Resumen
Publicado en el contexto de las reformas borbónicas en América, el relato de viaje Lazarillo de ciegos caminantes, del español Alonso Carrió de la Vandera, marca la literatura dieciochesca por la concepción de un narrador indígena, Concolorcorvo. Este trabajo examina el uso de este narrador como herramienta discursiva de la Vandera y sus implicaciones formales para la obra en lo que se refiere a la observación de la sociedad colonial atravesada por la perspectiva ilustrada del autor. Analizamos dos aspectos estructurales del libro que lo acercan a lo ficcional mientras, paradójicamente, permiten entrever sus ideas reformistas: la presencia de los casos que, desde la observación de lo particular, ganan trascendencia moral y social y, por otro lado, los diálogos entre el narrador indígena y el visitador español, cuyo juego propuesto por las máscaras permite avanzar en su examen implacable de los modos de vida testimoniados en los vastos territorios visitados.
Palabras clave:
Lazarillo de ciegos caminantes, literatura del siglo XVIII; imaginación social; reformismo ilustrado; relatos de viaje
Abstract
Published in the context of the Bourbonic reforms in America, the travel story Lazarillo de ciegos caminantes, by the Spanish writer Alonso Carrió de la Vandera, marks eighteenth-century literature through the conception of an indigenous narrator, Concolorcorvo. This work examines the use of this narrator as a discursive tool of de la Vandera and its formal implications for the work in what concerns the observation of colonial society, intersected by the author’s enlightened perspective. We analyze structural aspects of the book that bring it closer to fiction while, paradoxically, allowing us to glimpse its reformist ideas: the presence of cases that, from the observation of its particularities, gain moral and social significance, and the dialogues between the indigenous narrator and the Spanish visitor, whose proposed game through masks allows him to advance his relentless examination of the ways of life witnessed in the vast territories visited.
Keywords:
Lazarillo de ciegos caminantes; eighteenth-century literature, social imagination; Enlightenment reformism; travel literature
Resumo
Publicado no contexto das reformas bourbônicas na América, o relato de viagem Lazarillo de ciegos caminantes, do espanhol Alonso Carrió de la Vandera, marca a literatura do século XVIII pela concepção de um narrador indígena, Concolorcorvo. Este trabalho examina a utilização desse narrador como ferramenta discursiva empregada por La Vandera, bem como suas implicações formais para a obra no que diz respeito à observação da sociedade colonial atravessada pela perspectiva ilustrada do autor. Analisamos dois aspectos estruturais do livro que o aproximam da ficção ao passo que, paradoxalmente, nos permitem vislumbrar suas ideias reformistas: a presença de casos que, partindo da observação do particular, ganham transcendência moral e social e, por outro lado, os diálogos entre o narrador indígena e o visitante espanhol, cujo jogo proposto pelas máscaras lhe permite avançar no seu juízo implacável dos modos de vida testemunhados nos vastos territórios visitados.
Palavras-chave:
Lazarillo de ciegos caminantes; literatura do século XVIII; imaginação social; reformismo ilustrado; literatura de viagem
Los relatos de viajes cobraron nuevo vigor a lo largo del siglo de las luces. Como bien observó Juan Pimentel, la historia de los relatos de viajes y de las exploraciones geográficas en el siglo XVIII es también “la historia de cómo los viajeros dejaron de ser impostores para convertirse en testigos” (Pimentel, 2003, p. 31). Si hasta principios del siglo tenían la mala fama de mentirosos y tramposos, con el paso de los años la historiografía y la ciencia dieciochesca descubrieron el valor del género como fuente para su trabajo. La incorporación de esos relatos al archivo demandaría, sin embargo, verificar la idoneidad del autor, imponiéndole un escrutinio científico.
Si viajar era un gesto asociado a la creación de imperios y ciudades, el momento culminante era escribir esta experiencia, convertirla en relato. Como señala Pimentel (2003, p. 35), “es entonces cuando el viajero se hace autor, cuando la geografía de los lugares visitados se convierte en su obra”. La conciencia del relato de viaje como síntesis de la experiencia y la centralidad que cobró el empirismo en ese siglo, rehabilitaron la figura del viajero como una especie de compilador de todos los hechos del mundo, ofreciendo los datos que estarán en la base de las ambiciosas historiografías de la época. Viajar era, por lo tanto, una forma de ampliar los horizontes del conocimiento al entrar en contacto con la experiencia sensible del mundo.
La confianza en la fidelidad de esas narrativas les adjudicó a los viajes un nuevo nivel de responsabilidades burocráticas en la España borbónica. Encomendados por la Corona, los viajes podían tener objetivos variados: levantamientos cartográficos, descripciones de poblaciones y de la naturaleza, con el mapeo de sus potenciales económicos. A estos se sumaba el tema de la defensa, dadas las tensiones que existían en las fronteras, especialmente con el imperio portugués al sur del continente. Ejemplos notables de dichas incursiones fueron la expedición del ingeniero militar español Félix de Azara al Paraguay en 1781 y la más paradigmática del siglo: la Expedición Malaspina, realizada entre 1789 y 1794, financiada por la Corona española y encabezada por el italiano Alejandro Malaspina y el español José de Bustamante y Guerra, que exploraron la costa americana y regiones de Asia y Oceanía (Cordiviola, 2010; Paredes, 2013).
