Resumen:
Entre el 2019 y 2022, un conjunto de “escrituras urgentes” circularon por los espacios públicos con el objetivo de tratar de comprender, pero también incidir políticamente, en el debate sobre lo que suponía la desestructuración final de la experiencia transicional en Chile. Si bien el debate sobre los límites de la transición chilena se había iniciado incluso antes de su propia realización, las escrituras publicadas en pleno desarrollo de la movilización social más grande acaecida desde 1990 introdujo unas nuevas señas de lecturas, nuevas formas de intervenir y performar la realidad, desde editoriales de distinto signo, disputando de forma intensiva y normativa la conceptualización del tiempo presente. Desde la historia intelectual y la teoría de la performatividad, analizaremos de manera particular las narrativas sociopolíticas que conformaron las colecciones 18 de Octubre de la editorial LOM y Libros para la Contingencia de editorial Pehuén, por su importante posición en el campo intelectual chileno, particularmente con el objetivo de comprender cómo actuaron intrincadamente el campo editorial independiente y los intelectuales críticos, en un período donde la disputa por la nominación del tiempo se volvió central.
Palabras claves:
intelectuales; narrativas sociopolíticas; campo editorial; tiempo presente; performatividad
Abstract:
Between 2019 and 2022, a set of “urgent writings” circulated through public spaces with the aim of trying to understand, but also to politically influence, the debate about what the final destructuring of the transnational experience in Chile meant. Although the debate on the limits of the Chilean Transition had begun even before it took place, the writings published in the midst of the largest social mobilization since 1990 introduced new signs of readings, new ways of intervening, and performing reality, from publishers of different kinds, intensively and normatively disputing the conceptualization of the present time. From the perspective of intellectual history and the theory of performativity, we will specifically analyze the sociopolitical narratives that compromised the collections 18 de Octubre by LOM Ediciones and Libros para la Contingencia by Pehuén Ediciones, due to their widespread distribution and important position in the Chilean intellectual field. This will help us understand how the independent publishing sector and critical intellectuals played an intricate role in a period where the dispute over the nomination of time became central.
Keywords:
Intellectuals; Sociopolitical Narratives; Editorial Field; Present Time; Performativity
Resumo:
Entre 2019 e 2022, um conjunto de “escritas urgentes” circulou nos espaços públicos com o objetivo de tentar compreender, mas também de influenciar politicamente, o debate sobre a desestruturação final da experiência de transição no Chile. Embora a discussão sobre os limites da transição chilena já tivesse começado antes mesmo de sua concretização, as publicações surgidas em meio à maior mobilização social desde 1990 introduziram novas chaves de leitura e novas formas de intervir e performar a realidade a partir de editoras de diferentes perfis. Elas disputaram de forma intensa e normativa a conceitualização do tempo presente. A partir da história intelectual e da teoria da performatividade, analisaremos, de maneira particular, as narrativas sociopolíticas que compuseram as coleções 18 de Octubre da editora LOM e Libros para la Contingencia da editora Pehuén, dada a sua importante posição no campo intelectual chileno. O objetivo é compreender como o campo editorial independente e os intelectuais críticos atuaram de forma intrincada em um período em que a disputa pela nomeação do tempo se tornou central.
Palavras-chave:
intelectuais; narrativas sociopolíticas; campo editorial; tempo presente; performatividade
Introducción
El 18 de octubre de 2019 puede ser interpretado como un acontecimiento de naturaleza “compleja”. Siguiendo a Romano (2007), se trató de un “cambio que sobreviene en el ordenamiento de las cosas, que modifica este orden sin por ello transformarlo, y que se produce siempre, por consiguiente, en el horizonte del mundo” (pp. 115-116). A la vez, instauró un horizonte abierto, aún inconcluso, cuya temporalidad se resiste a ser clausurada e inscrita en una cronología histórica cerrada. En la lógica del mismo autor, “el acontecimiento altera toda cronología factual, mientras el hecho se incorpora en ella. El acontecimiento hace época, hace crisis, el hecho la sufre” (Romano, 2007, p. 111). Ese viernes de octubre condensó ambas dimensiones: desbordó las narrativas dominantes y reveló una fractura en el pacto social que había sostenido el modelo económico y político heredado de la transición. La consigna “No son 30 pesos, son 30 años” operó como síntesis temporal y política, signando el 18 de octubre con un carácter dual: clausura de un tiempo agónico e irrupción de un presente inédito.
Este artículo examina las narrativas político-sociales surgidas como “escrituras urgentes”, gestadas en simultaneidad con los hechos y difundidas por circuitos editoriales, prensa, televisión y espacios comerciales. Estas textualidades no solo interpretaron el presente, sino que buscaron intervenirlo, disputando su sentido y proyectando futuros posibles en el marco del llamado “momento constitucional”.
El corpus de fuentes seleccionado -las colecciones 18 de Octubre de Editorial LOM y Libros para la Contingencia de Editorial Pehuén- forma parte de una red más amplia de sellos que participaron en este proceso escritural y de disputa por el sentido. No obstante, reviste especial interés porque ambas editoriales no se limitaron a publicar textos aislados, sino que concibieron colecciones coherentes, reuniendo a un conjunto de autores y narrativas en un espacio editorial independiente, con voces críticas hacia el modelo democrático vigente, y activando de manera explícita la dimensión política de la escritura.
Si bien existieron numerosas publicaciones, muchas de ellas aparecieron como obras individuales editadas por sellos comerciales transnacionales, con enfoques de carácter más comprensivo, pero sin una intención performativa claramente diseñada para intervenir en el espacio público, lo que tendió a fragmentar y obturar diálogos más articulados.
Nuestra muestra permite examinar la configuración y disputa del tiempo social, entendido no solo como construcción simbólica, sino también como un campo de lucha política por la apropiación del porvenir (Faure, 2020). Este análisis privilegia el debate intelectual, atendiendo a la performatividad de las narrativas, al papel del campo intelectual independiente y a la escritura como acto político, en un trienio signado por la incertidumbre, la expectativa y la redefinición de la experiencia societal chilena.
