Resumen:
Por medio del enfoque de redes sociales se exponen las prácticas de soporte sociocultural y económico de las iglesias evangélicas haitianas en Santiago de Chile. Dadas las complejidades propias de la sociedad chilena (contexto de crisis política, sanitaria y económica), así como las particularidades de la cultura haitiana, estas redes se configuran como nodos de acogida, recreación y transformación social de una minoría étnico-nacional. La diáspora haitiana enfrenta una serie de barreras para lograr mejores niveles de ciudadanía, derechos y reconocimiento, procurando superarlas a través de mediadores (pastores y profesionales) que actúan como vínculos con otras entidades religiosas y extra-religiosas, que permiten una incorporación al entorno hostil, de manera que acompañan y “suavizan” su estancia en una diversa sociedad chilena. Por medio de etnografías y entrevistas a profundidad, realizadas en la pre-pandemia (2018-2019) y pos-pandemia (2022-2023), buscamos entender el funcionamiento de estas redes desde las iglesias evangélicas.
Palabras claves:
migración haitiana; ciudadanía; iglesias evangélicas; Chile
Abstract:
The Haitian evangelical churches in Santiago de Chile are exposed through their sociocultural and economic practices focused on social networks perspective. In the context of economic, political, and health crises in Chilean society, likewise the particularities of Haitian culture, these networks are configurated as nodes of the host, cultural recreation, and social transformation of a national-ethnic minority which deal with a series of obstacles to raise the standards of citizenship, rights, and recognition, extending through mediators (pastors and professionals) acting as bonds with other religious and extra-religious entities, enabling an adaptation to a hostile environment, supporting and “softening” their stay in the Chilean society.
Keywords:
Haitian migration; citizenship; evangelical churches; Chile
Resumo:
Por meio da abordagem de redes sociais, este estudo expõe as práticas de apoio sociocultural e econômico das igrejas evangélicas haitianas em Santiago do Chile. Dadas as complexidades da sociedade chilena no contexto de crise política, sanitária e econômica, bem como as particularidades da cultura haitiana, essas redes configuram-se como núcleos de acolhimento, recreação e transformação social de uma minoria étnico-nacional que enfrenta uma série de barreiras para alcançar melhores níveis de cidadania, direitos e reconhecimento. Essas redes se expandem através de mediadores (pastores e profissionais) que atuam como elos com outras entidades religiosas e extrareligiosas, permitindo uma adaptação ao ambiente hostil, de forma que acompanham e “suavizam” sua permanência em uma sociedade chilena diversa.
Palavras-chave:
migração haitiana; cidadania; igrejas evangélicas; Chile
Introducción
Durante el último cuarto del siglo XX, la antropóloga Adler Lomnitz (1994) se preguntó por las estrategias de sobrevivencia de personas en sectores marginales de la Ciudad de México y de ascenso social en clases medias de Santiago de Chile. El trabajo lo hizo siguiendo a Wolf, quien señaló: “cuando los sistemas formales políticos y económicos no son capaces de garantizar la seguridad y el bienestar, los miembros de cualquier sociedad recurrirán a redes de amistad, parentesco y patronazgo para solventar sus problemas” (Eric Wolf, apud De la Peña 1994:14). Adler Lomnitz añade que estas redes informales dan sustento a la institucionalidad y formalidad (incluyendo la conformación de sistemas políticos y empresariales), teniendo contradicciones, implicando dependencia y basadas en la confianza. De este modo, las relaciones de lealtad consideradas usualmente como “premodernas”, subsisten e integran el lado oculto de las sociedades modernas y las economías formales.
En el caso de las iglesias evangélicas, las redes sociales offline -fuera de las redes virtuales- que allí se conforman, son centrales en la diáspora haitiana, sumándose a las redes familiares y de conocidos. El conocer estas redes sociales nos ayudará a entender la incorporación sociocultural, laboral y de vivienda de este colectivo, aunado a un soporte emocional y religioso en experiencias de vulnerabilidad, discriminación y racismo que viven frecuentemente, siendo los haitianos uno de los grupos migrantes más maltratados y abusados en Chile (Rojas, Amode & Vásquez 2015).
Aquellos del colectivo haitiano que cuentan con menos capital social de origen dependen más de un capital acumulado en redes que les permiten tomar el riesgo de ingresar a un país desconocido; por otro lado, los haitianos con mayor escolaridad suelen entrar a Chile sin necesariamente tener una red preestablecida, pero al ser homogenizados por la sociedad de recepción, también recurren a las iglesias (Rojas, Amode & Vásquez 2015). Los profesionales también enfrentan vulnerabilidades por la falta de convalidación de sus estudios y el escaso manejo del castellano, pues al no poder ejercer su profesión en Chile y no dominar el idioma, las posibilidades de incorporación laboral se reducen, recurriendo de igual forma a estas redes en busca de apoyo en el proceso de incorporación social y laboral. Requena indica que “continuamente estamos formando, generando y construyendo redes sociales” (Requena 1989:146). Éstas se pueden entender “como un conjunto bien delimitado de actores -individuos, grupos, organizaciones, comunidades, sociedades globales, etc.- vinculados unos a otros a través de una relación o un conjunto de relaciones sociales” (Lozares 1996:108). La generación de ellas resulta indispensable cuando las personas se ven enfrentadas a otras realidades.
La inmigración haitiana cuenta con más de 10 años de presencia en Chile y una cultura diaspórica de más de 100 años, consolidando una serie de mecanismos que tienen su eje de acción en las iglesias evangélicas haitianas y los cultos en creole (Aguilar, Sandoval & Gissi 2024). Estos pueden incluir, siguiendo el modelo expuesto por Haug (2008): (1) el apoyo inicial para la vivienda, indicaciones de regularización, datos de trabajo; (2) la enseñanza de normas de comportamiento social y cultural de Chile; (3) ayuda emocional para motivar la adaptación y enfrentar los riesgos; así como (4) consolidar estructuras de oportunidad, no para el sujeto individual, sino para el colectivo. Aquí consideramos que el capital social es la suma de recursos que acumulan los actores individuales y colectivos en virtud de una red de familiaridad y reconocimiento mutuo (Bourdieu & Wacquant 1995), que en situaciones de migración se puede convertir en otros capitales, como económico o cultural, que dependiendo de su extensión y comunicación con actores fuera del grupo social, puede ampliar su disposición de capital, pero también acotarlo (Palloni et al. 2001). Esta acumulación de capital social es primordial en circunstancias de una serie de privaciones, en el lugar de origen, tránsito y destino (Portes 1998), creando condiciones que facilitan la inmigración y re-emigración (Palloni et al. 2001), en las que evangélicos haitianos y chilenos (dadores y receptores con papeles intercambiables) a su vez se convierten en parte de la cadena de apoyo.
La estructura laboral chilena, con bajas tasas de informalidad (27,3%) respecto a América Latina (INE 2022), presenta diferencias de inclusión por género y nacionalidad de origen, siendo la haitiana la de menores ingresos, hecho que se vio agravado por la pandemia y las dificultades de regularización migratoria desde 2018, dada la solicitud de antecedentes penales en un país -Haití- que carece de la infraestructura para otorgarlos (Amode 2022; Orrego 2022). La migración haitiana ha pasado por diversas etapas migratorias, si bien presentó desde un inicio obstáculos lingüísticos y sociorraciales para su contratación, sumando durante el gobierno de Piñera (2018-2022) el requerimiento de visa consular en 2018, pues inicialmente podían llegar como turistas y regularizar su situación dentro de Chile, lo que hoy es casi imposible. La falta de regularización (ciudadanía), reconocimiento de escolaridad y habilidades, junto con la discriminación y racismo por su origen étnico-nacional, lingüístico y racial (Tijoux 2014; Bonhomme 2022), han detonado un despliegue de recursos comunitarios e informales por parte de los migrantes haitianos, implicándose en redes locales, regionales y transnacionales, en las que iglesias, junto con ONG’s, suelen formar parte del capital propio o a su disposición.