Además de los objetivos científicos, la necesidad de reformas en los vastos territorios americanos también movilizó a la Corona. Dichas dinámicas se inscriben en un espectro más amplio conocido como el reformismo borbónico, cuyo esfuerzo más notable se vio en la segunda mitad del siglo, después de la Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763. La historiografía reciente ha destacado el rol central del gobierno en su desarrollo, galvanizando las elites intelectuales, agrarias y mercantiles, en un tramado de interacciones complejas que condujo su curso (Paquette, 2009, p. 15). Cómo plantea Agustín Guimerá (1996, p. 22-23) fue durante el reinado de Carlos III (1759-1788) que las reformas conocieron una cierta coherencia, pues en este momento se disponía, además de una centralización institucional por parte de la corona, de “burocracia más profesionalizada y culta, crecimiento poblacional y económico y cierta demanda de cambios por las elites de la periferia española, caso del comercio colonial”.
La reforma de los correos fue una de esas iniciativas que exigió atención de la metrópolis, motivando diversos viajes en el siglo XVIII. Durante las reformas borbónicas se intentó organizar y centralizar el servicio postal transatlántico de forma coordinada, buscando una comunicación más rápida y organizada con las colonias, dada la importancia del correo para los intercambios comerciales. Dichas reformas enfrentaron la resistencia de sectores peninsulares e hispanoamericanos: el primer grupo, marcado por comerciantes temerosos de que la integración total desmantelara los monopolios existentes, mientras que el segundo temía que su influencia, derivada del pleno acceso y control de la información, disminuyera. (Moreno Cabanillas, 2017). Es en el contexto del entusiasmo por las expediciones y el imperativo de la reforma postal que surge uno de los relatos de viajes más paradójicos del siglo: el Lazarillo de ciegos caminantes.
Máscaras e imprecisiones: un viajero singular
La primera edición de Lazarillo de ciegos caminantes se publicó en condiciones que dejaban claro, desde la portada, la irreverencia de su tono y su tendencia a lo ficcional: en ella aparece el nombre de un autor falso, seguido de un impresor falso en un lugar y fecha de publicación igualmente falsas. El autor figura allí como Calixto Bustamante Carlos Inca, alias Concolorcorvo, y la edición se adjudica a la Imprenta Rovada de Gijón, en 1773. En realidad, el texto fue publicado años después en Lima, entre 1775 y 1776, y su autor era el español Alonso Carrió de la Vandera.
La biografía de Carrió de la Vandera es bastante escasa: se sabe que nació en 1715 en Gijón, y que en 1736 llegó a la Nueva España y permaneció allí como comerciante hasta 1746, cuando se trasladó a Lima. Luego de casarse, hacia 1750, ocupó cargos públicos en el virreinato del Perú como corregidor y luego como Capitán General, Alcalde Mayor de minas y Subdelegado de bienes de fallecidos. A fines de la década de 1760, se convirtió en oficial de la corona en el servicio postal. En 1771 se le asignó la reforma del correo y el ajuste de postas entre Montevideo y Lima (Lorente Medina, 1985). El viaje por el vasto territorio que conformaba el Virreinato del Perú se realizó entre mayo de 1771 y junio de 1773, siguiendo la ruta de las casas de postas, y fue esta experiencia la que dio origen a su peculiar relato de viaje.
El trasfondo concreto y pragmático de la misión, fuertemente vinculado al contexto reformista, explica la riqueza estadística y descriptiva del texto. Hay que tener en cuenta que en 1776 la corona establecería el Virreinato del Río de la Plata, y, en este sentido, los diagnósticos y otros informes de la época cobraban especial relevancia. El objetivo era ofrecer una imagen sustancialmente detallada que propiciara una intervención objetiva y racional para reorganizar el territorio y facilitar la dinámica de circulación de personas y bienes en el vasto virreinato del Perú. La creación del nuevo virreinato significó, por otro lado, el declive del poder de las élites limeñas aisladas en la costa peruana, e hizo florecer a la nueva capital, Buenos Aires, con sus ríos navegables y su notable potencial agrícola (Fradkin; Garavaglia, 2016). Sin embargo, además del interés que los abundantes datos relevados pueden despertar, la hibridez de su registro le ha dado un puesto central en la literatura dieciochesca en el continente.
El primer dato central para acercarse a la complejidad de su factura es la máscara de Concolorcorvo, que fue, presuntamente, el lazarillo de Carrió de la Vandera, su guía durante el viaje. Al no firmar el relato con su nombre, Carrió de la Vandera concibe no solamente un narrador, sino también un punto de vista para abordar el asunto, expresado ya desde el epígrafe: “Canendo et ludendo refero vera [Medio en serio, medio en broma, dijo las verdades]” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 17). Esta frase demuestra la actitud que hace que este relato se aparte de la tradición científica y objetiva imperante en el siglo XVIII, revelando la búsqueda de un tono medio que utiliza el subterfugio del humor para decir la verdad concibiendo una textualidad híbrida. Como en el gesto del bufón de la corte que, bajo su mascarilla ridícula, estaba autorizado a someter a los soberanos a sus críticas burlonas en el tono y agudas en el contenido, el humor tiene aquí la intención de revelar verdades, por medio de una distancia crítica respecto a la figura del escritor, pues está mediatizada por su narrador en un gesto que, además del título, la acerca a la picaresca.