Los acontecimientos desatados con el 18 de octubre generaron una oleada de narrativas sociopolíticas -“ensayos urgentes”- que, como observa Moyano (2021), se insertan en un ciclo editorial heredero de las “narrativas del malestar” iniciadas en los años noventa. Estas denunciaban al modelo neoliberal y a la democracia restringida como obstáculos para romper con la sociedad creada en dictadura y consolidada en la transición. En clave de historia intelectual, estas narrativas funcionan como modos de conocimiento y como componentes pragmáticos de la acción (Ramos, 2014, p. 154), ya que otorgan forma semántica a experiencias difusas y las convierten en problemas públicos. Según Ramos, al circular masivamente, pierden su carácter hipotético propio de las ciencias sociales y adquieren estatus de “afirmaciones fácticas” (Ramos, 2014, p. 152).
Complementariamente, Danilo Martuccelli (2021) advierte que, en un breve lapso, las interpretaciones del estallido se convirtieron en “verdaderas áreas de pugna interpretativa” (p. 104), evidenciando que la lucha por el significado del acontecimiento fue parte sustantiva del debate político. Así, abordar el 18 de octubre de 2019 desde la historia intelectual implica comprender que las ideas emergen en contextos de disputa, encarnadas en actores, textos y prácticas discursivas que buscan incidir en la configuración del tiempo histórico. El estallido social activó un proceso de aceleración interpretativa, en el que distintos marcos conceptuales se pusieron en juego para dotar de sentido a un presente aún en formación.
En términos koselleckianos (1993), nos encontramos ante una rearticulación profunda entre el espacio de experiencia y el horizonte de expectativas. El primero, moldeado por tres décadas de transición democrática y neoliberalismo, se vio interpelado por nuevas subjetividades; el segundo, hasta entonces canalizado en promesas graduales de reforma, se expandió hacia la demanda de transformaciones estructurales, condensadas en el “momento constitucional”. En esa misma línea, rescatamos la propuesta de François Hartog (2007), quien plantea que toda sociedad habita un “régimen de historicidad” que organiza su relación con el pasado, el presente y el futuro. El 18-O catalizó un desplazamiento de ese régimen: del predominio de un presentismo tecnocrático hacia un presente saturado de futuro, donde la apertura de expectativas se convirtió en terreno de pugna política.
En ese plano, coincidimos con Paul Ricoeur (1995) cuando subraya que la narrativa no solo cuenta lo ocurrido, sino que lo configura, integrando temporalidades dispares en una trama dotada de sentido. Las “escrituras urgentes” del estallido, en este sentido, son actos de configuración del tiempo colectivo: seleccionan causas, identifican actores y proyectan desenlaces, performando la crisis y orientando la acción política. En suma, las narrativas intelectuales del 18-O constituyen un archivo en disputa que exige ser leído como intervención estratégica. Más que cerrar el acontecimiento en una cronología acabada, este artículo lo reconoce como un tiempo abierto, cuyo desenlace -y su inscripción definitiva en la historia- sigue librándose en el terreno de las ideas y las palabras.
La escritura urgente: las colecciones 18 de Octubre de Editorial LOM y Libros para la Contingencia de Editorial Pehuén
La “escritura urgente” designa un tipo singular de producción textual que se distingue tanto por su materialidad como por su espesor performativo y normativo. Su especificidad radica en que surge en la inmediatez del acontecimiento, capturando y configurando un presente todavía en curso. Estas narrativas no se conciben como productos aislados, sino como intervenciones dirigidas a una comunidad prefigurada de lectores, capaz de reconocer en ellas no solo un registro de lo ocurrido, sino un llamado a participar de su resignificación. Forman parte de un entramado donde convergen actores, dispositivos técnicos y circuitos de circulación históricamente situables, lo que obliga a abordarlas como fenómenos inseparables de las condiciones materiales e institucionales que posibilitan su emergencia.
Como advierte Chartier (2006), la relación entre obra y mundo social no se limita a la apropiación estética o simbólica de objetos, lenguajes y prácticas rituales. Más bien, implica un tejido de relaciones múltiples e inestables entre el texto y sus materialidades, entre la obra y sus inscripciones (pp. 10-11). Este énfasis en la materialidad no es accesorio: condiciona tanto la forma de la escritura como sus modos de circulación y, en consecuencia, sus efectos políticos.
El corpus que aquí se examina reúne textos con una clara vocación interpretativa, productos sociales moldeados por la ciencia social crítica y orientados a disputar las representaciones legítimas de la realidad. En su mayoría ensayos - de autoría individual o colectiva-, se sitúan deliberadamente en el campo de la contingencia, buscando incidir en el devenir inmediato de los acontecimientos y en la contemporaneidad de las demandas sociales. Como sostiene Tarcus (2020), el campo intelectual es un espacio de acumulación de capital cultural, de defensa de posiciones de prestigio y poder, y de construcción de alianzas, agrupamientos y redes que trazan fronteras, generan confrontaciones e impulsan impugnaciones (p. 21). En este marco, la “escritura urgente” opera como arma discursiva y como práctica de posicionamiento en un campo en disputa.
Estos textos comparten lo que Chartier (2017) denomina una “voluntad de verdad como poder de exclusión” (p. 22). Se trata de discursos que, gobernados por su propia reificación crítica, despliegan estrategias de persuasión, recursos retóricos y formas de organización de la evidencia para consolidar su pretensión de legitimidad. Elaborados desde marcos críticos, decoloniales y subalternos, persiguen instalar interpretaciones capaces de erosionar la gubernamentalidad inscrita en las normativas textuales del neoliberalismo, o de performar -mediante datos, testimonios y relatos- una realidad que, al ser enunciada, adquiere inscripción política.
