Open-access León XIV y su Magisterio sobre la paz: antecedentes y desafíos

Leo XIV and his Teaching on Peace: Background and Challenges

RESUMEN

El autor ofrece en cuatro tópicos (la paz y la misericordia; la paz, el diálogo y la justicia; la paz y la escucha; la paz, Cristo y los pobres) y una conclusión su propuesta de lectura del modo como se integran, en relación con el eje de la paz, otras cuestiones decisivas para la convivencia humana en este momento desafiante de violencia y exclusión. Estos tópicos se entrelazan ofreciendo a la perspectiva de la paz una nueva comprensión en relación a distintos desafíos contextuales. En el texto se relacionan los antecedentes de la enseñanza del papa León con el presente que ofrece perspectivas acuciantes y urgentes. La necesidad de una denuncia profética a la fuerza desmedida de los poderosos contra los más vulnerables encuentra sentido en la elección que Dios hace, en Cristo, por un camino de servicio y sencillez. De este modo, el autor propone la articulación teológica que permite comprender la enseñanza social y socio ambiental que el papa León ofrece desde su llamado a la paz.

PALABRAS CLAVE
Paz; Justicia; Crisis socio ambiental; Cristo pobre; Violencia

ABSTRACT

In four sections (peace and mercy; peace, dialogue, and justice; peace and listening; peace, Christ, and the poor) and a conclusion, the author presents his interpretation of how other issues crucial to human coexistence are integrated, in relation to the central theme of peace, at this challenging time marked by violence and exclusion. These themes are intertwined, offering a new understanding of the perspective on peace in relation to various contextual challenges. The text links the historical context of Pope Leo’s teachings with the present day, offering pressing and urgent perspectives. The need for a prophetic denunciation of the excessive power of the powerful against the most vulnerable finds meaning in God’s choice, in Christ, of a path of service and simplicity. In this way, the author proposes a theological framework that enables an understanding of the social and socio-environmental teaching that Pope Leo offers through his call for peace.

KEYWORDS
Peace; Justice; Socio-environmental crisis; The Poor Christ; Violence

Introducción

El papa León XIV ha asumido su ministerio en un clima de creciente inestabilidad y confrontación internacional. Esto lo ha llevado a leer distintos aspectos de la fe cristológica, la enseñanza social, y los problemas socio ambientales en relación a la constante pérdida del don tan preciado de la fraternidad y la incapacidad persistente para la reconciliación.

La mercantilización de la condición humana y la prepotencia de los poderosos serán dos puntos de constante referencia para la denuncia profética que el papa León emprende para dejar en evidencia las fuentes que llevan a la confrontación, que es origen de injusticias sobre los más débiles y de convertir, a la casa común, tierra arrasada.

En este artículo ofreceré una contribución acerca de los elementos que constituyen el interior de la comprensión de la paz que se encuentra en el papa León. Sus textos se enlazan a una tradición que viene de Juan XXII, y a la vez ofrece nuevas perspectivas que proceden del nuevo contexto en el que León lleva adelante su servicio. En efecto, la paz es una demanda que no alcanza para ser satisfecha asentarse en principios doctrinales. Hay coordenadas espaciales y temporales que desafían al discernimiento para ser comprendida adecuadamente. La comprensión de esta evolución nos señala que el profetismo por la paz no se realiza llevando adelante viejas recetas o imponiendo certezas ya probadas, sino que exige una lectura atenta de los aspectos que atentan contra ella, de modo que podamos acompañar el camino de los remedios que permiten sanar el dolor de la violencia.

En la evolución de su comprensión deseo mostrar el profetismo que encierra el ser testigos y constructores de la paz.

Propongo en esta contribución algunas claves de lectura teológica para ingresar a esta cuestión central en la enseñanza del Obispo de Roma.

1 La paz y la misericordia

Deseo iniciar esta propuesta desde un lugar en el cual se abre una agenda para el camino que continuará el magisterio de los papas sobre la cuestión de la paz: es la gran encíclica de Juan XXIII Pacem in terris (1963). Es el año 1963, en plena guerra fría, donde nadie se dispara, pero todos se amenazan. El papa bueno firma este documento 53 días antes de su muerte dejando un testamento que brota de lo más hondo de sus convicciones. El subtítulo de la encíclica indica los cuatros fundamentos sobre los que el papa propone su enseñanza sobre la paz: la verdad, la justicia, el amor y la libertad. La importancia de la presencia de estos cuatro principios, para que la paz se realice verdaderamente, nos indica que vivir, construir y custodiar la fraternidad no son cometidos fáciles. La conquista de cualquiera de estas cosas es ardua, de modo que alcanzar la paz exige atención, renuncia y entrega. Nos encontramos con un profundo desafío ético, que forma parte fundamental de la autoconciencia del cristianismo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX y en lo que va del siglo XXI, que a su vez impacta de lleno en la organización de una sociedad civil que se desarrolle con igualdad y justicia.

