Open-access “No era solo un techo.” Inquilinatos y la emergencia de la política travesti uruguaya

“It wasn’t just a roof.” Tenements and the emergence of trans politics in Uruguay

“Não era apenas um teto.” Inquilinos e a emergência da política travesti uruguaia

Resumen:

El presente artículo analiza dos experiencias de cohabitación de la población travesti durante los primeros años de la recuperación democrática y su relación con el surgimiento de la primera organización travesti uruguaya. A partir de entrevistas a 46 travestis que viven en la ciudad de Montevideo y de la revisión de información cuantitativa y de prensa de época se pretende determinar la importancia que tuvieron las pensiones travestis en el centro de la capital para la construcción de una identidad con cierta autonomía individual, así como para lograr la autogestión de una zona de comercio sexual en la ciudad.

Palabras clave:
travestis; vivienda; movimientos sociales; Uruguay

Abstract:

This article analyzes two experiences of cohabitation among the transvestite population during the early years of democratic recovery and their relationship with the emergence of the first Uruguayan transvestite organization. Based on interviews with 46 transvestites living in the city of Montevideo and a review of quantitative information and press reports from the period, the aim is to determine the importance of the “transvestite pensions” in the center of the capital for the construction of an identity with a certain degree of individual autonomy, as well as for achieving self-management of a sex work zone in the city.

Keywords:
Transvestites; Housing; Social Movements; Uruguay

Resumo:

Este artigo analisa duas experiências de coabitação da população travesti durante os primeiros anos da recuperação democrática e sua relação com o surgimento da primeira organização travesti uruguaia. A partir de entrevistas com 46 travestis que vivem na cidade de Montevidéu e da análise de informações quantitativas e da imprensa da época, pretende-se determinar a importância que tiveram as “pensões travestis” no centro da capital para a construção de uma identidade com certa autonomia individual, bem como para alcançar a autogestão de uma zona de comércio sexual na cidade.

Palavras-chave:
travestis; habitação; movimentos sociais; Uruguai

Introducción

En Uruguay, a partir de 1985, con el retorno a la democracia, la casa de Sara, en el barrio popular La Teja de Montevideo, se volvió un espacio de refugio y de construcción identitaria para muchas travestis. 1 Casi en simultáneo, en el cruce de las calles Yaro y Maldonado, muy cerca del centro de la ciudad, varias pensiones también se convirtieron, a partir de 1986, en lugar de residencia de decenas de travestis. Se calcula, según los testimonios, que por ambos espacios pasaron, durante sus veinte años de existencia, aproximadamente unas 300 o 350 travestis. En Uruguay, a diferencia de los países anglosajones, ninguna identidad sexogenérica disidente se había territorializado hasta ese momento. Estas experiencias tuvieron lugar durante los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado y fueron los dos únicos ejemplos colectivos significativos en Uruguay, y ambas conservan aún gran centralidad en las memorias travestis-trans. 2

Si bien en la región han existido acercamientos académicos y testimonios que abordan fenómenos similares (Josefina Fernández, 2020; María Aversa; Matías Máximo, 2022) o acercamientos etnográficos en los que aparece la residencia en pensiones (Don Kulick, 2008; Annick Prieur, 1998; Hélio Silva, 1993), en Uruguay no hay casi estudios de este tipo. Como señala Valentina Torre (2022), los trabajos académicos sobre la población travesti-trans uruguaya se centraron en las políticas públicas, la discriminación social, los procesos de subjetivación política, la educación, el cuerpo y el trabajo sexual. Una agenda nutrida, pero en la que sigue ausente un acercamiento histórico que permita analizar las condiciones habitacionales de esta población y la aparición de su primera organización colectiva.

En ese sentido, este artículo busca comprender el surgimiento de ambos inquilinatos en clave histórica y pensar la complejidad de esas experiencias de cohabitación, así como su relación con la emergencia de una política travesti uruguaya. Las preguntas orientadoras son dos: ¿Cuáles fueron los factores que permiten comprender el surgimiento de ambas experiencias durante los años ochenta? ¿Qué relación tuvieron ambos fenómenos con la emergencia de una política travesti en Uruguay? El artículo busca un acercamiento comparativo entre ambos fenómenos, prestando especial atención a las formas en que se produjo la cohabitación, a efecto de comprender los factores que facilitaron la emergencia de la primera organización travesti uruguaya.

El texto se inicia con un análisis de los datos cuantitativos existentes sobre los lugares de residencia de la población travesti en la ciudad de Montevideo entre 1976 y 2016, constatando como esta colectivo desarrolló, entre los años ochenta y principios de los noventa, una fuerte concentración habitacional en dos zonas de la trama urbana, para pasar luego a analizar ambas experiencias, la casa de Sara y las pensiones de Yaro y Maldonado y la relación de esta última con la emergencia de la primera organización travesti en el Uruguay. Por último, el trabajo se cierra con una serie de reflexiones finales.

Procedimientos metodológicos

Para la investigación, se elaboraron historias de vida en su variante interpretativa comprensiva (Daniel Bertaux, 1981) a través de entrevistas semiestructuradas a 46 travestis de 39 a 71 años residentes de la capital uruguaya, seleccionadas por medio del método de bola de nieve. Las entrevistas se hicieron durante 2022 y 2023 y fueron desgrabadas para su posterior análisis. Para ello se tuvo en cuenta que la historia oral, como señala Alessandro Portelli (1997), siempre es fruto de un diálogo entre el historiador y sus entrevistados, y que toda narración implica operaciones de memoria. La metodología utilizada para interpretar la información fue el análisis de contenido cualitativo simple, siguiendo la estrategia tripartita que presentan tanto la escuela americana (Anselm Strauss; Juliet Corbin, 2002; Barney Glaser; Strauss, 1967) como la española (Miguel Valles, 2014) en donde se identifican categorías (categorización), se construyen relaciones entre ellas para formar estructuras (estructuración) y se valida o refina la teoría mediante la comparación constante de datos y las categorías emergentes (contrastación). A lo largo del artículo se presentan varias citas que ejemplifican e ilustran el análisis.