Tal como señalan Mackenzie (2009) y Callon (2007), algunos textos fundamentados en la ciencia social no solo describen el mundo, sino que actúan como guías para la acción, configurando patrones de comportamiento colectivo. Este corpus se adscribe a esa lógica: su alta densidad normativa se manifiesta, por ejemplo, en la disputa terminológica en torno a categorías como “estallido”, “revuelta”, “rebelión” o “protesta social”, entendidas no como simples descriptores, sino como operadores semánticos que moldean la interpretación de los hechos y las posibles respuestas políticas.
La inscripción de estas narrativas en formato libro no es neutra. Reconocidas por las editoriales como instancias legítimas de producción de saber, operaron de forma simultánea en tres niveles: generando conocimiento, desplegando performatividad y proponiendo normatividad. Su circulación rompió con los tiempos editoriales convencionales: la urgencia impuso ritmos de producción, distribución y presentación que coincidieron con el desarrollo mismo de los acontecimientos narrados. Esta ruptura temporal subvierte el modelo del “libro experto”, sujeto a evaluaciones de pares y procesos de revisión prolongados, e introduce una inmediatez que explicita su dimensión política. En este sentido, la escritura urgente se opone al paradigma de la objetividad cientificista y su pretendida asepsia epistémica, que históricamente ha sabido ocultar sus sesgos ideológicos en los intersticios de los marcos teóricos y las metodologías disciplinarias.
Estas prácticas se vinculan con la revitalización de la investigación social crítica en Chile desde mediados de los 2000. Este enfoque, por definición evaluativo, incorpora de forma explícita o implícita valores como justicia, autodeterminación, libertad, igualdad, inclusión, reconocimiento o buen vivir. Sin embargo, como advierte Harcourt (2022), tales componentes normativos suelen permanecer tácitos, invisibles en la estructura argumentativa, lo que constituye una de las facetas más opacas de la investigación crítica, pese a su creciente tematización. En este sentido, la escritura urgente constituye una excepción: explicita su normatividad, ya sea en el contenido individual de cada obra o en la fuerza coral de un conjunto que reivindica valores como igualdad, solidaridad, justicia social, reconocimiento de la mujer, cuidado del medio ambiente, derechos sociales, inclusión y justicia global.
No obstante, la investigación crítica, incluso aquella asociada a la escritura urgente, se mueve en un terreno de incertidumbre que autores como Habermas, Kuhn, Latour, Foucault o Nietzsche han problematizado: ¿cuál es el valor intrínseco de los valores? ¿Cuál es su productividad política real, su capacidad de orientar la acción o de defender la vida? Estas preguntas permanecen abiertas, sometidas a una reflexión y disputa permanentes (Harcourt, 2022). La respuesta no se encuentra únicamente en el plano teórico, sino en la capacidad del campo crítico para convocar diálogos normativos más amplios, atentos a las exclusiones y a las posiciones socioculturales o socioeconómicas sistemáticamente omitidas.
En última instancia, la normatividad no es un adorno de estas escrituras, sino su núcleo operativo. Constituye el puente entre el diagnóstico crítico y la proyección de horizontes políticos; entre la interpretación del presente y la disputa por el futuro. La escritura urgente, al explicitar esa normatividad y situarla en el centro de su estrategia discursiva, no solo interviene en el campo intelectual, sino que se convierte en una práctica de lucha social, inseparable de las tensiones históricas y políticas que la originan.
La editorial Pehuén y la colección Libros para la Contingencia
Así lo expresa por ejemplo la editorial Pehuén, cuando diseña la colección Libros para la Contingencia (2024), indicando que, más allá de las fechas de publicación de los textos, este conjunto coral se reúne para alimentar “las discusiones que debemos tener hoy, en torno a los conflictos políticos y sociales que arrastra nuestro país hace décadas”, incidiendo con ello en la disposición del tiempo. El tema es contingente, pero se inscribe en una problemática de larga duración y es esa dimensión estructural la que, al revelarse, se vuelve política. En su llamado a la lectura de la colección que está compuesta por 13 libros, se puede leer: “Amigos y amigas de Pehuén, en este histórico momento les sugerimos algunos títulos que pueden servir para entender lo que entre todos estamos construyendo y lo que viene en el futuro, ahondando en conceptos como Plurinacionalidad, Nuevo pacto social, Derechos ciudadanos y Nueva Constitución desde la perspectiva de las Naciones Originarias. Invitamos a compartir los contenidos de nuestras publicaciones con precios ‘populáricos y agitadóricos’” (Libros para la Contingencia, 2024).
Los libros que conforman esta colección tienen características relevantes: fueron escritos a partir del año 2000, trabajaron nociones referentes al buen vivir, la inclusión, la identidad, la interculturalidad y pusieron como centro la temática que se genera a partir del denominado “conflicto mapuche”. Sus autores, en su mayoría varones (Figura 1), fueron intelectuales indígenas como Fernando Pairicán, Javier Milanca, Davidad Añiñr, que compartieron espacios con otros jóvenes historiadores como Martín Correa, un premio Nacional de Historia como Jorge Pinto, un destacado antropólogo como Rolf Foerster y un conocido político nacional como Francisco Huenchumilla, mostrando la importancia de la interacción generacional y primacía del género masculino entre quienes fueron parte del campo intelectual de oposición a la dictadura militar, con intelectuales vinculados a los nuevos movimientos sociales de los años 2000 (Figura 2), entre los que predominaron académicos (principalmente cientistas sociales e historiadores), gestores culturales y artistas que dispusieron, además, de fuertes vínculos con políticos de los partidos que lideraron la transición, pero que fueron muy críticos de las políticas de interculturalidad que se implementaron en esos primeros 10 años, donde se acuñó con fuerza la idea de deuda histórica y nuevo trato.