La paz resulta de un esfuerzo constante pues, si bien pareciera que no hay felicidad en la condición humana sin paz, la sensación es que uno de los grandes cometidos es custodiarla. O sea, se trata de un bien preciadísimo que es muy fácil de perder, su importancia convive con su precariedad. Y perdida es sumamente exigente recuperarla. Precisamente porque la paz resulta del encuentro de aquel conjunto de aspectos, de los que nos habla el subtítulo del documento del papa Juan, es que pertenecen a lo más alto del mundo ético.

Estos cuatro principios integrados nos ofrecen una articulación clásica de la paz. Tanto en la moral aristotélica como en la propuesta de Santo Tomás, en su antropología moral de la Prima secundae de la Suma Teológica (Tomás, STh I-IIae), nos encontramos, de uno u otro modo, con estos aspectos constituyendo el orden social armónico. Sin embargo, para Maquiavelo la actividad política fundamental es la guerra y la paz una excepción. El contexto del gran autor florentino, de inestabilidad y confrontación permanente entre los distintos señoríos peninsulares, le hace pensar que el príncipe se sostiene en la medida que sea capaz de ejercer la guerra como la más alta virtud política (Maquiavelo, 2012, p. 107-118).

Frente a este posicionamiento, típico de la secuencia histórica que se despliega a partir del renacimiento, podemos pensar la propuesta de Juan XXIII como una actitud de espanto propia de quien tiene vivo el recuerdo de la furia aniquiladora de las dos grandes guerras del siglo XX. También podemos pensar que es una actitud bastante típica del irenismo, donde la paz vale cueste lo que cueste. Sin embargo, esos cuatro principios: verdad, amor, justicia y libertad, indican que la paz exige un quehacer, una lucha ética, una tensión permanente de cuidado hacia lo superior. A la paz no se arriba como simple resultado de renunciamientos cómodos, sino luego de un camino de auténtica lucha espiritual, como enseña Evagrio Póntico en su Praktikon (2012, p. 133).

Juan XXIII, en la Pacem in terris (1963) nos ofrece la paz como clave del orden social, lo cual supone asumir la verdad, la justicia, el amor y la libertad como cumbres de la ética política. En efecto, la verdad sin el amor se torna fría y desalmada, la justicia sin amor se vuelve meramente retributiva y próxima a la ley del Talión, la justicia sin verdad se inclina hacia la arbitrariedad. En fin, sólo la trama que constituyen todas en relación garantiza el orden de la paz. En efecto, la paz resulta de un orden social constituido por esos cuatro pilares. En esta perspectiva, no existe la paz como resultado de una desproporción de fuerzas. De allí surge la quietud del miedo. En efecto, la paz exige el equilibrio debido a la lógica de la amistad. El miedo puede provocar la parálisis frente a la desproporción desmedida del poder del oponente. Pero la paz no es el resultado pasivo de la desproporción sino la acción vital y serena que resulta del orden de la amistad.

En este sentido, la paz puede resultar de cierta forma de amor por la que el más fuerte soporta las debilidades del que es más frágil, sin someterlo al dominio o la humillación. Aquí posee una resonancia política social indudable la enseñanza de Jesús en Marcos 9,35: “El que quiera ser el primero que se haga el último y servidor de todos”. Esto significa que cuando hay una desproporción de fuerzas, de recursos, de posibilidades, también la paz se funda sobre el amor.

En Evangelii gaudium (n. 193), el papa Francisco habla de tener misericordia con los pobres. La expresión puede causar perplejidad porque vinculamos la misericordia a la cuestión de la culpa. De este modo, es misericordioso quien sabe perdonar. Sin embargo, la enseñanza de Francisco nos ofrece otro matiz pues citando a Daniel 4,24, nos invita a ejercer misericordia con los pobres. En efecto, en la misericordia hay una desproporción. Ejercer misericordia significa compartir un don, que en cuanto tal, no posee la exigencia de la devolución proporcional. Pero que, a su vez, no deja pasivo al otro. El receptor de un don no se encuentra en condiciones de experimentar que le ha sido dado algo por derecho propio. Por tanto, lo primero necesario para ejercer misericordia es descubrir que algo que poseo legítimamente, tiene una marca social, hay un conjunto de cosas que nos han sido dadas y constituyen nuestra identidad, nuestras posibilidades. Hay algo que poseo que, en la medida que lo comparta, dejo de perderlo porque la vida misma tiene una marca social. Existimos heterónomamente, abiertos a los demás. Francisco traslada la lógica evangélica a la convivencia social: poseer la vida es perderla, entregarla es tenerla. En el fondo porque esta sabiduría evangélica se asienta en una apertura de la naturaleza a ser plenificada, pues la gracia supone la naturaleza. No viene Jesucristo a sustituir nuestra naturaleza para programarnos con otro sistema operativo. Repara, sana, orienta, eleva. Ejercer misericordia es entregar la vida sin cálculo, a aquellos que poco podrán dar en debida proporción humana. Pero, lo que dan, en la perspectiva propuesta por Francisco, es el clamor de gratitud a Dios por quien ejerció misericordia. De allí que, para nosotros, la escucha del clamor de los pobres incluye una decisión por un compromiso social que no tiene sentido si no se deriva de esta teo-lógica. Es, ante todo, Dios, quien escucha el clamor del pobre (Caamaño, 2014, p. 100-101).