Las redes sociales están constituidas por capital social, concepto trabajado desde Durkheim hasta Bourdieu y Coleman (Portes 1998), en el que se coincide en afirmar que no es sencillamente una transacción económica, en la que a un apoyo A, le corresponde un pago proporcional de B, sino que una serie de elementos colectivos configuran los recursos de cada miembro: honor, estatus, aprobación, probidad moral, etc. Las iglesias crean sus propios sistemas de capital y recursos que les permiten cierta continuidad, a pesar de la constante movilidad de los sujetos, pero ello también hace mella en una reciprocidad asimétrica, con disconformidades y jerarquías continuas y cambiantes. Las diferencias sociales y geográficas de origen, la identificación religiosa y las creencias, así como la desconfianza mutua, pueden afectar hasta cierto punto la reciprocidad y la confianza, lo que puede paliarse por la vulnerabilidad constante de los sujetos y a través de los referentes pastorales y eclesiales de mayor prestigio.
El objeto de investigación que nos proponemos dilucidar es comprender cómo funciona y se ejerce el capital social y cultural de las redes sociales de las iglesias evangélicas haitianas y los cultos en creole que se realizan en Santiago de Chile, tomándolo como un elemento característico de la diáspora haitiana. Según Requena, Al analizar las redes no se suele prestar “tanta atención a los atributos de los actores que están en la red como a los vínculos que relacionan a unos con otros, para dar una posible explicación de la conducta de los actores implicados en la red” (Requena 1989:139-140). Por esto nacen preguntas como ¿por qué es relevante la religión evangélica para entender a la diáspora haitiana? ¿Cuáles son los elementos simbólicos y socioculturales que constituyen las iglesias evangélicas? ¿De qué manera estas iglesias buscan representar a los haitianos en la migración como dignos migrantes? ¿Estas iglesias ayudan a lograr mayores niveles de ciudadanía?
Proponemos la hipótesis que las iglesias evangélicas haitianas y los cultos en creole, administrados por sí mismos, representan una de las formas más eficientes de acumular capital social en tanto redes nacionales y transnacionales. Dicha asociación refleja tanto la cultura de origen como las necesidades económicas, sociales y culturales de la diáspora en Chile. En ellas, sus prácticas y creencias les ayudan a reproducir estructuras propias, permitiéndoles encontrar maneras de interactuar y ejercer derechos civiles poco a poco en la sociedad de acogida. Para ello recurrimos a una metodología cualitativa, con etnografías y entrevistas en profundidad, realizadas pre-pandemia en 2018-2019 y pos-pandemia en 2022-2023.
Redes sociales, religiosidad e inclusión social migrante en Chile
El protestantismo haitiano se ha acentuado en la diáspora, mientras que en Haití el catolicismo aún tiene una alta tasa de feligreses. Estimaciones del Department of State (2019), calculaban para 2018 un 55% de católicos, 29% de protestantes y 2% de vuduistas, aunque algunos autores señalan que todos los haitianos son vuduistas, al menos en términos culturales (Louviot 2021; Corten 2014). Sin embargo, fuera de Haití hay una afiliación más numerosa hacia los distintos protestantismos, de corte evangélico conservador, la mayoría pentecostalizados (Corten 2014), de tal modo que “lo primero que hice al llegar a Chile fue buscar una iglesia evangélica” (Diario de campo, Jean). Al igual que los hallazgos de Marcelino (2023) en San Pablo (Brasil), las diferencias entre evangélicos y no evangélicos haitianos sólo son el rechazo explícito al vudú y su participación asidua a los servicios religiosos; por lo demás, no hay diferencias entre unos y otros en vestimenta, prácticas, alimentación, durante la semana. Hay un discurso normativo que apela al deber ser del papel solidario, representación orgullosa de la haitianidad, mantener los roles de género tradicionales en la sociedad y una lucha espiritual entre el bien y el mal. A diferencia de los chilenos pentecostales, quienes al ser estigmatizados como despreciables por su origen social buscan diferenciarse en sus actitudes cotidianas de quienes no son creyentes evangélicos (Orellana, Colombo & Orellana 2019), los haitianos evangélicos procuran distinguirse de otros, los días domingos, con su atuendo elegante y colorido.
Las iglesias evangélicas son las organizaciones sociales más extendidas entre haitianos, constituyendo un punto de referencia clave para los migrantes, se adscriban o no como evangélicos. Hasta 2018 se contabilizaron “68 iglesias en Santiago de Chile” (Robert, 36 años, 04/11/2022)1, pero se cree que actualmente son muchas más, diseminadas en todas las comunas de la capital donde hay población haitiana. Orellana (2021) y Ramos (2018) indican que se trata de enclaves étnicos, recreaciones del espacio simbólico del lugar de origen. Diversos testimonios afirman que se acentúa el compromiso religioso en la diáspora, “todos ellos cuando llegan aquí van a la iglesia evangélica” (vecino chileno en la comuna de Estación Central), algunos se convierten en protestantes, aunque otros no llegan a serlo, sea porque se identifican más como vuduistas, católicos o sin religión (Laëthier 2011). Algunos autores han señalado que el compromiso religioso entre migrantes puede acentuarse debido a la situación de vulnerabilidad que enfrentan, la falta de recursos básicos y la transnacionalización o la hostilidad de la sociedad receptora, sea este compromiso temporal o permanente, viéndose fomentada mayormente la integración cuando se trata de iglesias étnicas (Hirschman 2004; Levitt 2008; Odgers 2013).
Algunos autores identifican en Chile, cómo “las iglesias y organizaciones religiosas también han generado instancias de promoción de la inclusión” (Vásquez & Ferreiro 2022:406), lo que vislumbra una conciencia diaspórica y un actuar transnacional que acumula un capital simbólico y religioso (Bourdieu 2007) que se traslada “en el equipaje” (Sandoval 2019:14) y puede devenir en la base de un mayor capital social y la construcción de una ciudadanía creyente (Putnam 2000). La religión implica formas de comprender, organizar y actuar en nuevos países, reflejando socializaciones previas y adaptaciones al lugar, tratando de crear buenos comportamientos para una mejor sociedad, lo que implica derechos y obligaciones más allá de su situación legal (Levitt 2008). La ciudadanía creyente está ligada a la pertenencia, identidad y participación que, al implicar una igualdad ante Dios, los motiva a buscar un lugar justo en la sociedad, aunque también puede limitarlos por cuestiones de género y origen social (Nyhagen 2015).
Lo anterior sucede pues el sistema estatal moderno, como plantea Benhabib (2005), ha regulado la pertenencia en términos de una categoría principal, la ciudadanía nacional, que tiene dos dimensiones: política, en cuanto membresía de una persona a la población de un determinado Estado-nación; y jurídica, al ser cualidad de la que se derivan derechos y obligaciones. Se suele distinguir entre ciudadanía formal o jurídica (y sus respectivos papeles de identidad) y sustancial o efectiva (Arditi 2007). A diferencia de las iglesias que buscan incidir en el orden político-social global (Panotto 2023), o tratar problemas de secularización con los jóvenes que se desafilian del cristianismo católico o evangélico (Bravo Vega 2020; Baeza & Imbarack 2022), aquí se trata de pequeñas comunidades con una capacidad de acción restringida y atomizada dentro de cada iglesia, toda vez que hoy en día no existe una liga o coalición de iglesias evangélicas haitianas en Chile.
Uno de los aspectos centrales a observar es cómo la persona migrante, cuando enfrenta procesos de (ir)regularización migratoria, logra incorporarse adecuadamente a la nueva sociedad. El concepto de ciudadanía ante este escenario resulta clave, puesto que es “un status asignado a todos aquellos que son miembros plenos de una comunidad [nacional]. Todos los que posean dicho status son iguales con respecto a derechos y deberes” (Marshall & Bottomore, apud Ortiz 2009:36). En tanto el colectivo migrante genera redes sociales por medio de las iglesias, procurando una ciudadanía legal (formal) y de facto (efectiva), se puede estar ante el surgimiento de una ciudadanía creyente.