En un país donde la historia reciente ha sido atravesada por revueltas, crisis institucionales y refundaciones imaginadas, la colección Libros para la Contingencia de Editorial Pehuén emerge como una red de enunciación situada. En esta serie editorial no se trató simplemente de publicar libros “de urgencia”, sino de intervenir en el presente desde múltiples dispositivos -textuales, afectivos, editoriales y políticos. Así tomando elementos de la teoría del actor red de Bruno Latour (1987), mapeamos los principales ejes de debate que atraviesan esta constelación editorial.
En esta colección, “la contingencia” no puede ser entendida como un accidente que irrumpe desde afuera, sino como el efecto de múltiples agencias que se reconfiguran en tiempo real. Los libros de Pehuén no “reflejan” una crisis; son parte constitutiva de la red que produce su inteligibilidad. Así, la colección actúa como un dispositivo de ensamblaje: reúne a académicos, activistas, editores, traductores, lectores y plataformas de circulación en una constelación donde la urgencia no es solo temporal sino epistémica. En este sentido, los libros de Pehuén también operaron como traductores entre campos que suelen estar separados. La colección acogió voces de pueblos indígenas, feminismos, ecologismos y otras formas de saber no-hegemónico que desafiaron el monopolio del conocimiento experto. Pero lo hace no desde la inclusión liberal, sino desde una reconfiguración de las redes de enunciación: una sociología simétrica del conocimiento, donde cada actor -sea una machi, una filósofa o un colectivo barrial- posee agencia en el debate público.
Así, es posible afirmar que la editorial Pehuén operó como mediador ontológico, en tanto agente no neutro, sino que transformando aquello que transporta. Pehuén, en tanto editorial contrahegemónica e independiente (Symmes, 2015), no se limitó a “difundir ideas”, sino que actuó explícitamente en la coyuntura del 2019 como un mediador que pretendía configurar formas de pensar, decir y sentir la política. La materialidad de los libros (diseño, circulación, formatos) y su aparición en ferias, universidades, redes sociales o radios comunitarias los inserta en redes afectivas y epistémicas que multiplicaron los modos de habitar el presente. Se trata de dispositivos ontológicos que reconfiguran lo político más allá del Estado, lo que Latour (2007) llamaría una “política de la naturaleza” -es decir, de lo común.
Por último, uno de los núcleos más pertinentes para pensar esta colección es la idea de la negación de un único mundo verdadero. La colección de Pehuén nos abre hacia una ontología pluralista, donde coexistieron múltiples modos de existencia, poniendo en diálogo mundos diversos: el mapuche, el feminista, el de las juventudes subalternizadas, el del barrio, el del archivo popular. No se trató de “sumar identidades”, sino de multiplicar agencias. En este sentido, los libros se constituyen como controversias: lugares donde se negocian los sentidos del presente, no como algo dado, sino como algo en disputa. En ese plano se pueden destacar los textos como Malon. La Rebelión del Movimiento Mapuche, 1990-2013 de Fernando Pairicán; Xampurria, somos del Lof los que no tienen Lof de Javier Milanca Olivares; Conflictos étnicos, sociales y económicos en la Araucanía 1900-2014 de Jorge Pinto Rodríguez (editor) o ¿Pactos de sumisión o actos de rebelión? Una aproximación histórica y antropológica a los mapuches de la costa de Arauco, Chile de Rolf Foerster.
Junto con lo anterior, queremos destacar que la colección de Pehuén desplegó redes de circulación que desafiaron las lógicas tradicionales de la industria editorial. Se difundió por redes sociales, radios universitarias, ferias populares, bibliotecas autogestionadas, redes académicas, medios alternativos y plataformas comunitarias. Esta circulación no fue marginal, sino constitutiva del dispositivo. Es precisamente allí donde se logran vislumbrar las huellas que activaron las alianzas, resistencias y traducciones que permitieron que estos libros fueran actores en la red y no solo objetos de lectura. Dos ejemplos emblemáticos, por las veces en que se hicieron sus presentaciones y la multiplicidad de lugares donde se realizaron, son La historia del despojo. El origen de la propiedad particular en el territorio mapuche, de Martín Correa, con más de 10 presentaciones (Universidades de la capital, de regiones, centros culturales, juntas de vecinos, ferias de libros) a lo largo de todo Chile, y La Biografía de Matías Catrileo, de Fernando Pairicán, que también tuvo numerosas reseñas1 y presentaciones, en pleno desarrollo del estallido social, donde la figura de Catrileo se convirtió en emblema de resistencia y significado de plurinacionalidad.
Estos libros, en su gran mayoría resultados de investigaciones con financiamiento estatal o directamente de la editorial, encomendados para su escritura, circularon en el espacio público con ventas (varios de ellos agotados) en las principales librerías del país y con ediciones que fueron desde los 500 a los 1000 ejemplares, número significativo para publicaciones de las humanidades y ciencias sociales en el país.
La gran mayoría de ellos fueron reseñados en revistas indexadas2 y medios de comunicación3, que constituyen parte del campo intelectual, y se releyeron o se publicaron en la emergencia de la conflictividad, combinando la escritura militante con la de militantes, manifestando la explícita normatividad respecto de los debates que en su momento tomaron gran relevancia respecto de la revuelta social y el proceso constituyente, en donde la autodeterminación y la plurinacionalidad se convirtieron en grandes conceptos que circularon ribozomáticamente en movimientos sociales, en las nuevas demandas sociopolíticas y en el debate constitucional (Figura 3).
La colección Libros para la Contingencia no constituye simplemente un gesto editorial frente a un momento histórico excepcional, sino una intervención material, política y ontológica en las redes que producen la contingencia misma. No es una colección sobre la crisis, sino una parte activa de las controversias que le dan forma. Si, como decía Latour (2007), “jamás fuimos modernos”, entonces quizás tampoco los libros deban serlo: no deben ilustrar un acontecimiento desde afuera, sino participar en su ensamblaje desde adentro, ampliando los modos posibles de componer un sentido común.