San Anselmo, en el célebre Cur Deus Homo presenta un argumento acerca de la encarnación que nos permite comprender esta lógica de la misericordia. Si la humanidad ha pecado, corresponde en justicia que el hombre pague. Sin embargo, no puede pues no se le ha sustraído nada a Dios excepto su honor (Anselmo, II, 1, 48, 2-5). Esto, traducido hoy significa que hay actos que no pueden ser enmendados por haber afectado una relación basada en el amor, la confianza, la fidelidad. Sólo se puede establecer nuevamente la relación si quien ha sido traicionado decide perdonar. Quien ha sido traicionado vuelve a ofrecerse en el perdón. Por eso un Dios-hombre nos trae la salvación. Para lograr la paz, a veces alguien debe renunciar a la actitud vindicativa, no hay paz sin suspender la venganza. La misericordia aquí consiste en que el que ha sido ofendido es quien pone ese plus necesario para saldar la herida y que no lo puede ofrecer el victimario. Para que esto se realice como justicia, quien ha ejercido la ofensa debe abrirse a la conversión, a la purificación, al reconocimiento de su error. En el caso del argumento anselmiano, Dios, quien ha sido ofendido, es el garante del perdón.

En el caso de las relaciones humanas la dinámica exige otros actores. En este caso es el valor del “tercero” en el mundo de la diplomacia. El papa León XIV apuesta mucho a esta vía que exige diálogo, silencio, escucha. El tercero es una figura propuesta por Jean Luc Marion en su obra El fenómeno erótico (2005). Un tercero que preserve un juramento. La paz para la que se propone León como interlocutor exige esta atención. Ofrecerse como un tercero confiable, que sea una especie de condilecto, un confiable común, alguien que se pone al margen del interés y el negociado, simplemente como garante, como custodia de la fraternidad. Para esto, el tercero no debe ser un extraño, debe pertenecer a aquellos que buscan construir o conservar (Marion, 2005, p. 224-225). De allí que el rostro profundamente humano y dialogal de León y, sobre todo, su ubicación cerca de los más pobres y los que sufren, lo ponen al margen de la sospecha que pueda despertar una lógica meramente comercial. Sin embargo, esta posición, aparentemente fuera del alcance de la agresión, es vulnerable e incomprendida. Hoy la relación internacional está fuertemente polarizada por intereses comerciales, por la necesidad de bienes escasos, la prepotencia de pocos con sed de acumulación, y la necesidad de millones de vivir con dignidad. La posición de servicio del papa adquiere así rasgos martiriales propios del predicador del Dios crucificado.

2 La paz, el diálogo y la justicia

Es importante ubicar el esfuerzo del papa León XIV en la gran agenda por la paz que la Iglesia ha llevado adelante durante los últimos decenios. Un punto de referencia fundamental para comprender la cuestión es la enseñanza de Pablo VI quien propone a los padres conciliares, en la encíclica Ecclesiam suam una “eclesiología del diálogo” (ES, n. 31-54). Esta perspectiva le permite relacionar profundamente el ser de la Iglesia con su misión. Para ello apela a un fundamento trinitario decisivo. El Dios en el que creemos no es una unidad aislada que se sirve de tres personas para crear o revelarse o quedar espiritualmente presenta entre nosotros. La naturaleza divina es constituida por la trinidad de las personas. Por eso Santo Tomás afirmaba que mientras que la diferencia de las personas trinitarias entre sí es una distinción real, la distinción de las personas con la naturaleza es una distinción de razón (Tomás, STh II-IIae, q. 29, a. 1, ad1um). ¿Qué significa esto? Que la naturaleza de Dios es trinitaria, que su vida es comunión, intercambio, entrega mutua eterna, apertura y disponibilidad. Esta comprensión trinitaria lleva a Pablo VI (ES, n. 13) a afirmar que la evangelización pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia. Salir de sí, para ser aquello a lo que hemos sido llamados brota de que somos imagen del Dios Trinitario.

