Resumen
Este artículo analiza las estrategias de sostenibilidad de la vida desplegadas por mujeres migrantes sudamericanas adultas mayores que han envejecido en Argentina tras décadas de inserción en el trabajo de cuidados remunerado. A partir de un enfoque cualitativo basado en entrevistas en profundidad, el estudio reconstruye las formas en que sostienen la vida mujeres paraguayas y peruanas mayores de 60 años, marcadas por la informalidad, la precariedad y la escasa cobertura previsional. Articulando los aportes de la perspectiva interseccional, la economía feminista y la sociología moral del dinero, el trabajo examina cómo estas mujeres organizan su sostenimiento -mediante el trabajo continuo, el ahorro, las redes familiares y comunitarias- ante las múltiples barreras que el Estado argentino impone al acceso a derechos previsionales. Los resultados evidencian que el envejecimiento migrante está estructurado por la acumulación de desigualdades, configurando vejeces atravesadas por la incertidumbre y la ausencia de protección social efectiva.
Palabras clave:
mujeres migrantes; envejecimiento; redes de cuidado; desigualdades; Argentina
Abstract
This article examines the life-sustaining strategies deployed by older South American migrant women who have aged in Argentina after decades of insertion into paid care work. Drawing on a qualitative approach based on in-depth interviews, the study reconstructs the ways in which Paraguayan and Peruvian women over 60 sustain their lives under conditions marked by informality, precarity, and limited pension coverage. Bringing together intersectional theory, feminist economics, and the moral sociology of money, the article examines how these women organize their subsistence -through continued work, savings, and family and community networks- in the face of the multiple normative, administrative, and relational barriers that the Argentine state imposes on access to social security entitlements. The findings show that migrant aging is structured by the accumulation of inequalities, giving rise to old ages traversed by uncertainty and the absence of effective social protection.
Keywords:
migrant women; aging; care roles; inequalities; Argentina
Introducción
¿De qué viven las mujeres migrantes cuando envejecen? La pregunta parece sencilla, pero abre un problema analítico de considerable complejidad. Las investigaciones sobre migración femenina en Argentina han documentado la concentración en el trabajo doméstico y de cuidados, altos niveles de informalidad y escasa cobertura previsional (Magliano, 2013; Mallimaci Barral, 2016; Mallimaci Barral, Magliano, 2024; Rosas, 2010). Sin embargo, el momento del envejecimiento ha recibido escasa atención.
El objetivo de este artículo es analizar las estrategias de sostenibilidad de la vida desplegadas por mujeres migrantes adultas mayores, provenientes de países de América del Sur, que han envejecido en Argentina y se han insertado laboralmente en el trabajo de cuidados remunerado. En particular, el estudio se focaliza en la reconfiguración de las trayectorias laborales en la vejez -en un contexto en el que, para muchas de ellas, el retiro del trabajo remunerado no constituye una opción viable-, así como en las redes de cuidado que construyen en esta etapa del curso de vida con el fin de garantizar su subsistencia. Para ello, partimos de la premisa de que estas mujeres construyen, en la vejez, una economía plural: un conjunto heterogéneo de redes, ingresos, activos y transferencias que sostienen la vida cuando el sistema previsional no llega o llega de manera insuficiente.
Los resultados que sostienen este artículo se basan en una investigación cualitativa realizada con mujeres migrantes de 60 años o más de origen sudamericano, en particular paraguayas y peruanas, que han envejecido en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y en la ciudad de Córdoba. El trabajo empírico se apoya en entrevistas en profundidad a mujeres cuyas trayectorias laborales se vinculan con el sector de los cuidados remunerados. Tal como señalan investigaciones previas (Magliano, 2017; Mallimaci Barral, Magliano, 2024), las migrantes sudamericanas se encuentran sobrerrepresentadas en el trabajo doméstico remunerado (10% del total), con altos niveles de informalidad laboral (78% en 2022), marcada feminización (98%) y bajos niveles de remuneración (Camisassa, Muñoz, López Méndez, 2023), configurando una de las ramas más precarizadas del mercado de trabajo local.
El campo de indagación sobre migraciones y envejecimiento constituye aún un área de vacancia en Argentina. Por un lado, los estudios sobre migraciones no han incorporado de manera sistemática a las poblaciones envejecidas como objeto de análisis; por otro, los estudios sobre las vejeces rara vez han considerado las experiencias de las poblaciones migrantes (Mallimaci Barral, Magliano, 2023). Sin embargo, los datos del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022 evidencian un proceso de envejecimiento creciente de las poblaciones migrantes, más pronunciado entre las mujeres que entre los varones. En especial, entre las migraciones sudamericanas de más larga data, este envejecimiento es el resultado de la disminución de la llegada de personas en edades intermedias y bajos niveles de retorno (Bologna, Gómez, 2024).
El artículo se organiza en cuatro apartados: el primero presenta el marco teórico y metodológico; el segundo describe el sistema previsional argentino y sus principales restricciones para las poblaciones migrantes; el tercero analiza las estrategias de ingresos en la vejez; y el cuarto examina la importancia de las redes familiares y comunitarias en la sostenibilidad de la vida.