Este procedimiento de distanciamiento es común en la literatura de la Ilustración. Está presente, por ejemplo, en las Cartas persas de Montesquieu o en las Cartas marruecas de José Cadalso. En el primero, la historia se narra desde la perspectiva de dos viajeros persas, y en el segundo es la perspectiva de un viajero marroquí. La figura del autor se oculta detrás de una mirada extranjera, crítica a las costumbres locales. No obstante, en el caso de este Lazarillo ocurre una inversión: Carrió de la Vandera es el extranjero que adopta la voz de un habitante indígena, un local, para tratar del mundo colonial americano. Por otro lado, por ser en ese momento empleado del gobierno borbónico en disputa con sectores sociales poderosos de la colonia, el cambio de punto de vista también se estableció como una forma de distanciamiento prudente, un modo de no profundizar las tensiones (Carrilla, 1976).
La máscara y el tono, por lo tanto, construyen una especie de bisagra que se aleja de los relatos de viajes de su época, que fundaban en la figura del autor la legitimidad para validar el texto y su fiabilidad. Carrió de la Vandera, al contrario, oscurece su identidad dentro del relato, apareciendo como un personaje, el visitador, a quien el narrador concede la palabra en algunos momentos. Este procedimiento, propio de la ficción en prosa, llevó a que muchos críticos lo considerasen punto de partida de la novela en el continente (Lindstrom, 2004). Sin embargo, creo que esta dimensión algo literaria debe observarse en conjunto con los protocolos específicos de los relatos de viaje, centrales en el libro.
Los viajeros (aquí entro yo), respecto de los historiadores, son lo mismo que los lazarillos, en comparación de los ciegos. Estos solicitan siempre unos hábiles zagales para que dirijan sus pasos y les den aquellas noticias precisas para componer sus canciones, con que deleitan al público y aseguran su subsistencia. Aquellos, como de superior orden, recogen las memorias de los viajeros más distinguidos en la veracidad y talento. No pretendo yo colocarme en la clase de éstos, porque mis observaciones sólo se han reducido a dar una idea a los caminantes bisoños del camino real, desde Buenos Aires a esta capital de Lima, con algunas advertencias que pueden ser útiles a los caminantes y de algún socorro y alivio a las personas provistas en empleos para este dilatado virreinato, y por esta razón se dará a este tratadito el título de Lazarillo de bisoños caminantes. Basta de exordio y demos principio a nuestro asunto (Carrió de la Vandera, 1985, p. 19).
En este fragmento del primer capítulo, el narrador nos presenta dos aspectos centrales del impulso ilustrado que subyace en el texto. Por un lado, hay el alineamiento con la metodología científica de la época, caracterizada por la distinción entre fuentes e historiografía. Por otro lado, el narrador reitera la utilidad del informe: es una guía para quienes desconocen el territorio. Pensando en este lector inexperto, el texto justifica las largas descripciones y los datos estadísticos detallados. Podríamos pensar no sólo en un lector español, sino también en el interés que tendrían los americanos por el territorio que habitaban y cuya inmensidad significaba todavía una forma de desconocimiento. Esta hipótesis es factible si pensamos en el hecho de que su primera publicación haya sido en Lima. Como observa Karen Stolley (2013, p. 03), en el siglo XVIII los textos coloniales empezaron a preocuparse también por este lector americano, cada vez más interesado en la dimensión geográfica y política de su propio territorio.
La utilidad como categoría central aparece también en las primeras páginas del juicio implacable sobre la degeneración de los hábitos en la pampa de Montevideo: “Por el número de cueros que se embarcan para España no se pueden inferir las grandes matanzas que se hacen en Montevideo y sus contornos y cercanías de Buenos Aires” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 21-22). El narrador revela, perplejo, que cada año se pierde la carne de dos mil cabezas de ganado por negligencia de los paisanos, consecuencia, por supuesto, del exceso de ganado disponible. A raíz de esta abundancia también proliferan las ratas, como cuenta el mordaz relator, que, cansadas de alimentarse de los cadáveres de ganado abandonados en los pastos, invaden los gallineros para variar el menú con huevos de gallina, aumentando con ello su precio.
