, precisamente para el caso de los migrantes en condición irregular y los refugiados, que perderían todo derecho.
En los procesos migratorios los actores desarrollan relaciones intra e interculturales, interacciones y distintos niveles de organización social, y, por tanto, el mantenimiento o no de las fronteras étnicas (Barth, 1976). Entendemos la etnicidad como “un sentido subjetivo de pertenencia a un grupo que se distingue (interna y externamente) por una cultura compartida y ascendencia común” (Wimmer, 2013, p. 7), reafirmando sus identidades etno-nacionales (Palma y Pérez, 2021; Ramírez et al., 2021) y afrodescendientes (Cassiani, 2015). Este movimiento y campo social transnacional (Basch et al., 1994) ha desembocado en el concepto de diáspora1, una red nacional originada en diseminaciones forzadas, consciente y reivindicadora de su pluri-pertenencia, producto de una identidad fundada sobre la memoria colectiva. Algunas diásporas modernas tienden a acentuar la posibilidad del retorno a la tierra de origen (Appadurai, 1996; Clifford, 2009).
Al respecto, tanto por auto-segregación como por hetero-segregación (voluntaria o impuesta), puede haber segregación residencial, esto es, “el grado de proximidad espacial o de aglomeración territorial de las familias pertenecientes a un mismo grupo social” (Sabatini et al., 2001, p. 27). Por su parte, la segregación laboral “concentra a ciertas personas en determinados tipos de empleos y las excluye de otros, acotando el horizonte de posibilidades de inserción” (Magliano y Mallimaci, 2021, p. 293). La segregación residencial tiende a dar cuenta de las “ciudades de llegada” (Saunders, 2014, p. 23), que “no constituye simplemente un lugar donde vivir y trabajar…se encuentra poblada por gente en estado de transición y al mismo tiempo es en sí misma un lugar de transición, puesto que sus calles, sus hogares y las familias… se convertirán algún día en parte del núcleo de la propia ciudad… A medida que esos enclaves van mejorando y desarrollan su propia clase media de raíz inmigrante, se convierten en polos de atracción…” (Saunders, 2014, p. 39). Al respecto, (Wacquant, 2010) -desde sus estudios en Estados Unidos y Francia-, distingue entre barrios étnicos y guetos negros. Los primeros son de composición básicamente voluntaria y heterogénea, enclaves étnicos, que, aun cuando se estratifican, permanecen abiertos hacia la sociedad nacional; en cambio, los guetos negros son de composición fundamentalmente afrodescendiente (cercana al 95%) y representan la concreción de una lógica de dominación etno-racial impuesta por un poder externo y en el que las fronteras están marcadas con claridad.
Las segregaciones tienden también a producir espacios colectivos más allá de la casa y el trabajo, lugares disponibles para reunirse, conversar, consumir y jugar, pequeños “centros” apropiados (Lefebvre, 1978) y revitalizados, lugares de encuentro entre distintos sectores poblacionales y los dirigentes o líderes (de los deportes, de las iglesias, de las juntas de vecinos, de las propias organizaciones). Se trata de “terceros espacios”: “esos sitios pequeños, cálidos e íntimos, donde la gente puede sentirse en público como si estuviera en casa” (Klinenberg, 2021, p. 32), a los que Lefebvre denominara como “espacios de representación”, sitios diferenciados (versus el espacio abstracto).
Ahora bien, en la medida que estas segregaciones están asociadas a fragmentación y dualización social, ha recobrado vigencia desde la década de los noventa la teoría de la marginalidad, con nuevas connotaciones: precarización del empleo, informalidad, pobreza concentrada y estigmatización territorial (Correa y Flores, 2019; Ruiz Tagle et al., 2021), como han planteado (Castells, 1995) y (Sassen, 1999) sobre las ciudades duales. La poca distribución o el mantenimiento de las desigualdades sociales y el falso reconocimiento (Fraser y Honneth, 2006; Taylor, 1993) tienden a generar procesos de marginalidad. Si los habitantes de las “ciudades de llegada” son excluidos, tanto económica como políticamente, por razones de racismo, de una planificación urbana deficiente y por falta de apoyo de los gobiernos e instituciones, se pueden convertir en lugares de llegada fallidos (Saunders, 2014).
Sin embargo, precisamente esta discriminación puede gatillar formas de resistencia o lo que Castles y Miller (2004), Mezzadra (2005) y Cassiani (2015) destacan como una relativa autonomía de las migraciones: prácticas y demandas subjetivas, actuando más allá de las políticas de gobierno, las que suelen no alcanzar sus objetivos e incluso pueden determinar efectos contrarios a los que esperan. Entonces, más que en los enfoques de exclusión o de marginalidad, optamos por la perspectiva de la relegación urbana, que piensa los espacios de los bordes metropolitanos como lugares en permanente construcción, disputas y transiciones entre la estructura social y las prácticas de resistencia de los habitantes, campos donde se ejercen distintas relaciones de fuerza y luchas sociales (Bourdieu, 1999; Bourgois, 2010; Scott, 2021; Zenteno, 2021).
