Resumen:
Este artículo busca presentar y problematizar algunos de los principales dilemas de posicionalidad como sujetos/as investigadoras que hemos encontrado en el proceso de producción de narrativas dialógicas en las investigaciones feministas. La reflexión se sustenta empíricamente a partir del trabajo de campo y se profundiza a través de la revisión bibliográfica y conceptual de las cuestiones abordadas: la experiencia de los y las sujetas investigadoras, las emociones en el proceso de investigación, los vínculos interpersonales creados a lo largo de las producciones narrativas, la validez respecto de la cantidad de personas participantes, y las autorías de las narrativas construidas. Concluimos con una síntesis de recomendaciones y propuestas.
Palabras clave:
Investigación narrativa; narrativas dialógicas; feminismos; metodología feminista; producciones narrativas
Abstract:
This paper seeks to present and problematize some of the main positionality dilemmas as subjects-researchers that we encountered in the process of producing dialogic narratives in feminist research. The reflection is empirical, based on the fieldwork, and deepens through the bibliographic and conceptual review of the issues approached: the experience of the researchers as subjects, the emotions in the research process, the interpersonal ties created throughout the narrative productions, the validity regarding the number of participants, and the authorship of the narratives constructed. We conclude with a synthesis of recommendations and proposals.
Keywords:
Narrative research; dialogic narratives; feminisms; feminist methodology; narrative productions
Resumo:
Este artigo busca apresentar e problematizar alguns dos principais dilemas de posicionalidade como sujeitos/as pesquisadores/as que encontramos no processo de produção de narrativas dialógicas em pesquisas feministas. A reflexão sustenta-se empiricamente a partir do trabalho de campo e aprofunda-se através da revisão bibliográfica e conceitual das questões abordadas: a experiência dos/as sujeitos/as pesquisadores/as, as emoções no processo de pesquisa, os vínculos interpessoais criados ao longo das produções narrativas, a validade em relação à quantidade de pessoas participantes, e as autorias das narrativas construídas. Concluímos com uma síntese de recomendações e propostas.
Palavras-chave:
Pesquisa narrativa; narrativas dialógicas; feminismos; metodologia feminista; produções narrativas
1. Introducción
El objetivo de este artículo es presentar algunos de los dilemas de posicionalidad que hemos experimentado desde el rol de investigadoras en la producción de narrativas dialógicas, enmarcadas en la tesis doctoral de la primera autora, en la que a través de la construcción de narrativas y un análisis narrativo dialógico/performativo (Catherine K. Riessman, 2008; Arthur W. Frank, 2012) aborda las experiencias de acceso a vivienda de mujeres latinoamericanas que han migrado a Barcelona, España, y a Ñuble, Chile y en la experiencia investigativa de la segunda autora, quien ha llevado a cabo trabajo narrativo con trabajadoras, especialmente académicas en Chile. Cada uno de estos dilemas surge del registro de inquietudes a partir de la experiencia concreta de investigación y de la aplicación de entrevistas narrativas y grupos narrativos (Sandra Jovchelovitch; Martin Bauer, 2008; Antar Martínez-Guzmán; Marisela Montenegro, 2014). Posicionadas desde las epistemologías feministas, la elección de construir narrativas dialógicas como método y metodología para la producción de conocimiento situado responde al propósito de procurar que el protagonismo de la misma permanezca en las participantes, pues son ellas quienes atraviesan las experiencias que buscamos conocer.
En este sentido, con “narrativas dialógicas” nos referimos a aquellas unidades breves de expresión (Riessman, 2008) construidas al narrar nuestras vivencias a otros/as, las cuales no son puramente individuales porque se articulan con diversas narrativas del entramado social (Nagore García; Marisela Montenegro, 2014), y también del escenario y de las personas involucradas en aquel acto dialógico. Esto quiere decir que investigadoras y participantes de la investigación son parte de la acción verbal que da forma a la narrativa de la experiencia de la narradora, en una dialogía en la que muchas y diferentes voces se relacionan, uniendo lo personal y lo colectivo.
Ahora bien, quien narra dirige el orden de los acontecimientos en su narración y le otorga un sentido convenido en diálogo con sus oyentes, de allí que nuestra misión ha sido hablar con las participantes, no sobre o por ellas. Es decir, las narrativas son producidas y representadas dialógicamente dentro de un contexto, sea discursivo, interaccional, histórico, etc.; por lo tanto, son coconstruidas y negociadas en situaciones sociales con la audiencia a quien se dirigen, y nos dicen tanto sobre la sociedad y la cultura como sobre una persona o grupo (Riessman, 2008). De esta forma, “la narración se ve como una actuación, por un "yo" con un pasado, que involucra, persuade y (quizás) mueve a una audiencia a través del lenguaje y los gestos, "haciendo" en lugar de decir solo” (Riessman, 2005, p. 5). En consecuencia, este tipo de abordaje narrativo tiene un componente performativo que nos permite analizar el contexto específico y más amplio de la narración y de la persona narradora. Porque las historias revisan el sentido de identidad de las personas y las sitúan en grupos (Frank, 2006), a su vez situados en estructuras diversas. Igualmente, el carácter dialógico de las narrativas reconoce la presencia de la investigadora en su producción, porque entiende que cualquier voz individual es, en realidad, un diálogo entre voces, donde la voz de cada hablante se suma a la historia emergente (Frank, 2012). La polifonía comprendida en las narrativas las convierte en una herramienta que nos permite aterrizar las experiencias tanto en lo particular como en lo colectivo.
