Open-access El libro y el padre: Crac, de Josefina Licitra

O libro e o pai: Crac, de Josefina Licitra

The book and the father: Crac, by Josefina Licitra

Resumen

En este artículo se analiza Crac, de Josefina Licitra, como ejemplo de un género de la literatura biográfica en el que un hijo o una hija se convierte en biógrafo de su padre y reflexiona sobre la relación que mantuvieron; se trata de un tipo de textos que G. Thomas Couser denominó “patriografías” y Dominique Viart “relatos de filiación”. En primer lugar, las características del libro de Licitra permiten examinar cómo, en este género, los autores se ven compelidos a ofrecer razones o justificaciones que legitimen su escritura y, de ese modo, discuten su derecho a narrar la vida del padre: su derecho a ser biógrafos. En segundo lugar, se propone que el vínculo que Crac pone en escena muestra que la escritura se convierte en el principal elemento de unión entre padre e hija y, más aún, que, a la luz de recientes reflexiones sobre la colaboración autoral, las patriografías pueden leerse como espacios de colaboración en los que la literatura funciona como lugar de reencuentro. Desde esta perspectiva, se postula que el libro de Licitra cuenta al menos dos historias que, antes que contradecirse, se complementan: una que narra un vínculo marcado por la distancia, la ausencia y el silencio del padre, y otra, que funciona como contrarrelato de la primera, según la cual desde los primeros años de vida de la hija la unió a su padre un muy estrecho vínculo de carácter escritural, de modo que el libro postula menos una desafiliación que una reafiliación.

Palabras-clave:
patriografía; hija; padre; afiliación; colaboración autoral

Resumo

Neste artigo analisa-se Crac, de Josefina Licitra, como exemplo de um gênero da literatura biográfica em que um filho ou uma filha se torna biógrafo do pai e reflete sobre a relação que mantiveram; trata-se de um tipo de texto que G. Thomas Couser denominou “patriografias” e Dominique Viart “relatos de filiação”. Em primeiro lugar, as características do livro de Licitra permitem examinar como, nesse gênero, os autores se veem compelidos a oferecer razões ou justificativas que legitimem sua escrita e, desse modo, discutem seu direito de narrar a vida do pai: seu direito de serem biógrafos. Em segundo lugar, propõe-se que o vínculo que Crac põe em cena mostra que a escrita se converte no principal elemento de união entre pai e filha e, mais ainda, que, à luz de recentes reflexões sobre a colaboração autoral, as patriografias podem ser lidas como espaços de colaboração em que a literatura funciona como lugar de reencontro. Nessa perspectiva, postula-se que o livro de Licitra conta ao menos duas histórias que, mais do que se contradizerem, complementam-se: uma que narra um vínculo marcado pela distância, pela ausência e pelo silêncio do pai, e outra, que funciona como contrarrelato da primeira, segundo a qual, desde os primeiros anos de vida da filha, um vínculo muito estreito de caráter escritural uniu-a ao pai, de modo que o livro postula menos uma desafiliação do que uma reafilição.

Palavras-chave:
patriografia; filha; pai; filiação; colaboração autoral

Abstract

This article analyzes Crac, by Josefina Licitra, as an example of a genre of biographical literature in which a son or daughter becomes the biographer of their father and reflects on the relationship they shared; a type of text that G. Thomas Couser has termed “patriographies” and Dominique Viart “narratives of filiation”. First, the characteristics of Licitra’s book make it possible to examine how, within this genre, authors feel compelled to provide reasons or justifications that legitimize their writing and, in doing so, debate their right to narrate the life of the father: their right to be biographers. Second, it is argued that the relationship staged in Crac shows that writing becomes the main element of connection between father and daughter and, moreover, that, in light of recent reflections on authorial collaboration, patriographies can be read as collaborative spaces in which literature functions as a site of reunion. From this perspective, the article posits that Licitra’s book tells at least two stories that, rather than contradicting each other, complement one another: one that narrates a bond marked by distance, absence, and the father’s silence, and another, which operates as a counter-narrative to the first, according to which, from the daughter’s earliest years, she shared with her father a very close bond of a scriptural nature, so that the book proposes less a disaffiliation than a reaffiliation.

Keywords:
patriography; daughter; father; filiation; authorial collaboration

PADRE: Pero estoy, hay muchas maneras de estar. Violeta Gil, Llego con tres heridas

Si bien existen algunos antecedentes, suele haber cierto consenso en que la publicación en 1907 de Padre e hijo, de Edmund Gosse, inaugura un género dentro del vasto territorio de la literatura biográfica. Se trata de textos en los que un hijo se convierte en biógrafo de su padre, reconstruye el vínculo que mantuvieron y reflexiona sobre las características de ese vínculo. En Padre e hijo, Gosse cuenta una ruptura que califica como “inevitable” (2009, p. 7); no obstante, desde la “y” que los reúne en el título, el libro también los mantiene juntos al fundar entre ellos una continuidad textual. Sin embargo, y aunque pueden mencionarse ejemplos aislados como Mi padre y yo, de J. R. Ackerley, publicado póstumamente en 1968, es a partir de la década de 1980, con la aparición de La invención de la soledad, de Paul Auster ([1982] 2007), y Patrimonio, de Philip Roth ([1991] 2021), que puede hablarse con propiedad de la existencia cabal del género que inauguró Gosse.

La proliferación de estos textos en las últimas dos décadas del siglo XX y hasta el presente no se verifica solo en Estados Unidos o Europa. En lo que va del siglo XXI, en distintos países de América Latina se escribieron libros y realizaron películas documentales que responden a esas premisas, entre otros los libros Correr el tupido velo, de Pilar Donoso ([2009] 2021), La distancia que nos separa, de Renato Cisneros (2016), Intima, de Roberto Appratto (2021), La figura del mundo, de Juan Villoro (2023) o el documental Como el cielo después de llover, de Mercedes Gaviria-Jaramillo (2022). Lo mismo ocurre en la Argentina, en donde desde la publicación en 2003 de Papá, de Federico Jeanmaire, se conocieron libros y documentales que presentan esas mismas características, como Mi libro enterrado, de Mauro Libertella (2013), El salto de papá, de Martín Sivak (2017), Mi papá alemán, de Mónica Müller (2018), Imprenteros, de Lorena Vega (2022), Vida de Horacio, de Mercedes Halfon (2023), Papá Iván, de María Inés Roque (2004), Carta a un padre, de Edgardo Cozarinsky (2014), La sombra, de Javier Olivera (2015), El silencio es un cuerpo que cae, de Agustina Comedi (2017), o Clorindo Testa, de Mariano Llinás (2022) (la lista está lejos de ser exhaustiva).