Las redes sociales haitianas constituyen su confianza basadas en varios criterios, siendo la asistencia (que no es lo mismo que pertenencia) a iglesias evangélicas étnico-nacionales la principal referencia no familiar o amical para este colectivo: “cuando llegué a Chile, tenía dinero para un mes, pero al no conseguir pega [trabajo] y no tener conocidos, fui a una iglesia en La Florida” (Junior, 38 años, 22/11/2022). Estas redes pueden ser horizontales cuando se presentan entre iguales y los intercambios esperados en el futuro pueden ser recíprocos, pero también verticales en el caso de haitianos o chilenos de mayor poder adquisitivo, a quienes no será posible retribuirles el apoyo, lo que genera más una relación asimétrica del tipo patrón-cliente (Adler Lomnitz 1994). Las asimetrías no se presentan únicamente entre haitianos y chilenos, sino al interior mismo del colectivo, diferenciado desde la sociedad de origen, que en Chile manifiesta distinciones socioeconómicas y culturales. Por ejemplo, hay intelectuales, profesores y empresarios con alquiler de equipos de sonido o venta mayorista de productos haitianos. También están aquellos en condición irregular, obligados a trabajar en empleos informales y menos calificados, así como pastores que ocupan su posición para acumular mayor poder simbólico que también es económico y social (Bourdieu 2007). No siempre son las circunstancias de origen las que propician una posición más o menos acomodada, ya que muchos están dispuestos a trabajar en lo primero que encuentren con tal de poder vivir con lo mínimo y enviar remesas a sus familias (Bravo 2020; Amode 2022).
Ante el actual escenario del fenómeno migratorio a nivel mundial, las redes resultan ser parte importante del proceso de incorporación a la sociedad de destino, implicando espacios transnacionales para enfrentar el desplazamiento y la desposesión (Glick-Schiller 2018; Requena 1989). Las redes sociales “impulsan y propician los contactos personales a través de los cuales el individuo mantiene su identidad social y recibe apoyo emocional, espiritual, ayuda material y servicios de información” (Hernández, Carrasco & Rosell, apud Aranda & Pando 2013: 239). Los grupos religiosos llegan a constituirse en redes estratégicas con un sistema propio y en interacción con otras instituciones sociales que facilitan el proceso migratorio en el reasentamiento, la reproducción y adaptación cultural de un grupo, aportando espacios de confianza y aprendizaje de las costumbres locales, brindando conocimientos para nuevos desplazamientos dentro y fuera de un país (Levitt 2008; Odgers 2013; Coutinho & Marcelino 2016). Las fronteras sociales y simbólicas construidas para separar a los no nativos pueden ser cruzadas o confrontadas por grupos religiosos que utilizan “puentes” para acceder a los recursos de la sociedad de recepción y así limitar las restricciones que pueden imponerles. De este modo, protegen, preservan y ensanchan los distintos recursos para sobrevivir, reelaborando la identidad en las nuevas condiciones para el colectivo (Levitt 2008; Theije 2008), que en el caso evangélico les permite cierta autonomía y mantener la flexibilidad de sus estructuras propias, al no depender de un clero centralizado como en la iglesia católica.
Al racializar a los haitianos en la sociedad chilena, se desdibujan sus orígenes sociales (Thayer & Tijoux 2022), lo que obliga a sumar recursos en redes de asociatividad que conllevan una disminución de costos en distintos capitales (Bourdieu 2007), los cuales se distribuyen desigualmente dentro de las redes. Hay quienes cuentan con más capitales que otros, por ende, hay relaciones de dominio y subordinación al interior de las redes, las cuales pueden equilibrarse -no igualarse- por medio de entidades cuya legitimidad se basa en el capital simbólico, el más importante y difícil de ganar (como fácil de perder) frente al capital económico. La discriminación y el racismo provocan la homogenización de los haitianos para la sociedad chilena, lo que les obliga a identificarse por una serie de elementos comunes que se conjugan en las iglesias: la creolofonía, el origen étnico-nacional-racial y la marginalidad a la que constantemente les obliga la sociedad, a pesar de la posición económica holgada de algunos2.
Cuando nos referimos a iglesias evangélicas haitianas, en lo subsecuente, hacemos referencia a iglesias autónomas constituidas solo por haitianos y a los cultos en creole realizados en templos chilenos, en los que después de negociaciones y cuotas de alquiler tienen la posibilidad de utilizar el mismo espacio, aunque en un horario diferente al normal, siendo frecuentes los domingos entre 8 y 12 o después de las 17 horas, y otras reuniones durante la semana3. Estas iglesias se expanden rápidamente en cualquier lugar donde estén los haitianos, dado que no necesariamente dependen de un cuerpo especializado de oficiantes, a diferencia de la iglesia católica cuya extensión se limita a cuerpos sacerdotales y parroquias (Bélaise 2011; Louis 2014; Laëthier 2011; Ramos 2018; Sandoval 2019; Orellana 2021). Los pastores pueden haber estudiado en un seminario en Haití u otro país, pero también los hay quienes tienen el “llamamiento” en Chile, aquellos que, por carisma y formación autodidacta, así como en sueños, pueden percibir que Dios los convoca a formar una comunidad religiosa, la cual se puede reunir en una casa o bodega, no necesariamente en un templo o local arrendado.
La acumulación de capital simbólico se ve canalizada por medio de pastores y líderes político-comunitario-religiosos de las iglesias haitianas. De hecho, las funciones de estos liderazgos no están delimitadas al ámbito religioso, su legitimidad está en función de la amplitud del alcance de sus propias redes para enlazar con mayor éxito a los participantes de la comunidad en aspectos tales como vivienda, trabajo y servicios públicos. Por tanto, un pastor-comunidad religiosa más exitoso lo será por la eficacia de su capital. En este sentido, se requiere que estos líderes posean un buen manejo del castellano, estudios al menos de nivel medio, orientación a las relaciones públicas con ONG’s y organismos del Estado, buenas relaciones con potenciales empleadores chilenos o haitianos, así como probidad moral, vivir por encima del umbral de pobreza, conocimiento bíblico, capacidad de oratoria y motivación, y generar la admiración de los feligreses. Desde una mirada externa “cualquiera puede ser pastor” (funcionario municipal, 12/11/2022), pero no resulta sencillo mantener un grupo religioso, por lo que algunas iglesias son muy pequeñas, de carácter familiar y con fines de mantenimiento y reproducción del grupo étnico, pero carecen de la capacidad de atracción para otros haitianos: “los pastores compiten entre ellos por tener a más gente, por eso algunos asisten a ceremonias vudú para obtener ayuda y tener iglesias grandes” (Robert, 36 años, 04/11/2022), pese a lo contradictorio que pueda parecer.
Las iglesias haitianas tienen un doble rol en la vida de sus participantes: hacia dentro, la reproducción cultural, y hacia fuera, el posicionamiento social haitiano. Sin importar la denominación protestante de origen (Bautista, Metodista, Tabernáculo de la Gracia, entre otras), las iglesias suelen tener características pentecostales, cuyo signo más distintivo es el “hablar en lenguas”, un medio de comunión con el Espíritu Santo, análogo a la posesión por espíritus en el vudú (Laëthier 2011). Las alabanzas son muy emotivas, con danzas de origen africano (ritmo konpa) y cantos de estilo gospel afroamericano. La inversión económica del grupo se refleja en equipos musicales y sonido (a nivel colectivo), así como prendas de vestir elegantes y finas (a nivel individual). La cohesión social se fomenta a través de actividades comunitarias: comer y evangelizar juntos, festejar cumpleaños, realizar colectas y vincular a los nuevos miembros para suplir las necesidades inmediatas de los recién llegados o aquellos que se van a otro país.