Desde las epistemologías feministas, los abordajes metodológicos reflexivos que reconocen la intertextualidad son necesarios, puesto que “mejoran la visibilización del lugar psico-social en que nos encontramos como investigadoras, así como las diferentes fuerzas (lo inconsciente, los discursos sociales, las relaciones interpersonales, etc.) que moldean nuestras experiencias y logran afectar nuestro trabajo” (Nicolás Schöngut; Margot Pujal I Llombart, 2014, p. 92). Consecuentemente, las narrativas dialógicas contribuyen a una producción de conocimiento más transparente, permiten legitimar las voces silenciadas y romper con el androcentrismo históricamente reproducido.
A partir de lo anterior, hemos realizado una breve revisión bibliográfica de cada dilema que nombramos empíricamente en el transcurso de la investigación, relacionado con aquellos distintos lugares psicosociales y emocionales de enunciación y de reconocimiento y legitimación de las sujetas participantes que en el devenir del proceso de investigación nos llevan a dudar y replantearnos objetivos, acciones y decisiones. Creemos que existe una tensión constante con la que otros y otras investigadoras pueden resonar, entre lo que nos enseñaron que era la investigación social y el necesario desaprendizaje en clave feminista del quehacer científico que visibilice la cocina de la investigación en pos de una producción de conocimiento más transparente (Daniela Osorio-Cabrera; Itziar Gandarias; Karina Fulladosa, 2021), que nos ayude a potenciar la confianza en la objetividad feminista y en la elección de las narrativas dialógicas como método de investigación. El presente artículo se estructura presentando primero, a modo general, el papel de las experiencias personales de quien investiga en el desarrollo de la investigación narrativa feminista; luego reflexionamos sobre la importancia de las emociones tanto dentro como fuera de la investigación y sobre los vínculos que generamos en este proceso de producciones narrativas. Seguimos con una breve pincelada sobre el dilema de la validez de la investigación narrativa frente a la cantidad de participantes, y nos cuestionamos sobre el adecuado reconocimiento de las autorías de las narrativas construidas. Finalmente, abordamos la discusión, en la que proponemos algunas ideas para comenzar a hacer frente a estos dilemas en los diferentes espacios de investigación.
2. Las personas investigadoras y la(s) experiencia(s) en la investigación narrativa feminista
Una de las cuestiones que nos preguntamos con frecuencia al momento de iniciar una investigación feminista es hasta qué punto es correcto reconocer la propia subjetividad. La “descarnada objetividad” (Donna J. Haraway, 1995, p. 315) sigue siendo un murmullo agobiante del método científico para quienes fuimos inicialmente formadas bajo los criterios académicos de la ciencia tradicional y elegimos las epistemologías feministas como horizonte. La objetividad propia de los paradigmas positivistas ha sido planteada siempre como lo opuesto a lo subjetivo: a las emociones, pensamientos y creencias, a los sentidos y significados que asignamos a nuestras experiencias personales y colectivas. Como señala Sandra Harding (1996), la objetividad de quien hace ciencia como persona que conoce frente a los objetos de investigación es la razón frente a las emociones, la mente frente al cuerpo, lo masculino frente a lo femenino. Nuestra apuesta epistemológica busca cuestionar-y de algún modo disolver-estas dicotomías, asumiendo que lo encarnado es también fuente de conocimiento (Mari Luz Esteban, 2004; Carlo Emilio Piazzini, 2014). Cuando nos planteamos un problema a investigar, suele haber un vínculo entre nuestra emocionalidad y nuestra elección del tema y/o población objetivo, algo que nos interpela y guía nuestro interés por conocer y analizar determinadas problemáticas (Liora Nutov; Orit Hazzan, 2011). Por ello, durante el desarrollo de entrevistas narrativas o de grupos narrativos, con frecuencia nos vemos reflejadas y/o aludidas en las historias y vivencias que las participantes de la investigación comparten.
Como indica Mari Luz Esteban (2004) desde una antropología encarnada, hasta puede ser pertinente partir de una misma y de sus experiencias para entender a las otras, como una estrategia única para acceder a interpretaciones culturales, políticas y económicas de las experiencias que recogemos y que, quizás de otra forma y en otros estudios, quedarían intelectualizadas con demasía. La tensión intelectual/científica y emocional/personal de vernos reflejadas en algunas vivencias de otras, sin embargo, nos puede generar incomodidad, inseguridad o incluso reflexividad frenética mientras escuchamos sus relatos: ¿le comento que comparto esa experiencia? ¿Qué pasa si le cuento que he vivido algo similar? ¿Contaminaré su narración? ¿Afectará a la investigación y entonces será menos válida? Se presenta entonces el dilema de cometer un exceso autoetnográfico, el miedo de la autorreferencia sesgada que no lleve a ninguna parte, que ocupe el lugar de la verdad. Como si existiera una verdad, única e indiscutible.
Indudablemente, no se trata de posicionarnos desde las epistemologías feministas y rechazar cualquier forma de “rigurosidad”. Al contrario, una cuestión potencialmente transversal desde los feminismos es el deseo de construir una mejor versión del mundo y de la ciencia, como diría Haraway (1995). Una objetividad feminista labrada a partir de las visiones parciales, las voces limitadas de las mujeres y vidas periféricas que, aunque dibujan realidades también parciales, se conectan de formas inesperadas, dando lugar a los conocimientos situados que, como verdades encarnadas, nos ubican en algún lugar físico o simbólico y nos sacan de la ambigüedad invisible de un todo universal. Así, develar experiencias propias durante la construcción narrativa es el desafío a la neutralidad del binario sujeto/objeto, entendiendo que las personas somos parciales en todas nuestras facetas, indeterminadas, siempre remendadas, capaces de unirnos y ver en conjunto sin necesariamente pretender sustituir o ser la otra (Haraway, 1995; Luz Mª Martínez et al., 2014). Las experiencias, incluidas las de las investigadoras, producen conocimiento desde la subalternidad que cuestiona las relaciones de saber-poder (Ochy Curiel, 2015). Por lo tanto, cuando elegimos el camino de la investigación narrativa dialógica feminista, habríamos de partir por desechar la creencia de contaminar la experiencia del/a otra al autorrevelarnos. Como señala Kyla Ellis-Sloan (2014), la autorrevelación es una forma de abordar nuestra propia vulnerabilidad y no sólo la de aquellas personas a las que pedimos que se revelen; es de alguna forma poner las historias de ambas partes abiertas a la interpretación y análisis, y desde allí, facilitar el abordaje del poder en una relación sujeta/sujeta. Vale decir que igualmente se requiere precaución frente a la posibilidad de que nuestra forma de autorrevelarnos termine por silenciar a la persona que nos está revelando su historia y el sentido que le da a su experiencia.