Además del análisis de los relatos y de su sistematización, se relevaron los datos sobre aspectos sociodemográficos en función del material estadístico disponible y se consultó la prensa uruguaya entre 1980 y 2000. Durante el proceso de investigación, se contó con el apoyo de varias organizaciones trans-travestis que participaron en la elaboración de la pauta y en la realización de las entrevistas. Un primer borrador de este texto les fue presentado a las organizaciones con las que se colaboró a efectos de alimentar sus conclusiones y reflexiones y de evitar formas de violencia epistémica (Viviane Namaste, 2009). En este trabajo se utilizan seudónimos para introducir a las entrevistadas, salvo en casos en que las personas autorizaron explícitamente el uso de sus nombres.

La ciudad y la población travesti

Pese a que la información sobre la situación habitacional de la población travesti en Montevideo es fragmentaria, es posible reconstruir cuantitativamente su presencia en dos momentos diferentes de la historia de la ciudad: a mediados de la década del setenta durante la dictadura civil-militar (1973-1985), y a comienzos del siglo XXI. Estos dos extremos temporales permiten confirmar que las experiencias de cohabitación colectiva tuvieron lugar solo entre los años ochenta y parte de los noventa, motivo por el que se va a centrar el análisis cualitativo en ese período.

Para los años setenta, gracias al procesamiento del fondo de la Dirección Nacional de Política Técnica del Archivo Central de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FHCE) de la Universidad de la República (Udelar), se ubicaron 282 personas que habían sido detenidas por su orientación sexual o su identidad de género durante el período autoritario. Si se toman los datos de 1976 (el momento pico de la represión policial contra la población sexogenérica disidente), de las 177 detenciones detectadas, 77 correspondieron a personas presuntamente travestis. Sus prontuarios incluyen los domicilios, lo que permite tener una foto aproximada del lugar de residencia de esta población.

A partir del análisis de estos datos, es posible detectar que la mayoría de las personas travestis detenidas vivían en el centro de la ciudad, en barrios como Ciudad Vieja, Sur, Palermo, Cordón. Luego, un grupo un poco menor de detenidas declaraba vivir en los barrios populares y alejados del centro de la ciudad (Nuevo París, Flor de Maroñas, Marconi, Belvedere). En términos generales, predominaba una gran dispersión residencial. La mayoría vivía en casas privadas como ocupante con relación o como arrendataria en casas de inquilinato y pensiones, pero son muy poco frecuentes las situaciones en las que más de dos compartieran una misma dirección.

Esta situación parece estar en sintonía con la prevalencia de estrategias individuales de sobrevivencia (Larissa Lomnitz, 1975) y una dispersión geográfica que buscaba evitar tanto llamar la atención como las detenciones colectivas. 3 A su vez, los testimonios recabados precisan cómo, durante estos años, fueron muy frecuentes el aislamiento y la estrategia de simular ser varones cis para ser aceptadas en los inquilinatos.

La situación a comienzos del siglo XXI presenta algunas similitudes con la anterior. A partir de los datos generados por la investigación Población Trans en Uruguay (2011-2012), Sebastián Aguiar y Valentina Torre señalan que de las 137 personas entrevistadas en la capital, la mitad residía en 8 barrios diferentes (Unión, Centro, Cerrito, Cordón, Villa Española, Ciudad Vieja, Tres Cruces y La Teja). Ambos autores confirman que la población travesti seguía concentrándose en ese momento en el centro y en las zonas menos alejadas, sin que se notara presencia en barrios de clase media y alta, lo que configuraría una “distribución típicamente marginal, en las fronteras, los bordes externos de las zonas establecidas” (Torre; Aguiar, 2019, p. 531). A su vez, el 1.er Censo de Personas Trans, realizado en 2016, confirma estos datos y ofrece algunos nuevos: según el informe oficial (MIDES, 2017), el 41% de las mujeres trans vive en hogares unipersonales; en Montevideo, el 33,2% de las encuestadas arrendaba, y de ellas, solo lo hacía en pensiones el 2,7%.4

Ambas instantáneas confirman, en forma tentativa, cómo la población travesti mantuvo cierta presencia durante todas estas décadas en la zona central de la ciudad y cómo, en ambas etapas, predominó la ausencia de cohabitación o la concentración territorial significativa. Los datos no ofrecen pistas sobre las experiencias de residencia colectiva que tuvieron lugar durante los años ochenta y noventa del siglo XX. Esto obedece a que, durante la dictadura, no hubo margen político para una experiencia de este tipo y a que, entrado el siglo XXI, los dos fenómenos analizados en este artículo ya habían desaparecido. Sin embargo, ambas experiencias, y en particular las “pensiones travestis”, tuvieron una centralidad en las imágenes ambientales (Kevin Lynch, 2008) disidentes de la capital y en las narrativas de la población travesti-trans uruguaya, donde son mencionadas como espacios colectivos de referencia y pertenencia. Estas memorias no solo registran experiencias propias, sino que también cosechan anécdotas y episodios ajenos que confirman la centralidad que tuvieron en un momento en la historia de esta población.