Apuntes teóricos y diseño metodológico
Este estudio se nutre del diálogo entre distintos marcos conceptuales con el objetivo de reconstruir las modalidades de sostenibilidad de la vida de mujeres migrantes adultas mayores en Argentina. En primer lugar, recupera los aportes de la perspectiva interseccional para reflexionar críticamente sobre los alcances y sentidos de las desigualdades situadas en las sociedades contemporáneas. La perspectiva interseccional ha contribuido en las últimas décadas a los debates sobre las desigualdades a nivel de grupos y estructuras, al sostener que el género, la raza y la clase constituyen relaciones de poder que crean, configuran y transforman los sistemas de organización social (Magliano, 2015). Su principal potencialidad reside, tal como señala Soria (2025), en no perder de vista la dimensión estructural de las relaciones sociales.
En segundo lugar, el artículo retoma la economía feminista, “una corriente de pensamiento heterodoxo preocupada por visibilizar las dimensiones de género de la dinámica económica” (Rodríguez Enríquez, 2015, p. 30), para abordar la categoría de sostenibilidad de la vida. Esta categoría alude a “un proceso histórico de reproducción social, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades, que requiere de recursos materiales, pero también de contextos y relaciones de cuidado y afecto” (Carrasco, 2009, p. 183). Dentro del marco conceptual que propone esta perspectiva, la categoría de sostenibilidad de la vida sobresale como un aporte central para ampliar la discusión sobre el papel de las mujeres y los trabajos de cuidado, tanto remunerados como no remunerados (Magliano, Arrieta, 2021). Asimismo, resulta especialmente fecunda para reflexionar sobre las estrategias de mujeres migrantes adultas mayores frente a las dificultades derivadas de extensas trayectorias de informalidad y precariedad. Como señala Moré (2019), la jubilación se encuentra fuertemente condicionada por las trayectorias laborales construidas a lo largo del tiempo. En este sentido, la persistente informalidad que marca las experiencias vitales de estas mujeres incide de manera directa en un futuro signado por mayores incertidumbres que certezas. El análisis incorpora también aportes de la sociología moral del dinero, entendida como el estudio de las "dinámicas morales que los hechos monetarios exponen a las personas y sus vínculos sociales" (Wilkis, 2015, p. 559). Desde esta perspectiva -que Wilkis (2017) elabora articulando la sociología del poder de Bourdieu con la sociología del dinero de Zelizer- el dinero deja de leerse como un medio neutro o disolvente de los lazos sociales para pensarse como un factor que interviene en su producción y sostenimiento y, al hacerlo, los ordena jerárquicamente. El dinero funciona así como un dispositivo de clasificación social. El concepto de capital moral que propone Wilkis (2015) articula dinero, moral y poder al señalar que las personas evalúan y comparan permanentemente sus virtudes en contextos situados, y que de esas evaluaciones surgen disputas por posiciones dentro del espacio social. Sobre esa base, el autor distingue diferentes modalidades o "piezas" de dinero, cada una regida por sensibilidades y expectativas particulares que definen sus propias reglas de acumulación de reconocimiento moral. Leída junto con la propuesta de Zelizer (2011) sobre la marcación social del dinero, esta perspectiva permite abordar los vínculos laborales, familiares y comunitarios que estas mujeres despliegan en el envejecimiento no como ámbitos exteriores a lo económico, sino como tramas donde el dinero circula cargado de significados morales que organizan obligaciones, jerarquías y reconocimientos.
El artículo se apoya en el análisis de ocho entrevistas en profundidad realizadas en dos contextos urbanos: el AMBA y la ciudad de Córdoba. Las entrevistas se llevaron a cabo con mujeres migrantes mayores de 60 años que se desempeñaron -en algunos casos continúan desempeñándose- como trabajadoras de cuidado remunerado, con cuatro entrevistas en cada uno de los territorios considerados. Del total de entrevistadas, seis son oriundas de Perú y dos de Paraguay. Asimismo, el artículo recupera las reflexiones y experiencias acumuladas por las autoras a lo largo de más de 20 años de investigación cualitativa con mujeres migrantes en ambos contextos urbanos. Lejos de constituir un insumo meramente contextual, este recorrido se integra analíticamente al estudio, permitiendo situar las trayectorias individuales en procesos sociohistóricos más amplios, así como identificar regularidades, transformaciones y tensiones en las formas de inserción laboral, organización del cuidado y acceso a derechos. El abordaje cualitativo tuvo como objetivo central reconstruir las trayectorias laborales y vitales de las entrevistadas, entendiendo el trabajo en un sentido amplio que incluye tanto las actividades remuneradas como aquellas no remuneradas, históricamente feminizadas e invisibilizadas. Asimismo, el análisis puso especial atención en las estrategias desplegadas para la sostenibilidad de la vida en la vejez, tanto monetarias como la activación, reorganización y resignificación de redes de cuidado familiares y comunitarias. Estas redes resultan fundamentales para afrontar contextos marcados por la precariedad laboral, la limitada protección social y las dificultades de acceso a derechos previsionales.
Mujeres migrantes y envejecimiento: características del sistema previsional argentino
El sistema no contributivo otorga prestaciones sin necesidad de aportes previos. Entre ellas se encuentra la Pensión por Vejez, dirigida a personas de setenta años o más sin cobertura previsional ni pensión, cuyo monto equivale al 70% de un haber mínimo. Existe también la Pensión Universal al Adulto Mayor (PUAM), destinada a mayores de sesenta y cinco años, equivalente al 80% de un haber mínimo y que no genera derecho a pensión por viudez.