G. Thomas Couser, un especialista en las llamadas life writing, fue quien estudió con mayor detenimiento este tipo de textos; entre otras contribuciones, Couser propuso, luego de barajar otras posibilidades, denominarlos patriographies (patriografías), un neologismo algo cacofónico pero de todos modos eficaz porque alude sintéticamente a una cuestión central: la del patrimonio (Mansfield, 2014, p. 15). Por su parte, en Francia, desde fines de la década de 1990 y en trabajos posteriores en los que ajusta y revisa la propuesta, Dominique Viart (1999, 2009, 2019) acuñó la categoría récits de filiation (relatos de filiación) para dar cuenta de un fenómeno persistente en la literatura francesa desde la década de 1980 y hasta la actualidad: textos en los que el autor evoca la vida de un ser cercano (padre, madre, abuelos, hermanos, tíos, amigos, parejas) y la relación que mantuvo con él. Testimonio de esto son los libros que dio a conocer Annie Ernaux desde la publicación, en 1983, de El lugar (que, en los términos de Couser, sería una patriografía). Para Viart, los relatos de filiación son, entre otras cosas, un emergente de la crisis de las “grandes metarrelatos de legitimación” (2019, p. 5-6) señalada por Jean-François Lyotard en La condición posmoderna, y de un consecuente repliegue en la subjetividad; pero un repliegue no ingenuo -un repliegue atento, por ejemplo, a los aportes del psicoanálisis y el estructuralismo- en virtud del cual, impedidos de explicar una interioridad, los autores se vuelcan hacia una anterioridad -y así una filiación- que los explique.

Desde hace un tiempo, y teniendo en consideración aportes como los de Couser o Viart, vengo investigando ese corpus cada vez más numeroso de patriografías argentinas -de relatos de filiación que se focalizan en el padre- que antes mencioné. En distintos trabajos (Fontana, 2021, 2023, 2024), me propuse constituir ese corpus y pensar sus rasgos distintivos, sus procedimientos formales y sus implicancias literarias, afectivas y políticas. A ese corpus que analicé en conjunto o haciendo foco en algunos textos o films específicos, en los últimos meses -escribo en la primera mitad de 2025- se sumaron al menos tres libros: El secreto de Marcial, de Jorge Fernández Díaz (2025), El doctor Álvarez contra los All Blacks, de Iván Noble (2025), y Crac, de Josefina Licitra, que es el que examinaré en estas páginas.

El libro de Licitra permite indagar dos características principales de estas obras. Una de ellas (que aquí dejo esbozada, para retomarla en un trabajo posterior) es cómo los hijos evalúan la relación entre su padre y la política, un tema frecuente dentro de la literatura patriográfica argentina, en especial respecto de cómo los padres aludidos vivieron -es decir: qué hicieron- durante los años de dictadura militar.1 Licitra, que nació en 1975, es hija de dos militantes políticos de La Plata cuyas vidas se vieron seriamente amenazadas con el golpe militar ocurrido en 1976, una situación que derivó en el exilio del padre, que desde 1978 y hasta la actualidad vive en España, y el repliegue político de la madre, que decidió quedarse en el país, abandonar toda forma de militancia y consagrarse a trabajar, a estudiar y a cuidar a su hija pequeña.

El exilio por razones políticas instala una distancia espacial entre padre e hija que Crac pone en foco porque, desde entonces, condicionó el vínculo entre ambos. Pero además, como en muchos otros, en este libro la actividad política del padre habilita una pregunta respecto de cómo la entrega a una causa -lo que acá se llama la “orga”- implicaba no solo no poder ejercer plenamente la paternidad, sino, más aún, poner en peligro a la hija. No se trata entonces de que Crac celebre o enjuicie los ideales políticos a los que adhería el padre sino de que, en sus páginas, se registra una inquietud respecto de cómo esa adhesión perjudicaba su desempeño como padre. En Crac, esa inquietud habilita dos preguntas sencillas que Licitra le formula a su madre: “¿Él me quería? ¿Mi papá tenía tiempo para quererme?” (2025a, p. 42). A la manera de una alegoría, la idea de que la militancia comprometía su rol como padre está ilustrada por una imagen que Licitra recuerda vagamente: que debajo de su cama de niña el padre escondía un cajón con armas de “grueso calibre” (2025a, p. 40). Como dije, no es este el aspecto de Crac en el que me detendré aquí; por lo pronto, solo quiero insistir en que la militancia política aparece en este libro como algo que le restaba a este hombre tiempo para ejercer su función paterna -la “orga” como otra familia que absorbe su atención- y además, de manera más extrema, que ponía en riesgo la vida de su hija (las armas debajo de la cama) y así lo transformaba, al menos potencialmente, en un padre filicida.

La otra cuestión que aparece en el libro de Licitra -y es esta la que aquí examinaré- es una indagación exhaustiva de este género: de sus posibilidades de existencia, de sus características textuales y, entre otros problemas, de los modos en que puede intervenir en el vínculo entre padres e hijos y no, meramente, dar cuenta de él. Una serie de problemas que, en algunos casos, son comunes a la biografía en general y, en otros, son específicos de este género. Esto se debe a que el libro de Licitra extrema un rasgo habitual en las patriografías: la exhibición de su realización, como si no se pudiera hablar del padre sin hablar, al mismo tiempo, del proceso de escribir sobre él. Para decirlo con la nomenclatura propuesta por Antonio Marcos Pereira (2018) cuando analiza una serie de textos escritos de acuerdo a una “poética del proceso”, el de Licitra es un texto que pone en evidencia la labor del biógrafo y, particularmente, las incertidumbres a las que debe enfrentarse, a diferencia de los más tradicionales -lo que Pereira llama “formas canónicas de las biografías”- que tienden a ocultar esa labor en favor de una narración más transparente. La literatura patriográfica suele entregar menos unas formas literarias acabadas que el registro narrativo de unas dudas que, no obstante, son más productivas que paralizantes: ¿es posible escribir sobre el padre?, ¿en qué términos puede hacérselo?