A seguir, el texto se centra en otro grupo originado por el exceso: los gauchos o, como los denomina, los gauderios. El narrador los presenta como criollos holgazanes, vestidos con “mala camisa y peor vestido”, vagabundeando por la pampa a su albedrío bajo la protección de los colonos semibárbaros que les dan de comer. En su tiempo libre, “se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 22). Tanto en la descripción del personaje como en sus hábitos, el libro anticipa la figura legendaria de los gauchos que poblará la literatura rioplatense en el siglo siguiente. La perspectiva del narrador refuerza, por un lado, el reprobable modo de vida que llevan, entregados al ocio y al despilfarro, sin, por otro lado, dejar de subrayar la fascinación que ellos ejercen sobre él:
Muchas veces se juntan de éstos cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo, le enlazan, derriban y bien trincado de pies y manos le sacan, casi vivo, toda la rabadilla con su cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne, la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. [...] Pero lo más prodigioso es verlos matar una vaca, sacarle el mondongo y todo el sebo que juntan en el vientre, y con sólo una brasa de fuego o un trozo de estiércol seco de las vacas, prenden fuego a aquel sebo, y luego que empieza a arder y comunicarse a la carne gorda y huesos, forma una extraordinaria iluminación, y así vuelven a unir el vientre de la vaca, dejando que respire el fuego por la boca y orificio, dejándola toda una noche o una considerable parte del día, para que se ase bien, y a la mañana o tarde la rodean los gauderios y con sus cuchillos va sacando cada uno el trozo que le conviene, sin pan ni otro aderezo alguno. (Carrió de la Vandera , 1985, p. 22-23)
La descripción inicial aún encierra la perplejidad ante la libertad de los gauderios, viviendo sin ninguna preocupación por el desperdicio y obedeciendo únicamente a su propio deseo, el cual exige notable violencia para ser satisfecho, además de sus instrumentos: el lazo, las bolas y el cuchillo. La carne cruda, sin ningún acompañamiento civilizado que la redima de la imagen del animal recién derribado y aún vivo, revela la barbarie que los define. Sin embargo, el adjetivo “prodigioso”, que precede a la descripción de la técnica para asar una vaca entera, transmite la fascinación que produce, al mismo tiempo, este modo de vida: la imagen de la vaca ardiendo durante la noche, como una antorcha, surge en el relato como una imagen que pierde su carácter grotesco y termina redimida desde la perspectiva del narrador. Es, como anticipa el significado del adjetivo, prodigiosa, maravillosa y extraordinaria en la violencia implacable que revela. No está demás registrar el vínculo que este enfoque tiene con el que sería el gran relato sobre la pampa en el siglo siguiente: Facundo, o civilización y barbarie, publicado por Domingo Faustino Sarmiento en 1845.
Como observa Mariselle Meléndez, aquí “el espacio funciona como un elemento que produce conocimiento” (2014, p. 91). Esta mirada hacia el espacio no quiere solamente recopilar los datos, sino que funciona también “como instrumento para leer la historia y la cultura de los territorios que recorre y las poblaciones que los habitan” (Meléndez, 2014, p. 92). Si a través de la forma el relato desestabiliza el proforma ilustrado, desde el punto de vista de las ideas revela una profunda afinidad en su empirismo que, según Meléndez, quiere polemizar con la acusación europea de que la corona española era incapaz de aprovechar plenamente las posesiones americanas. Esta mirada ideológica, como la clasifica Elena Altuna, le posibilita al texto ofrecer diagnósticos sobre el territorio con vistas a modernizar su funcionamiento desde una “mentalidad profundamente colonialista” (Altuna, 2002, p. 219)
En el tramado del texto verificamos, de hecho, una entrada a los imaginarios sociales de la época. Imaginarios entendidos, en los términos de Bronislaw Baczko (1991, p. 28), como los modos como “una colectividad designa su identidad elaborando una representación de sí misma; marca la distribución de los papeles y las posiciones sociales; expresa e impone ciertas creencias comunes”. En dicha representación, se distribuyen los distintos elementos de esa colectividad que aparece así como totalizante y ordenada. Dichas representaciones, según Baczko, se relacionan con el poder y lo invisten de legitimidad, e inciden en lo real conformándolo y jerarquizándolo en la formulación de símbolos, cuya función es “introducir valores y modelar conductas individuales y colectivas”, una vez que está inscrito “en una constelación de relaciones con otros símbolos” (Baczko, 1991, p. 29).
De esta manera, por detrás de la máscara, el relato perfila la visión de Carrió de la Vandera sobre los grupos sociales que formaban parte del vasto Virreinato del Perú. El autor busca avanzar, desde su ideario ilustrado, hacia la configuración de una imagen del cuerpo social que justificara la intervención política, por el hecho de que estos grupos estarían impidiendo el buen funcionamiento social. Si en el comentario sobre el desperdicio de la carne el narrador del relato construye abiertamente una representación de una sociedad del despilfarro, en otros momentos lanza mano de expedientes narrativos diferentes para avanzar en temas aún más polémicos, sin por ello entrar directamente en diatribas. En esos momentos, las discusiones entran en el relato por medio de casos.
La irrupción de los casos
Llegando cierta tarde a la casa rural de un caballero del Tucumán, con el visitador y demás compañía, reparamos que se explicaba en un modo raro y que hacía preguntas extrañas. Sobre la mesa tenía cuatro libros muy usados y casi desencuadernados: el uno era el Viaje que hizo Fernán Méndez Pinto a la China; el otro era el Teatro de los Dioses; el tercero era la historieta de Carlomagno, con sus doce pares de Francia, y el cuarto de Guerras civiles de Granada. El visitador, que fue el que hojeó estos libros y que los había leído en su JUMENTUD con gran delectación, le alabó la librería y le preguntó si había leído otros libros, a lo que el buen caballero le respondió que aquellos los sabía de memoria y porque no se le olvidasen los sucesos, los repasaba todos los días, porque no se debía leer más que en pocos libros y buenos. Observando el visitador la extravagancia del buen hombre, le preguntó si sabía el nombre del actual rey de España y de las Indias, a que respondió que se llamaba Carlos III, porque así lo había oído nombrar en el título del gobernador, y que tenía noticia de que era un buen caballero de capa y espada. ¿Y su padre de ese caballero? replicó el visitador, ¿cómo se llamó? A lo que respondió sin perplejidad, que por razón natural lo podían saber todos. El visitador, teniendo presente lo que respondió otro erudito de Francia, le apuró para que dijese su nombre, y sin titubear dijo que había sido el S. Carlos II. De su país no dio más noticia que de siete a ocho leguas en torno, y todas tan imperfectas y trastornadas, que parecían delirios o sueños de hombres despiertos (Carrió de la Vandera, 1985, p. 14).