En este contexto de cruce de fronteras, de incorporación social y prácticas transnacionales, suele expresarse la dimensión religiosa del campo migratorio, a través de los “ritos de paso” (Van Gennep, 1969). Hay una manifestación del cambio de una condición social a otra, pues entre un punto de partida (y sus pertenencias y estatus) y un punto de llegada hay un estadio de transición, de “liminaridad”, habitando espacios intermedios que implican dolores, ambigüedades y potencia en la communitas, en que el vínculo social es más espontáneo e igualitario (Bhabha, 2019; Turner, 1980, 1988), trascendiendo la distancia territorial. Este pasaje hacia residir en otra sociedad, que suele incluir experiencias de menosprecio, puede sobrellevarse a través de vivir momentos catárticos en cadena -todos los domingos, por ejemplo, como en las misas y cultos cristianos- (Aguilar et al., 2024a), en que las iglesias actúan como estructuras intermediarias o de mediación (Bartra, 2007), cumpliendo los ritos, a través de la presencia y oralidad (Ong, 2021). Es un trabajo de duelo y conciencia al reconciliar a los sujetos con el presente, produciendo una fuerza ético-política liberadora y, así, una nueva historia (Casimir, 2018).
Abordaje metodológico
El trabajo de campo, las observaciones y registros fueron realizados desde abril de 2018 a abril de 2025 en la ciudad de Santiago de Chile, en las comunas2 de Quilicura y Estación Central, en la Región Metropolitana, que concentra el 60,0 % del total de migrantes en el país (SERMIG, 2026a). El criterio de selección de estas comunas se debe a que presentan una importante densidad de población migrante y corresponden a dos tipos urbanos: periferia (Quilicura) y peri-centro (Estación Central). Se trata de hábitats que en las dos últimas décadas han manifestado crecientemente nuevas formas de ocupación del espacio público, de proximidad y distancia, con segregación y una conectividad parcial que ha mejorado a partir de la extensión de la línea 3 del Metro. En este texto nos focalizamos en la comuna periférica de Quilicura, en el sector norte del Gran Santiago3, en que habitan 210.410 personas (INE, 2018). Los migrantes representan el 12,1% de la población comunal, siendo la 13.ª comuna con más población migrante a nivel nacional, y, en la cual, mayoritariamente, se ha concentrado la población haitiana en Chile (SERMIG, 2024).
Desde la etnografía y el relacionalismo metodológico (Bourdieu y Wacquant, 2012), se busca comprender las lógicas sociales y culturales situadas, el entretejido social y las narrativas, triangulando a partir de la relación estructura-subjetividad-acción. De este modo, se constata que los sujetos-actores producen y reproducen estructuras sociales y configuraciones identitarias, inscritas en los circuitos locales, nacionales y transnacionales (Basch et al., 1994), aunque ajustando sus estrategias y tácticas a las condiciones y contingencias del territorio de recepción. Se hicieron entrevistas en profundidad (con consentimientos informados) a 14 hombres y 6 mujeres migrantes de nacionalidad haitiana, quienes llevaban entre dos y cinco años de residencia en el país (esto es, migrantes establecidos), así como a dos funcionarios de la Municipalidad de Quilicura, no haitianos4, quienes trabajan diariamente con la población migrante.
La producción de datos primarios se complementó con la búsqueda de información que entregan las bases de datos estatales, Encuesta de Caracterización Socio-económica (Ministerio de Desarrollo Social y Familia, 2023), así como del Servicio Nacional de Migraciones SERMIG (2026b), y otros resultados de encuestas realizadas en Chile.
Resultados y análisis
Las personas haitianas llegaron con un escaso conocimiento del país a partir de la presencia de siete mil soldados chilenos entre 2004 y 2017, en la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), después del terremoto del año 2010, en que hubo más de trescientos mil muertos, trascendiendo su memoria migrante que los ligaba principalmente a Norteamérica, Francia y República Dominicana (Louidor, 2020). Esta interacción chileno-haitiana de trece años se sumó a los relatos propios de un Estado neoliberal como el chileno, que se presentaba desde los años noventa como exitoso. Los migrantes quisieron conocer el “milagro latinoamericano” de Chile, vivir “el sueño chileno” de un país que se imaginaban como “tranquilo y con trabajo”, como repiten en las entrevistas y conversaciones del trabajo de campo. Llegaron a Chile mayoritariamente en avión, ingresando como turistas, por lo que tuvieron que comprar pasajes de ida y vuelta.