En Crac, Licitra informa que este no es el primer texto que escribió sobre la relación con su padre. En 2019 había publicado en la revista brasileña Piauí una crónica -el título es “Señor Licitra” y el subtítulo “Historia de un abandono”- en la que intenta “saber por qué” (2025a, p. 10) su padre no le dirigía la palabra. Aquel texto -que además, con algunas modificaciones, luego publicó en la revista argentina Orsai- fue interpretado por el padre como “un misil bajo de la línea de flotación [...] que dinamitó lo que quedaba de nuestra relación” (2025a, p. 15) y al que respondió con un silencio -con una prolongación del silencio- que, según confiesa Licitra, la paralizó como escritora. Y es precisamente de esa parálisis de la que decide salir, pero no escribiendo sobre otra cosa sino, una vez más, sobre su padre. En 2022, firma un contrato con Seix Barral y se embarca en el proyecto de escribir un libro sobre su padre.

Crac -el libro con el que cumple con ese contrato editorial- se presenta como un diario que comienza cuando Licitra se entera, por un llamado que le hace la abuela, de que su padre llegará a Buenos Aires dentro de “48 horas” -ese es el título del primer capítulo- y que concluye nueve días después, al finalizar la estadía del padre en la ciudad, sin que se haya contactado con ella ni una sola vez. La noticia de la llegada coincide, en el inicio del libro, con un mal movimiento durante una clase de danzas que le provoca a Licitra una fractura en el pie (ese es uno de los dos crac que hay en este libro). En nueve capítulos y un epílogo titulado “Después”, el libro se focaliza, entonces, en una hija que espera que su padre retome el vínculo con ella: Crac es el diario de una espera. Esa espera es el pretexto que Licitra encuentra para volver a escribir: para que finalmente se haga realidad el libro a cuya escritura se había comprometido. Pero además del diario de una espera, Crac es el diario de una escritora. Este es un libro sobre su padre y los avatares de su relación con él, pero también el registro de las dificultades que, en su doble rol de hija y escritora, Licitra enfrenta para escribir sobre esas cuestiones; de esta manera, Crac es un cuaderno de bitácora donde el qué y el cómo de la escritura aparecen inextricablemente entrelazados.

El libro o el padre

En Tres años con Derrida, Benoît Peeters propone que la muerte del biografiado es esencial para la escritura de una biografía: “¿Quizás no pueda haber verdadera biografía más que de los muertos? De alguien vivo no debe proponerse más que un retrato” (2020. p. 40). En efecto, aunque se publican libros que se presentan como biografías que refieren a personas todavía vivas, la biografía necesita de la muerte -la desea, incluso- para poder contar una vida entera. El tiempo de la biografía empieza cuando termina el tiempo de la vida; más aún: los biógrafos hallan en cómo agoniza y muere su biografiado el sentido final de esa vida; el acto que, retrospectivamente, puede darle un sentido último. A estas características no son ajenas las patriografías, que casi siempre se publican cuando el padre ya murió. Así ocurre en los clásicos del género -Gosse, Ackerley, Roth, Auster, Ernaux- y también en las más recientes, entre ellas casi todas las de autores argentinos que mencioné. Como para cualquier biografía, la muerte del padre (del biografiado) es una necesidad de la patriografía. Licitra es consciente de esa necesidad; por eso, al comienzo de su libro, escribe:

En casos así, los detonantes clásicos son las muertes: muchos libros y películas sobre madres y padres comienzan en una sala velatoria. Pero yo no podía ni quería esperar eso y quedé entrampada en una paradoja: escribir con mi padre vivo era mi forma figurada de matarlo. Y matar al padre no es fácil. Hay como quinientos libros sobre el tema (2025a, p. 16).

El de Licitra no es el primer libro en el que se considera que la escritura sobre el padre puede estar íntimamente relacionada con su muerte. En otro trabajo (Fontana, 2023), analicé los casos de al menos dos patriografías argentinas en las que los autores, que empiezan a escribir cuando el padre aún no murió, razonan algo similar. En Papá, Federico Jeanmaire asegura:

Tengo la absoluta certeza [...] de que cuando esta noche, dentro de un rato apenas, le ponga un punto final a las palabras escritas, también le estaré poniendo un punto final a la vida de mi padre en estas mismas hojas. Que cuando vuelva a escribir mi padre ya habrá muerto, quiero decir (2003, p. 124).

En igual sentido, al comienzo de Vida de Horacio, Mercedes Halfon confiesa que en algún momento consideró que debía dejar de escribir sobre su padre porque esa tarea podía matarlo:

Sentí que las palabras que se acumulaban en este documento de Word se volvían las últimas, se tornaban proféticas, simbólicas, concluyentes. No era algo que dependiera de mí, sino de las palabras.

Dejé de escribir para alargarle la vida a mi padre.

Para no pensar si estaba escribiendo sobre él para darle un final, para leerlo al final (Halfon, 2023, p. 9).

Halfon no obstante se desentiende de la creencia en ese poder mortífero que en principio le otorga a la letra biográfica y sigue escribiendo. Más aún: en la última página cuenta que, mientras escribía, la invitaron a leer un fragmento en un ciclo de “textos y canciones inéditas”, y que entre el público estaba su padre:

Ya estoy afuera del teatro y veo a mi padre al final de la escalera, con una mano apoyada sobre la baranda. Está con mi sobrina, que lo acompañó desde su casa de Caballito hasta el centro en taxi. Nos abrazamos. Está sorprendido, se ríe. Dice que lo que escribí es verdad (Halfon, 2023, p. 170).

Esta situación con la que culmina Vida de Horacio resulta infrecuente -y quizá única- en las patriografías: que el padre (el biografiado) la lea y, más aún, dé su aprobación a lo escrito por el hijo (biógrafo). Por el contrario, porque, como lo advierte Licitra, las patriografías están escritas casi siempre después de la muerte, suelen dar cuenta de una injusticia que Édouard Louis puntualizó concisamente en la primera página de Quién mató a mi padre: “El hecho de que sólo hable el hijo, de que únicamente lo haga él, resulta violento para los dos: el padre se ve privado de la posibilidad de contar su propia vida y el hijo desea una respuesta que no llegará” (2019, p. 10). Esto que postula Louis permite advertir que, si por un lado la muerte del padre parece ser una necesidad narrativa para la patriografía -porque le da un cierre a una vida y así un motivo a la letra biográfica-, esa muerte plantea asimismo problemas éticos acaso irresolubles.