El primer libro de la colección se publicó en 2014 por Paloma Valenzuela, titulado La ciudadanía también es mía, para introducir a los niños y niñas en la formación cívica y acuñando nociones como ciudadanía infantil y de sus derechos. Cuatro años después vino el estallido y la noción de ciudadanía se puso en el debate, por ello Pehuén la trasladó de su origen primario a la colección de Libros para la Contingencia. Esta continuó con otros publicados en 2009, 2014, 2015, 2017, 2018, 2021 y 2022, y que hemos mencionado previamente. Todos tuvieron una vinculación expresa con los debates de su propio momento de escritura y publicación, pero, reunidos en el contexto del estallido, la contingencia operó como ensamblaje de una lectura histórica de un Chile centralizado, excluyente, blanco, occidental, patriarcal y con una gran deuda del reconocimiento de los y las otras y más en particularmente de nuestra propia interculturalidad, para avanzar en el sueño de un Chile plurinacional.
La colección 18 de Octubre: disputando la contingencia con nuevas escrituras
El otro corpus de textos que constituyen parte de las narrativas urgentes fue el que produjo la editorial LOM, nacida en 1990, en los inicios de la transición, con la “esperanza de una vida distinta” que albergaba la idea, en voz de sus fundadores,
de que volveríamos a vivir sin miedo, que podríamos reconstruir las confianzas, que recuperaríamos la palabra y con ella la memoria cercana y lejana de nuestro quehacer social, de las luchas libradas para conquistar la paz y la democracia, que volveríamos a recuperar una serie de derechos vulnerados, derechos ciudadanos vitalmente necesarios para rehacer el camino democrático: derechos sociales, políticos, económicos y culturales. Quienes lideraron el proceso de transición, acuñaron toda esa esperanza en la consigna “la alegría ya viene”, la que tomaba forma de promesa, que para una gran mayoría parecía que haría reconocimiento además de los dolores y las luchas que el pueblo había librado por la conquista democrática…, alegría que unos cuantos veían con escepticismo. (Araya, 2024)
Sus fundadores fueron parte de esos escépticos y consignaron el nombre “sol” en la lengua yámana o yagana (LOM) como un gesto de “recuperar y hacer visible las huellas del olvido, donde la promesa de la ʻmodernidadʼ hizo caso omiso de esas culturas y esas vidas” (Araya, 2024). La metáfora del sol austral, esquivo y frecuentemente oculto en nubes borrascosas, en una lengua indígena casi en extinción, venía a poner en imágenes los inicios de un proyecto en el que
[i]mprimir-publicar, multiplicar las ideas fueron palabras atrayentes, mágicas y, por lo mismo, desafiantes, que se transformaron en pasión y opción de vida para los gestores de esta iniciativa, quienes, además, “leían” el nuevo ciclo a la luz de un ideario que ha recorrido la historia y ha estado muy presente en los tiempos de cambio hacia sociedades más democráticas, cual es el poder, la fuerza liberadora y alcance del texto escrito. (Araya, 2024)
El proyecto editorial, inicialmente familiar y al que se fueron sumando profesionales en diagramación, edición y otros, tuvo su centro neurálgico en el área de la historia, las ciencias sociales y la literatura, articulando voces de autores tan relevantes como Tomás Moulian, Julio Pinto, Mario Garcés, Manuel Antonio Garretón, Gabriel Salazar, Alfredo Joignant, Hugo Fazio, Olga Grau, Doris Elter, entre otros y otras, ubicados en el campo intelectual contrahegemónico de la larga transición chilena.
Por su parte, la colección 18 de Octubre fue concebida casi al mismo momento en que se estaban sucediendo los acontecimientos desplegados a partir del estallido o revuelta. Compuesta por 20 libros, se diferencia de la de Pehuén en algunos aspectos sustantivos. En primer lugar, la mayoría de ellos fueron encargados por el comité editorial, compuesto por 14 intelectuales de izquierda, con gran prestigio nacional e internacional, quienes dispusieron de los tiempos, contactaron a autores y encargaron las publicaciones, con la decidida y abierta intención de disputar las nociones, conceptos e ideas de un Chile que parecía florecer y despertar de una larga agonía neoliberal.
El primero de ellos nació de la recopilación de una serie de análisis de coyuntura, escrito por Mario Garcés, mientras ocurrían los sucesos. Muchos de nosotros, sus colegas en la Universidad de Santiago de Chile, los conocimos inicialmente en formato MS Word compartido por correo electrónico, con el objetivo inicial de registrar y desentrañar lo que estaba ocurriendo. Era como si la escritura tuviera ese poder de volver inteligible aquello que no podíamos consensuar y que nos había tomado por sorpresa. Así, en los pasillos del departamento de historia de la Usach, Mario compartía sus reflexiones que nos remitían a esas prácticas de los años 80, cuando hacer análisis de coyuntura era parte de la producción de saber en las ONG del campo intelectual de oposición a la dictadura militar (Moyano, 2016). Alguna vez, uno de nosotros le dijo a Mario, mientras conversábamos tomando un café, que estos textos se parecían mucho a lo que había hecho años atrás junto a Gonzalo Delamaza, cuando registraba sistemáticamente las jornadas de protesta social entre 1983 y 1984 (Garcés; Delamaza, 1985). La memoria se reposicionaba en nuestro presente4.
Fueron tiempos de muchas presentaciones, mesas redondas, que circularon en espacios académicos y abiertos al público en general, porque los autores mezclaban un campo donde se vinculaban el arte, la academia y el activismo político de nuevos movimientos sociales.
Ese carácter marcó una escritura más ensayística, de toma de posición, menos encriptada por las marcas de la academia asociada a un resultado de investigación. De escritura directa y simple, activistas, constituyentes y artistas plasmaron sus lecturas del presente y compartieron espacio coral, en la misma colección con los siempre densos y abigarrados textos de los consagrados intelectuales como Nelly Richard, Gabriel Salazar o Danilo Martucelli, con una relación más equitativa de género que la colección de Pehuén (Figura 5), da la fuerte presencia del debate feminista en esta. Esta mixtura da cuenta de la porosidad que tuvo el campo intelectual de izquierda en esos cortos años y la recuperación de la centralidad de la escritura como acto de la política que ciudadaniza (Figura 6). Así, su propio formato, de 12 x 20 cm, permitía un fácil traslado y circulación. Fueron expresamente diseñados como textos cortos, escritos para la coyuntura y la contingencia, disputando los sentidos de la revuelta, de sus causas y de las múltiples demandas que allí hacían crisol.