La literatura sobre haitianos en Chile ha tendido a omitir la centralidad de las iglesias evangélicas en los procesos de acogida e inclusión de este colectivo, pero de soslayo se han hecho algunas menciones. Algunos autores detectaron hace unos años la importancia de las iglesias en las redes de migrantes haitianos, aunque sin profundizar en su papel: “si bien no es en sí misma la institución encargada de informar/insertar a inmigrantes a la oferta de trabajo disponible en Chile, es un lugar de encuentro y socialización que sí facilita esta dinámica” (Valenzuela et al. 2014:110). Otros dan cuenta del esfuerzo individual de matriz neoliberal, al lado de una “fuerte solidaridad mecánica con sus familiares en origen y con una significativa participación en espacios comunitario-religiosos” (Rojas, Amode & Vásquez 2015:232). Esto implica que estos migrantes intentan insertarse por medio de la afinidad a la valoración meritocrática protestante con la sociedad chilena neoliberal, como trabajadores antes que como ciudadanos. Bustamante (2017:93) indica la operación de “fundaciones eclesiásticas” que imparten clases de español y apoyan en la búsqueda de trabajo a mujeres haitianas, actuando como “oficinas de colocación de empleo”; que a la vez tiene un aspecto negativo pues las ofertas laborales suelen ser precarias, limitando el destino ocupacional de las mujeres.
Recientemente algunos autores (Ramos 2018; Sandoval 2019; Orellana 2021, Aguilar, et al., 2024) han comenzado a notar lo evangélico como fundamental para comprender las lógicas de asociación e integración de la población haitiana. Esto sin soslayar el vuduismo (Corten 2014; Louviot 2021), el cual indica la tendencia colectiva a identificarse como haitianos y no sólo como práctica religiosa, inserto ya dentro del asociacionismo protestante. En estos estudios se detecta lo que Hirschman (2004) llama las tres R como función de la religión entre migrantes: refugio, recursos y respeto. Si el haitiano en Chile desconfía de otros haitianos por desconocer su familia, origen socioeconómico, geográfico y sub-cultural, las iglesias se presentan como lugares relativamente seguros por medio de la sacralización del espacio que limita las prácticas egoístas y abusivas por la narrativa cristiana de amor al prójimo y la vigilancia-cuidado mutuos. Los símbolos ayudan a “las convenciones [que] son tanto más fáciles de instaurar (y por ende más frecuentes) y tanto más abandonadas a la buena fe” (Bourdieu 2007:183), dado que las barreras de origen son franqueadas por representaciones de mayor familiaridad. Se presenta inicialmente una amistad instrumental cuando no está vinculada por lazos de comunidad, familiares o emocionales: por lo que todos los actores se benefician (Wolf 1990).
En algunas comunas, las municipalidades cuentan con un área de migración y asuntos religiosos (por ejemplo, Quilicura, Lo Prado y La Cisterna), y las iglesias establecen vínculos con dichas autoridades para orientar a sus feligreses en aspectos laborales o de vivienda, con las limitaciones de una municipalidad, pero brindando recursos para acogida y asistencia social. Al mismo tiempo, las municipalidades tienen interés en comunicarse con organizaciones religiosas que les ayudan a paliar las necesidades de aquellos en mayor vulnerabilidad. Por ejemplo, Quilicura, cuyas oficinas tienen más de diez años, ha logrado estrechar lazos con iglesias haitianas locales, a las cuales han apoyado no solo con asistencia social, sino en trámites administrativos, promoción de conciertos, ligas deportivas y radiodifusión, como Tele Amitye, dirigida a la comunidad haitiana en Chile, desde donde transmiten contenido religioso, social, cultural y de derechos de los migrantes. Dichas redes eclesiales con autoridades locales se basan en la confianza y la reciprocidad, forjadas por la necesidad mutua, el reconocimiento de capacidades y habilidades, y liderazgos sólidos de haitianos que trascienden la esfera religiosa y participan en la vida social y política chilena por medio de colectivos de migrantes (Rodríguez & Gissi 2021).
Si bien las redes pueden acumular un gran capital social, en el caso que las condiciones del país de acogida no sean apropiadas, estas pueden ser insuficientes para los migrantes. En el caso haitiano, que experimenta una re-emigración, pero aún mantiene una cantidad significativa de población, estas redes tienen una alta utilidad, no solo para Chile, sino en la ruta migratoria a Estados Unidos, principal destino de re-emigración. Se ha detectado que incluso las redes de tráfico de personas utilizan las iglesias para asegurar la acogida de los migrantes sin que les cueste “un peso”, apropiándose de los recursos de éstas. En 2012 fue descubierta una red de este tipo en Santiago, dirigida por un dominicano, a través de la cual un pastor haitiano enviaba invitaciones con rótulos de una iglesia evangélica chilena a Haití y República Dominicana, realizando pagos con sobres de diezmos rotulados por una iglesia dominicana (Villarrubia & Figueroa 2012).
En cuanto a las problemáticas que buscan paliar las iglesias haitianas se encuentran la precariedad económica, falta de vivienda, trabajo y acceso a servicios públicos (salud, regularización, etc.), así como limitar problemas emocionales en torno a la soledad, la discriminación y el racismo, y posibles consecuencias en salud mental-espiritual del choque cultural producido. La compleja convivencia haitiano-chilena nos recuerda lo que Cornejo Polar (1994, 1996) destacara como la heterogeneidad cultural de las urbes latinoamericanas, ciudades con diferencias radicales, no exentas de conflictos interculturales, donde los migrantes suelen vivenciar experiencias intersticiales, en constante proceso de transformación.
Es de destacar el ámbito de la vivienda, espacio en que se constituyen relaciones sociales de apoyo mutuo, pero también conflictivas y hasta peligrosas. De acuerdo con Rodríguez y Gissi (2022), el 82% de haitianos vive en construcciones precarias y un 55% sin contrato de arriendo. Rodríguez y Gissi (2021) indican al allegamiento como una condición de recepción a un nuevo lugar, lo que implica el despliegue del uso de redes, con las cuales no siempre cuentan, pero “sabemos que el primer lugar al que uno debe llegar para establecerse en Chile es una iglesia evangélica: allí están las redes” (Robert, 36 años, 04/11/2022). Y si bien no todos llegan directamente a las iglesias haitianas, la mayoría busca iglesias evangélicas, sobre todo aquellos que no cuentan con redes sólidas o preestablecidas desde el país de origen; en las iglesias chilenas también reciben orientación en temas de vivienda y trabajo (YouTube, 2021), aunque cada vez es menor esta experiencia, dado que ya hay bastantes iglesias haitianas autónomas.
En cuanto a las oportunidades laborales que pueden brindar las iglesias haitianas, éstas se identifican como precarias, caracterizándose por lo que Portes denomina enclaves mercantiles: “son densas concentraciones de firmas de inmigrantes o grupos étnicos que emplean una proporción significativa de sus pares como fuerza de trabajo y desarrollan una presencia física distintiva en el espacio urbano” (1998:253). A este respecto Bravo (2020) menciona la existencia de nichos laborales, como el trabajo en ferias, bencineras y la propiedad de venta de ciertos productos; Moraga, Manríquez, Invernón y Zamora (2022) dan cuenta de la venta de zapatillas por medio de sistemas de préstamo de los chinos a los haitianos; pero también hay quienes pueden encontrar mejores oportunidades por su manejo del francés e inglés (Gissi 2020). Estas redes laborales se filtran a las iglesias y viceversa, de las iglesias a quienes necesitan empleo, aunque suele ser en sitios donde la paga no es buena o es informal. Asimismo, los patios haitianos (lakou) en casas y cités (Hurbon 1993), y las pollas4 ayudan a colectivizar los gastos y disminuir el peso económico de la comida, la vivienda y el cuidado de los hijos.