El sistema contributivo se diseñó bajo la lógica del seguro social, en la que los derechos dependían de la condición de trabajador (Minoldo, 2018). De este modo, quienes se desempeñaban en el sector informal o de manera no remunerada quedaban excluidos de la cobertura, condición que afectaba principalmente a las mujeres, los sectores populares y las personas migrantes. Por tal razón emergieron las pensiones no contributivas y, a partir del año 2000, la política previsional incorporó medidas compensatorias para incluir a quienes quedaron en los márgenes del sistema. La herramienta central fueron las moratorias previsionales, que permitían abonar períodos de aportes faltantes; sin embargo, en marzo de 2025 el gobierno de Javier Milei eliminó la posibilidad de incorporarse a ellas.
Estas coberturas presentan, no obstante, limitaciones específicas para las poblaciones migrantes. Según la normativa vigente, el acceso a los derechos de seguridad social depende tanto de los años de residencia como de la trayectoria laboral, en empleos registrados o no. Para jubilarse por el sistema general, aunque no existen restricciones formales de residencia mínima, la exigencia de treinta años de aportes implica haber trabajado en el mercado formal y contar con residencia legal durante dicho período (Lieutier, 2022). La alta informalidad que caracteriza al trabajo migrante de las poblaciones sudamericanas no es contemplada en las políticas públicas, lo que supone una barrera significativa para acceder a este derecho.
Algo similar sucede con las pensiones no contributivas por vejez, destinadas a mayores de setenta años sin otros medios de vida. De acuerdo con la ANSES, para acceder al beneficio es condición «ser argentino nativo o naturalizado, residente en el país. En este último caso debe haber residido en el país al menos durante 5 años antes de realizar la solicitud». Sin embargo, las personas migrantes no nacionalizadas, aun con residencia permanente, deben acreditar al menos cuarenta años de residencia para elevar la solicitud. En el caso de la PUAM, su otorgamiento está sujeto a evaluación socioeconómica y patrimonial a cargo de la ANSES, y requiere ser argentino o naturalizado con diez años de residencia previos, o bien una residencia mínima de veinte años.
En un trabajo previo (Magliano, Mallimaci Barral, 2025) identificamos tres niveles de dificultad para el acceso migrante a derechos previsionales: el normativo, el administrativo y el relacional. Los dos primeros se expresan en la superposición de normativas de control migratorio con trayectorias pasadas de informalidad laboral y documental. El nivel relacional pone de relieve los vínculos hostiles que el Estado y sus agentes proponen a las personas migrantes: no solo muchas no logran cumplir los requisitos, sino que aun cuando lo hacen, es difícil demostrarlo ante las agencias estatales. Esto deriva en dificultades específicas para las poblaciones migrantes, especialmente las sudamericanas, que generan vejeces precarias cuyas dinámicas profundizaremos en el siguiente apartado1.
Trabajos y formas de generar ingresos en la vejez
Las mujeres migrantes envejecen en el país y se enfrentan a grandes dificultades para poder sostener materialmente sus vidas. En términos generales, nuestras entrevistadas expresan la escasez de sus ingresos: “el dinero no alcanza”. El déficit se deriva de la articulación de su condición de migrantes y de trabajadoras de los sectores populares.
Las barreras normativas, administrativas y relacionales antes descritas configuran tres situaciones posibles: mujeres que no acceden a jubilación ni pensión por no poder certificar el tiempo de residencia; quienes carecen de aportes suficientes por trayectorias de informalidad; y quienes acceden a una jubilación mínima (307 dólares en febrero de 2026) o a la PUAM (80% del haber mínimo), cuya ventaja central es el acceso al PAMI como cobertura de salud.
A partir de esta precariedad, las mujeres migrantes deben afrontar la vejez mediante múltiples actividades e ingresos que les permiten sostener su vida cuando el sistema previsional no llega o lo hace de manera insuficiente. El apartado se propone analizar la economía vivida desde la perspectiva de las propias mujeres: las prácticas concretas y cotidianas con las que organizan el sostenimiento de sus vidas. Lo haremos a partir de algunas entrevistas seleccionadas por resultar especialmente relevantes para comprender las diferentes estrategias que las mujeres deben desplegar para sostener sus vidas después de años de trabajo remunerado. Asimismo, analizaremos algunos sentidos del dinero en la vejez siguiendo a Zelizer (2011), quien argumentó que el dinero no es un medio de intercambio homogéneo, sino un objeto social marcado por su origen, destino y las relaciones en las que circula.
Seguir trabajando hasta que el cuerpo aguante
Ante la dificultad para obtener otras formas de ingreso, la primera estrategia es continuar trabajando durante la vejez. En sus relatos sobre las trayectorias laborales, algunas mujeres destacan haber logrado un ingreso propio y, por ello, deciden no abandonar el trabajo. Para estas mujeres, el “dinero ganado” es moralmente valorado por la carga de autonomía y agencia que ningún otro ingreso posee. Sin embargo, en la vejez, es también el más frágil: depende de un cuerpo que, tras décadas de trabajo físico intenso, impone un límite material.