En este pasaje del prólogo, el narrador expone lo que para Susana Zanetti (2002, p. 37-38) es una especie de teoría de la lectura contenida en la obra, también ella basada en la utilidad. La desvinculación de lo real que presenta el caballero tucumano no está en su ignorancia, sino en su erudición torpe que, lejos de iluminar la comprensión del mundo que lo rodea, lo condena a la alienación que acumula saberes inútiles de mundos ajenos. La escena está contada con tonos quijotescos, tomando la idea del protagonista cervantino, al cual “de tanto leer se le secó el cerebro”. El efecto humorístico se ve amplificado por la ironía con que atribuye la paternidad de Carlos III a Carlos II, el rey cuya infertilidad estuvo en el origen a la Guerra de Sucesión Española por la falta de herederos. Otro elemento mordaz es la sugerencia de un error tipográfico al sustituir la palabra juventud por jumentud, lo que en realidad funciona como otra ironía más hacia la figura del visitador, es decir, el propio Carrió de la Vandera.
Antes de describir el encuentro, el narrador hace mención de un personaje limeño que, según él, también se habría alejado del uso útil de la lectura: el poeta peruano Pedro Peralta y Barnuevo, autor del poema épico Lima fundada y España vindicada: “Si el tiempo y erudición que gastó el gran Peralta en su Lima fundada y España vindicada, lo hubiera aplicado a escribir la historia civil y natural de este reino, no dudo que hubiera adquirido más fama, dando lustre y esplendor a toda la monarquía” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 14). El juicio sobre la obra de Barnuevo revela la epistemología patriótica (Cañizarez-Esguerra, 2007) que caracterizó a la producción historiográfica en la España del siglo XVIII: el narrador afirma que el hecho de que Barnuevo no escribiera una historia no se debió a una falta de conocimiento, sino a su interés por “los sucesos de los países más distantes”. El comentario parecería fuera de lugar si pensamos que la epopeya de Barnuevo trataba de la materia local. La condena parece, sin embargo, un juicio sobre la forma grandilocuente y compleja, desprovista de interés inmediato y directo, como podría serlo un libro de ambición historiográfica.
Leído desde la perspectiva de la obra de Barnuevo, el caso del caballero tucumano llega al borde de una crítica frontal a las obras de los ilustrados criollos. El caso, hilvanado al comentario, parece llegar mediante la sátira a regiones a las que la crítica frontal no llegaría sin provocar un franco malestar. La utilidad de la lectura y la escritura, en este sentido, parece basada en un proyecto anclado en el patriotismo imperial y no en las formas incipientes del patriotismo criollo, en los términos de David Brading (2015). A la monarquía es a la que debe servir el discurso ilustrado. Jean Sarrailh (1957, p. 180), en su estudio clásico, ya destacaba que la cultura utilitaria funcionó como “metra sagrada” entre los ilustrados españoles. En ese mismo sentido, Monica Bolufer (2020, p. 5-6) afirma que esta tendencia utilitaria le dio a la ilustración española “una tendencia decididamente burocrática”, en la cual el aspecto práctico y reformista surgen siempre como respuesta dinámica y realista a su contexto. Este carácter pragmático y utilitario está en la base ideológica de manera de narrar los casos del prólogo.
Desde el punto de vista de los recursos narrativos, la presencia de los casos es frecuente a lo largo del libro, funcionando siempre de manera similar: ilustran un razonamiento y juicio sobre las diversas camadas de la sociedad colonial que el lector puede intuir, pero que el narrador no quiere - o no puede - formular de modo directo.
El historiador André Jolles, en su clásico estudio sobre las formas simples -entendidas como estructuras textuales elementales e incrustadas en la cultura desde tiempos arcaicos - incluye “el caso” (o kasus) en su repertorio. Como forma simple, el caso es una especie de modelo de conducta que parte del carácter ilustrativo de alguna norma social, pero que siempre la pone en tensión con otras normas: “En oposición a una moral de normas absolutas [...] aquí tenemos una moral que sopesa unas contra otras las diferentes normas, una moral de valoración - y uso la palabra en sentido absolutamente serio - una moral balanceante” (Jolles, 1971, p. 180). No al azar, Jolles analiza una serie de casos extraídos de documentos legales. Se trata de una ponderación que implica una decisión, sin ofrecer una solución formal: “Lo curioso de la forma kasu está en que plantea una pregunta, pero no puede dar la respuesta y nos entrega la responsabilidad de la decisión, pues lo que en ella se realiza es el ponderar, mas no el resultado de la ponderación” (Jolles, 1971, p. 174). Ciertamente, en la casuística del libro la tensión de la pregunta se dirige al lector, a menudo con formulaciones inquietantes.