¿Qué factores ayudan a comprender su aparición en los ochenta? Ambas formas de cohabitación fueron experiencias defensivas que se dieron en el marco de una creciente crisis socioeconómica. Por un lado, el aumento del desempleo y la crisis socioeconómica del barrio obrero La Teja facilitaron la negociación para que le alquilaran a Sara una propiedad, pese a ser travesti. Por otro lado, como señala Lauren Benton (1986), los cambios en el mercado habitacional produjeron un deterioro del distrito central de Montevideo. Durante el período autoritario, y al calor de la especulación inmobiliaria, se aprobó un decreto-ley que autorizó al gobierno departamental a desalojar a residentes cada vez que la propiedad se considerara en peligro de derrumbe inminente. Para 1981, gracias a esta norma, se habían desalojado aproximadamente unas quinientas propiedades, entre ellas dos conventillos emblemáticos (Medio Mundo y Ansina), lo que implicó la mudanza forzosa de miles de personas (gran parte de ellas afrodescendientes) hacia zonas periféricas de la ciudad. La crisis económica de 1982 detuvo los planes de mejora del centro, y los propietarios de fincas pasaron a considerar sus propiedades como inversión en tierra, por lo que desistieron de implementar mejoras. En los ochenta, como señala Mario Lombardi (1989), el área central de la ciudad continuó su proceso de pérdida de población en términos absolutos a favor de las áreas residenciales costeras y de la periferia: si en 1963 el área central representaba un 28% de la población y el 30% del stock de viviendas, ya para 1985 habían pasado a representar el 22% y el 24% respectivamente. El vaciamiento residencial que dejó vacante la infraestructura edilicia estimuló la tugurización y la ocupación del área por trabajadores informales. Fue en este marco que parte de la población travesti, en tanto parte de los sectores marginados y sumergidos urbanos, desarrolló, en forma defensiva en un contexto de discriminación social y violencia policial, las llamadas pensiones travestis.

Sara y sus pupilas

El desajuste respecto a las expectativas sociales de género que atraviesan a las personas travestis durante su infancia instalaba, casi siempre, fuertes conflictos en el ámbito familiar (Josefina Fernández, 2004) y explicaba la expulsión temprana que muchas sufrieron al no someterse a la presión familiar disciplinante y cisheteronormativa. En otros casos, si bien existía una negociación con mayores márgenes, era la persona la que por sí misma resolvía irse del espacio familiar para disminuir las tensiones y las sanciones del entorno y poder expresar con mayor libertad su identidad de género disidente. Este proceso implicaba para muchas de ellas no solo abandonar a sus familias, sino también migrar hacia la capital en búsqueda de oportunidades económicas o entornos más amigables para su transición identitaria (Lohana Berkins, 2007). Pero la llegada a la capital implicaba casi siempre un salto muy grande, plagado de desafíos y problemas. De hecho, la mayoría de las inquilinas en lo de Sara provenían del interior del país o de países vecinos. Marta, por ejemplo, se instaló allí ni bien vino a la capital, luego de que hubiera fallecido su padre, buscando recursos para ayudar a su familia. Por su parte, María recuerda su llegada a lo de Sara gracias a una amiga de su localidad de origen: “Sara fue un respaldo para poder empezar a hacer nuestra vida y para pararme en Bulevar porque nadie nos tocaba. En la calle Sara era muy respetada” (Entrevista María).

Lo de Sara no era muy grande. A la propiedad, un apartamento alquilado ubicado en el cruce de las calles Camambú y Benito Riquet, se entraba por una puerta que daba a un corredor largo y fino: la primera habitación a la izquierda era el cuarto de la dueña de casa, donde nadie entraba; luego había dos piezas más donde dormían las inquilinas y al fondo estaban la cocina-comedor y el baño. El corredor funcionaba como extensión de la cocina y como lugar de dormir cuando la casa estaba llena. En cada cuarto para inquilinas llegó a haber hasta cinco cuchetas y en cada cama dormían hasta dos personas. El resto lo hacía en colchones en el piso o en el corredor. En su mejor momento, la casa llegó a albergar a alrededor de cuarenta pupilas al mismo tiempo, todas siempre travestis femeninas. 5 Con el tiempo, ya entrados los años noventa, el negocio se extendió y pasó a ocupar otros dos apartamentos contiguos. Por un pago diario se accedía al derecho a dormir allí y a una comida por día. Además, Sara controlaba una de las zonas donde se ejercía comercio sexual en Bulevar Artigas, lo que implicaba que sus pupilas podían trabajar allí y evitar problemas con otras travestis que disputaban el uso de la misma zona. Si bien el arreglo con la policía no incluía evitar las redadas y detenciones, su relacionamiento con la comisaría permitía aliviadas y cierta protección. Su condición de cafetina implicó así el desarrollo de una relación compleja con sus “pupilas”, en la que se entremezclaban actitudes de protección y promoción junto a otras en las que se reproducían formas de violencia estructural y lógicas de explotación. 6

Muchas veces, la llegada a lo de Sara implicaba, entre las nuevas inquilinas, acelerar su proceso de transición y de feminización. Para ello, fue fundamental encontrar un espacio donde se legitimaba la identidad de género de la recién llegada y se realizaba una transferencia importante de tecnologías de género y consejos prácticos, una suerte de “socialización anticipante” (Erving Goffman, 1981, p. 40), de las más experimentadas a las recién iniciadas. Como recuerda Marta, quien fue inquilina allí por varios años, venían “travestitos” del interior y Sara ayudaba a que ese proceso fuera más amable: “vení acá, tomá unos zapatos, tomá un taco, toma uná bombacha, no se ayudaba… y mucho” (Entrevista Marta). En esos años, no todos los comercios vendían a personas travestis; comprar ropa femenina, conseguir calzado adecuado, maquillaje exigía, además de dinero, información sobre adónde y con quién tratar directamente. Además, Sara también ofrecía contactos de personas que realizaban en forma clandestina transformaciones corporales (inyecciones de silicona líquida y de aceite industrial), que en ese momento eran la única forma de acceder a cambios de ese tipo. Si Sara cubría el pago de estos cambios corporales, las beneficiarias, muchas veces, terminaban atrapadas en una deuda que parecía nunca terminar. También estaba el asunto de la dimensión de la ciudad, que era una gran desconocida para la mayoría de las recién llegadas. Josefina recuerda que su adaptación a la capital fue difícil y que esta le generaba mucho miedo: “(…) no conocía nada, andaba con la dirección en un papel y si el cliente me dejaba en cualquier lado, paraba un taxi para volver a lo de Sara, pero a veces me habían dejado a la vuelta y no me había dado cuenta” (Entrevista Josefina).