Santiago, la capital, resulta muy atractiva para la inmigración en Chile, dada su primacía en actividades de servicios, comercio y negocios, así como fábricas en comunas periféricas y periurbanas, pudiendo acceder a diversos empleos, mayoritariamente en sectores poco calificados y con baja remuneración. Nos enfocaremos aquí en lo que ha sucedido en la comuna de Quilicura y sus conexiones con Estación Central.
Llegada a Chile y avecindamiento en la periferia de Santiago: el caso de Quilicura
Los haitianos se han concentrado en la Región Metropolitana. Las principales comunas con población avecindada de esta nacionalidad, son Quilicura, Estación Central, Santiago Centro, Independencia y Pedro Aguirre Cerda (SERMIG, 2024). Hay una diversidad interna entre esta población, algunos con alta escolaridad y otros con el nivel básico; con una trayectoria migratoria previa en República Dominicana, lo que les habilita a un mejor manejo del castellano, mientras que para otros es su primera experiencia fuera de Haití; hay quienes logran una buena posición económica en Chile, mientras que la mayoría permanece en situación precaria (Orrego, 2022); así como las mujeres son altamente sexualizadas por la población chilena y se les ofrecen empleos peor remunerados y muy explotados. La mayor aglomeración de población haitiana se encuentra en la comuna de Quilicura (Álvarez et al., 2020; Atisba, 2018; Iturra, 2016; Razmilic, 2019), residiendo el 5,2% de los haitianos con certificado de permanencia definitiva en esta comuna (SERMIG, 2026a). 48,6% de los migrantes que residen en Quilicura vienen de Haití (SERMIG, 2026b). Específicamente se han avecindado en el Sector San Luis, Villas Parinacota, Raúl Silva Henríquez, Padre Hurtado, Valle de la Luna y San Ignacio de Loyola I, con 4.663 personas (Atisba, 2018).
Quilicura constituye una comuna suburbana que cuenta con barrios residenciales socioeconómicamente diversos, creciendo -en la última década- los condominios, asociados a estratos medios, junto a las barriadas o poblaciones, habitadas por obreros y trabajadores del sector informal. Esta heterogeneidad y fragmentación espacial se ha producido conjuntamente con un aumento de la segregación étnica en algunos barrios, transformándose paulatinamente en enclaves haitianos, siendo incluso apodada como “la pequeña Haití” (Iturra, 2016). Es de destacar que fue la primera comuna de Chile en recibir el Sello Migrante, en 2015, reconocimiento que entregara el Departamento de Extranjería y Migración (DEM), por tratarse de una municipalidad que trabaja con programas especiales para migrantes y con un enfoque de interculturalidad (Arellano y Orrego, 2021; Organización Internacional para las Migraciones, OIM, 2015). La comuna cuenta con el parque industrial Buenaventura, donde muchos migrantes han encontrado trabajo.
Se reitera en las entrevistas el problema de la vivienda, residiendo en villas degradadas, conventillos (conjunto de casas con muchas viviendas dentro de ellas), galpones y campamentos (asentamientos irregulares), con hacinamiento y abusos de arriendos informales, tendiendo a vivir en casas adaptadas o subdivididas en piezas, inseguras por falta de mantenimiento de instalaciones eléctricas y sanitarias (Rodríguez y Gissi, 2022). El arriendo y subarriendo, emerge como una solución para los inmigrantes y como una situación transitoria sustentada en el imaginario del retorno o reemigración, creciente desde 2020. A la vez, desean hacerse propietarios de un inmueble una vez integrados a la sociedad chilena, vía el mercado laboral (Álvarez et al., 2020; Contreras et al., 2015). Al menos dos situaciones complejas, asociadas a viviendas hacinadas y precarias, son recordadas en Quilicura por los vecinos haitianos: el incendio ocurrido en junio de 2018 en una casona de 42 habitaciones, donde vivían más de cien personas, mayoritariamente de nacionalidad haitiana (Espinoza et al., 2022); y en abril de 2020 se registró a 33 personas con COVID-19 en un conventillo, generando alarma y discriminación desde los nacionales. Los residentes haitianos fueron acusados de estar “contaminados” y de traer el virus (El Desconcierto, 2020).