Nadia, peruana de 63 años, llegó al país con 46 y cuenta con residencia permanente. Desde su arribo a Córdoba se ha dedicado al trabajo doméstico no registrado; en situaciones de necesidad, vende “medias, hilos”. Actualmente trabaja como cuidadora nocturna en jornadas de diez horas, su único ingreso. Ante la pregunta por su futuro, su respuesta condensa con precisión la lógica del dinero ganado llevada al límite: “Voy a tener que trabajar hasta que me muera”. La frase no es una queja, sino una constatación. Nadia no registra aportes ni en Perú ni en Argentina, pese a una trayectoria laboral ininterrumpida. Para acceder a la PUAM debe esperar a los 65 años y acreditar veinte de residencia ininterrumpida, requisito que no sabe si podrá cumplir. Su principal preocupación es la diabetes recientemente diagnosticada: los costos del tratamiento y el deterioro físico amenazan el trabajo que la sostiene. Las décadas de informalidad sin protección social aparecen naturalizadas en su relato como responsabilidad personal que se pagará con el propio cuerpo.
Tatiana, peruana de 65 años residente en Buenos Aires, llegó al límite corporal que Nadia todavía no ha alcanzado. Arriba a la Argentina en 2000 y trabaja sus primeros años en casas particulares sin retiro y de manera no registrada. Obtiene la residencia definitiva siete años después, debido a las restricciones de la normativa migratoria vigente hasta 2003 (Courtis, Pacecca, 2007) y gracias al cambio de normativa. La regularización no modifica el tipo de empleo al que accede, pero abre la posibilidad de ser registrada. Sin embargo, según su relato, aunque algunos/as empleadores/as le ofrecen regularizar el vínculo laboral, ella no acepta por temores varios.
No tomaba la dimensión de estar en blanco (...). Yo no quería, hasta que después me di cuenta, claro, me sirve, porque hasta tengo la mitad del boleto como jubilada, no me daba cuenta (...). Yo no pensaba que iba a llegar a esta edad. Nunca pensaba que iba a llegar a tener 60, 65. Jamás pensé que iba a llegar a ser vieja. Nunca pensé en el tema de la jubilación (Tatiana, peruana, 65 años, Buenos Aires).
En este fragmento nos interesa subrayar un elemento que emerge y atraviesa su narrativa: la dificultad para visibilizar el largo plazo, signada por los problemas de gestionar una cotidianidad precaria anclada en una economía del presente.
A partir de la sanción de la ley de migraciones y “por lo que escuchaba en los colectivos”, decide registrarse como monotributista para acceder a una obra social2. Paralelamente, se inscribe en un curso gratuito de “acompañantes gerontológicos” dictado en un hospital privado, con el objetivo de abandonar los trabajos de limpieza. Durante los años siguientes trabaja para una empresa de cuidados, facturando como monotributista. Son años de un enorme esfuerzo:
Ahí tenía que levantar pacientes postrados. Tienes que sacar fuerte los brazos, porque después yo las bañaba también. Las bañaba. He tenido un montón de pacientes, un montón (Tatiana, peruana, 65 años, Buenos Aires).
Su trayectoria laboral, construida en torno a trabajos centrados en la explotación del propio cuerpo (“hacer fuerza, subir, bajar escaleras, agacharme”), limita en la actualidad sus posibilidades de trabajo: su cuerpo ya no pudo más. El saldo es artrosis, hernia cervical y una enfermedad autoinmune. El inventario de su corporalidad es, al mismo tiempo, un inventario de décadas de trabajo físico. Ese cuerpo dañado es simultáneamente la causa por la que dejó de trabajar y la razón de urgencia para acceder a una jubilación o a la PUAM que no llega, ya no solo como ingreso, sino como llave de acceso a cobertura de salud. Al iniciar sus trámites jubilatorios, debió dar de baja la obra social que tenía a través del monotributo.
Asimismo, Tatiana contaba con aportes previsionales en su país de origen, que pudo contabilizar a partir de convenios internacionales. Sin embargo, al momento de la entrevista, meses después de dejar su último trabajo, está sin ingresos, esperando que se resuelva un problema técnico en el sistema de la ANSES que bloquea su solicitud porque “figura como propietaria” de la casa de su pareja, lo que la excluye de la PUAM. Tampoco pudo certificar los años de residencia para acceder a la moratoria, lo que complejiza también el acceso a las pensiones no contributivas. Se trata de un problema administrativo con el registro de una de sus salidas y entradas al país, que le impide contabilizar sus años de residencia “ininterrumpida”, tal como lo exige la normativa.
De esta manera, la concentración de mujeres migrantes en el trabajo de casas particulares, resultado de la intersección de género, clase y origen nacional ampliamente documentada para el caso argentino (Magliano, 2015; Rosas, 2010, entre otros), tiene consecuencias corporales acumulativas en el largo plazo que el sistema previsional, diseñado para trayectorias de trabajo formal y continuo, no reconoce ni compensa. La condición migratoria agrega capas de exclusión específicas que impiden a estas mujeres acceder incluso a las pensiones no contributivas diseñadas para quienes, como ellas, quedaron fuera del sistema contributivo. Continuar trabajando es una opción estructuralmente limitada por un cuerpo deteriorado por las mismas condiciones que las excluyen de la protección social.
El dinero ahorrado: proyecto e independencia
En otras entrevistas, emerge la relevancia del ahorro durante la etapa activa de las mujeres como estrategia de largo plazo para poder sostener la vida en la vejez. El ahorro es, en los relatos de las entrevistadas, la forma de dinero que más claramente porta un proyecto. No se trata de dinero excedente, sino de un dinero separado del flujo del gasto cotidiano con un propósito concreto, a veces durante años o décadas, la economía para un futuro posible. En términos de Zelizer (2011), es el dinero más marcado: apartado deliberadamente, protegido de otros usos, cargado de la intención de quien lo separó. Y en los casos entrevistados, ese proyecto tiene casi siempre el horizonte de la independencia en la vejez.