Iuri Lotman (1995) propuso la noción de “derecho a la biografía” para referirse, puntualmente, a que cada época decide cuáles son los sujetos biografiables y cuáles no; es decir, quiénes tienen derecho a ser biografiados. Pero esa noción puede pensarse también en otro sentido: ¿quién tiene derecho a contar una vida ajena: a ser biógrafo? Esta pregunta adquiere una importancia mayor cuando se trata de vidas que, como las de muchos padres retratados por la literatura patriográfica, no parecían destinadas a la posteridad de la letra. En torno a las patriografías merodean, entonces, algunas preguntas incómodas: ¿tiene el hijo derecho a exhibir en un texto la vida del padre?, ¿cuál habría sido su reacción de haberlo leído?, ¿habría aprobado su publicación? Esas preguntas, que casi ninguna patriografía puede responder, sí se responden en el libro de Halfon, no porque el padre cuente allí su propia vida, sino porque ratifica lo que su hija escribió sobre ella: hace suyas sus palabras. Vida de Horacio es una patriografía autorizada que, por esa razón, exorciza esa doble violencia a la que se refiere Édouard Louis.

El libro de Halfon comparte con el de Licitra el hecho de que ambos fueron escritos cuando el padre aún vivía; pero, en contraste con el de Halfon, en el que el padre aprueba la escritura del libro, el de Licitra surge, como señalé, de la muy negativa recepción que hizo el padre del primer texto que ella escribió sobre él.

Más adelante me referiré a la enmarañada relación que en este libro se establece entre escritura y padre, pero antes, de manera más general, quería demorarme en la cuestión del derecho a biografiar al padre porque es una que el libro de Licitra coloca en primer plano. En un reportaje que le hizo la periodista Hinde Pomeraniec (Licitra, 2025b) con motivo de la publicación de Crac, ella y Licitra acuerdan sumariamente que los hijos tienen derecho a escribir sobre su padre pero que los padres no tienen derecho a escribir sobre sus hijos: “Porque uno como padre tiene que aceptar, aunque moleste, que te digan cómo fue el otro lado de la crianza. Con los hijos, en cambio, el cuidado es otro”, resume Pomeraniec. Pero además de ese derecho general que se arrogan Licitra y Pomeraniec, el derecho a contar la vida del padre está apuntalado en Crac de otros modos.

Como en muchas otras patriografías, la cuestión de los lazos de familia aparece en Crac no solo en relación con los que la hija mantiene con los miembros de su familia -con su padre, pero también con su madre, sus abuelos maternos y paternos, sus parejas y su hijo-, sino también respecto de los lazos de familia -las filiaciones- que su libro establece con otros similares. Licitra refiere la lectura de, entre otros, El salto de papá, de Martín Sivak, Mi papá alemán, de Mónica Müller (2018), La maleta de mi padre, de Orhan Pamuk (2007), Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (2011), Carta al padre, de Franz Kafka (2024), y el poemario My Father, de Sharon Olds (1992), y además informa que este nuevo libro tiene muchas más citas y referencias que en los otros que publicó. La lectura de esos libros e incluso su sola existencia funcionan así como un imprescindible estímulo para escribir el propio:

Cada día, para sentarme a escribir, tenía que sentarme antes a leer, lo que derivó en la cantidad de citas que tiene este libro, muchas más que las que acostumbro a usar. Cada nombre que aparece es el de un autor que me dio la mano y me ayudó a entrar a mí misma (2025a, p. 163).

Esos y otros textos -dice Licitra- la acompañan en la escritura del propio, pero además -agrego yo- le otorgan el derecho a hacerlo sin que importe en absoluto la negativa de su padre respecto de esa tarea (en el reportaje que cité Licitra habla de estos libros como “mis guardaespaldas”). Podría concluirse entonces que el derecho a biografiar al padre es un “derecho consuetudinario”, que es como el vocabulario legal llama a un “derecho introducido por la costumbre” (RAE). A la pregunta de si un hijo tiene derecho a escribir sobre la vida de su padre, la respuesta siempre afirmativa no encuentra argumento alguno en la evaluación de cada caso en particular -en cavilar si el padre estaría o no de acuerdo-, sino en el dato general de que ese derecho se asienta en una profusa tradición de escritura sobre el padre -de una costumbre literaria: de un background textual- que inaugura Edmund Gosse en 1907. Desde esta perspectiva, la mención que hace Licitra de todos esos libros sobre padres funge como la jurisprudencia literaria que avala su tarea y ante la cual el padre -este o cualquier otro- nada puede hacer. De hecho, todo el libro resulta una demostración de esa imposibilidad: de que su negativa a que su hija escriba sobre él no alcanza a detenerla, como no detuvo a otras decenas de hijos e hijas que también lo hicieron desde la aparición de Padre e hijo.2

Pero además de la mención de ese corpus de escritura sobre el padre, Licitra multiplica las razones que autorizarían su libro. Una de ellas es la de considerarlo un modo desplazado de una inexistente instancia legal. En el primer capítulo, cuando cuenta una conversación con el escritor y psicoanalista Luis Gusmán, asegura haberle dicho: “Los padres que no quieren a sus hijos deberían ser enjuiciados. Debería ser obligatorio amar a un hijo que decidiste tener. Y ante la imposibilidad de hacerle juicio, necesito escribir. Tengo que escribir para hacer justicia” (Licitra, 2025a, p. 20). Más adelante, a esa necesidad suma la cualidad terapéutica de la escritura: “escribir ayuda a que el dolor real se convierta en dolor narrativo. He aquí el poder del lenguaje; la planta procesadora que se traga nuestra parte tóxica y la convierte en una obra de arte o en papeles para la basura” (2025a, p. 54). Y a esas razones añade al menos dos más: que el libro es “una incitación a contactarse conmigo. La clase de invitación que yo puedo hacer” y, más sobre el final, que “[el libro] es mi manera de salvar a mi padre, de construir su forma escurridiza para que no desaparezca de la faz de la tierra” (2025a, p. 163).