La segunda comuna de alta relevancia es la pericentral Estación Central, donde se encuentra el 4,3% de los haitianos con residencia definitiva en Chile (SERMIG, 2026a). En los relatos de los interlocutores, se da cuenta de una interacción permanente entre vecinos de Quilicura y Estación Central, a través de redes de parentesco (“se aclanan”, nos dice Andrés, un funcionario municipal, y “están conectados con smartphone”), celulares y otros dispositivos informáticos que producen “la muerte de la distancia” (Sennett, 2019). En ambas comunas forman iglesias evangélicas, comentando que han residido en varias comunas de la región Metropolitana. Por este medio también nos enteramos que “desaparecen” y de repente ya están en camino a Estados Unidos, en algún país intermedio, que algunos hombres se adelantan para ver si tienen éxito, por lo que hay grupos religiosos que también desaparecen de la geografía local, pero se hacen presentes en otras iglesias en que se aglomeran (Aguilar et al., 2024b). De este modo, los haitianos logran trascender parcialmente la “periferización” de su ciudadanía urbana, tensionando la dicotomía centro-periferia, accediendo a los recursos y servicios de comunas centrales y pericentrales.
Viviendo entre “mitos” y con el salario mínimo: las visas y sus efectos en el empleo
En las percepciones de los chilenos/as respecto a la población migrante, destacan ideas sobre que los inmigrantes les quitarían el trabajo a los chilenos (Instituto Nacional de Derechos Humanos, INDH, 2018). Estas impresiones y “mitos” (Rojas y Vicuña, 2019), relatos estereotipadores, han crecido durante la última década, especialmente aquellas narrativas nacionales que asocian a los migrantes a la delincuencia, a incivilidades como invadir la vía pública con la venta de productos y comida. De acuerdo a sus propias experiencias y representaciones, como sostienen Rojas et al. (2015), los migrantes haitianos han sido visualizados por los chilenos como objeto de asistencia (“pobres y poco calificados”) y como sujetos de crédito (“disciplinados y confiables”) más que como sujetos de derecho. Su vía de inserción ha sido el mercado, al ser “buenos trabajadores y padres/madres de familia”, enmarcando su racialización como una herencia de la esclavitud que no se agota en el imaginario contemporáneo y el elemento religioso cristiano aporta una domesticidad y moralidad en que se les admite desde una mirada paternalista y agraviante de derechos. En otras palabras, son aceptados como trabajadores subordinados, pero no como ciudadanos políticamente iguales. Según un pastor chileno (65 años) que reside en Estación Central y dirige una iglesia en Santiago Centro que durante un tiempo tuvo asistencia y clases de español a haitianos (2016-2020), ellos asumen una posición de “pobreza” que les trae ventajas temporales:
Están ahí [en las ferias de Estación Central], empoderándose del lugar, los puestos se ponen en medio, tremendos puestos y les comentas y dicen ‘si no le gusta, váyase’... están aquí porque hay una guerra civil en su país, pero también respeten lo que hay aquí... el haitiano recibe, no acostumbra aceptar cualquier trabajo que se le quiera dar. Contratamos a dos chicas y siempre estaban enfermas, con dolor de cabeza, no resistieron, hay que guiarlos mucho, hay que ser proactivo. Hay cabros buenísimos, de mucha confianza, pero muchos están quietos, tienes que decirle todo.
Inicialmente los evangélicos chilenos apreciaban que los haitianos suelen ser muy religiosos, van bien vestidos a las iglesias y están dispuestos a ser ayudados y a cooperar. Mientras el haitiano mantiene esa posición de subordinación y paternalismo, es bien visto, pero una vez que la dinámica cambia y empiezan a solicitar una relación simétrica y un trato justo, las miradas se tornan de desconfianza. La llegada de migrantes haitianos aumentó su visibilidad durante la segunda administración de M. Bachelet (2014-2018), periodo en que se podía ingresar a Chile con un visado de turista y, luego de conseguir un trabajo formal, solicitar una visa sujeta a contrato, que permitía regularizar la permanencia. Sin embargo, en abril de 2018 se les impuso una visa consular de turismo, disminuyendo drásticamente su llegada, lo que ha sido criticado como racismo de Estado o institucional. Estos cambios en la política migratoria, más restrictiva, así como los problemas de racialización interpersonal, aporofobia o rechazo al pobre (Cortina, 2017) y segregación urbana, han impactado sus expectativas de incorporación en Chile, aumentando su reemigración. Entre 2016 y 2025 se solicitaron 301.931 residencias temporales para haitianos, no obstante, según cálculos del Servicio de Migraciones, a fines de 2023 (SERMIG, 2024) había poco menos de 190 mil residentes y de acuerdo con el censo de 2024 apenas hay más de 80 mil (INE, 2025). La cantidad de haitianos en Chile se ha mantenido estable en los últimos cuatro años, debido a que muchos se han ido y los que han ingresado es por reunificación familiar.