Así, esta colección puede entenderse como una toma de posición deliberada en un campo de lucha simbólica, donde se disputan los sentidos legítimos de lo político, lo social y lo cultural. No se trata únicamente de un gesto editorial, sino de una intervención estratégica en la construcción de sentido, que se inscribe en la tradición de las batallas por la hegemonía cultural. Los autores -sociólogos, historiadores, artistas, activistas- ejercieron un trabajo que podríamos calificar como el de “profetas laicos”: sujetos que, desde el campo intelectual, asumen la tarea de disputar el monopolio de la interpretación del acontecimiento, hasta entonces hegemonizado por los aparatos del Estado, los medios de comunicación concentrados y la tecnocracia académica.
La publicación rápida y el formato accesible de estos libros obedecen a una doble lógica: por un lado, la urgencia de intervenir en la coyuntura antes de que el sentido del 18-O fuera capturado y neutralizado por los discursos dominantes; por otro, la necesidad de posicionarse en el campo intelectual, acumulando capital simbólico en la disputa por definir los marcos legítimos del presente. La coyuntura del estallido generó una apertura inusual del campo político, creando las condiciones para que el campo intelectual, aunque limitado por las relaciones de poder más amplias, ejerciera una autonomía relativa que le permitió incidir en la definición de lo social y en la legitimación de ciertas narrativas sobre el conflicto.
En este contexto, el estallido social chileno, tal como se presenta en los libros de la colección, puede leerse como la irrupción de un habitus popular históricamente marginado. Las formas de protesta -desde la evasión masiva en el metro hasta los cacerolazos, las marchas multitudinarias y las expresiones artísticas callejeras- condensaron un saber práctico acumulado en la experiencia del sufrimiento estructural. Este saber no se articuló a través de las gramáticas discursivas tradicionales del campo político-institucional, sino mediante el cuerpo, el territorio y la memoria colectiva.
Autores como Verónica Gago, Malucha Pinto, Nelly Richard o las compilaciones feministas de la colección problematizan esta dimensión corporal y afectiva del conflicto, subrayando que la protesta no es solo un acto racional de demanda, sino una praxis encarnada que moviliza sensibilidades, gestos y memorias. Podría decirse que se trató de la reactivación de habitus subalternos que, al irrumpir en el espacio público, denuncian la violencia simbólica de las instituciones que han naturalizado su exclusión: la escuela, la policía, el mercado, la familia patriarcal. La acción política, en este registro, no se limita a la enunciación verbal de un programa, sino que se despliega como performatividad colectiva que subvierte los códigos dominantes del orden social.
Uno de los ejes más constantes en los textos de la colección es la crítica a la hegemonía neoliberal y a su reproducción mediante mecanismos de violencia simbólica, entendida como la imposición de significados por parte de los grupos dominantes, internalizados y aceptados como legítimos por los dominados. El discurso del mérito, la movilidad individual, la tecnocracia y la “normalidad” institucional aparecen interpelados como formas de dominación que operan, no principalmente por la coacción física, sino por la creencia socialmente compartida en su legitimidad.
En este sentido, La revuelta, de Carlos Pérez Soto, constituye un ejemplo paradigmático: el autor analiza cómo el neoliberalismo ha configurado una subjetividad fragmentada, disciplinada por la deuda y el consumo, pero a la vez tensionada por una frustración creciente que erosiona sus fundamentos. La revuelta, bajo esta lectura, no sería una mera reacción episódica, sino un momento de reconfiguración del sentido común, una ruptura de las coordenadas simbólicas que sostienen la dominación. La resistencia no solo desafía la coerción material, sino que desestabiliza las categorías fundantes del orden neoliberal.
Otros de los títulos de la colección -como Tejer y (des)tejer símbolos: disputas y representaciones en el espacio público, De triunfos y derrotas: narrativas críticas para el Chile actual, Violencias y contraviolencias, Vivencias y reflexiones sobre la revuelta de octubre en Chile- abordan, desde perspectivas diversas, la exclusión sistemática de las clases populares del acceso al capital cultural legítimo. Este análisis implica una crítica directa a la monopolización de dicho capital por parte de los sectores dominantes, quienes determinan qué formas de conocimiento, qué estéticas y qué racionalidades políticas son consideradas válidas y, por tanto, merecedoras de visibilidad y reconocimiento.
La apuesta editorial de la colección subvierte esta distribución desigual del capital cultural al acoger saberes populares, lenguajes artísticos alternativos, crónicas barriales y reflexiones provenientes de tradiciones feministas o indígenas (Figura 6). No se trata solo de incorporar voces marginalizadas, sino de reconfigurar los criterios mismos de legitimidad intelectual y estética. En ese sentido, el trabajo editorial adquiere un carácter político explícito: mediante la selección de textos, el diseño gráfico, la autoría diversa y la circulación en espacios no hegemónicos, se propone una redistribución simbólica que cuestiona la arquitectura misma del campo cultural.
Este gesto tiene implicancias profundas. Por un lado, desafía la noción de que la producción intelectual válida debe ajustarse a formatos, estilos y cánones definidos por instituciones legitimadas -universidades, think tanks, grandes medios-, revelando que tales criterios son parte de un régimen de verdad que excluye, invisibiliza y subordina. Por otro lado, desplaza la frontera entre cultura legítima y cultura subalterna, situando a esta última no como residuo anecdótico, sino como fuente legítima de conocimiento crítico y de creatividad política.