No hay una identidad previa al anuncio. El hecho del anuncio y su contenido forman parte de su identidad. Esta lógica de identidad en salida es la que se pone en juego en la enseñanza sobre la sinodalidad que atravesó todo el pontificado de Francisco. Dios comunión, sinodalidad y diálogo son asumidas integradas por el papa León en clave evangelizadora:

La tarde de mi elección, mirando con conmoción al pueblo de Dios aquí reunido, recordé la palabra “sinodalidad”, que expresa felizmente el modo en el cual el Espíritu modela la Iglesia. En esta palabra resuena el syn —que quiere decir con— que constituye el secreto de la vida de Dios. Dios no es soledad. Dios es “con” en sí mismo —Padre, Hijo y Espíritu Santo— y es Dios con nosotros. Al mismo tiempo, sinodalidad nos recuerda el camino —odós— porque donde está el Espíritu hay movimiento, hay camino. Somos un pueblo en camino

(Léon XIV, 2025b, sin paginar).

Comunión, camino y movimiento. El diálogo significa que, en el movimiento, en salida encontramos nuestra identidad que es un llamado y no una conquista. Nuestra fe es comunicación, “con el credo trinitario en verdad ha entrado en la historia todo el impulso del pensamiento comunicativo” (Greshake, 2006, p. 141). Es que Dios es relación, ya que “cada persona de la Trinidad es tal en el acto de donarse plenamente a las otras” (Cambón, 2014, p. 44).

Pablo VI firmó su encíclica Ecclesiam suam el 6 de agosto de 1964, mientras se celebraba el Concilio Vaticano II. Hay dos documentos conciliares muy conectados a los contenidos de Ecclesiam suam: La Constitución Dogmática Lumen gentium, promulgada el 21 de noviembre de 1964 y la Constitución Pastoral Gaudium et spes. Sobre la Iglesia en el mundo actual, promulgada el 7 de diciembre de 1965. Es interesante observar que, en agosto del año 1964, cuando Pablo VI promulga la encíclica, en el aula conciliar se estaba discutiendo la Lumen gentium. Los temas presentados por el papa en la Ecclesiam suam ofrecen a los padres conciliares la posibilidad de desarrollar una mirada sobre la Iglesia en sí misma, abierta a su relación con el mundo desafiante en el que da testimonio. Pablo VI nos hablará de la Iglesia ideal y de la necesidad de la conciencia de sí, pero el documento tiene por preocupación el “mandato” de la Iglesia en el mundo contemporáneo. Esto significa, ponerse a la altura de la misión tomando cuenta del mundo con el cual dialoga y al cual no está llamado a colonizar.

En esta encíclica, que es una gran meditación sobre el diálogo, Pablo VI advierte que el urgente llamado sobre la paz no es un tema del documento. Invita a los padres conciliares a tomarlo y desarrollarlo, y espera él mismo hacerlo en el futuro. Sin embargo, el número 6, redactado en un tono de súplica íntima, común a todo el documento, ofrece un panorama de los temas que están involucrados en el interés por la paz:

la paz entre los pueblos y clases sociales, la miseria y el hambre que todavía afligen a enteras poblaciones, el acceso de las naciones jóvenes a la independencia y al progreso civil, las corrientes del pensamiento moderno y la cultura cristiana, las condiciones infelices de tanta gente y de tantas porciones de la Iglesia a quienes se niegan los derechos propios de ciudadanos libres y de personas humanas, los problemas morales acerca de la natalidad y así otros. Ya desde ahora decimos que nos sentiremos particularmente obligados a volver no sólo nuestra vigilante y cordial atención al grande y universal problema de la paz en el mundo, sino también el interés más asiduo y eficaz (ES, n. 6).

Tiene un lugar determinante, como vemos, en la agenda por la paz, la cuestión social. Por eso en la Jornada Mundial de la Paz del año 1972, Pablo VI, dará a conocer un mensaje que tendrá una amplia recepción: Si quieres la paz, trabaja por la justicia (1972). Parecen como entrelazados dos temas muchas veces de difícil armonía, la paz/diálogo y la justicia. Sin embargo, están profundamente vinculados cuando uno los piensa de frente a grandes desafíos del mundo moderno. Una tendencia de los colectivismos ha sido la pretensión de obtener la justicia a través de la violencia y el choque dialéctico. Pero, es verdad también, que el diálogo ha servido muchas veces como excusa para el encubrimiento y la dilación. Ambos principios, el de la justicia y el del diálogo son irrenunciables. El vínculo entre ambos nos aleja de una visión romántica del diálogo, como algo mágico que obtiene resultados inmediatos. En el camino hay tensión, desencuentro y silencios. El diálogo implica la persistente voluntad de retomarlo. A su vez, el diálogo implica una exigencia al reconocimiento de la propia dignidad, muchas veces vulnerada en aquellos pueblos que han sido presa de la voracidad colonial. El papa León, que es un predicador incansable por la paz, insiste en la importancia del principio de justicia que evite la destrucción y el expolio para la acumulación y la codicia de otros.