La entrevista a Marta, paraguaya de 70 años, es la más paradigmática de esta estrategia. Llegó a Buenos Aires con 18 años, durante 10 años trabajó en casas particulares sin retiro y sin aportes. Luego fue diversificando sus empleos (ayudante de cocina, cadeta, limpieza en instituciones), donde sus empleadores/as tampoco realizaron los aportes correspondientes. Luego, en un movimiento de movilidad social ascendente, ingresa en empleos más calificados (tareas administrativas y de gestión). Tal como señala, “no tenía ni idea… y aprendí”, evidenciando una forma de acumulación de saberes prácticos desvinculada de credenciales formales. Sin embargo, esta diversificación ocupacional no se traduce en una mejora sustantiva de sus condiciones laborales, dado que la informalidad se mantiene como rasgo estructural a pesar de estar registrada en sus últimos empleos: “siempre una parte en blanco y la otra parte en negro”. Este rasgo no es percibido inicialmente como problemático, sino como parte del funcionamiento normal del mundo del trabajo argentino.
Marta construyó su economía de vejez sobre un ahorro realizado en España entre 2005 y 2014. La migración a España constituye un punto de inflexión en esta trayectoria, no en términos de formalización plena, sino como estrategia de acumulación material. El desplazamiento a Europa se inscribe en un proyecto económico claro siguiendo el consejo de compatriotas que ya habían migrado al país europeo “andate… juntá la plata y comprás un departamento”. Esta decisión se apoya en redes migratorias que facilitan el acceso al viaje y la inserción laboral inicial.
Nueve años de trabajo en régimen de “cama adentro”, feriados, sábados y domingos, con un objetivo mantenido con notable claridad. Ese dinero, marcado desde el origen como dinero de la independencia, permitió comprar un departamento en un barrio residencial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y sumar años de aportes en un país que tiene convenios con Argentina. El departamento no sólo ahorra el costo de un alquiler, sino que se convirtió en fuente de ingreso al convertirlo en un Airbnb cuya renta compensa una jubilación mínima obtenida por moratoria, dado que no contaba con los 30 años de aportes pese a trabajar desde los 16 años y hacerlo “14 horas por día”.
“Si yo no hubiera ido a España estaría viviendo, no sé, en una piecita. O quizás con mis hijas”. La frase condensa perfectamente uno de los significados morales del dinero ahorrado: es el dinero que evita la dependencia de los/as hijos/as, el que sostiene la posición de una madre que sigue dando en lugar de recibir. La autonomía que todas las mujeres entrevistadas construyen arduamente a lo largo de sus trayectorias, y que se encuentra ligada a la posibilidad de generar ingresos, se ve revalidada en la vejez a partir de estos ingresos extras. Pero esta estrategia también encuentra un límite en el cuerpo. “Ya estoy cansada, porque ya no puedo limpiar mucho”, dice Marta refiriéndose al Airbnb. El ahorro sigue necesitando del cuerpo de Marta para estar activo; en este caso, tiene el mismo límite corporal que clausuró el dinero ganado.
El caso de Carmen, peruana de 74 años residente en Córdoba, introduce una forma de previsión que no es monetaria, pero que tiene consecuencias materiales tan decisivas como el ahorro en dinero, lo que podríamos llamar un ahorro de documentos: guardar durante décadas contratos, comprobantes, recibos, pasaportes -toda documentación que acredita una trayectoria migratoria y laboral- como práctica de acumulación no monetaria determinante para acceder al sistema previsional. Su lógica es idéntica a la del ahorro monetario: requiere una orientación temporal de largo plazo. Carmen lo formula con precisión: “Yo lo guardé todo, todo, todo lo guardé. Hasta mis papeles que vine del país, porque eso es lo que te piden”. Esto, sumado al registro de su relación laboral, le permitió jubilarse por moratoria. Tatiana, en cambio, tiró los recibos de alquiler al mudarse hace más de veinte años, sin imaginar que esos papeles serían decisivos para acreditar residencia ante la ANSES. El empleado de la Dirección Nacional de Migraciones entrevistado para este estudio lo formula como un consejo que funciona también como revelación de cómo funciona el sistema: “Les diría que los migrantes no tienen que tirar ningún papel, en algún momento les puede servir” (funcionario, DNM, Córdoba). En la transición de un mundo analógico a otro digital, el tiempo pasado y presente se superponen. Asimismo, el cambio de normativas potencia la imprevisibilidad al cambiar constantemente la información necesaria de ser conservada.
En todo caso, cualquiera de las estrategias aquí descriptas, seguir trabajando, ahorrar ingresos y papeles, supone un laborioso proceso por parte de las mujeres y una super exigencia de sus cuerpos para poder vivir y sobrevivir durante su vejez. Incluso Carmen, un caso de relativo éxito, describe el proceso como una gesta más que como ejercicio de un derecho: “Hay que lucharlo. Buscarlo. Decir, hablar, ir, buscar. Porque quién le va a venir a decir, oye, mira, ve, toma esto” (Carmen, peruana, 74 años, Córdoba). Por otra parte, aun con jubilación o pensión, el dinero no alcanza, el tiempo e intensidad de lo trabajado no se refleja en los haberes. La posición de tener que demostrar la trayectoria laboral es una borradura con efectos para estas mujeres.