Los hombres principales gastan vestidos muy costosos, lo que no sucede así en las mujeres, que hacen excepción de ambas Américas, y aun de todo el mundo, porque además de vestir honestamente es su traje poco costoso. Son muy tenaces en observar las costumbres de sus antepasados. No permiten a los esclavos, y aún a los libres, que tengan mezcla de negro, usen otra ropa que la que se trabaja en el país, que es bastantemente grosera. Me contaron que recientemente se había aparecido en Córdoba cierta mulatilla muy adornada, a quien enviaron a decir las señoras se vistiese según su calidad, y no habiendo hecho caso de esta reconvención la dejaron descuidar y, llamándola una de ellas a su casa, con otro pretexto, hizo que sus criadas la desnudasen, azotasen, quemasen a su vista las galas y le vistiesen las que correspondían por su nacimiento, y sin embargo de que a la mulata no le faltaban protectores, se desapareció, porque no se repitiese la tragedia. Refiero el caso solamente para manifestar el carácter de las cordobesas, trascendente a todo el Tucumán. (Carrió de la Vandera, 1985, p. 80-81)
En este caso - término utilizado inclusive por el narrador - hay una representación cruda de la violencia impregnada en la sociabilidad colonial. El texto comienza deslizándose entre los temas, partiendo del lujo de la vestimenta masculina hasta encontrar el vínculo que le permite describir el asombro frente a la violencia a la que fue sometida una joven negra. Nada puede contener la furia de las cordobesas: ni la libertad de la niña, ni el poder de su protector. Lo interesante de la descripción es pensar que, detrás de la máscara del narrador indígena, hay un autor español que describe la escena como un acto de violencia y se sorprende por su motivación social y racial: el lugar periférico de una mujer negra, aun siendo ya libre y no esclavizada, continuaba vigente. El apego a las convenciones mostraba una estratificación social garantizada por el azote.
El final del fragmento revela el efecto pretendido: al narrar esta escena particular e individualizada, el narrador afirma que puede manifestar el carácter de otras situaciones regionales: “trascendente a todo Tucumán”. La escena, en su especificidad, revela una estructura social y, por eso, puede ser generalizada. Su valoración es negativa y abre una ventana a otras escenas de la historia que revelan el horror de una sociedad marcada por la violencia. Como tema, la violencia aparece, por ejemplo, en la descripción de los gauchos ya mencionada o en las formas de domar las mulas narradas en el capítulo VII en el cual se revela que, aunque diferentes por la técnica empleada, criollos e indígenas son iguales por su crueldad. La violencia es tema central de otro caso sobre una escena de flagelación, contado con terrible sarcasmo:
Mandó un corregidor a estos ministriles que pegasen cien azotes a un esclavo suyo, negro. Lo amarraron fuertemente en la picota, y después de haberle animado más de ochenta azotes se suscitó la duda sobre si le habían arrimado ochenta y cinco u ochenta y seis. El negro afirmaba con juramento que había contado ochenta y seis. Los indios fueron de parecer que sólo habían arrimado ochenta y cinco, y para descargo de sus conciencias volvieron a contar de nuevo. El negro decía de nulidad y rogaba a los indios que le pasasen en cuenta los ochenta y cinco en que estaban convencidos; pero éstos no entendieron sus lamentos y le arrimaron los cien, sobre los ochenta y cinco, que es una prueba de la gran caridad que tienen con el prójimo. (Carrió de la Vandera, 1985, p. 164-165)
Este caso irrumpe tras una frase reveladora: “Voy a concluir este puntito para probar la exa[c]titud de los indios”, tratando de darle, de antemano, trascendencia al episodio. Los personajes indígenas, presentados como sirvientes necios, buscan cumplir la orden recibida sin hacer concesiones y terminan ignorando el duro castigo impuesto a la víctima, igualmente ridícula en su tentativa de ganarse un azote menos, siendo castigada con ochenta más. La escena pantagruélica excluye cualquier patetismo hacia los personajes, tomados como objetos de la historia. A pesar de responder superficialmente a la pregunta inmediata sobre la (falta de) caridad de los indígenas, se mantiene la estructura del Caso para llevar la norma a la aporía que casi formula una pregunta: ¿puede la violencia educar?
La pregunta que subyace en los casos podría llevar a leer en el texto una cierta crítica a la situación colonial, o incluso, para los lectores menos atentos, una invectiva hacia las jerarquías sociales. Lejos de eso, es necesario leer aquí un malestar de forma y no de fondo: la crítica ilustrada buscó acomodar y racionalizar las relaciones coloniales, expurgando las marcas tiránicas. Si, por un lado, el libro condena la violencia de estas prácticas, no deja de reforzar, por el otro, el dominio español y las taxonomías sociales que lo justificaban.
La tutela española y los tramados sociales
En la segunda parte del libro, que comprende los capítulos XI a XXVII, se intensifica la representación del diálogo entre el narrador indígena Concolorcorvo y el visitador español. Como bien observa Susana Zanetti (2002, p. 43), lejos de presentar tensiones entre dos experiencias distintas, los diálogos se construyen a partir de una homogeneidad lingüística y cultural. Hay así una ficcionalización de la tutela española, en la que el dominio de la metrópolis se presenta sin tensiones por medio de este procedimiento de eliminación de la alteridad lingüística y cultural. La forma homogénea de los diálogos se ajusta en el texto a la ansiada unidad imperial deseada por las reformas, renovando el marco ideológico que justifica la manutención de la dominación española.