En el terreno de la regularización, la misma comunidad pasa de boca a boca los lugares en los cuales se puede encontrar ayuda, como el INCAMI (Instituto Católico Chileno de Migración), que ofrece asistencia en temas de vivienda, trabajo, regularización migratoria, etc.; y para otros aspectos, como patentes de negocios, uso de servicios médicos y apoyos financieros, establecen vínculos con las municipalidades, institución local más cercana. En el terreno de la comunicación y la traducción, quienes tienen poco o nulo dominio del español buscan intermediarios chilenos o haitianos con un manejo adecuado del idioma para disminuir la incomunicación y el estrés ante instancias gubernamentales. En este aspecto es importante señalar que diversas iglesias y fundaciones han establecido programas de aprendizaje del español.
El hecho de que las redes estén sustentadas en el grupo eclesial impide una fuerte cohesión, dado que no todos los asistentes son evangélicos o con los mismos intereses religiosos, lo que los debilita; por otro lado, tienen la ventaja de evitar el abuso a los más exitosos del grupo: aquellos que tienen una posición ligeramente más estable que el resto, pero no cuentan con un excedente de capital. Esto se muestra en la incapacidad coercitiva de las iglesias para imponer reglas de vestimenta, comportamiento y sujeción a los feligreses, que son más estrictas en Haití, por lo que los haitianos aprovechan el anonimato que otorga la gran ciudad y el origen migrante para probar otra forma de ser evangélico en Chile.
Observando las redes sociales: trabajo de campo en iglesias evangélicas de y para migrantes
El abordaje de este fenómeno se llevó a cabo desde una perspectiva cualitativa, con la cual se buscó indagar en las voces de los propios interlocutores. El trabajo en terreno se realizó en dos fases, en Santiago de Chile: (1) en los años 2018-2019, en tres iglesias de origen chileno, con cultos en creole, en las comunas de Macul, Santiago y Peñalolén, y (2) actualizado en la post-pandemia, durante los meses de agosto a noviembre de 2022, en las comunas de Santiago, Estación Central, Pedro Aguirre Cerda, Quinta Normal y Quilicura, en una iglesia de origen chileno y cuatro autónomas, que arriendan un espacio sólo para la comunidad haitiana.
En ambos momentos se trabajó con técnicas etnográficas, la observación participante, y la entrevista en profundidad. La primera de ellas se realizó desde una lógica de generación de vínculos con las iglesias evangélicas para poder estar presente en cultos tanto de chilenos con haitianos, como sólo de haitianos, teniendo la posibilidad de observar y establecer conexión directa con los pastores a cargo. La segunda técnica abarcó la dimensión más subjetiva de la experiencia del migrante evangélico, poniendo énfasis en su relato, identificando las relaciones, prácticas y creencias que logran establecer en Santiago.
En la realización de entrevistas se priorizó que las personas migrantes tuvieran un manejo más avanzado del idioma español, con el fin que hubiera una comunicación más efectiva. Para definir el número de entrevistas se trabajó bajo la lógica del principio de saturación de la muestra cualitativa, realizando un total de 12 entrevistas en profundidad a hombres haitianos, privilegiándose el habla de los propios sujetos.
El análisis de datos se realizó en dos escalas: (1) Narrativa, que indica las relaciones simbólicas con los hechos vividos, por lo que nos resultó útil el análisis estructural del discurso (Hiernaux 2008), que tiene la finalidad de captar “modelos culturales” en los contenidos verbales, su “sentido” o “maneras de ver las cosas”. Se trabajó con estructuras de oposición y correlación que constituyen sistemas de sentido orientadores de la percepción y, por tanto, del actuar. Las percepciones y acciones corresponden a un “modelo cultural” que es el sentido cotidiano de la reproducción social de los sujetos participantes; (2) Etnográfica, pues la etnografía es la descripción de los hechos sociales desde los actores: “a un estudio etnográfico le interesa tanto las prácticas (lo que la gente hace) como los significados que estas prácticas adquieren para quienes las realizan (la perspectiva de la gente sobre esas prácticas)” (Restrepo 2018:25). En este sentido, la etnografía y las entrevistas en profundidad fueron complementarias, en tanto una se volvió referencial de la otra, determinando así la fiabilidad de la información (Pujadas 2000).
Hallazgos: Iglesias evangélicas como espacios de incorporación social a la sociedad chilena
La centralidad de las iglesias evangélicas en la diáspora haitiana: identidad y confiabilidad
La religión y las redes haitiano-evangélicas constituyen parte integral de la cultura de origen, manteniendo aspectos esenciales de las sociedades tradicionales, a pesar de los esfuerzos de la élite y la injerencia extranjera por modernizar (europeizar) a la sociedad haitiana (Merrill 1996)5. En la migración hacia Chile se han detectado haitianos que llegan con cierta cantidad de recursos económicos, pero pocos nexos familiares o afectivos (o ninguno), por lo que el primer punto de referencia es la institución religiosa, iglesia evangélica, pudiendo ser chilena, pero de preferencia haitiana:
La iglesia pa’ mí es como una familia, ¿escuchó eso?… cuando dejamos nuestro país pa’ viajar a un otro país, siempre hay que buscar una familia nueva porque dejamos nuestra familia allá y la única familia que hay es la iglesia cuando nos reunimos juntos, es la única familia. Ahí uno puede entender a los otros, uno puede tener compasión de otro, ahí uno puede tener un problema, si tengo un problema yo te cuento, puedes ayudarme, yo te puedo ayudar a ti, ¿cachay? (Woosley, 33 años, 14/07/2019).
Las iglesias constituyen un espacio relativamente seguro, donde se pueden establecer lazos de confianza por el hecho de profesar una fe reconocida entre los haitianos. Esto es relevante, pues una parte del colectivo haitiano desconfía de otros compatriotas, criticándose por dar un mal ejemplo a los chilenos cuando se emborrachan en sitios públicos o viven en situación de calle; al desconocer el origen social, geográfico o las costumbres del otro (si es o no estafador), se impide tener una solidaridad orgánica entre ellos: “si yo voy en la calle y veo a otro haitiano, yo no sé si puedo confiar en él” (Robert, 36 años, 04/11/2022). Por lo tanto, las iglesias se presentan como espacios sagrados que disminuyen las inseguridades de los asistentes en el país de recepción, pues muestran una dimensión existencial que no se reduce a su funcionalidad (Pérez 2011).
En el caso del protestantismo, que teológicamente carece de espacios sagrados6, los cultos pueden realizarse en un templo, un salón alquilado, una plaza pública o una casa, pues entre los creyentes reunidos se manifiesta Dios o Cristo, siendo la atmósfera de reunión con fines espirituales la que produce un ambiente de santificación temporal al espacio (Chiquete 2011). A decir de Weber (2011), el protestantismo constituye una religión ética que puede y debe desplegarse en toda área de la vida del creyente.
Sea que la persona determine ir por poco tiempo a una iglesia o quedarse indefinidamente, Robert (36 años, 04/11/2022), practicante del vudú, en su experiencia calcula que se requiere de tres meses para obtener una red suficiente de contactos para adaptarse a la ciudad. Así, la participación religiosa brindaría la oportunidad de establecer relaciones sociales de confianza, en las cuales se puede saber mejor quiénes son, de dónde vienen y qué hacen otros haitianos en Chile. De este modo, la sacralidad del espacio obliga en cierta medida a un comportamiento ético regulado de confianza y a disminuir hasta cierto punto las barreras de desconfianza en un ambiente de necesidad mutua, no sólo económica, sino emocional, social y cultural entre los participantes, sean o no creyentes evangélicos. Alvarado (2006) condensa el significado de las reuniones pentecostales, cuya función también tienen estas iglesias evangélicas, en el ámbito urbano:
(…) el pentecostalismo les ofrece normas de conducta, una participación activa dentro de la organización, modifica las vidas de los creyentes, los dota de prestigio social, crea vínculos comunitarios, propicia una relación muy cercana entre los dirigentes y la congregación; el acceso a las experiencias sacras se generaliza; se canalizan demandas sociales por vías rituales (2006:187).