Es importante que esta tensión entre sujeta investigadora y sujeta participante exista, pues nos permite mantener los cuestionamientos necesarios para la producción de conocimientos políticamente situados y contextualizados. Michelle Fine (1994) aborda esta tensión relacional en lo que denomina construcción del guión de la investigación; sostiene que el Yo y el Otro/a están entrelazados y que los/las investigadoras cualitativas estamos siempre implicadas en dicho guión, aunque lo tendamos a evadir cuando escribimos sobre el Otro/a, a descontextualizar, a borrar el Yo y a negar las contradicciones en nuestros textos. Por ello, recomienda a los/las investigadoras trabajar el guión: indagar cómo somos en relación con el contexto que estudiamos y con nuestros/as participantes, comprendiendo que todos somos múltiples en esas relaciones, y crear oportunidades para que investigadores/as y participantes puedan discutir lo que sucede y lo que no “entre” y, dentro de las relaciones negociadas, de quién es la historia que se está contando, por qué, a quién, con qué interpretación, con qué consecuencias (Fine, 1994). De esta forma, intentaremos desarrollar investigaciones feministas conscientes de las relaciones de poder, abriendo espacio para repensar posicionamientos políticos y éticos en la interacción con las personas de estudio, así como la capacidad mutua de ser afectadas en ella.
Diremos que en la investigación feminista con narrativas dialógicas, mantener la reflexividad desde nuestro rol de investigadoras es fundamental, porque, al reconocer el contexto de producción del conocimiento y nuestra posición social dentro y fuera de él, hacemos posible un trabajo más ético y transparente. No obstante, tenemos que ahondar también en el ejercicio de la difracción (Haraway, 2000) si es nuestra intención reconocer la multiplicidad de nuestra relación y erosionar la fijación de las categorías en la construcción narrativa. Para más claridad, el concepto de reflexividad que comúnmente utilizamos en investigaciones feministas tiene que ver con posicionarse respecto de la subjetividad de participante e investigadora (Nicolás Schöngut, 2015). A través de la reflexividad, “la investigadora puede mirarse parcialmente a sí misma como efecto de poder, que funciona a nivel tanto subjetivo como institucional, permitiéndole desplazar su posición para una producción de conocimiento más democrática y emancipadora” (Schöngut; Pujal I Llombart, 2014, p. 92). Asumimos que la reflexividad que supone la emancipación feminista en investigación implica la incorporación de una conciencia ética del cuidado y de oír la voz de las otras (Alba Carossio, 2009), que transforma a todas las involucradas en una investigación. Concretamente, la reflexividad consiste en cuestionarnos constantemente lo que hacemos, las relaciones de poder en las que nos vamos involucrando, en problematizar las decisiones que tomamos en el camino de la investigación y mantener la autocrítica frente a dichas elecciones, y en flexibilizar y adaptar el proceso atendiendo también a los escenarios cambiantes y las particularidades de cada sujeto/a y contexto de producción de conocimiento.
Además de ello, el concepto de difracción propuesto por Haraway (2000) se plantea como una metáfora óptica, “una tecnología narrativa, gráfica, psicológica, espiritual y política para generar significados consecuentes” (p. 102), que implica mostrar que un objeto tiene muchos más significados y contextos de lo que pensamos, y que una vez que los notamos, no podemos soltarlos e ignorarlos: tenemos que hacerlos visibles para procurar que sea imposible que la línea final, o la “verdad” sea una sola afirmación, sino una variedad de significados. Si trasladamos lo anterior a la investigación narrativa dialógica feminista y la posicionalidad de la investigadora, lo que podemos experienciar como un evento o emoción en, y a partir de, una construcción narrativa, tiene otros significados perdidos o interferidos entre lo personal y compartido que hemos de intentar visibilizar para no caer en la falacia de una verdad posible y correcta que borre a los otros y otras. En el caso que presentamos, es el reconocimiento de la diversidad de sentidos que tiene una historia para quienes están presentes en una construcción narrativa.
Practicar la reflexividad y la difracción en la comprensión y aplicación del método y metodología narrativa, entonces, es una forma de garantizar esa objetividad feminista que busca situar los conocimientos en el mapa general, siendo conscientes de las relaciones de poder, de las formas de opresión que nos atraviesan y se intersectan, de las categorías identitarias que encarnamos y los escenarios que transitamos. Es comprender que nuestra posición no basta por sí misma, y que, además, hemos de procurar un compromiso crítico para analizar su impacto en las participantes de la investigación y en el mismo entorno (Ellis-Sloan, 2014). Así, en la investigación situada desde epistemologías feministas, y en este caso, en el abordaje narrativo dialógico, es imprescindible situarnos como investigadoras, pero también como sujetas detrás de esa labor, con la vigilancia propia y consciente sobre nuestros mapas mentales y pensamientos, y la validación de emociones y sensaciones que nos remueve el diálogo con las participantes.