El acceso a todos estos recursos y estrategias de sobrevivencia fue clave tanto para su construcción identitaria como para obtener ingresos para ganarse la vida. De hecho, gran parte de las orientaciones de las más veteranas y de Sara en particular tenían que ver con cómo “pararse” en la calle, toda una serie de reglas de juego del comercio sexual, y cómo gestionar los problemas que surgían allí, la persecución policial y la convivencia con el resto de las travestis. En ese sentido, Viviana, quien vivió en lo de Sara seis años, recuerda: “me enseñó mucho, hasta el día de hoy estoy agradecida. (…) Me enseñó a ser yo misma, a defenderme en la calle, a tener principios, a valerme por mí misma”. Aunque el estilo, puntualizó, no era siempre el más amable: “(…) su manera era de retarnos. Vos tenés que salir acá. Tenés que ir allá. Tenés que ir a hacer esto, tenés que hacer lo otro. Tipo así, ¿viste?” (Entrevista Viviana).

La casa de Sara también fue un nodo de información y de redes de sociabilidad travesti. Allí se conocía a pares (muchas extranjeras), y se sabía sobre oportunidades y lugares en los que se podía circular sin problemas. De ahí que la casa funcionaba como una puerta de entrada a otros espacios en un momento en el que no existían redes sociales ni era fácil conseguir información de este tipo. Milagros recuerda lo que implicó estar en lo de Sara: “La primera vez que salí fue desde La Teja, con ella salí al mundo, a lo que era la farándula, los boliches y todas esas cosas” (Entrevista Milagros).

La relación con el vecindario también fue aceptable. Una de las entrevistadas recuerda, en ese sentido: “Ningún vecino se burlaba. Ellas se hacían respetar mucho, ¿no?” (Entrevista Marcela). Incluso llegaron a organizarse, a fin de año, fiestas en la calle, en las que participaban barras de varones que venían de barrios próximos. “Los famosos bailes de La Teja. Iba toda clase de heterosexuales varones. Nos divertíamos… Pero había mucha pelea también. Las travestis allá eran de tajo y puñalada (risas), mandaban ellas” (Entrevista Marcela).

La residencia en La Teja también era la llave para obtener protección. A veces, la llegada a lo de Sara, en especial para las extranjeras, era la forma no solo de obtener un lugar donde vivir, sino también de conseguir autorización para pararse y ejercer el comercio sexual callejero. Este procedimiento implica una lógica de respeto a las jerarquías y a las que ya estaban trabajando en la calle, así como una forma de organización del territorio que buscaba evitar la competencia desleal y el robo de clientes. Victoria se refería a esto de la siguiente manera: “Yo hice todo, no me pasé nada por encima. Hay que pedir permiso y hay que caminar derecho en la vida. Porque si no, no vas a ningún lado. Están las otras de toda la vida, llegás vos, nueva. O sea, pero yo me abrí camino, ¿ta?” (Entrevista Victoria).

En lo de Sara paraban las argentinas. Muchas travestis cruzaban el Río de la Plata y se instalaban algunos meses en Montevideo para huir de la persecución policial porteña, o para hacer más dinero y así poder juntar dinero para seguir viaje a Francia o a Italia. Juana, oriunda del litoral argentino, consideraba a Sara su “protectora”: “Era un gueto, no había otra posibilidad, ella nos cuidaba. Si me paraba en la esquina y me corrían, venía la Sara… Eran tiempos así” (Entrevista Juana). El término gueto utilizado por la entrevistada alude en forma directa a las formas en que la discriminación reduce las oportunidades y las posibilidades vinculares, y evoca esa movilidad relacional centrípeta de la que hablan Ernesto Meccia, Úrsula Metlika y María Raffo (2003), por la que se termina confluyendo con el resto de los pares en ámbitos casi siempre marginales.

Pero para las uruguayas, las argentinas eran también una ocasión de entrar en contacto con nuevas oportunidades. Desde hacerse de un contacto para viajar a Europa, hasta apropiarse de métodos de transformación corporal y de recursos estéticos desconocidos en Montevideo (pelucas de calidad, lentillas, vestidos con diseños novedosos, etc.). “Las argentinas nos traían lo que era el modernismo, ¡qué producción que tenían! (…) y nos decían en broma: “Pero ustedes son unas charrúas con los clientes, les falta la flecha”…” (Entrevista Adriana). Este relato, al igual que otros recabados, deja entrever cierta relación de subalternidad, tradicional entre Buenos Aires y Montevideo, que se recodifica en la sociabilidad travesti en términos de nivel de producción estética y corporal respecto de lo que socialmente se entiende por feminidad.

Pero el régimen y la vida cotidiana en la casa eran duros: “No había día bueno ni malo. Con lluvia e invierno a trabajar. Había que pagar la diaria y si no, te empezaba a aumentar, a aumentar, y cuanto te querías acordar, tenías que trabajar para ella y era un choclo”, recuerda Juana. Tampoco la convivencia era fácil, desde el uso del baño compartido con tantas personas hasta lograr dormir, pese a que entraba y salía gente a todas horas. A su vez, en la relación con Sara, los límites y acuerdos eran muchas veces completamente abusivos: desde obligar a las inquilinas a comprar insumos personales en una tienda que abrió con los años, hasta subir el precio cuando alguien se atrasaba en sus pagos. Pese a ello, muchos testimonios continúan aún naturalizando estas formas de abuso y violencia o, en el mejor de los casos, muestran cierta ambivalencia desde el presente. Por ejemplo, María reflexionaba durante la entrevista: “Hoy reconozco que fuimos sometidas a un montón de cosas. No teníamos libertad de vida, teníamos que acatar. Y cuando intentamos irnos, decía que no íbamos a poder parar más en Bulevar. Siempre con el miedo y el miedo” (Entrevista María). La fuerte exclusión social y violencia institucional que vivían las personas travestis durante esta etapa permiten contextualizar estas experiencias y comprender como en un escenario tan desafiante la construcción de lazos de afecto y reconocimiento estuvieron entretejidos con formas de violencia y explotación.