La proliferación de razones o excusas que acreditarían la escritura testimonian la inevitable culpa que embarga a esta hija por hacer literatura con la vida de su padre: por hacer público lo que acaso no debería haber salido del entre-nos familiar. Pero se trata de una culpa que no la paraliza: el libro se publica. Por eso, más allá de este libro en particular y de las excusas explicitas o implícitas que los hijos -Licitra o cualquier otro- den para justificar su libro -excusas que, menos que menguar la culpa, la ponen en evidencia: “Excusatio non petita, accusatio manifesta”- las patriografías testimonian que, por su propia índole literaria, ni deben ni pueden pedir permiso; que la culpa no puede ser -no es- un obstáculo insalvable. Al fin de cuentas, no a otra cosa alude Philip Roth cuando, en el cierre de Patrimonio, confiesa que la “falta de decoro propia de mi profesión” (2021, p. 237) lo llevó a escribir ese libro al tiempo que su padre enfermaba, agonizaba y moría, una confesión que podría ponerse en relación con la impunidad de la escritura que Licitra asegura haber conocido tempranamente cuando, en varias cartas a su padre, le metía deliberadamente (2025a, p. 31) y, también, con la “impudicia” de Sharon Olds o de Franz Kafka con la que asegura sentirse hermanada (2025a, p. 156). Antes que una tradición, un acto de justicia, una invitación a reanudar un vínculo, una salvación del padre por la letra o cualquier otra cosa, en las patriografías se impone, por sobre todo prurito ético y toda culpa, la indecorosa e impune prepotencia de la literatura: su impudicia.

En Missing, antes de contar la búsqueda del tío desaparecido al que refiere el título, Alberto Fuguet menciona la relación complicada que mantuvo hasta casi los 40 años con su padre y, también, a que durante varios años había barajado la posibilidad de escribir un libro sobre ese asunto, sabiendo que llevarlo a cabo supondría un distanciamiento definitivo. Al respecto, asegura:

Hablamos.

Comenzó a amanecer.

Quizás me perdí de escribir ese gran texto sobre mi padre pero, a cambio, me quedé con un padre de verdad. Tenía treinta y siete años, una edad decente para empezar a crecer (Fuguet, 2010, p. 57).

En esto que establece Fuguet puede leerse una opción extrema entre el “gran texto sobre mi padre” o “el padre de verdad” que gravita al menos sobre las patriografías que se escriben cuando el padre aún vive.3 Y en serie con ese planteo podría ponerse algo que refiere la propia Licitra: que una amiga que, como ella, estaba distanciada de su padre y consideraba la posibilidad de hacer un documental sobre ese distanciamiento, reanudó el vínculo y, por ese motivo, puso en suspenso el proyecto con el que había cavilado (2025a, p. 97). En este sentido, dada la reacción que tuvo el padre ante el texto publicado en Piauí, resulta improbable que, esta vez sí, entenderá los varios motivos por los cuales su hija escribió nuevamente sobre él. Por el contrario, el libro parece ser un corte definitivo respecto de ese padre: un crac que, en contraste con el del pie, ya no se soldará. Entre el libro y el padre, Licitra parece haber optado por el libro: por la literatura (por su impudicia). Pero ¿es realmente así? ¿O se trata, al menos en este caso, de algo más enrevesado? ¿O acaso esa opción por la escritura no es también una opción por el padre?

Reafilación

En un trabajo en el que examina diversas patriografías que refieren a padres ausentes, Couser (2021) asegura que en ellas la falta de vínculo es conjurada por el que traza el propio texto: el texto liga lo que en la vida está desligado, el texto hace el vínculo. Y entonces, ¿qué tipo de vínculo instaura Crac entre Licitra y su padre?

Desde que el padre se instala en España en 1978 cuando ella tiene tres años, y obligados por la distancia, la relación entre ellos pasa a ser prioritariamente epistolar, algo que se verifica en que Licitra exhibe y cita el archivo en el que guarda la correspondencia que mantuvieron durante años. Y además, ese vínculo escrito con el padre está en el origen de su vocación como escritora. Al comienzo del segundo capítulo, se lee:

Lo primero que escribí fueron cartas a mi padre. Era fines de la década del 70 y él ya estaba exiliado en España. Yo tenía 4 años. [...]

Yo le mandaba dibujos y poemas. Acá, en Buenos Aires, mi abuela - su madre - me pagaba para que los escribiera. La tarifa era de un peso por verso. [...] Después estaba lo de escribir para acortar distancias, pero primero fue el dinero. Una operación que, vista desde el presente, podría haber inaugurado la relación tan estrecha que mantengo ente la producción y la publicación (2025a, p. 25).

Licitra enseguida cuenta que, con el paso del tiempo, la abuela “retiró la plata con la suspicacia con la que un adulto le suelta la bicicleta a un niño para que, sin darse cuenta, siga pedaleando” (2025a, p. 25). Licitra sigue pedaleando -sigue escribiendo- y así el vínculo escrito con su padre se sustrae del primer acicate de la remuneración -del contrato- y pasa a estar solo motivado por el afecto. Pero más allá de ese dato, la historia del vínculo con su padre que reconstruye Crac es una que, desde esas primeras cartas hasta la escritura del libro, involucra prioritariamente la escritura. Escribir el vínculo con su padre es escribir el vínculo con la escritura: además de una patriografía, Crac es un relato sobre la formación de la escritora en el que el padre es protagonista.4

Entre esos dos extremos -las cartas pagas y el libro que se escribe porque se firmó un contrato-, Crac trama, como dije, una relación paternofilial que pasa principalmente por la escritura. El padre que retrata Licitra no es solo destinatario y remitente de una profusa correspondencia, sino también quien forma a la hija como escritora. La evidencia de esto son los varios consejos que le da sobre cómo debería formarse como periodista -qué leer, de qué personas rodearse, que trabajos elegir (2025a, p. 90-92)- y también las precisas devoluciones que le hace de algunos de sus textos, en las que señala posibles mejoras en la redacción o la esclarece sobre cuestiones de sintaxis. Licitra concluye: “Mi padre hizo buenas marcas de escritura y tiene trucos narrativos que yo aplico” (2025a, p. 93); y, enseguida, al referirse a las recomendaciones que le dio respecto del uso diferencial de comas, paréntesis y guiones: “Esta absoluta freakeada está en las cartas de mi padre y me hace pensar que, en mi forma de contar, hay una melodía que conocí de chica” (2025a, p. 93).5