3. Las emociones dentro y fuera del proceso de investigación
Las emociones están presentes en todo proceso de producción de conocimiento. Según Arlie R. Hochschild (1983), necesitamos sentir para reflexionar sobre el mundo externo u “objetivo”. Así, existe una retroalimentación continua entre nuestra constitución emocional y nuestra teorización del mundo, de modo que ambos elementos se modifican mutuamente y resultan inseparables (Alison Jaggar, 1989). Entonces ¿cómo separamos las emociones de los procesos de racionalización en la investigación? O más bien, ¿por qué se nos enseña que es correcta dicha separación?
Desde que nos acercamos por primera vez a la producción de conocimientos científicos a partir de nuestras respectivas disciplinas, nuestro aprendizaje como investigadoras suele enmarcarse en los postulados tradicionales objetivistas y androcéntricos de una ciencia que pretende neutralidad. La epistemología positivista que permea la formación académica sobre el método científico impone una estricta lógica de justificación cuyo núcleo es la replicabilidad, criterio que se presume capaz de eliminar/anular lo que define como sesgos emocionales de quienes investigan (Jaggar, 1989). Nuestra herencia intelectual del colonialismo patriarcal se sustenta en las oposiciones binarias masculino/femenino, razón/emoción, alma/cuerpo, y se erige en el positivismo decimonónico que determina la irrelevancia epistemológica de las emociones (Helena López, 2021). Luego, los estándares de productividad para poder permanecer en el espacio de la academia obedecen a las mismas lógicas y prácticas, asociadas al productivismo neoliberal y patriarcal (Giazú Enciso Domínguez; Maite González-Yáñez; Francesca Chiappini, 2021). Así pues, desde las epistemologías feministas, y en las investigaciones narrativas, la intención no es contribuir a la oposición razón-emoción, sino como argumentan Dau García-Dauder y Marisa Ruiz-Trejo (2021), subrayar el papel de las emociones y su valor epistémico, pues son centrales tanto en la producción de conocimiento, como también en la movilización política: su rol cognitivo permite identificar las relaciones de poder en las investigaciones, las categorías interseccionales de opresión que atraviesan a las participantes y a quien investiga, presentes en los marcos académicos, institucionales, entre otros, lo que nos invita a recordar que lo personal es político (Kate Millett, 1970). Porque las emociones son performativas, están vinculadas a nuestra corporalidad, se performan a través de la narración. Si entendemos que el cuerpo da lugar al lenguaje (Judith Butler, 2006) y que al narrar estamos haciendo, afectando emociones y corporalidades de otro/as, podemos comprender las narrativas como un cuerpo, un ensamblaje de diferentes materialidades, con la capacidad de afectar y ser afectadas por otros cuerpos (Enciso Domínguez, 2023). Las narrativas nos vinculan a través de los distintos sentidos, como la voz a través del acto narrativo, o la visión a través de su lectura, a experiencias y recuerdos en contextos amplios (culturales, sociales, económicos, políticos u otros) y/o específicos (lugares, personas, aromas, entre otros) que atraviesan nuestra propia corporalidad. Indica Enciso Domínguez (2023) que el cuerpo se define más allá de por lo que “es”, por lo que “puede hacer”, sus capacidades y las relaciones que establece. Por lo tanto, las emociones son fundamentales en la construcción narrativa de la experiencia, cuentan con el poder de afectar, o incluso producir, cambios en el pensamiento de quien narra y en su audiencia, con o sin intención.
Entonces, si las emociones están implicadas en el saber qué y cómo, en el por qué o para qué, no hablamos de “un conocimiento de las emociones, sino un conocimiento sentido a través de o por las emociones” (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021, p. 25). Éstas son una parte inherente, inseparable e integral en los procesos de investigación, con el poder de transformarlos y/o afectarlos de forma tangible. Por eso, cuando investigamos especialmente en áreas de experiencias compartidas, no es inusual que experimentemos reacciones emocionales, pues no somos sólo instrumentos de recogida de datos, sino parte del mundo social que investigamos (Ellis-Sloan, 2014; García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021; Kate Reed; Laura Towers, 2023). Esta tensión sentipensante (Alfredo Ghiso, 2017), sin embargo, raramente se aborda en los escenarios académicos o en los manuscritos y otros productos de la investigación, en parte por las dudas sobre la credibilidad académica y validez científica (Rebekah Widdowfield, 2000). Con ello, no son extrañas las posibles alertas y temores frente a investigaciones que, sin cruzar el límite de lo científico social, son tratadas con desconfianza o directamente deslegitimadas en la producción de conocimiento.
El conocimiento sentido (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021) se configuraría entonces como un elemento base de las investigaciones enmarcadas en la objetividad feminista. Nos permite reconocer equitativamente el sentir y pensar propios y de los otros/as, lo que, mediante la empatía y el compromiso respetuoso, aporta a una relación sujeto/a-sujeto/a en la construcción conjunta del saber. Además, permite desechar el tradicional rol aséptico de la investigadora que tiene el mandato de ocultar su emocionalidad. En el caso de nuestro trabajo con narrativas dialógicas, el conocimiento sentido entonces es parte de las producciones narrativas, pues quien relata su historia abre la búsqueda de sentido y la conexión con los demás por medio de las emociones (Riessman, 2008). En esta línea, el análisis narrativo dialógico entiende que cualquier voz individual es un diálogo entre voces (Frank, 2012), y en el encuentro de esas voces diversas, es esperable que surjan “emociones hacia los sujetos participantes, hacia el tema de investigación, hacia los lugares donde se investiga, hacia los datos, durante el trabajo de campo, la escritura, etc.” (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021, p. 29). Incluso después del trabajo de campo, nos pueden acompañar en los vínculos generados con las personas tras finalizar la investigación.