De pensiones, autodefensa y organización

El gueto implicaba, entre otras cosas, lidiar con la falta de alternativas habitacionales, más aún cuando la persona se había realizado transformaciones corporales que hacían muy difícil camuflar su identidad. Por ello, si bien las pensiones han sido el lugar tradicional de residencia de los sectores populares, el acceso estaba limitado a las travestis por su identidad y expresiones de género. El prejuicio social que asociaba a travestis con drogas, violencia y delito llevó a que dueños y encargados de los inquilinatos solieran negarse a alquilarles.

Esta situación se revirtió en forma parcial a partir de 1985, cuando primero la pensión de Chichi y luego las dos pertenecientes al Gallego Roberto, ubicadas todas ellas en la intersección de las calles Yaro y Maldonado, comenzaron a aceptar travestis a efectos de enfrentar el creciente vaciamiento poblacional del centro. El acuerdo implicaba, además del pago diario de la pieza, precios por encima de los que se cobraban a cualquier otro inquilino cis. Michelle Yanuzzi denunciaba en el semanario Brecha precisamente los “peajes” que debía pagar por ser travesti:

Yo pago por esta pieza 240 mil pesos. Una familia que está entrando ahora paga lo mismo que yo, que hace siete años que estoy y me han venido aumentando cada seis meses. Ahora. Si viene otra travesti a vivir acá, le cobran 320 o 330. La que te alquila, como sabe que en otros lados no te aceptan, te explota (Brecha, 29/11/1991, p. 12).

Las tres pensiones tenían aproximadamente quince habitaciones cada una, algunas bastante pequeñas, y baños y cocina compartidos. En un principio, las pensiones fueron solo un lugar de residencia, pero con el tiempo se volvieron incluso zona de prostitución, porque en secreto se dejaba a los clientes entrar a las habitaciones. Al principio fueron dos o tres, y luego, en su máximo esplendor, las pensiones lograron reunir a alrededor de cincuenta travestis y pasaron a ser un lugar emblemático del paisaje urbano del centro de la ciudad. Fanny recuerda ese momento:

Cuando empezó la democracia, fue la explosión. Ya no se precisaba ir a Brasil para ver travesti, estábamos acá. Ahí fue un boom. Yo no sabía que la gente no sabía que existíamos: daban vuelta por Maldonado y Yaro con los vidrios cerrados como si fuéramos bichos en un zoológico (…) vuelta a la manzana, porque ya podíamos salir a la puerta a tomar mate con tranquilidad, porque no nos iban a llevar presas. Y los autos, meta dar vuelta y vuelta. De noche, los clientes eran así: no sé si en 3 horas 23 tipos. Un destape terrible. Bueno, y después, otras veces, cuando estábamos en la calle laburando, seguimos siempre disparándole a los milicos (Entrevista Fanny).

Su testimonio describe la complejidad de la redemocratización uruguaya: por un lado, el destape y la nueva democracia permitieron visibilizar la existencia de la población travesti, y gracias a los arreglos de Roberto con la policía, al menos evitar intervenciones u operativos en la zona de las pensiones. Por otro, la continuidad del tutelaje policial en las zonas de la ciudad en donde se ejercía el comercio sexual, amparándose en el hecho de que la prostitución callejera no estaba legalizada. A su vez, las pensiones travestis permitieron un cambio importante: por primera vez, estas corporalidades habitaron durante el día el espacio público central de la ciudad, en donde pasaron a ser leídas como residentes o vecinas (“tomar mate en la puerta”). Como señala Sofía Cecconi (2003, p. 196), el espacio físico produce una cotidianeidad al marcar formas de interacción y apropiaciones, lo que influye en la sociabilidad y en el “esquema de comportamiento, percepción y apreciación”. El habitar en pensiones en la zona céntrica en este nuevo contexto facilitó romper con el gueto, habilitando relaciones por fuera del mundo de la noche, lo que implicó un pequeño paso en la integración social de esta población.

Pero el proceso no fue nada lineal. De hecho, con la reconstrucción democrática se inicia una discusión sobre distintos proyectos de ciudad y sobre quiénes tenían derecho a ocupar el espacio público. Por ejemplo, en 1986, el conocido periodista Emiliano Cotelo preguntaba con preocupación al jefe de policía de Montevideo, Darío Corgatelli, sobre el incremento de “pederastas” en el espacio público. La respuesta del jerarca policial fue contundente: “No es un fenómeno nuevo, por supuesto. Lo que sí puede decirse es que en los últimos años se ha incentivado su manifestación pública. Está a la vista de todos la acción de estas personas (…)” (Jaque, 16/01/1986, p. 12). El problema, en definitiva, radicaba, a su entender, en que, con la democracia, esta población ahora era visible, algo que violentaba el pudor y la moral pública.