Su cultura y hábitos suelen ser objeto de “mitos” (imaginarios discriminatorios) que manifiestan menosprecio: “se comen a los gatos y perros”, “trajeron el sida”, “son brujos y te pueden transformar en zombi”, en el contexto de las prácticas vudú (Abarca-Brown, 2019), como nos indica Marco, un funcionario municipal. De hecho, hace seis años, el 48% de los encuestados declaró haberse sentido discriminado en alguna oportunidad (CENEM (Centro Nacional de Estudios Migratorios), 2018). En 2025 los haitianos logran la reunificación familiar de menores de edad, después de un periplo administrativo y económico muy difícil de sortear debido a la falta de una institucionalidad sólida en Haití, políticos y medios de comunicación chilenos les calificaron de irresponsables y víctimas de traficantes de personas, pero no como actores con capacidades de acción autónoma (Poblete y Aguilar, 2026).
Este imaginario en Chile les ha generado problemas para acceder a trabajos bien pagados, pues la imbricación entre “raza”, clase, nación, etnia y género, jerarquiza posiciones y remuneraciones. Un contratista chileno para trabajos agrícolas en zonas cercanas a la ciudad, en la comuna de Padre Hurtado, al contratar a haitianos sin documentos o permiso de residencia caduco, se queda con el 40% de su salario, ya de por sí bajo, mientras que los trabajadores solo obtienen el 60% (Notas de campo, 10 de septiembre de 2023). Señalan los interlocutores que los trámites migratorios y la obtención de las visas, por su parte, son un problema no resuelto, que complica la obtención de empleo. Como advierte Baptiste (28 años): “Extranjería demora mucho para dar los papeles… Ninguna empresa contrata sin papeles… Nosotros veníamos a trabajar”; y Philiphe (26 años) sostiene: “yo esperaba otra cosa… no es ni la mitad de lo que nos dijeron”. En quienes ya se han establecido en Chile, se reiteran los rechazos a la postulación de la visa de permanencia definitiva, como señala André (27 años): “Estoy con visa de permanencia temporal… quería tramitar la permanencia definitiva, pero con el tema actual [protesta política y pandemia] se ha vuelto más complicado… Los trámites han sido largos y a veces un poco tediosos, porque hay gente que no tiene paciencia cuando uno no entiende lo que dicen, porque hablan muy rápido”. La burocracia y la espera surgen en las entrevistas, antes, durante y posteriormente a la pandemia. Al rechazarse la solicitud de permanencia definitiva, se quedan en una situación de irregularidad, debiendo pagar multas y repostular. La estatalidad tiene tiempos de resolución jerarquizados, procesos regularmente inflexibles y formas de exclusión a migrantes empobrecidos y racializados.
Estas situaciones de exclusión hicieron que el gobierno de Sebastián Piñera en 2018-2019 justificara y dispusiera viajes de regreso para quienes lo solicitaran, pues ellos/as no contaban con los recursos necesarios para el viaje, generándose el retorno de más de 1.300 personas a través del denominado “Plan de Retorno Humanitario”, impulsado por el Ministerio del Interior y Seguridad Pública, con nueve vuelos desde Santiago a Puerto Príncipe. Estos se inscribían, motivados/as por haber sufrido diferentes vulneraciones, como abusos sexuales y laborales, así como enfermedades, y debían firmar el compromiso de no volver a Chile durante nueve años. Esta medida fue criticada por las organizaciones sociales ya que fue una salida considerada bajo coacción y procesos cuestionables en el derecho internacional (Stang et al., 2020). La discriminación racista, estatal y cotidiana, ha conducido incluso a la muerte de mujeres y hombres haitianas/os, en situaciones no aclaradas por parte de distintas instituciones, como Joane Florvil (2017), Rebecca Pierre (2019), Monise Joseph (2019), Wislande Jean (2020) y Louis Gentil (2021).
Este ambiente hostil aparejado de expectativas de una vida mejor en Estados Unidos, muchas veces tiene continuidad en otros países, ha generado también el aumento de reemigraciones (Méndez-Fierros y Hlousek, 2023). Al respecto, desde la llegada de J. Biden al gobierno de EE.UU. en 2021, se anunció un proyecto de ley de reforma migratoria y apertura de fronteras, que beneficiaría a once millones de indocumentados/as, informándose en agosto de 2021 la ampliación del programa del Estatus de Protección Temporal (TPS). Muchos haitianos/as que residían en Chile pensaron que era un llamado también para ellos/as y vendieron sus propiedades para reemigrar hacia Norteamérica, siendo deportados/as en septiembre 2021 desde la frontera de México-EE.UU., en vuelos salidos desde Texas. En parte, fueron engañados/as por traficantes, a partir de una errónea o falsa interpretación de las nuevas normas migratorias estadounidenses, las que, además, durante 2025, en el segundo periodo de Trump, revocaría el TPS que los protegía de la deportación, haciendo expulsables a más de 500 mil haitianos (Loftus, 2025).