Mirar y hacerse cargo de las emociones que nos provoca y que provocamos en la investigación puede resultar desafiante, porque así como el plano emocional nos permite construir una relación de confianza con las personas participantes, también pueden paralizar la investigación por dilemas éticos, por desmoralización, por la impotencia de no devolver nada significativo a las participantes y la culpa por causar estrés y/o por hurgar en sus vidas y sus recuerdos sensibles, y/o por el propio estrés emocional al ser muchas veces interlocutora en historias de violencia y dolor (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021). Aun así, hablar sobre las emociones, inesperadas y a veces incómodas, en los espacios de investigación y académicos, es una actividad epistémica necesaria. Autoras como Amanda Coffey (1999) afirman que la conexión emocional en los procesos de investigación es normal y apropiada, que no ha de ser negada ni sofocada, sino que, al contrario, debe ser reconocida, reflexionada e incluso vista como carácter fundamental de una “buena” investigación cualitativa.
Alison Jaggar (1989), desde una perspectiva más general, afirma que las emociones también tienen una parte socialmente construida, y propone que aquellas emociones indisciplinadas (outlaw emotions) o no convencionales pueden convertirse en “emociones feministas” (p. 166-167), brindando una motivación política para la investigación. La autora además insiste en que aceptar la indispensabilidad de las emociones apropiadas para el conocimiento significa que las emociones discordantes deben ser atendidas con seriedad y respeto, y que dedicar tiempo a analizar críticamente las emociones y sus fuentes sería en sí mismo un ejercicio de teoría y práctica política indispensable para una adecuada teoría y transformación social (Jaggar, 1989). Por otra parte, García-Dauder y Ruiz-Trejo (2021) recopilan varias estrategias para situar y trabajar las emociones en el proceso de investigación. Por un lado, en concordancia con Kathleen Rager (2005), recomiendan el uso del diario de campo, o el blog, como herramientas reflexivas para anotar las emociones que surjan, pero también desde lo colectivo, compartir experiencias con otras compañeras investigadoras en espacios de reunión, sin perder de vista que son necesarias las medidas de formación y protección institucionales respecto a la gestión del riesgo emocional que puede conllevar la investigación (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021).
En suma, consideramos que en el trabajo con narrativas dialógicas, el vínculo entre difracción, reflexividad y emoción ha de ser continuo. Por ello, recomendamos también el uso del cuaderno o libreta de anotaciones en los que registrar no sólo aspectos metodológicos, sino también subjetivos y/o complejos a nivel sentipensante con el propósito de remirarlos, individualmente o en conjunto con asesoras y/o compañeras investigadoras. O, dada nuestra propia experiencia, impulsar la reflexión mediante la difusión científica de cuestionamientos emergentes en la investigación.
Por otro lado, cuando abogamos por una investigación feminista que valida las emociones como recursos interpretativos (Liz Bondi, 2005) y de conocimiento, lo que intentamos materializar es una investigación emocional-políticamente comprometida, guiada por una ética del cuidado que permita a las investigadoras expresar sus emociones y preocupaciones hacia el tema y las personas que participan en la investigación (Kristin Blakely, 2007). No obstante, creemos que el comunicar las propias emociones a las participantes se ha de hacer siempre de forma respetuosa y enfocada en sus voces como centro, procurando siempre instar su narratividad, vigilante del propio uso del lenguaje y sin transformar el espacio de construcción narrativa en un monólogo confesional que borre sus experiencias.
4. Los vínculos en el abordaje narrativo feminista
Narrar nuestras experiencias de vida puede resultar aliviador y, a la vez, un ejercicio que agite y saque a la superficie recuerdos dolorosos o dañinos. Con ello, puede despertar en las investigadoras la sensación de estar instrumentalizando a las participantes (García-Dauder; Ruiz-Trejo , 2021) por no poder ayudar o incluso solucionar los problemas con los que ellas están lidiando. Desde ahí surgen cuestionamientos, en especial cuando se construye un vínculo cercano de investigación: ¿Cómo desarrollamos el rol de investigador/a en la entrevista o en los grupos narrativos dialógicos? ¿Cuál es el límite en nuestra relación con la/s persona/s participante/s dentro y fuera del espacio investigativo?
Es innegable que cuando nos aproximamos a las personas para invitarlas a participar en una investigación, nos posicionamos de forma predeterminada en un lugar y un rol de poder. Ya al presentarnos, llevamos nuestros títulos en el discurso, pues solemos representar o integrar instituciones educacionales o gubernamentales, lo que naturalmente incide en la percepción que las personas tendrán inicialmente sobre nosotras. Por otro lado, el tema con el que convocamos y las preguntas que origina nos pertenecen; nuestro deseo es el que domina la invitación, aunque nuestro diseño suponga negociaciones de algunos aspectos con las participantes. La manera en que encaucemos las dinámicas de poder dentro de las investigaciones narrativas feministas dependerá de las epistemologías en que nos situemos (Itziar Gandarias, 2014), y de cómo las materialicemos en la práctica. En este sentido, cobran nuevamente importancia cuestiones como el ejercicio de la reflexividad situada o la difracción, además del reconocimiento de la agencia de las mujeres y la inmersión a conciencia de lo que son y pretenden las narrativas dialógicas desde epistemologías feministas.