Pese a estas dificultades y los altos precios, muchas “pupilas” resolvieron abandonar a Sara e irse a las pensiones. Laura recuerda su mudanza de esta forma: “En las cuchetas dormíamos todas apretadas, y siempre con las exigencias de dinero de Sara. ¡No podía más! Cuando me vine para las pensiones, fue un alivio, me independicé. Me paré sola y me abrí camino” (Entrevista Laura). Esta idea de “independizarse”, que apareció en varias entrevistas, para aludir al proceso de mudarse a las pensiones, condensa varios sentidos: por un lado, remite a cierta adultez alcanzada, tanto en la identidad travesti como en saber valerse por sí misma en la calle y frente a las autoridades. Por otro lado, señala el fin de un vínculo nutriente (y abusivo) y el cambio en su relación con las jerarquías travestis bajo cuya “protección” había llevado adelante su transición. Este independizarse, a su vez, para muchas, se hizo en forma “respetuosa” y según los “códigos”: por ejemplo, Victoria afirmaba “Yo le fui fiel a Sara, cumplí con lo que habíamos acordado y listo”. Muchas veces los testimonios remiten a esta idea de lealtad, de haber pagado derecho de piso, a la idea de que la iniciación había concluido y las deudas generadas durante ese proceso satisfechas con creces. Pero esta liberación de tutelajes respecto a otras travestis convivió con el mantenimiento del tutelaje policial y el comercio sexual como casi única estrategia de sobrevivencia. Por ello, el perfil del núcleo más importante de las pensionistas fue de travestis veteranas, que conocían bien la movida y como asegurarse los ingresos diarios para hacer frente a los pagos.

La experiencia de compartir espacios comunes y de verse diariamente generó tensiones, pero también colaboraciones y festejos compartidos, que terminaron cuajando en la construcción de vínculos amicales y solidarios que permitían enfrentar los momentos de enfermedad y los peligros del comercio sexual callejero. Como recuerda Laura, “no era solo un techo. Había onda y nos cuidábamos todas”. Michelle señalaba algo similar en una entrevista en 1989: “Al separarnos de la familia, la necesidad nos lleva a crear un grupo que la sustituya. Es una manera de resistir el aislamiento de toda la sociedad (…) (Mate Amargo, 5/7/1989, p. 27).

A su vez, esta convivencia bajo ciertas condiciones de igualdad (no había ninguna cafetina), cierta estabilidad en la residencia, y experiencias compartidas de trabajo en las mismas zonas de comercio sexual fueron, con idas y venidas, generando vínculos y estrategias de sobrevivencia compartidas de todo tipo. El espectro fue en realidad amplio, lo que confirma una trama densa de relaciones y colaboraciones. Agrupándolas artificiosamente se puede encontrar un primer eje vinculado a la estética y la transformación corporal. Por ejemplo, a efectos de reducir los costos, la mayoría recurría a Paula, una peluquera veterana travesti, que atendía a todas las chicas en las pensiones de Yaro y Maldonado. Además, la producción exigía colaboración: depilarse llevaba horas y también se compartía ropa, maquillaje, calzado. Milagros afirmó: “Éramos esclavas de la producción, y había que hacerlo porque empezaba la competencia, si estabas parada en la esquina, siempre buscaban la que estaba mejor producida” (Entrevista Milagros).

Otro eje clave de articulación fue desarrollar alianzas para enfrentar la represión policial y la violencia social travestofóbica, un conjunto de vínculos que terminaron prevaleciendo sobre las tensiones y las consecuencias de haber enfrentado años de dura represión durante el período dictatorial. Fanny evocaba lo difícil que fue construir relaciones solidarias entre ellas luego de haber atravesado la dictadura:

(…) habíamos pasado tan mal, muertas de hambre, sentadas arriba de la orina, de la mierda. Sufriendo palizas, violaciones, insultos de todo tipo… Nos pasó de todo… Un sufrimiento que después, no sé, cuando vino el boom de la democracia, quedó todo ese odio. Por eso darse una mano entre nosotras era difícil (Entrevista Fanny).

Pero el antagonismo con la policía en un nuevo contexto de democratización parece haber habilitado algunos encuentros. Por ejemplo, Karina recuerda que conoció a Michelle “en Jefatura, una noche que caí presa y ella también cayó. Ella ya estaba viviendo en la pensión de Maldonado y Yaro. Compartimos la comida y ahí empezamos a hablar”. A veces, estos pequeños gestos de solidaridad facilitaron la construcción de puentes importantes: desde compartir una frazada para sobrellevar el frío de la noche, la comida, hasta juntar dinero y mandar hacer compras. Con el tiempo, estos acercamientos precarios fueron generando respuestas más contundentes. Antonella recuerda cómo, a comienzos de 1991, cuando varias estaban detenidas en la Jefatura, armaron una protesta y quema de colchones.

Empezamos a hacer cosas conjuntas cada vez que podíamos. Empezar a organizarnos y frenar un poco todo. Me acuerdo que cantábamos una canción con las compañeras argentinas detenidas: “Si señores somos travestis, somos travestis de corazón. Contra la cana, contra el sistema, basta de represión” (Entrevista Antonella)

Otro nudo de la trama estuvo ligado a que la mayoría de las pensionistas eran veteranas y ejercían el comercio sexual en la zona del Parque Rodó, espacio en el que no había ninguna cafetina. Pero el lugar era muy problemático e inseguro. Las coberturas periodísticas así lo confirman. Por ejemplo, el vespertino El Diario en 1987 relataba en una nota el ataque que sufrió Claudia por parte de un cliente, quien le propinó un balazo luego de una discusión. Ella y su amiga Adriana, ambas residentes de las pensiones de Yaro y Maldonado, son retratadas en la cobertura, pese a ser víctimas de la violencia, como “ampliamente conocidas en el sórdido ambiente en el cual se desempeñan y resultan extremadamente peligrosas si se les provoca” (El Diario, 31/3/1987, p. 11). Los problemas eran frecuentes y la policía solo intervenía para reprimir a las propias travestis, por lo que todo dependía de ellas mismas. Marisa recuerda en ese sentido:

Venían por ejemplo cuatro o cinco personas a cagarnos a palos, con piedras, con palo. Íbamos todas armadas también, todas las de la pensión de Maldonado, íbamos con fierro, con cadenas y los corríamos. (…) siempre estábamos mirando una a la otra, cualquier cosa e íbamos todas a defender a la que fuera (Entrevista Marisa).