En el caso de las mujeres más vulnerabilizadas, al servicio de aseo y cuidados o que autogestionan su propia empleabilidad en actividades informales, desempeñándose como comerciantes en ferias o mercados locales, así como prestando esporádicos servicios en sus propios saberes (como hacer clases de francés), adquiridos en su país de origen u otro, se incrementan las bajas posibilidades de actualizar un estatus migratorio legal (Bustamante, 2018). Hombres y mujeres se han integrado poco a poco a servicios relacionados con la estética como las peluquerías. Los hombres trabajan, en el Gran Santiago, en el sector secundario y terciario, en la construcción, bodegas, empresas de ensamblaje en cadena y supermercados; también de guardias. Tanto mujeres como hombres suelen contar con experiencias laborales en las centrales de abasto Lo Valledor o La Vega Central (Bravo, 2020).
Quienes señalan en los relatos que tuvieron una situación relativamente estable en términos ocupacionales en Haití o República Dominicana (Gissi y Andrade, 2022a), solían disponer de un sueldo menor a 80 dólares al mes. En el mercado de trabajo en Chile también las opciones laborales son de bajos ingresos, se han generado frustraciones y el declive del “sueño chileno”, como lo explicita Eduard (26 años): “Acá, uno tiene un sueldo base de 301 mil pesos, pero una casa vale 400 mil… entonces es como una cosa que no tiene sentido, como que uno no encuentra una mejor vida. Uno llega acá, se da cuenta que es diferente… tuvimos que estar viviendo en piezas y uno allá tenía su casa completa”. Esto da cuenta del descenso económico por migración, en que incluso quienes tienen una alta escolaridad trabajan “en lo que puedan”, lo que implica una negación de sus conocimientos avalados por instituciones universitarias. Estas situaciones empeoraron con despidos y humillaciones vividas en contexto de pandemia, en los años 2020 y 2021.
Al ser clasificados en el escalón más bajo de la estructura social chilena, de acuerdo a la “lógica de la inferioridad”, característica del racismo, clásico y cultural (Wieviorka, 2009), los haitianos han ido conformando redes más bien cerradas y densas, basadas en la pertenencia y solidaridad, tendiendo a crear enclaves étnicos (Marcuse, 2001; Wacquant, 2010) en comunas periféricas y pericentrales, como Quilicura, Estación Central y Pedro Aguirre Cerda, en Santiago. En estos espacios residenciales se encuentran y reproducen socialmente como comunidad etnonacional, con una relativa autonomía, superando el anonimato y la falta de reconocimiento. Dichas limitaciones también se observan en las iglesias haitianas que cada vez tienen menos contacto con las chilenas, limitando un tanto más sus redes (Aguilar et al., 2024b).
Organizándose desde Santiago: espacios de encuentro y ciudadanía emergente
Ante una tendencia a la desciudadanización en la política migratoria chilena, las organizaciones de migrantes y refugiados, redes y asociaciones, se han multiplicado desde el año 2013, así como el apoyo de fundaciones y ONGs, construyendo una ciudadanía activa5, emergente. De acuerdo a Infomigra.org, en 2021 había declaradas en la Región Metropolitana 18 organizaciones de migrantes, de las que más de la mitad están constituidas por personas pertenecientes a distintos orígenes nacionales. Estas coyunturas críticas y nuevas oportunidades también han gatillado el interés de la población haitiana, con mayor escolaridad, por participar, generando renovadas demandas por pertenecer a la comunidad política, a la ciudadanía formal y sustantiva, así como por el derecho a la ciudad y sus servicios, etnificando y visibilizándose poco a poco, produciendo y apropiándose de espacios públicos (Lefebvre, 1978).
Las organizaciones religiosas, las asociaciones de inmigrantes, las escuelas, los clubes deportivos, las canchas de fútbol y algunos restaurantes (donde se suele ofrecer hotdogs y otros sándwiches, pero también platos típicos de Haití) son sus principales puntos de encuentro. Desde esta mayor participación en organizaciones sociales, haitianas y pluriétnicas, se reivindica ser tratados como sujetos de derecho más que solo como consumidores u objeto de asistencia. Como manifiesta Claude (33 años):
siempre los haitianos entre nosotros nos ayudamos…hacemos pollas, la mano, con otros haitianos también… la mano es que diez personas ponen un modo de ahorro… como una polla. Entonces, mensualmente, va a ir pasando la plata, la recaudación a una persona, hasta que toca a la décima persona y ahí vuelve a hacer la vuelta… soy profesor, entonces casi todos los haitianos me conocen porque tengo una asociación acá… Mi organización es para orientar a la gente que tiene problemas, que duerme en la calle… ayudarlos a encontrar trabajo, haciendo trámites en las embajadas, en la municipalidad, en la notaría, en los hospitales.