La inevitable conexión que surge con los/las participantes y sus historias precisa estar atenta al peligro de imponer nuestra propia experiencia como directriz y de anclarnos al rol asistencial o de “auxiliadoras” que paulatinamente podemos interiorizar en nuestras disciplinas. Como indica Gandarias (2014), la reflexividad no es aplicable sólo al “qué” investigamos, sino también al “cómo”, es decir, en cómo la investigadora reconoce que su posición, desde los diferentes lugares subjetivos que habita, afecta la relación con los/las participantes e influencia todos los aspectos del proceso. Desde nuestra perspectiva, una reflexividad que minimice las diferencias de poder mantiene una comunicación clara entre las personas investigadoras y participantes desde el inicio, procurando construir expectativas realistas y honestas sobre el margen de acción de cada una. Al mismo tiempo, desde una ética del cuidado (Carol Gilligan, 1985), la solidaridad feminista supone que cuando sea pertinente y sentido, brindemos apoyo abriendo espacios de diálogo en el proceso de investigación, y compartamos informaciones de las que dispongamos como opción para que las personas se movilicen y gestionen la búsqueda de soluciones según sus necesidades. En cualquier caso, comprometerse a solucionar el problema o, en el otro extremo, ignorar el estado de angustia que atraviesa la persona, resulta incoherente con una práctica dialógica feminista. En el primero, estaríamos reafirmando un rol jerárquico y asistencial, y en el segundo, corremos el riesgo de invalidar las experiencias de las participantes e incluso revictimizar y agudizar su malestar. Sin embargo, tampoco el rol investigador es motivo para anular nuestras prácticas solidarias cotidianas, siempre que esté en nuestra mano la opción de facilitar los medios y no situarnos como profesionales omnipotentes.
Otro punto relevante en una investigación feminista es que la agencia de las mujeres es un elemento fundamental a contemplar en la interacción con las participantes, e implica que hemos de reconocer el protagonismo que tiene cada persona sobre su propia vida. La capacidad de agencia es lo que nos permite actuar o negarnos a actuar, tener iniciativa y crear procesos de transformación social (Amartya Sen, 2000; Joan Lacomba; Natalia Moraes, 2020), y según ello, buscar la forma de hacer frente -o no- a los efectos de nuestras acciones, decisiones u omisiones. En esta línea, la comprensión de las producciones narrativas dialógicas desde las epistemologías feministas ha de apuntar a su rol como prácticas discursivas. Es decir, las narrativas “no son sólo palabras, sino acciones que construyen, actualizan y mantienen la realidad. La confianza en la narración y en su potencialidad creadora y, eventualmente, en su capacidad como medio para mantenerla o modificarla es fundamental” (Teresa Cabruja; Lupicinio Íñiguez; Félix Vázquez, 2000). En otras palabras, situadas desde la certeza desafiante de que las mujeres son capaces de producir el mejor y más profundo conocimiento sobre sus propias vidas, y de que son capaces de hacer transformaciones significativas en sus determinadas realidades, hemos de, por un lado, aprovechar el espacio de la investigación narrativa dialógica para el reconocimiento de los propios recursos y, por el otro, legitimar sus saberes y sentires, realizando idealmente en conjunto una lectura de las situaciones aterrizadas en los determinados contextos y posibilidades.
5. Cantidad versus profundidad: ¿cuántas narrativas legitiman la investigación?
Otro dilema, que suele formar parte de la investigación cualitativa en general, y que tiende a presentarse tanto en los procesos evaluadores como en los debates académicos, en especial frente a metodologías narrativas y feministas, es el de la legitimidad científica vinculada al tamaño de la muestra. Incluso en espacios autodenominados feministas o con perspectiva de género, nos encontramos en ocasiones con reticencias frente a trabajos narrativos que abordan “pocas” experiencias. Esta preocupación suele estar ligada a la cuestión de representatividad entre tamaño de población de estudio y muestra, propia de la metodología cuantitativa, que tiende a generar conflictos para quienes desarrollan investigación cualitativa en las ciencias sociales, cuya necesidad de generalización supone un estándar de lo humano (Itziar Gandarias; Karina Fulladosa; Daniela Osorio, 2021). Para las epistemologías presuntamente neutrales (María Teresa Martín; José María Muñoz, 2014), y de acuerdo con David Rodríguez y Jordi Valldeoriola (2009), para la investigación cuantitativa, la muestra de participantes tiene que representar a la población en cuanto a características, limitando tanto como sea posible las diferencias, sumado a que la representatividad ha de ser también cuantitativa, es decir, la cantidad de elementos de muestra frente al tamaño de la población que se propone estudiar.
Cuando nos sumergimos en la investigación narrativa feminista, los cuestionamientos se intensifican ante la imposibilidad de que las experiencias de un grupo reducido de personas sean extensibles al universo de la población. Como señala Catherine K. Riessman (2005), los enfoques narrativos no son apropiados para estudios de un gran número de sujetos sin nombre y sin rostro. Cuando se trata de la experiencia individual, aunque realicemos entrevistas narrativas y grupos narrativos con un elevado número de participantes, ninguna será totalmente similar a la otra por más que nos esforcemos por delimitar un perfil específico. Incluso en la construcción de narrativas colectivas sobre temas concretos, las personas seguramente responderán a situaciones casi idénticas de formas distintas, o hasta contradictorias. Por ello, el objetivo de las narrativas dialógicas no es que las experiencias sean generalizables al resto de la población, sino analizar en profundidad los significados construidos por las personas (Riessman, 2008), y de esta forma conocer el valor específico de dicha experiencia, al tiempo que las narrativas como artefactos sociales nos hablan sobre la sociedad, cultura y contextos en los que se insertan. De acuerdo con Riessman (2008), en este tipo de investigación, la investigadora se convierte en una figura presente, logrando que el análisis traspase lo narrativo y aborde la importancia de la interacción. De esta forma, nos posicionamos en una relación entre sujetas (sujeto/a-sujeto/a) insertas en un lugar y un momento determinados, en los que construimos juntas las narrativas, siendo siempre la persona narradora quien define los significados y sentidos de su experiencia.
Nuestra estrategia ha sido, por un lado, establecer cada narración como un todo por derecho propio, al tiempo que reconocemos los espacios de comunalidad dados por las formas de interacción de las dimensiones identitarias y posicionales con los contextos sociales locales y globales. Por otro lado, más operativamente, hemos intencionado procesos agénticos de colectivización narrativa, a la forma de grupos narrativos, que, aunque no pretenden generalizar, promueven difracciones conjuntas que dan sentido social a las experiencias y posicionamientos individuales.