En el apartado anterior me referí a la centralidad que la muerte del padre suele tener en las patriografías, y a que Licitra es consciente de que no cuenta con ese “detonante clásico” y que tampoco quiere esperar a que ocurra para ponerse a escribir. Pero si el padre no le da la muerte, sí le da una excusa menos drástica -y menos adocenada- para que finalmente escriba el libro sobre él: su llegada a Buenos Aires y la decisión de no ponerse en contacto con ella. Esa situación -ese silencio, esa espera que no se resuelve- es objeto de una mirada doble por parte de Licitra: como hija, la vive con dolor; como escritora, le resulta atractiva, como queda registrado al menos dos veces. Una cuando, al rumiar que quizá su padre “llegue y no me llame”, evalúa esa posibilidad desde la perspectiva de la hija -“entro en riesgo de derrumbe” -, pero también desde la de la escritora: “nada como un buen rechazo para sentarse a escribir” (2025a, p. 55). Más adelante, en diálogo con una amiga, suspende el juicio negativo sobre esa decisión del padre y la considera literariamente: “Si mi padre no me llama, que al menos me deje la estructura del libro” (2025a, p. 87). El padre entonces no le da a la hija un intento de reanudar el vínculo, pero sí le da -o así lo interpreta la escritora- un motivo para “sentarse a escribir” y, además, la forma original que podría tener aquello que escriba.6 Y así, además de la literatura sobre el padre que menciona explícitamente, gracias a la espera sin resolución a la que la somete su padre, Licitra puede inscribir su patriografía y al personaje que ella encarna en la serie literaria de las “víctimas de la espera” a la que aportaron nada menos que Franz Kafka, Samuel Beckett, Dino Buzatti o Antonio Di Benedetto.

Me interesa ahora poner en relación ese hecho -el padre que, como si se tratara de un don, le da a la hija los materiales con los que está hecho su libro- con otro temporalmente previo que acredita también que el vínculo entre ellos pasó y pasa principalmente por la escritura.

Licitra cuenta que, a instancias de su madre, desde chico el padre aprendió a escribir a máquina. Sobre esta habilidad, uno de los amigos de militancia y exilio del padre (“Fideo”) al que Licitra entrevista le cuenta: “Ducho [tu padre] era una máquina. Fue una de las mejores pruebas de mecanografía del diario El País, tenía no sé cuántas pulsaciones por minuto, imaginate: se había pasado la infancia en Pitman. Era un tipo que, mientras hablaba con vos, en paralelo escribía a máquina” (2025a, p. 143). Se trata de la misma habilidad que la hija adquirió cuando, en unas vacaciones en Madrid, a instancias de su padre, asistió “a una Pitman española, a las Academias Carranza”: “Le cuento a Fideo que soy igual” (2025a, p. 143). Y es esa habilidad compartida -los dos son máquinas de escribir- la que los une durante una noche de comienzos de la década de 1990, en la que el padre colabora con la hija para llevar a cabo “el trabajo -basura- de mecanografiar quinientas páginas de conferencias manuscritas dadas en la Universidad de San Andrés”: “Esa noche [...] tipeamos quinientas páginas en silencio, acompañados por el golpeteo seco de nuestros veinte dedos arrancándole palabras al teclado. Así estuvimos juntos, trabajando en la trasnoche, con la satisfacción de tener un objetivo común” (2025a, p. 143).

Licitra eslabona enseguida el recuerdo de esa escena con otra del presente, en la que se encuentra desgrabando la entrevista con Fideo: “Ahora, mientras desgrabo, la velocidad de mis dedos -soy rápida, lo lento es el pensamiento- marca el código morse que me une a mi padre” (2025a, p. 143). Al respecto, mi propuesta es que ese mismo código es el que Licitra usa para decodificar la negativa de su padre a llamarla no como algo de orden afectivo -no me quiere, no quiere verme-, sino de orden literario: como los materiales y la estructura para hacer su libro y cumplir con el contrato editorial.

Si se adopta esta perspectiva que el libro sugiere una y otra vez, Crac parece insinuar que varias decisiones que el padre tomó con respecto al vínculo con su hija remiten, antes que a cualquier otra cosa, a la voluntad de hacer de ella una escritora. Leída así, esta patriografía cuenta la historia de un vínculo paterno-filial en el que el padre lo da todo para que la hija realice plenamente esa vocación literaria que se había iniciado, tempranamente, con las cartas que le enviaba desde Buenos Aires. En consecuencia, puede interpretarse de otro modo la afirmación de que Licitra escribe para “hacer justicia”: no se trata -o no se trata solamente- de que el libro escenifica un juicio en el que el padre comparece como acusado, sino de que le hace justicia en el sentido de que, al escribirlo y publicarlo, la hija cumple una vocación literaria que encuentra en él su origen. Por eso la escritura de Licitra no se detiene aun cuando siente que lo hace “con la sensación de estar rompiendo un pacto con mi padre” (2025a, p. 108): escribir el libro es el verdadero pacto con el que debe cumplir (es el pacto que habilita el contrato editorial). Escribir el libro no implica entonces decirle al padre “No tienes poder sobre mí” (2025a, p. 99) sino, en todo caso, agenciarse ese poder sin dejar de reconocer su origen. Antes que una traición, en Crac escribir sobre el padre resulta ser el cumplimiento de un implícito mandato paterno dicho en ese código que solo ellos conocen.7 A la causa política en la que el padre fracasa -una por la cual se había sacrificado en extremo- la compensa el éxito, logrado también en base a sacrificios extremos, en otra causa: la de hacer de su hija una escritora. Esa es la ficción de su vínculo con el padre que, como contrarrelato del más convencional de la hija abandonada, se urde en Crac: esa es la otra “ilusión biográfica” que postula este libro y, sin duda, la más atractiva.8

No importa demasiado entonces si luego de la publicación del libro el padre continuará distanciado o buscará acercarse a la hija, como ella en algún momento, sin demasiada evidencia que la apoye, conjetura que podría ocurrir. Y esto porque ya es el libro el lugar en el que la distancia se reduce, el lugar en el que siguen juntos en la escritura, como en la correspondencia que durante años intercambiaron o como en aquella noche en la que el ruido que hacían las dos máquinas de escribir que ambos pulsaban obraba la comunión entre ambos. Ese código -esa melodía- sigue comunicándolos en el libro. Por lo tanto, si en la escritura de patriografías hay dos fuerzas en tensión -la afiliación y la desafiliación- entre las que suele triunfar, por la propia naturaleza textual del género, la afiliación (Couser, 2021, p. 95), habría que decir que en Crac lo que aparenta ser una desafiliación -escribir contra el mandato del padre- es en realidad una reafilación.9