Y Fabiola (30 años) declara:
soy activista de una fundación que está tratando de visibilizar el tema de las mujeres, pero poniéndose énfasis en el tema de mujer-migrante-negra-madre soltera y que tiene connotaciones bien diferentes. Ser madre soltera migrante no es lo mismo que ser madre soltera chilena… vela más que nada por el tema de la integración… y por el reconocimiento.
Algunas de las organizaciones civiles haitianas que se han creado en comunas de Santiago, son la Asociación Educativa Sociocultural Flambeau de Chile, en Quilicura; Organización Sociocultural haitiana en Chile (Oschec) en Estación Central; Ocasch en Pedro Aguirre Cerda; y Ohui y ONG Buen Samaritano en Independencia, así como la Red de Organizaciones Migrantes Haitianas en Chile (Dorsainvil, 2019). A través del trabajo de campo constatamos que los migrantes haitianos/as participan en redes densas basadas en la reciprocidad étnica y concentración residencial, a partir de la confianza mutua, emergiendo respuestas compartidas ante la discriminación racial y exclusión que han enfrentado en Chile. Asimismo, haitianos vinculados a instituciones públicas y ONGs, utilizan su posición para crear redes informales, principalmente por medio de Facebook y Whatsapp, en las que circula información tal como empleos, celebraciones eclesiales, ferias de derechos humanos, búsqueda de familiares, documentación requerida de Haití y otros países. El prestigio de estos funcionarios/as haitianos/as es lo que otorga seguridad de que son informaciones y personas confiables.
Se observa una conciencia diaspórica, se reivindica su pluri-localización y pertenencia, dadas las posibilidades que genera y un actuar transnacional en que cada año es más importante el capital simbólico y religioso (Bourdieu, 2006), y que puede devenir en la base de un mayor capital social y en la construcción de una ciudadanía creyente (Putnam, 2000).
Conclusiones
La sociedad chilena ha recibido de distintas maneras a cada colectivo que se ha desplazado hacia Chile, a partir de distinciones jerarquizantes que implican la intersección entre las categorías de nación, “raza”, clase, género y etnia. Ello genera efectos en la disposición a permanecer en el país o reemigrar, así como a crear economías morales basadas en las propias habilidades y en la reciprocidad de la presencia y la oralidad. Los haitianos/as tienden a ser excluidos, quedando subalternizados en espacios periféricos, lo que ha provocado pesimismo, una creciente reemigración e incluso la búsqueda del “sueño americano”. El trato racista y aporofóbico dado en Chile a los migrantes haitianos, incluyendo acontecimientos dramáticos como la muerte evitable de al menos seis personas, da cuenta de un hecho de fondo: la existencia actual (con mayor o menor apoyo en los distintos sectores de la sociedad chilena) de la percepción desde el Estado de un choque de culturas. Este conflicto intercultural en potencia, tratado desde la estatalidad, se entiende que debe ser enfrentado por sus instituciones desde el control, las rutinas centralizadas y la migración selectiva (evitándolos), más que desde el diálogo y el encuentro.
En vez de interculturalidad, hibridismo o mestizaje cultural, lo que se observa en el caso de Quilicura es una multiculturalidad asimétrica, vivenciándose una lucha cotidiana, material y simbólica, por el respeto y reconocimiento. Entre las posibilidades de acción de los sujetos haitianos se ha incrementado la membresía en asociaciones étnicas e iglesias cristianas, que actúan como estructuras intermediarias, mediando con la sociedad receptora. Quienes participan en iglesias católicas y evangélicas chilenas suelen contar con redes abiertas, accediendo a distintas oportunidades laborales, de vivienda/domicilio, recursos económicos y capacitación. Se mejora la incorporación social, pero con la amenaza de la perpetuación del desarraigo y una asimilación exotizante. Por su parte, los evangélicos haitianos han creado otra alternativa, organizando cultos cuyos actos rituales son realizados en creole, reconstruyendo la comunidad lingüístico-religiosa en Santiago, poniendo en práctica herramientas culturales entre semejantes y superando a través de un proceso ritual, la situación de liminaridad que implica la migración.