6. La autora que no es autora
Otra preocupación que surge cuando realizamos investigaciones narrativas dialógicas y, especialmente, feministas, es la cuestión de la autoría. Las feministas entramos ya en los procesos de investigación conscientes de los problemas de poder (Judith Preissle, 2007), que no se limitan al trabajo de campo. Durante el proceso de análisis, corremos siempre el riesgo de difuminar o borrar las voces de las participantes mediante nuestras interpretaciones. Sabemos que es imposible contar con una técnica de análisis que neutralice la naturaleza social de nuestras interpretaciones dentro de la investigación (Caroline Ramazanoglu; Janet Holland, 2002), sea esta feminista o no. La práctica de la reflexividad y la difracción, como mencionamos, es fundamental en las investigaciones feministas, pero tampoco está libre de riesgos y cuestionamientos. Nos enfrentamos a la complejidad que implica expresar el yo y nuestras emociones sin privilegiar la voz de quien investiga por sobre las participantes de la investigación (García-Dauder; Ruiz-Trejo, 2021), aún más desde lo dialógico, donde pasamos a ser parte del escenario de construcción narrativa, mientras que nuestro análisis y categorización también están permeados por nuestras teorías y posicionamientos personales y políticos.
Gayle Letherby (2002) reflexiona sobre la tensión entre conocimiento, representatividad y reflexividad. Menciona la posición privilegiada de las investigadoras en términos de tiempo, espacio y formación disciplinar, además de la clase. Bárbara Biglia (2014) también se refiere al dilema de lo que denomina suplantación de la voz, y recalca la importancia de la crítica feminista a la representatividad, cuando señala que “no podemos obviar el hecho de que el poderse dedicar a la investigación, no solo de manera profesional sino también dentro de espacios activistas, es una realidad que se hace cada vez más elitista” (p. 32). El análisis es lo más explícitamente disciplinario, que define el estilo, la forma y las relaciones que los relatos tendrán dentro del texto científico, el cual se convierte en una metahistoria. Finalmente, cuando un lector o lectora encuentra el reporte escrito, su comprensión de este está sometida al momento histórico y a su agencia, dejando así la autoría en duda, pudiendo, el significado, tomar formas no intencionadas previamente. Coincidentemente con las visiones epistemológicas expuestas, Riessman (1993) advierte la necesidad de reconocer que siempre se mira desde alguna parte, y que los significados son fluidos y contextuales. Los niveles analizados muestran que no es suficiente la agencia de quien narra para construir una narrativa de investigación, sino que también la de quien o quienes escucha/n, transcribe/n, analiza/n y lee/n. Al respecto, sugiere mirar las narrativas como un coro, en el cual se debe intencionar la predominancia de las voces, para evitar replicar todas las relaciones de poder inherentes a todo proceso investigativo. Se recomienda dar un espacio importante a la voz de las participantes, intentando también una traducción más íntima (Gayatri Spivak, 1993), incorporando trozos literales de sus testimonios tal como ellas los han construido. Esta literalidad también permite mejorar la transparencia y trazabilidad de las lógicas ocupadas por la investigadora para seleccionar y producir lo considerado relevante para efectos de cada investigación.
En términos operativos, existen diversas formas de expresar las diversas autorías que se entrelazan en un trabajo narrativo. Para Susan Chase (2015), pueden utilizarse varios tipos de voz en lo referido a la persona que investiga. La voz llamada autoritativa presenta una posición en la que la narración es acompañada por un contrarrelato a la forma de interpretación. La autora reconoce que en este tipo de voces existe un continuo que va desde resumir la voz de quien narra y poner énfasis en la interpretación, hasta aquellas investigadoras que muestran grandes montos de narración intercalada con interpretación. Esta última manera maximiza la posibilidad de que se den múltiples lecturas de una narración. También la voz puede usarse sólo como apoyo, y en ese caso, la investigadora solamente acompaña la narración, sin intervenir dramáticamente en ella. Finalmente, existe la posibilidad de integrar una voz interactiva, que implica que se incluya la propia voz de quien narra como parte de lo que se investiga; en ese caso, el trabajo narrativo puede ser combinado con el autoetnográfico.
En definitiva, subrayamos la importancia de procurar, tanto como sea posible, la minimización de las relaciones de poder y su entramado en la investigación narrativa (Lelya Troncoso; Caterine Galaz; Catalina Álvarez, 2017), y lo trascendental que es reconocer y diferenciar nuestra participación como investigadoras en la redacción y análisis. En nuestro caso, ya desde la transcripción de las entrevistas y grupos narrativos, hemos alentado una exploración conjunta de la escritura con las participantes, sujeta a su voluntariedad, para asegurar que lo transcrito es tal y como se ha desarrollado e intencionado la narración. Así, (nos) interpelamos a combatir la relación sujeto-objeto y el extractivismo académico de experiencias de voces sistemáticamente reprimidas y silenciadas.
7. Discusión y consideraciones finales
En este artículo hemos presentado algunos de los principales dilemas de posicionalidad que hemos experimentado en la investigación narrativa dialógica feminista. Primero, desde el cuestionamiento a la objetividad y neutralidad tradicional en las ciencias, abordamos la experiencia de la persona investigadora como un elemento que en lugar de ser oscurecido, se ha de reconocer como parte de los conocimientos parciales y situados que recoge la objetividad feminista planteada por Donna J. Haraway (1995). Asimismo, destacamos la importancia de la reflexividad y la difracción en el proceso de construcción de narrativas dialógicas feministas en el que tanto participantes como investigadoras comparten saberes y experiencias desde sus realidades parceladas.