En síntesis, la colección no es simplemente un conjunto de libros sobre el estallido social: es una intervención en la estructura misma del campo intelectual, una apuesta por redistribuir el capital simbólico y por alterar las jerarquías de validación del saber y la estética. Se mueve así en el doble registro de la urgencia -que busca intervenir en la coyuntura antes de que el relato sea capturado por los discursos hegemónicos- y de la estrategia a largo plazo, orientada a consolidar nuevas legitimidades culturales y políticas.
Una de sus características materiales, en esta línea, es que un porcentaje significativo de los libros de la colección se escribieron con más de un/a autor/a, lo que implicó coordinar equipos con encargados editoriales al mismo tiempo que se hacía activismo. El mejor ejemplo de ello son las escrituras que en esta colección tratan los temas de los feminismos contemporáneos o los de la vivienda.
Así, la disposición de esta colección estaba abiertamente contaminada por su contexto. Fueron libros nuevos, no reeditados para la contingencia, sino que escritos para performar la realidad, ya que en contextos de crisis se produce una histéresis del habitus, es decir, una des-sincronía entre las disposiciones adquiridas y las nuevas condiciones objetivas. El estallido social fue leído en los textos como precisamente ese momento de desajuste, donde las disposiciones anteriores ya no servían para habitar el presente.
Recogiendo expresiones musicales, demandas de movimientos sociales, debates políticos constitucionales, fotografías y poesía, que junto a la ciencia social más clásica, articularon una comunidad de lectores, que reunió intergeneracionalmente tanto a los viejos críticos de la transición, como a los emergentes movimientos sociales y las demandas de actores estudiantiles, feministas y en menor medida de indigenistas y medioambientalistas, que articulan el denso y complejo campo de la nueva izquierda latinoamericana. Los libros registraron, desde diferentes ángulos, ese colapso de las coordenadas tradicionales del sentido, ya que para los y las autoras las instituciones perdían legitimidad, las categorías perdían su eficacia y se abría un momento de indeterminación radical. Pero es precisamente en ese espacio de crisis donde se podía disputar el campo. La colección aparece entonces como un intento por nombrar lo innombrable, por producir nuevas categorías de análisis y de acción, por ensayar un lenguaje para lo que aún no existe.
Por último, indicar que este esfuerzo editorial es relativamente único en Chile y da cuenta de un campo intelectual de izquierda que tiene aspiraciones de incidir mediante el debate escrito y letrado, combinando las presentaciones con podcasts y otros elementos multimediales mediante los que se difundieron los contenidos de los textos. La pandemia y estas nuevas formas de sociabilidad fueron, sin duda, parte de la experiencia compartida de muchos intelectuales críticos que depositaron la esperanza del cambio de la estructura institucional que, finalmente, no cambió. Sin embargo, más allá de los potenciales performáticos, estas escrituras y sus lecturas alimentaron un debate que, si bien no logró ser hegemónico5, dinamizó la escena intelectual y volvió a vincular fuertemente la política con lo político.
Dicha colección culmina con un texto titulado De triunfos y derrotas: narrativas críticas para el Chile actual que, de acuerdo a LOM, reúne a antiguos escritores de los “malestares de los años 90” con intelectuales y activistas de nuevas generaciones. Como versa su descripción, “no es fácil pensar la derrota, menos cuando las izquierdas creían estar ad portas del fin del neoliberalismo y de la apertura de un nuevo ciclo político, social y económico, como auguraba el texto constitucional que finalmente fue rechazado el 4 de septiembre del 2022” (Colección 18 de Octubre, 2023). Es un libro icónico, un libro que busca reparar la herida lacerante, para “pensar, imaginar y construir nuevos derroteros” (Colección 18 de Octubre, 2023). Más allá de su objetivo, marcó también un repensar la escritura urgente y sus alcances.
Conclusiones
El examen de las colecciones 18 de Octubre de Editorial LOM y Libros para la Contingencia de Editorial Pehuén permite afirmar que las llamadas “escrituras urgentes” constituyen no solo un registro textual de un momento excepcional de la historia chilena, sino también una práctica política y ontológica que interviene activamente en la producción del acontecimiento mismo. La especificidad de este corpus reside en su doble temporalidad: surge en la inmediatez del 18-O, cuando los marcos interpretativos aún se hallaban en disputa, y al mismo tiempo se inscribe en tradiciones intelectuales de larga duración que hunden sus raíces en las críticas al modelo neoliberal y a la democracia restringida heredada de la transición. Este cruce de temporalidades configura una narrativa que, siguiendo a Ricoeur (1995) no se limita a contar lo ocurrido, sino que da forma al tiempo histórico, articulando un horizonte de expectativas en tensión con el espacio de experiencia.
En este sentido, tanto LOM como Pehuén operaron como mediadores no neutrales, en el sentido de que no trasladaron simplemente ideas de un lugar a otro, sino que las transformaron en el proceso, configurando redes de actores -intelectuales, movimientos sociales, lectores, dispositivos editoriales- que reconfiguraron el campo de lo político. Pehuén lo hizo integrando saberes subalternos y perspectivas indígenas, feministas y ecologistas, desplazando el eje de la inclusión liberal hacia una ontología pluralista donde múltiples modos de existencia coexisten y se interpelan. LOM, por su parte, articuló un espacio coral en el que la academia crítica, el arte y el activismo se entrelazaron en un gesto deliberado de disputar el sentido del presente, reconociendo en la escritura no solo un vehículo de ideas, sino un acto de ciudadanía política.
Ambas colecciones comparten la conciencia de que la batalla por la interpretación del 18-O es inseparable de la disputa por el futuro. Así, el estallido social chileno significó un reajuste abrupto en la relación entre experiencia y expectativa: el primero, moldeado por décadas de neoliberalismo y promesas de cambio gradual, se vio interpelado por un segundo que reclamaba transformaciones estructurales y, en el corto plazo, un nuevo pacto constitucional. Las “escrituras urgentes” asumieron la tarea de fijar -aunque fuera provisionalmente- las coordenadas de ese nuevo horizonte, evitando que la narrativa dominante lo clausurara prematuramente bajo las lógicas de la normalización institucional.