En un contexto creciente de xenofobia, estereotipos y estigmas, las iglesias evangélicas haitianas han articulado -a través del rito- lo público con lo privado, lo universal (la iglesia cristiana) con sus raíces etno-nacionales (de sus lugares de origen) y afrodescendiente, entrelazándose y recuperando su centro ontológico e historicidad. Han establecido templos o casas de oración que los contienen, confiriéndoles valor (fuerza) y orden (forma) para visibilizarse, habitar y permanecer en este nuevo territorio, comunal y nacional. Se revitalizan así étnicamente, recobrando o potenciando su dignidad, recibiendo orientación en esta nueva vida en la diáspora, en un marco de incertidumbre cotidiana, especialmente desde 2018, en que se empezó a caer el “sueño chileno”, al imponérseles una visa consular de turismo para su ingreso al país. De este modo, se reproducen las fronteras étnicas, explicitando la emergencia de una tensión entre la ciudadanía civil y la ciudadanía efectiva, entre la dependencia (de papeles de identidad) y la autonomía y comunión haitiana. Destaca la confluencia en el sector San Luis de Quilicura, sin embargo, este espacio barrial no constituye un gueto (aunque se observan casonas que podrían corresponder a micro-guetos), y tampoco un hipergueto -en que puede resultar seductor pensar, decir e incluso imponer desde afuera y desde arriba- sino un extenso barrio conformado por vecinos chilenos y haitianos, como también venezolanos, colombianos y peruanos, esto es, un espacio relegado y socialmente pluriétnico.
Hay revitalización cultural y cambios adaptativos, tradición e innovación, consumo mercantil y creencias religiosas, una memoria colectiva en tránsito. Las iglesias evangélicas haitianas tienden a rechazar las tradiciones vudú, siendo incluso tabuizado, reprimido, a la vez que no controlan todas las acciones de sus feligreses, sino procuran concretar un estándar mínimo de haitianidad como carta moral de buena conducta ante la población chilena. Es, por tanto, una experiencia prospectiva, que, a través de una ruptura con parte del pasado y sus deudas, suele desactivar algunos marcadores etnorreligiosos. Se inicia así una nueva vida en el país de recepción, ahora con mayor esperanza y expectativas, al calor de la propia comunidad y lengua materna, dado el entorno inhóspito y los dolores vividos. Habrá que indagar en los próximos años si esta emergente organización sociorreligiosa haitiana (o fragmentos de ella) es apolítica o si articula el campo del poder con el ámbito sagrado a partir de una mayor participación y demandas migrantes (una ciudadanía creyente), ante la aplicación de una nueva ley migratoria, así como la existencia o no de articulaciones entre las organizaciones civiles y las religiosas. Será necesario vislumbrar también la existencia de pluralidad interna en los discursos y prácticas evangélicas. Queda por elucidar quiénes, si los haitianos católicos o evangélicos, logran una mayor movilidad socioeconómica ascendente e inclusión en Chile. Finalmente, habrá que analizar si con los cambios en la política de Estados Unidos en 2025 se produjeron nuevas llegadas y si Chile continúa en el imaginario de su migración.
Agradecimientos
Agradecemos también a los interlocutores y evaluadores.
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1
El origen del concepto diáspora surge del hebreo y del griego a partir del término “Diasperien”, que se compone de: “Dia”, del otro lado, más allá de, y “sperien”, sembrar, semilla (Cassiani, 2015, p. 129).
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2
La comuna corresponde a la unidad básica de la administración del Estado en Chile. La administración local de cada comuna reside en una municipalidad, constituida por un alcalde como su máxima autoridad y por el Concejo Municipal respectivo.
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3
Quilicura limita con las comunas de Lampa y Colina por el norte, al oriente con Huechuraba y Conchalí, al poniente con Pudahuel y por el sur con la comuna de Renca. Algunos sectores han sido intervenidos con planes del Estado, debido al deterioro de viviendas y espacios públicos, falta de infraestructura (sedes, canchas, áreas verdes ), aumento de conventillos, grandes bodegas y locales comerciales de “casinos populares” (máquinas tragamonedas), así como violencia y narcotráfico, condiciones que pueden consolidar su histórica precariedad (Atisba, 2018; Municipalidad de Quilicura y Seremi de Vivienda y Urbanismo, 2020).
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4
En este texto se utilizan pseudónimos para mantener el anonimato de los/las interlocutores/as del estudio.
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5
Como la Red Nacional de Organizaciones Migrantes y Pro-migrantes de Chile y el Movimiento Acción Migrante (MAM), entre otras.
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Financiamento:
El artículo es resultado del Proyecto ANID «Ciudadanías emergentes y organización social migrante desde el centro-sur de Chile: Imaginarios y demandas en el nuevo marco institucional», Fondecyt Regular Nº 1220993 y del Proyecto ANID «Antropología de la solidaridad. Redes religiosas de solidaridad que acogen a los migrantes desde los espacios fronterizos del Norte Grande hacia Santiago», Fondecyt de Postdoctorado Nº 3220451.
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Declaración de disponibilidad de datos
Los datos de investigación están dispersos en el cuerpo del artículo.
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Editoria:
Eduardo Dimitrov
Los datos de investigación están dispersos en el cuerpo del artículo.