También nos hemos referido al lugar y trascendencia epistémica de las emociones en la construcción de conocimientos situados y, a su vez, sentidos. Defendemos las emociones de personas participantes e investigadoras en las producciones narrativas, su conexión con el lenguaje, la corporalidad y lo performativo, por su potencial de afectar(nos), movilizar políticamente e incidir en otros/as, y por tanto, de potenciar transformaciones significativas. Reafirmamos la necesidad de reconocerlas, nombrarlas y abordarlas con respeto a lo largo de la investigación, en la interacción con los/as sujetos/as de investigación, en los espacios académicos/institucionales y feministas. En concordancia, ratificamos la utilidad de registrar las emociones por escrito como una práctica que facilita su declaración y posterior análisis y/o discusión.
Compartimos el dilema de las relaciones de poder respecto a los vínculos que se generan con los/las participantes por un lado, y nuestro rol profesional por otro, que puede correr el riesgo de ubicarnos como “auxiliadores/as” ante las dificultades que nos son narradas, y de caer en el extractivismo de experiencias sin retornar nada a cambio. Para enfrentar esta tensión, resaltamos que la comunicación clara y fluida en el desarrollo de la investigación permitirá mantener expectativas aterrizadas sobre la misma y delimitar las posibilidades de las relaciones que se originan en el proceso. Por otro lado, abogamos por una solidaridad y ética feminista, que en la construcción de vínculos procure la horizontalidad y el cuidado como reivindicación política de las formas de hacer ciencia; con ello, la movilización de apoyos e informaciones y conocimientos ante la urgencia será posible siempre desde una comprensión del vínculo sujeto/a-sujeto/a y de la agencia de las mujeres.
En relación con la disyuntiva entre cantidad y profundidad de producciones narrativas dialógicas, argumentamos que el trabajo con narrativas dialógicas tiene por objetivo profundizar en la singularidad de cada experiencia y desde allí, analizar los significados construidos en los determinados contextos en que transcurren, función políticamente relevante desde las epistemologías feministas. Proponemos desde nuestra experiencia, como una posibilidad de enfrentar este dilema, la realización de grupos narrativos, para afianzar las miradas grupales en la construcción narrativa de las experiencias individuales como una puerta abierta a que, desde lo dialógico, las similitudes y divergencias puedan localizarse en los contextos sociales compartidos.
Finalmente, abordamos el dilema de la autoría en la producción de narrativas dialógicas. Nuestra preocupación responde a este rol de “altavoces” de las palabras de los/as sujetos/as con quienes investigamos (Biglia, 2014), pues a la hora de entregar o publicar el texto final de la investigación, las voces dueñas de las experiencias corren el riesgo de perderse o borrarse bajo nuestras transcripciones, análisis e interpretaciones académicas. Con base en Chase (2015), mencionamos algunas formas de respetar la multiplicidad de voces en la redacción y difusión científica, que apuntan a delimitar claramente nuestra postura, análisis e interpretación como investigadoras y las narrativas de las participantes, para que no se pierda ni su mensaje ni su presencia en el texto escrito.
Estos dilemas y otros que ha conllevado el trabajo narrativo dialógico en nuestras experiencias de investigación aún no son suficientemente discutidos en los espacios científicos y/o formativos, dado que el paradigma desde el que posicionamos las producciones narrativas desde los feminismos tropieza con el de la racionalidad científica que guía el desarrollo de la ciencia desde sus inicios. Al parecer, inclusive los espacios académicos más críticos funcionan bajo las reglas positivistas por defecto. No obstante, sabemos que estas inquietudes están presentes, resuenan en las conversaciones y reuniones con compañeras e investigadoras que están emprendiendo su inmersión en la producción de conocimientos dentro de los espacios académicos, que comparten el esfuerzo y el desafío de practicar nuevos paradigmas y metodologías más reflexivas y participativas desde las epistemologías feministas. Con esto, nos cuestionamos: ¿Cómo hacer para que las instituciones académicas se abran a las nuevas formas de producir conocimiento y de validar los itinerarios sentipensantes de todos y todas las sujetas implicadas en una investigación?
Especialmente, ante los procesos de formación y evaluación de nuevos y nuevas investigadoras feministas, creemos que un paso importante sería instalar tribunales de evaluación con una mayor apertura epistemológica y metodológica frente a estos dilemas. Pero incluso antes, un primer puerto al que llegar tendría que ser el crear dentro de los cursos formativos programas de maestría, doctorado y posdoctorado, por ejemplo, instancias para abordar estas cuestiones desde lo teórico, sin recortar lo empírico y lo práctico. Desde lo experiencial, instamos a los espacios académicos a procurar instancias participativas de conversación y debate que permitan exponer inquietudes y tensiones propias de aquella cocina de la investigación, que suele ser solitaria en el transcurso de la elaboración de tesis y proyectos, y que difícilmente encuentra lugar para expresarse en las instancias académicas tradicionales. Asimismo, queremos enfatizar la relevancia de los espacios físicos de encuentro dentro de universidades y otras instituciones investigadoras de carácter feminista, destinados a las investigadoras, de uso libre para estudiantes y docentes, pues creemos que el encuentro como práctica cotidiana y política feminista puede generar diálogos y debates científicos que retroalimenten y aporten a los propios proyectos de investigación.
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Como citar este artículo de acuerdo con las normas de la revista:
OPAZO-VALENZUELA, Paula; MARTÍNEZ LABRÍN, Soledad. “Dilemas de posicionalidad de sujeto/a en la investigación narrativa dialógica feminista”. Revista Estudos Feministas, Florianópolis, v. 34, n. 1, e99420, 2026.
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Financiación:
Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo ANID / Programa de Formación de Capital Humano Avanzado / Doctorado Becas Chile/2020 -72210045.
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Editado por
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Editora responsable:
Cristina Scheibe Wolff / http://orcid.org/0000-0002-7315-1112
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Editora Científica:
Marivete Gesser / http://orcid.org/0000-0002-4091-9754
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