La cuestión del apellido y de la firma está muy presente en Crac. Al comienzo, Licitra escribe: “sé que mi escritura, inevitable y peligrosamente, lleva mi firma” (2025a, p. 23). Más adelante, cuenta su interés en viajar a Ragusa, el “pueblo italiano del que viene mi apellido paterno”, y consigna su primera idea de que este libro se llamara, como los textos que antes había publicado en Piauí y en Orsai, Señor Licitra. Esta insistencia en el patronímico “Licitra” habla también de ese movimiento no siempre evidente pero constante -¿inconsciente?- de reafiliación que realiza este libro. Respecto de esto, me interesa pensar en el próximo apartado la cuestión de la autoría -y entonces la de la firma- en las patriografías.

Colaboraciones

Por lo menos en las últimas dos décadas, la noción de colaboración autoral recibió un interés considerable. A veces, ese interés se redujo al examen de colaboraciones que dieron por resultado textos firmados por dos personas, como ocurre en los casos que analizan Michel Lafon y Benoît Peeters en Escribir en colaboración (2008). Pero en otros estudios, la noción se amplía para poner en crisis la concepción romántica del autor individual -del genio inspirado que escribe en soledad- mediante la indagación de distintas formas de colaboración -y así de autoría- presentes en textos que, no obstante, aparecen firmados por una sola persona. Así lo hacen ejemplarmente Marjorie Stone y Judith Thompson, prologuistas y editoras del volumen Literary Couplings: Writing Couples, Collaborators, and the Construction of Authorship, en el que la colaboración y las parejas literarias -parejas heterosexuales y homosexuales, de hermanas o hermanos y, también, de padres e hijos- son contempladas según distintas modulaciones que no remiten únicamente a textos firmados por dos personas. Al respecto, explican que el resultado de la colaboración no es siempre textos escritos y firmados por dos o más personas, sino también textos firmados por una sola que, no obstante, son resultado de profusos intercambios en conversaciones, cartas u otras formas de interacción autoral (por ejemplo, la edición). Stone y Thompson proponen entonces pensar la autoría como un fenómeno “heterotextual” (2006, p. 19), respecto del cual llegan incluso a proponer que muchas veces es difícil establecer los límites entre colaboración e intertextualidad.

Licitra da cuenta no solo, como señalé, de la fuerte intertextualidad de la que se nutre su libro sino también, dada la exhibición del proceso de escritura que lo caracteriza, de distintas circunstancias en las que otros -Luis Gusmán, Lorena Muñoz o Mercedes Reincke- la ayudan a darle forma; es decir, colaboran con ella (este es un libro conversado). Pero lo que me interesa destacar es que el fuerte vínculo escrito con su padre habilita a pensar a ese padre, antes que como un obstáculo, que es lo que aparenta ser, como el principal colaborador para que este libro exista.

Una de las entradas de Fragmentos de un discurso amoroso está consagrada a la espera. Barthes allí cita una frase de Winnicott -“¿Estoy enamorado? -Sí, porque espero” (1998, p. 125) - y describe una escenografía y unos actos de la espera que no es difícil reconocer en varias zonas del libro de Licitra, como aquellas centradas en el teléfono y el llamado o el mensaje que no llega. Además, Barthes se refiere a la “angustia de la espera” y a la espera como “encantamiento” y aun como “delirio” que crea al ser que se espera (1998, p. 125). Esta idea de la espera amorosa como instancia creativa puede ponerse en relación con algo que aseguran Stone y Thompson respecto del vínculo entre amor y colaboración literaria:

Cuando el amor informa la escena de la escritura, con frecuencia es menos el amor mismo que el conflicto en el amor o el fin del amor aquello que constituye uno de los grandes catalizadores de la textualidad. Ya sea que adopte la forma de un conflicto prolongado o de una memoria apasionadamente afectuosa, la vida media textual de las relaciones íntimas puede ser notablemente larga (Stone; Thompson, 2006, p. 20, traducción propia).

El prolongado y conflictivo amor entre padre e hija parece haber animado - catalizado, para decirlo con Stone y Thompson - una vida textual compartida, una productividad literaria que ya lleva casi cinco décadas y que se materializa tanto en la caja en la que Licitra guarda el epistolario que mantuvieron desde que era muy pequeña como también en los textos que publicó en Piauí y Orsai, a los que ahora se suma este libro.10 Desde esta perspectiva, Crac aparece menos como corolario de la ausencia del padre que como resultado de una sostenida colaboración hecha de palabras y silencios -como la literatura- que cifran ese código común, esa melodía que ambos hacen sonar aunque estén físicamente distanciados. Respecto de esto, la escena clave de Crac - la escena que expresa acabadamente esa colaboración - es la noche en que ambos tipearon a dúo para cumplir con un trabajo de escritura con el que se había comprometido la hija; un trabajo que, para quien lo había solicitado, aparecería hecho solo por ella, pero que en realidad, secretamente, había sido hecho en colaboración. Como las 500 páginas que mecanografiaron juntos, el libro es también un “objetivo común”.

En otro apartado, al examinar cómo gravita la muerte del padre en la escritura de patriografías, cité una afirmación de Édouard Louis que refiere una doble injusticia que caracterizaría estos textos: que en ellos el padre no puede dar su versión y que el hijo espera una respuesta que no recibirá. Luego de haber evaluado la colaboración entre padre e hija de la que parece haber surgido Crac, es posible revisar esa afirmación y razonar que, en la literatura patriográfica, el tiempo de la vida y el de la escritura no se relacionan de una manera tan esquemática o lineal como la que presupone Louis, y que en ella esos tiempos se retuercen de modo tal que el padre también cuenta algo y el hijo recibe alguna respuesta. La doble injusticia que detecta Louis sería, por lo tanto, no más que un equívoco que instala la firma autoral, una consecuencia de la superstición del autor solitario que ciertas teorías sobre la colaboración ponen en crisis. Cuando Marcos Giralt Torrente asegura en Tiempo de vida, al que Licitra menciona, que el suyo es “un libro de dos” (2011, p. 158), estaría sugiriendo no solo que estos libros abordan el vínculo entre dos -padre e hijo-, sino que se trata de libros que, aunque se publican firmados por uno de ellos, fueron escritos de a dos.