El testimonio señala cómo, para enfrentar este problema, se construyó entonces una estrategia autogestiva de defensa para suplir la omisión estatal ante la violencia social que enfrentaban de manera cotidiana. En este caso, a diferencia de lo que sucedía en la zona de Bulevar Artigas, donde la protección recaía en figuras como Sara y otras cafetinas, aquí ese rol se socializó y recodificó en acuerdos colectivos de autoprotección y estrategias solidarias. Este cambio fue posible gracias al encuentro y a la confianza generada previamente. Este tipo de experiencias rompió el formato jerárquico que se vivía en lo de Sara, donde siempre había que agachar la cabeza y obedecer a cambio de seguridad y acceso a la zona donde prostituirse. El formato ensayado en las pensiones fue más igualitario, distribuía la responsabilidad del cuidado entre todas y generaba beneficios compartidos. Esta diferencia entre estos dos modelos ayuda a comprender por qué un espacio terminó siendo fuertemente expulsivo y se vació casi a finales de los noventa, mientras que el otro sobrevivió casi veinte años y conformó la base social de la primera forma de organización de la población travesti uruguaya.

La copresencia física promueve, como señala Doug McAdam (1982), el forjamiento de comunidades emocionales y espacios de reconocimiento. La cohabitación en pensiones, sin cafetinas, facilitó la producción de respuestas grupales ante los problemas que enfrentaban. Al hacerlo, se trascendió redes de solidaridad, que dejaron de ser privadas y contingentes, para volverse públicas y colectivas. Este proceso llegó incluso a promover la identificación con otros grupos sociales excluidos, de los que también algunas se sintieron parte. Por ejemplo, Michelle señalaba en 1989: “Yo me considero obrero. Mi inclinación hacia la izquierda se dio porque me siento parte del pueblo. Creo que la izquierda es la única que por lo menos en algún momento podrá hacer algo por nosotros” (Mate Amargo, 5/7/1989, p. 26).7 Estas redes sociales fueron entonces los recursos clave para superar desventajas tácticas y lograr un proceso de construcción política que terminó cuajando en la creación de la Mesa Coordinadora Travesti (MCT) en 1991, organización que luego a partir de 1994 pasó a llamarse la Asociación Travesti del Uruguay (ATRU) y que sigue activa hasta el presente.

La creación de una organización propia permitió construir una agenda de trabajo específica. De hecho, dos integrantes de la MCT habían participado previamente en Homosexuales Unidos (HU), organización pionera en Uruguay, pero de la que terminaron por alejarse debido a que no se abordaban sus problemas. Antonella, una de estas activistas señalaba en ese sentido:

Estábamos en una colectividad que éramos unas cuarenta, que convivíamos en las pensiones y yo sentía mucha discriminación de la gente gay de HU entonces formamos la MCT. O sea, siempre lo que pasó fue que la colectividad travesti del Uruguay éramos como la paria de la homosexualidad, éramos como lo último. Nunca nuestros problemas eran trabajados en serio (Entrevista a Antonella).

También es posible detectar como relevante para la emergencia de la MCT el acompañamiento de Fransida, un grupo de apoyo externo con el que se comenzó a trabajar el impacto del VIH en Uruguay. Además de aportar recursos financieros, esta ONG organizó cursos de capacitación, promovió la distribución de preservativos e intentó fortalecer el proceso asociativo.

A su vez, como señala McAdam (1982), las organizaciones, en ocasiones, utilizan recursos internos de la comunidad de la que parten, como la cooptación de líderes comunitarios, lo que facilita su institucionalización. De ahí que se puedan detectar algunas coincidencias: de las tres primeras presidentas de la novel organización travesti, dos vivían en las pensiones de Yaro y Maldonado (Michelle Yanuzzi y Gloria Álvez). De hecho, el núcleo fundador de la MCT estuvo también integrada mayoritariamente por inquilinas de estas pensiones: Adriana, Fanny, Claudia, Antonella, Flavia, Cathy, Sheila, Marcia, Analía y Patricia, son solo los nombres más conocidos.

La agenda de trabajo de la MCT asumió todas las dificultades que enfrentaba la población travesti en ese momento: se exigía el fin de la persecución policial y la legalización de la prostitución callejera, el acceso a la salud y a fuentes de trabajo digno, así como la construcción de políticas de vivienda para la comunidad. La lucha contra la precariedad y las distintas amenazas tiño estos primeros años de la organización de un tono de tipo defensivo.

Reflexiones finales

La literatura académica señala cómo no basta sentirse afectado por un problema para vencer la pasividad y pasar a la acción. Comprender los procesos mediante los cuales las personas logran articular su vida y la política es clave, pero muchas veces se buscan los motivos en cambios en la estructura de oportunidad política, sin prestar atención a los procesos de construcción comunitarios que facilitan el habitar -bajo ciertas condiciones- un espacio físico compartido.

Las dos experiencias analizadas aquí permiten visualizar la importancia que tuvo para la emergencia de un activismo travesti la construcción de una identidad forjada a partir de los vínculos de la cohabitación, el haber alcanzado cierta autonomía individual, así como la experimentación autogestiva de una zona de trabajo sexual. Esta articulación necesitó que el descontento pudiera primero expresarse y compartirse en un espacio seguro, para luego poder conectarse con el mundo. El proceso se inició a partir de la construcción de una cultura de la pensión travesti que combinó, en forma laxa, necesidades habitacionales, de producción corporal y las del comercio sexual, y que incluso terminó dando trabajo a las más viejas en tareas como la limpieza o la peluquería.

El pasaje de lo de Sara a las pensiones permite rastrear el cambio en la relación entre parte de la población travesti y los sectores populares y la sociedad toda. De una modalidad guetificada y marginal, en donde se habitaba el espacio público casi en forma exclusiva durante la noche en la zona de prostitución, se pasó a otra de cohabitación con alta visibilidad durante el día, en donde se lograron los primeros pasos organizativos y de autodefensa. El camino iniciado abrió una senda, siempre frágil y disputada, de reconocimiento y disminución de la travestofobia que facilitó con el tiempo el surgimiento de más alternativas de residencia, lo que llevó a esta población a comienzos del siglo XXI a ya casi no vivir en pensiones ni estar nucleada territorialmente.