“Toda la vida trabajé, hice todo, un montón de horas he trabajado, 14 horas por día, en fin. Y me dijo, pero mamá, no tenés nada”, señala Marta, refiriendo las palabras de su hija. La frase de la hija, “no tenés nada”, condensa la paradoja de contar con décadas de trabajo que se vuelven administrativamente inexistentes. Lo que la ANSES certifica no refleja lo que estas mujeres vivieron. Tatiana es quizás quien lo expresa con mayor certeza: “Si no me sale la PUAM tendré que ir a un abogado vivaracho para que haga algo porque es injusto, yo tengo 17 años de aportes acá” (Tatiana, peruana, 65 años, Buenos Aires). La indignación de Tatiana no es solo sobre el dinero: es una demanda de reconocimiento de capital moral (Wilkis, 2015). Ella tiene aportes, ella trabajó, ella hizo lo que el sistema pedía. La ausencia de jubilación no es solo escasez económica, sino negación de un reconocimiento que se entiende como merecido.
Ganarse la vida en la vejez: los límites del cuerpo y del tiempo
Las maneras de ganarse la vida durante la etapa activa de nuestras entrevistadas estuvieron asociadas esencialmente a la migración y sus opciones laborales. La capacidad de ganar dinero es vivida como un éxito personal, el premio a un esfuerzo cotidiano. Llegar a la vejez sin ingreso suficiente supone un borramiento de sus trayectorias y un retorno a situaciones de dependencia y precariedad que, a diferencia de otras épocas, no pueden resolver a partir de la sobreexplotación de su cuerpo y tiempo.
La estrategia obvia del empleo se topa con un límite ineludible: la salud del cuerpo, principal herramienta de trabajo. Cuando el cuerpo ya no puede trabajar, desaparece el dinero ganado, pero, al mismo tiempo, el cuerpo deteriorado necesita atención médica con costos que requieren cobertura de salud. Lo que el cuerpo de estas mujeres porta no es solo su historia personal, es el resultado de décadas de políticas laborales y migratorias. Se produce así una paradoja: el sistema que excluyó a estas mujeres de la protección social durante su vida activa es el mismo que las deja sin atención médica cuando el cuerpo llega a su límite. Las mismas mujeres que durante décadas sostuvieron la vida de otras personas llegan a la vejez sin que el sistema garantice su cuidado (Rodríguez Enríquez, 2015).
Por otro lado, la temporalidad emerge como dimensión que atraviesa y produce diferencias entre las mujeres entrevistadas. El campo de posibilidades para sostener sus vidas es tributario no solo de la capacidad diferencial de movilizar recursos, sino del horizonte temporal desde el cual esas posibilidades fueron, o no, diseñadas. Como hemos argumentado en trabajos previos (Mallimaci Barral, Magliano, 2020), la gestión del tiempo cotidiano de las mujeres migrantes se expresa en una economía del presente basada en una “pobreza de tiempo” que caracteriza sus vidas durante la etapa activa. No se trata únicamente de una privación del tiempo disponible, sino de la dificultad de superar la inmediatez de la cotidianidad e imaginar escenarios futuros.
La capacidad de imaginar el largo plazo funciona como un recurso desigualmente distribuido, con consecuencias certeras sobre los modos de ganarse la vida en la vejez. El ahorro, monetario y de documentos, supone una agencia temporal que no resulta sencilla para quienes están sumergidas en la economía del presente. En definitiva, el sistema previsional argentino exige a las personas migrantes demostrar trayectorias de largo plazo (años de residencia y años de aportes) sin reconocer que las condiciones estructurales de esas mismas trayectorias impiden esa acumulación. De esta manera, se penaliza a las trabajadoras por las prácticas de empleadores/as que no realizan sus aportes y por no haber planeado lo que no era planeable.
Redes de cuidado en las vejeces migrantes
La sostenibilidad de la vida de mujeres migrantes adultas mayores en Argentina no puede comprenderse exclusivamente a partir de la continuidad del trabajo remunerado. Por el contrario, su reproducción cotidiana se apoya en una trama densa de relaciones familiares y comunitarias que buscan garantizar alimentación, vivienda, cuidado, acceso a salud y acompañamiento afectivo. Estas redes, lejos de ser residuales, constituyen la infraestructura social que sostiene la vida en contextos de precariedad y desigualdad estructural. Cuando el trabajo ya no alcanza, cuando el ahorro se agotó, cuando la jubilación no llega -o llega en montos que apenas permiten subsistir-, lo que sostiene la vida es la red familiar y comunitaria. En este sentido, puede afirmarse que dichas redes no operan como mecanismos de excepción ante la crisis, sino como estructuras permanentes y constitutivas de la reproducción cotidiana de estas mujeres.
La familia como red de sostenibilidad: arreglos domésticos, reciprocidades y cuidados en la vejez migrante
Los testimonios muestran que la familia constituye el primer sostén frente a la precariedad económica que enfrentan estas mujeres. Aparece como la primera línea de respuesta ante la vulnerabilidad asociada a la edad, pero no como una instancia de dependencia pasiva. Las mujeres mayores no son únicamente receptoras de ayuda: participan activamente en el sostenimiento familiar mediante cuidados, organización doméstica y administración de recursos, configurando así relaciones de reciprocidad que estructuran la dinámica cotidiana. Esta doble posición -como sostenedoras y como sostenidas por la red- es uno de los rasgos más significativos de sus trayectorias en la vejez y da cuenta de la complejidad moral y afectiva que atraviesa la vida familiar en contextos de precariedad.