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  • 1
    Así ocurre, por ejemplo, en los libros El salto de papá (Sivak, 2017) y Un comunista en calzoncillos (Piñeiro, 2013) y en los films Papá Iván (2004), La sombra (2015) o Adiós a la memoria (2020). Sobre estas cuestiones, son relevantes los trabajos de Teresa Basile -en especial su libro Infancias. La narrativa argentina de HIJOS (2019) - y, para el caso chileno, de Lorena Amaro Castro (2020, 2025).
  • 2
    La referencia a libros o películas del mismo género es común en las patriografías; un rasgo que se verifica en El salto de papá, en el que Sivak menciona una biblioteca de “memorias sobre el padre” (2017, p. 14), y también en Mi libro enterrado (2013), en Imprenteros, en el que Lorena Vega refiera la lectura inspiradora del libro de Sivak (Vega, 2022, p. 65), o en Clorindo Testa (2022), donde se hace una alusión a Imprenteros.
  • 3
    En otro momento de Missing, Fuguet se refiere a libros como La invención de la soledad, de Paul Auster (2007), La vida de mi padre, de Raymond Carver, Mis zonas oscuras, de James Ellroy o Mi madre, in memoriam, de Richard Ford, sobre los que dice: “Todos ellos escribieron de su padre o su madre cuando ya estaban muertos, cuando ya no podían herir a los involucrados” (2010, p. 43). De todos modos, habría que relativizar el hecho de que esos libros no hieran a los involucrados, ya que habría que considerar la herida post-mortem que pueden infligir.
  • 4
    Con las reservas del caso dadas por los muy diferentes contextos, podría pensarse este libro en relación con lo estudiado por Maggie Lane (1995) en su ensayo Hijas escritoras, en el que analiza la centralidad del vínculo con su padre que definió las trayectorias de escritoras como Charlotte Brontë, Emily Dickinson o Virginia Woolf.
  • 5
    Couser señala una suerte de paradoja en las patriografías sobre padres ausentes que se verifica también en el libro de Licitra: en estos textos, quienes sí estuvieron presentes - por lo general la madre, pero también otros parientes - reciben una atención mucho menor que quien se ausentó, como si la cantidad de texto funcionara como una forma de presencia textual que atenuara la ausencia real (Couser, 2005, p. 637). En Crac, eso se ve en las pocas páginas que Licitra le dedica a su madre. Pero lo que me interesa acá es que el otro pariente al que Licitra le da un cierto protagonismo es a la abuela paterna, un ser muy particular que crió al padre con mucha rigidez. Un amigo de él, citado en el libro, le sugiere a Licitra que la relación de su padre con ella se explica por el vínculo que había tenido él con su madre. En este sentido, el hecho de que haya sido la abuela quien instó a Licitra a escribir por dinero abonaría esa hipótesis, ya que también en esa relación escrita con su padre la abuela paterna ocuparía un lugar importantísimo (y sería, en última instancia, el verdadero origen de la vocación de la nieta).
  • 6
    En otro momento, es nuevamente la espera la que le sirve, una vez más, como “combustible” para narrar un “enojo” del padre: “La razón de aquel enojo como mi padre era, como todas, un poco absurda. Hasta ahora la idea de contarla me cansaba, pero ya pasaron siete días de espera y el resentimiento que me crece entero es el combustible” (2025a, p. 150).
  • 7
    Para no abundar elegí solo algunos ejemplos que evidencian ese lazo escrito entre los dos; uno más, entre otros, es el hecho de que Licitra considere que 39 estrellas, el libro en el que reconstruye la fuga, ocurrida en 1971, de treinta y ocho presas políticas, casi todas tupamaras, de un penal de Montevideo, como un modo desviado de acercarse a su padre y comprenderlo, no solo respecto de la militancia política y sus desencuentros con la crianza, sino porque Uruguay era un sitio en el cual durante muchos años se reencontró durante breves temporadas con él. Además, en el libro y en algunos reportajes que dio, Licitra insiste en que, desde que era una niña, la orden del padre fue: “Escribí”.
  • 8
    Aunque también esto se lo puede pensar de otro modo: así como el padre, en razón de su entrega a la causa política, puso en peligro la vida de la hija y habilitó la pregunta respecto de si efectivamente la quería, ella se entrega a otra causa, la de la literatura, que, simétricamente, hace peligrar su relación con el padre y que este se haga una pregunta similar: si la hija lo quiere.
  • 9
    De este modo, la escritura entra en serie con esas otras cosas que la unen a su padre a las que se refiere cuando cuenta que ella también es ahora, como su padre, una fanática del footing: “Los años pasan y miro con sorpresa, como si fueran lunares que salen de un día para para otro, las conductas y obsesiones que me unen a mi padre más allá de todo lo demás que nos separa” (Couser, 2021, p. 14).
  • 10
    Podría pensarse las patriografías, o al menos a buena parte de ellas, como una modulación de las “formas amorosas de la biografía” que caracterizó Julia Musitano (2024) en su libro sobre la literatura biográfica de Osvaldo Baigorria, Alberto Fuguet y Rafael Gumucio. Se trata de biografías en las que el vínculo amoroso entre biógrafo y biografiado, en el sentido de dos vidas que se afectan mutuamente, se realiza en el texto y no fuera de él (o no solo fuera de él).
  • Editor
    Antonio Marcos Pereira

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    16 Mar 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    15 Set 2025
  • Acepto
    20 Nov 2025
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Grupo de Estudos em Literatura Brasileira Contemporânea, Programa de Pós-Graduação em Literatura da Universidade de Brasília (UnB) Programa de Pós-Graduação em Literatura, Departamento de Teoria Literária e Literaturas, Universidade de Brasília , ICC Sul, Ala B, Sobreloja, sala B1-8, Campus Universitário Darcy Ribeiro , CEP 70910-900 – Brasília/DF – Brasil, Tel.: 55 61 3107-7213 - Brasília - DF - Brazil
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