León XIV, en su reciente viaje a África ofreció algunas respuestas sumamente ricas para esta cuestión. Por ejemplo, en su discurso a las autoridades de Angola, el 18 de abril de 2026 sostuvo:

Deseo encontrarme con ustedes en la gratuidad de la paz y reconocer que su pueblo posee tesoros que no pueden venderse ni robarse. En particular, poseen una alegría que ni siquiera las circunstancias más adversas han podido extinguir. Esta alegría, que conoce también el dolor, la indignación, la decepción y la derrota, perdura y renace entre quienes han mantenido sus corazones y mentes libres del engaño de la riqueza. Ustedes saben muy bien que, en numerosas ocasiones, sus regiones se han percibido, y aún se sigue haciendo, como un lugar en donde dar o, más a menudo, de donde tomar algo. Debemos romper esta cadena de intereses que reduce la realidad y la vida misma a una mercancía

(León XIV, 2026a, sin paginar).

La última frase de su denuncia se aleja absolutamente de una visión ireneana y es anticipada por la primera línea del párrafo: “deseo encontrarme con ustedes en la gratuidad de la paz y reconocer que su pueblo posee tesoros que no pueden venderse ni robarse”. En el mismo discurso asocia explícitamente la cuestión la paz con la cuestión social advirtiendo sobre los alcances devastadores de la violencia de la rapacidad: “queridos hermanos, les mencioné las riquezas materiales que intereses prepotentes acaparan, incluso aquí en su país. ¡Cuánto sufrimiento, cuántas muertes, cuántas catástrofes sociales y ambientales trae consigo esta lógica extractiva!”

La paz exige alerta. La vida exige estar lúcidos para vivir en paz. La primera carta de Pedro 5,8 lo advierte a los cristianos, rodeados de dificultades, tentaciones, peligros, deben ser sobrios y atentos porque “el enemigo, el demonio, ronda, como un león rugiente, buscando a quien devorar”.

La perspectiva social de la paz, vinculada a la explotación de los recursos, que azota a los pueblos más pobres ha adquirido, en el papa León, una dimensión de denuncia profética permanente. En este sentido, como recordó en su viaje a Guinea Ecuatorial

hoy en día es aún más evidente con respecto a algunos años atrás que uno de los principales motivos de la proliferación de los conflictos armados es la colonización de yacimientos petrolíferos y mineros, sin tener en cuenta el derecho internacional ni el derecho de los pueblos a la autodeterminación

(León XIV, 2026d, sin paginar).

En Camerún, en su discurso ante las autoridades, se expresó con palabras muy elocuentes orientando la cuestión ecológica hacia una perspectiva fundamentalmente social pues afecta a la justicia. En esa alocución se dirige a los jóvenes que están “llamados a dar forma, también política, a un mundo más justo”. También a las mujeres que “a menudo, lamentablemente son las primeras víctimas de los prejuicios y de la violencia, y aun así continúan siendo incansables artífices de paz”. Recuerda, a su vez, algunos principios de una paz que brote de una auténtica fraternidad: “Una paz que sea desarmada, es decir, no basada en el miedo, la amenaza o el armamento; y desarmante, porque es capaz de resolver los conflictos, de abrir los corazones y de generar confianza, empatía y esperanza” y advierte sobre el peligro de considerarla una mera estrategia de poder pues “la paz […] no se decreta: se acoge y se vive. Es un don de Dios, que se desarrolla en una labor paciente y colectiva” (León XIV, 2026c, sin paginar). De este modo la paz se vuelve una posibilidad política en orden a un mundo más justo, de hermanos, de iguales que comparten la vida y las esperanzas. La relación de la comunidad política, que exige la interacción entre los gobernantes y sus pueblos, es presentada, por el papa León, a través de la mediación de la escucha. En esta actitud está en juego la sanidad de los sistemas institucionales si pretenden ser genuinos y justos.

3 La paz y la escucha

En el discurso ya aludido de la visita a Camerún el papa afirma que “una paz auténtica nace cuando cada uno se siente protegido, escuchado y respetado, cuando la ley es un límite seguro contra el arbitrio del más rico y del más fuerte” y por tanto “gobernar significa escuchar realmente a los ciudadanos, valorar su inteligencia y su capacidad para contribuir a la construcción de soluciones duraderas a los problemas” (León XIV, 2026c, sin paginar). La cuestión de la escucha, que ha estado implícita en las enseñanzas de Pablo VI sobre el diálogo, se vuelve el corazón, en el papa Francisco de un estilo de relación al que ha llamado “sinodalidad”. León ha retomado con vigor esta línea y por ello creo decisivo recordar la peculiar perspectiva desde la que Francisco ha enseñado esta cuestión y que León, en su estilo personal, asume como propia. La escucha política, la que tiene por objetivo el bien común, es una tarea artesanal. Todos la ejercemos, en nuestra vida de relación, si queremos vivir en paz. Sin embargo, la escucha exige una ascesis de la que Francisco nos ha hablado. Escuchar significa

significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro. En la escucha se origina una especie de martirio, un sacrificio de sí mismo en el que se renueva el gesto realizado por Moisés ante la zarza ardiente: quitarse las sandalias en el “terreno sagrado” del encuentro con el otro que me habla

(Francisco, 2016, sin paginar).