[...] los españoles de este siglo y de todos los siglos, no tuvieron, ni creo que tendrán que robar a los indios, y no pensando éstos, por lo general, más que en su ocio y borracheras, a que se siguen otras brutalidades, afirmo que mis paisanos no son robados, sino robadores de los españoles. “Está muy buena la crítica”, dijo el visitador, pero me advirtió que en tiempo de monarcas y caciques estaban de peor condición los indios, porque aquellos príncipes y señores los tenían reducidos a una servidumbre de mucha fatiga, porque labraban las tierras para su escaso alimento a fuerza de sus brazos, y no conocían otras carnes que las de las llamas, vicuñas y alpacas, de cuya lana tejían su vestido. Los españoles solo quitaron a esos miserables, o al menos disminuyeron sus abominaciones, e introdujeron el útil uso del vacuno, caballar y mular, de las ovejas, herramientas para la labor de los campos y minas, con redes y anzuelos para aprovecharse de la producción y regalo de los ríos y playas del mar, con otra infinidad de artificios e instrumentos para trabajar con menos molestia. (Carrió de la Vandera, 1985, p. 163)
El consenso entre el narrador indígena y el visitante español no sólo llega a la misma conclusión sobre las ventajas que tuvieron los indígenas con la colonización, sino que se desplaza por el mismo mapa ideológico. Este pasaje llama la atención sobre la lateralidad del tema de la conquista espiritual y la preponderancia del argumento práctico, según el cual las modernas técnicas de cultivo de la tierra introducidas por los españoles dieron a los indígenas la posibilidad de “trabajar con menos molestia” para librarse de los imperios prehispánicos, cuyas formas de trabajo serían verdaderamente crueles por su atraso. Así, libres de la saña de sus antepasados e inscritos en el proceso teleológico de la evolución, los indígenas deberían agradecer y celebrar la entrada de los españoles, quienes fueron los verdaderos responsables por su salida de las tinieblas. En este caso, no se trata sólo de la oscuridad espiritual - a la que rápidamente se hace referencia al mencionar las “abominaciones”- sino también del anatema del atraso técnico. En resumen, la colonización los había inscrito en el proceso evolutivo de la historia occidental.
En otros pasajes se elogia al descubridor Cristóbal Colón quien “no hizo otra cosa [...] que establecer un comercio y buena amistad con los príncipes y vasallos” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 184). También se censuran las “plumas ensangrentadas” de los sacerdotes enviados por la corona, en clara referencia a Bartolomé de Las Casas, de cuyas páginas “se aprovecharon los extranjeros para llenar sus historias de dicterios contra los españoles” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 185). En este sentido, el texto actúa en el proceso que Karen Stolley denominó la domesticación de los discursos sobre el imperio en el siglo XVIII que operó “no sólo en el pasado, sino que se situó decisivamente en un presente concreto y localmente definido” (Stolley, 2013, p. 4). Se trataba de revisar los términos del vínculo colonial y de darles nueva legitimidad.
Este impulso por legitimar la relación colonial también implicaba reafirmar las taxonomías sociales que poblaron la imaginación del siglo XVIII en las pinturas de castas, jerarquizando las posibilidades de mestizaje (Catelli, 2020; Fromentoux-Braga, 2023). En el capítulo XX, por ejemplo, el narrador compara las expresiones musicales de los indígenas con las de los negros. Los indígenas, según el narrador, tendrían canciones e instrumentos suaves, además de bailes serios y mesurados que sólo poseían un aspecto ridículo: “la multitud de cascabeles que se cuelgan por todo el cuerpo” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 214). Las expresiones musicales de los negros, por otro lado, “son las más bárbaras y más groseras que se pueden imaginar” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 215). Para el narrador, su canto es una forma de aullar, sus instrumentos reproducen el sonido del rebuzno de un burro, y su baile consiste en mover la panza y las sillas con “mucha deshonestidad”, aspecto erótico que lo desconcierta. Los bailes de indios y negros sólo tienen un rasgo en común: todos terminan borrachos.