Este carácter de intervención se expresa en múltiples dimensiones. Materialmente, el formato, el diseño y la circulación de los libros rompen con la lógica editorial convencional, acelerando los tiempos de producción y privilegiando la accesibilidad para insertarse en el debate público en curso. Discursivamente, la densidad normativa de estos textos -que se explicita sin ambages en torno a valores como igualdad, justicia social, plurinacionalidad y derechos sociales- marca una diferencia sustantiva respecto de la investigación académica tradicional, que suele ocultar sus presupuestos axiológicos tras un velo de objetividad metodológica. Políticamente, esta explicitación de la normatividad convierte a las colecciones en instrumentos de lucha cultural, orientados a redistribuir el capital simbólico y a cuestionar los criterios hegemónicos de legitimidad intelectual.
Sin embargo, la performatividad de estas escrituras no debe idealizarse. La disputa por el sentido del 18-O no se desarrolló en un vacío, sino en un campo estructurado por relaciones de poder desiguales, donde los discursos dominantes cuentan con mayores recursos para imponer sus interpretaciones. En este contexto, el impacto de las colecciones de LOM y Pehuén, aunque significativo en ciertos circuitos, enfrentó los límites de su alcance masivo, especialmente en un ecosistema mediático concentrado y en una esfera pública marcada por la fragmentación y la polarización. La revuelta cultural que estos libros proponen se topa con la inercia de los dispositivos institucionales y mediáticos que operaron como filtros de visibilidad y validación.
No obstante, nos parece que sería un error historizar su relevancia únicamente en términos de eficacia política inmediata. El valor de estas colecciones radicó también en su capacidad de sedimentar un archivo crítico que, más allá de la coyuntura, contribuirá a las futuras genealogías del pensamiento político e intelectual chileno. En este sentido, las “escrituras urgentes” se sitúan en la tradición de las “narrativas del malestar” de los años noventa, pero introducen una novedad significativa: la articulación explícita entre diagnóstico estructural, inscripción afectiva y propuesta política, todo ello en un formato concebido para intervenir en tiempo real. Su legado, por tanto, no se agota en la disputa contingente, sino que se proyecta como insumo para las luchas por venir.
Desde la perspectiva historiográfica, este fenómeno interpela las formas de producción de conocimiento en contextos de crisis. El 18-O mostró que la separación entre análisis académico y acción política se vuelve insostenible cuando el tiempo histórico se acelera y las categorías vigentes se muestran insuficientes para nombrar lo nuevo. En tal escenario, la “escritura urgente” actúa como laboratorio conceptual, explorando lenguajes y marcos interpretativos que, aunque provisionales, buscan abrir posibilidades de acción. Esta función experimental, que asume el riesgo del error y la contingencia, resulta crucial en momentos en que lo político se redefine.
Finalmente, el recorrido por estas dos colecciones nos reveló una paradoja: si bien nacen de un momento de apertura y esperanza, su consolidación como archivo ocurre en un contexto de cierre relativo, marcado por el fracaso del proceso constitucional y el retorno de discursos conservadores que buscan reinstalar la estabilidad como valor supremo. En este tránsito, las “escrituras urgentes” dejan de ser solo un gesto de intervención y se convierten en testimonio de una expectativa no realizada, en huella de un tiempo en que lo posible parecía expandirse. Esta condición ambivalente -a la vez memoria de una oportunidad y recordatorio de su pérdida- constituye su potencia y su límite.
En consecuencia, las colecciones 18 de Octubre y Libros para la Contingencia no deben leerse únicamente como productos editoriales, sino como nodos de una red más amplia de producción de sentido, donde la escritura se convierte en acción política y la materialidad del libro, en dispositivo de articulación social. Su relevancia no reside solo en lo que dicen, sino en lo que hacen: configuran actores, redes y lenguajes que desafían la hegemonía y proponen otras formas de imaginar el presente y el futuro. Aunque su impacto inmediato pueda verse limitado por las estructuras del poder cultural y mediático, su inscripción en la historia intelectual chilena es ya ineludible. En tanto intervenciones estratégicas en el campo de la contingencia, estas colecciones nos recuerdan que disputar el sentido de un acontecimiento es, en última instancia, disputar el tiempo mismo: decidir qué pasado heredamos, qué presente habitamos y qué futuro nos atrevemos a imaginar.
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1
Ejemplos de estas reseñas las podemos encontrar en Revista Antropologías del Sur, Revista Anfibia y en Periódicos como The Clinic.
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2
Algunos ejemplos son Revista Antropologías del Sur, Revista Anfibia, Revista Literatura: Teoría, Historia y Crítica, Revista Chilena de Literatura, Revista Estudios Atacameños, por mencionar las más relevantes.
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3
Periódicos como El Mostrador, El Desconcierto y The Clinic.
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4
Este es un registro de memoria personal de Cristina Moyano, autora principal de este artículo. Tal como nos indica Aróstegui, una de las particularidades de la historia del tiempo presente es la coetaneidad del historiador con los hechos que estudia, a la par que puede ser fuente de la misma.
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5
El fracaso del plebiscito del primer texto constitucional fue un ejemplo de ello (septiembre del 2022).
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Financiamiento:
Este artículo contó con el financiamiento de ANID CHILE mediante el proyecto Fondeyct Regular 1230022.
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Declaración de disponibilidad de datos:
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio se publicó en el propio artículo.
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio se publicó en el propio artículo.







Fuente: Elaboración propia, 2025.
Fuente: Elaboración propia, 2025.
Fuente: elaboración propia, 2025.
Fuente: Elaboración propia, 2025.
Fuente: Elaboración propia, 2025.
Fuente: Elaboración propia, 2025.