Francisco asume las actitudes fundamentales para el conocimiento, de las que Lonergan había hablado en su gran obra Método en Teología (Lonergan, 1988, p. 16-17). “Presta atención, sé inteligente, sé racional, sé responsable” (Lonergan, 1999, p. 31). Estos son los desafíos en el proceso del conocimiento de la realidad y de su apropiación. Los considera como los preceptos trascendentales que la conciencia debe imponerse para el conocimiento recto.

El texto del papa reproduce este movimiento interno, que permite que las cosas y los otros se revelen, sin dominar ni someter a propios prejuicios.

El primer imperativo de Lonergan es, presta atención. Esta actitud consiste en tomar cuenta del problema de la realidad, de su hondura, la exigencia de entrar en las cosas, contemplarlas, reconocerlas con sinceridad, no ser superficiales. Nada es absolutamente incognoscible ni nada es pura evidencia. Hay un misterio que atraviesa todo, decía Gabriel Marcel (1964, 65). La escucha es buscar esto. Por eso el papa invita, en primer lugar, a prestar atención. Es, de algún modo, disponerse a dejarse convertir por la realidad. El segundo imperativo, sé inteligente. El papa lo expresa con la forma: tener deseo de comprender. Aquí se da una primera renuncia, un primer martirio, pues para pasar a este plano debemos entregar nuestros prejuicios. Escuchar es querer comprender, lograr conectar con las cosas en profundidad. Ser inteligente es tener deseo de comprender, ser inteligente es un acto de renuncia a nuestra autocomplacencia intelectual, si queremos conectar con la realidad. La inteligencia de la escucha es apertura, no estrategia. Debemos distinguir entre la inteligencia de la escucha y aquella que pertenece a la lógica de la manipulación. El tercer imperativo, sé racional. Se trata de un cierto acto de juicio, no de precipitar las conclusiones. El papa habla de valorar. Valorar es poner en valor, poner en su sentido algo, en su contexto. No decidir en abstracto. Valorar es un acto racional que exige juzgar más allá de nuestros impulsos o de nuestras estimaciones emocionales. Valorar es un acto profundamente racional ya que nos exige dejar que la verdad del otro se revele sin adulterarla con nuestros propósitos. El cuarto imperativo, sé responsable. Se trata de descubrir que todo lo anterior nos lleva a decisiones. El papa habla de martirio. Avanzar con cuidado, con respeto. Esto es martirial, porque es una forma de avanzar en la que nos conduce es la realidad. Conocer es un cierto desgarro de sí, escuchar es martirial ya que muchas veces uno querría, simplemente, no escuchar, o escuchar otra cosa

(Caamaño, 2023, p. 56-57).

Retornamos aquí a la memoria de Pablo VI. En este sentido una mecánica fundamental para el entrenamiento en la escucha es el ejercicio de la actitud de diálogo. Desde Eclesiam suam de Pablo VI el diálogo aparece en el escenario de la vida de la Iglesia con un protagonismo especial. Luego de exponer la tarea que la Iglesia debe afrontar de tomar conciencia de sí y de vivir en una permanente renovación, pasa a la tercera parte donde habla del diálogo. Leemos en el número 31, “Hay una tercera actitud que la Iglesia católica tiene que adoptar en esta hora de la historia del mundo: es la que se caracteriza por el estudio de los contactos que debe tener con la humanidad”. Para Pablo VI aquí humanidad es más bien el mundo en sentido joánico, esto es «la humanidad adversa a la luz de la fe y al don de la gracia, de la humanidad que se exalta en un ingenuo optimismo creyendo que le bastan las propias fuerzas para lograr su expresión plena, estable y benéfica; o de la humanidad, que se deprime en un crudo pesimismo declarando fatales, incurables y acaso también deseables como manifestaciones de libertad y de autenticidad los propios vicios, las propias debilidades, las propias enfermedades morales». Dialogar es un arte que preserva la identidad de quienes se sientan a la mesa. Pablo VI insiste en esa condición del diálogo que consiste en alcanzar la comunión siendo distintos: “Pero esta diferencia no es separación. Mejor, no es indiferencia, no es temor, no es desprecio. Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad no se opone a ella, antes bien se une” (ES, n. 33) Entonces, concluye en el número 34: “La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio”. La Iglesia se hace coloquio: esta hermosa expresión de Pablo VI introduce la escucha como una actividad decisiva. Con ella concluyo estas reflexiones para que podamos, de alguna manera, ser a imagen de la Iglesia pensada por Dios y seamos coloquio. La Iglesia como lugar de coloquio fraternal es también una forma de reconocer la sinodalidad que brota de la escucha. Esto aplica, en León, especialmente al diálogo interreligioso y a las relaciones ecuménicas. Asume la agenda sobre la paz, que define una ruta marcada desde el encuentro de Asís, en tiempos de Juan Pablo II, para ponerla por encima de las diferencias que no parecen tan urgentes como sobrevivir como hermanos. Poniendo sobre la mesa el profundo vínculo entre el anuncio del evangelio y la construcción de la paz expresó en su encuentro con la Arzobispa de Canterbury:

Mientras que nuestro mundo sufriente tiene una profunda necesidad de la paz de Cristo, las divisiones entre los cristianos debilitan nuestra capacidad de ser portadores eficaces de esa paz. Si queremos que el mundo tome en serio nuestra predicación debemos, por lo tanto, ser constantes en nuestras oraciones y en nuestros esfuerzos por eliminar cualquier piedra de tropiezo que obstaculice la proclamación del Evangelio

(León XIV, 2026b, sin paginar).

4 La paz, Cristo y los pobres

Estar con los pobres nos enseña a vivir sin repetir soluciones de mercado. Muchas veces, aunque nos parezca poco, sólo acompañamos, podemos estar junto a quien sufre, damos valor a una vida despreciada o usada por los demás. El dolor y la pobreza nos ubican muchas veces en un lugar de perplejidad ante el que sólo podemos hacer silencio y tender la mano.

Dios siempre escucha, pero a veces hace inmensos silencios. Su presencia se vueve muy silenciosa y aparentemente ineficaz. Siempre escucha, pero no es tan fácil escucharlo, sobre todo si estamos apurados, pues se lo descubre fundamentalmente en las historias y los procesos históricos. Cuando Benedicto XVI visitó el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau dijo, sobrecogido ante la inmensidad del horror: “Sólo se puede guardar silencio, un silencio que es un grito hacia Dios ¿Por qué Señor permaneciste callado? ¿Cómo pudiste tolerar esto?” (Benedicto XVI, 2006, sin paginar). Qué difícil se vuelve escuchar cuando no hay respuestas. Dice el gran filósofo Paul Ricoeur

el libro de Job nos enmudece aún más por su carácter enigmático, a la vez que por el estilo deliberadamente ambiguo de su conclusión. La teofanía final no aporta ninguna respuesta directa al sufrimiento personal de Job, y la especulación queda abierta a varias direcciones: a la visión de un creador, a los designios insondables de un arquitecto, puesto que las medidas son inconmensurables ante las vicisitudes humanas, lo que puede sugerir que la consolación sea diferida escatológicamente

(Ricoeur, 1994, p. 211).

Job reconoce a Dios, descubre su respuesta en medio de un mar de preguntas, y desde ellas clama “Ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5b). Dios le confirma y asegura su presencia, pero ella no responde al formato de la certeza o la evidencia, o la solución inmediata. Dios, el que verdaderamente escucha, hace silencio y no da soluciones “de mercado”. Quizá porque el principal acto de escuchar consista en permitir que alumbre el otro, que los otros sean, puedan descubrir y transitar su misterio con la certeza de nuestra compañía. Por eso, la escucha, antes que para alcanzar un tipo de conocimiento que nos permita actuar directamente sobre la transformación de las cosas, es dejar que las cosas, las personas, los hechos sean ante nosotros en su verdad más profunda. De allí que Santo Tomás hable de la sabiduría, el tipo de conocimiento más elevado, como connaturalidad que brota del amor (Tomás, STh. II-II, q. 45, a. 2).

Estas perspectivas planteadas recorren el pensamiento del papa que aborda la cuestión de los pobres desde una perspectiva teológica que, alejada de la pasividad, animan a un compromiso por la justicia.

El planteo de la paz y el de los pobres, en el papa León, se encuentran en una mutualidad muy profunda pues ambos se refieren a la cuestión de la justicia. En efecto, hay dos perspectivas, ya evocadas, que iluminan su propuesta y las enlazan con todo el magisterio precedente. Nuevamente Pablo VI y el Concilio Vaticano II. Por un lado, el extraordinario y decisivo párrafo de Lumen gentium (n. 8), donde la Iglesia es invitada a ser pensada y vivida desde Cristo pobre. Por otro lado, el magisterio de Pablo VI sobre la relación entre la paz y la justicia, cristalizado en el en el Mensaje del 1 de enero de 1972: Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

El papa León, en la Exhortación Dilexi te (n. 8-9) llama la atención sobre el doble efecto de la pobreza en su raíz injusta. Por un lado, priva de cosas necesarias para vivir dignamente; por otro vuelve invisible el sufrimiento, lo esconde, poniendo al dolor concreto dentro de un conjunto de efectos y olvida el sentido teológico del sufrimiento de cada rosto humano, que es imagen de Dios. Esta denuncia encuentra su raíz en una mirada teológica y contemplativa, debe ser entendida a partir de “una mirada cristocéntrica y profundamente eclesial” (DT, n. 46) de la entrega de la vida a los pobres, pues en ellos la “Iglesia reconoce … el rostro de Cristo y en los bienes el instrumento de la caridad” (DT, n. 47). Nos ayudará mucho, para reconocer mejor esta perspectiva, volver al texto de Lumen Gentium, n. 8c:

Pero como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino a fin de comunicar los frutos de la salvación a los hombres. Cristo Jesús, «existiendo en la forma de Dios..., se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo» (Flp 2,6-7), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8,9); así también la Iglesia, aunque necesite de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y la abnegación, también con su propio ejemplo.