La participación en iglesias o su autodefinición como cristianos, es su carta de presentación ante otros paisanos, migrantes y chilenos, para ser confiables: “vivo en San Bernardo, estoy buscando trabajo, soy buen cristiano, voy a iglesia los domingos” (notas de campo, comuna de San Miguel, 05/09/2022). Dicha presentación conlleva el significado de negar las prácticas vudú, sea que se practiquen o no por parte de evangélicos, puesto que generan resquemores, por una parte, en la población chilena, aumentando los estigmas, la discriminación y el racismo hacia los haitianos; y por otra, hacia su propio colectivo, por posibles maldiciones que se lancen y puedan alterar la vida de las personas, como morir sin razón clara, con diagnósticos médicos que no indican alguna enfermedad, comprendidas en la antropología médica como “enfermedades culturales” (Levi-Strauss 1987). Por ejemplo, la muerte producida después de dolores de cabeza y cuya cura pone en tensión al protestantismo y el vudú, así como al sistema de salud occidental (Abarca-Brown 2019): “en Haití no existen muertes naturales, todas suceden por alguna razón” (Robert, 36 años, 04/11/2022). El presentarse como cristianos o evangélicos hacia chilenos y otros migrantes, es una forma de rebatir la exotización o “lo grotesco” del vudú, mediado por la industria hollywoodense, y sólo una extrema cercanía puede disminuir este temor (Saldívar et al. 2022). Así, el protestantismo evangélico podría facilitar un imaginario menos agresivo y estigmatizado hacia los haitianos por motivos religiosos (Louis 2014).
Cuando los haitianos evangélicos están en una iglesia chilena, suelen reunirse en grupo y solicitar un espacio para realizar cultos en creole. Esto debido al poco manejo del español por parte de algunos de ellos y el tiempo requerido de sus cultos para recrear el mundo “creolofónico” y cultural: “Allá como los cultos duran más tiempo, la música también es diferente, allá es un ritmo de konpa y acá otra cosa (…) Nosotros haitianos cantamos de todo ritmo” (Belony, 27 años, 17/11/2018). Si bien ambos protestantismos, chileno y haitiano, enfatizan el trabajo arduo, la ética en los negocios, la responsabilidad familiar y la generación de estrategias para salir de la pobreza (Mansilla, Orellana & Piñones 2016; Bahamondes 2021; Richman 2008), aquello que Weber denominó la “ética protestante”, en los haitianos se añade un énfasis colectivo en la crianza de los hijos, vestimenta elegante, danzas con marcado movimiento corporal y expresivo, cantos hipnóticos, poder sobre los demonios y otras fuerzas espirituales. Estas características no solo se observan en la diáspora haitiana en Chile, sino también en otros lugares, como Miami y las Bahamas (Richman 2008; Louis 2014):
Si Jesús quiere que vivas, vas a vivir, pero es una gloria de Jesucristo porque el Satán te quiere matar y Dios te levanta. Es algo más profundo que la realidad, mi mamá se puso a llorar, pero no puede dormir, escucha voces, siento la gente que me toca. Yo pasé tres días a orar, cuando me levanto no puedo caminar porque estaba muy deshidratado porque día y noche orar, orar, orar… Decía a mi mamá: ‘déjame entrar a la iglesia, si voy a morir, voy a morir adentro…’, siento cómo bajó mi respiración, no hay agua, ni saliva. [Me llevó a la iglesia] inmediatamente mi espíritu entró. Alguien vino a hablar con nosotros, me pidió mucho cuidado porque es una cosa muy complicada, alguien no comprende a Jesucristo [da a entender que no todos los asistentes son creyentes fieles y hay practicantes del vudú] (Joseph, 30 años, 30/03/2019).
Este tipo de eventos no se presentan a la vista de los chilenos, a quienes probablemente les causan extrañeza, aunque en Chile también existe el fenómeno análogo de la posesión por espíritus que son demonizados por el cristianismo entre aymaras chilenos, ubicándose en un universo alterno de saberes: en lo indígena o afrodescendiente se contrarrestan los efectos adversos por rituales y plantas, mientras que el pentecostalismo lo hace con oración, imposición de manos y ayuno (Piñones, Mansilla & Muñoz 2016). Esta afinidad de visiones es compartida en un mercado alternativo esotérico y herbolario, junto con santeros de origen caribeño y curanderos indígenas. De allí que los houngans o sacerdotes del vudú recurran a la sustitución de elementos y plantas con saberes compartidos por mapuches y aymaras (notas de campo, Santiago Centro, 28/10/2022). El vudú y el cristianismo evangélico son sistemas rituales opuestos y complementarios: la iglesia funciona como un sitio fundamental para la protección de algún enemigo potencial o real, espiritual, físico y social.
Si la sociedad chilena es liberal como “Sodoma y Gomorra” (Manise, 29 años, 18/10/2018), las madres y padres haitianos evangélicos quieren forjar el karactè (carácter): disciplina, austeridad, heterosexualidad, fortaleza ante las adversidades, respeto a las autoridades y todo aquello que traerá honra a la familia y a Haití mismo para reconstruirse por encima de su historia de colonialismo y empobrecimiento (Louis 2014). La iglesia también es una institución protectora de los valores haitianos, lo que se ve reflejado incluso en no practicantes: “yo no soy religioso, pero iba con mi abuela a la iglesia de niño; ahora no estoy interesado en la iglesia, pero quizá en algún momento vuelva a asistir” (notas de campo, comuna de Pudahuel, 07/12/2022).
Yo nací en una familia cristiana, mi papá nació en una familia cristiana, mi papá fue bueno con nosotros y siempre apoyándonos para ir a la iglesia. (…) Así que mi papá desde chico empieza a agarrarnos, trayendo a la iglesia, a todas partes, siempre hizo: ‘¿sabí qué mi hijo? Tiene que estar ahí al lado mío a la iglesia porque es el único camino que puede enseñarle, el camino de Dios porque aquí uno puede encontrar todo, todo, todo’ (Woosley, 33 años, 14/07/2019).
Cabe destacar que la fe cristiana contiene en sí misma una narrativa migratoria que se convierte en estimulante para la sociedad haitiana (Marcelino 2023), pues enviste de valor y audacia frente a la potencial xenofobia que los sitúa como habitantes ilegítimos de un territorio: “Dios puede ayudar, porque Dios [está] en toda la tierra, en todo país está, Dios es el dueño del cielo y la tierra” (Evens, 40 años, 08/09/2018); “Sara fue en Egipto y también a través de la Biblia, Abraham dejó su país pa’ ir en Egipto a buscar una vida mejor porque tenía hambre, situación difícil… yo creo que Dios no está en contra de eso [la migración]” (Island, 26 años, 28/10/2018).
Las redes evangélicas en los problemas cotidianos. ¿Hacia una ciudadanía creyente?
A través de los vínculos religiosos es posible conocer personas que conecten a la comunidad haitiana con instituciones que les ayuden a regularizar su condición migratoria, a la vez evitan que haya quienes queden en situación de calle. La cultura religiosa de la reciprocidad haitiana por medio de las iglesias traza una ruta de aprendizaje migratorio, pues desde Haití y países de tránsito indican las formas de entrar a los países de destino, puntos de encuentro y contactos, representando una fuente de información transnacional, de tal manera que en ocasiones han sido acusadas de tráfico de personas. No obstante, se trata más de redes solidarias afianzadas sobre una cultura de la reciprocidad que pueden ser utilizadas por personas inescrupulosas (Ceja 2015; Nieto 2022). Cuando no hay un familiar o amigo directo, la forma más eficiente -sin depender de una “agencia”- de viajar es por medio de las redes establecidas por las iglesias a lo largo del continente:
Yo llegué solo a Santiago en Puente Alto. Yo estaba desesperado por estudiar, y allá en República Dominicana conocí a un pastor chileno, aparte yo siempre visitaba a una familia dominicana-chilena y le contaron al pastor mi deseo de llegar a Chile, me preguntó qué necesitaba y le dije que necesitaba un albergue momentáneo desde el cual poder empezar a moverme para luego tener algo definitivo. Me dijo que no había problema y que acudiera a él en caso de cualquier otra necesidad, ahí empecé a juntar los recursos para venir y así fue (Claude, 37 años, 19/10/2022).