Las redes familiares resultan, para varias de las mujeres entrevistadas, el apoyo monetario central en la vejez. Pero es también el dinero más emocionalmente cargado y moralmente ambivalente, porque convierte a quien durante décadas fue dadora en receptora, y esa inversión no es neutra. El caso de Gloria, migrante paraguaya que reside en Buenos Aires, ilustra con nitidez esta dinámica: recibe una jubilación mínima obtenida por moratoria en 2014, pero es su hijo quien paga el alquiler del departamento donde vive, y una sobrina radicada en Paraguay le envía regularmente pedidos de supermercado mediante el sistema de envíos. Sin esas transferencias, la jubilación no alcanzaría para cubrir sus necesidades básicas. El relato de Gloria sobre estas ayudas está atravesado por una tensión entre el alivio que representan y la incomodidad de recibirlas: durante décadas ella fue quien sostuvo a otros, y la inversión de esa dirección amenaza una identidad construida alrededor de la autonomía.
Carmen, por su parte, describe el intercambio cotidiano con su hija de manera elocuente: “mi hija viene, va a trabajar (...) Yo me quedo con el bebé acá” (Carmen, peruana, 74 años, Córdoba, jubilada). En ocasiones, su hija le hace las compras y la ayuda con la comida. Su esposo, trabajador de la construcción siempre de manera informal, estaba tramitando con muchas dificultades una PUAM al momento de la entrevista. Este caso pone en evidencia un patrón recurrente: la ayuda material que reciben las mujeres migrantes envejecidas se intercambia por trabajo de cuidado. No se trata de una lógica mercantil, sino de una obligación afectiva y moralmente regulada. La circulación de bienes y servicios está mediada por vínculos de parentesco que definen quién debe ayudar y en qué condiciones. El dinero prestado dentro de la familia, en los términos de Wilkis (2015), tiene un carácter relacional: compromete la reputación y la confianza, y su devolución puede adoptar la forma de cuidado o ayuda futura.
Nuestras interlocutoras ilustran otra dimensión del peso de las redes familiares: la cohabitación como estrategia de sostenibilidad. La vivienda compartida funciona como mecanismo de reducción de costos y redistribución interna de recursos. La sostenibilidad se construye aquí mediante arreglos domésticos flexibles que permiten enfrentar la inestabilidad de ingresos y los límites físicos asociados al envejecimiento. Nadia vive con su hijo menor, quien se ocupa de gran parte de los gastos de la vivienda ubicada en un asentamiento popular de la zona oeste de la ciudad de Córdoba. Sin posibilidades de acceder a una jubilación debido a una trayectoria laboral marcada por la informalidad, las ayudas que recibe de su hijo resultan indispensables para su subsistencia. En una situación similar, Lorena -peruana, 59 años, residente en Córdoba- vive con su hija en el mismo asentamiento popular. También excluida del acceso a una jubilación o pensión por una prolongada inserción en la informalidad, tanto en origen como en destino, y atravesada por problemas de salud crónicos, depende completamente de los cuidados que su hija le brinda. En su caso, la cohabitación no es una opción entre otras, sino la única forma de sostenibilidad disponible. La vivienda compartida condensa así funciones que el Estado no garantiza: seguridad habitacional, cuidado en la enfermedad, acceso a derechos previsionales.
En contextos de envejecimiento migrante, la familia reorganiza el cuidado ante la falta de protección estatal. Los arreglos domésticos -la residencia compartida, las ayudas monetarias, el intercambio de cuidados por bienes- constituyen estrategias de sostenibilidad frente a trayectorias vitales precarizadas (Manjares Ramos, 2024). No obstante, estas redes no siempre alcanzan para garantizar la subsistencia. En este escenario, la organización comunitaria emerge como un espacio clave de contención, apoyo y solidaridad.
La comunidad como sostén
Más allá del ámbito familiar, algunas de las mujeres entrevistadas también participan en redes comunitarias ancladas al territorio barrial y en organizaciones sociales que cumplen funciones clave en la reproducción cotidiana. Estos espacios -especialmente encarnados en comedores y merenderos- cubren necesidades básicas allí donde la familia es insuficiente o está ausente. En el caso de Lorena, que al momento de la entrevista en 2024 no contaba con ningún ingreso regular ni prestación del Estado y dependía enteramente de las ayudas de su hija, la asistencia alimentaria de una organización comunitaria barrial era una fuente de sostenibilidad imprescindible. Lorena trabajó durante toda su vida laboral como empleada doméstica, aunque siempre de manera informal. También Marina, migrante peruana de 65 años que dedicó toda su vida laboral al trabajo doméstico de manera informal en Córdoba, dependía diariamente de un comedor comunitario para garantizar su alimentación. Estos casos expresan una realidad estructural: cuando las trayectorias laborales informales impiden el acceso a jubilaciones o pensiones, la subsistencia suele descansar en la red comunitaria.