En el capítulo VIII, hay también un juicio sobre las “horribles” coplas gauderias. Sin embargo, aunque las rechace, el narrador curiosamente copia algunas de ellas, según él, “dignas de imprimirse, por ser extravagantes, y así las voy a copiar, para perpetua memoria” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 91). Como bien observa Enrique Pupo-Walker (1980), existe una cierta fascinación por las expresiones arquetípicas de la gauchesca que ya aparecen cristalizadas en este libro y que constituirían, en el siglo siguiente, como ya señalamos, un núcleo importante de la literatura argentina. La condescendencia, más o menos camuflada, hacia las expresiones gauchescas también tiene un trasfondo racial, como se admite en el capítulo XX: al reafirmar la capacidad de los indígenas para las artes y las ciencias, el narrador es enfático en afirmar que “el reino sólo necesita de labradores y artesanos, porque para las letras sobran españoles criollos” (Carrió de la Vandera, 1985, p. 215). Es decir, el reino no necesita de sus capacidades artísticas, sino de su trabajo. Por lo tanto, la construcción de la voz indígena es absolutamente inverosímil también desde el punto de vista temático e ideológico en una operación típica del discurso ilustrado que ha sintetizado Antoine Lilti:
Incluso los textos aparentemente más emblemáticos de la autocrítica europea rara vez llegan a reconocer al Otro como verdadero sujeto. El filósofo sigue siendo el maestro del discurso: presta su voz al extraño o al salvaje, ficcionaliza la escena del contacto, hace que sus personajes hablen tanto más elocuentemente cuanto les presta su elocuencia y su ironía. [...] La ventriloquia, señalada a menudo por la crítica poscolonial, consiste en hacer hablar a los demás pero silenciándolos. No se les reconoce como portadores de una historia o cultura propias: son meros portavoces de las preocupaciones europeas. (Lilti, 2023, p. 54)
Esa operatoria descrita por Lilti caracteriza la relación con la otredad en los textos de la ilustración. Esta voz prestada, en el caso del Lazarillo, al personaje indígena asume la forma de la ventriloquia, pues dentro de la rígida visión social que atraviesa la obra se lee una cadencia española que no permite que los diálogos conciban personajes distintos desde el punto de vista dialéctico. Drenado de su rol de sujeto y asumiendo las preocupaciones europeas, el narrador indígena aquí es un operador discursivo armado para producir consensos: esta monotonía que impera en los diálogos transforma el defecto literario en parte de su artillería política. Al concebir una máscara para el narrador, la ficcionalización del discurso se torna, paradójicamente, una ficción política y social, y no una ficción literaria, dada su inverosimilitud. Se funda en un consenso que pasa por incorporar la voz de la alteridad, despojándola de autoconciencia y, lo que es más importante aún, de cualquier posibilidad de discordancia y resistencia.
Concluyendo, podemos decir que, inmerso en el contexto del reformismo ilustrado llevado a cabo por los reyes borbónicos, el Lazarillo de ciegos caminantes supera su inmediato objetivo burocrático - la reforma de los correos dentro del vasto virreinato del Perú - y ofrece un panorama del funcionamiento de la sociedad colonial, partiendo de la descripción geográfica. En este recorrido, el narrador Concolorcorvo pone en marcha juicios mordaces sobre los diversos grupos que componen esa sociedad, a partir de un imaginario que asume el ideario ilustrado casi siempre representando un rechazo al modo de vida que encuentra, para defender la utilidad y la racionalidad. Sin embargo, como en el episodio de los gauchos, también revela un notable interés e incluso cierta fascinación por las distintas dinámicas sociales con las cuales se depara.
Esta postura ambigua se presenta al lector de forma proteica, combinando la rigurosa descripción de los lugares y los datos estadísticos con el tono desprolijo que la máscara del narrador indígena le confiere. En este sentido, la entrada de los casos y el diálogo entre el narrador indígena y el visitador español son expedientes que permiten avanzar en los diagnósticos sobre la sociedad colonial sin el rigor de los tratados científicos de la época, por su armazón francamente ficcional. Esos expedientes, sin embargo, no significan una menor adhesión al discurso ilustrado. Por el contrario, demuestran la defensa de la manutención de las estructuras sociales más profundas, es decir, de la relación colonial.
El imaginario convocado por el narrador de Carrió de la Vandera, a pesar de introducir tensiones que quedan en abierto, no deja de reiterar los imaginarios sociales que están en la base de la dominación colonial. La representación de los diversos sectores sociales aparece dentro de las taxonomías raciales del período en que los negros demuestran su inferioridad con relación a los indígenas, quienes, a su vez, son concebidos como inferiores a los blancos. Desde el punto de vista del modo de vida, el desperdicio y la violencia que caracterizan al gaucho deben ser sustituidos por los avatares del proyecto ilustrado: la razón y la utilidad. La observación de la sociedad, por lo tanto, está al servicio del proyecto reformista y sugiere intervenciones.
Sin embargo, el distanciamiento que la forma toma de la dicción típica del discurso ilustrado, y el humor que la máscara aporta, renuevan el interés por esta obra y permiten ver, en las grietas abiertas por los casos y en las contradicciones introducidas por el diálogo, las tensiones y límites que encontró el reformismo ilustrado en la compleja sociedad colonial. En carta fechada en abril de 1776 dirigida a los jueces administrativos de la Renta de Correos de Madrid, el propio autor reconocía las complejas texturas de su libro: “No ignoran Vuestras Señorías lo árido de un diario, particularmente en países despoblados, por lo que me fue preciso vestirle al gusto del país para que los caminantes se diviertan en las mansiones y se les haga el camino menos rudo”. No obstante, ante las autoridades, Carrió de la Vandera advierte: “Recelo que no sea del agrado de vuestras Señorías por difuso, y en algunas partes jocoso” (Vandera, 1776, apud Carrilla, 1976, p. 24-25). En la irreverencia que le otorga al texto su forma “difusa y jocosa” es donde radica la fuerza del libro y el alcance de los temas que expone: más que emitir juicios, el Lazarillo de ciegos caminantes parece interesado en explorar paradojas.
Referencias
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