Este proceso de cohabitación parece haber sido un momento necesario para lograr cierta autonomía respecto de las redes de explotación, la construcción de una identidad colectiva y la desnaturalización de las distintas formas de violencia de las que se era víctima. Este espacio, pese a sus limitaciones, permitió forjar y fortalecer redes subterráneas (Alberto Melucci, 1989; Carol Mueller, 1994), y funcionar como centros de inserción social (Aldon Morris, 1984) donde se pudo experimentar cierta libertad, lo que habilitó el desarrollo de ideas contrahegemónicas. Los cambios de la propia identidad, como en general sucede, estuvieron ligados a aspectos más generales de sus vidas, pero fue la primera vez que las travestis ocuparon el espacio público a plena luz de día, y que tuvieron una organización colectiva que hablaba en primera persona de sus problemáticas y exigía respeto, el fin de la violencia policial y el reconocimiento de su humanidad plena.

Los acercamientos analíticos que han puesto foco en la identidad de género en forma excluyente en Uruguay no lograron hasta ahora visualizar a este grupo como parte de los sectores populares, con lo que comparte gran cantidad de estrategias de reproducción social. Una mirada atenta a las condiciones de cohabitación y a la cogestión de un sitio de comercio sexual permite acercarnos a estas conexiones sin negar sus especificidades, así como comprender los procesos mediante los cuales se construyó una base social comunitaria que tuvo relación con una identidad travesti, pero que no se agotó exclusivamente en ella. La reflexión comparativa a partir de ambas experiencias de cohabitación permite identificar el papel relevante que tuvo la conquista de cierta autonomía respecto a las jerarquías travestis, así como la construcción de medidas de autodefensa en el forjamiento de una política travesti en Uruguay.

Estas experiencias desde los márgenes permiten visualizar el potencial político de la cercanía y de los procesos de acumulación en la confrontación con la cisheteronormatividad y la violencia social e institucional. En un marco de travestofobia y competición dentro del comercio sexual lograron construir un proyecto político que implicó imaginar un horizonte de expectativas con nuevas formas de vivir. Este trabajo permitió que algunas prácticas y sentidos sociales indiscutidos hasta ese momento pudieran volverse objeto de disputa y críticas, generando oportunidades para una innovadora acción colectiva. Sus exigencias de inclusión y ciudadanización buscaban una vida digna. A cuarenta años del retorno a la democracia, y pese a lo mucho que se ha avanzado, es claro que muchos de estos reclamos conservan aún una enorme vigencia.

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  • 1
    Sara fue una cafetina que controlaba una zona de comercio sexual en la ciudad de Montevideo y que además tenía una casa en donde alquilaba piezas a personas travesti, lo que les permitía organizar su vida en función de esta identidad.
  • 2
    2 Durante los años noventa hubo intento de generar espacios similares a la casa de Sara en Montevideo. Por ejemplo, La Cosita y La Betty replicaron la idea, pero sus inquilinas nunca pasaron de ser dos o tres al mismo tiempo.
  • 3
    3 Lomnitz (1975) define estrategia de sobrevivencia como los mecanismos de supervivencia que desarrollan los marginados, que involucran sus relaciones sociales, y entre los que tiene una gran centralidad la búsqueda de seguridad económica debido a la situación precaria que viven. Estos mecanismos generan, en algunos casos, respuestas y lazos informales entre pares. Si bien este concepto surgió en el campo de los estudios sobre la desigualdad en América Latina, aquí se lo retoma teniendo en cuenta las críticas formuladas por Juan Pérez (PÉREZ, Juan. Respuestas Silenciosas. Caracas: Unesco, Editorial Nueva Sociedad, 1989) y las salvedades formuladas por Cecilia Cariola (CAIROLA, Cecilia. Sobrevivir en la pobreza: el fin de una ilusión. Caracas: CENDES Editorial Nueva Sociedad, 1992), a efectos de ubicar esta reflexión en el terreno de la lucha por alcanzar cierto nivel de satisfacción de las necesidades básicas, algo que es dejado de lado muchas veces en los estudios sobre la población travesti-trans en Uruguay.
  • 4
    4 El Censo de personas trans (2016) fue realizado por el Ministerio de Desarrollo Social en colaboración con la Universidad de la República, y se aplicaron un formulario y entrevistas cualitativas a las personas que se autoidentificaban como trans y estaban vinculadas a alguna política pública; a partir de este grupo inicial se realizó un muestreo de bola de nieve, por lo que la herramienta captó las situaciones de mayor vulnerabilidad.
  • 5
    5 En gran cantidad de los testimonios recabados muchas aludieron irónicamente a las personas que vivieron con Sara como pupilas, término que la propia Sara utilizaba para referirse a sus inquilinas.
  • 6
    6 El término cafetina se usaba desde comienzos del siglo XX y aludía a mujeres que regenteaban los prostíbulos o controlaban zonas de prostitución en el espacio público.
  • 7
    7 En la cita textual se mantuvo el masculino que aparece en la nota periodística. En esos años la población travesti solía oscilar en el uso del femenino y del masculino según los temas y contextos de enunciación, pero desconocemos si aquí este es el caso o fue la edición del medio la que no le reconoció su identidad de género.
  • Como citar este artículo de acuerdo con las normas de la revista:
    SEMPOL, Diego. “'No era solo un techo.’ Inquilinatos y la emergencia de la política travesti uruguaya”. Revista Estudos Feministas, Florianópolis, v. 34, n. 1, e109400, 2026.
  • Financiación:
    No se aplica.
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Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    10 Abr 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    20 Oct 2025
  • Acepto
    22 Oct 2025
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