El que recibe está dispuesto a retribuir y los haitianos más devotos son más confiables (Auriol et al. 2020):
Los cristianos son onda diferente, por ejemplo, un cristiano tiene un corazón más genial que los religiosos… por ejemplo, yo tengo mi pieza para dormir, encontré uno que está sin pieza, que está sin pega y anda mal en la calle, yo le puedo ayudar: “oye, ven a dormir conmigo ahí en la pieza porque afuera no está bueno”. Y un religioso no puede hacer lo mismo porque es diferente, es muy diferente (Evens, 40 años, 08/09/2018).
En este caso, la persona diferencia entre cristiano y religioso, distinción encontrada por otros autores (Louis 2014; Richman 2008; Laëthier 2011), pues el religioso puede ser protestante pero no un verdadero evangélico y, por tanto, no está dispuesto a ayudar a otros haitianos. En las iglesias se encuentran ambos, pero quien tiende la mano es cristiano, el que obtiene el capital simbólico, como sostuvo Bourdieu:
(…) ese capital negado, reconocido como legítimo, es decir desconocido como capital (pudiendo el reconocimiento, en el sentido de gratitud, suscitado por los favores ser uno de los fundamentos de ese reconocimiento) que constituye sin duda, con el capital religioso, la única forma posible de acumulación cuando el capital económico no es reconocido (Bourdieu 2007:187-8).
Este reconocimiento tácito, en que lo económico no se reconoce como tal, se debe a la creencia del grupo en el crédito de quienes dan garantías de que el capital vaya al capital (Bourdieu 2007), esto es, que quienes reciben dan: “Cuando veo una persona así [cuando no sabía español], siempre quiero ayudar porque veo muchas personas de mi pueblo que no saben hablar, por ejemplo, fui al médico, siempre encuentro mucha persona así y me decía ‘ayúdame por favor a entender’, y yo lo ayudo” (Woosley, 33 años, 14/07/2019).
Es en aspectos que sobrepasan las capacidades de las iglesias haitianas, algunas veces acuden a iglesias chilenas, en busca de ayuda directa en temas de trabajo, vivienda, traducción en instancias gubernamentales, enseñanza del español y alimentos. Ambas iglesias suelen caracterizarse por ciertas precariedades, pues la comunidad haitiana aún no logra establecerse bien en el plano socioeconómico y los chilenos evangélicos con quienes se relacionan también tienden a ser de estratos socioeconómicos medios-bajos y bajos. Los trabajos suelen ser mal pagados o en situación de irregularidad y la vivienda en condiciones de hacinamiento:
Yo necesitaba un contrato pa’ poder tener mis papeles y en la iglesia donde yo iba, era una iglesia por Irarrázaval y había un amigo que tenía su papá que trabajaba en San Jorge. Habló con su papá para que yo fuera a trabajar, y el papá tiene un amigo que buscaba personas y yo fui a trabajar allí (Jean, 24 años, 14/09/2019).
Ahí llegó un hermano mío que salió de Brasil para llegar acá y desde un año para acá, mi hermano trae una hermana mía que está con nosotros acá, está conmigo en la pieza y con una amiga mía, somos todos, somos los tres haitianos (Evens, 40 años, 08/09/2018).
Al respecto, Rojas, Amode y Vásquez observan la interiorización de valores protestantes que les preparan de mejor manera para el mercado laboral cuando se comparan con los chilenos: “el rigor de la educación haitiana los haría más capaces e inteligentes, pero además su compromiso religioso los hace más confiables, disciplinados y respetuosos que el resto” (2015:231). Este elemento tiene su correlato en el pentecostalismo chileno (Lalive 1968; Mansilla 2016), cuyos miembros se asumen como ejemplo de honestidad y trabajo arduo frente a los católicos, para hacerse empleados deseables en los niveles socioeconómicos más bajos. De este modo, se puede ver una afinidad entre la geografía de asentamiento haitiano (Edwards & Greene 2022) con la de mayor predominancia pentecostal y evangélica chilena, más presente en los sectores populares (Vidal 2012).
En la acción recíproca hay un sentido de misión, primero de honor familiar, seguido de mostrar el orgullo de la haitianidad, y tercero, como evangélicos, de aportar fuerza y entusiasmo a las iglesias chilenas: “Dios me mandó a Chile, no solo a los haitianos, sino también a bendecir a los chilenos, ¿amén?” (pastor Phillipe, 44 años, 19/02/2023); “vamos a sacar a los soldados o a los haitianos para ayudar a los chilenos para adorar” (Belony, 27 años, 17/11/2018); “Si estamos en Chile tenemos que aprender español para poder ayudar a una señora mayor que esté cruzando la calle o cargarle las bolsas, si no nuestro cristianismo no sirve; y no por ello usted va a dejar de ser haitiano” (notas de campo, predicación en comuna de Quilicura, 23/11/2022).
La haitianidad, como aquí la expresamos, no se relaciona con lo duvalierano7, por “una identidad dentro de un sistema dedicado a controlar cómo debíamos expresarnos nosotros” (Yanique Guiteau, citado en Walker, 2016:83), ni tampoco con la reivindicación del vudú, según lo propuso Jean Price-Mars, como fuente del fracaso final de la ocupación estadounidense. Más bien, en consonancia con Ceja (2014) respecto a los haitianos en Ecuador, no son sujetos pasivos del racismo y la explotación, sino que asumen un papel activo en la reivindicación del orgullo de ser haitiano, “la primera república independiente de América” y “el primer país de ex-esclavos negros que se liberaron de una potencia europea”, “inteligentes y fuertes”, lo cual se ha visto empañado por el empobrecimiento al que ha sido sometido el país: “pido oración por la situación grave que vive nuestro país en estos momentos y Estados Unidos está pensando otra vez en ocupar el país” (notas de campo, presentador haitiano en Festival Cristiano de Quilicura, 31/10/2022).
Sin embargo, ni la haitianidad que es transversal, ni la religión evangélica que abarca a la población mayoritaria migrante, han sido suficientes para generar un frente común. Han sido varios los intentos de unir a las iglesias haitianas en una sola coalición que hasta el momento no ha prosperado, ya sea por la pandemia y/o por la división y atomización característica del protestantismo. Entre pastores compiten por lograr una iglesia con más miembros: “¿te imaginas que se unieran? Tendrían mucho poder… nosotros los hemos convocado, pero tienen desconfianza entre ellos, quién va a participar” (Dirigente de comunidad afrodescendiente, 58 años, 04/11/2022).
Los haitianos buscan una auto-representación positiva hacia dentro y fuera del grupo, por la desconfianza que predomina entre y hacia ellos, pues se les llega a insultar por prácticas que aumentan los prejuicios y el racismo, tales como la holgazanería, la suciedad y la queja constante hacia la sociedad chilena. Por tanto, frente a estos hechos, como evangélicos se muestran hacia afuera como sujetos trabajadores, honestos, ahorradores, limpios y honorables: “los haitianos tenemos misión ahora aquí en Chile… un chileno [invita] ‘ya vamo a la discoteque, vamo al parque’, cuando tiene el servicio, tiene el culto… los haitianos no, ‘vamo a terminar el culto, después vamo al parque’” (Widly, 28 años, 27/03/2019). Esto significa darle preponderancia a las actividades religiosas, que a la vez conducen a la austeridad por medio del ascetismo y demostrarle al chileno que el haitiano tiene prioridades espirituales antes que materiales, evangelizándole con actos nobles y demostrando que la haitianidad se enfoca más en ser buena persona, buen cristiano, que en aspectos mundanos: “no tenía plata, pero sé que cuando tengo algo como 100 pesos, si tengo que dar 10 a una hermana o un hermano, lo daba porque también en la pobreza hay que hacer bien” (Belony, 27 años, 17/11/2018).