El papel que estos espacios cumplen en la sostenibilidad de la vida desborda la dimensión alimentaria para involucrar distintas formas de ayuda, de circulación de información y de esparcimiento. Saber a qué delegación de ANSES ir, conocer el nombre de una abogada que tramita jubilaciones, entender cómo funciona el monotributo: se trata de saberes que tienen valor de uso concreto, se transmiten dentro de las redes con obligaciones de reciprocidad y producen posicionamientos diferenciados al interior de las comunidades. Carmen ocupa esa posición en su entorno: pasa el contacto de la abogada que la ayudó con los trámites de la jubilación a otras mujeres del barrio, brinda orientación a quien no sabe cómo comenzar el trámite, distribuye un saber que en su caso llegó en el momento justo y que ella reconoce que no llegó a todas.
Aquí yo conozco muchas señoras. No, dice, ¿qué lo vamos a conseguir? Yo hasta le pasaba a la abogada que la hace, yo les he pasado a varios (Carmen, peruana, 74 años, Córdoba).
No es solo generosidad: es la práctica de persistencia colectiva que en un trabajo previo identificamos como el modo en que las mujeres migrantes aprenden a relacionarse con el Estado (Magliano, Mallimaci Barral, 2025). Cuando ese aprendizaje se distribuye dentro de la red, produce una forma de protección colectiva -frágil, informal, pero real- frente a un sistema que no está diseñado para sus trayectorias.
Lo que buscamos remarcar es que no todas las formas de participación comunitaria están orientadas a la subsistencia material. Un aspecto central de las redes comunitarias se vincula con su función de mediación entre las mujeres migrantes adultas mayores y el Estado. Las organizaciones sociales con presencia territorial actúan como nexos que facilitan el acceso a derechos -pensiones, subsidios, programas alimentarios-, reducen la distancia administrativa y tecnológica con el Estado, y traducen el lenguaje burocrático en términos accesibles para sus interlocutoras. Estas mediaciones son especialmente relevantes para mujeres que, más allá de las dificultades tecnológicas y las barreras administrativas, enfrentan un desconocimiento estructural de la normativa que regula sus derechos como trabajadoras y como migrantes envejecidas en el sistema de protección social argentino. De modo que para muchas de ellas las organizaciones sociales no sólo aportan recursos materiales: producen inclusión política en tanto funcionan como puentes entre vidas precarizadas y burocracias estatales. En tal sentido, la red comunitaria revela una trama de solidaridad barrial que no pasa necesariamente por el dinero, sino por la presencia, el tiempo y el acompañamiento. Se trata de una economía del cuidado que sostiene la vida cuando el mercado, la familia y el Estado resultan insuficientes.
Conclusiones
En este artículo analizamos cómo las mujeres migrantes que se dedicaron al trabajo doméstico remunerado en Argentina despliegan formas de sostener la vida en la vejez frente a las serias limitaciones para acceder a derechos previsionales. Estas limitaciones no son individuales ni coyunturales: son el resultado de décadas de informalidad laboral, de sistemas previsionales diseñados para el trabajo formal y continuo, y de una condición migratoria que añade capas específicas de exclusión.
En el estudio identificamos tres estrategias centrales de sostenibilidad de la vida en la vejez, que no se presentan de manera excluyente, sino articulada. La primera es la prolongación del trabajo remunerado más allá de las edades establecidas como activas: no como elección, sino como imperativo estructural cuyo horizonte queda fijado por trayectorias vitales precarizadas. La segunda es el ahorro, en sus distintas modalidades: el ahorro monetario como proyecto de independencia -construido a veces a lo largo de décadas y en más de un país de residencia- y lo que denominamos el ahorro de documentos, esa práctica de acumulación no monetaria que consiste en preservar a lo largo del tiempo la prueba material de una trayectoria que el sistema tiende a volver administrativamente invisible. La tercera estrategia es la activación y reorganización de redes de cuidado familiares y comunitarias como infraestructura de sostenibilidad cuando las dos anteriores se agotan o resultan insuficientes.
La temporalidad emerge como dimensión estructurante que atraviesa todas las estrategias y explica, en buena medida, sus resultados diferenciales. La capacidad de orientarse hacia el largo plazo -de ahorrar, de guardar documentos, de imaginar la vejez como escenario concreto- no es una disposición individual: es en sí misma un recurso desigualmente distribuido. La paradoja es elocuente: se requiere como condición de acceso a derechos de protección social lo que las estructuras del trabajo informal y migrante hicieron sistemáticamente difícil de cumplir. Las mismas mujeres que durante décadas sostuvieron la vida de otras personas a través del trabajo doméstico remunerado llegan a la vejez sin que el sistema garantice su cuidado: la informalidad laboral que produjo la exclusión previsional y el cuerpo deteriorado por el trabajo no reconocido convergen en la vejez migrante como punto de llegada de un proceso de desigualdad de largo aliento.
Declaración de Disponibilidad de Datos
Los datos de la investigación están disponibles en el cuerpo del artículo
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Según datos del Censo 2022, mientras que el 93.5% de la población nativa tiene cobertura previsional, el número desciende al 82.6% entre la paraguaya y al 39.7% entre la peruana. Elaboración propia en base a microdatos del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022 (INDEC), procesados mediante REDATAM.
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El monotributo es un régimen simplificado de tributación para pequeños contribuyentes que integra en un único pago mensual impuestos y aportes a la seguridad social.
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Editoras del dossier
María José Maglianohttp://orcid.org/0000-0002-3028-5129Ana Inés Mallimaci Barralhttps://orcid.org/0000-0001-9007-895XHerminia Gonzálvez Torralbohttps://orcid.org/0000-0002-4929-2521