Este gran párrafo ingresa al documento conciliar de la mano del cardenal Lercaro, presidente del Subcomité de teología de la pobreza, ofreciendo a la contemplación del pobre una contundente perspectiva cristológica que impacta en la eclesiología que de ella se desprende

El papa León recupera esta perspectiva contemplativa, para invitar a una acción en favor de los pobres que tiene su origen en una elección que Dios mismo ha realizado. De este modo, y en consonancia con las enseñanzas del papa Francisco, reconoce en la acción en favor de los pobres y en las denuncias de las injusticias infligidas a los más débiles una responsabilidad creyente que brota del llamado a cargar la cruz y levantar al herido a la vera del camino (Lc 10,25-37).

Conclusión

La paz, la justicia y los compromisos socioambientales son presentados, en el magisterio de León, en una trama inseparable. Con un énfasis que se inicia en la predicación de Francisco y sus potentes advertencias sobre el creciente estado de violencia que nos sitúa en una “tercera guerra mundial en pedazos”, y ante la escalada cada vez mayor de confrontación, León hace circular de un modo más intenso las cuestiones que afectan a la justicia y la casa común a través del centro teológico de la paz. Denuncia, en este sentido, a la violencia del prepotente sobre el débil como injusticia a la vez que insiste en que su fuente se encuentra en la permanente mercantilización de la dignidad de los pueblos. Para descubrir estas articulaciones, y concluir esta contribución, sugiero poner la mirada en el Discurso del papa León XIV ante la Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana. Recojo, para reconocer esa síntesis, tres textos del Discurso, en los que aparecen integradas las perspectivas:

En primer lugar,

mantener la mirada fija en el rostro de Jesús nos hace capaces de mirar los rostros de nuestros hermanos. Es su amor el que nos impulsa hacia ellos (cf. 2 Cor 5,14). Y la fe en Él, nuestra paz (cf. Ef 2,14), nos pide que ofrezcan a todos, el don de su paz. Vivimos una época marcada por fracturas, tanto en el ámbito nacional como internacional: a menudo se difunden mensajes y lenguajes que incitan a la hostilidad y la violencia; la carrera por la eficiencia deja atrás a los más frágiles; la omnipotencia tecnológica comprime la libertad; la soledad consume la esperanza, mientras numerosas incertidumbres pesan como incógnitas sobre su futuro

(León XIV, 2025a, sin paginar).

A continuación,

en esta perspectiva, la Iglesia (…) puede y debe seguir promoviendo un humanismo integral, que ayude y sostenga los caminos existenciales de las personas y de la sociedad; un sentido de lo humano que exalte el valor de la vida y el cuidado de cada criatura, que intervenga proféticamente en el debate público para difundir una cultura de la legalidad y la solidaridad

(León XIV, 2025a, sin paginar).

Por último,

en esta línea de cuidado, quisiera recomendar también que se preste atención a los más pequeños y vulnerables, para que se desarrolle también una cultura de prevención de toda forma de abuso. La acogida y la escucha de las víctimas son el rasgo auténtico de una Iglesia que, en la conversión comunitaria, sabe reconocer las heridas y se compromete a aliviarlas, porque “donde el dolor es profundo, aún más fuerte debe ser la esperanza que nace de la comunión” (Vigilia del Jubileo de la Consolación, 15 de septiembre de 2025)

(León XIV, 2025a, sin paginar).

No es posible la paz con la violencia desatada sobre los más débiles. Es en la elección evangélica por el cuidado de los más vulnerables en donde se pone en juego nuestro auténtico humanismo. Nuevamente: la paz, los pobres, la justicia, el cuidado de todas las criaturas y el territorio aparecen como principios constitutivos de un humanismo cristiano que no puede postergar a la humanidad a la estantería de los productos en liquidación.

Disponibilidad de los datos:

Los contenidos en los que se basa el texto de la investigación figuran en el artículo.

Referencias

Correspondencia

Correo: josecarcaa@uca.edu.ar. Dirección: Llavallol 4608 5B, Villa Devoto C1419AKN, Buenos Aires, Argentina.

Editores:

Franklin Alves Pereira y Márcia Eloi Rodrigues.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    21 Set 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    29 Abr 2026
  • Acepto
    21 Ago 2026
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