La haitianidad también es una respuesta a la asociación permanente a la pobreza de origen: “En Chile siempre dicen el haitiano es pobre. Si es pobre, ¿cómo viajó de Haití a Chile? ¿Cómo es pobre el haitiano que tiene dinero para ir a Estados Unidos? ¿O cómo un haitiano puede tener un buen auto?” (Robert, 36 años, 04/11/2022). El hecho de que la familia consiga dinero y encomiende o pida a uno de los miembros ser enviado al extranjero, también implica la bendición de la comunidad religiosa, el acompañamiento de Dios, cierta seguridad de que si es voluntad divina se puede entrar a Chile, junto con la confianza de ligarse a una nueva iglesia, aunque no se la conozca previamente:
Yo creo que Dios siempre está con alguien, siempre está aquí para ayudar. Primero, desde allá me dio oportunidad de tener ese dinero porque igual era mucho dinero al tiempo que yo venía y quedando acá sin familia, sin nadie. Porque yo creo también en la protección de Dios… me ayuda siempre porque acá puedo tener pa’ comer, pa’ vestirme y tener un trabajo y eso es también por el favor que Dios me hizo (Jean, 24 años, 14/09/2019).
Conclusiones
Las redes evangélicas ayudan al asentamiento del migrante en los primeros momentos de su llegada, solucionando problemas de corto plazo, pero no cuentan con elementos materiales ni sociales, como tampoco suficiente lucha política o cívica hasta el día de hoy, para gestionar trabajo formal, bien pagado, o vivienda digna, formando así parte de la cadena de reproducción de desigualdades de la sociedad chilena (Gissi & Andrade 2022). Esta situación de ciudadanía precaria suele impedir un arraigo en Chile, por lo que el uso de estas redes flexibles y autónomas no consolidan una comunidad fuerte y cohesionada. Su carácter transnacional y atomizado es una forma de organización adaptativa a las distintas realidades en las que se encuentran, sin adquirir una sólida estabilidad institucional. Son utilizadas y disminuidas por y para la re-emigración. Por ejemplo, algunas iglesias han desaparecido porque si bien ayudaron durante la pandemia, las malas condiciones de vida en Chile y el atractivo de Estados Unidos, les ha conducido a abandonar el país, conduciendo a su desintegración.
No por ello dejan de ser importantes las iglesias haitianas en Chile, pues constituyen un soporte que permite al colectivo haitiano agruparse en torno a deseos y necesidades comunes, sociales, emocionales y religiosas, sin las cuales se haría aún más difícil la estancia en el país. Tal como Mooney (2009) ha observado en tres comunidades haitianas en Miami, Montreal y París, las agrupaciones religiosas ofrecen redes de solidaridad étnica y sus líderes les dan voz: “Desarrollé la noción de mediación cultural para indicar cómo la fe religiosa de los haitianos les brinda narrativas de esperanza en situaciones donde tienen poco estatus o voz política” (2009:9). Así, planteamos la existencia de una ciudadanía creyente, que intenta lograr una mejor incorporación y reconocimiento en Chile, de modo aislado, con pocos vínculos con otras iglesias y organizaciones haitianas y de migrantes. La asociatividad haitiana, por medio de las iglesias, es insuficiente para ser correspondidos por los organismos estatales donde se toman decisiones importantes, como el Servicio Nacional de Migraciones o el poder legislativo.
1. En el caso de las iglesias haitianas, han sido más los pastores de la propia comunidad que los chilenos, quienes han dado voz a las demandas de la población haitiana, buscando enlaces con los gobiernos locales, principalmente, pero también entidades nacionales como la Oficina Nacional de Asuntos Religiosos, además de buscar vincularse con la Embajada de Haití en Chile para organizar actividades culturales. Los pastores, por tanto, como actores claves, deben contar con cierta escolaridad, habilidades en relaciones públicas y dominio del español para ser más o menos efectivos en sus tareas de mediación hacia fuera del colectivo haitiano. En 2022, un grupo de pastores haitianos intentaron crear una alianza de iglesias haitianas con sede en Chile, pero con vínculos en Puerto Príncipe y otras capitales latinoamericanas en las que la presencia haitiana ha sido importante (como Brasil y Ecuador), para lo cual buscaron la asesoría de pastores chilenos que les orientaran. Este proyecto, como otros en el pasado, no prosperó porque los haitianos no han logrado crear una institucionalidad que tenga el apoyo mutuo, tanto de otros líderes haitianos como de chilenos.. El fracaso del proyecto migratorio haitiano en Chile, o el alcance insuficiente de acuerdo a sus expectativas, post-estallido social y post-pandemia (Rodríguez & Gissi 2021), ha contribuido a la re-emigración, en la cual las redes evangélicas continúan jugando un papel importante, que será necesario indagar. La diáspora haitiana se concentra en Brasil y Chile, pero ya recorre todo el continente hasta la frontera mexicano-estadounidense, donde algunas de estas iglesias se están organizando para estar presentes y administrar los apoyos humanitarios, sociales, religiosos y económicos, dando mayor legitimidad a las iglesias mejor constituidas transnacionalmente.
El evangelicalismo haitiano en Chile, como el latinoamericano en general, a pesar de carecer de instrumentos teológicos y sociales críticos de su papel político y cultural, por las mismas necesidades que han debido atender, no busca incidir tanto en las estructuras políticas y económicas, sino que obedece a coyunturas específicas, tratando de mejorar las condiciones en la sociedad de recepción. Por esto las iglesias haitianas presentan una amplia fluidez en sus estructuras, desapareciendo algunas de ellas rápidamente, y otras acumulando mayor capital simbólico, que les permite perdurar algunos años más, buscando a los haitianos con más alta escolaridad y vinculándose con iglesias chilenas para ciertas actividades y obtención de recursos, sabiendo que estos elementos les dan una mayor solidez en el tiempo y en el territorio.
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1
Las entrevistas se realizaron con el debido proceso de consentimiento informado y anonimización de los datos para garantizar la confidencialidad de la información de las y los participantes. Agradecemos a las distintas comunidades de fe e interlocutores que nos permitieron realizar estas etnografías y entrevistas.
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2
Por ejemplo, los propietarios haitianos de autos suelen verse obligados a polarizar sus cristales para que no sean objeto de insultos y maltratos.
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3
Los evangélicos chilenos no mueven sus horarios de culto para favorecer a los haitianos, sino que éstos deben adaptarse al espacio que les dejan. Sobre la convivencia y tensiones entre ambos, ver: Aguilar, Sandoval y Gissi (2024).
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4
Consiste en que cada participante obtiene un número elegido o asignado y durante un periodo de tiempo cada quien aporta una cantidad monetaria previamente estipulada. En el tiempo señalado cada participante recibe un monto importante de dinero, lo que implica una forma de ahorro colectivo informal.
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5
Al igual que en otras sociedades denominadas tradicionales, como las mapuche, aymara o quechua, la religión no forma parte de la esfera privada, sino de la cotidianidad, lo que implica que está directamente ligada a la cultura, política y sociedad (Aguilar 2020).
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6
Los templos evangélicos tienen características utilitarias, herencia de la reforma protestante: uso para reuniones, asambleas, comidas, albergues, préstamo a las autoridades gubernamentales, etc.
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7
Referencia a la dictadura de los Duvalier (padre e hijo) en Haití, la que duró casi treinta años, desde la década del 50 al 80.
